355 | Elkin

De Venezuela a Bilbao. De constructor a cocinero. De Ingeniería Civil a Ciencias Políticas, y de joven emprendedor a padre de familia y profesor. En apenas diez años, Elkin Ríos cambió de trabajo y de país. Cambió de profesión y de universidad, de carrera universitaria y de vida. Sin embargo, ha mantenido un par de amores constantes: el que siente por su mujer, con quien se casó muy joven, y el que sintió por esta tierra en 2007, cuando la vio desde el avión.

“¡Qué bonito! ¡Qué bonito era todo!”, dice evocando el momento. “Llegamos en marzo y todavía había mucha nieve. Todo estaba blanco, se veían las montañas y el mar, las casitas diminutas allá abajo. Yo viajaba con mi mujer y con mi hijo, que entonces no tenía ni dos años. Habíamos vendido todo en Venezuela para poder venir: el frigorífico, la lavadora, los muebles, todo. Mientras miraba por la ventana, me enamoré de este lugar. Le dije a mi esposa: ‘Cariño, mira, nuestra nueva vida’. Recuerdo la emoción y, después, la sensación maravillosa del aire limpio y frío del invierno”, relata Elkin, que procede de una ciudad -San Cristóbal- donde la temperatura media es de 23 grados todo el año.

Ese viaje marcó un antes y un después para él. Entre otras cosas, porque le permitió saldar cuentas pendientes, cerrar un capítulo y volver a empezar. “Las grandes decisiones de mi vida las tomé cuando era muy joven. Me casé a los 21 años, mientras estudiaba en la universidad. A esa edad, trabajaba y ya tenía registrada mi primera empresa de construcción”, sintetiza. El presente era muy bueno y el futuro prometía más. Pero la inestabilidad económica de su país y los episodios de inflación salvaje fueron mucho más potentes que su ímpetu juvenil. La macroeconomía arrasó su estreno en la adultez, se alimentó de su inexperiencia empresarial e hizo mella en sus comienzos en el mundo del trabajo.

“En 2002 hubo un paro de varios meses en el sector petrolero, que coincidió con un momento en el que me habían contratado una obra. Como es habitual, yo ya había firmado los compromisos y había cobrado un adelanto del 30%, para comprar los materiales, pero no pude hacerlo hasta que se solucionó ese conflicto y el mercado volvió a funcionar. Cuando eso ocurrió, en marzo de 2003, todos los precios se habían disparado. El dinero se había devaluado y lo que yo tenía no alcanzaba para nada. Las empresas grandes, que tenían capital y materiales almacenados, pudieron hacer frente a la situación. Pero las pequeñas, como la mía, no teníamos recursos”, relata.

Elkin pidió un préstamo para comprar los materiales, ejecutar la obra y cumplir con los compromisos. Pero una nueva crisis, más la confianza excesiva en un familiar suyo -que en lugar de ayudarlo, lo timó-, asestaron el golpe de gracia a su proyecto empresarial y de vida. “Fue peor que quedarme sin nada. Me quedé con ingresos insuficientes y un montón de deudas, que se acumulaban”, explica. Fue entonces cuando decidió emigrar y cuando el horizonte se dibujó en Bilbao.

El futuro en una servilleta

“Tenía un amigo aquí que me ayudó muchísimo. De hecho, fue una de las personas que me prestó dinero cuando yo aún estaba en Venezuela. Vine al País Vasco por él y, nada más llegar, me puse a buscar trabajo. No sé qué cantidad de currículums repartí, pero fueron muchos. Uno de esos días, pasé por un restaurante en el Casco Viejo y me ofrecí para trabajar. Me había quedado sin folios ya, así que apuntaron mis datos en una servilleta. Nunca imaginé que ahí mismo, en ese lugar y con el hombre que me atendió, Joserra, empezaría a enderezar toda mi vida”.

Elkin se reconoce afortunado. Conoció de primera mano la “nobleza vasca” y la bonhomía de un hostelero que creyó en él, pese a que todo les jugaba en contra. “Yo no tenía ni idea de hostelería y, además, era extranjero. Y él, que era el dueño de uno de los restaurantes más apreciados de Bilbao, se tomó el tiempo para enseñarme y para contratarme de manera legal, con todo lo que eso supone en tiempo, dinero y barreras administrativas. Aunque ya no trabajo con él, nunca tendré suficientes palabras de gratitud. Gracias a él, me afiancé aquí y pagué todas las deudas que había contraído. También descubrí el mundo de la hostelería y estudié para ser cocinero”, dice.

Ahora, ocho años después, Elkin da clases de cocina en la asociación AHISLAMA. Forma parte de un ambicioso proyecto de integración sociolaboral. Volvió a la universidad. Tuvo un segundo hijo. Se siente feliz, a gusto y tranquilo. “Emigrar te aleja de tus raíces, de tu familia, de tus amigos, pero te da la oportunidad de enriquecer tu cultura, tu visión de la vida, de la humanidad. Te permite eliminar estereotipos, te enseña a adaptarte y a explotar tu potencial. Emigrar te quita todo lo que eres y, a la vez, te da todo lo que serás”.

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