450 | Rodrigue

Cuando Rodrigue Bembide se marchó de su país, no imaginaba que tardaría años en llegar a un lugar seguro. Menos aún, que acabaría hablando en un idioma distinto al suyo ante un público numeroso y diverso, como sucedió hace pocos días en el Palacio de Congresos de Vitoria. Cuando se marchó de su país, Rodrigue solo pensaba en lo elemental: salvar la vida, escapar. La guerra civil de la República Centroafricana, que comenzó en 2012 y todavía continúa, no solo se ha cobrado la vida de 5.000 personas. También ha expulsado de sus hogares a unos 900.000 ciudadanos, muchos de los cuales se han visto forzados a emigrar, como él.

«En mi país hay una guerra de religión, una lucha de poder que empezó como algo puntual pero que ahora afecta a todas las personas. El odio se ha metido en las familias, entre vecinos y amigos, en las casas…», describe como puede y se lamenta. La disputa por el gobierno –y los recursos del suelo, que abundan– ha incorporado las creencias religiosas a la contienda política, ya compleja de por sí. El resultado es una profunda fractura social entre cristianos y musulmanes; personas que, hasta no hace mucho, vivían en paz y hasta formaban familias. «Mi madre era cristiana y mi padre, musulmán», dice, y los verbos se conjugan en pasado. Su familia ya solo se encuentra en la estadística.

«Aquello fue terrible, brutal… por eso no me gusta pensar en lo que pasó. Yo no quiero quedarme ahí, sino mirar hacia adelante. Quiero contribuir a cambiar la ideología violenta que hay ahora mismo en mi país. Quiero mejorar las condiciones de vida de las personas que están allí, colaborar con la gente, mostrar que las cosas se pueden hacer de otra manera, como aquí». Rodrigue habla de futuro y se ilumina su mirada. «Tengo un hijo pequeño y pienso mucho en él. Quiero que crezca feliz y sin miedo», señala. Su niño nació en Marruecos. Rodrigue fue padre durante el viaje.

«Es que demoré mucho en llegar a Europa; la ruta es muy larga. Solo en Marruecos estuve tres años. Allí conocí a la madre de mi hijo, que es centroafricana como yo, y allí tuvimos al niño. Yo pude llegar hasta Euskadi, pero ellos no; ellos han vuelto», resume. Han vuelto a uno de los países más empobrecidos del mundo donde, según datos de la ONU, la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. «Están allí». La sencillez de sus palabras no esconde la complejidad de estas migraciones, que discurren por caminos sembrados de trampas.

La casa tranquila

Rodrigue lleva diez meses en Vitoria y se siente «afortunado». Valora la seguridad y la tranquilidad del entorno, y también a las personas que ha encontrado y que le arropan. Está haciendo dos cursos de formación profesional y, además, colabora activamente con CEAR. «Por la mañana voy a un curso de fontanería y calefacción. Por la tarde, estudio electricidad. Pienso que si aprendo más cosas voy a tener más posibilidades de encontrar un empleo. Yo no quiero vivir de ayudas sino trabajar. Tengo un hijo al que sacar adelante», dice muy serio.

Y con la misma seriedad opina que le falta pulir su castellano. «El idioma se aprende hablando con la gente; por ahora no tengo mucho tiempo para conversar porque paso casi todo el día estudiando», dice poco antes de subir al escenario en una de las salas del Palacio Europa. Tiene previsto hablar para unas trescientas personas que, como él, participaron en el programa Bizilagunak. La iniciativa, impulsada por CEAR-Euskadi con el apoyo de la Diputación de Álava y otras instituciones, reunió este año a 227 familias locales y de otras partes del mundo en torno a la mesa.

En su edición alavesa, las comidas de Bizilagunak tuvieron lugar el pasado 13 de noviembre en los hogares de las personas participantes. Pero los nexos no acabaron allí. «Ahora nos reunimos todos para celebrar esos encuentros, ver un vídeo con las imágenes que hicimos ese día y compartir con los demás cómo fue nuestra experiencia. Para mí –avanza– fue algo muy especial. Nunca había participado en algo así y me gustó mucho. Creo que las iniciativas como estas son muy importantes para acercar a la gente, para conocerse con los demás, para sentirse en casa».

«Todos somos una gran familia. Nos tenemos que cuidar unos a otros. Las diferencias no tienen por qué ser un problema», agrega. Sus palabras tienen un peso especial si se considera la realidad que atraviesa su país, la experiencia que ha tenido y sus pérdidas. Los manteles de Bizilagunak previenen daños en el tejido social y, casi como un espejo de inversos, muestran otra realidad de convivencia posible. «El color de la piel es algo superficial –dice Rodrigue señalando su antebrazo–. Debajo estamos hechos de lo mismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 África Ellos

345 | José

José Goyes no quiso callar. Tampoco quiso hacer oídos sordos ni mirar para otro lado. Eligió el camino difícil: hablar, denunciar, ser testigo. Convertirse en un elemento incómodo. Sobrar. Las amenazas que recibió durante meses le insinuaron el peligro. El intento de asesinato fue la confirmación. José sobraba. Por eso, en junio de 2008 fue objeto de un atentado. Recibió dos disparos -en la pierna y en el brazo- que no lo mataron, pero lo convirtieron en una víctima más, en otro líder indígena forzado al exilio, en otro campesino colombiano con los derechos avasallados.

Las amenazas persistieron tras aquel intento fallido. Dos años después, Amnistía Internacional le ayudó a salir del país. En 2010, José dejó su tierra en El Cauca y se marchó a Madrid, donde cursó un máster en Acción Solidaria, en la Universidad Carlos III. El objetivo era tomar distancia, ganar tiempo y volver a su lugar, un territorio que históricamente ha pertenecido a la comunidad indígena nasa. Comunidad de la que él fue líder.

“En 2008 fui elegido gobernador del cabildo indígena de Honduras de Morales Cauca”, explica, con gran humildad. Más que un cargo, aquello era su vida. La tierra era su vida. Nunca dejó de ser campesino, ni dirigente social, ni ciudadano concienciado de sus derechos. Se enfrentó, junto a su gente, a la expropiación de tierras que favorecía a las empresas multinacionales. Soportó la violencia de distintos grupos armados. Sobrevivió a un atentado, pero vio morir a sus vecinos, sus amigos. Y cuando las amenazas continuaron hacia su mujer y su familia comprendió que el regreso a Colombia, tal como lo soñaba, no sería posible.

“Hace poco más de un año me trasladé a Vitoria, donde vive un amigo, Zacarías. Fue él quien me sugirió radicarme aquí. Nuestras historias son similares. Así, al menos, no estaríamos tan solos”, relata José, que llegó a Euskadi en 2013, previo paso por Ginebra, donde vivió un año. “Tengo el asilo político aprobado hasta 2019. Eso significa que puedo vivir aquí, no que tenga la vida resuelta. Como cualquier inmigrante, me toca buscar trabajo y ocuparme de mi subsistencia”, explica.

Precisamente por ello, ha apelado a las raíces. A sus habilidades y conocimientos de siempre. “He alquilado una parcela de tierra en Aranguiz donde cultivo mis propias hortalizas. Tengo cebollas, puerros, tomates… y colaboro con otras personas que apuestan por la soberanía alimentaria y quieren desarrollar sus proyectos de agricultura. La tierra -subraya- es vida. Voy y vengo en mi bici, y paso muchas horas en el huerto. El día es mucho más corto cuando uno está activo”, reflexiona, antes de explicar que lleva casi tres años sin ver a su familia.

“Mi mujer y mis hijos están en Bogotá. Han tenido que marcharse de El Cauca por las amenazas. Nuestra tierra no es segura para nosotros -lamenta-. Mi proyecto más inmediato ahora es lograr cierta estabilidad para que vengan, para reunirnos. Quiero darle unos estudios a mis hijos. Y quiero volver… Quizá no pueda regresar a mi país, pero sí podría establecerme en algún otro, vecino, tener una pequeña finca y vivir de la tierra”. Para él, que se crió “entre cultivos y animales, plantaciones de caña de azúcar y café”, el sueño no es otro que recuperar la vida que tenía. La que lo hacía feliz.

Compartir la experiencia

Su historia -lo sabe- podría ser otra. Pero, puestos a enfrentar adversidades, ha elegido compartirla, denunciar, reivindicar. “El conflicto social interno de Colombia es el marco en el que se producen todos los abusos contra la población local. Los campesinos han sufrido y sufren todo tipo de violaciones de sus derechos humanos. Cuando no son víctimas de la opresión, son víctimas del olvido”, dice José, que desgraciadamente está acostumbrado a enunciar estas palabras. Lo ha hecho en encuentros y proyectos de grandes organizaciones -como Amnistía Internacional o CEAR-, y también en iniciativas más recientes, como el Foro Internacional de Víctimas de Colombia, que se celebró el día 13 en Donosti.

En el encuentro, que tuvo lugar en el Palacio de Aiete y contó con varias autoridades locales, José relató su experiencia, al igual que otras personas. Ese era uno de los grandes objetivos del Foro: dar visibilidad a las víctimas colombianas que se encuentran fuera, recoger los relatos de la diáspora colombiana desde el momento en el que comienza el proceso migratorio y, por supuesto, ayudar en el proceso de paz y reconciliación en Colombia. “Ojalá pudiera volver algún día”, dice, aunque es consciente de que, en ocasiones, soñar sencillo es pedir demasiado.

2014 América del Sur Ellos

334 | Florentina

Florentina Pérez emigró de su país en dos tiempos. La primera vez que se marchó, tenía 25 años. Era 1991 y dejó atrás su vida en San Juan -una provincia del interior de República Dominicana- para venir a Bilbao. “Vine con decisión de quedarme, pero solo aguanté nueve meses”, dice. La experiencia le resultó “muy dura”, aunque no por el tipo de trabajo -doméstico, de interna-, ni por el hermetismo de una sociedad que, en ese entonces, era mucho menos permeable que ahora. Lo doloroso, para ella, fue estar lejos de sus hijos.

“En esa época había mucho racismo -recuerda-. A veces iba caminando por la calle y oía un ‘¡Mira, ahí va la negra!’ Si entraba en un bar, poco a poco se vaciaba. No han pasado tantos años, y la sociedad ha mejorado muchísimo. En ese momento, la gente no estaba preparada para incorporar las diferencias. Hoy es distinto, la integración es mucho mayor. Unos y otros coincidimos en los bares, en las bibliotecas, en los centros cívicos. Entre todos formamos otro tipo de sociedad”, compara.

Aquellas reacciones, por supuesto, la entristecían. “Pero no fue eso lo que me empujó a volver a mi país. Yo volví por mis afectos; por mis hijos, que habían quedado al cuidado de mi marido. En ese momento, el pequeño tenía solo seis meses, y la verdad es que no pude soportar la distancia. Por mucho que el trabajo de aquí pudiera ayudarnos a mejorar allí, no fui capaz de quedarme”, reconoce.

De regreso en San Juan, retomó la vida que había tenido hasta entonces. Florentina es maestra y su marido, ingeniero agrónomo. Aunque el nivel de ingresos era inferior del que podían tener con un trabajo no cualificado en Europa, entre los dos consiguieron estabilizarse y sacar adelante a su familia, que había vuelto a crecer. “Tuvimos otra niña”, explica ella, al tiempo que describe una situación sorprendente: “en mi pueblo -relata-, toda la gente estaba emigrando. Las personas se marchaban a Madrid y Barcelona, principalmente. Mi familia completa emigró. Mis hermanos, los nueve, se fueron. También se marcharon mis padres”.

“Llegó un punto -prosigue- en el que nos sentimos muy solos. Teníamos trabajo y estabilidad para vivir, pero nos habíamos quedado sin lazos… en nuestra propia tierra”. En paralelo, los familiares de Florentina le insistían para que viniera. “’Vente, que España está muy bien y hay trabajo’, me decían. Y yo, que ya había tenido suficiente con la experiencia anterior, contestaba ‘solo iré con un contrato que me permita llevar a mis hijos; no los voy a dejar otra vez’”. Lo decía convencida porque, además, tenía claro que algún día ellos iban a emigrar del país. “La emigración, en Dominicana, se ha convertido en cultura; forma parte de un proceso natural. Sabía que mis hijos se iban a ir algún día, y yo no quería que se fueran sin mí”.

Vitoria, 2005

Un contrato de trabajo le permitió volver a intentarlo. Esta vez, en Vitoria, a donde llegó en 2005. “Conseguí empleo en el rubro de la limpieza y vinimos todos. Mi marido también empezó a trabajar. Esta vez, las cosas fueron diferentes. Quizá la mayor dificultad fue encontrar una vivienda, alquilar un piso que nos gustara. Veíamos distintas opciones, pero nos pasaba que a veces no nos querían alquilar por ser extranjeros”, recuerda. Por esa razón, al cabo de un año decidieron solucionar el problema de raíz. “Vendimos nuestra casa de Santo Domingo y, con ese capital, pagamos la entrada de un piso. Firmamos una hipoteca carísima, a 40 años”, dice, consciente de que su dinero “se ha devaluado”.

“En ese momento era imposible prever la crisis, que el precio de la vivienda se iba a desplomar, o que habría una tasa tan elevada de paro. En ese momento solo pensábamos en trabajar y construir una mínima estabilidad para nuestra familia, como cualquier pareja con hijos”, reflexiona. Los años siguientes se transformaron en una lucha continua por afianzarse y prosperar. “Además de trabajar, hice muchos cursos para intentar cambiar de rubro. Estudié metodología y didáctica, hice cursos de comercial, incluso de peluquería, pero no lo he conseguido; no he podido salirme del ámbito de la limpieza. Mi marido sí pudo reconvertirse y trabajar como mecánico, pero aun así, es difícil”.

También le resulta complicado este momento de la vida, cuando una parte de su familia se ha marchado a Dominicana, otra está aquí, y los hijos y sobrinos “son de aquí; en especial, los más pequeños. Si pienso solo por mí, obviamente echo de menos mi país e imagino que algún día volvería. Pero si pienso en conjunto, sé que no. Aquello es un paraíso explotado por capitales extranjeros; el dinero no revierte en la gente del lugar, faltan servicios y seguridad. Esto, en cambio, es un país desarrollado, con otras garantías y oportunidades. Como madre, está claro qué prefiero para mis hijos”.

2014 América Central Ellas

332 | Unity

Nigeria casi nunca es noticia. Poco se cuenta en el mundo de esta antigua colonia británica que, en la actualidad, es el país más poblado de África y uno de los que registra más cantidad de idiomas. Allí se habla medio millar de lenguas, además del inglés, aunque en el plano internacional su embajador sea el silencio. La excepción ocurrió este año, cuando el grupo terrorista Boko Haram secuestró a más de doscientas niñas de una escuela de Chibok, al noreste del país. Entonces sí, las vicisitudes del Estado traspasaron sus fronteras para caer en las redes sociales e instalarse en los telediarios.

La noticia de las chicas secuestradas sobrecogió al resto del mundo. Miles de personas -incluidos muchos políticos- se fotografiaron con el lema ‘Devolved a nuestras niñas’ (‘Bring back our girls’). Pero, ¿qué puede sentir un nigeriano cuando ve esas noticias desde lejos? “Que nada ha cambiado y que el país ha ido a peor; que allí gobierna el miedo”. Así de contundente -y, también, de resignado- responde Unity James, un ciudadano del sur de Nigeria que vive en Vitoria desde hace ocho años.

“El país ya estaba mal cuando yo me fui… y mira que, de eso, ya ha pasado un buen tiempo”, aclara él, que vivió varios meses en París y cinco años en Madrid antes de radicarse en Euskadi. “Nigeria no ha tenido buenos Gobiernos ni buenos líderes. La mayor parte de las instituciones están marcadas por la corrupción. Cuando yo vivía allí, aunque estudiaba, lo único que veía era que no iba a tener posibilidades de futuro. Daba igual la cualificación que tuvieras o que hubieras estudiado mucho: en mi país, sin un ‘enchufe’, no tienes ni una oportunidad”, lamenta. Y añade que por eso se fue.

“La gente no se va porque sí, ni porque quiera vivir lejos de su familia. La gente se va de un país cuando siente que en él no va a poder buscarse la vida. Eso fue lo que me pasó a mí. Si yo hubiera sido el hijo de un ministro, seguro que no tendría problemas para salir adelante y conseguir un trabajo. Pero mi familia es una familia normal. Mi hermano emigró antes que yo; vino a Madrid y, gracias a él, pude venir yo también. Cuando miro lo que ocurre ahora mismo en Nigeria siento muchísima pena, una gran tristeza. Duele ver que tu país va a peor. Ahora, además de la corrupción y la falta de trabajo, hay miedo, hay inseguridad y está la incertidumbre de no saber qué va a pasar mañana”.

Un miedo desconocido

Más que en el pesimismo, las palabras de Unity se apoyan en una dura realidad. Analiza la situación con parámetros europeos y toma decisiones con la responsabilidad de tener tres hijos. “Lo que ha ocurrido en mi país con las doscientas niñas secuestradas es impensable en Europa. Aquí no se conoce esa clase de inseguridad. Por supuesto que me gustaría volver a mi tierra algún día, pero no en estas condiciones: sin trabajo, con tres hijos vascos y con miedo. No puedo hacerles eso a ellos, que han nacido aquí y están acostumbrados a esto”, razona él, aunque también es crítico con el ‘sueño europeo’.

“Honestamente, yo no puedo decir que aquí estamos ‘muy bien’, o que estamos como imaginamos que estaríamos. En este momento, estoy en el paro y es mi mujer quien soporta toda la carga económica. Eso no es vivir mejor, eso es aguantar, resistir, como tantas otras familias de aquí con la crisis”, explica Unity, que es miembro activo de la asociación nigeriana Esan Akugbe y colabora también con Kira, la Coordinadora de Inmigrantes y Refugiados de Álava. Es evidente que conoce de primera mano infinidad de situaciones dramáticas.

Resulta interesante conocer su opinión sobre otras de las noticias más calientes del momento: la frontera sur y los saltos grupales a la valla. “Personalmente, nunca estuve allí ni viví nada similar porque vine de otra manera, con una carta de invitación de mi hermano y todas las cosas que me pedían -explica-. Pero cuando veo esas imágenes siento tristeza y vergüenza. Los jóvenes que cruzan así, jugándose la vida, no tienen información. No saben realmente lo mal que está el país, ni que hay crisis, que falta trabajo o que, como inmigrante, lo pasas mal. Esa información no llega a África. Y, cuando llega, no le hacen caso. No se lo creen. Allí todavía se piensa en Europa como un gran árbol que da dinero”.

2014 África Ellos

328 | Carolina

“Pero, ¿qué está pasando en tu país?” Esta es una de las preguntas que le hacen con más frecuencia a Carolina Mistela cuando se enteran de que es venezolana. “Desde fuera existe una percepción de país fracturado, polarizado. Solo se habla de la división. A la televisión le gustan mucho los datos concisos y, en los relatos que se hacen, se utilizan los más sencillos. Se habla del antagonismo, del enfrentamiento social, de dos mitades… Y eso es una simplificación muy burda de la situación, porque en esa narración se excluyen datos más complejos e infinidad de factores que están ahí, ejerciendo fuerzas en unas y otras direcciones”.

No hace falta aclarar que Carolina tiene -y defiende- un pensamiento crítico sobre los movimientos sociales. “En América Latina somos muy políticos”, sostiene. “Yo no puedo ser indiferente al modo en que se aborda y se cuenta al mundo la coyuntura de mi país. Si eres venezolano y enciendes la televisión, lo que ves puede cuadrarte o no dependiendo de dónde procedas. A mí, que soy de origen humilde, que me crié en una barriada de Caracas, no me cuadra nada”, añade. Su incredulidad es similar a la que experimentan muchas personas cuando les dice que es de Venezuela.

“Mi piel es morena, me hago rastas en el pelo, soy afrodescendiente… Lo primero que piensa cualquiera al verme es que soy dominicana o cubana. Y tiene sentido, porque soy caribeña: mi país está en el Caribe. Lo que pasa es que, en el imaginario colectivo, la mujer venezolana es otra cosa. Hasta que empezó la revolución bolivariana, mi país era la tierra de las telenovelas, el hogar de las ‘misses’, las mujeres guapas y la cirugía plástica. Ahora todo son expertos analizando cifras macroeconómicas y decisiones políticas”, resume con ironía.

“El problema -prosigue- es que nadie te cuenta la diferencia que hay entre las posturas ideológicas y las propuestas reales. Una cosa es el ideario y, otra muy distinta, lo que quieres para tu día a día. Más aún, lo que no quieres en tu vida cotidiana. La gente no quiere violencia. En mi país no tenemos experiencia en eso, nadie sabe lo que es una guerra civil, pero todos tienen conciencia de que no es buena. Ahí tenemos el ejemplo cercano de Colombia… ¿Quién quiere algo así para su país? Nadie. Y eso va más allá de las ideologías. Tiene que ver con el miedo, el sentido común, la convivencia. Más todavía si el escenario se circunscribe a una barriada”, puntualiza.

Del extrarradio de Caracas

Hasta que vino al País Vasco, en 2001, Carolina vivía en Petare, una de las barriadas más populosas de Caracas. Se crió en el seno de una familia humilde, obrera, en un entorno de casas modestas engarzadas en la ladera de un monte, agolpadas y superpuestas entre calles y callejuelas de figuras imposibles. “Era un ambiente muy pobre, sí, pero había muchísimas actividades sociales y educativas. Había clases para adultos y mucho espacio para el activismo social. Cuando Chávez llegó al poder, la peña estaba efervescente. Significaba un poco de esperanza. Después de cuarenta años, al menos, una opción”, recuerda ella, que entonces tenía veinte años y sentía que podía comerse al mundo.

Allí, en ese marco, hizo amigos vascos. “Hay mucho voluntariado, mucha acción social y de cooperación internacional. Cada año iban chavales y chavalas diferentes, todos de aquí. Por eso, cuando un día me plantearon venir, conocer, hacer la experiencia, me entusiasmé y decidí hacer el viaje. No me fui de mi país con la idea de no volver, ni disgustada con aquello. Me fui más bien por una inquietud de juventud, preguntándome ‘¿y por qué no?’ Por eso mismo, tampoco llegué con la intención de quedarme. Ni siquiera ahora, después de tantos años, me planteo las cosas en plan ‘establecerme para siempre’. Yo simplemente vivo el día a día, valoro lo bueno e intento mejorar lo que no me gusta. Soy muy reivindicativa”, subraya.

Carolina explica que, si bien la integración cultural es buena, el ámbito laboral es el más complicado para los extranjeros. “Llegas y, al principio, cualquier trabajo es bueno porque lo ves como algo transitorio. Te dices a ti mismo que ya llegarán las oportunidades. Pero eso no ocurre. Para la inmigración, no hay muchas oportunidades. Tienes que ser muy bueno, tener mucha suerte o las dos cosas para poder dedicarte a tu profesión”, afirma ella, que trabaja cuidando a una persona mayor en Vitoria.

En paralelo, Carolina es muy crítica también con los propios extranjeros, ya que entiende que su implicación social debería ser más intensa. “Casi no hay participación ciudadana por parte de los inmigrantes -sostiene-. Y es curioso, porque muchas veces escuchas frases como ‘qué bonito es Euskadi’, ‘qué seguro me siento aquí’, ‘qué bien funciona todo’, pero luego, cuando hay una manifestación en contra de los recortes, por ejemplo, no van. La mayoría no sale a defender aquellas cosas que valoran y que consiguieron con mucho sacrificio las personas de aquí, sus padres y abuelos. Eso es triste”.

2014 América del Sur Ellas

324 | Armando

Armando Valbuena no decidió venir a Euskadi, sino marcharse de Colombia. Parece lo mismo, pero no es igual. “Tenía que irme -dice-. La situación era insostenible. En algún momento creí que podría resolver los problemas trasladándome de Bucaramanga a Bogotá, porque es una ciudad grande donde uno puede pasar más desapercibido, pero me equivoqué. Esa mudanza no fue suficiente. Cuando estás en el punto de mira, no puedes escabullirte, no hay exilio interno que valga. Nos seguían, nos hostigaban. Estábamos amenazados”, sostiene en un plural que abarca a su pareja.

Armando y su mujer son refugiados. Este año, en agosto, cumplirán catorce años aquí. “Llegamos el día de mi cumpleaños, directos a Otxandio, donde teníamos unos conocidos, que ahora son amigos. A diferencia de otras personas que han tenido que pedir asilo político fuera de Colombia, nosotros no contamos con el apoyo, ni con las gestiones o la protección de ninguna institución internacional. Nos hubiera gustado acogernos a la protección de Amnistía Internacional, pero no hubo tiempo de pedirla siquiera. La urgencia del caso no lo permitió. Si logramos salir de allí y llegar aquí con vida fue gracias a la solidaridad directa de otros refugiados”, reconoce.

En Otxandio, el pueblo que les acogió y les permitió rehacerse de a poco, Armando consiguió su primer empleo en una residencia de ancianos. Le contrataron como auxiliar de geriatría. “Tardé un año, pero ese fue el paso decisivo para romper el círculo vicioso al que se enfrentan casi todos los inmigrantes: si no tienes trabajo, no obtienes un permiso de residencia, pero si no tienes un permiso de residencia, no accedes al mercado de trabajo”, explica. Aquel fue un punto de inflexión por el que siempre estará agradecido. “Vivimos allí tres años, antes de mudarnos a Vitoria, y solo tengo palabras de gratitud para Otxandio y su gente”, subraya.

En ese periodo, además de trabajar y establecerse, pudo homologar su título y colegiarse. Armando es médico y, en la actualidad, ejerce su profesión en Vitoria. “Sé que soy afortunado, pero no hay un solo día que no recuerde lo que perdí, lo que me empujó a salir. Cuando estás exiliado, además de afrontar las vicisitudes típicas de cualquier inmigrante, te acuerdas cada día de tu país y de los motivos por los cuales no puedes volver. Y te lamentas, no solo por la añoranza, sino porque no tienes la posibilidad de estar allí y hacer cosas para cambiar esa realidad sin jugarte la vida”.

Estigma, persecución, huida

Pensar de esta manera, “no compartir la visión sociopolítica de Colombia tal como está hoy”, ser crítico y, sobre todo, activo, le valieron el exilio y una experiencia previa muy dura que, sin embargo, cabe en un par de párrafos. “Yo vivía en Bucaramanga con Socorro, mi compañera. Me dedicaba a la medicina. En mi tiempo libre, cuando podía, hacía trabajo social. Formábamos unas brigadas de salud, con médicos y odontólogos, y recorríamos las zonas rurales donde la gente no tenía asistencia sanitaria ni había presencia del Estado. Íbamos con muestras médicas, con equipos móviles, con lo más básico para ayudar”, relata.

“En algunas de esas zonas había conflicto armado. Prestar atención también allí nos granjeó la afrenta del Estado, que estigmatizó nuestra labor. Nos detuvieron. Nos juzgaron. Hubo falsos testimonios, incluso ‘testigos clonados’: gente que declaraba en varios casos diferentes para inculpar a los acusados. El resultado fueron treinta meses en prisión”, dice con una serenidad que desconcierta. “Es que no es algo excepcional -explica-. Las herramientas de represión existían, existen, y además se afinan y perfeccionan”.

Cuando Armando y Socorro fueron puestos en libertad, se marcharon a Bogotá con la “esperanza de diluirse” entre la multitud. Incluso comenzaron a trabajar con los Salesianos, para prestar ayuda médica y educativa en las zonas más deprimidas de la ciudad. “Pero, como te decía antes -retoma él-, no siempre es posible escabullirse. Además, yo sabía que iban a por nosotros. Me lo contó un oficial, cuando yo estaba preso, y usó una expresión militar… Dijo que tenían intención de ‘darnos de baja’. Por eso, y porque en Bogotá tampoco estábamos seguros, nos marchamos”.

Los años que ha vivido en Euskadi le han brindado tranquilidad, seguridad, un respiro, si bien no han conseguido borrar las experiencias anteriores. “No se me olvidan porque, además, siguen sucediendo, no pertenecen al pasado”, dice Armando, que aprovecha para anunciar la visita del abogado colombiano Álvaro Durán. “Él trabaja en Derechos Humanos, en el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos de mi país, y estará en Vitoria toda la semana para dar a conocer la situación que se vive allí, de primera mano”.

2014 América del Sur Ellas