345 | José

José Goyes no quiso callar. Tampoco quiso hacer oídos sordos ni mirar para otro lado. Eligió el camino difícil: hablar, denunciar, ser testigo. Convertirse en un elemento incómodo. Sobrar. Las amenazas que recibió durante meses le insinuaron el peligro. El intento de asesinato fue la confirmación. José sobraba. Por eso, en junio de 2008 fue objeto de un atentado. Recibió dos disparos -en la pierna y en el brazo- que no lo mataron, pero lo convirtieron en una víctima más, en otro líder indígena forzado al exilio, en otro campesino colombiano con los derechos avasallados.

Las amenazas persistieron tras aquel intento fallido. Dos años después, Amnistía Internacional le ayudó a salir del país. En 2010, José dejó su tierra en El Cauca y se marchó a Madrid, donde cursó un máster en Acción Solidaria, en la Universidad Carlos III. El objetivo era tomar distancia, ganar tiempo y volver a su lugar, un territorio que históricamente ha pertenecido a la comunidad indígena nasa. Comunidad de la que él fue líder.

“En 2008 fui elegido gobernador del cabildo indígena de Honduras de Morales Cauca”, explica, con gran humildad. Más que un cargo, aquello era su vida. La tierra era su vida. Nunca dejó de ser campesino, ni dirigente social, ni ciudadano concienciado de sus derechos. Se enfrentó, junto a su gente, a la expropiación de tierras que favorecía a las empresas multinacionales. Soportó la violencia de distintos grupos armados. Sobrevivió a un atentado, pero vio morir a sus vecinos, sus amigos. Y cuando las amenazas continuaron hacia su mujer y su familia comprendió que el regreso a Colombia, tal como lo soñaba, no sería posible.

“Hace poco más de un año me trasladé a Vitoria, donde vive un amigo, Zacarías. Fue él quien me sugirió radicarme aquí. Nuestras historias son similares. Así, al menos, no estaríamos tan solos”, relata José, que llegó a Euskadi en 2013, previo paso por Ginebra, donde vivió un año. “Tengo el asilo político aprobado hasta 2019. Eso significa que puedo vivir aquí, no que tenga la vida resuelta. Como cualquier inmigrante, me toca buscar trabajo y ocuparme de mi subsistencia”, explica.

Precisamente por ello, ha apelado a las raíces. A sus habilidades y conocimientos de siempre. “He alquilado una parcela de tierra en Aranguiz donde cultivo mis propias hortalizas. Tengo cebollas, puerros, tomates… y colaboro con otras personas que apuestan por la soberanía alimentaria y quieren desarrollar sus proyectos de agricultura. La tierra -subraya- es vida. Voy y vengo en mi bici, y paso muchas horas en el huerto. El día es mucho más corto cuando uno está activo”, reflexiona, antes de explicar que lleva casi tres años sin ver a su familia.

“Mi mujer y mis hijos están en Bogotá. Han tenido que marcharse de El Cauca por las amenazas. Nuestra tierra no es segura para nosotros -lamenta-. Mi proyecto más inmediato ahora es lograr cierta estabilidad para que vengan, para reunirnos. Quiero darle unos estudios a mis hijos. Y quiero volver… Quizá no pueda regresar a mi país, pero sí podría establecerme en algún otro, vecino, tener una pequeña finca y vivir de la tierra”. Para él, que se crió “entre cultivos y animales, plantaciones de caña de azúcar y café”, el sueño no es otro que recuperar la vida que tenía. La que lo hacía feliz.

Compartir la experiencia

Su historia -lo sabe- podría ser otra. Pero, puestos a enfrentar adversidades, ha elegido compartirla, denunciar, reivindicar. “El conflicto social interno de Colombia es el marco en el que se producen todos los abusos contra la población local. Los campesinos han sufrido y sufren todo tipo de violaciones de sus derechos humanos. Cuando no son víctimas de la opresión, son víctimas del olvido”, dice José, que desgraciadamente está acostumbrado a enunciar estas palabras. Lo ha hecho en encuentros y proyectos de grandes organizaciones -como Amnistía Internacional o CEAR-, y también en iniciativas más recientes, como el Foro Internacional de Víctimas de Colombia, que se celebró el día 13 en Donosti.

En el encuentro, que tuvo lugar en el Palacio de Aiete y contó con varias autoridades locales, José relató su experiencia, al igual que otras personas. Ese era uno de los grandes objetivos del Foro: dar visibilidad a las víctimas colombianas que se encuentran fuera, recoger los relatos de la diáspora colombiana desde el momento en el que comienza el proceso migratorio y, por supuesto, ayudar en el proceso de paz y reconciliación en Colombia. “Ojalá pudiera volver algún día”, dice, aunque es consciente de que, en ocasiones, soñar sencillo es pedir demasiado.

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