Prohibido votar

Uruguay es uno de los pocos Estados de América Latina que no permite el voto desde el exterior, pese a que el 16 % de su población vive fuera del país. Esta semana, el Senado aprobó un proyecto para habilitar el voto de quienes han emigrado, una medida que los partidos de la oposición calificaron de «inconstitucional» y que una parte de la ciudadanía percibe como electoralista. La situación es tensa en el plano político y comienza a ser hostil en el plano social. Se habla ya de xenofobia entre compatriotas, algo que suena absurdo, pero es real y que empieza a sentirse desde afuera. Esa sensación es el disparador de este artículo, que parte de un escenario concreto pero abarca un problema global.

Por Laura Caorsi

¿Qué lugar ocupamos las personas que emigramos en el imaginario de nuestros países de origen? Somos bienvenidas cuando vamos. Agasajadas con comida rica, largas charlas y cosas que extrañamos. Quienes nos reciben se alegran de vernos. Nos abrazan. También nos despiden con tristeza. Nos mandan fotos de los cumpleaños y las vacaciones. Nos dicen con frecuencia «ojalá estuvieras acá». Ponen «me gusta» a nuestras fotos lindas del Facebook. Y cuando salen del país, nos visitan; vienen a nuestras casas, a veces duermen en nuestro sofá. Los lazos son fuertes y los sentimientos, genuinos. Sin embargo, en ocasiones, nada de eso alcanza para que nos perciban como ciudadanos completos, con capacidad para decidir en términos de igualdad. Cuando se trata de votar, nos convertimos en otra cosa. Estorbamos.

En estas últimas semanas he leído bastante acerca del derecho al voto de los uruguayos que residimos en el exterior. Y, antes de seguir, quiero aclarar algo: no me gusta el manoseo político de los derechos civiles ni me parece correcto hacer reformas a las bravas, sean del partido que sean. También, que si bien este texto nace de una situación personal y un Estado concreto, intenta reflexionar sobre un problema común a muchas personas migradas: descubrirse extranjeras en sus países de origen.

Como decía, he leído muchas cosas, desde artículos y comentarios, hasta discusiones y mensajes con foto de los que se cuelgan en las redes sociales o se mandan por WhatsApp. Algunos de esos mensajes son muy hostiles con quienes no estamos físicamente en el país y se refieren a nosotros como si fuésemos extraños. Y, por lo mismo, son hirientes. A mí, por lo menos, me generan pena y decepción porque quienes los envían o refrendan son personas que me conocen, con las que he compartido alguna etapa de mi vida o incluso una buena amistad. Son personas que, si nos encontráramos en una calle de Montevideo, se alegrarían de verme.

A partir de la perplejidad que todo esto me genera, planteo ocho reflexiones que —insisto— pueden leerse en clave local o global:

1. Emigrar no equivale a desvincularse del país

Emigrar no se traduce en «si te he visto no me acuerdo». Para nada. Tampoco es fácil ni sale gratis. Es más: tiene un costo emocional altísimo para quienes se van y para quienes se quedan. Quienes estamos fuera tenemos familia y amistades allí; por tanto, nos preocupa la inseguridad ciudadana, que se disparen los precios o que un tornado destroce casas y escuelas, como pasó en Trinidad. «No es justo que voten los de afuera; después no están acá para aguantar lo que eligieron», nos dicen algunos. ¿De verdad creen que nos da igual lo que pase donde viven las personas que queremos? ¿En serio nos imaginan votando irresponsablemente, como quien hace a distancia un experimento social?

2. «Cómo van a votar si no tienen idea de lo que pasa acá»

Estamos en otros países, no en la luna. Y hablamos por teléfono, accedemos a las redes sociales y usamos WhatsApp. Muchos participamos en grupos familiares, de exalumnos o de amigos. Y, así como compartimos chistes de todo tipo, nos enteramos también de las malas gestiones del Gobierno, de los robos a mano armada o del aumento del precio del combustible. Sin embargo, nos dicen: «No tienen ni idea de lo que pasa en Uruguay». Es curioso que las mismas personas que nos niegan el derecho al voto con este argumento sean, en general, las que nos informan de todo lo que ocurre, especialmente de lo malo. «¡Quienes viven afuera tienen una imagen distorsionada del país!», escriben en sus muros de Facebook o en los grupos de WhatsApp. Al respecto, una precisión: tenemos la imagen del país que nos dan.

3. «Hay que votar donde se pagan impuestos»

Aunque sea una obviedad, es pertinente recordarlo: no todos los ciudadanos de un país pagan impuestos. Hay gente que no tiene trabajo o que cobra en B. Hay gente que arma empresas offshore en paraísos fiscales o que no factura para ahorrarse el IVA. Y todas esas personas votan, incluidas las que defraudan a sus compatriotas en pequeña o en gran escala (a menos que estén en la cárcel). Pero, además, resulta que pagar impuestos en un país no es determinante para poder votar en él. En general, los Estados exigen a sus inmigrantes un montón de requisitos hasta considerarlos ciudadanos de pleno derecho (quienes vivimos en España, por ejemplo, lo sabemos bien).

4. El peso económico de la población invisible

Las migraciones no solo generan riqueza en los países de destino; también aportan muchísimo dinero a los países de origen a través de las remesas que hacen las personas de a pie. El año pasado, según datos del Banco Mundial, el envío global de remesas alcanzó los 613.000 millones de dólares. Uruguay, en particular, recibió 125 millones (el 0,21 % del PIB) por parte de su población residente en el exterior. La cifra se repite, de manera aproximada, desde hace años. Para situarnos: lo que enviaron los emigrados en los últimos dos años es más de lo que se necesitó para construir el nuevo Aeropuerto de Carrasco, ampliar el muelle C del Puerto de Montevideo y hacer la reforma del auditorio del SODRE. Nuestra fuerza de trabajo está deslocalizada, pero somos una potente inyección de capital.

5. La fantasía del voto como fruto del reposo

Hace mucho, cuando estudiaba en la facultad, un profesor de periodismo nos dijo lo siguiente: «Si escriben pensando en un lector sentado en un sillón de cuero, junto a la estufa y con una copa de brandy, están fritos. Eso no es lo habitual. La gente lee el diario como puede, en los pocos ratos libres que tiene, en lugares con ruido, en el bondi [autobús]». Con el voto pasa algo parecido. Es un error pensar que, simplemente por estar en el país, la elección de un candidato será fruto del reposo y, por tanto, más pertinente o valiosa que la de quienes estamos fuera. Desde luego, hay personas que reflexionan mucho antes de tomar una decisión electoral, pero, como bien saben las agencias de publicidad, es bastante más frecuente lo otro: el voto emocional. Incluso están bien vistos el voto de castigo y el voto con bronca. ¿Por qué si a ningún ciudadano se le exige aprobar un examen de conocimientos o de sensatez para votar sí se nos exige esos atributos a quienes hemos emigrado?

6. Paradojas migratorias: cuando hay más gente fuera que en varias provincias del país de origen

Según el último informe de la Organización Internacional de las Migraciones, en el mundo hay 244 millones de migrantes internacionales. Representan el 3,3 % de la población del planeta. Más de medio millón (529 630) son uruguayos. Solo en Argentina viven más uruguayos que en departamentos —provincias— como Colonia, Salto, Maldonado o Paysandú. En España, nuestro segundo destino migratorio, vivimos 75.663, lo que significa que somos más uruguayos aquí que en departamentos como Artigas, Durazno, Flores, Florida, Lavalleja, Río Negro, Rocha o Treinta y Tres. Estamos hablando de mucha gente que no puede ejercer sus derechos con plenitud, de unas leyes que no están a la altura de esta realidad social y de unas reglas que no son iguales para todos.

7. Vota el que está más cerca o tiene más dinero

Ahora mismo, la situación no es equitativa para todos los uruguayos que vivimos en el exterior. Quienes viven afuera pero relativamente cerca (por ejemplo, en Argentina) tienen más facilidades para «avecinarse» al país y ejercer su derecho al sufragio que quienes estamos en España, Estados Unidos o Australia. A su vez, entre quienes están más lejos, solo algunos pueden permitirse viajar dos veces para votar (por el ballotage), o viajar y quedarse todo un mes, hasta la segunda ronda. Para eso se necesita disponibilidad de tiempo y dinero, dos cosas que, juntas, no tiene casi nadie; ni siquiera los jugadores de fútbol mejor pagados. Ni Luis Suárez ni Edinson Cavani pueden votar, pese a ser dos símbolos indiscutidos del país. Ellos están en la misma zona gris que los otros 529.628 uruguayos, una zona en la que hay votos ligados a la proximidad geográfica y la capacidad económica. Y eso no se corresponde con un país que se jacta de tener el voto universal (y, además, obligatorio).

8. Cuando las leyes van más despacio que la realidad

Yo vivo en España desde hace 15 años, así que llevo 15 años sin votar en Uruguay. Las leyes (y los plebiscitos) me han asignado el lugar de una simple espectadora. Y me molesta. Sin embargo, también hay uruguayos emigrados que tienen una opinión diferente a la mía. No todo el mundo quiere votar o siente que sea apropiado hacerlo a distancia. En todo caso, es evidente que nuestro sistema electoral no se ajusta a la realidad actual, que tiene parches aquí y allá, que necesita una reforma y que deberíamos decidir entre todos cómo queremos que sea. Y cuando digo «entre todos» hablo también de los que estamos en el exterior. Quizá deberíamos plantearnos si el voto debe dejar de ser obligatorio, ¿por qué no? De esa forma, iríamos a votar quienes realmente tengamos el interés y la convicción de hacerlo, más allá del lugar donde tengamos el sofá.

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Artículo Opinión

Esa red de cosas compartidas

Se acerca el Mundial y mi padre y yo hablamos de fútbol. El tema nos gusta (a él más que a mí), de modo que aparece en nuestras charlas cada tanto. No es que seamos fanáticos del fútbol ni que hayamos hecho nuestra la frase de que «la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial», no. Lo que sucede es que ambos nacimos y crecimos en un país donde este deporte tiene muchísima importancia, donde la cancha recorre desde la historia y la épica hasta las discusiones de sobremesa o de bar. Mi padre y yo nacimos en Uruguay, el país donde se disputó el primer Mundial en 1930, el país que apela —no sin cierta nostalgia— a la gesta del Maracaná de 1950, y el país donde la radio, con sus relatores de fútbol, exige una escucha atenta y en AM los domingos por la tarde. Me atrevería a decir que, en el Estado más laico de América Latina, el fútbol es la única religión que tiene un amplio respaldo social.

Los dos nacimos en ese lugar donde, ojo al gol, hasta el lenguaje cotidiano está lleno de expresiones futboleras. Sin embargo, ninguno de los dos vive allí desde hace años. Mi padre emigró en 1998 a Argentina, y en 2003 yo me vine a España. Es decir: llevamos más o menos el mismo tiempo viviendo fuera del país y, a su vez, residimos en países distintos, lo que nos permite tener unas conversaciones de lo más interesantes acerca de lo que suponen los procesos migratorios.

El aporteñado y la galleguita

A mi padre le cambió el acento en Argentina. Me acuerdo de la primera vez que lo noté. Él llevaba un tiempo en Buenos Aires y yo todavía vivía en Montevideo. Estábamos hablando por teléfono y, de pronto, en una frase, apareció el acento porteño, ese cantito que tanto caracteriza a los argentinos de Buenos Aires y que, con toda probabilidad, solo los uruguayos somos capaces de diferenciar del nuestro. No recuerdo exactamente qué dijo mi padre, pero sí recuerdo mi reacción ante su tono. «¡Pah, viejo, te aporteñaste!», le dije casi increpándolo, como si aquello fuera algo malo. Sentí que su nuevo deje porteño —irritantemente porteño— ponía en entredicho su uruguayez y, con ello, su respeto por nuestras raíces. Casi nada.

Unos años después, cuando yo ya vivía en Bilbao, la escena se repitió. Esta vez, era yo la que tenía cantito al hablar. «¡Upa! ¿Qué hacés, galleguita?», me soltó mi padre en mitad de una conversación. Tampoco recuerdo en este caso qué le estaba contando antes de ese inciso, pero sí tengo presente su observación, que me cogió —me agarró— completamente por sorpresa. «Tenés acento», agregó, y aquello me dejó sin palabras. Llevaba un tiempo viviendo en Bilbao y ya me había acostumbrado a llamar la atención por mi acento (sha me había acostumbrado a shamar la atensión por mi asento), pero siempre entre los vascos, claro. Esta era la primera vez que me lo señalaban desde el otro lado del Atlántico. Y me molestó.

Aquel día sentí que me estaba diluyendo y que mi nuevo acento —¡qué cosas!— horadaba mi uruguayez. Sentí que con el cambio de país estaban cambiando otras cosas; cosas como mi nuevo modo de hablar del que, hasta entonces, ni siquiera me había dado cuenta. Esto, quizá, era lo más inquietante: me estaba pasando sin notarlo. Ese día sentí que estaba perdiendo mi identidad. Hoy lo entiendo en términos de ganancias: sé que las identidades pueden ser maleables y que mi parte uruguaya tan solo se estaba moldeando. Estaba acomodándose para hacerle hueco a otra cultura, otras palabras y otras maneras de entender el mundo que, con el tiempo, han acabado siendo también las mías.

El Carnaval de naciones

El proceso migratorio de mi padre coincidió en el tiempo con el mío. En unos aspectos han sido muy parecidos —como en esto de los acentos cambiantes—, y en otros no. Por ejemplo, él tenía 46 años cuando emigró, mientras que yo lo hice con la mitad de su edad. Además, Argentina está muchísimo más cerca de Uruguay que España, él visita Montevideo con más frecuencia que yo y la cultura de aquella zona —sobre todo, en las capitales— es muy similar. Tan similar que hasta se disputan los iconos culturales o gastronómicos, como Carlos Gardel o el dulce de leche. El mate y el asado son elementos sobre los que un uruguayo y un argentino pueden debatir durante horas, comparando los métodos y disputándose su autenticidad.

pelota-futbolEl fútbol se incardina en esa red de cosas compartidas. A un lado y al otro del Río de la Plata, se vive con la misma intensidad. Una intensidad efervescente, de absolutos, donde predomina el sentir y donde no hay lugar para demasiados matices, tibiezas o dudas. El equipo del que somos forofos —el cuadro por el que hinchamos— forma parte de esa selecta lista de cosas que uno nunca se cuestiona. Se es de tal o de cual —habitualmente, desde la cuna— y punto. No hay nada más de que hablar. Podemos, sí, tener algunas simpatías externas (yo soy de Peñarol y me gusta el Barça; mi padre es de Peñarol y simpatiza con Boca Juniors), pero es difícil que el Barça o Boca lleguen a movilizarnos tanto como nuestro amor primigenio.

Con las selecciones, en el Mundial, la lógica es la misma. Caben las simpatías, desde luego, y más aún las antipatías, pero no cabe preguntarse a cuál equipo se va a alentar. Si el país de uno está clasificado para el Mundial, uno hincha por su país, y se emociona y sufre, y se pinta la cara, y hasta desempolva las pelucas de colores, los símbolos patrios, el himno, las matracas y la bandera. El Mundial es un periodo en el que podemos permitirnos ese tipo de excesos nacionalistas porque se circunscriben en un contexto de juego. Y es ese contexto lúdico, con sus reglas, como el Carnaval, el que nos da permiso para disfrazarnos de hipérboles culturales; el que nos habilita a no dudar sobre nuestra pertenencia o nuestra identidad.

Hasta que uno emigra y empieza a pasar el tiempo.

Cuando uno emigra y empieza a pasar el tiempo; y, sobre todo, cuando empieza a pasar el tiempo y uno se siente bien en el país al que ha emigrado, los excesos y los absolutos dejan de estar tan claros. Hay más espacio para el matiz y la duda. O, si se quiere, para las pasiones compartidas. «Me encantaría que Uruguay llegue a la final y también me encantaría que llegue Argentina. Quiero que lleguen las dos selecciones, pero no quiero que lleguen juntas. Sería un partido horroroso; no sabría por quién hinchar», me dijo mi padre hace poco.

Qué bonita paradoja.

Sonrío y lo entiendo porque me enfrento al mismo dilema, con España. Me encantaría que España y Uruguay ganaran el Mundial, pero no que tuvieran que enfrentarse en la cancha. Sería un partido tortuoso, de sentimientos encontrados, en el que no me conformaría ningún resultado. Me sentiría bien y mal al mismo tiempo, como si un tal Schrödinger patrocinara el encuentro.

«Si me preguntabas hace unos años, no dudaba: todo bien con Argentina, pero yo hinchaba por Uruguay —me siguió explicando mi padre—. Ahora ya no es así. No sé cuándo cambió, pero siento que soy de los dos. Estoy cómodo y no me siento obligado a elegir». Yo tampoco sé cuándo cambió mi sentir, en qué momento pasé a vivir esta doble pertenencia. Pero aquí está, y vino para quedarse. En este momento, no soy de Uruguay ni de España. Es justo al revés: Uruguay y España son parte de mí. No puedo explicarme a mí misma sin ellos, pero ninguno de ellos puede por explicarme por sí solo. Uruguay y España —o, más concretamente, Montevideo, Bilbao y Madrid— conforman un entramado que no se puede desmenuzar, como las vetas del mármol.

Así como cambian los acentos, el vocabulario o las cajas de resonancia culturales —despacio, muy despacio, casi sin que uno lo note—, cambian las identidades y los sentimientos de pertenencia. Uno puede intuir el cambio; en el mejor de los casos, entreverlo, pero cuando realmente lo descubre es cuando ya se ha producido. Por ejemplo y sin ir más lejos, una tarde cualquiera de 2018 hablando con su padre de fútbol.

Artículo Opinión

Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

*

¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

Said-Getxo

Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Entrevista Libros

Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui

En Límites y fronteras (Milenio, 2008), Saïd El Kadaoui habla de las fronteras mentales y culturales que debemos cruzar para acercarnos a los demás, pero también para dejar que los demás se acerquen a nosotros. Asimismo, reflexiona sobre la importancia de separar los fantasmas personales del intento de justificarlo todo a partir de las diferencias culturales. Si bien no vuela a la misma altura que la estupenda No (Catedral Books, 2017) —casi diez años de madurez literaria las separan—, Límites y fronteras es una lectura fresca a la par que profunda y valiente sobre esa variante de lo euroárabe que es la construcción de la identidad hispanomarroquí. A continuación, once ideas sobre lo difícil que es ser un híbrido cultural que nacen de la lectura de esta novela. Por cierto, el jueves 19 de abril Saïd y yo estaremos hablando sobre sus libros en el Aula de Cultura de Getxo (Bizkaia) a las 19 h.

por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

limites-y-fronteras-kadaoui-libro01 | La ciudadanía euroárabe, de 2.ª División. Hay pertenencias y pertenencias, y unas son más fáciles de armonizar que otras. En Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui deja claro que conciliar lo árabe y lo europeo es muy complicado: muchas personas perciben que son identidades opuestas sí, incluso excluyentes (quién lo diría después de haber convivido algo más de 9 siglos en este mismo territorio, ¿verdad?). De hecho, ahí estriba en gran medida el drama de la identidad hispanomarroquí: a un lado del Estrecho, se te critica por ser un mal marroquí y, a este, como mucho, alcanzas a ser un moro simpático o un marroquí al que se le elogia que no parece un marroquí. Ser euroárabe, viene a decir Kadaoui, es como jugar siempre en 2.ª División, esto es, ser un ciudadano con menos derechos que otros.

02 | Cuando ser marroquí se vuelve algo humillante. Las migraciones convierten la identidad en un laberinto de sentimientos contradictorios donde la mayoría de personas se extravían tarde o temprano. En el caso de Ismaïl —el protagonista de la novela—, eso está relacionado con que vive su condición de marroquí como algo humillante, lo cual introduce una tensión brutal en sus relaciones familiares, laborales o de amistad. Él lo vive así porque su madre y su padre perpetúan, en parte, ese estereotipo: solo hablan bien amazig, tienen un pobre bagaje intelectual y son firmes defensores de aspectos retrógrados de la tradición. En fin, existe mucha diferencia entre lo que su familia considera como normal y lo que él vive en la escuela, la calle, el trabajo, etcétera.

03 | La obsesión por la normalidad. Dos citas para ilustrar lo dicho en el apartado anterior, ambas relacionadas con la lengua y el ámbito escolar:

«Yo era un niño y mi obsesión era ser como los demás. […] quería tener unos padres normales que fueran al colegio y hablaran bien el catalán con mis maestros sin necesidad de que yo estuviera allí traduciéndoles las palabras que no entendían».

 «En cambio, otras veces la odiaba a ella [a mi madre] y a mi padre por obligarme a invertir nuestros roles. Yo quería que fueran ellos los que me explicaran qué significaba aquella palabra que no entendía, qué significaba aquella noticia que estaban dando por la tele y que me ayudaran con los deberes».

04 |El conflicto con la sociedad. La sociedad española suele asociar lo marroquí con la suciedad, la pobreza, la barbarie y el integrismo religioso, y casi nunca con imágenes positivas. Ismaïl, pese a que lleva más de 20 años viviendo aquí, choca cada tanto con el peso de ese estereotipo. Es más: siente que no lo reconocen como ciudadano catalán, español y europeo, a pesar de que él habla catalán, español y francés, tiene una educación superior a la media y ha pasado 2/3 de su vida aquí. Por tanto, al conflicto familiar hay que sumarle el social. ¿El resultado? Un proceso de fatiga emocional alimentado por ciclos de odio y amor contra todo y contra todos. De ahí a la neurosis, o al brote psicótico, como demuestra Ismaïl, el camino es corto.

05 | El conflicto con el territorio. Al no poder construir una doble pertenencia real, Ismaïl responsabiliza a los países de sus males y los utiliza como contenedores donde descargar su rabia y su frustración. Eso sí, sus sentimientos son tan contradictorios como en el plano personal: defiende «a Marruecos cuando está en España y a España cuando está en Marruecos»; entre otras razones, porque nunca sabe a ciencia cierta si sería más europeo olvidándose y renegando de Marruecos o si, por el contrario, empezarían a considerarlo mejor marroquí si odiase a Europa y atase su destino a una versión del tradicionalismo que le resulta castradora. Vive permanentemente en esa tensión. Así, y dado que la frontera entre la idealización y el desprecio es muy delgada, termina forjando asociaciones absurdas, como «marroquí-enfermo, europeo-normal». Unas asociaciones, todo sea dicho, que favorece la impermeabildad de la sociedad europea a lo árabe.

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06 | La eterna confusión de lo musulmán con lo árabe. Mientras rememora su adolescencia, Ismaïl cuenta una escena que refleja cómo la escuela perpetúa los estereotipos con la misma intensidad con que se supone que debería combatirlos. Un profesor de Ismaïl asume —sin preguntarle— que, como el chaval nació en Marruecos es musulmán y que estaría bien que sea él quien hable ante la clase sobre el islam. El profesor ni siquiera se detiene a pensar que Ismaïl vive en Barcelona desde los 7 años. La reflexión de Ismaïl, años después, ilustra la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro y pensar cómo sería la situación a la inversa:

«[Yo] No tenía ni puta idea de lo que era el islam. Mis padres me explicaron algunas cosas que no alcancé a entender porque no me interesaba y porque no estaba capacitado para entenderlo. Fui agobiado al colegio y le expliqué a aquel capullo y al resto de la clase cuatro tonterías. Después me encontré que tenía que responder a preguntas sobre el velo, la poligamia, el cerdo, el vino y la madre que los parió a todos. ¡Qué podía decir yo! ¿Acaso un niño cristiano sabe explicar la Inquisición, la Pascua, el sentido de los muñequitos en las iglesias, las hostias, la comunión, los ramos de pascua por los que yo sentía tanta curiosidad?».

07 | El síndrome de «Mi hijo, el doctor». Sabemos que cada familia es infeliz a su manera. La de Ismaïl vive presa de ciertas inercias, no tan distintas de las que han conocido muchas familias españolas cuando la primera generación de sus hijas e hijos llegó a la universidad a finales del siglo XX.  En la familia de Ismaïl, conceptos como ganarse bien la vida o ser el orgullo de la familia pesan mucho y tiene su aplicación práctica en mandatos sobre qué estudiar. Así nos lo deja ver a través de una intervención de su madre:

«Ohhh, literatura francesa. A tu padre no le va a gustar nada esto que quieres estudiar. ¿De qué te va a servir? Tu padre dice que solo te servirá para que te olvides de tu país. ¿Por que no te haces médico? Podrías trabajar también en Marruecos. Allí podrías ser muy útil y te ganarías muy bien la vida. Te convertirías en ‘mi doctor’. Tu padre no cabría en sí de contento. Siendo doctor podríamos buscarte la mejor mujer de todo Nador y haríamos una boda que sería la envidia de todos, y yo sería la madre más feliz del mundo».

08 | Ser extranjero también en Marruecos. A lo largo del libro, Ismaïl relata varios viajes familiares, en diferentes etapas de su vida, al pueblo donde nació. De ese modo, vemos cómo el conflicto de la doble pertenencia empieza en la infancia cuando la familia marroquí lo trata como si fuera una atracción de feria y cuando Ismaïl se siente más cercano a los primos que migraron a Holanda, Alemania o Francia que a los que viven en Marruecos. Además, asistimos a su proceso de maduración, que incluye contestar preguntas como «¿Te gusta España, te has olvidado de nosotros?» o lidiar con la susceptibilidad con que los demás reciben sus opiniones sobre cualquier asunto marroquí. En definitiva, Ismaïl nos descubre un aspecto duro de las migraciones familiares: la doble extranjería.

09 | El tradicionalismo como asfixia. Un elemento que vuelve muy complicado llevarse bien con su parte marroquí es la parte retrógrada que hay en el tradicionalismo. Su parte europea choca contra la noción marroquí de leyes familiares y, sobre todo, contra la implacabilidad con que rigen el destino de sus primas y primos. En particular, Ismaïl muestra lo asfixiante que le resultan la relevancia que se da a la virginidad femenina, los matrimonios concertados, la edad a la que debe casarse una mujer o la trascendencia social de la boda. De algún modo, eso le obliga a que su idea de Marruecos se debata entre dos modelos: uno, el liderado por su madre y su abuela, que consideran su deber perpetuar lo peor del tradicionalismo; otro, más moderno, encarnado por Fatema Mernissi, que se rebela contra la tradición y que busca vías para alentar la apertura cultural. En fin, decir «soy marroquí» implica también pensar sobre ese tipo de tensiones.

10 | La imposibilidad de regresar. La complejidad de ciertas migraciones conlleva que el regreso al país de origen sea casi imposible. De ahí que el reto sea construir una identidad abierta, múltiple, en permanente proceso de construcción. Ismaïl lo refleja así: «Yo ya no volvería a instalarme en Marruecos, no puedo. Hablo mejor el castellano y el catalán que el amazig y no tengo ni idea del árabe. La verdad, tampoco creo que fuera la solución de nada. Pero sí que hay algo que me preocupa. Quiero llegar a sentirme cómodo con esta doble nacionalidad». Y es que, como señala Ismaïl, la persona migrada «se siente sin propiedad porque cree que ser emigrante es alejarse irremediablemente no solo de una tierra, sino de un trocito de lo que uno es». Es decir: quienes migran no solo se alejan de su país de origen; también lo hacen de quiénes fueron en algún momento de su vida.

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11 | El ojo crítico vs. el ojo destructivo. «Cualquier crítica que asomaba en mi cabeza de Nador o Marruecos, en general, la vivía con sentimientos de traición», dice Ismaïl. Una de las grandes reflexiones que deja la lectura de Límites y fronteras es que la cultura —sea la marroquí o la española— no puede ser algo poco poroso, que obstaculiza el intercambio con lo diverso y que se atrinchera en el afán por defender unas supuestas esencias. La noción de cultura implica permeabilidad, mezcla, dinamismo; si no difícilmente puede ser cultura. Además, como señalaba Juan Goytisolo en Universos imaginarios, «Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto de las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido». Por tanto, si las culturas española y marroquí devienen en una suerte de bloques de hormigón impermeables a su influencia recíproca, solo estaremos construyendo, como sostiene Ismaïl, cárceles «de palabras, de creencias, de ideas y de automatismos». Y eso conlleva un peligro: terminar creyendo que criticar nuestra cultura es criticar nuestras raíces y poner en peligro todo lo que somos. Seamos de donde seamos.

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P.D.: La novela abarca más temas que la identidad —la salud mental, el sexo o las relaciones personales, entre ellos— y da cabida a más personas que a Ismaïl; sin embargo, como Un puerto que cambia habla de migraciones, la lectura se ha centrado en esa arista. Si buscas información adicional, échale un vistazo a lo que cuenta Kadaoui en su blog. Además, en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, puedes leer o descargarte un fragmento del libro. Y, si te queda cuerda, puedes ver esta entrevista:


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Libros

NO, de Saïd El Kadaoui Moussaoui

El narrador y protagonista de esta novela es un profesor de literatura que vive a caballo entre la identidad marroquí, la catalana, la española y la europea. Nació en un pequeño pueblo de Marruecos; pero, desde los 7 años, vive en Barcelona junto con su familia, así que se ha criado, ha estudiado y trabaja aquí. Ahora tiene 40 años y vive en crisis con todo: la pareja, el sexo, la paternidad, las relaciones familiares… Admirador de escritores como Philip Roth o Hanif Kureishi, el narrador de No se inspira en ellos a la hora de reflexionar críticamente sobre la identidad de la comunidad magrebí en Europa.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

«El sexo, mi identidad marroquí, mi identidad europea, los amigos, la familia, la escritura, la literatura, la docencia, Mayte y, ahora, mi hijo». En esa frase que escribe hacia el final de la novela, el narrador de No (Catedral Books, 2017) resume cuál es el ambicioso propósito de lo que está escribiendo: construir un rompecabezas donde estén contenidas todas «las grandes piezas» de su persona, es decir, dar cuenta de ese poliedro irregular en que suele transformarse la identidad para las personas migradas. También mostrar lo difícil que resulta el ensamblaje de tantas aristas y elaborar, a partir de ellas, una historia. ¿Una historia? Sí, aquella que responda a la pregunta que pone a escribir al narrador: ¿qué significa ser un magrebí migrado que vive en Europa?

En el caso de No, narrador y autor, Saïd el Kadaoui, comparten algunas esferas: ambos son profesores de universidad, cuarentones y llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo marroquí cuando tenían 7 años, así que ambos se criaron aquí y hablan catalán. También tienen una hipoteca que pagar, son eminentemente urbanos y comparten gusto literario por Philip Roth o Hanif Kureishi. También escriben los dos. Hasta ahí, en principio, las coincidencias. La ficción parece comenzar en aquellos rasgos del personaje más acentuados: miedo a formar pareja estable o tener hijos, obsesión enfermiza por el sexo, gusto por el alcohol o cierta pedantería intelectual. En un tema tan flamígero como el identitario, digo, conviene separar lo biográfico de lo inventado.


Un estereotipo que margina lo intelectual

De entre las respuestas que da la novela a la pregunta identitaria, llama la atención una de ellas por su potencia y extensión: la intelectual. De manera insistente, No cuestiona el lugar que le asignamos a lo marroquí en el imaginario español; modales bárbaros, cultura incivilizada e integrismo religioso sería la tríada que lo resume. Es como si nadie fuera capaz de imaginar que también existe un Marruecos refinado, culto y laico (o al menos de una religiosidad moderada); un país donde hay universidades, polos culturales como Nador o Alhucemas, personas que viajan por el mundo o discursos críticos con su realidad. De algún modo, viene a decirnos Kadaoui, ponemos más empeño en fabricarnos un Marruecos a la medida de nuestro prejuicio que en conocerlo.

No-Said-PortadaComo nos recuerda la propia novela, Edward Said nos dejó en su día dos perlas al respecto. La primera es que «muy rara vez se leen artículos informativos sobre la cultura islámica». Para entender la profundidad y acierto de esa frase, basta con echar un vistazo a la lista de libros o discos más vendidos, o a la programación de los cines y de la televisión: la mayoría de los productos culturales proceden del mundo anglosajón. Una pregunta que plantea la lectura de No podría formularse así: ¿cuánto sabemos o pesan en nuestra visión de lo islámico figuras como Mohamed Arkoun, Malika Mokeddem, Fátima Mernissi o Abadalh Larou?

La segunda perla de Edward Said es que «la imagen del islam en Occidente se ha construido sobre premisas falsas, o en todo caso reduccionistas, que nos han transmitido especialistas improvisados». ¿Y quiénes son esos especialistas improvisados? En el caso de Marruecos, señala Kadaoui, muchas veces son personas sin estudios, de extracción social humilde y que ven la cultura como un elemento que separa a sus hijos del clan, de la tradición. «Si tu hijo estudia mucho, acabará abandonándote, como el mío», dice una madre en la novela; lo cual debe leerse, entre otras cosas, como una metáfora de lo asfixiante que resulta crecer en determinados hogares.

O dicho de otro modo: el discurso crítico marroquí no llega ni a los europeos ni a las familias marroquíes migradas ni a sus hijas e hijos nacidos o criados aquí. En concreto, Kadaoui alude a intelectuales como Mohammed al-Yabri, que defendía que el islam rompió con el pensamiento racional y se entregó al pensamiento mágico y a la religión ritualista. O como Mohamed Arkoun, que sostuvo ideas que animarían cualquier debate intercultural: «El reto no es encerrarnos en el islam, es salir de él, ver mundo», «La fe musulmana de hoy, dice, está vacía de contenido espiritualmente respetable» o «La modernidad ha fracasado en el islam».


La pelea contra la comunidad de origen

Quizá el gesto más valiente de No sea la ruptura que plantea con el estereotipo que ha erigido la propia comunidad marroquí migrada. Por un lado, la novela sostiene que las madres y los padres deben buscar «otros elementos de su cultura de origen para transmitir a los hijos que no sea la religión». Por otro, les pide que se abstengan de construir vínculos entre identidad y autenticidad, y que admitan que se puede ser marroquí de muchas maneras. Según Kadaoui, es mejor abrirse y bucear en las contradicciones personales que conlleva ser un híbrido cultural y construir ciudadanía que encerrarse y ahogarse en la reducida cosmovisión del clan o la tribu. El personaje de Kadaoui, desde luego, tiene clara su posición: «La identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico».

Y es que está harto de que ser un auténtico marroquí consista en reproducir un imaginario hecho de carnicerías halal, barbas, pañuelos, chilabas, mezquitas, caftanes, gandullas, ramadán y frentes moradas de tanto dar con la cabeza en la esterilla cuando se reza. Y ya puestos, agrega, de una desvencijada furgoneta Mercedes con la que regresar en vacaciones al país. Al final, reflexiona mirando a su propia familia, esa identidad termina con «los versículos del Corán colgados de la pared del salón árabe y el reloj muecín» y la televisión de casa conectada a la señal saudí para ver la peregrinación a La Meca.

No es un libro brillante y valiente que lleva el debate migratorio al terreno de la construcción de las identidades híbridas. Nos habla de algo que muchas personas —sean del país que sean, sean migrantes o formen parte de la sociedad de acogida— se resisten a aceptar: la identidad como algo dinámico o cambiante, esto es, como un proceso en el que se puede nacer marroquí y, con los años y las vivencias, transformarse en catalán, español o europeo, sin dejar de ser marroquí y, sobre todo, sin perder la posibilidad de seguir siendo todo aquello que cada persona quiera ser. En esencia, eso es lo que cuenta No. De ahí que sea un libro ideal para torpedear las fronteras mentales y reflexionar sobre la complejidad identitaria que somos.

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P.D.: aquí se puede acceder a las columnas que Kadaoui ha publicado en El Periódico. En esta tertulia en TV3 se puede escuchar al autor hablando sobre la laicidad en el mundo musulmán y afirmando que «uno de los dramas, puede ser que el más importante del islam, es el pensamiento único» (en el minuto 10:30).

P.D: en abril de 2018 publicamos una reseña sobre Límites y fronteras, la primera novela de Saïd El Kadaoui.


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Libros

Vivir me mata, de Paul Smaïl: el rechazo a las segundas generaciones

Ser de un país, nacer y criarte en él, y sin embargo, tropezarte a cada rato con alguien que se empeña en hacerte sentir que no lo eres. En las familias migradas, quienes integran la llamada segunda generación conocen bien ese drama donde las culturas, en vez de sumarse y formar una sinergia, entran en conflicto y ocasionan dolor, rabia, angustia, incomprensión o violencia. En la novela Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003), de Paul Smaïl, un chico nacido en Francia, en el seno de una familia argelina, nos cuenta lo complicado que resulta convivir con esa identidad fragmentada en tiempos de políticos racistas como Jean Marie Le Pen.   

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

libro-smailEl último Mundial de fútbol del siglo XX coronó a la «Francia multicolor», apelativo con el que Jacques Chirac —entonces presidente de la República— bautizó al plantel comandado por Zinedine Zidane, francés de segunda generación. Corría el año 1998, y el espejo del fútbol mostraba a todo el mundo la multirracial sociedad francesa. Sin embargo, otro reflejo más personal e íntimo, el de la literatura, había retratado ya un año antes esa misma sociedad en Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003).

La novela —publicada en Francia en 1997 y seis años más tarde en España—, la protagoniza Paul Smaïl, un joven francés de segunda generación menos afortunado que Zidane. Paul debe abrirse camino en un país atravesado por las ideas racistas de Jean Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha francesa, a quien la selección multicolor le parecía la de «los representantes del papeleo». También debe sobrevivir a la precariedad económica y laboral a la que parecen destinadas muchas personas como él.

Smile, Smaïl!

Paul Smaïl cambia su apellido para acceder a una entrevista de trabajo. Lo americaniza a Smile y de este modo suena más alegre y, sobre todo, menos árabe. Vive a las afueras de París con su familia. A pesar de su licenciatura en Literatura Comparada, debe conformarse con trabajar como repartidor en una pizzería y de vigilante en un motel de mala muerte. Por el día, descarga su rabia conduciendo la moto del reparto a toda velocidad por el centro de París, mientras que, por las noches, lidia con peleas entre clientes, borracheras y hasta ayuda a sadomasoquistas a desencadenar a sus sumisos de la cama.

Las noches tranquilas, Paul se desfoga escribiendo su historia en un ordenador prestado: una historia de rabia, frustración y odio por no encajar en una sociedad que, desde que tiene recuerdo, lo ha rechazado. En el colegio, sus compañeros lo insultaban —moro, beur, moraco, paisa, moraca, moranco, mojamé, mustafá, guirufo, corajay— y le hacían sufrir todo tipo de vejaciones, robos y maltrato por ser diferente:

Los franchutes de pura cepa me zurraban porque me consideraban moro, los moros porque me consideraban demasiado franchute, los chalalas porque no era ni chalala ni realmente moro, ni del todo franchute; los negratas porque, a sus ojos, era white, y los amarillos, para complacer a los negratas, los moros y los franchutes.

Esa situación se agrava por su afición a los libros, y solo cambia cuando su padre decide apuntarlo al gimnasio de don Luis —hijo de un republicano español exiliado en 1939—, para que aprenda a defenderse con sus propios puños. Pero ya se sabe: con violencia no se gana el respeto; solo se engendra más violencia.

Una pieza sin rompecabezas

No encajar en el puzle, a Paul, le trae de cabeza. Su familia emigró a Francia, y él pertenece a la llamada segunda generación; una generación que, en algunos casos, no termina de acoplarse al organigrama social. Y Paul tiene muy claro el porqué: ellos no son «de pura cepa».

Por la calle, es habitual que la policía le pida la documentación por sus pintas de mustafá. También que abusen de su autoridad y lo insulten. Paul tampoco encaja en su grupo de amigos, ni mucho menos en los tristes trabajos que desempeña. Se siente preso de un sistema que, en vez de integrar, aliena. No traga al jefe de la pizzería, que conduce un Porsche, juega al golf —mientras le paga la mitad de su sueldo en negro— y vota a Chirac porque «hay que reducir la factura social». Tampoco aguanta a los clientes fachas que, antes de pagar la pizza, le preguntan si tiene «permiso de residencia en regla», si no será un ilegal, si es «realmente francés».

Ni siquiera logra conservar mucho tiempo su puesto en una librería, a pesar de su pasión por la literatura. Su dueña es una de las muchas progres con ínfulas paternalistas que cree que tener un francés con raíces magrebíes en plantilla expandirá las fronteras de su librería. «Son las personas como usted las que nos traen a Le Pen», le dice Paul cuando no aguanta más. «No tanto los malvados fascistillas de barrio, sino la gente como usted, que se proclama antirracista y todo eso». Por supuesto, automáticamente es despedido.

A pesar de su rabia, se esfuerza por integrarse y cada día se reivindica como francés «nacido en Francia, de padre francés». Sin embargo, al mismo tiempo, carga con un pasado familiar dual: por un lado, su abuelo murió defendiendo a Francia en la Segunda Guerra Mundial; por el otro, su tío fue uno de los más de 200 argelinos asesinados en la Masacre de París el 17 de octubre de 1961 a manos de los gendarmes.

Cuanto más avanza la narración, más caras se venden las sonrisas para Smile-Smaïl. En el mundo hostil donde se mueve, solo entreve un objetivo claro: hacerse respetar. Ni alegrías ni sueños para los de su clase social. Tampoco esperanza de que las cosas mejoren: con cada nueva experiencia, se agranda el abismo que separa a los «franceses de pura cepa» y a los de segunda generación:

Soy árabe. ¿No tiene un árabe ojos? ¿No tiene un árabe manos, órganos, proporciones, sentidos, emociones, pasiones? ¿No se alimenta de lo mismo, es herido por las mismas armas, sufre las mismas enfermedades, se cura con los mismos remedios, siente calor o frío con el mismo verano y el mismo invierno que un francés de pura cepa?   

La situación familiar no ayuda: su padre cae enfermo y su hermano pequeño opta por la vía del culto al cuerpo con anabolizantes y el dinero fácil del mundo del sexo. Solo el amor le dará una pequeña tregua con una fugaz relación con Myriam, una compañera de la librería. Eso sí, también con ella le asaltarán las dudas, como cuando le invita a conocer a su familia: «¡Soy su primer árabe! ¡Un árabe que les quita a su hija! […] ¡Un partidario de la Intifada! ¡Uno que pone bombas! ¡Un asesino!».

El salvavidas de la literatura

Los libros se convierten en la tabla de salvación para Paul. Las constantes referencias a Moby Dick y La isla del tesoro brillan entre tanta oscuridad. «La lectura fue lo único que me permitió aguantar aquel largo año», el de la muerte de su padre y de su hermano, dos sucesos que lo golpean con tanta violencia que ni el boxeo le sirve para sudar tanta rabia.

Aunque escribir le ayuda, se da cuenta de que, con las tres palabras del título, ya lo ha dicho todo: Vivir me mata. La escritura tampoco impide que el odio y la venganza se cuelen entre los renglones finales, como esos integristas que van apareciendo por el barrio:

Si nos hincháis a patadas y nos rompéis los dedos mientras estamos detenidos, si nos escupís a la cara (literalmente), si nos meáis encima (literalmente)… Y si nos negáis un trabajo que daréis a alguien menos cualificado que nosotros pero también menos moreno, ¿no acabaremos acaso por rebelarnos? […] Si somos como vosotros para todo lo demás, también nos parecemos a vosotros en esto, nos vengaremos.

Hamel, su profesor de literatura en la adolescencia, le enseñó que todas las historias viven en las páginas de los libros y que siempre podría encontrar consuelo en ellos. En Vivir me mata, puede que muchos jóvenes de aquella generación se vean reflejados en la rabia y frustración de Paul Smaïl. Por desgracia, y a la luz de las noticias que vemos a diario, también muchos jóvenes de las generaciones actuales. Y no solo en Francia, donde Marine Le Pen lidera la oposición racista que iniciara su abuelo, sino en Bélgica, Holanda, Reino Unido y, quién sabe, quizá muy pronto en España.

P.D. 1: Una última curiosidad: el nombre del escritor y el del protagonista coinciden; sin embargo, ninguno de los dos existe: detrás del seudónimo de Paul Smaïl se esconde el escritor Daniel Théron, también conocido como Jack-Alain Léger.

P.D. 2: Como Editorial El Cobre cerró la persiana, para los que querías haceros con el libro, tenéis la opción del mercado de segunda mano.

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