364 | Carolina

Constancia, empuje y determinación. Si hubiera que dibujar el perfil de Carolina Alcaraz con pocos trazos, esas serían las líneas maestras. Su relato, que comienza en Paraguay hace veinte años, demuestra que siempre hay posibilidad para el cambio, que el conformismo es una elección. “Soy una persona decidida -afirma-. También soy terca y estricta -reconoce-, pero creo que estas cosas me han permitido salir adelante en la vida. Hay que tener metas, ser independiente y saber valerse por una misma”.

Quien dice estas palabras es la misma mujer que se casó joven y fue madre a los diecinueve años. “Así estaba planteada mi vida nada más salir del instituto”, comenta, antes de añadir que es un escenario “bastante habitual” en América Latina. Lo excéntrico -e inesperado también- fue el gran cambio que acometió poco después. “Me separé, volví a estudiar y me centré en el trabajo y mi hijo”. Estas decisiones, que también tomó siendo muy joven, le permitieron formarse y avanzar en el mercado laboral, donde llegó a ser auditora interna de una de las principales empresas algodoneras de su país.

“Me llamaban ‘la cortacabezas’ porque era súper exigente”, recuerda ahora entre risas. “Es que lo mío son los números, el orden, la planificación. Y sigue siendo así, ¿eh? Me gusta tener todo bajo control”. Pero ese rasgo, que tanto le ha servido para su trabajo, no siempre es el mejor compañero de viaje en el terreno personal, donde no todas las cosas pueden preverse u organizarse al milímetro. Carolina lo comprendió con rapidez, cuando sus hermanos empezaron a emigrar.

“Uno de mis cuñados es gallego, aunque se crió en Argentina. Solo había vivido en Galicia hasta los siete años, pero tenía morriña de su tierra. Soñaba con volver algún día. Cada vez que nos reuníamos todos, surgía el tema. Y cada vez que hablábamos sobre eso, otra de mis hermanas, la pequeña, le alimentaba ese sueño. Ella era muy aventurera, y le decía que iba a venir y que él iba a terminar volviendo”, relata Carolina. “Y, ¿sabes qué? Mi hermana cumplió”.

Las conversaciones de sobremesa se materializaron en un viaje, seguido por muchos más. “Llegó un punto en el que todos mis hermanos estaban fuera del país. Una estaba en Argentina, con mi madre, y el resto se había venido para aquí. Así que yo, que tanto había planificado las cosas, me encontré sola con mi hijo en Paraguay. Tenía un buen trabajo, pero pasaba muchas horas fuera de casa. Mi niño estaba creciendo. En los cumpleaños, en las fiestas, en la vida diaria… estábamos solos. Yo no quería eso para él ni para mí, así que decidí venir”.

Esta nueva decisión también fue muy difícil, pues suponía renunciar a su trabajo y poner en pausa sus estudios otra vez. “Pero lo vi muy claro – señala-. Eso no era tan importante como estar cerca de la familia. Si me preguntas por qué vine, la respuesta está ahí. Yo no emigré por trabajo. De hecho, aquí no he tenido las mismas oportunidades profesionales que en mi país. Sí he podido formarme, pero el progreso he tenido que construírmelo yo”.

El proyecto personal

Como muchos otros extranjeros, Carolina encontró hueco en el sector de los servicios. Cuando llegó, hace ocho años, empezó a trabajar en un bar, limpiando en una casa y cuidando a una señora mayor. “Mañanas, tardes, fines de semana… Fueron unos años muy intensos. Compaginaba las tres cosas porque había que salir adelante y lograr una mínima estabilidad”, explica, aunque matiza que no todo era sacrificio. En medio de la vorágine, había espacio para la ilusión. En la cafetería donde trabajaba conoció a Ángel, que hoy es su marido.

“Él venía a tomar café a donde yo estaba. Estuvimos así, en vueltas, durante un año y medio antes de empezar a salir. Se lo puse difícil al pobre”, recuerda divertida. “Con el tiempo, nos fuimos a vivir juntos, siempre pensando en progresar, en hacer cosas y salir adelante juntos. Intenté muchas veces conseguir un trabajo de oficina pero, además de ser difícil, me ofrecían menos de lo que ganaba como camarera. Me parecía decepcionante, así que un día le dije: ‘Tenemos que hacer algo. No puede ser que seamos jóvenes, capaces y trabajadores, y que no consigamos crecer. Si no se nos caen los anillos para fregar o para trabajar con la fresadora, tenemos que encontrar el modo de hacer algo propio y que nos vaya bien’”.

El pensamiento de Carolina se transformó en un próspero negocio de tartas decoradas por encargo donde, además, venden todos los implementos e ingredientes para la repostería creativa. “Yo no sabía nada de cocina, pero sí de análisis de mercado, así que me puse a investigar. Llevó mucho tiempo, esfuerzo y ahorro, pero lo hicimos. Hoy tenemos una cartera de 700 clientes, trabajamos cuatro personas, incluido mi hijo, y hemos aprendido muchísimas cosas nuevas. Mi marido es, de hecho, quien decora la mayor parte de las tartas. Me siento satisfecha con lo que hemos conseguido hasta ahora, y contenta porque hemos formado un buen equipo y hemos crecido”.

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