427 | Alex

Alex Brizuela es venezolano y llegó a Euskadi en noviembre de 2015. Hacía mucho que pensaba en emigrar, pero tomó la decisión definitiva hace un año, después de sufrir un ataque del hampa que no acabó con su vida de milagro. “Fue el 11 de junio a las seis de la tarde; no se me olvida más. Me atacaron, me secuestraron y me golpearon muy feo”, resume. La situación fue, por lejos, una de las peores experiencias de su vida, y estuvo amplificada por un entorno que le ayudaba poco a olvidar.

“No fue una cosa aislada. Venezuela está mal. Los principales problemas son la escasez y la inseguridad. Con respecto a la escasez, no es solo que falten artículos de primera necesidad o comida, es que la inflación le impide al grueso de la población adquirir lo poco que hay. Con números se entiende mejor: en este momento, el salario mínimo ronda los 14 euros mensuales. Un kilo de carne cuesta 4,50 euros. La pasta de dientes, 1,50… ¿Cómo hace una persona para vivir con esos precios? ¿Y las familias que tienen cuatro o cinco hijos? Hay que estar ahí para vivirlo”, dice.

“Luego está el tema de la corrupción y la inseguridad”, continúa Alex, que es ingeniero de profesión y que también sufrió rechazos en el ámbito laboral y universitario por no ser afín al gobierno. “Tengo un buen currículum y, cuando buscaba trabajo, siempre me seleccionaban… Hasta que descubrían que no había firmado a favor del régimen. Entonces, el proceso se truncaba. Súmale a eso los robos, el hecho de no poder confiar en nadie o que a las seis de la tarde tengas que estar metido en casa porque la calle es peligrosa. Han violado todos los derechos de las personas”.

El secuestro y la paliza del año pasado fue la gota que colmó el vaso. Aunque llevaba tiempo pensando en marcharse y evaluaba distintas opciones migratorias, fue a raíz de aquel suceso que tomó la decisión. “Nuestra primera opción era Canadá –dice en un plural que abarca a su mujer y sus dos hijos–. Pero finalmente elegimos Euskadi. Tengo sobrinos que viven aquí desde hace más de diez años, y conocidos de Venezuela que residen en Barakaldo y Bilbao. Si vas a empezar de nuevo, mejor estar donde está tu familia o tu gente”, reflexiona.

Alex viajó solo. Poco después, llegó su mujer. Los hijos del matrimonio se han quedado en Venezuela con la abuela, hasta que la pareja los pueda traer. “El vacío que se siente es muy grande. Es duro pensar en tus hijos y tus familiares viviendo allí cuando sabes lo que hay. Es difícil, pero nada es imposible. En ese sentido, mi meta es clara. No miro atrás ni a los costados, siempre miro hacia adelante. Sé que estaremos bien aunque cueste”.

La música, una salida

Pero no todo es sufrimiento. Una de las cosas positivas que le ha brindado la emigración es poder reencontrarse con una de sus grandes pasiones: la música. “Siempre he cantado. Toco instrumentos de cuerda desde que era un niño. Cuando tenía ocho años, ya tocaba la guitarra, el cuatro y la bandola. Soy de Estado Guárico, así que lo mío era la música llanera, el folclore de mi país”, relata Alex, que ya ha actuado varias veces en Euskadi y ha encontrado en su vena artística una vía laboral.

“Empecé poco a poco, a través de conocidos y amigos. Obviamente, aquí no hago folclore. La música llanera no se conoce, así que al llegar al País Vasco me tocó cambiar de género. Aquí hago salsa, merengue, bachata, cumbia, baladas, rancheras… Es decir, hago todo lo demás”, cuenta con simpatía. “La verdad es que me adapto –agrega–. Cuando grabas un álbum quedas más encorsetado en un tipo de música. Pero cuando estás empezando, puedes permitirte experimentar y probar. Yo canto a demanda, no tengo problema. Me gusta complacer a la gente”.

Alex explica que buena parte de su público son otros latinoamericanos. Algunas celebraciones de otros colectivos, como el día de la madre de Bolivia o de Paraguay, han contado con su presencia. “El latino es muy alegre, tiene chispa y es extrovertido. Yo elijo canciones románticas pero también movidas y divertidas. A los vascos les gusta mucho el rock. Es bonito conocer a otras personas y aprender cuáles son sus gustos”, comenta él, que aquí ha tenido la ocasión de empaparse de otras culturas.

Ahora bien, ¿es posible sentir que uno ha emigrado cuando en el país de destino se habla tanto sobre el país de procedencia? Alex sonríe. Para él, es un poco raro ver que la política de España se disputa en Venezuela. Sin embargo, no duda en enumerar las diferencias. “Lo primero que me gustó de aquí fue la seguridad. Luego, la limpieza. Que una ciudad esté limpia es sinónimo de cultura. Hay una economía estable. Consigues todo. Puede ser que el vasco sea menos alegre que el venezolano, pero te aseguro que no me importa”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Sur Ellos

371 | Marta

“No todo es bueno -dice-. En quince años pueden pasar muchas cosas. Cambiar de país es difícil y todos los migrantes, de una forma o de otra, sufrimos con ese cambio. Incluso cuando hay una raíz común, un idioma compartido, una cultura que se supone parecida, cuesta mucho. A veces tenemos nombres o expresiones distintas para las mismas cosas, y esto, que es interesante y hasta divertido, puede representar un problema, sobre todo al principio, cuando no controlas otras maneras de hablar”.

Marta González llegó a Euskadi en junio de 2000, y su relato sobre el idioma es muy interesante porque para alguien de Colombia, como ella, no cabría esperar que la comunicación fuera una barrera. “Pero lo fue, por lo menos al principio -explica-. Durante un tiempo cuidé a una señora mayor, y todo el tiempo me ‘corregía’. Lo peor era cuando yo me refería a sus medicamentos como sus ‘drogas’, porque en mi país sí se utiliza esa expresión. ¡Qué broncas me echaba!”, recuerda.

El relato se enmarca en los inicios migratorios, cuando “todavía no entiendes cómo funcionan las cosas, todo te resulta ajeno y extraño, y te sientes desubicada. Además, en aquel entonces no había tantas vías de información como ahora, ni tantas asociaciones que te pudieran orientar. La sensación era de soledad absoluta”, describe. Sin embargo, Marta prefiere quedarse con lo bueno, con lo positivo que le ha dejado la experiencia de emigrar. “Hay muchas cosas buenas, y yo he vivido unas cuantas. Sin duda, me quedo con ellas”.

“Por ejemplo, no podría pasar por alto lo mucho que me ayudó una pareja de Sestao que conocí por casualidad en un camping de Isaba, donde había conseguido mi primer trabajo. El empleo que me habían dado allí era solo por el verano, que ya estaba por terminar. Y ellos, sin conocerme de nada, me ayudaron a buscar trabajo, me dieron alojamiento en su casa durante varios días… Me acuerdo que la chica le dijo a su padre: ‘Aita, ¿y qué pasaría si ese fuera mi caso? ¿Qué pasaría si yo tuviera que emigrar y nadie me ayudara?’ Nunca voy a olvidar eso. El apoyo de esta familia fue maravilloso. Los gestos como este tienen que contarse también”.

Cuando ocurrió aquello, Marta tenía 44 años y tres hijos en su país. “Dos de ellos habían empezado a estudiar en la universidad y, económicamente, no podíamos asumir eso”, explica. “Yo trabajaba como peluquera, maquilladora, dependienta… vendía cosméticos… Me buscaba la vida para sacar adelante a la familia, pero no ganaba lo suficiente como para pagar dos carreras”, señala. “Para mí, que nunca tuve la posibilidad de estudiar en la universidad, era prioritario que mis hijos pudieran hacerlo. Yo vengo de una familia humilde, de campesinos, y tengo catorce hermanos. Eso condiciona mucho tus opciones de futuro. Por eso quise darle a mis hijos una educación, para que no se repitiera la historia”.

Convencida del valor de su proyecto, hipotecó un terreno que tenía y, con ese dinero, se compró un billete de avión, más un tour por España. “Era la única manera de venir, como turista. Contraté todo el paquete, con el hotel en Madrid y el recorrido por todo el país. Así llegué a Navarra, donde me bajé. De allí, fui a Sestao. Luego, a Algorta, donde trabajé como interna. Y más adelante empecé a trabajar por horas, limpiando casas. Alquilé una habitación para vivir y poco a poco me fui asentando. Usaba lo que ganaba para pagar mis gastos básicos y el resto lo mandaba a Colombia”.

Un lugar propio

Seis años después de llegar, Marta empezó a trabajar en una empresa de limpieza. “Fui la primera extranjera a la que le daban la oportunidad. La señora que me contrató me explicó que las mujeres de aquí ya no querían hacer ese trabajo”, cuenta. En ese tiempo, sus hijos terminaron sus carreras, vinieron, se marcharon… “Cada uno fue haciendo su vida. El mayor está aquí, el pequeño está en Valencia y la chica, en Estados Unidos. Y yo también seguí para adelante. Hice cursos de creación de empresas, me hice autónoma y abrí mi propio negocio de limpieza”, resume.

“Y esa es otra cosa que me gustaría destacar. El País Vasco da oportunidades y apoya a quienes queremos trabajar. Yo trabajo en algo que me gusta y que me permite relacionarme con muchas personas, hablar con otros, aprender de los demás. Cuando llegué, no conocía a nadie, ahora es completamente distinto. Por supuesto que hay nostalgia, pero también hay desarraigo. Y, sobre todo, con el paso de los años, uno se va haciendo aquí, uno se va encantando”.

De hecho, Marta sostiene que cada día se siente “más integrada. Las migraciones generan intercambios muy buenos. Unos aprendemos de otros. Los que venimos dejamos aquí nuestra juventud, nuestro vigor, nuestra salud… pero a cambio vivimos en un lugar tranquilo, seguro y bonito, donde se nos trata bien. Por supuesto que hay excepciones de ambos lados, entre quienes venimos y entre quienes reciben, pero yo creo que a la gente de bien, sea vasca o de fuera, nos pasa lo mismo: que al ver actitudes negativas de los demás, sentimos vergüenza ajena”.

2015 América del Sur Ellas

364 | Carolina

Constancia, empuje y determinación. Si hubiera que dibujar el perfil de Carolina Alcaraz con pocos trazos, esas serían las líneas maestras. Su relato, que comienza en Paraguay hace veinte años, demuestra que siempre hay posibilidad para el cambio, que el conformismo es una elección. “Soy una persona decidida -afirma-. También soy terca y estricta -reconoce-, pero creo que estas cosas me han permitido salir adelante en la vida. Hay que tener metas, ser independiente y saber valerse por una misma”.

Quien dice estas palabras es la misma mujer que se casó joven y fue madre a los diecinueve años. “Así estaba planteada mi vida nada más salir del instituto”, comenta, antes de añadir que es un escenario “bastante habitual” en América Latina. Lo excéntrico -e inesperado también- fue el gran cambio que acometió poco después. “Me separé, volví a estudiar y me centré en el trabajo y mi hijo”. Estas decisiones, que también tomó siendo muy joven, le permitieron formarse y avanzar en el mercado laboral, donde llegó a ser auditora interna de una de las principales empresas algodoneras de su país.

“Me llamaban ‘la cortacabezas’ porque era súper exigente”, recuerda ahora entre risas. “Es que lo mío son los números, el orden, la planificación. Y sigue siendo así, ¿eh? Me gusta tener todo bajo control”. Pero ese rasgo, que tanto le ha servido para su trabajo, no siempre es el mejor compañero de viaje en el terreno personal, donde no todas las cosas pueden preverse u organizarse al milímetro. Carolina lo comprendió con rapidez, cuando sus hermanos empezaron a emigrar.

“Uno de mis cuñados es gallego, aunque se crió en Argentina. Solo había vivido en Galicia hasta los siete años, pero tenía morriña de su tierra. Soñaba con volver algún día. Cada vez que nos reuníamos todos, surgía el tema. Y cada vez que hablábamos sobre eso, otra de mis hermanas, la pequeña, le alimentaba ese sueño. Ella era muy aventurera, y le decía que iba a venir y que él iba a terminar volviendo”, relata Carolina. “Y, ¿sabes qué? Mi hermana cumplió”.

Las conversaciones de sobremesa se materializaron en un viaje, seguido por muchos más. “Llegó un punto en el que todos mis hermanos estaban fuera del país. Una estaba en Argentina, con mi madre, y el resto se había venido para aquí. Así que yo, que tanto había planificado las cosas, me encontré sola con mi hijo en Paraguay. Tenía un buen trabajo, pero pasaba muchas horas fuera de casa. Mi niño estaba creciendo. En los cumpleaños, en las fiestas, en la vida diaria… estábamos solos. Yo no quería eso para él ni para mí, así que decidí venir”.

Esta nueva decisión también fue muy difícil, pues suponía renunciar a su trabajo y poner en pausa sus estudios otra vez. “Pero lo vi muy claro – señala-. Eso no era tan importante como estar cerca de la familia. Si me preguntas por qué vine, la respuesta está ahí. Yo no emigré por trabajo. De hecho, aquí no he tenido las mismas oportunidades profesionales que en mi país. Sí he podido formarme, pero el progreso he tenido que construírmelo yo”.

El proyecto personal

Como muchos otros extranjeros, Carolina encontró hueco en el sector de los servicios. Cuando llegó, hace ocho años, empezó a trabajar en un bar, limpiando en una casa y cuidando a una señora mayor. “Mañanas, tardes, fines de semana… Fueron unos años muy intensos. Compaginaba las tres cosas porque había que salir adelante y lograr una mínima estabilidad”, explica, aunque matiza que no todo era sacrificio. En medio de la vorágine, había espacio para la ilusión. En la cafetería donde trabajaba conoció a Ángel, que hoy es su marido.

“Él venía a tomar café a donde yo estaba. Estuvimos así, en vueltas, durante un año y medio antes de empezar a salir. Se lo puse difícil al pobre”, recuerda divertida. “Con el tiempo, nos fuimos a vivir juntos, siempre pensando en progresar, en hacer cosas y salir adelante juntos. Intenté muchas veces conseguir un trabajo de oficina pero, además de ser difícil, me ofrecían menos de lo que ganaba como camarera. Me parecía decepcionante, así que un día le dije: ‘Tenemos que hacer algo. No puede ser que seamos jóvenes, capaces y trabajadores, y que no consigamos crecer. Si no se nos caen los anillos para fregar o para trabajar con la fresadora, tenemos que encontrar el modo de hacer algo propio y que nos vaya bien’”.

El pensamiento de Carolina se transformó en un próspero negocio de tartas decoradas por encargo donde, además, venden todos los implementos e ingredientes para la repostería creativa. “Yo no sabía nada de cocina, pero sí de análisis de mercado, así que me puse a investigar. Llevó mucho tiempo, esfuerzo y ahorro, pero lo hicimos. Hoy tenemos una cartera de 700 clientes, trabajamos cuatro personas, incluido mi hijo, y hemos aprendido muchísimas cosas nuevas. Mi marido es, de hecho, quien decora la mayor parte de las tartas. Me siento satisfecha con lo que hemos conseguido hasta ahora, y contenta porque hemos formado un buen equipo y hemos crecido”.

2015 América del Sur Ellas

318 | Mihaela

Se marchó de su ciudad cuando tenía quince años. Siempre había vivido en Severin, al suroeste de Rumanía, con el perfil de Serbia dibujado al otro lado del Danubio. Cambiar ese horizonte no fue fácil porque tampoco fue su decisión, sino la de sus padres, que dos años antes emigraron del país para afincarse en Valencia. “La situación en Rumanía era muy mala”, dice Mihaela Bisca que, hoy, a sus 23 años, agradece aquel cambio.

Pero no siempre pensó así. Para ella fue una experiencia muy dura. “Estaba en el colegio, tenía a mis amigos, conocía la ciudad y vivía con mi abuela. Me quedé con ella cuando mis padres se marcharon”, explica. “En esos dos años, vine de vacaciones aquí, con mis padres, pero siempre regresaba a Rumanía. Cuando el cambio fue definitivo, me costó un montón. Obviamente, no quería venir, y el primer año en Valencia fue terrible: no conocía a nadie, no dominaba el idioma, la ciudad era extraña y diferente. Como cualquier adolescente, pasé los primeros meses enganchada a internet, escribiéndome con mis amigos de siempre”, relata.

Aquella etapa pasó. “Entré al instituto, aprendí el idioma, acabé la ESO, hice nuevos amigos y empecé a trabajar. Mi primer empleo fue en el sector de la hostelería”, precisa. Habían pasado cinco años y parecía que había encontrado su sitio, que se había afianzado, que se quedaría en el mismo lugar. Entonces, volvió a mudar de horizonte. Esta vez, cambió el Mediterráneo por el Cantábrico. “Las perspectivas laborales no eran buenas para mí. Había muy poco trabajo”, dice Mihaela, que sintió de lleno la crisis.

“Mi prima estaba viviendo aquí, en Euskadi, y me dijo que en el norte había más opciones. Por eso decidí venir”, explica ahora, dos años y medio después. “Empecé como todos, trabajando en casas, cuidando a un señor mayor”. Pero hace poco -cuatro meses apenas-, le surgió una oportunidad tan buena como imprevista: llevar una tienda con productos de su país. “La tienda era de un señor, rumano también, que quería traspasarla porque los ingresos que obtenía no eran suficientes para sostener a su familia. Estaba casado, tenía cuatro hijos y prefería dedicar todo su tiempo a la construcción”, comenta Mihaela.

Así, pese a su juventud y la crisis, decidió lanzarse a la aventura junto con su chico, a quien conoció aquí. “La tienda llevaba tres años abierta y ya tenía su clientela, aunque en este tiempo la hemos ampliado. Por un lado, es la única que vende productos rumanos en Barakaldo, por otro, también vienen personas de Bilbao y de Algorta, y no solo gente de nuestro país”. Con entusiasmo y alegría -incluso, un punto de sorpresa-, Mihaela explica que una parte de sus clientes son sudamericanos y vascos. “Nuestro queso es igual a uno que se elabora en Colombia. Una vez vino un chico colombiano, lo compró y lo llevó a una reunión con sus amigos… ¡Ahora vienen todos los amigos a la tienda!”, cuenta divertida.

Más que Drácula

“También nos pasó un día que entró una señora de aquí. Le había llamado la atención un embutido que vio en el escaparate. Le dimos a probar y acabó comprando medio kilo”. Para Mihaela, este tipo de situaciones son muy gratificantes y no solo desde el punto de vista comercial. “Es bonito que las personas de otros lugares descubran cosas de tu país. De Rumanía se sabe poco. La historia del conde Drácula es lo más conocido… De hecho, uno de nuestros vinos lo lleva en la etiqueta”, comenta, a modo de ejemplo.

“Sin embargo, otras cosas no se saben. No se conoce la gastronomía, ni los ahumados, ni algunas tradiciones religiosas que son súper bonitas. La Navidad en Rumanía es preciosa; la gente sale a cantar villancicos. Y las celebraciones en la iglesia, por ejemplo en Semana Santa, el día de Pascua, son muy populares. Todo el mundo va a misa, incluso los jóvenes, y es precioso ver al sacerdote y la comunidad con sus velas, por la noche, rodeando la iglesia”, describe.

“Por supuesto, hay que reconocer que la situación allí está fatal. Y si no se sabe mucho de eso es porque la gente está acostumbrada a la crisis y ya no se queja tanto. Pero, la comida cuesta como aquí, mientras que los sueldos son muy inferiores. Hubo alguna mejora con el ingreso en la Unión Europea, pero nada significativo. Conocemos a un señor vasco que tiene una fábrica en Rumanía. El encargado de esa fábrica gana un sueldo normal de aquí, pero allí es mejor que el del director del banco al que va… Y casos como ese hay muchos. Por eso es que los jóvenes se van, al igual que está pasando ahora aquí. Esa experiencia es tremenda, lo sé porque la viví, pero a veces es la única manera. Como te he dicho, yo no quería venir. Ahora, lo agradezco”.  

2014 Ellas Europa

175 | Ababacar

El horizonte que se dibuja frente a las costas italianas genera mar de fondo en las instituciones europeas. En cuestión de unos pocos días, decenas de pateras con miles de personas han arribado a las orillas de Lampedusa, donde se ha reabierto el centro de identificación y expulsión de inmigrantes, se ha repartido a la gente para cobijarla del frío y se ha declarado el estado de emergencia humanitaria. La afluencia es tan numerosa y constante que ya ha sido calificada de éxodo.

Hay quienes ven las imágenes con sorpresa, con temor o con preocupación. Pero Ababacar Sambe no. Para este senegalés que reside en el País Vasco, las escenas no son nuevas ni ajenas. En todo caso, le recuerdan a su propia historia, ya que vivió una secuencia parecida hace algo más de tres años. “Tres años y seis meses -puntualiza-. Llegué a Barakaldo en junio de 2007, sin saber si era bueno o era malo. No sabía nada -reconoce-, y tampoco fue mi decisión. Vine porque me trajeron”.

Ababacar -más conocido por sus amigos y vecinos como Baba- relata con precisión las etapas de su viaje. “Estuve en Tenerife veinte días; dieciocho en Fuerteventura y medio día en Madrid. Desde allí me enviaron a Bilbao en autobús, donde me esperaba una asociación de acogida”, explica. Aunque el itinerario se antoja extenso, está incompleto. La travesía empezó en Senegal, continuó en Mauritania y se hizo irreversible en las entrañas del cayuco en el que Baba se jugó la vida.

No estuvo solo en ese tramo del viaje que, como dice, le causó “temor” y duró cinco días. “Éramos 117 personas. No hubo muertos, por suerte, pero sí hubo gente que estuvo a punto de morir. Si el viaje hubiera durado un día más, algunos no habrían resistido. Estaba muy llena la barca… Las personas que organizaban el viaje eran unas mentirosas. Decían que habría poca gente, pero vinimos hacinados y hubo muchos que se quedaron en la playa porque no cabían”.

La ingenuidad de Baba no era absoluta. “Yo sabía que era peligroso. Claro que lo sabía y, sí, tenía miedo. Además, mis padres no lo aprobaban, no me querían dejar ir porque conocían los riesgos. Pero yo me quería ir. Mi pensamiento era claro: ‘¿Podría morir? Bueno, pero yo no quiero estar aquí más tiempo’. Tenía 24 años y estaba decidido.Yo creía que el riesgo de viajar en patera merecía la pena”, subraya.

Hasta conquistar el mundo

“El viaje me costó mil euros, más que un billete de avión. Y los pagué como una inversión, convencido de que era un precio razonable para llegar a Europa, trabajar duro y regresar a mi país con dinero suficiente para progresar, para tener mi propio negocio y vivir tranquilo”, continúa explicando Baba, quien tardó poco en descubrir que no era tan simple; que se “había equivocado”.

“Mira, he cumplido 28 años, la gente aquí ya me conoce y me siento muy integrado. Es más: digo que soy ‘senebarakaldés’. Pero eso no quita que me sienta un poco decepcionado. Venimos pensando que hay oportunidades y no es cierto. Muchos terminan vendiendo discos en la calle, o pasan años sin hacer nada a la espera de los ‘papeles’. Algunos no lo han soportado y se han vuelto. Dicen que no pueden más y regresan. Después de montar en un cayuco, de arriesgar la vida, tiran todo por la borda y vuelven a casa con las manos vacías. Eso también es muy duro”, plantea Baba antes de recordar una frase.

“Como dice la canción de los inmigrantes [Papeles mojados, de Chambao], ‘muchos no llegan, se hunden sus sueños’. Yo diría que a los que llegamos, también se nos hunden a veces. No pretendo estar aquí toda la vida, pero tampoco voy a regresar con menos de lo que me fui. Por eso me presenté en 2010 al casting del Conquistador del Fin del Mundo -dice como al pasar-.Estaba entusiasmado. Quería un reto, me sentía capaz. Y me quedé varado porque aún no tengo todos mis documentos”.

2011 África Ellos

124 | Dolores

Dolores Mendoza se marchó de Ecuador hace diez años y llegó al País Vasco hace seis. Tras vivir en Cataluña y Portugal, recaló finalmente en Barakaldo, donde tenía a una amiga colombiana que le contó «maravillas» del lugar. En la actualidad, Dolores es propietaria de un locutorio, que regenta junto a una de sus hijas, y afirma sentirse «muy feliz» con la vida que ha elegido, pese a todas las renuncias. Una década después de subirse a aquel avión en Quito, siente que aquella experiencia «ha valido la pena».

«Nunca es fácil -opina-. Todos los inmigrantes sufrimos y lo pasamos mal en algún momento del camino. Da igual por qué has venido aquí, por qué te has ido de tu tierra o por qué te has quedado lejos más tiempo del que tenías previsto: a todos nos cuesta». Y razones no le faltan para pensar de esta manera porque Loli -como la llaman todos- dejó su país, su familia, su trabajo y su carrera. «Cada persona tiene un motivo para emigrar y, aunque muchas veces esa decisión está relacionada con la subsistencia y el dinero, no siempre es así», subraya. Ella se fue de Ecuador por el acoso que sufría de su ex pareja. «Desde el punto de vista material y profesional, lo tenía todo allí. Trabajé como administrativa en un hospital, mientras estudiaba.

Cuando me gradué como logopeda, abrí mi propio centro, donde había una guardería para niños discapacitados. Tuve la suerte de poder formarme y completar mis estudios. Me iba bien, trabajaba en lo que me gustaba», explica Loli, aunque matiza que su vida personal no era tan buena: «Me sentía presionada y no quería continuar así. No podía… Esa fue mi razón para marcharme. Estaba cansada y necesitaba un respiro, poner distancia, estar en paz».

Le costó dejar atrás su vida, pero confiaba en que su proyecto migratorio sería más breve. «La idea era estar lejos durante tres o cuatro años, trabajar en lo que pudiera y regresar cuando la situación se calmara -argumenta-, pero la vida cambia: una cosa es el plan inicial y otra, la realidad. De hecho, si es por planificar, yo tendría que estar en Italia, no aquí».

Aventura portuguesa

Una ex compañera de la universidad estaba viviendo en Italia y le había ofrecido irse allí, a trabajar como asistenta. Aunque no era un plan ideal, sí fue el proyecto que la puso en movimiento. «Vine primero aquí, a Barcelona, donde tenía a otra amiga, encontré trabajo en el sector de la hostelería y me quedé allí. Tenía más confianza con ella y la facilidad de compartir el idioma, así que nunca fui a Italia», rememora Loli.

En Cataluña descubrió que le gustaba ser camarera, «lo disfrutaba realmente», reflexiona, pero antes de eso tuvo que sobreponerse al cambio. Y asimilarlo. «Entre lo que hacía en Ecuador y lo que venía a hacer aquí, había una diferencia notable. No es fácil asumir que vas a dedicarte a otra cosa cuando eres una profesional cualificada. Fue un poco fuerte y pensé en dejarlo todo y volver, pero mi orgullo me lo impidió», confiesa.

Su fuerza de voluntad y su capacidad de «arriesgarlo todo» la llevaron hasta Portugal, donde se atrevió a regentar un bar. «Me fue bien con el negocio, pero tenía la barrera del idioma y, al ser extranjera, me ponían pegas por todo. Aguanté así un año y pico, pero me sentía sola y decidí ponerle remedio. Vendí el bar y me fui». Sin miedo a empezar nuevamente desde cero, Loli recaló en Barakaldo, donde tenía una amiga que la animó en su decisión. «Si me hubieran contado este desenlace, no me lo habría creído -admite-. Es muy distinto de lo que imaginé, pero me siento feliz. Tengo pareja y mis hijas viven conmigo».

2009 América del Sur Ellas