399 | Olga

Ímpetu. Ese es el rasgo más sobresaliente de Olga Paredes, una joven paraguaya que llegó al País Vasco hace diez años “por curiosidad”, que encontró aquí un lugar para realizar sus sueños y que nunca más se quiso marchar. “He tenido mucha suerte y me siento muy feliz”, dice con una enorme sonrisa en los labios. Optimista y luchadora, casi todas sus palabras tienen forma de sonrisa. Hasta las expresiones más serias, las que refieren a momentos complicados, acaban guarnecidas con expresiones de alegría. “Vine sola aquí, sin mi familia, pero estoy super contenta. Tengo amigos que adoro y que me adoran. Ellos son la familia que elegí”.

Con las ideas claras, un marcado gusto por la independencia y un punto de terquedad -“soy bastante cabezota”, reconoce-, tomó la decisión de emigrar. Dice que el mundo tiene mucho para ver y que el proyecto de viajar tenía mucho que ofrecerle. “Cuando vivía en Paraguay, conocí a un grupo de vascos que estaban de vacaciones. Los acompañé a varios sitios turísticos, incluso hicimos una excursión a las cataratas del Iguazú montando a caballo. Compartimos unos días estupendos y, desde entonces, no paraban de invitarme aquí. ‘Tienes que venir, tienes que venir’, me decían. Y yo, que tenía ganas de viajar, les hice caso. Mi país no tiene salida al mar y me hacía mucha ilusión conocerlo”, explica.

La primera costa de Olga fue la de Bermeo, y confiesa que el lugar la cautivó. “No me he movido de allí hasta ahora que, además de trabajar, he empezado a estudiar en Bilbao. Por eso me he mudado aquí, porque me resulta más cómodo”. Si bien trabaja en hostelería prácticamente desde que llegó, ahora está haciendo un curso de masaje deportivo porque lo suyo, dice, es el mundo del deporte. “Me encanta la actividad física, entrenar hasta agotarme. Eso me llena de vida; me recarga las pilas. Hay gente que no le gusta el ejercicio, o gente que prefiere hacer aeróbic o danza. A mí eso no me va. Lo mío es el boxeo y el kick boxing”, suelta, aprovechando el factor sorpresa.

Boxeo… “Sí -confirma-, boxeo. En realidad, cuando vivía en Paraguay practicaba taekwondo. Empecé desde niña con las artes marciales. Lo del boxeo surgió aquí, porque era lo que había en un gimnasio que quedaba cerca de casa. Como te digo, lo de bailar salsa o hacer elíptica no es para mí”, agrega divertida. También explica que la elección de un deporte de contacto tuvo que ver con el entorno en el que creció. “Cuando era niña, yo veía que las chicas no podían salir solas porque era peligroso. Y a mí siempre me gustó ser libre, independiente, salir, entrar… Por eso decidí aprender artes marciales, para saber cómo defenderme si alguien se metía conmigo. Y luego resultó que me encantó”.

Tanto le encantó que, más adelante, cuando su padre le preguntó qué quería estudiar y se ofreció a pagarle la carrera, sus primeras dos respuestas lo dejaron KO. “Le dije que quería ser bombero o dedicarme de manera profesional al boxeo. Imagínate… Él no lo podía entender. ‘Yo no quiero que nadie le pegue a mi hija’, decía. ‘¿Cómo te puede gustar?’, me preguntaba. Porque, obviamente, yo volvía de los entrenos con moratones y magulladuras por todo el cuerpo. Y si no estaba entrenando, estaba buscando otras cosas, como las tirolinas o la equitación. Mi padre soñaba con que yo siguiera una carrera normal, pero a mí me gusta el deporte de acción. Sueño con tirarme en paracaídas, hacer puenting y cosas así, ¿qué le vamos a hacer?”

Vergüenza es robar

“Mi madre también ha tenido que resignarse -prosigue-. Somos seis hermanos y yo soy la única que he volado. No hace mucho, me decía angustiada: ‘Eres la única hija que no se va a casar nunca’. Y yo le pregunté que por qué lloraba, le dije que debía alegrarse por mí. Es que si pienso en la vida que se supone que debo tener… puf, ¡qué aburrimiento! Yo no soy así, no sueño con una boda ni con un cuento de hadas. Respeto las elecciones de los demás, pero a mí lo que me gusta es llevar las riendas de mi vida, no dar explicaciones innecesarias, disfrutar de la naturaleza y de las cosas sencillas”.

En ese sentido, Olga valora especialmente su vida en Euskadi, donde el modelo femenino no está tan encorsetado. “Aquí es completamente distinto. Hay más posibilidades para estudiar, para hacer otras cosas. No te consideran ‘vieja’ con 32 años ni te insisten con el tema boda y niños”, compara. “Mi trabajo me permite ser independiente, regresar a casa de visita, ayudar a la gente más necesitada de allí y disfrutar de las cosas que hago. Soy simple; cabezota, pero simple. Cuando salgo con mis amigos, me preparo en dos minutos, unos vaqueros, una coleta y ya está. A veces me preguntan que por qué no me maquillo, que si no me da vergüenza salir así. Y a mí me hace gracia. ¿Vergüenza de ir sin pintarme? Vergüenza es robar”.

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2015 América del Sur Ellas

364 | Carolina

Constancia, empuje y determinación. Si hubiera que dibujar el perfil de Carolina Alcaraz con pocos trazos, esas serían las líneas maestras. Su relato, que comienza en Paraguay hace veinte años, demuestra que siempre hay posibilidad para el cambio, que el conformismo es una elección. “Soy una persona decidida -afirma-. También soy terca y estricta -reconoce-, pero creo que estas cosas me han permitido salir adelante en la vida. Hay que tener metas, ser independiente y saber valerse por una misma”.

Quien dice estas palabras es la misma mujer que se casó joven y fue madre a los diecinueve años. “Así estaba planteada mi vida nada más salir del instituto”, comenta, antes de añadir que es un escenario “bastante habitual” en América Latina. Lo excéntrico -e inesperado también- fue el gran cambio que acometió poco después. “Me separé, volví a estudiar y me centré en el trabajo y mi hijo”. Estas decisiones, que también tomó siendo muy joven, le permitieron formarse y avanzar en el mercado laboral, donde llegó a ser auditora interna de una de las principales empresas algodoneras de su país.

“Me llamaban ‘la cortacabezas’ porque era súper exigente”, recuerda ahora entre risas. “Es que lo mío son los números, el orden, la planificación. Y sigue siendo así, ¿eh? Me gusta tener todo bajo control”. Pero ese rasgo, que tanto le ha servido para su trabajo, no siempre es el mejor compañero de viaje en el terreno personal, donde no todas las cosas pueden preverse u organizarse al milímetro. Carolina lo comprendió con rapidez, cuando sus hermanos empezaron a emigrar.

“Uno de mis cuñados es gallego, aunque se crió en Argentina. Solo había vivido en Galicia hasta los siete años, pero tenía morriña de su tierra. Soñaba con volver algún día. Cada vez que nos reuníamos todos, surgía el tema. Y cada vez que hablábamos sobre eso, otra de mis hermanas, la pequeña, le alimentaba ese sueño. Ella era muy aventurera, y le decía que iba a venir y que él iba a terminar volviendo”, relata Carolina. “Y, ¿sabes qué? Mi hermana cumplió”.

Las conversaciones de sobremesa se materializaron en un viaje, seguido por muchos más. “Llegó un punto en el que todos mis hermanos estaban fuera del país. Una estaba en Argentina, con mi madre, y el resto se había venido para aquí. Así que yo, que tanto había planificado las cosas, me encontré sola con mi hijo en Paraguay. Tenía un buen trabajo, pero pasaba muchas horas fuera de casa. Mi niño estaba creciendo. En los cumpleaños, en las fiestas, en la vida diaria… estábamos solos. Yo no quería eso para él ni para mí, así que decidí venir”.

Esta nueva decisión también fue muy difícil, pues suponía renunciar a su trabajo y poner en pausa sus estudios otra vez. “Pero lo vi muy claro – señala-. Eso no era tan importante como estar cerca de la familia. Si me preguntas por qué vine, la respuesta está ahí. Yo no emigré por trabajo. De hecho, aquí no he tenido las mismas oportunidades profesionales que en mi país. Sí he podido formarme, pero el progreso he tenido que construírmelo yo”.

El proyecto personal

Como muchos otros extranjeros, Carolina encontró hueco en el sector de los servicios. Cuando llegó, hace ocho años, empezó a trabajar en un bar, limpiando en una casa y cuidando a una señora mayor. “Mañanas, tardes, fines de semana… Fueron unos años muy intensos. Compaginaba las tres cosas porque había que salir adelante y lograr una mínima estabilidad”, explica, aunque matiza que no todo era sacrificio. En medio de la vorágine, había espacio para la ilusión. En la cafetería donde trabajaba conoció a Ángel, que hoy es su marido.

“Él venía a tomar café a donde yo estaba. Estuvimos así, en vueltas, durante un año y medio antes de empezar a salir. Se lo puse difícil al pobre”, recuerda divertida. “Con el tiempo, nos fuimos a vivir juntos, siempre pensando en progresar, en hacer cosas y salir adelante juntos. Intenté muchas veces conseguir un trabajo de oficina pero, además de ser difícil, me ofrecían menos de lo que ganaba como camarera. Me parecía decepcionante, así que un día le dije: ‘Tenemos que hacer algo. No puede ser que seamos jóvenes, capaces y trabajadores, y que no consigamos crecer. Si no se nos caen los anillos para fregar o para trabajar con la fresadora, tenemos que encontrar el modo de hacer algo propio y que nos vaya bien’”.

El pensamiento de Carolina se transformó en un próspero negocio de tartas decoradas por encargo donde, además, venden todos los implementos e ingredientes para la repostería creativa. “Yo no sabía nada de cocina, pero sí de análisis de mercado, así que me puse a investigar. Llevó mucho tiempo, esfuerzo y ahorro, pero lo hicimos. Hoy tenemos una cartera de 700 clientes, trabajamos cuatro personas, incluido mi hijo, y hemos aprendido muchísimas cosas nuevas. Mi marido es, de hecho, quien decora la mayor parte de las tartas. Me siento satisfecha con lo que hemos conseguido hasta ahora, y contenta porque hemos formado un buen equipo y hemos crecido”.

2015 América del Sur Ellas

271 | Wilfrío

Wilfrío Ovelar llegó a Euskadi hace tres años y medio. Decidió emigrar de su país, Paraguay, en plena crisis económica de Europa, un poco en contra de la lógica y de la tendencia actual de retorno. «Uno tiene que pensar en positivo, marcarse metas y avanzar con la idea de alcanzarlas», dice con gran optimismo. Desde que llegó, no ha hecho otra cosa que pensar que su decisión de venir fue acertada. «Nunca creí que me iba a familiarizar tanto con una ciudad tan lejana y distinta a la mía -dice-, pero la verdad es que me he encariñado mucho con este lugar y su gente. La idea de despegarme algún día me cuesta, y eso que extraño mi tierra».

Wilfrío es de una ciudad que se llama Coronel Oviedo. «Está en el departamento (provincia) de Caaguazú, justo en el centro de la región oriental, y queda a 132 kilómetros de Asunción, la capital del país», explica con detalle y léxico de enciclopedia. «Es un lugar muy pujante y, en estos años, se ha convertido en una ciudad universitaria», agrega. Y lleva razón: la ciudad, de 120.000 habitantes, cuenta con ocho universidades. Si la apuesta educativa de la región es clara, también lo es la de Wilfrío, que decidió venir al País Vasco para completar su formación en odontología y, sobre todo, para explorar áreas nuevas.

«Mis primeras referencias de Bilbao las tuve por mi hermana y su marido, que es vasco. Ellos viven aquí, pero viajaron juntos a Paraguay cuando yo aún estaba allí y me hablaron mucho de la ciudad. Casi todo lo que me contaron me llamó mucho la atención, y empecé a seguir la evolución de Bilbao por Internet. Me impactó mucho el proyecto Ría 2000, el desarrollo que supuso para la ciudad y cómo un lugar puede repensarse a sí mismo a partir de una apuesta cultural, como un museo», cuenta maravillado.

Tras meditar sobre el asunto, decidió venir a estudiar. «Dejé en pausa mi vida allí y vine para renovarme y cambiar. Tengo cuarenta años y soy dentista, pero mi objetivo al venir no era tanto profundizar en la odontología, sino formarme como ‘personal shopper’ y hacer cursos de protocolo y asesoría de imagen personal», dice, consciente de que sus palabras sorprenden. «Bueno… Si una ciudad puede instalar un gran cambio, y pasar de la industria a la cultura, no veo por qué una persona no puede hacer lo mismo con su trabajo o sus estudios -argumenta-. Yo quería una transformación y, la verdad, Bilbao es el mejor sitio del mundo para reinventarse».

Sistema cooperativo

Wilfrío, que sí ha cumplido con su objetivo, pasó por varios trabajos para costearse los estudios y poder vivir aquí. «Cuidé ancianos, lavé coches y pinté casas hasta que empecé a trabajar con un odontólogo. Eso me ha permitido aprender más cosas de mi profesión y, en paralelo, darme el gusto de formarme en otros ámbitos». Además, descubrió con cierta sorpresa que «hay muchos paraguayos en Euskadi», un hecho que ha facilitado su adaptación y que ha despertado en él otros intereses, al margen de los académicos.

«Por un lado, hay una realidad, y es que la mayor parte de los paraguayos que viven aquí no han tenido la suerte de poder completar sus estudios. Muchos trabajan en el servicio doméstico y existen necesidades diversas. Cuando tienes un grupo numeroso de personas, los desafíos también son más grandes: hay problemas económicos, familiares, de repatriaciones inesperadas… Por ello dedico mi tiempo a la asociación de paraguayos ‘Entre amigos’. La idea es ayudarnos entre todos, de manera cooperativa, para estar un poquito mejor y que nadie se sienta solo», explica.

«Por otro lado -continúa-, este es un año muy importante para nosotros. Hay elecciones generales en Paraguay y, por primera vez, podremos votar desde el extranjero. Hemos conseguido autorización para instalar aquí una mesa electoral, tenemos 380 inscritos para votar, y Bilbao será la ciudad más distante desde la que se podrá elegir presidente. Esto es un gran paso. Y es solo el primero», anuncia.

«Lo siguiente será conseguir que se instale un consulado paraguayo aquí, para cubrir la zona norte. Actualmente, si tenemos que hacer un trámite, nos toca viajar a Barcelona, y eso no puede ser. Creo que cuando lo consigamos podré decir ‘misión cumplida’ y regresar a mi país, para trabajar por el bienestar de quienes están allí y han tenido menos oportunidades».

2013 América del Sur Ellos

250 | Eusebio

A Eusebio Frasqueri le encanta su trabajo. No solo porque se dedica a ello desde hace más de cuarenta años, sino por el modo en que habla de su labor. Eusebio es albañil y ha trabajado en la construcción durante toda su vida. “Empecé en Paraguay, cuando tenía once años”, precisa. Hoy tiene 57 y se matiene activo en Vitoria.

“Me dedico a colocar azulejos y suelos, a lo que aquí se denimina alicatado. Es un trabajo de terminación, de detalles, porque en esa fase de la obra ya no entra nadie más que tú y lo que haces con tus manos. No interviene ni el pintor, ni el fontanero, nadie. Y eso significa que el acabado que tú consigues allí se quedará, a la vista de todo el mundo. Por eso es tan importante hacerlo bien y con cuidado, controlar las técnicas y ser meticuloso y detallista”, indica.

Consciente de que su oficio es tan antiguo como universal, Eusebio no dudó en ampliar sus horizontes cuando hizo falta. Primero, en Estados Unidos y, después, de este lado del Atlántico. “Viajé a Galicia en 2002 en busca de trabajo, intentando que me contratara alguna empresa de construcción. Hice contactos, hablé con mucha gente del sector, y me explicaron que para poder contratarme y hacer las cosas bien, yo tenía que estar en mi país de origen y recibir allí una oferta firme de empleo”.

Él quería seguir por esa vía, aunque fuese más lenta, laboriosa, burocrática y cara. Sabía que las posibilidades eran pocas, que podrían tardar en llegar y que su objetivo podría alejarse. Pero, aun así, lo intentó. Recopiló información y documentos, hizo todas las gestiones que estaban en su mano, y marchó con la esperanza de que el esfuerzo le conduciría a buen puerto. Acertó, aunque la odisea le llevó de un país sin mar a una ciudad sin costa.

“Un arquitecto de Vitoria se interesó, y así fue como yo vine a Euskadi, con trabajo asegurado y un lugar donde vivir. Llegué aquí hace casi nueve años, junto con 13 trabajadores más”. La familia, eso sí, quedó en Paraguay. “Esta vez no fue tan duro porque mis hijos -tiene cinco- ya son grandes. Los sacrificios han valido la pena”.

Desde que llegó al País Vasco, Eusebio ha estado trabajando en el oficio que tanto aprecia. Pero, además, ha tenido la ocasión de compartir lo que sabe y conectar con su faceta más social. Desde hace cuatro años, es instructor de alicatado en la cárcel de Nanclares. “Me presenté a ese puesto con muchísima ilusión. En mi país había trabajado como visitador social en una penitenciaría y sé lo importante que es ofrecer a las personas una segunda oportunidad. Cuando me llamaron para decirme que el trabajo era mío, me sentí muy feliz”.

Construir nuevas historias

Esa misma alegría es la que transmite en sus clases, convencido de que “no solo se trata de un oficio, sino de una oportunidad”. Los cursos, “tienen una parte teórica y una práctica, pero al final también hay que producir. En algunos pabellones hace falta colocar azulejos o renovar el alicatado, y eso lo hacemos nosotros. Cuando miramos el trabajo acabado, la sensación es muy gratificante. Yo siempre les digo a los internos: ‘Eso lo hicieron ustedes’. Y la gente se entusiasma”.

Eusebio tiene muy claro que la inserción social es fundamental para todas las personas. También para las que vienen de fuera, como él, y tienen por delante el desafío de construir una nueva historia, lejos de los afectos y el entorno conocido.

Como presidente de la Asociación de Paraguayos en Vitoria (APAVI), se preocupa por esttrechar lazos con la gente de su tierra, “mantener las tradiciones, el folclore y el gusto por el encuentro, ya sea con un partido de fútbol o una muestra de danzas típicas”, explica.

Pero también pone en valor “las cosas buenas del País Vasco, que son muchas”; tantas como para venir y quedarse. “La limpieza de las calles, la seguridad ciudadana, la cantidad de espacios verdes que hay… Para mí -dice- ha sido muy sencillo adaptarme, incluso al frío del invierno. Además, me gusta mucho la lectura y aquí tengo la posibilidad de comprar libros, algo que no siempre podía hacer en mi país. Esas cosas tan simples, y a la vez tan importantes, hacen que sienta que he encontrado mi lugar en el mundo y que muchas veces diga ‘yo también soy de Vitoria’”.

2012 América del Sur Ellos

217 | María José

Ayer se conmemoró el Día Internacional del Trabajador Migrante y su familia; una jornada que se celebra desde hace ya once años y que pretende recordar a todo el mundo que hay casi 300 millones de personas viviendo lejos de su tierra y sus afectos por muy diversas razones. El País Vasco -receptor emergente de extranjeros en los últimos años- no ha permanecido ajeno a esta fecha.

En Getxo, por ejemplo, el Ayuntamiento organizó varias actividades culturales, sociales y académicas, entre las que destacaron la exposición fotográfica “Fronteras invisivles” y la ponencia del sociólogo Xabier Aierdi sobre inmigración y convivencia. En Vitoria, los actos fueron organizados por la Federación Coordinadora de Inmigrantes y Refugiados de Álava (KIRA) y se desarrollaron durante todo el fin de semana.

María José Macedo forma parte de este colectivo y de la Asociación de Paraguayos en Vitoria (APAVI). Originaria de San Pedro, una provincia del norte de Paraguay, es profesora de danza folclórica, típica de su país. Aquí, en Euskadi, actúa junto a un grupo de diez niñas cada vez que se realiza algún homenaje o celebración relacionada con los extranjeros o con la danza como arte escénico.

“Empecé a estudiar baile paraguayo y ballet clásico cuando tenía cinco años -relata-. Al venirme para aquí, otros paraguayos que llevaban más tiempo en Euskadi me empezaron a pedir que actuara en las reuniones sociales. Les gustó tanto que, poco después, me pregungtaron si podía dar clases a sus hijas. Así nació Jasy, nuestro grupo”, cuenta orgullosa. Y no es para menos, porque María José ha logrado coreografiar a una decena de chavalas de entre 3 y 12 años. “Dedicación y paciencia”, dice entre risas, a modo de fórmula secreta.

Estudiante de Bellas Artes en la UPV, esta joven paraguaya destaca que “la gente de aquí valora mucho el folclore de otras tierras”. Sostiene que los vascos se interesan mucho por el baile en sí y por los trajes, que traen directamente de Paraguay “y son verdaderas joyas de la artesanía”. Cada vez que termina una actuación, “los espectadores que no son paraguayos suelen decir: ‘No sabíamos que era tan bonito’. Incluso cuando bailamos en Plaza España para celebrar el Día Internacional de la Danza, las profesoras del Conservatorio de Vitoria nos felicitan. Estamos contentas”, agrega.

Emigrar en la adolescencia

A María José le apasiona el arte y se nota. Basta preguntarle por los trajes y los ritmos para que el entusiasmo baile en su voz. Podría hablar durante horas. Sin embargo, su experiencia como profesora es tan valiosa como otra, ligada a los grandes cambios y a la vivencia personal lejos de casa. Ella, como tantos miles de personas, ha migrado alguna vez. Y, al igual que muchas otras, no tomó la decisión de hacerlo.

“Yo vine hace seis años, cuando tenía quince -explica-. Mis padres optaron por salir de Paraguay y eligieron Vitoria porque teníamos familia aquí, Su decisión -prosigue- fue una mezcla de varias cosas, pero una de sus prioridades era que mi hermana y yo estudiáramos fuera; que tuviéramos acceso a una mejor educación”.

Para ella, el momento de partir “fue duro”, sobre todo porque allí quedaron sus amigas, la principal referencia de cualquier adolescente. Hoy, en cambio, está feliz y agradecida. “Al principio es difícil, pero acabas acostumbrándote. Por un lado, existe la tecnología y uno puede estar en contacto con la gente que quiere, aunque esté lejos; por otro, hay que considerar que existen muchas semejanzas culturales. Emigrar aquí no es lo mismo que emigrar a Alemania, donde hay grandes diferencias y idioma es una barrera. A mí me sorprendió descubrir la maravillosa diversidad que hay en España, las distintas tradiciones, la variedad… Mi hermana, por ejemplo, habla guaraní y euskera. y yo creo que integrarse aquí es muy fácil porque los vascos son muy acogedores”.

2011 América del Sur Ellas

95 | Agustina

Comienza una nueva edición del Mundialito BBK y los jugadores y la afición están más expectantes que nunca. Entre ellos, la paraguaya Agustina Romero que, además de jugar con la selección de su país, participa activamente en la dirección de una asociación deportiva. «El fútbol -dice- no es sólo cosa de hombres». Y añade: «Todas soñamos con jugar algún día en San Mamés».

Su relación con el deporte viene de lejos. Desde su infancia, en Paraguay. «Mi padre es un apasionado del fútbol y supo transmitir esa afición a todos sus hijos», cuenta Agustina, que es la mayor de once hermanos. ¿Tan forofo como para crear un equipo familiar? «Algo así. En casa somos diez mujeres y un varón, de modo que mi padre no ha tenido alternativa: si quería comentar un partido, lo hacía con nosotras. Éramos mayoría», responde entre risas.

Sin embargo, la presencia femenina en el deporte es todavía minoritaria, aunque el panorama «está empezando a cambiar». En esta edición del Mundialito BBK hay doce equipos de chicas y cuando llegue el día de la final, en julio, ellas también jugarán en La Catedral. «En general, la gente piensa que el fútbol es cosa de hombres, pero no es verdad. En América Latina hay muchísima afición femenina y lo mismo está pasando en Euskadi», indica. Como muestra, Agustina comenta que, de cara al torneo, «hubo que hacer una selección porque había demasiadas aspirantes, y muchas chicas se quedaron fuera».

Ahora bien, una cosa es ser aficionado y otra muy distinta, jugador. Eso sí, Agustina está dispuesta a militar en ambas categorías. «Puedes perfectamente hacer las dos cosas. Es más, ser mujer y jugar al fútbol no significa que seas una ‘machona’, como creen algunos. Aunque tenga el tobillo resentido por el último amistoso o me queden moratones en las piernas, yo me maquillo y me pongo tacones cuando voy a alentar a mi novio, que también juega».

Y es que, además de compartir piso, cultura y nacionalidad, Agustina y su chico llevan en la sangre los mismos gustos deportivos… o casi. «Yo soy forofa del Athletic y él, del Barça, así que ya puedes hacerte una idea de cómo vivimos en casa el día de la final. Colgué la bufanda en la ventana y grité el 1-0 demasiado pronto… ¡Pero qué a gusto me quedé!», describe.

Souvenir rojiblanco

La bufanda no es la única prenda deportiva que hay en casa de Agustina. Al contrario. «Anoche hice la colada y tengo nueve equipaciones completas secándose en la cuerda», confiesa, aunque se apresura a detallar que «son de nuestra selección del Mundialito». Una cosa es la afición y otra distinta, el fanatismo. «El fútbol es el deporte más sano que existe y también es pura pasión. A mí siempre me gustó, tanto a nivel profesional como en las ligas de aficionados. En Paraguay dirigí un club local durante cuatro años, y aquí estuve en la presidencia de nuestra asociación deportiva cuando ganó la Copa Pindepa en la temporada 2006-2007», dice.

Es evidente que a Agustina le gusta el fútbol, ya sea para verlo, practicarlo o hablar sobre él. Y, en ese contexto, se siente muy afortunada por residir en el País Vasco, donde hay tanta afición. «Llegué aquí por casualidad y doy gracias a Dios», explica esta paraguaya, oriunda de un pueblo llamado Limpio. «Es la ciudad del ‘carandal’, que en guaraní significa palma. Allí se concentran todos los artesanos que tejen sombreros», explica y, mientras lo hace, los ojos se le llenan de nostalgia.

«Es que han pasado cuatro años desde que estoy en Vizcaya, y aún no he vuelto a casa a visitar a mi familia. Antes de eso estuve trabajando en Argentina, Brasil y Uruguay como empleada doméstica, igual que aquí, pero cada tanto volvía… Cuando me decidí a ‘cruzar el charco’ tenía idea de quedarme un par de años. Me acuerdo que escuchaba las historias de otros inmigrantes que llevaban lejos una década sin volver y me parecía imposible. Ahora me doy cuenta de que el tiempo pasa muy rápido y sin que uno lo note», reflexiona.

Pero no se resigna. Agustina está planificando ir quince días de vacaciones y eso la llena de ilusión. «Conoceré a mi sobrino pequeño y -cómo no- le llevaré de regalo una camiseta del Athletic».

2009 América del Sur Ellas