432 | Yoel

Yoel García es un buen ejemplo de que las grandes disyuntivas se presentan de manera inesperada. También, de que no hay planes infalibles. Incluso los proyectos mejor trazados pueden desbaratarse y cambiar muchas veces hasta colocar a una persona donde nunca imaginó que estaría. Cuando era un chaval y se apuntó a la Escuela de Variedades para aprender danza y folclore de Cuba, no podía ni imaginar que, algunos años después, montaría en un avión con destino a Madrid. Menos aún que acabaría viviendo en Euskadi y preparando cócteles en un chiringuito vizcaíno.

“Todo empezó cuando conocí a una chica”, cuenta evocando algo que sucedió hace más de diez años. “Ella era azafata de una compañía aérea que viajaba a Cuba con regularidad. Empezamos a salir juntos y estuvimos tres años así. Yo vivía en La Habana y ella en Madrid, pero nos veíamos seguido porque volaba para allí cada quince días. Al principio, era estupendo”, dice Yoel, aunque agrega que “a medida que pasa el tiempo, una relación así te desgasta”.

Comparada con cualquier otra pareja a distancia, reconoce que la suya tenía suerte. Su situación era “mucho más llevadera y más fácil que la de muchas personas que pasan meses sin verse”. Sin embargo, él explica que “hay un momento en el que planteas si puedes o no seguir así. Aunque volar a Cuba era parte de su trabajo, estábamos un poco limitados. Siempre iba ella, también en sus vacaciones, y en cierto modo estaba harta. Empezó a buscar trabajo allí, pero era muy complicado encontrar algo relacionado con lo suyo, así que hicimos al revés. Yo emigré”.

Entre el momento de la decisión y el momento de la partida pasaron unas cuantas cosas y algo más de un año. “Para empezar, nos casamos. Luego empezamos a hacer un montón de trámites, desde el visado hasta el permiso de salida. Y, además, yo estaba estudiando canto y quería acabar el curso antes de marcharme”, explica Yoel, que desde muy joven compaginó sus estudios y su vocación artística con su trabajo tras bambalinas en distintas salas de fiesta. “Ahí fue, de hecho, donde aprendí a hacer gran parte de los cócteles que hago hoy. Tenía amigos profesionales de la coctelería que trabajaban en las mismas salas y me enseñaban lo que sabían”.

De su llegada a España, recuerda la fecha –11 de abril de 2007–, el color “entre amarillo y marrón del paisaje” y, sobre todo, que “estaba como en shock”. Para Yoel, “emigrar fue un cambio radical”. Los colores ocres que vio por la ventanilla del avión le hicieron pensar “en el ambiente árido y seco del desierto”, pero el aire frío que lo recibió al salir de Barajas lo descolocó por completo. “Por poco se me queda la cara tiesa”, recuerda entre risas. Un poco más serio añade que, durante un tiempo, se quedó “como en un limbo”.

Buenos amigos, nuevos horizontes

El paso de los meses, la vida cotidiana y algunos amigos de la infancia que habían emigrado como él le ayudaron a salir de ese limbo inicial y a disfrutar de su nueva vida… hasta que la relación de pareja se acabó, cinco años después de haber venido. Sin embargo, en lugar de plantearse volver a Cuba, Yoel decidió cambiar de ciudad. “Mi país está muy bien para ir de vacaciones. O, quizás, para volver a vivir allí más adelante, cuando las condiciones sean otras. Ahora mismo, tal como está, no me lo planteo. Siempre tienes que estar inventando cosas para sobrevivir. Incluso cuando tienes empleo, tienes que estar inventando. Aquí la cosa no está muy boyante, cierto, pero con un trabajo normalito, vives. Yo valoro mucho eso”.

En sus opciones, habían tres lugares para elegir: Cataluña, País Vasco y Asturias. “En los tres sitios tenía buenos amigos que estaban dispuestos a recibirme para que volviera a empezar por mi cuenta. Al final, elegí Bilbao y, nada más llegar, supe que había acertado. Me encantó. Otra vez veía el mar, el verde de las montañas… ¡era una maravilla!”, describe Yoel, que acabó convirtiendo la coctelería que aprendió en La Habana en su medio de vida en Euskadi. Este verano prepara bebidas en un chiringuito de playa.

“Me gusta mucho mi trabajo. Lo disfruto. Hay que ponerle mucho corazón y hacer cada cóctel con mimo, al menos yo lo veo así. También me gusta mucho vivir aquí. Me parece fascinante el carácter de los vascos, tan diferente al de los cubanos. Siempre se dice de ellos que son cerrados y, en parte, es verdad. Pero solo en parte. Lo real es que son gente maravillosa, y no lo digo por hacer la pelota. He viajado mucho por toda la península y no he encontrado un modo de ser igual. Son fiables, honestos y muy sinceros. Tan sinceros que a veces se pasan y te vienen a pedir disculpas”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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419 | Juan Carlos

“Hay que decirle sí a la vida, a sentirse bien, a desconectar, a disfrutar del cuerpo, a la alegría. Es importante compartir experiencias con los demás, conocer a otras personas, reír mucho. ¿Qué sentido tiene estar vivos, si no?” La reflexión pertenece al cubano Juan Carlos Cano, un bailarín profesional y director artístico de espectáculos musicales que llegó al País Vasco en 1999 y que desde entonces se gana la vida dando clases de baile. Su academia, Getxo Salsa, “es la primera academia de danza cubana de todo Euskadi”, cuenta orgulloso, aunque para él es mucho más que eso. “Casi te diría que es una especie de club social, una gran familia”.

“Realmente, lo siento así -continúa-. Cuando atraviesas esta puerta, es como si entraras a Cuba. Y aquí pasan cosas muy bonitas. Hay personas de todas las edades, jóvenes y mayores, y de distintas clases sociales, pero eso no es un problema, al contrario. La gente se mezcla y las diferencias se esfuman. A lo largo de estos dieciséis años, unos alumnos siguen y otros dejan, unos llegan y otros se van, pero todos vuelven. Eso es muy gratificante. El otro día me enteré de que soy el extranjero con más tiempo de permanencia ininterrumpida con un negocio abierto en Getxo. Puede parecer una tontería, pero para mí es algo muy importante”. Y lo es; sobre todo, si se consideran los inicios.

La llegada de Juan Carlos a Euskadi fue impulsiva y atípica. Llevaba tiempo fuera de Cuba y estaba viviendo en Madrid cuando conoció a un matrimonio mixto, una pareja vascocubana, que residía en Vizcaya. “Entablamos amistad y un día me invitaron a pasar un fin de semana con ellos en su casa”, recuerda. Lo siguiente fue un flechazo, al mejor estilo de Cupido. “Cuando entré al País Vasco y vi en verdor, la vegetación, las montañas y el mar, me enamoré. Yo soy isleño, siempre había vivido cerca del mar, y Madrid me resultaba demasiado seco, demasiado árido. El aire de Euskadi era limpio y fresco. Me encantó”.

Tal fue su sorpresa que, después de ese fin de semana, mientras volvía a Madrid, solo pensaba en mudarse. Y lo hizo tres días después. “Al miércoles siguiente contraté un camión de mudanzas, metí allí todas mis cosas, cogí mi coche y me vine conduciendo hasta aquí, con el camión detrás”. Confiesa que lo único que le importaba era encontrar un sitio que estuviera cerca del mar, donde pudiera disfrutar de la naturaleza. Así fue como llegó a Barrika. “Me dijeron que tenía costa y fui. Estacioné frente a una inmobiliaria y pregunté por un piso para alquilar. La chica se sorprendió al ver el camión con los muebles. Me preguntó si me habían echado de mi casa”, recuerda con humor.

Los primeros pasos

Juan Carlos no conocía nada de la zona, excepto lo que había visto el fin de semana anterior. Tampoco sabía cómo sería su vida a partir de ese momento. Lo único que tenía claro era que había tomado la decisión correcta. “Hay momentos en los que te preguntas qué estás haciendo con tu vida, qué cosas están mal, cómo te gustaría que fueran. A mí me sucedió ese año. Decidí empezar por compartir lo que sabía: bailar. Fui hasta un bar que estaba junto al Ayuntamiento de Sopelana, me presenté y le dije al dueño que quería dar clases de baile allí. El hombre se quedó un poco descolocado, pero aceptó. Hice unos cuantos cartelitos a mano, los escribí con un boli y los repartí. El primer día tenía veinte personas esperando”.

Comenzó dando clases en distintos lugares, hasta que creó la clientela suficiente como para abrir algo por su cuenta. De esa manera nació Getxo Salsa, un proyecto al que Juan Carlos le dedica todos los días de su vida. “Lo que empezó como un modo de supervivencia, acabó transformándose en mi proyecto vital. Trabajo todos los días, doy entre siete y nueve clases diarias, y también he incorporado la expresión corporal como una terapia de salud y bienestar. No soy médico, pero prestarle atención al cuerpo es súper importante para sentirse bien. Mente sana, cuerpo sano”, resume.

“La verdad, soy muy feliz en el País Vasco. Mis alumnos son como mi familia y lo que hago me da tanta vida que solo puedo estar agradecido. Aquí tengo libertad para crear y he conocido a mucha gente majísima. Además, los vascos son geniales cuando bailan, tienen tremenda soltura. Es estos años hemos hecho varias caravanas salseras a otras comunidades. Hemos ido a Salamanca, a Medina de Pomar, a Madrid… Ahí nos pusimos a bailar en la Puerta del Sol y la gente nos echaba monedas -cuenta divertido-. También viajamos en grupo a Cuba, cada dos años, para conocer el país, su cultura y su música. Un día fuimos al cabaret Parisien y hubo una competición de baile. ¡Había que ver a mis alumnos allí! Cuando llegaron los vascos al Parisien, el resto tuvo que recogerse”.

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380 | Bárbara

El próximo fin de semana tendrá lugar el IX Festival ‘Gentes del Mundo’ en Bilbao. La celebración rebosará de actividades e iniciativas que van desde lo lúdico y gastronómico hasta lo reivindicativo y lo social. No serán pocas las propuestas de este año, y los organizadores -personas de todas partes del globo- se encuentran estos días ultimando los detalles en el Casco Viejo, donde la federación que les agrupa tiene su sede. Entre ellos está Bárbara Dewolff, la vicepresidenta de la Federación Gentes del Mundo que, este año, ha sido designada como directora del festival.

La conversación con Bárbara -‘Baby’, para los amigos- es ágil y distendida, si bien el ritmo lo marcan sus obligaciones, que no están libres de estrés. “Aún quedan cosas por hacer y falta poco para el inaugurar el festival”, comenta, realista. En su calendario, el horizonte está trazado a las 11 de la mañana del sábado, en la explanada del Museo Marítimo de Bilbao. “Ese día nos acompañarán autoridades del Ayuntamiento, del Gobierno vasco y de la Diputación Foral de Bizkaia, además de todas las entidades privadas que nos apoyan y que han colaborado para que esta iniciativa tenga lugar”, dice con tono de agradecimiento.

La gratitud es genuina. Desde su punto de vista, la existencia de este festival es “indispensable para promover la integración, los espacios de intercambio y un marco de encuentro entre personas de distintas procedencias”. Objetivos todos que tienen su momento más visible en los días de celebración, y que también se marcan para el trabajo previo, el que no se ve, pero transcurre en el día a día de la federación.

“Trabajar con personas de culturas diversas es muy bonito. Lógicamente, es complejo y muy exigente, ya que debes aunar sensibilidades distintas, encontrar los puntos comunes y sacar lo mejor de las diferencias, pero es una gran oportunidad para conocerse, crecer y aprender los unos de los otros. ¡Estamos muy contentos y orgullosos!”, confiesa Baby, que tiene mucha experiencia en el mundo asociativo y de la inmigración. Su participación en él comenzó en 2006, cuando llegó a Bilbao.

“La labor de las asociaciones es muy importante a nivel humano y social. Formaciones como Mujeres del Mundo, La Posada de los Abrazos o Euskadi-Cuba, en el caso particular de quienes somos cubanos, hacen un trabajo excepcional de integración y desarrollo”, sostiene. “A Mujeres del Mundo llegué por una chica que conocí al poco de llegar y que era miembro de la asociación. Fui acogida con muchísimo amor y aprendí muchas cosas. Sobre todo, aprendí de los valores humanos que importan”, dice.

“Las asociaciones consiguen ayudar mucho a quienes llegan solos a un entorno nuevo -insiste-. Gracias a ellas, por ejemplo, supe lo que era Lanbide, hice cursos de formación y he podido conseguir un trabajo Eso te hace ser una persona agradecida y te motiva a trabajar por los demás. Ponerte en la piel del otro te ayuda a conectar, a no estar aislado. Esto es válido para todos, pero en particular para quienes migran. Cuando llegas a un lugar que no conoces, tienes que tocar puertas; si no, te quedas en el aire”.

Una apuesta que crece

El Festival Gentes del Mundo es, quizá, una de las mejores expresiones de la capacidad de cambio y creación que tienen los grupos de personas que se organizan con fines comunes. Con los años, ha crecido mucho y no solo en número de participantes -actualmente trabajan 45 asociaciones para que sea una realidad-. La iniciativa a crecido en la profundidad de sus propuestas, que conservan lo folclórico y lo lúdico, pero va algunos pasos más allá.

“En esta edición habrá talleres de género, de integración y antirrumores. Se harán programas de radio en directo, para transmitir las actividades del festival, y también habrá sitio para los juegos infantiles, la música y la gastronomía”, enumera Baby, que no quiere olvidarse de nada. La sección de ‘Sabores del Mundo’, de hecho, ocupará una carpa entera y allí se podrán degustar las bebidas y platos de distintos países.

“Y sí, claro que habrá folclore, pero será una parte más del festival, no la única. Bailar dice mucho, pero no lo dice todo y es necesario que haya espacios para pensar e intercambiar ideas todos juntos. La diversidad es esencial para construir la identidad colectiva y es algo que a todos nos interesa hacer bien. A fin de cuentas, todos somos ciudadanos del mundo.”

2015 América Central Ellas

379 | Pablo

Un día, Pablo Fernández Reyes se marchó de La Habana para radicarse en Bilbao. Treinta años después, siente que la cultura vasca -y no solo la lluvia- ha calado en él, que Euskadi ha moldeado su carácter. “Cuando vine aquí, yo era un extraterrestre”, dice entre risas, acordándose de los primeros tiempos. “En 1985 había muy poquitos extranjeros; y morenos, casi ninguno. Yo tenía 23 años y, como practicaba deporte [era judoka], estaba fuertecillo, majo, de buen ver. Llegué en invierno y aquí estaba todo el mundo más blanco que la leche. ¡Me quedaban mirando como si hubiera venido de otro planeta!”

Su simpatía y su risa demuestran que el humor es una estupenda herramienta de adaptación, de asimilación de cambios y aprendizaje. Porque la llegada, en sí, fue un poco dura para él. “Era invierno y llovía mucho, casi todos los días. El sirimiri me sorprendió, porque de pronto estaba cayendo durante tres semanas seguidas. La ciudad no estaba como ahora. Bilbao era distinto, mucho más gris e industrial. Además del clima y del paisaje, era una época convulsa. Había más partidos políticos que ahora, que han vuelto a aparecer muchísimos, y eso me costaba un montón. Digo… yo venía de un país con un único partido…”.

Las diferencias eran notables “¡y falta hablar del carácter!”, apunta. “La gente aquí es muy seria y formal. Los vascos son reservados al principio; son precavidos. Cuando te conocen, siempre esperan a ver cómo eres, qué quieres, cómo evolucionas. Y no es mala estrategia, ojo, así se evitan muchos problemas. Con el tiempo, uno aprende también y lo incorpora. Al menos en mi caso, después de tantos años, me he vuelto como ellos. Uno se amolda a la situación y al entorno donde vive, se adapta a la sociedad y al estilo de vida, adopta las maneras… Tanto es así que después, cuando conozco gente nueva, dicen ‘¿y este es cubano? ¡de cubano no tiene nada!’”

Para Pablo, la integración es esencial. “Es importante relacionarte con la gente de aquí, conocer la cultura, las costumbres, la manera de pensar. Si no, te refugias en los tuyos, buscas a las personas de tu propio país y acabas enganchado en ese círculo, en el que solo te relacionas con quienes son como tú. Eso es muy triste porque, al final, sigues en Ecuador, el Cuba o en Colombia aunque estés viviendo en Euskadi”, reflexiona, si bien agrega un matiz: “No es lo mismo venir solo y sin apoyos que llegar con tu pareja a un entorno familiar que te espera y te ayuda. En ese sentido, yo tuve muchísima suerte”, reconoce.

“Yo acabé aquí por una casualidad de la vida que después se transformó en una historia de amor -adelanta-. Un día, estaba paseando por La Habana y conocí a unas chicas, turistas, que me preguntaron cómo llegar a un sitio. Les di las indicaciones y seguí mi camino, pero esa tarde me las volví a encontrar. Conversamos, se iban a conocer Varadero, las acompañé al autobús y quedamos para vernos a la vuelta. Así conocí a la mujer con la que después me casé”, resume Pablo.

Su llegada a Bilbao, además de la adaptación cultural, supuso un cambio de rutina y de trabajo. “En Cuba, yo era judoka. Cuando vine aquí, me puse a entrenar y continué con mi actividad deportiva durante un tiempo, pero rápidamente entendí que de eso no podría vivir. El judo es un deporte muy bonito y muy noble, pero también es minoritario y, a diferencia del fútbol, son contados los casos en los que te da de comer aunque te dediques a él de manera profesional”, analiza, antes de contar que ha intentado varias cosas para salir adelante en estos años.

Gimnasios, mojitos y vinilos

“Tengo un amigo que siempre me dice: ‘Hombre de muchos oficios, pobre seguro’. Y yo siempre le respondo con la frase de un científico francés del siglo XVII, que sostenía que más vale saber un poco de casi todo, que todo de una sola cosa. En mi opinión, lo universal es mejor porque siempre te da más opciones”, sostiene. Después, enumera sus intentos más o menos exitosos a lo largo de tres décadas, entre los que se cuentan sus años como entrenador y un gimnasio pequeñito que montó por su cuenta. “Funcionó hasta que surgieron las grandes franquicias, con gimnasios inmensos, y me di cuenta de que no podía competir”.

El deporte cedió paso a la hostelería, donde trabajó como relaciones públicas, pinchando discos, al frente de un café teatro… Su iniciativa más reciente -“influenciada por el lounge”, apunta- es el Mojito Social Club, un local especializado en esta bebida típicamente cubana, pero que ha buscado desmarcarse de la oferta de ocio actual. “Servimos caipiriñas, mojitos, margaritas… todas bebidas muy tropicales, pero no somos un local ‘latino’. De hecho, la música es quizá el elemento que más nos distingue. Me gusta mucho el latin jazz y tengo un punto nostálgico, porque muchas veces pongo a Nat King Cole en vinilo. A mi padre le encantaba y me lo hacía escuchar de pequeño. Hay que buscar siempre la originalidad, especialmente en el trabajo. Si eres uno más, eres uno menos”.

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363 | Enrique

De su llegada recuerda dos cosas: “Hacía frío y llovía. Estaba todo mojado. El paisaje era distinto al que yo conocía. También eran diferentes la comida, el carácter de la gente y los coches. Todos los coches me parecían muy modernos”. Así describe Enrique Vera sus primeros tiempos en Galicia, la tierra que le recibió hace quince años cuando se marchó de Cuba.

Su relato migratorio, como muchos otros originados en esta isla del Caribe, comienza con una historia de amor. La prevalencia no es casualidad. Como él mismo explica, “es muy difícil salir libremente del país. Tiene que haber una razón de peso. En aquel momento, al menos, eran muy pocas las personas que tenían la posibilidad de viajar al extranjero. O eras deportista de élite, o salías por estudios o por cuestiones culturales. Si no destacabas en alguno de esos campos, no podías ni pensar en salir al mundo… a menos que te casaras con alguien de fuera”.

Y eso fue lo que hizo él: enamorarse y casarse. “Yo conocí a mi mujer allí, claro. En ese entonces, trabajaba en un hotel y tenía contacto con los turistas que venían de otros países. La conocí en su primer viaje y no volví a verla hasta seis meses después, cuando regresó. Después seguimos la relación por correo. Nos carteábamos mucho”, recuerda. La relación se construyó con tinta y papel, y se consolidó de la misma manera, cuando se casaron.

Tras la boda, Enrique cruzó por primera vez el Atlántico. “Llegué, como te decía, a Galicia. Mi mujer y su familia son de allí. Pero poco después nos trasladamos a Bilbao, por el trabajo de mi esposa. Yo empecé a buscar empleo enseguida. Miraba en el periódico y casi todas las ofertas eran del sector de la hostelería, de la cocina. Me pareció interesante, aunque tenía mucho por aprender. Si quería trabajar de eso, tenía que formarme, así que me apunté al Instituto Vasco de Nuevas Carreras. Soy cocinero de profesión”, dice, satisfecho por haber alcanzado esa meta.

Esa y otras, porque a Enrique le fue muy bien en el plano laboral. Su percepción de la demanda era correcta. “Empecé a trabajar casi de inmediato. Conocí varias cocinas, e incluso fui jefe de cocina en un restaurante. Era la época en la que se pagaba bien. Como el trabajo estaba bien remunerado, yo podía ahorrar y volver con cierta frecuencia a Cuba, a visitar a mi familia”, explica. “Eso era muy importante para mí, porque no es tan fácil que vengan a verte”. En su caso, la dificultad era triple. A la cuestión económica se sumaban las barreras migratorias de allí y de aquí.

“Mi madre vino solo una vez. Cuando quise que volviera, repetí los trámites, la carta de invitación… todo. Y me lo denegaron. Suponían que iba a quedarse a vivir”, cuenta con resignación. “Por suerte, ahora las cosas son un poco más fáciles, incluso en Cuba -matiza-. El país ha cambiado bastante en estos años. Quizás quienes viven allí no lo notan tanto, pero para alguien como yo, que va cada cierto tiempo, es claro. Hay más movimiento, más comercio y más libertad de expresión. También hay mucha gente con ideas, con ganas de emprender. Lo que falta, sin embargo, es inversión. Todavía hace falta dinero”.

El corsé de las banderas

Después de pasar varios años en los fogones, Enrique decidió cambiar de área. “La cocina es muy bonita, pero también es muy dura. Estaba sometido a mucho estrés y pensé que podía emprender algo distinto, montar un negocio”. Así abrió una zapatería, que funcionó bien hasta que tropezó con la crisis, y luego un txoko cubano, “un lugar de encuentro para mis paisanos”, detalla. “También compré una casa en Cuba y, con esfuerzo y trabajo, la transformé en un hostal”, dice. Y añade que, “más allá de lo que uno haga, siempre hay que estar activo, emprender, intentar cosas nuevas para salir adelante”.

“La verdad -prosigue-, este es un buen lugar para hacer cosas y crecer. En todos los años que llevo viviendo aquí, jamás me he sentido solo o discriminado. Al contrario. Los vascos tienen un apego especial con los cubanos. Somos muy bien recibidos. Además… creo que es importante salirse un poco del corsé de las banderas. Cuando te vas de tu país, cambias, y también cambia aquello que has dejado. Echas de menos cosas mientras estás aquí y, cuando vuelves, extrañas esto. Las cosas ya no son ‘blanco o negro’, los sentimientos se mezclan. Hoy en día pienso que mi tumba está allí… pero eso convive con la certeza de que aquí también estoy en casa. Este país me lo ha dado todo”.

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359 | Arisleydis

Todo proceso migratorio tiene sus luces y sombras. En general, se hace hincapié en las segundas, porque cambiar de país no es sencillo y adaptarse a lo nuevo, tampoco. No es sencillo para quien da el paso, para quienes le ven marchar, ni para quienes le reciben. Emigrar es una decisión de gran calado que repercute en el ámbito cultural, pero también en el social, el laboral o el afectivo. Las relaciones cambian, las prioridades cambian, los problemas son otros. Pasa un tiempo más o menos prolongado hasta que las piezas se acomodan y el mecanismo encuentra un nuevo modo de funcionar.

Este proceso es, a veces, tan lento, tan trabado y tan duro, que invariablemente unos y otros hacen foco allí: en lo que falta, lo que sobra, lo que duele. Sin embargo, existen luces, rostros amables, zonas más fáciles de transitar. En la inmigración no todo es sufrimiento o tristeza. También hay margen para el encuentro, el crecimiento y la alegría. Incluso, para la prosperidad. Arisleydis Melo -Aris, para los amigos- es un buen ejemplo de ello. Catorce años después de partir de su Cuba natal, no solo siente que la decisión ha merecido la pena; siente que ha sido el primer paso hacia la felicidad.

“Yo vine al País Vasco convencida. Tenía amigos aquí y, además, era forofa del Athletic”, explica con naturalidad. “Sí, sí. Ya antes de marcharme formaba parte de una peña. Siempre me gustó. Me parecía un club genuino, con valores y muy emblemático de esta tierra. En Cuba somos más de béisbol que de fútbol, pero allí el béisbol lo practican los cubanos. En ese aspecto, encuentro mucha similitud con el Athletic, un equipo en el que juegan los vascos. Creo que eso es un valor. Los demás equipos parecen más un zoológico: unos de aquí, otros de allá, tres de no sé dónde… Cuando alientas a los leones, sabes que son de aquí. Es normal que pongan tanto sentimiento y que tengan la mejor afición del mundo”, subraya.

Aris es una mujer de convicciones. Su defensa encendida de la pertenencia en el ámbito del fútbol es una de ellas. Sin embargo, esto no impide que también ponga en valor la interculturalidad, la fusión o los aspectos más positivos de la mezcla. “Un año después de llegar a Euskadi conocí a mi chico -relata-. Él es de aquí. Hoy es mi marido y el padre de mis dos hijos. Soy muy feliz con él y siempre digo que haberlo conocido y haber formado una familia juntos es lo mejor que me ha pasado en la vida”, enfatiza ella, con la autoridad que tiene al ser “la mamá de dos niños preciosos de cinco y ocho años”.

Como madre, de hecho, ha vivido la misma realidad que muchas mujeres trabajadoras: encontrarse un día sin empleo y tener en casa dos niños a los que sacar adelante. “Yo empecé a trabajar en cuanto llegué a Bilbao. Por un lado, no había crisis. Por otro, tenía 28 años. Jamás tuve un problema, hasta que un día me quedé sin trabajo, y con 42 años. Eso es tremendo, porque envías tu currículum, vas a las entrevistas, y una de las primeras cosas que te preguntan es si tienes hijos. Dices que sí y, al final, solo recibes un ‘ya te llamaremos’. Es triste pero, en el ámbito laboral, una mujer de mi edad y con hijos no tiene nada que hacer”. Nada… excepto emprender.

Tomar la iniciativa

“Mi marido y yo nos decidimos a lanzarnos por nuestra cuenta. En septiembre, hace poquito, abrimos una frutería. Elegimos el barrio de Miribilla porque allí viven muchas familias y porque queremos volver al modelo del pequeño negocio de barrio, familiar; huir de las grandes superficies. Me parece que en un momento como este, de crisis, es importantísimo activar el comercio de cercanía y el empleo local. El carpintero y electricista que nos hicieron las instalaciones en la tienda son del barrio”, señala.

“Además, en nuestro caso, la tienda nos permite combinar tradiciones, saberes y sabores. Yo nací y me crié en un pueblo de Cuba donde mi familia tenía fincas, así que crecí entre sandías y melones. Soy una enamorada de las frutas, sobre todo de las de mi tierra, que son maravillosas. Aquí, en nuestra tienda, tenemos una importante selección de frutas tropicales, las que más conozco. Eso me permite darlas a conocer, explicar cómo se preparan o enseñar algunas cosas que aquí no se conocen, como cómo abrir un coco. Usamos mucho las redes sociales para hacer vídeos, o sortear cestas frutales”, explica con mucho entusiasmo.

“Pero también tenemos género de aquí. Mi esposo y yo vamos cada mañana a Mercabilbao a elegir nosotros mismos la mercadería. Y, aparte, hemos contactado con algunos aldeanos de la zona para incorporar sus hortalizas a nuestra oferta. Estoy encantada con el proyecto. Trabajamos mucho y acabamos cansados, pero lo disfrutamos un montón. Cada uno ofrece lo mejor que tiene. Eso es lo bonito”.

2014 América Central Ellas