427 | Alex

Alex Brizuela es venezolano y llegó a Euskadi en noviembre de 2015. Hacía mucho que pensaba en emigrar, pero tomó la decisión definitiva hace un año, después de sufrir un ataque del hampa que no acabó con su vida de milagro. “Fue el 11 de junio a las seis de la tarde; no se me olvida más. Me atacaron, me secuestraron y me golpearon muy feo”, resume. La situación fue, por lejos, una de las peores experiencias de su vida, y estuvo amplificada por un entorno que le ayudaba poco a olvidar.

“No fue una cosa aislada. Venezuela está mal. Los principales problemas son la escasez y la inseguridad. Con respecto a la escasez, no es solo que falten artículos de primera necesidad o comida, es que la inflación le impide al grueso de la población adquirir lo poco que hay. Con números se entiende mejor: en este momento, el salario mínimo ronda los 14 euros mensuales. Un kilo de carne cuesta 4,50 euros. La pasta de dientes, 1,50… ¿Cómo hace una persona para vivir con esos precios? ¿Y las familias que tienen cuatro o cinco hijos? Hay que estar ahí para vivirlo”, dice.

“Luego está el tema de la corrupción y la inseguridad”, continúa Alex, que es ingeniero de profesión y que también sufrió rechazos en el ámbito laboral y universitario por no ser afín al gobierno. “Tengo un buen currículum y, cuando buscaba trabajo, siempre me seleccionaban… Hasta que descubrían que no había firmado a favor del régimen. Entonces, el proceso se truncaba. Súmale a eso los robos, el hecho de no poder confiar en nadie o que a las seis de la tarde tengas que estar metido en casa porque la calle es peligrosa. Han violado todos los derechos de las personas”.

El secuestro y la paliza del año pasado fue la gota que colmó el vaso. Aunque llevaba tiempo pensando en marcharse y evaluaba distintas opciones migratorias, fue a raíz de aquel suceso que tomó la decisión. “Nuestra primera opción era Canadá –dice en un plural que abarca a su mujer y sus dos hijos–. Pero finalmente elegimos Euskadi. Tengo sobrinos que viven aquí desde hace más de diez años, y conocidos de Venezuela que residen en Barakaldo y Bilbao. Si vas a empezar de nuevo, mejor estar donde está tu familia o tu gente”, reflexiona.

Alex viajó solo. Poco después, llegó su mujer. Los hijos del matrimonio se han quedado en Venezuela con la abuela, hasta que la pareja los pueda traer. “El vacío que se siente es muy grande. Es duro pensar en tus hijos y tus familiares viviendo allí cuando sabes lo que hay. Es difícil, pero nada es imposible. En ese sentido, mi meta es clara. No miro atrás ni a los costados, siempre miro hacia adelante. Sé que estaremos bien aunque cueste”.

La música, una salida

Pero no todo es sufrimiento. Una de las cosas positivas que le ha brindado la emigración es poder reencontrarse con una de sus grandes pasiones: la música. “Siempre he cantado. Toco instrumentos de cuerda desde que era un niño. Cuando tenía ocho años, ya tocaba la guitarra, el cuatro y la bandola. Soy de Estado Guárico, así que lo mío era la música llanera, el folclore de mi país”, relata Alex, que ya ha actuado varias veces en Euskadi y ha encontrado en su vena artística una vía laboral.

“Empecé poco a poco, a través de conocidos y amigos. Obviamente, aquí no hago folclore. La música llanera no se conoce, así que al llegar al País Vasco me tocó cambiar de género. Aquí hago salsa, merengue, bachata, cumbia, baladas, rancheras… Es decir, hago todo lo demás”, cuenta con simpatía. “La verdad es que me adapto –agrega–. Cuando grabas un álbum quedas más encorsetado en un tipo de música. Pero cuando estás empezando, puedes permitirte experimentar y probar. Yo canto a demanda, no tengo problema. Me gusta complacer a la gente”.

Alex explica que buena parte de su público son otros latinoamericanos. Algunas celebraciones de otros colectivos, como el día de la madre de Bolivia o de Paraguay, han contado con su presencia. “El latino es muy alegre, tiene chispa y es extrovertido. Yo elijo canciones románticas pero también movidas y divertidas. A los vascos les gusta mucho el rock. Es bonito conocer a otras personas y aprender cuáles son sus gustos”, comenta él, que aquí ha tenido la ocasión de empaparse de otras culturas.

Ahora bien, ¿es posible sentir que uno ha emigrado cuando en el país de destino se habla tanto sobre el país de procedencia? Alex sonríe. Para él, es un poco raro ver que la política de España se disputa en Venezuela. Sin embargo, no duda en enumerar las diferencias. “Lo primero que me gustó de aquí fue la seguridad. Luego, la limpieza. Que una ciudad esté limpia es sinónimo de cultura. Hay una economía estable. Consigues todo. Puede ser que el vasco sea menos alegre que el venezolano, pero te aseguro que no me importa”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Sur Ellos

421 | Neuvelis

Las migraciones marcan un antes y un después en la vida de quienes se van y en la de sus afectos. Las cosas cambian. Las personas cambian. Muchos aspectos de las relaciones nunca vuelven a ser igual. A veces sutil, casi siempre profunda, la transformación es lo suficientemente importante como para dejar huella en las personas. Pero si a eso se le suma la pérdida de un padre, el fin de una relación de pareja, el miedo y las discusiones de familia, el resultado puede ser demoledor. En parte, así es la historia de Neuvelis Echevarría Arrieta, un ingeniero venezolano que llegó a Bilbao en 2010 y que, antes de estabilizarse, lo perdió todo.

Neuvelis tiene dos apellidos vascos, pero cuando habla de su herencia, se fija en los valores más que en la genealogía. “De mi madre aprecio la constancia, la fortaleza y la dedicación. De mi padre, la disciplina, el esfuerzo y la honestidad. Siempre que pienso en él, recuerdo esas cualidades”, asegura Neuvelis que, por momentos, no sabe si conjugar los verbos en presente o en pasado cuando habla de su padre. “Es lo malo que tiene no saber qué fue de él, si está vivo o está muerto, qué le pasó. A mi padre lo secuestraron hace seis años. Nunca volvimos a saber de él”. Entre las hipótesis, el dinero.

“El crimen en Venezuela se agudiza con las personas que están bien económicamente -explica-. Mi padre es de origen humilde pero, como dicen aquí, se lo curró. Creía en el progreso a base de honestidad y trabajo. Le fue muy bien y a nosotros nunca nos faltó nada. Teníamos un estilo de vida cómodo, casa en la playa, en la ciudad, en el pueblo, en el campo… Y, más allá de todo eso, nos teníamos a nosotros. La familia estaba completa”, dice Neuvelis, y se le estrangula la voz. “Perdona. Es que todavía no lo he superado”.

El suceso alteró por completo la vida de la familia, que vio cómo su mundo se resquebrajaba. “Fue horrible. Todo era un caos. Tuve miedo, tristeza, discutimos. Fue un momento muy feo”, recuerda Neuvelis que, así como estaba, decidió emigrar. “Necesitaba aire, poner distancia, salir de allí. En esa época yo estaba en pareja con una chica que, a su vez, tenía una amiga en Euskadi. Esta amiga insistía para que viniéramos, nos dijo que nos daría una mano. Y vinimos. Así elegimos este lugar y no otro”.

Tocar fondo

Sin embargo, “las cosas empezaron mal y siguieron peor. La chica ni siquiera estaba esperando en el aeropuerto. Todo fue a los tropiezos. Yo había traído algo de dinero, pero se fue acabando. Pensaba que sería fácil encontrar empleo, ya que soy ingeniero informático, y pronto entendí que no. Los tutoriales de Youtube son un competidor muy serio”, dice, con un punto de humor. “La verdad es que vine sin organizar nada y eso me pasó factura”. Al cabo de un año y poco, la relación de pareja terminó. Neuvelis metió “cuatro cosas en la mochila” y se marchó de la habitación que alquilaba y compartía con su pareja.

“Viví tres semanas en la calle -desvela-. No tenía un duro. Alguna noche dormí en una lonja, pero muchas otras dormí en las plazas, escondido”, detalla. Sin embargo, ni siquiera en ese momento tan extremo pensó en volver a Venezuela o en pedir ayuda a su familia. “Nunca fue una opción -reafirma-. En medio del lío, me marché con dos metas: establecerme fuera del país, para que mis familiares pudieran hacerlo más adelante si la inseguridad aumentaba allí, y formar mi propia familia con la chica con la que estaba. Lo segundo se truncó. Si volvía a casa, todo el movimiento habría sido en vano. No podía permitirme un fracaso general”.

De la calle salió gracias a una pareja que lo ‘adoptó’ durante tres meses y lo apuntaló para que volviera a empezar. “Marina y su esposo fueron una bendición. No te imaginas la alegría que sentí al ducharme, al tener la ropa limpia otra vez. Todavía me cuesta caminar por las calles donde dormí. Ellos me ayudaron muchísimo, al igual que otras personas a las que he ido conociendo en estos años. Marilene y Víctor, por ejemplo, son mis compañeros de piso. Ella es de Brasil, él es de Galicia, y son como mi familia”, dice Neuvelis, que dejó la ingeniería para dedicarse al diseño web y la fotografía.

“Trabajé en varias cosas, saber inglés me sirvió mucho para encontrar empleo en la hostelería, por ejemplo. Ahora estoy volcado en este proyecto personal. Dejé la programación, el código, para centrarme más en lo estético. Aquí he aprendido mucho. Toqué fondo, volví a empezar, conocí gente estupenda. Es difícil ayudar a alguien sin conocerlo. Siempre es más fácil juzgar. Que seas gitano, venezolano, gallego, vasco, marroquí o alemán no quiere decir que seas ladrón, mentiroso, borracho, vasto, machista o clasista. Cada persona en un mundo y ¿sabes qué? El mundo no es de quienes están educados para caminar por los pasillos, sino de quienes se animan a abrir las puertas».

2016 América del Sur Ellos

405 | José Manuel

“Yo he venido a sumar”, dice José Manuel Torres, un venezolano de 37 años que vive en Euskadi desde 2003. “He venido a sumar talento, a crear trabajo, a pagar impuestos y a volcar mi energía y mis conocimientos en la tierra que elegí para vivir”, amplía este emprendedor que inició su camino en la facultad de Medicina de su país, que se pasó a la Ingeniería en Estados Unidos y que cambió la Universidad de Penn State, en Pensilvania, por la Universidad de Navarra. En Tecnun -la Escuela Superior de Ingenieros- se doctoró en Seguridad Informática y ejerció como docente hasta que decidió lanzarse por su cuenta en el mundo de la empresa.

Dejar la seguridad universitaria por una apuesta empresarial no fue fácil ni cómodo, pero asegura que no se arrepiente de haber tomado esa decisión. “En las aventuras es donde más se aprende”, sostiene él, cuyo rostro resulta familiar para los espectadores del programa ‘El gran salto‘, que emite los sábados ETB2. Allí desempeña su papel como coach de estrategia, algo similar a lo que hace en su día a día, fuera de pantalla, donde trabaja con empresarios y emprendedores que le buscan para perfilar sus proyectos profesionales y mejorar sus resultados. Además de “salir en la tele”, José Manuel es el director ejecutivo de una empresa que se dedica a forjar el éxito de otras.

“Es una asesoría en la que trabajamos once personas. Nos centramos en la planificación del éxito, la gestión del tiempo, la organización y la coherencia -describe-. Algunas personas tienen método, pero están desangeladas. Otras tienen mucha fuerza, pero tienen problemas para organizarse. Nuestro trabajo consiste en poner bajo control esas debilidades”, sintetiza, mientras comenta que su público objetivo son las grandes empresas. “Desatascar a un emprendedor que recién empieza y a una empresa ya establecida cuesta lo mismo; la diferencia es que el camino con la empresa tiene mayor recorrido”.

Y es que ser emprendedor y ser empresario no es lo mismo: “Debería existir una palabra específica para definir el espacio que se encuentra entre lo uno y lo otro -observa él, que se sitúa en ese nicho intermedio-. Tendría que haber un término para nombrar ese momento en el que ya has arriesgado, tienes experiencia y eres solvente, pero todavía no eres un empresario consolidado al frente de una multinacional”. Así y todo, a falta de “una expresión que pueda describir ese punto”, él intenta retratarlo… y retratarse.

El valor de equivocarse

“Soy un híbrido -dispara-. Me veo a mí mismo como un extranjero que ha hecho su experiencia en distintas partes del mundo y que combina el ‘escritorio’ -la metodología universitaria- con la ‘calle’ -la experiencia real con empresas-. Pero no siempre fue así. Para llegar hasta aquí, estudié, me preparé, emprendí y me pegué una torta brutal”, confiesa, antes de relatar que el gran proyecto por el que dejó la universidad funcionó muy bien, hasta que se fue a pique. “Me asocié con un irlandés y montamos juntos una empresa de organización de carreras de triatlón. Fue genial… hasta que llegó la crisis, se hundieron los bancos irlandeses y mi socio necesitó descapitalizar la empresa para capear el temporal”.

Tras el varapalo, José Manuel lo pasó mal. “El cierre fue de mutuo acuerdo, pero da igual. Cuando pierdes tu trabajo, pierdes también parte de tu autoestima. Te quedas colapsado, en mitad de un bajón anímico, y te da la sensación de que no sabes hacer nada, de que nunca más volverás a trabajar. También te recriminas a ti mismo ciertas decisiones que has tomado, como dejar un trabajo seguro por experimentar. Pero… insisto, lo que he crecido emprendiendo no lo hubiera conseguido acomodándome. Es importante hacer la experiencia y es muy valioso equivocarse. Las mayores empresas del mundo fueron levantadas por emprendedores que fracasaron antes, y muchas veces”, subraya.

Sus distintas iniciativas, finalmente, dieron fruto, aquí y en Croacia, donde ha dado el primer paso en la internacionalización de su negocio. “De aquellas tormentas, esta piña colada”, dice con un simpático giro caribeño; uno de los pocos rasgos de origen que mantiene intactos. “Es que me adapto rápido a los cambios. Supongo que es mi manera de ser. Cuando estuve en Pensilvania, casi todos mis amigos eran de allí, muy ‘yanquis’, de los que piensan que Venezuela y México son lo mismo -recuerda entre risas-. Aquí, en Euskadi, me pasa igual. He sabido integrarme muy bien porque la gente también te lo hace fácil. Las personas son honestas, transparentes, y la palabra todavía vale. Este es un país maravilloso. Tiene muchas cosas interesantes, como el acceso al monte o a la playa para practicar deporte, pero también tiene mucho potencial para emprender. Y sí, es cierto que hay crisis, pero tampoco hay que exagerar. Al menos, así lo veo yo aunque, al final, un empresario es un trabajador que tiene un poco más de tolerancia al riesgo”.

2015 América del Sur Ellos

355 | Elkin

De Venezuela a Bilbao. De constructor a cocinero. De Ingeniería Civil a Ciencias Políticas, y de joven emprendedor a padre de familia y profesor. En apenas diez años, Elkin Ríos cambió de trabajo y de país. Cambió de profesión y de universidad, de carrera universitaria y de vida. Sin embargo, ha mantenido un par de amores constantes: el que siente por su mujer, con quien se casó muy joven, y el que sintió por esta tierra en 2007, cuando la vio desde el avión.

“¡Qué bonito! ¡Qué bonito era todo!”, dice evocando el momento. “Llegamos en marzo y todavía había mucha nieve. Todo estaba blanco, se veían las montañas y el mar, las casitas diminutas allá abajo. Yo viajaba con mi mujer y con mi hijo, que entonces no tenía ni dos años. Habíamos vendido todo en Venezuela para poder venir: el frigorífico, la lavadora, los muebles, todo. Mientras miraba por la ventana, me enamoré de este lugar. Le dije a mi esposa: ‘Cariño, mira, nuestra nueva vida’. Recuerdo la emoción y, después, la sensación maravillosa del aire limpio y frío del invierno”, relata Elkin, que procede de una ciudad -San Cristóbal- donde la temperatura media es de 23 grados todo el año.

Ese viaje marcó un antes y un después para él. Entre otras cosas, porque le permitió saldar cuentas pendientes, cerrar un capítulo y volver a empezar. “Las grandes decisiones de mi vida las tomé cuando era muy joven. Me casé a los 21 años, mientras estudiaba en la universidad. A esa edad, trabajaba y ya tenía registrada mi primera empresa de construcción”, sintetiza. El presente era muy bueno y el futuro prometía más. Pero la inestabilidad económica de su país y los episodios de inflación salvaje fueron mucho más potentes que su ímpetu juvenil. La macroeconomía arrasó su estreno en la adultez, se alimentó de su inexperiencia empresarial e hizo mella en sus comienzos en el mundo del trabajo.

“En 2002 hubo un paro de varios meses en el sector petrolero, que coincidió con un momento en el que me habían contratado una obra. Como es habitual, yo ya había firmado los compromisos y había cobrado un adelanto del 30%, para comprar los materiales, pero no pude hacerlo hasta que se solucionó ese conflicto y el mercado volvió a funcionar. Cuando eso ocurrió, en marzo de 2003, todos los precios se habían disparado. El dinero se había devaluado y lo que yo tenía no alcanzaba para nada. Las empresas grandes, que tenían capital y materiales almacenados, pudieron hacer frente a la situación. Pero las pequeñas, como la mía, no teníamos recursos”, relata.

Elkin pidió un préstamo para comprar los materiales, ejecutar la obra y cumplir con los compromisos. Pero una nueva crisis, más la confianza excesiva en un familiar suyo -que en lugar de ayudarlo, lo timó-, asestaron el golpe de gracia a su proyecto empresarial y de vida. “Fue peor que quedarme sin nada. Me quedé con ingresos insuficientes y un montón de deudas, que se acumulaban”, explica. Fue entonces cuando decidió emigrar y cuando el horizonte se dibujó en Bilbao.

El futuro en una servilleta

“Tenía un amigo aquí que me ayudó muchísimo. De hecho, fue una de las personas que me prestó dinero cuando yo aún estaba en Venezuela. Vine al País Vasco por él y, nada más llegar, me puse a buscar trabajo. No sé qué cantidad de currículums repartí, pero fueron muchos. Uno de esos días, pasé por un restaurante en el Casco Viejo y me ofrecí para trabajar. Me había quedado sin folios ya, así que apuntaron mis datos en una servilleta. Nunca imaginé que ahí mismo, en ese lugar y con el hombre que me atendió, Joserra, empezaría a enderezar toda mi vida”.

Elkin se reconoce afortunado. Conoció de primera mano la “nobleza vasca” y la bonhomía de un hostelero que creyó en él, pese a que todo les jugaba en contra. “Yo no tenía ni idea de hostelería y, además, era extranjero. Y él, que era el dueño de uno de los restaurantes más apreciados de Bilbao, se tomó el tiempo para enseñarme y para contratarme de manera legal, con todo lo que eso supone en tiempo, dinero y barreras administrativas. Aunque ya no trabajo con él, nunca tendré suficientes palabras de gratitud. Gracias a él, me afiancé aquí y pagué todas las deudas que había contraído. También descubrí el mundo de la hostelería y estudié para ser cocinero”, dice.

Ahora, ocho años después, Elkin da clases de cocina en la asociación AHISLAMA. Forma parte de un ambicioso proyecto de integración sociolaboral. Volvió a la universidad. Tuvo un segundo hijo. Se siente feliz, a gusto y tranquilo. “Emigrar te aleja de tus raíces, de tu familia, de tus amigos, pero te da la oportunidad de enriquecer tu cultura, tu visión de la vida, de la humanidad. Te permite eliminar estereotipos, te enseña a adaptarte y a explotar tu potencial. Emigrar te quita todo lo que eres y, a la vez, te da todo lo que serás”.

2014 América del Sur Ellos

333 | Luis

Para Luis Caballero, todo es política y todo es poesía, aunque parezcan dos mundos distintos que no tienen conexión. Venezolano, emigrado en 1982, su vida ha enlazado siempre las venas literarias con las reivindicativas. En su opinión, la situación de su país mejoró mucho con el mandato de Hugo Chávez, especialmente para las familias más humildes, las que residen en los barrios pobres, cuyos testimonios y opiniones no recoge la televisión. “La tele -sostiene- muestra otras cosas. Si te fijas bien, en las imágenes de manifestaciones, de disturbios o de violencia, no verás ni un solo rancho o chabola. La oposición está en otros barrios, como la mayoría de los que emigraron ahora, en estos años. Son críticos porque han perdido privilegios”.

Él pertenece a otra generación migratoria. El país al que llegó ya no es el mismo que era entonces, y tampoco se ha mantenido sin cambios el país del que se marchó. “Viví en Madrid en la época de ‘la movida’, fui testigo de los cambios sociales, de la innovación de Felipe González, del crecimiento económico de aquí. En esa época no había muchos sudamericanos, así que ese rasgo jugaba a mi favor. Mi acento, mi aspecto, llamaban la atención”, recuerda Luis, que vino a Europa con una beca para estudiar en la Universidad Complutense, pero estaba decidido a quedarse.

“En aquel momento, yo tenía 24 años y Venezuela vivía un periodo de gran desigualdad social y corrupción. Comían las seis familias de siempre, y el resto de la población sobrevivía. Lo que funcionaba era tener conocidos, enchufes o, como le llamábamos entonces, la ‘operación colchón’. Llegabas a los sitios, a los puestos de trabajo, según a quién conocieras o con quién te acostaras”, recuerda con pena. “Yo vendía libros y enciclopedias en una editorial. Así conocí a la esposa de uno que era importante, le pedí que me recomendara con su marido y gracias a eso empecé a trabajar en Transporte y Comunicaciones”.

En un sistema de trabajo “donde las oposiciones no existían”, era difícil imaginar los cambios que vendrían. “No soñábamos ni por asomo que un hombre iba a hacer lo que hizo Hugo Rafael”, dice Luis, usando solo el nombre de pila para referirse a Chávez. “Antes de que él llegara al poder, Venezuela era un país iletrado: ningún chaval sabía quién era el Lazarillo de Tormes, pero todos sabían quién era Superman. Una de las medidas que implementó fue regalar una biblioteca a cada chaval que acabara sexto grado, con autores que iban desde Dumás hasta Saint-Exupéry. Cuando alguien hace eso es porque quiere a su país”, razona.

Misma historia, otra versión

Él, en especial, valora el gesto y el impulso a la cultura. Si bien emigró para estudiar, durante muchos años trabajó en lo que pudo. “Fui barrendero, con un contrato para sábados y festivos que me permitía comer tres veces por semana. Después, cuando fue el auge del gas en los hogares, cogí un pico y una pala y me dediqué a cavar las zanjas para las tuberías. Ahí me ahorraba el gimnasio”, recuerda con humor ahora, tantos años después, que convive con una incapacidad permanente total por problemas óseos. “Hay una parte hereditaria y una parte relacionada con la alimentación en la infancia. La leche que se vendía en Venezuela tenía muy poco calcio, y no existía la sal yodada, así que tuve hipertiroidismo hasta que llegué aquí.”.

Luis se mudó de Madrid a Bilbao hace siete años. “Me vine enamorado”, cuenta él, que el año anterior había conocido a una chica de aquí. “Y, en cuanto llegué, el sistema nervioso central volvió a su sitio: la vida aquí es mucho más tranquila, más amable para las personas. Cuánto tiempo hacía que no me subía a un autobús y tenía sitio para sentarme”, indica a modo de ejemplo. Aunque ha trabajado en distintas cosas, ahora mismo colabora con un centro de día, donde se dedica a la promoción y el fomento de la lectura. Su misión es estimular, mediante la literatura, a quienes tienen problemas de inclusión social.

En paralelo, se mantiene conectado con los cambios de su país e intenta darlos a conocer aquí. El próximo fin de semana, sin ir más lejos, participará en el XI Encuentro Estatal de Solidaridad con la Venezuela Bolivariana, organizado por el Círculo Bolivariano “La Puebla” de Euskadi y la asociación de amistad Euskadi-Cuba. Uno de los cometidos de estas jornadas, según apuntan sus organizadores, pasa por dar a conocer experiencias democráticas de poder popular, de construcción de espacios socialistas, y de consolidación de derechos sociales y económicos en Venezuela, acerca de las cuales existe un silencio absoluto en los grandes medios de comunicación internacionales. “Es importante explicar ciertas cosas, difundirlas, matizar”, afirma Luis, que ha encontrado su lugar en Bilbao. “Me gusta mucho el País Vasco y no tengo previsión de marcharme. Pero si tuviera que hacerlo, solo me iría a Caracas”.

2014 América del Sur Ellos

328 | Carolina

“Pero, ¿qué está pasando en tu país?” Esta es una de las preguntas que le hacen con más frecuencia a Carolina Mistela cuando se enteran de que es venezolana. “Desde fuera existe una percepción de país fracturado, polarizado. Solo se habla de la división. A la televisión le gustan mucho los datos concisos y, en los relatos que se hacen, se utilizan los más sencillos. Se habla del antagonismo, del enfrentamiento social, de dos mitades… Y eso es una simplificación muy burda de la situación, porque en esa narración se excluyen datos más complejos e infinidad de factores que están ahí, ejerciendo fuerzas en unas y otras direcciones”.

No hace falta aclarar que Carolina tiene -y defiende- un pensamiento crítico sobre los movimientos sociales. “En América Latina somos muy políticos”, sostiene. “Yo no puedo ser indiferente al modo en que se aborda y se cuenta al mundo la coyuntura de mi país. Si eres venezolano y enciendes la televisión, lo que ves puede cuadrarte o no dependiendo de dónde procedas. A mí, que soy de origen humilde, que me crié en una barriada de Caracas, no me cuadra nada”, añade. Su incredulidad es similar a la que experimentan muchas personas cuando les dice que es de Venezuela.

“Mi piel es morena, me hago rastas en el pelo, soy afrodescendiente… Lo primero que piensa cualquiera al verme es que soy dominicana o cubana. Y tiene sentido, porque soy caribeña: mi país está en el Caribe. Lo que pasa es que, en el imaginario colectivo, la mujer venezolana es otra cosa. Hasta que empezó la revolución bolivariana, mi país era la tierra de las telenovelas, el hogar de las ‘misses’, las mujeres guapas y la cirugía plástica. Ahora todo son expertos analizando cifras macroeconómicas y decisiones políticas”, resume con ironía.

“El problema -prosigue- es que nadie te cuenta la diferencia que hay entre las posturas ideológicas y las propuestas reales. Una cosa es el ideario y, otra muy distinta, lo que quieres para tu día a día. Más aún, lo que no quieres en tu vida cotidiana. La gente no quiere violencia. En mi país no tenemos experiencia en eso, nadie sabe lo que es una guerra civil, pero todos tienen conciencia de que no es buena. Ahí tenemos el ejemplo cercano de Colombia… ¿Quién quiere algo así para su país? Nadie. Y eso va más allá de las ideologías. Tiene que ver con el miedo, el sentido común, la convivencia. Más todavía si el escenario se circunscribe a una barriada”, puntualiza.

Del extrarradio de Caracas

Hasta que vino al País Vasco, en 2001, Carolina vivía en Petare, una de las barriadas más populosas de Caracas. Se crió en el seno de una familia humilde, obrera, en un entorno de casas modestas engarzadas en la ladera de un monte, agolpadas y superpuestas entre calles y callejuelas de figuras imposibles. “Era un ambiente muy pobre, sí, pero había muchísimas actividades sociales y educativas. Había clases para adultos y mucho espacio para el activismo social. Cuando Chávez llegó al poder, la peña estaba efervescente. Significaba un poco de esperanza. Después de cuarenta años, al menos, una opción”, recuerda ella, que entonces tenía veinte años y sentía que podía comerse al mundo.

Allí, en ese marco, hizo amigos vascos. “Hay mucho voluntariado, mucha acción social y de cooperación internacional. Cada año iban chavales y chavalas diferentes, todos de aquí. Por eso, cuando un día me plantearon venir, conocer, hacer la experiencia, me entusiasmé y decidí hacer el viaje. No me fui de mi país con la idea de no volver, ni disgustada con aquello. Me fui más bien por una inquietud de juventud, preguntándome ‘¿y por qué no?’ Por eso mismo, tampoco llegué con la intención de quedarme. Ni siquiera ahora, después de tantos años, me planteo las cosas en plan ‘establecerme para siempre’. Yo simplemente vivo el día a día, valoro lo bueno e intento mejorar lo que no me gusta. Soy muy reivindicativa”, subraya.

Carolina explica que, si bien la integración cultural es buena, el ámbito laboral es el más complicado para los extranjeros. “Llegas y, al principio, cualquier trabajo es bueno porque lo ves como algo transitorio. Te dices a ti mismo que ya llegarán las oportunidades. Pero eso no ocurre. Para la inmigración, no hay muchas oportunidades. Tienes que ser muy bueno, tener mucha suerte o las dos cosas para poder dedicarte a tu profesión”, afirma ella, que trabaja cuidando a una persona mayor en Vitoria.

En paralelo, Carolina es muy crítica también con los propios extranjeros, ya que entiende que su implicación social debería ser más intensa. “Casi no hay participación ciudadana por parte de los inmigrantes -sostiene-. Y es curioso, porque muchas veces escuchas frases como ‘qué bonito es Euskadi’, ‘qué seguro me siento aquí’, ‘qué bien funciona todo’, pero luego, cuando hay una manifestación en contra de los recortes, por ejemplo, no van. La mayoría no sale a defender aquellas cosas que valoran y que consiguieron con mucho sacrificio las personas de aquí, sus padres y abuelos. Eso es triste”.

2014 América del Sur Ellas