363 | Enrique

De su llegada recuerda dos cosas: “Hacía frío y llovía. Estaba todo mojado. El paisaje era distinto al que yo conocía. También eran diferentes la comida, el carácter de la gente y los coches. Todos los coches me parecían muy modernos”. Así describe Enrique Vera sus primeros tiempos en Galicia, la tierra que le recibió hace quince años cuando se marchó de Cuba.

Su relato migratorio, como muchos otros originados en esta isla del Caribe, comienza con una historia de amor. La prevalencia no es casualidad. Como él mismo explica, “es muy difícil salir libremente del país. Tiene que haber una razón de peso. En aquel momento, al menos, eran muy pocas las personas que tenían la posibilidad de viajar al extranjero. O eras deportista de élite, o salías por estudios o por cuestiones culturales. Si no destacabas en alguno de esos campos, no podías ni pensar en salir al mundo… a menos que te casaras con alguien de fuera”.

Y eso fue lo que hizo él: enamorarse y casarse. “Yo conocí a mi mujer allí, claro. En ese entonces, trabajaba en un hotel y tenía contacto con los turistas que venían de otros países. La conocí en su primer viaje y no volví a verla hasta seis meses después, cuando regresó. Después seguimos la relación por correo. Nos carteábamos mucho”, recuerda. La relación se construyó con tinta y papel, y se consolidó de la misma manera, cuando se casaron.

Tras la boda, Enrique cruzó por primera vez el Atlántico. “Llegué, como te decía, a Galicia. Mi mujer y su familia son de allí. Pero poco después nos trasladamos a Bilbao, por el trabajo de mi esposa. Yo empecé a buscar empleo enseguida. Miraba en el periódico y casi todas las ofertas eran del sector de la hostelería, de la cocina. Me pareció interesante, aunque tenía mucho por aprender. Si quería trabajar de eso, tenía que formarme, así que me apunté al Instituto Vasco de Nuevas Carreras. Soy cocinero de profesión”, dice, satisfecho por haber alcanzado esa meta.

Esa y otras, porque a Enrique le fue muy bien en el plano laboral. Su percepción de la demanda era correcta. “Empecé a trabajar casi de inmediato. Conocí varias cocinas, e incluso fui jefe de cocina en un restaurante. Era la época en la que se pagaba bien. Como el trabajo estaba bien remunerado, yo podía ahorrar y volver con cierta frecuencia a Cuba, a visitar a mi familia”, explica. “Eso era muy importante para mí, porque no es tan fácil que vengan a verte”. En su caso, la dificultad era triple. A la cuestión económica se sumaban las barreras migratorias de allí y de aquí.

“Mi madre vino solo una vez. Cuando quise que volviera, repetí los trámites, la carta de invitación… todo. Y me lo denegaron. Suponían que iba a quedarse a vivir”, cuenta con resignación. “Por suerte, ahora las cosas son un poco más fáciles, incluso en Cuba -matiza-. El país ha cambiado bastante en estos años. Quizás quienes viven allí no lo notan tanto, pero para alguien como yo, que va cada cierto tiempo, es claro. Hay más movimiento, más comercio y más libertad de expresión. También hay mucha gente con ideas, con ganas de emprender. Lo que falta, sin embargo, es inversión. Todavía hace falta dinero”.

El corsé de las banderas

Después de pasar varios años en los fogones, Enrique decidió cambiar de área. “La cocina es muy bonita, pero también es muy dura. Estaba sometido a mucho estrés y pensé que podía emprender algo distinto, montar un negocio”. Así abrió una zapatería, que funcionó bien hasta que tropezó con la crisis, y luego un txoko cubano, “un lugar de encuentro para mis paisanos”, detalla. “También compré una casa en Cuba y, con esfuerzo y trabajo, la transformé en un hostal”, dice. Y añade que, “más allá de lo que uno haga, siempre hay que estar activo, emprender, intentar cosas nuevas para salir adelante”.

“La verdad -prosigue-, este es un buen lugar para hacer cosas y crecer. En todos los años que llevo viviendo aquí, jamás me he sentido solo o discriminado. Al contrario. Los vascos tienen un apego especial con los cubanos. Somos muy bien recibidos. Además… creo que es importante salirse un poco del corsé de las banderas. Cuando te vas de tu país, cambias, y también cambia aquello que has dejado. Echas de menos cosas mientras estás aquí y, cuando vuelves, extrañas esto. Las cosas ya no son ‘blanco o negro’, los sentimientos se mezclan. Hoy en día pienso que mi tumba está allí… pero eso convive con la certeza de que aquí también estoy en casa. Este país me lo ha dado todo”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s