458 | Rocío

Apreciar el país de nacimiento es también una razón para marcharse. Quizá pueda resultar extraño cuando se dice de esta manera, pero, en ciertas ocasiones, emigrar es la manera más eficiente de mejorar la tierra que se ha dejado atrás. Esta lógica de la eficiencia se aplica a miles de migrantes que atraviesan el mundo para cambiar la realidad de sus familias, aunque esa decisión implique no volver a verlas jamás. Si bien la opción es personal, tiene alcances superiores: impacta en el PIB, en el comercio y la ciudades, al tiempo que modifica las relaciones, la cultura y la sociedad.

La lógica de la eficiencia también se aplica a quienes migran para estudiar y adquirir nuevas herramientas que puedan mejorar la vida de otras personas y comunidades en el país de origen. La abogada colombiana Rocío Mora es un ejemplo de este tipo de migración. Llegó a Bilbao en noviembre del año pasado con una meta muy clara: ampliar su formación para poder hacer un trabajo más complejo y adecuado al nuevo escenario que presenta su país.

«Yo tengo formación en Derecho, soy abogada, y antes de venir a Euskadi trabajaba como administrativa en la Unidad de Restitución de Tierras», detalla. La URT, de carácter gubernamental, se creó en 2011 para «asistir a las víctimas del conflicto» y ayudarlas a recuperar sus tierras y territorios de manera legítima. El objetivo de la institución es que, en 2021, todas estas personas, cuyos derechos han sido vulnerados, hayan sido resarcidas por las situaciones de despojo y abandono que sufrieron.

«Esto se enmarca en el proceso de posconflicto que estamos viviendo en el país. Todos los colombianos queremos la paz, pero queremos una buena paz. Los intentos de diálogo no son nuevos, vienen de muy atrás. La diferencia es que antes, cuando se proponía un encuentro, siempre había alguna silla vacía. Y esta vez no. Esta vez, todas las partes están de acuerdo en que la paz es necesaria. El desafío está en cómo construirla para que sea buena para todos», plantea.

Y es que no todos han padecido el conflicto de la misma manera, algo que queda muy claro cuando se analiza el resultado del plebiscito. «Una cosa es la opinión que se puede tener en Bogotá, por ejemplo, y otra muy diferente es la que tiene la gente que está en el campo, que ha sufrido de manera directa el conflicto. La mayor parte de estas personas votaron por el no. En mi trabajo pude conocer a gente de ámbitos muy distintos, con situaciones muy distintas también. Amenazados, desplazados… y, como decía antes, el reto está en construir algo satisfactorio».

Trabajar desde aquí y desde ahora

Una de las cosas que le sucedieron a Rocío mientras trabajaba en la URT fue darse cuenta de que su tarea podía abarcar más planos si ampliaba sus conocimientos. «No solo hablamos de devolver unos derechos, sino de que estos derechos están vinculados a la tierra. Por eso decidí venir a Euskadi a hacer un master en Medio Ambiente y Sostenibilidad –expone, subrayando que es el complemento perfecto–. Además, estoy haciendo las prácticas en ASOCOLVAS, la asociación de colombianos en el País Vasco, que impulsa varios proyectos de cooperación al desarrollo. Eso me permite aprender y, al mismo tiempo, empezar a hacer cosas desde aquí y ahora».

Su idea es «aprovechar al máximo» este tiempo de aprendizaje antes de volver a Colombia. «Lo principal es acabar el master, pero quizás me quede un poco más para hacer un doctorado, aún no lo sé. A ver qué depara el futuro… De momento, estoy muy satisfecha con la experiencia y siento que se ajusta a mis expectativas –señala–. En mi país estudié en una universidad pequeña; la de aquí es mucho más grande, tiene más recursos y los profesores son realmente buenos. Si me quedo un poco más, seguramente me apuntaré a aprender idiomas, inglés o francés, porque veo que en Europa hay mucho nivel».

Esta observación sobre los idiomas ya la había hecho hace tiempo, cuando cruzó el Atlántico por primera vez. «Esta es la segunda vez que vengo a Europa. La anterior fue hace cinco años, cuando vine a un congreso del Partido Liberal. En esa oportunidad estuve en Hungría y Alemania», precisa. Sin embargo, la principal observación de Rocío es otra: «En estos cinco años ha cambiado la percepción sobre mi país. Antes, cuando decía que era de Colombia, solo me hablaban de Pablo Escobar o de Shakira. Ahora, me preguntan por el plebiscito y por el proceso de paz. En mi opinión, es un cambio notable».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellas

444 | Katherine

El próximo viernes, en Vitoria, se celebrará la Mesa Social para la Paz de Colombia. El encuentro tendrá lugar en el Palacio de Villa Suso, durará seis horas y contará con la participación de personas relevantes en el ámbito político, académico y cultural de ambos lados del Atlántico. El objetivo de la iniciativa, que comenzó a prepararse hace meses, es reflexionar acerca de la situación actual en el país latinoamericano y crear un espacio de pensamiento colectivo para sus ciudadanos en el exterior. Todo un desafío, teniendo en cuenta el resultado del referéndum del día 2.

«La mesa es un punto de partida, no de llegada», apuntan sus organizadores, que se mantienen en pie pese al varapalo de «no» y de la abstención, que superó el 60%. «Queremos promover un gran diálogo para superar el conflicto social, económico y político que subyace a la confrontación armada, en favor de una paz real con justicia social para todos», añaden. Muchos de ellos, miembros del Colectivo Bachué, son víctimas de la violencia. Son refugiados. Forman parte de las casi 396.000 personas que han emigrado en busca de protección internacional. Algunos viven en Euskadi desde hace casi veinte años.

Pero no todos los participantes de la mesa tienen este perfil. «Algunas personas, como yo, vivíamos en Colombia al margen de esta realidad. Vivíamos en una burbuja», resume Katherine Muñoz, una joven bogotana que llegó al País Vasco en 2008, cuando tenía quince años. «Mi vida allí era muy fácil: clase media acomodada, colegio privado, urbanización con vigilancia y una familia compuesta por mi madre, mis hermanos y la empleada. No tenía ni idea de lo que eran las FARC, ni mucho menos podía imaginar el sufrimiento de tantísima gente porque, sencillamente, no coincidíamos. Estábamos en planos paralelos», reconoce.

Sin duda, la idea del mundo que Katherine traía desde Bogotá era también un punto de partida, pero su experiencia a partir de entonces colocó muy lejos el punto de llegada. «Fue aquí donde rompí esa burbuja. Tuve que venir a Euskadi para conocer a mi país», indica. Su historia personal muestra de manera cristalina hasta qué punto puede cambiar una persona y una situación, por difícil que parezca.

«En 2008 estaba en la época difícil de la adolescencia. Discutía mucho con mi madre y quería irme de casa. La mejor opción que encontré fue marcharme con mi padre, que en ese momento estaba viviendo en Mungia. Mis padres se habían divorciado años antes y, después de la separación, mi padre emigró a Euskadi», explica. «Yo quería poner distancia… pero uno no imagina que la distancia es esto».

En el ‘esto’ de Katherine caben muchas cosas: «Un padre que trabaja como jardinero o en la construcción o en lo que surja, un colegio público en Bilbao donde hay chavales extranjeros como tú, incluso de tu país, con los que no tienes afinidad, una crisis económica que deja a tu padre sin ingresos, una cola para el banco de alimentos de Cáritas, una remesa desde Colombia que me mandaba mi mamá para ayudar, un cubo de agua fría cuando dices ‘soy estudiante’ y descubres de repente que eres una inmigrante más».

Una mudanza de piel

Lo dice sin ambages: la emigración, para ella, fue «una cura de humildad». También le permitió llenarse «de herramientas y recursos» que, de otro modo, jamás habría tenido. «Me habría quedado en Bogotá, habría estudiado Medicina en la Universidad Javeriana y jamás me habría enterado de cómo vive buena parte de la población en mi país». En su lugar, Katherine se estrenó en el mercado laboral en una cadena de comida rápida, ahorró, y con eso se pagó el primer año de su carrera en San Sebastián.

«El segundo año tuve una beca, aunque siempre me ha ayudado mi madre desde Colombia», dice Katherine, que se acaba de graduar como antropóloga. Su carrera, además de la experiencia vital, contribuyó mucho a su cambio. «Mientras estudiaba conocí a personas que lo habían pasado muy mal, colombianos que tuvieron que exiliarse por culpa de la guerrilla, de la violencia machista, de situaciones económicas tremendas… Comprendí el alcance del problema, el impacto de la violencia en la vida de las personas, y desde entonces estoy comprometida con esta causa. Por eso participo en la Mesa del viernes».

En su ponencia, abordará el tema de cómo los jóvenes apuestan por la paz en Colombia. «Es complicado. La gente joven vive en la inercia del bienestar. Si nos movemos poco por la LOMCE, que nos afecta directamente, menos aún por algo que sucede al otro lado del mundo. De todas maneras –matiza–, hay que seguir. Siempre se puede cambiar para ser mejor persona y construir una mejor sociedad».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

430 | Andrés

Andrés López llegó a Bilbao hace siete años. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y vino reagrupado por su madre, que había emigrado de Colombia un par de años antes que él. “Ella tomó la decisión de marcharse para mejorar nuestra situación económica –relata–. Vivíamos en Cali y teníamos muy pocos medios para salir adelante. La familia nos apoyaba en todo lo que podía, pero nosotros teníamos que buscarnos la vida, como se dice aquí. Teníamos un puesto callejero de comidas. Vendíamos empanadas de carne, arepas con queso y hojaldres para subsistir. Si la palabra humildad equivale a pobreza, entonces éramos pobres”.

Cuando su madre emigró, Andrés y su hermano se quedaron con su tío. Su “papá tío”, como dice él, ya que fue quien los crió desde muy niños. “Es el hermano de mi madre, pero ha sido como un padre para mí. Se involucró tanto en sacarnos adelante que descuidó su futuro personal. Cuando pienso en él, que ahora está solo en Colombia, se me arruga el corazón. Me encantaría que viniera a vernos. Uno de mis proyectos de vida es traerlo”, explica él, que siempre se ha marcado metas a corto, medio y largo plazo. “No siempre consigues lo que quieres, pero hay que seguir intentándolo”.

Uno de los proyectos pendientes –en este caso, de su madre– tiene que ver con la formación. “Ella siempre insistió en que yo debía estudiar. Siempre me dijo ‘quiero que seas alguien en la vida, que trabajes y cobres por algo que tú sepas, no como yo’ –cita Andrés–, pero la verdad es que nunca me atrajo el estudio. No es que lo evitara, pero tampoco lo iba buscando. Terminé mi bachillerato con esfuerzo porque lo que yo quería era ponerme a trabajar. Quería empezar cuanto antes a ganar dinero para ayudar en casa”.

Y eso ha hecho desde que llegó a Bilbao: trabajar. “Trabajar en lo que surgiera; la tarea me daba igual”, reconoce él, que en estos años pasó por la cocina de una conocida cadena de comida rápida, se dedicó “a la logística” en otra empresa que lo contrató como repartidor, y en la actualidad trabaja como auxiliar geriátrico, cuidando por turnos a una persona mayor. “Esta semana hago el turno largo: entro a las nueve de la noche y salgo a la una de la tarde”, detalla. Está contento con el empleo y, aunque en semanas como esta el horario es muy exigente, él saca tiempo para sus afectos y sus aficiones.

Entre los afectos, destacan su mujer y la niña que viene en camino. “Esta tarde tenemos un curso de preparación al parto; esperamos para agosto”, dice ilusionado. Está feliz con la idea de ser padre y formar su propia familia. Entre las aficiones, Andrés destaca la música, un terreno en el que se ha adentrado “con intención de profesionalidad” y con un nombre artístico: ‘Yecko, la nueva firma‘.

Cantante, no artista

“Yo no soy un artista. No puedo considerarme como tal porque no estudié en un conservatorio, y no puedo ir por la vida creyéndome artista cuando no lo soy en mi vida personal. Eso no tiene sentido. Sin embargo, me gusta mucho cantar y, según dicen, se me da muy bien –reconoce–. Tengo este gusto por la música desde que era pequeño. Cuando tenía diez años imitaba a Richie Ray o Maelo Ruiz. Ahora canto más cosas, pero siempre imitando a artistas. Soy cantante de karaoke y me encanta ese género. Cuando cojo el micrófono, lo hago con la intención de que salga lo mejor posible”.

La primera canción que interpretó en público fue ‘Aquí estoy yo‘, de Luis Fonsi. “Fue en un bar karaoke de Bilbao y había mucha gente ese día. Estaba nervioso, pero salió muy bien. Cuando iba por la segunda estrofa, la gente del público que estaba charlando o distraída se dio la vuelta para mirarme”, recuerda, y cuenta que ha vuelto a cantar más veces en ese bar. “El dueño estaba contento conmigo y me dijo que podía ir cuando quisiera”.

Además de esa experiencia, Andrés ha tenido otras ocasiones para cantar en público e, incluso, para grabar un tema propio en un estudio profesional. “Participé en el casting internacional de voces que se hizo en abril, y también en un concurso de karaoke, donde quedé entre los diez primeros. Y lo de la grabación surgió de manera inesperada. Cuando trabajaba en el local de comida, conocí a una pareja. El chico era colombiano, nos pusimos a hablar y resultó ser que él era un artista; su nombre es Varón. Grabé mi canción en su estudio y fue una gran experiencia. Aprendí mucho y habría grabado más si hubiera tenido dinero. De momento, no puedo, pero todo llegará. Creo que lo único imposible es volver de la muerte. El resto se logra con motivación, disciplina y esfuerzo. Y con oportunidades. El País Vasco me ha dado mucho más de lo que me dio mi país”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos

411 | Nadia

Nadia Domínguez Pascuales es una investigadora colombiana que llegó hace seis años a Euskadi. El motivo de su migración fue afectivo -se casó con un vasco-, pero decidió convertir este tiempo y este cambio de escenario en una oportunidad para desarrollar su trayectoria académica. Licenciada en Derecho, Nadia homologó su carrera en la Universidad de Deusto y cursó un Master en Estudios Feministas y de Género, un posgrado que la animó a continuar. En la actualidad, está haciendo un doctorado en Derecho e Inclusión Social en la Universidad de Navarra. ¿El tema de su tesis? “La presencia de mujeres con diversidad funcional física en el ámbito político”.

Lo eligió porque le toca de cerca. “Mi padre dedicó toda su vida a la política y yo soy una mujer con diversidad funcional física. Ninguna investigación es neutra; influye mucho la historia personal”, expone. Motivada por esas dos fuerzas, Nadia se propuso una tarea ardua y, por momentos, titánica: averiguar qué representación política han tenido en España las personas con discapacidad física desde la instauración de la democracia hasta hoy. “Mi finalidad era indagar en los parlamentos autonómicos, en el Congreso y en el Senado hasta conocer las cifras. Quería desglosar los datos por género y por comunidades autónomas”, explica.

Y pregunta: “¿Sabes cuántos hombres y mujeres con diversidad funcional física han tenido presencia en los parlamentos autonómicos desde la implementación del sistema democrático? Solo treinta y tres. A lo largo de cuarenta años, apenas han habido veintisiete hombres y seis mujeres. Los datos son preocupantes y decepcionantes porque evidencian que algo está mal”, valora. Sin embargo, no son los números lo que más la inquietan, sino la dificultad que ha tenido para conseguirlos y las actitudes con las que se ha topado mientras realizaba su investigación.

“En la mayoría de las instituciones me decían que no tenían esos datos desglosados, que no habían pensado nunca en eso. Yo sabía que mi tema era novedoso, pero nunca imaginé que sería tan difícil reunir la información. Menos aún, que encontraría tantísimas dificultades para abordar el aspecto cualitativo”, reconoce. Y es que un punto fundamental de su trabajo pasa por entrevistar a esos representantes políticos con diversidad funcional física; algo que, salvo contadas excepciones, no ha conseguido. “Hablar con ellos es indispensable para conocer el tema en profundidad y poder desarrollar acciones que fomenten una adecuada representación de las personas con este perfil, en especial, de las mujeres”.

Falta de interés político

Lejos aún del final de su tesis, Nadia extrae otras -“tristes”- conclusiones: “La clase política no tiene un contacto verdadero con la ciudadanía. Y en este asunto, lamentablemente, tampoco. En lugar de valorar la importancia social de un estudio de estas características, de colaborar con el trabajo de campo, lo que muestran los políticos es indiferencia. No tienen tiempo, no responden… Te dejan claro que no hay verdadero interés. Las mujeres con diversidad funcional física somos objeto de una doble discriminación, es algo muy serio, pero no hay caso: la respuesta es escasa. Para ser sincera, me siento como mendigando tiempo y atención”.

Bajo el paraguas de la indiferencia, Nadia incluye a todas las formaciones políticas, “incluso aquellas que más se han esforzado por darle visibilidad a este tema. Por poner un ejemplo concreto, escribí hace unos meses a Podemos, para hablar con Pablo Echenique, y su secretaria me dijo que estaba muy ocupado con las elecciones y que volviera a intentarlo más adelante. Yo pedía media hora de su tiempo, ¿eh? No pedía mucho más. Me quedé muy sorprendida y disgustada con esa respuesta. Deja mucho que desear, teniendo en cuenta su estilo y su foco de representación”, señala.

La paradoja de su investigación es que, en la búsqueda de ciertas barreras, se ha topado con otras que no esperaba. “Los óbices con los que me he encontrado son decepcionantes, pero sigo avanzando. Una vez, un profesor me dijo que quienes hacemos tesis doctorales pretendemos cambiar el mundo, el continente, el país o el barrio. Y yo le contesté que no. No pretendo cambiar el mundo. Mi objetivo es visibilizar un tema olvidado por la sociedad, colocarlo en la agenda, hablar de esto y mostrar que existe. Las mujeres con diversidad funcional física estamos infrarrepresentadas en el ámbito político, somos víctimas de estereotipos y prejuicios que nos lastran. Falta mucho por hacer en el campo feminista, político y de la diversidad. El primer paso es hablar. El silencio también discrimina”.

2016 América del Sur Ellas

410 | Paola & Viviana

La historia de Paola Soto y de su cuñada, Viviana Zuleta, está marcada por el cambio, las renuncias y el esfuerzo sostenido. También por el trabajo colectivo: su proyecto migratorio fue un proyecto familiar. “Hicimos todo poco a poco y vivimos muchas despedidas -dice-. El camino fue difícil porque hubo muchas separaciones, aunque valió la pena. Lo mejor que pudimos hacer fue venir al País Vasco y criar a nuestros hijos aquí”, evalúa Paola, que mira el recorrido con perspectiva de madre, de mujer y de persona emprendedora.

“Esto empezó en 2001 -relata-. Vivíamos en Colombia, en Medellín, y veíamos que la situación general era muy mala. No había mucho trabajo, la economía iba mal. Mi marido y yo teníamos un hijo pequeño y otro en camino, así que nos planteamos marcharnos del país”. El primero en irse fue él, que tenía un familiar en Albacete. “Era una tía suya, que vivía en un pueblito. Como era el único contacto, la única referencia, ese fue su primer destino”, explica. Para ese entonces, el bebé de ambos había nacido y tenía apenas tres meses.

Su tía lo recibió muy bien y lo ayudó en todo cuanto pudo, pero el pueblo era realmente pequeño y allí no había posibilidad de trabajar. “Pensó en regresar a Colombia, pero mi suegra tenía una amiga en Bilbao; habló con ella y le explicó la situación. Así fue como mi esposo llegó a Euskadi, donde sí encontró la posibilidad de trabajar. Es carpintero y consiguió empleo en poco tiempo. A los tres meses de haber venido, tenía lo básico para empezar y me dijo que viniera. Llegué yo y, lo mismo, enseguida empecé a trabajar”.

Eran tiempos de bonanza económica, pero “nadie te regalaba nada”. Para Paola, el precio de ese inicio fue separarse de sus hijos -a los que pudo traer unos meses después- y asumir que venía “a trabajar de lo que hubiera. Y lo que había -continúa- era ponerse a limpiar”. Trabajó para empresas de limpieza y en casas de particulares, algo bastante alejado de lo que alguna vez imaginó cuando estudiaba en la universidad para ser auditora empresarial. Sin embargo, ella misma destaca que ese trabajo le permitió asentarse aquí y forjar lo que no pudo construir en su país: una estabilidad familiar junto a su esposo y sus hijos.

“Mi cuñada vivió lo mismo, aunque con una separación más larga -prosigue-. Su esposo también es carpintero y vino con trabajo, aunque pasaron cinco años hasta que ella pudo viajar, y otros dos hasta que trajo a los niños”. Entonces cambió todo, para mejor. “No se puede comparar estar lejos y solo a estar con tu familia. Aunque el entorno sea nuevo o estés recién empezando, tienes más fuerza y más apoyo. En nuestro caso fue clarísimo. En cuanto llegó Viviana, empezamos a pensar en cómo hacer algo juntas”, explica.

Quemar las naves

Esa voluntad se materializó en un negocio propio; un proyecto que requirió de mucha determinación y no pocos sacrificios. Ponerlo en marcha implicó apostarlo todo al País Vasco. “Viviana es manicura. Cuando llegó aquí, empezó a trabajar de lo suyo, como empleada, pero le pasaba un poco como a mí: hacíamos muchas horas para sacar un sueldito. Teníamos que hacer algo para mejorar esa situación”, dice Paola, antes de contar la segunda gran decisión migratoria: “Mi esposo y yo vendimos una casa que teníamos en Colombia, así que contábamos con algunos ahorros. No era suficiente para comprar una vivienda aquí, pero sí para emprender”. Decidieron quemar sus naves.

“Abrimos un salón de manicura y pedicura. Mi cuñada tenía el oficio, yo sabía de administración empresarial, y nuestros maridos, como son carpinteros, nos hicieron todo el local. Fue un proyecto familiar en el que todos nos implicamos, hasta mi hijo mayor, que nos hizo la parte gráfica, desde el cartel hasta las tarjetas de visita”, cuenta Paola, y añade que este mes celebran su tercer aniversario.

“Desde un principio nos planteamos que cualquier persona que pase por esta puerta tiene que sentirse bien, sentirse especial. Y esa filosofía nos ha funcionado, tanto para el negocio, como para nosotras, a nivel humano. Venimos contentas a trabajar, y eso que pasamos aquí todo el día. Y las personas regresan, se sienten bien. Desde mi punto de vista, eso es lo más importante: la satisfacción. Cuando uno hace algo que le gusta, se nota. Y creo que si te esfuerzas, si realmente crees en algo, lo puedes conseguir, las cosas resultan. Tal vez pudiera parecer una locura emprender algo hace tres años, pero aquí seguimos y hemos podido contratar a otra persona”, concluye Paola.

2016 América del Sur Ellas

398 | Belkis

Belkis Rodríguez no está sola en el momento de la entrevista. La acompañan ocho mujeres. Algunas son colombianas, como ella, y otras son de Ecuador. Todas emigraron hace años hacia Euskadi en busca de trabajo y oportunidades. Todas menos ella, que llegó a Bilbao en enero de este año y que no vino a buscar un empleo, sino a desarrollar una misión. Con un marcado perfil religioso, Belkis forma parte del Centro Internacional de Teoterapia Integral (CENTI), una organización espiritual que se fundó hace 52 años en Colombia y que en la década de los ochenta comenzó a esparcirse por el mundo.

“Soy misionera”, resume, y explica que comenzó su andadura hace ocho años, en su país. “Nací en San Cayetano, un pueblo al sur de Cartagena de Indias, aunque cuando era pequeña mi familia se trasladó a la ciudad. Allí crecí y fui a la universidad. Mientras estudiaba, conocí el proyecto del CENTI. Poco a poco comencé un proceso de transformación de mi vida personal que, por supuesto, compartí con mi familia. Cuando terminé mi carrera [es licenciada en Derecho], decidí entregarme plenamente a esta causa. Era lo que quería hacer”.

Asegura que su familia se lo tomó bien. “Tanto mis padres como mi abuelo, que fue quien me pagó los estudios, me vieron muy involucrada. Obviamente, cuando tomé la decisión de dejar mi casa, mi familia y mi origen, sentí un poco de susto. Siempre da vértigo dejarlo todo, pero estaba convencida, así que mis padres y mi abuelo me apoyaron. ‘Si es lo que a ti te hace feliz, te damos todo el respaldo’, me dijeron. Y así empecé con mi misión, hace ocho años. Me marché de Cartagena y me fui a San Pablo, en Brasil, para trabajar con los jóvenes universitarios. Estuve allí siete años, hasta que mi director me indicó que debía venir aquí”.

Para Belkis fue un gran cambio. Antes de llegar a Bilbao estuvo cinco meses en Madrid, y lo que recuerda de su viaje hacia Euskadi es que “el paisaje se iba haciendo cada vez más verde. Siempre me ha gustado la naturaleza -prosigue-, así que me resultó muy fácil adaptarme. El País Vasco es tan frondoso, tan bonito…”. El entorno la deslumbró, pero el principal cambio que debió asimilar fue el humano. “El perfil de las personas con las que trabajo aquí es muy distinto al que conocí en San Pablo. Allí eran jóvenes estudiantes. Aquí son mujeres con familia que han emigrado y han sufrido mucho”.

Intimidad y confianza

“Hay situaciones muy fuertes. Es la primera vez que yo trabajo con este perfil y la verdad es que no dejo de sorprenderme. Hay mujeres muy luchadoras, con mucha fuerza. Son unas guerreras; merecen todo el respeto y me generan muchísima admiración. Al trabajar en grupo y ser todas mujeres podemos compartir muchos temas de interés común. Se genera un ambiente de intimidad y confianza. Partimos de la base de que la respuesta integral está en Dios. Y, sobre esa base, abordamos distintos aspectos que son muy importantes, como la autoestima, la confianza en una misma o el papel de la familia”, detalla.

“Algo que he aprendido en estos meses es que, con las migraciones, lo que más sufre es la estructura familiar. El proceso de emigrar es muy duro y exigente, hace mella en las parejas y en el corazón de los hijos, que no siempre entienden que sus madres están trabajando por su bien; muchos se sienten abandonados”, explica Belkis, en un intento por sintetizar una problemática compleja que ha afectado o afecta a las mujeres que la acompañan.

Una de ellas, Elsi, asiente y comenta que la congregación le ha enseñado a enfocar la vida de otra manera. “Yo solo vivía para el trabajo, pero no era feliz. Tuve una época en la que me refugiaba en el alcohol. Siempre me quejaba. Pero aprendí a creer en mí misma, en mi fuerza, en mi capacidad. Comprendí que estaba descuidando a mi familia y que tenía que aprender a ser más agradecida, empezando por la gente de aquí. Dirán lo que dirán, pero lo cierto es que te abren las puertas de su casa para que tú salgas adelante. ¿Cómo no vas a dar las gracias?”, se pregunta.

Otra de las mujeres, Ana Isabel, está de acuerdo. Cuenta que aquí adquirió la confianza para estudiar, formarse y trabajar en lo que le gusta. “He crecido mucho en el plano espiritual. Me siento feliz. Y cuando uno es feliz, puede hacer felices a los demás”, dice. Y Belkis, que está organizando junto con ellas un encuentro familiar para el próximo 28 de noviembre, apostilla que “eso es lo importante. No hay que perder de vista la importancia de la familia, de los abrazos, de quererse a uno mismo y querer a los demás”.

2015 América del Sur Ellas