346 | Simone

Entre Novara y Bilbao hay casi 1.300 km de distancia, unas dos horas en avión. Pero Simone Mastronunzio ha recorrido un camino mucho más largo, con más escalas y años de viaje, para venir desde allí hasta aquí. Granada, Buenos Aires, Siena o Alicante son solo algunas de las ciudades que menciona en su relato. Y hay más. Como bien dice, sonriente, “he dado muchas vueltas antes de llegar a Bilbao”. Su acento, indefinido, refrenda la variedad en el periplo.

Simone habla perfectamente español. Eso sí, resulta difícil unir su acento a un lugar. Por momentos, se parece a un andaluz. Por momentos, se asemeja a un argentino. Sin embargo, es italiano, aunque la gente no siempre le cree y, asegura, le “cuesta muchas veces demostrarlo”. “A veces estoy hablando y me freno en mitad de la frase. Me surgen dudas. No sé si las palabras que he dicho se usan en el lugar donde estoy o no”, explica. No obstante, la situación no le genera desconcierto. Al contrario, le atrae. Y la razón es sencilla: Simone es lingüista.

Su profesión fue, de hecho, el motor para tantos viajes. “Me marché de mi ciudad con una beca Erasmus, cuando era estudiante. El destino que elegí fue Granada. Cuando terminó esa experiencia, tuve muy claro que iba a volver a Andalucía”. Y lo hizo, sí, pero antes regresó a Italia, se instaló en Siena y, gracias a otras becas europeas, comenzó su experiencia profesional. Vivió en Cádiz, en Alicante, en Argentina, incluso en Vitoria, donde se apuntó a un máster de la UPV. Los cambios de escenario han sido, desde luego, notables.

“Mi familia es del sur de Italia, aunque Novara, mi ciudad, está al norte, entre Milán y Turín. Podría decirse que llevo incorporado ese contraste, la raíz sureña y el amor al norte. En mis viajes se ha seguido marcando esa sensación. En cierto modo, el cambio que experimenté al mudarme a Granada fue igual de abrupto que el que viví al trasladarme aquí. Hay grandes contrastes, claro, pero eso no me ha impedido encontrarme muy bien en todos los sitios. Me he sentido muy bien en todas las ciudades del país y he notado muchos factores comunes; sobre todo, en la gente”.

De Vitoria, donde vivió un año, Simone destaca “la habitabilidad. Es una ciudad para vivirla, muy cómoda, y tienes todo a tu alcance. También es un lugar muy verde y tiene oferta cultural”. De Bilbao, donde vive desde el año pasado, subraya que “cuenta con todos esos rasgos y, además, tiene la costa. Yo no he nacido cerca del mar, pero lo aprecio y valoro su proximidad como un rasgo muy positivo. Y si encima tienes el monte al lado… ¡qué decir!”, señala, encantado, antes de hacer una confesión.

“Para mí, debo decir, uno de los principales atractivos del País Vasco es el idioma. El euskera es una lengua tan distinta, tan diferente de todo, que no puedo resistirme a estudiarla. De momento, lo hago como un hobby, aunque ya le dedicaré más tiempo. Será deformación profesional, pero me parece fascinante, una razón muy poderosa para quedarme”, explica Simone que compagina sus estudios con su trabajo en Getxo, donde es profesor en Casaitalia, el Instituto Oficial de la Lengua y la Cultura Italianas.

Decisiones más ‘románticas’

“Me trasladé de Álava a Vizcaya por trabajo. Había una plaza de profesor disponible en este centro y me pareció una oportunidad profesional muy interesante, ya que está reconocido por la Sociedad Dante Alighieri, el equivalente al Instituto Cervantes”, explica, visiblemente satisfecho con su decisión. “Soy lingüista, me gustan los idiomas y siempre tuve claro que quería trabajar en lo mío. Disfruto mucho enseñando el italiano a otras personas”, añade.

Y también explica algo curioso: “La motivación para estudiar este idioma es muy distinta a la que te impulsa a estudiar inglés, por ejemplo. El aprendizaje del inglés tiene mucho que ver con una necesidad práctica, el aprendizaje del italiano es mucho más ‘romántico’, por así decirlo. Las razones son muchas… Hay quienes gustan de la gastronomía, la literatura o la moda de Italia y entonces quieren aprender el idioma. Pero también están quienes sienten curiosidad por el arte, quienes vuelven de una estancia de estudios alli y quieren mantener el idioma, quienes forman pareja con alguien de Italia… Si soy sincero, aún no he logrado delinear un perfil mayoritario del estudiante de italiano”, reconoce.

“Precisamente por ello -prosigue-, la aproximación didáctica es peculiar. Todos los meses organizamos un pintxo-pote en italiano, abierto a todo el mundo. Montamos cine fórums o jornadas gastronómicas, como la que tendremos mañana, dedicada a la cocina siciliana. Además del idioma en sí, es fundamental acercarse a la cultura. Y para eso es necesario sacar al idioma fuera de los muros de la escuela”.

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