Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

*

¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

Said-Getxo

Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Entrevista Libros

Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui

En Límites y fronteras (Milenio, 2008), Saïd El Kadaoui habla de las fronteras mentales y culturales que debemos cruzar para acercarnos a los demás, pero también para dejar que los demás se acerquen a nosotros. Asimismo, reflexiona sobre la importancia de separar los fantasmas personales del intento de justificarlo todo a partir de las diferencias culturales. Si bien no vuela a la misma altura que la estupenda No (Catedral Books, 2017) —casi diez años de madurez literaria las separan—, Límites y fronteras es una lectura fresca a la par que profunda y valiente sobre esa variante de lo euroárabe que es la construcción de la identidad hispanomarroquí. A continuación, once ideas sobre lo difícil que es ser un híbrido cultural que nacen de la lectura de esta novela. Por cierto, el jueves 19 de abril Saïd y yo estaremos hablando sobre sus libros en el Aula de Cultura de Getxo (Bizkaia) a las 19 h.

por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

limites-y-fronteras-kadaoui-libro01 | La ciudadanía euroárabe, de 2.ª División. Hay pertenencias y pertenencias, y unas son más fáciles de armonizar que otras. En Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui deja claro que conciliar lo árabe y lo europeo es muy complicado: muchas personas perciben que son identidades opuestas sí, incluso excluyentes (quién lo diría después de haber convivido algo más de 9 siglos en este mismo territorio, ¿verdad?). De hecho, ahí estriba en gran medida el drama de la identidad hispanomarroquí: a un lado del Estrecho, se te critica por ser un mal marroquí y, a este, como mucho, alcanzas a ser un moro simpático o un marroquí al que se le elogia que no parece un marroquí. Ser euroárabe, viene a decir Kadaoui, es como jugar siempre en 2.ª División, esto es, ser un ciudadano con menos derechos que otros.

02 | Cuando ser marroquí se vuelve algo humillante. Las migraciones convierten la identidad en un laberinto de sentimientos contradictorios donde la mayoría de personas se extravían tarde o temprano. En el caso de Ismaïl —el protagonista de la novela—, eso está relacionado con que vive su condición de marroquí como algo humillante, lo cual introduce una tensión brutal en sus relaciones familiares, laborales o de amistad. Él lo vive así porque su madre y su padre perpetúan, en parte, ese estereotipo: solo hablan bien amazig, tienen un pobre bagaje intelectual y son firmes defensores de aspectos retrógrados de la tradición. En fin, existe mucha diferencia entre lo que su familia considera como normal y lo que él vive en la escuela, la calle, el trabajo, etcétera.

03 | La obsesión por la normalidad. Dos citas para ilustrar lo dicho en el apartado anterior, ambas relacionadas con la lengua y el ámbito escolar:

«Yo era un niño y mi obsesión era ser como los demás. […] quería tener unos padres normales que fueran al colegio y hablaran bien el catalán con mis maestros sin necesidad de que yo estuviera allí traduciéndoles las palabras que no entendían».

 «En cambio, otras veces la odiaba a ella [a mi madre] y a mi padre por obligarme a invertir nuestros roles. Yo quería que fueran ellos los que me explicaran qué significaba aquella palabra que no entendía, qué significaba aquella noticia que estaban dando por la tele y que me ayudaran con los deberes».

04 |El conflicto con la sociedad. La sociedad española suele asociar lo marroquí con la suciedad, la pobreza, la barbarie y el integrismo religioso, y casi nunca con imágenes positivas. Ismaïl, pese a que lleva más de 20 años viviendo aquí, choca cada tanto con el peso de ese estereotipo. Es más: siente que no lo reconocen como ciudadano catalán, español y europeo, a pesar de que él habla catalán, español y francés, tiene una educación superior a la media y ha pasado 2/3 de su vida aquí. Por tanto, al conflicto familiar hay que sumarle el social. ¿El resultado? Un proceso de fatiga emocional alimentado por ciclos de odio y amor contra todo y contra todos. De ahí a la neurosis, o al brote psicótico, como demuestra Ismaïl, el camino es corto.

05 | El conflicto con el territorio. Al no poder construir una doble pertenencia real, Ismaïl responsabiliza a los países de sus males y los utiliza como contenedores donde descargar su rabia y su frustración. Eso sí, sus sentimientos son tan contradictorios como en el plano personal: defiende «a Marruecos cuando está en España y a España cuando está en Marruecos»; entre otras razones, porque nunca sabe a ciencia cierta si sería más europeo olvidándose y renegando de Marruecos o si, por el contrario, empezarían a considerarlo mejor marroquí si odiase a Europa y atase su destino a una versión del tradicionalismo que le resulta castradora. Vive permanentemente en esa tensión. Así, y dado que la frontera entre la idealización y el desprecio es muy delgada, termina forjando asociaciones absurdas, como «marroquí-enfermo, europeo-normal». Unas asociaciones, todo sea dicho, que favorece la impermeabildad de la sociedad europea a lo árabe.

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06 | La eterna confusión de lo musulmán con lo árabe. Mientras rememora su adolescencia, Ismaïl cuenta una escena que refleja cómo la escuela perpetúa los estereotipos con la misma intensidad con que se supone que debería combatirlos. Un profesor de Ismaïl asume —sin preguntarle— que, como el chaval nació en Marruecos es musulmán y que estaría bien que sea él quien hable ante la clase sobre el islam. El profesor ni siquiera se detiene a pensar que Ismaïl vive en Barcelona desde los 7 años. La reflexión de Ismaïl, años después, ilustra la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro y pensar cómo sería la situación a la inversa:

«[Yo] No tenía ni puta idea de lo que era el islam. Mis padres me explicaron algunas cosas que no alcancé a entender porque no me interesaba y porque no estaba capacitado para entenderlo. Fui agobiado al colegio y le expliqué a aquel capullo y al resto de la clase cuatro tonterías. Después me encontré que tenía que responder a preguntas sobre el velo, la poligamia, el cerdo, el vino y la madre que los parió a todos. ¡Qué podía decir yo! ¿Acaso un niño cristiano sabe explicar la Inquisición, la Pascua, el sentido de los muñequitos en las iglesias, las hostias, la comunión, los ramos de pascua por los que yo sentía tanta curiosidad?».

07 | El síndrome de «Mi hijo, el doctor». Sabemos que cada familia es infeliz a su manera. La de Ismaïl vive presa de ciertas inercias, no tan distintas de las que han conocido muchas familias españolas cuando la primera generación de sus hijas e hijos llegó a la universidad a finales del siglo XX.  En la familia de Ismaïl, conceptos como ganarse bien la vida o ser el orgullo de la familia pesan mucho y tiene su aplicación práctica en mandatos sobre qué estudiar. Así nos lo deja ver a través de una intervención de su madre:

«Ohhh, literatura francesa. A tu padre no le va a gustar nada esto que quieres estudiar. ¿De qué te va a servir? Tu padre dice que solo te servirá para que te olvides de tu país. ¿Por que no te haces médico? Podrías trabajar también en Marruecos. Allí podrías ser muy útil y te ganarías muy bien la vida. Te convertirías en ‘mi doctor’. Tu padre no cabría en sí de contento. Siendo doctor podríamos buscarte la mejor mujer de todo Nador y haríamos una boda que sería la envidia de todos, y yo sería la madre más feliz del mundo».

08 | Ser extranjero también en Marruecos. A lo largo del libro, Ismaïl relata varios viajes familiares, en diferentes etapas de su vida, al pueblo donde nació. De ese modo, vemos cómo el conflicto de la doble pertenencia empieza en la infancia cuando la familia marroquí lo trata como si fuera una atracción de feria y cuando Ismaïl se siente más cercano a los primos que migraron a Holanda, Alemania o Francia que a los que viven en Marruecos. Además, asistimos a su proceso de maduración, que incluye contestar preguntas como «¿Te gusta España, te has olvidado de nosotros?» o lidiar con la susceptibilidad con que los demás reciben sus opiniones sobre cualquier asunto marroquí. En definitiva, Ismaïl nos descubre un aspecto duro de las migraciones familiares: la doble extranjería.

09 | El tradicionalismo como asfixia. Un elemento que vuelve muy complicado llevarse bien con su parte marroquí es la parte retrógrada que hay en el tradicionalismo. Su parte europea choca contra la noción marroquí de leyes familiares y, sobre todo, contra la implacabilidad con que rigen el destino de sus primas y primos. En particular, Ismaïl muestra lo asfixiante que le resultan la relevancia que se da a la virginidad femenina, los matrimonios concertados, la edad a la que debe casarse una mujer o la trascendencia social de la boda. De algún modo, eso le obliga a que su idea de Marruecos se debata entre dos modelos: uno, el liderado por su madre y su abuela, que consideran su deber perpetuar lo peor del tradicionalismo; otro, más moderno, encarnado por Fatema Mernissi, que se rebela contra la tradición y que busca vías para alentar la apertura cultural. En fin, decir «soy marroquí» implica también pensar sobre ese tipo de tensiones.

10 | La imposibilidad de regresar. La complejidad de ciertas migraciones conlleva que el regreso al país de origen sea casi imposible. De ahí que el reto sea construir una identidad abierta, múltiple, en permanente proceso de construcción. Ismaïl lo refleja así: «Yo ya no volvería a instalarme en Marruecos, no puedo. Hablo mejor el castellano y el catalán que el amazig y no tengo ni idea del árabe. La verdad, tampoco creo que fuera la solución de nada. Pero sí que hay algo que me preocupa. Quiero llegar a sentirme cómodo con esta doble nacionalidad». Y es que, como señala Ismaïl, la persona migrada «se siente sin propiedad porque cree que ser emigrante es alejarse irremediablemente no solo de una tierra, sino de un trocito de lo que uno es». Es decir: quienes migran no solo se alejan de su país de origen; también lo hacen de quiénes fueron en algún momento de su vida.

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11 | El ojo crítico vs. el ojo destructivo. «Cualquier crítica que asomaba en mi cabeza de Nador o Marruecos, en general, la vivía con sentimientos de traición», dice Ismaïl. Una de las grandes reflexiones que deja la lectura de Límites y fronteras es que la cultura —sea la marroquí o la española— no puede ser algo poco poroso, que obstaculiza el intercambio con lo diverso y que se atrinchera en el afán por defender unas supuestas esencias. La noción de cultura implica permeabilidad, mezcla, dinamismo; si no difícilmente puede ser cultura. Además, como señalaba Juan Goytisolo en Universos imaginarios, «Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto de las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido». Por tanto, si las culturas española y marroquí devienen en una suerte de bloques de hormigón impermeables a su influencia recíproca, solo estaremos construyendo, como sostiene Ismaïl, cárceles «de palabras, de creencias, de ideas y de automatismos». Y eso conlleva un peligro: terminar creyendo que criticar nuestra cultura es criticar nuestras raíces y poner en peligro todo lo que somos. Seamos de donde seamos.

*

P.D.: La novela abarca más temas que la identidad —la salud mental, el sexo o las relaciones personales, entre ellos— y da cabida a más personas que a Ismaïl; sin embargo, como Un puerto que cambia habla de migraciones, la lectura se ha centrado en esa arista. Si buscas información adicional, échale un vistazo a lo que cuenta Kadaoui en su blog. Además, en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, puedes leer o descargarte un fragmento del libro. Y, si te queda cuerda, puedes ver esta entrevista:


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Libros

Nawal Abaou, una historia de perseverancia y talento

Cuando hablamos con Nawal Abaou [Nador (Marruecos), 1980], corría junio de 2017 y estábamos en Ramadán, así que parte de la conversación giró sobre el ayuno. En concreto, Nawal llevaba sin comer desde las 03:40 y debía esperar hasta las diez de la noche para volver a probar bocado. Entre medias, ni agua ni zumo ni galletas. Nada de nada. Y así, 29 días seguidos. Según esta enfermera y bióloga —cuya primera entrevista se publicó en 2015—, el mes de ayuno es duro, pero merece la pena: «purifica el cuerpo y la mente».

También conversamos sobre lo complicado que resulta cumplir con este precepto religioso en Europa. En los países de mayoría musulmana, según nos explicó Nawal, durante el Ramadán los horarios de trabajo se vuelven más flexibles, las exigencias laborales disminuyen y todo el mundo está más o menos igual de decaído que tú. Además, la latitud hace más llevadero el ayuno en Marruecos o Argelia que en España, donde el sol se pone dos horas más tarde, o que en Suecia, Finlandia o Noruega, donde el ayuno puede llegar incluso a durar 20 horas.

Eso sí, el Ramadán también es un tiempo de estar en familia y de disfrutar de la comida. A la hora de la cena, según Nawal, en su mesa, no faltan los dátiles, los frutos secos, el yogur y algo dulce en la primera parte de la cena; en la segunda, es el momento del pollo asado, los filetes o los huevos fritos. La conjunción de la familia y la mesa ocupa un lugar muy significativo en la vida de Nawal, y no solo en Ramadán, como se puede leer en la historia que sigue. 

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

«Las carolinas. Cada vez que salgo, tengo que comprarme una. ¡Me encantan! Las como sí o sí, aunque esté a dieta. A veces, llamo a Bilal y le digo que me compre algo rico, y él ya sabe lo que tiene que traer». Así de rotunda y efusiva se muestra Nawal Abaou cuando le preguntas por algo que le guste mucho de aquí. La carolina, ese dulce tan típico, es la pasión de esta enfermera y bióloga marroquí que vive en Getxo desde hace siete años.

Si bien Nawal sigue siendo fiel a ciertos ingredientes de la comida de su país, como los dátiles, los frutos secos, el yogur o el pollo asado, se ha dejado conquistar por otros sabores y costumbres: reconoce que la paella es uno de sus platos favoritos, le gusta la tortilla de patata —en particular, si va rellena de algo— y le parece un gran invento lo de hacer una pausa a media mañana para tomar un café con leche y un pintxo.

Para ella, Getxo representa su hogar; sobre todo, por la diversidad y calidez de su gente. «El ambiente familiar me hace sentir cómoda: aquí cabemos todas las personas y estoy como en casa —describe—. He tenido la oportunidad de mudarme a otros sitios, y no he querido hacerlo. Mi marido y yo tenemos amigos, y nuestros vecinos nos consideran una familia más. Se nota que nos tienen cariño en cómo nos hablan o porque toman en consideración nuestras opiniones», destaca.

Para muestra, un dinosaurio: hace unos meses, Nawal encontró una bolsa colgada en el pomo de la puerta de su casa. Dentro había un dinosaurio de juguete. Cuando lo vio, pensó que alguien se había equivocado, así que le tocó el timbre a su vecina. Esta le explicó que era un regalo para sus hijos; una forma de agradecerle la cesta que ella había colocado en el portal para que les dejasen ahí la publicidad, y no en el suelo. Aunque en la comunidad llevaban tiempo pensando en hacerlo, lo habían dejado pasar. Nawal no lo sabía; simplemente compró la cesta porque le gusta cuidar el lugar donde vive.

La vida antes de Getxo

Ni las costumbres ni el idioma de aquí son demasiado extraños para Nawal. Su ciudad de nacimiento, Nador, está al lado de Melilla. Y allí, como en toda ciudad de frontera que se precie, ir y venir entre países es lo habitual. En ese entorno activo y permeable, su infancia y adolescencia fueron etapas muy felices. También lo fue su juventud, especialmente mientras estudiaba Biología y Enfermería, dos carreras que eligió por vocación y que acabó con las mejores notas.

La situación cambió poco después, cuando se casó y tuvo un hijo con la persona equivocada. Visto desde fuera, lo tenía todo: casa, coche, trabajo, estabilidad económica y una buena posición social. Puertas adentro, la historia era otra: las cosas fueron mal desde el inicio. Un día especialmente malo, cuando se quedó sola, Nawal cogió a su niño en brazos y se marchó a casa de sus padres.

Divorciarse en una sociedad como la marroquí es una tarea ardua y desgastante, más allá del nivel educativo o del poder adquisitivo familiar. Para Nawal, como para muchas mujeres, fue muy complicado, aun cuando contó con el apoyo incondicional de sus padres y de sus hermanos. Gracias a ese respaldo, logró conservar la calma en mitad de la tempestad. Pocas veces se sintió tan juzgada y expuesta a la crítica ajena como entonces.

Como mujer independiente, inteligente y formada, intentó rehacer su vida en Nador, cerca de sus afectos y en un entorno conocido, pero le resultó imposible: «A cada paso que daba, encontraba una mayor presión social». Así, ante lo enrarecido y opresivo del clima que respiraba a diario, acudió a la embajada española, expuso su situación y pidió ayuda. La solución fue académica: dado que sus notas siempre habían sido excelentes, le concedieron una beca de estudios; gracias a ella, salió de Marruecos en 2010 con su hijo, que entonces tenía 3 años. Nunca le estuvo tan agradecida a los estudios y a la diplomacia.

Nueva vida, nuevos retos

Actualmente, Nawal es la coordinadora de un equipo de enfermería y la responsable del instrumental médico de la clínica donde trabaja. Antes debió recorrer un largo camino y aprender a sortear los obstáculos con perseverancia, humildad y talento. El itinerario fue duro; en particular, al principio, cuando sus ahorros se esfumaron y no disponía ni de tiempo ni de dinero para convalidar sus títulos universitarios. De ahí que la única salida que encontró fuera acudir a Cáritas y limpiar casas, muchas casas.

En esa etapa, vivía al día y enlazaba limpiezas, cada una en un sitio diferente. «Cuando estaba fregando los suelos, lo hacía con lágrimas en los ojos —relata—. Y pensaba: “Toda mi vida luchando y estudiando… ¿Y voy a acabar así?”». Pero se tragaba el orgullo, las preguntas y las lágrimas y seguía adelante: tenía un hijo a su cargo y regresar a Nador no era una opción.

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Cuando pudo estabilizar mínimamente su situación económica y anímica, comenzó los largos trámites para homologar sus estudios. Una vez que, gracias a la asociación Kosmópolis, lo consiguió, empezó a trabajar como auxiliar de enfermería en una empresa de reciente creación. Las condiciones eran precarias: trabajar gratis hasta que la empresa se asentase y pudiese contratarla.

Desesperada por hacer algo relacionado con lo suyo, Nawal aceptó: «Pensé: “Me da igual, voy a aguantar”». A los dos meses sin cobrar, y habiéndose comido los ahorros de nuevo, dejó la empresa y adoptó una decisión estratégica: retomar la limpieza de casas y, a la vez, pedir una beca para continuar estudiando. Además de arriesgado para su salud —debía compaginar ella sola sus roles de madre, trabajadora y estudiante—, el plan era complicado. Sin embargo, echó varias solicitudes y consiguió que la Universidad de Deusto la becase para cursar un máster en Recursos Humanos.

En efecto, conciliar vida familiar, laboral y académica fue muy estresante, pero mereció la pena. Cuando llegó el momento de las prácticas, le asignaron una conocida clínica, donde debió cubrir el puesto de la jefa de plantilla, que había tenido un accidente. La tarea era titánica, pues implicaba gestionar las compras y realizar todo tipo de trámites administrativos con farmacias, ambulatorios, hospitales, instituciones… A fuerza de orden, meticulosidad y muchas horas, logró sacar adelante el trabajo encomendado y, de paso, se ganó el respeto de sus compañeros. Por eso, cuando terminó las prácticas, la contrataron como supervisora de la parte administrativa del equipo sanitario. Se convirtió así en la primera trabajadora extranjera de la plantilla.

Por fin, una familia

La vida personal de Nawal también cambió mucho desde que vino. Hace unos años, conoció a Bilal. Él también es de Nador —aunque se conocieron aquí— y supo esperarla todo lo necesario hasta que ella se animó a darle una nueva oportunidad al amor. Bilal es como un padre para el hijo de Nawal, que ya tiene 11 años. Además, la pareja se casó, ha tenido otro hijo y está a la espera del tercero.

Nawal ha vuelto a sentirse muy arropada por su familia. Sus padres se han jubilado, así que vienen con frecuencia a visitarla y a disfrutar de sus nietos. Eso sí, vienen por poco tiempo, pues no se llevan demasiado bien con el clima húmedo y frío de Euskadi. Por suerte, su madre la acompañó en junio, en el último Ramadán, cuyo ayuno siempre es complicado de sobrellevar en países poco habituados a la religión musulmana.

A quien sí ve más seguido es a su hermano pequeño. «Estaba trabajando en París; pero, después de los atentados que hubo en la sala Bataclán y en Niza, decidió venir para estar más cerca de la familia. Ahora está trabajando en un bar de Barakaldo», cuenta Nawal, visiblemente contenta por tenerlo más cerca. Pero si hay alguien feliz de tener padre, tío y abuelos es su hijo mayor, quien padeció junto a ella todas las vicisitudes de los primeros años. «Antes sentía que estábamos solos él y yo —explica—. Ahora me dice muchas veces: “Por fin, mamá, estamos en familia”».

Segundas impresiones

NO, de Saïd El Kadaoui Moussaoui

El narrador y protagonista de esta novela es un profesor de literatura que vive a caballo entre la identidad marroquí, la catalana, la española y la europea. Nació en un pequeño pueblo de Marruecos; pero, desde los 7 años, vive en Barcelona junto con su familia, así que se ha criado, ha estudiado y trabaja aquí. Ahora tiene 40 años y vive en crisis con todo: la pareja, el sexo, la paternidad, las relaciones familiares… Admirador de escritores como Philip Roth o Hanif Kureishi, el narrador de No se inspira en ellos a la hora de reflexionar críticamente sobre la identidad de la comunidad magrebí en Europa.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

«El sexo, mi identidad marroquí, mi identidad europea, los amigos, la familia, la escritura, la literatura, la docencia, Mayte y, ahora, mi hijo». En esa frase que escribe hacia el final de la novela, el narrador de No (Catedral Books, 2017) resume cuál es el ambicioso propósito de lo que está escribiendo: construir un rompecabezas donde estén contenidas todas «las grandes piezas» de su persona, es decir, dar cuenta de ese poliedro irregular en que suele transformarse la identidad para las personas migradas. También mostrar lo difícil que resulta el ensamblaje de tantas aristas y elaborar, a partir de ellas, una historia. ¿Una historia? Sí, aquella que responda a la pregunta que pone a escribir al narrador: ¿qué significa ser un magrebí migrado que vive en Europa?

En el caso de No, narrador y autor, Saïd el Kadaoui, comparten algunas esferas: ambos son profesores de universidad, cuarentones y llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo marroquí cuando tenían 7 años, así que ambos se criaron aquí y hablan catalán. También tienen una hipoteca que pagar, son eminentemente urbanos y comparten gusto literario por Philip Roth o Hanif Kureishi. También escriben los dos. Hasta ahí, en principio, las coincidencias. La ficción parece comenzar en aquellos rasgos del personaje más acentuados: miedo a formar pareja estable o tener hijos, obsesión enfermiza por el sexo, gusto por el alcohol o cierta pedantería intelectual. En un tema tan flamígero como el identitario, digo, conviene separar lo biográfico de lo inventado.


Un estereotipo que margina lo intelectual

De entre las respuestas que da la novela a la pregunta identitaria, llama la atención una de ellas por su potencia y extensión: la intelectual. De manera insistente, No cuestiona el lugar que le asignamos a lo marroquí en el imaginario español; modales bárbaros, cultura incivilizada e integrismo religioso sería la tríada que lo resume. Es como si nadie fuera capaz de imaginar que también existe un Marruecos refinado, culto y laico (o al menos de una religiosidad moderada); un país donde hay universidades, polos culturales como Nador o Alhucemas, personas que viajan por el mundo o discursos críticos con su realidad. De algún modo, viene a decirnos Kadaoui, ponemos más empeño en fabricarnos un Marruecos a la medida de nuestro prejuicio que en conocerlo.

No-Said-PortadaComo nos recuerda la propia novela, Edward Said nos dejó en su día dos perlas al respecto. La primera es que «muy rara vez se leen artículos informativos sobre la cultura islámica». Para entender la profundidad y acierto de esa frase, basta con echar un vistazo a la lista de libros o discos más vendidos, o a la programación de los cines y de la televisión: la mayoría de los productos culturales proceden del mundo anglosajón. Una pregunta que plantea la lectura de No podría formularse así: ¿cuánto sabemos o pesan en nuestra visión de lo islámico figuras como Mohamed Arkoun, Malika Mokeddem, Fátima Mernissi o Abadalh Larou?

La segunda perla de Edward Said es que «la imagen del islam en Occidente se ha construido sobre premisas falsas, o en todo caso reduccionistas, que nos han transmitido especialistas improvisados». ¿Y quiénes son esos especialistas improvisados? En el caso de Marruecos, señala Kadaoui, muchas veces son personas sin estudios, de extracción social humilde y que ven la cultura como un elemento que separa a sus hijos del clan, de la tradición. «Si tu hijo estudia mucho, acabará abandonándote, como el mío», dice una madre en la novela; lo cual debe leerse, entre otras cosas, como una metáfora de lo asfixiante que resulta crecer en determinados hogares.

O dicho de otro modo: el discurso crítico marroquí no llega ni a los europeos ni a las familias marroquíes migradas ni a sus hijas e hijos nacidos o criados aquí. En concreto, Kadaoui alude a intelectuales como Mohammed al-Yabri, que defendía que el islam rompió con el pensamiento racional y se entregó al pensamiento mágico y a la religión ritualista. O como Mohamed Arkoun, que sostuvo ideas que animarían cualquier debate intercultural: «El reto no es encerrarnos en el islam, es salir de él, ver mundo», «La fe musulmana de hoy, dice, está vacía de contenido espiritualmente respetable» o «La modernidad ha fracasado en el islam».


La pelea contra la comunidad de origen

Quizá el gesto más valiente de No sea la ruptura que plantea con el estereotipo que ha erigido la propia comunidad marroquí migrada. Por un lado, la novela sostiene que las madres y los padres deben buscar «otros elementos de su cultura de origen para transmitir a los hijos que no sea la religión». Por otro, les pide que se abstengan de construir vínculos entre identidad y autenticidad, y que admitan que se puede ser marroquí de muchas maneras. Según Kadaoui, es mejor abrirse y bucear en las contradicciones personales que conlleva ser un híbrido cultural y construir ciudadanía que encerrarse y ahogarse en la reducida cosmovisión del clan o la tribu. El personaje de Kadaoui, desde luego, tiene clara su posición: «La identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico».

Y es que está harto de que ser un auténtico marroquí consista en reproducir un imaginario hecho de carnicerías halal, barbas, pañuelos, chilabas, mezquitas, caftanes, gandullas, ramadán y frentes moradas de tanto dar con la cabeza en la esterilla cuando se reza. Y ya puestos, agrega, de una desvencijada furgoneta Mercedes con la que regresar en vacaciones al país. Al final, reflexiona mirando a su propia familia, esa identidad termina con «los versículos del Corán colgados de la pared del salón árabe y el reloj muecín» y la televisión de casa conectada a la señal saudí para ver la peregrinación a La Meca.

No es un libro brillante y valiente que lleva el debate migratorio al terreno de la construcción de las identidades híbridas. Nos habla de algo que muchas personas —sean del país que sean, sean migrantes o formen parte de la sociedad de acogida— se resisten a aceptar: la identidad como algo dinámico o cambiante, esto es, como un proceso en el que se puede nacer marroquí y, con los años y las vivencias, transformarse en catalán, español o europeo, sin dejar de ser marroquí y, sobre todo, sin perder la posibilidad de seguir siendo todo aquello que cada persona quiera ser. En esencia, eso es lo que cuenta No. De ahí que sea un libro ideal para torpedear las fronteras mentales y reflexionar sobre la complejidad identitaria que somos.

*

P.D.: aquí se puede acceder a las columnas que Kadaoui ha publicado en El Periódico. En esta tertulia en TV3 se puede escuchar al autor hablando sobre la laicidad en el mundo musulmán y afirmando que «uno de los dramas, puede ser que el más importante del islam, es el pensamiento único» (en el minuto 10:30).

P.D: en abril de 2018 publicamos una reseña sobre Límites y fronteras, la primera novela de Saïd El Kadaoui.


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Libros

Christian Rodríguez, el guatemalteco que añoraba los volcanes

Con Christian Rodríguez, todo (o casi todo) empieza y termina en la montaña. Ahí está la primera entrevista —allá por 2012— para confirmarlo. Esta vez —septiembre de 2017— una parte importante de la charla también se centró en su actividad profesional como guía. Eso sí, en esta ocasión, nos centramos en hablar sobre una de sus especialidades: el montañismo adaptado para personas ciegas. De hecho, Christian [Ciudad de Guatemala (Guatemala), 1976] compartió varias anécdotas que, por razones de espacio, dejamos fuera del libro.

En una de ellas, a propósito de su viaje a Noruega para subir el monte Galdhøpiggen, nos contó que las personas a quienes guiaba ya habían subido a otras montañas y tenían mucha experiencia previa. Como siempre, él se ocupó de advertirles de los obstáculos, hasta que una que le dijo: «Anda, cállate ya, que yo me arreglo». Al hilo de eso, Christian nos dejó esta reflexión: «A veces exageramos en lo que creemos que necesitan las personas ciegas. La persona que iba conmigo me pedía que le explicase lo que se veía a lo lejos. “Cerca, ya sé que hay rocas —me decía—, así que saca vídeo, que se lo quiero explicar a mi familia”».

Un libro que le fue muy útil al respecto fue Mi camino me lleva al Tíbet, de Sabriye Tenberken. La autora —ciega desde los 12 años— emplea descripciones muy sensoriales y, a través de su relato, deja entrever qué detalles les parecen relevantes a quienes no pueden disfrutar visualmente de los paisajes de montaña. Quizá por eso Christian describe con tanto detalle qué forma tiene un lago, cuál es la textura de una corteza de árbol, el crujido que hacen las hojas al pisarlas o el olor que desprenden la tierra y las plantas.

En esta segunda entrevista —que tuvo lugar sobre una roca de la costa getxoztarra— hubo tiempo para hablar de muchas cosas, incluida la cultura guatemalteca. Como a Christian le gusta ser un buen embajador de su país, nos obsequió un libro de la escritora Maya Cú, que conservamos con mucho cariño.

Poema de Maya Cu incluido en el libro Recorrido.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Algo que distingue a los guatemaltecos, según Christian Rodríguez, es su sentido del humor. No lo pierden incluso ante las peores tragedias. A un tío de su madre, por ejemplo, se le llevó la casa el río, con animales y todo. El hombre escapó de la riada cuando el agua le llegó a la cama, y lo único que se le ocurrió rescatar mientras huía fue la televisión. Después iba contando por ahí que la cosa no había sido tan grave: al menos tenía dónde ver el Mundial de fútbol.

«Somos así. Nos pasan cosas tremendas y hacemos chistes», apunta Christian, que ve en ese rasgo una valiosa cualidad para la supervivencia; en particular, en un país como el suyo, donde las condiciones de vida suelen ser duras. El otro talento de Christian es contar historias; disfruta mucho hablando de volcanes en erupción, fiestas mayas o de la poesía y el cine guatemaltecos. Él es un enamorado de la cultura de su país y, siempre que puede, intenta dar a conocerla.

Por eso mismo, lo que más le gusta de vivir en Getxo es la facilidad con que puede acceder a la cultura. «En Guatemala los libros son carísimos, y no hay tanta variedad. Aquí mis hijos se han acostumbrado a leer porque tenemos dos bibliotecas a 300 metros de casa, la de Villamonte y la de San Inazio; si un libro no lo encontramos en una, lo encontramos en la otra», destaca.

También aprecia la seguridad. «Sobre todo por mis hijos. La violencia de aquí no tiene comparación con la de allá; es más esporádica y menos agresiva. La vida en Getxo es muy tranquila», subraya. Y, en tono irónico, añade: «A veces echo en falta algo más de emoción: en Guatemala, cuando no había un temblor, había un huracán o entraba un volcán en erupción, y si no siempre teníamos la violencia callejera». Como se ve, el sentido del humor guatemalteco es tan negro como la lava de sus volcanes.

Una violencia heredada

Guatemala, explica Christian, es uno de los países más violentos del mundo. Sin embargo, eso no impide que su esposa, sus dos hijos y él viajen casi todos los años a la capital, Ciudad de Guatemala, a visitar a la familia y los amigos. En todas partes se vive, como suele decirse, y su país no es una excepción. Según Christian, lo que sucede es que la violencia está localizada en lugares concretos; fuera de ahí, la gente lleva una vida similar a la de otros países de América Latina.

Eso sí, la situación en Guatemala es compleja: «La guerra terminó en 1996, así que está normalizado lo de escuchar noticias sobre muertos. Guatemala vivió en paz un tiempo, pero la violencia se trasladó a otros sectores —analiza—. Si ahora saliese la noticia de que asesinaron a una persona conocida, la sorpresa duraría dos días. Está todo muy deshumanizado. Cuando yo vivía ahí, eso me parecía lo normal; cuando migré, empecé a consultar los índices de violencia y a ver el país con otros ojos».

A pesar de todo, él siempre invita a visitar Guate, como la suele llamar con cariño. De hecho, ha elaborado itinerarios para amigas y amigos vascos que han ido de turismo; todos han quedado contentos con la experiencia. «Guatemala tiene lugares muy bellos, y la violencia, en general, se concentra en sitios a los que el turismo no va», acota.

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Nekane, el amor

Christian es el único de su familia que vive fuera del país. Reconoce que le costó mucho emigrar y que probablemente nunca lo hubiera hecho de no haberse enamorado de Nekane. «Allí tenía un buen trabajo como profesor; daba clases de Informática, Ciencias Naturales e Inglés. Económicamente, estaba mejor, y en un trabajo estable»; sin embargo, «quería sentar la cabeza y formar una familia».

Christian y Nekane se conocieron en una montaña de Guatemala, en unas de las excursiones para turistas que él organizaba en su tiempo libre. Ella estaba trabajando entonces en una ONG que se dedicaba a proyectos medioambientales y al empoderamiento de la mujer indígena. Después de dos años de relación, Nekane sintió la necesidad de regresar a Getxo: su padre se encontraba enfermo. A diferencia de cuando
se conocieron, esta vez fue a Christian a quien le tocó seguir sus pasos.

«Yo vine en 2008, de vacaciones, a probar… La verdad es que no me gustó mucho. Llegué en otoño; y, en dos meses, noviembre y diciembre, solo vi una o dos veces el sol. Fue duro, y eso que me gustaba el frío. Luego, regresé a Guatemala y me encontré con que me habían quitado el puesto de trabajo. Como allí todo el mundo emigra a Estados Unidos y no vuelve, cuando aparecí, la gente estaba asombrada: “Pero ¿qué haces aquí?”, me decían».

«Se trató de un malentendido —continúa explicando—. Mi jefa movió todo para que me consiguieran otro trabajo, pero las condiciones fueron cambiando y eso aceleró mi regreso a Euskadi. A los cuatro meses, ya en 2009, volví para quedarme definitivamente».

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Poema de Maya Cu incluido en el libro Recorrido.

Montaña inclusiva

Christian trabaja como guía de montaña y se ha especializado en personas ciegas, montañismo adaptado y personas en riesgo de exclusión. Para él, lo importante no es llegar a la cumbre, sino ayudar a que lo consigan otras personas que jamás se hubieran imaginado haciéndolo. Desde que llegó, ha invertido mucho tiempo y esfuerzo en cursar formación reglada y obtener aquellos títulos que pudieran acreditar técnicamente lo que había aprendido de manera empírica escalando las cumbres más altas de Centroamérica.

En Durango, se sacó el título de Técnico Deportivo de Montaña. El curso le gustó tanto que quería suspender, y así repetirlo. En cambio, lo aprobó con facilidad: «Me di cuenta de que traía cierto conocimiento y una buena condición física; no me costó mucho adaptarme». Con ese título en la mano, se apuntó a unos cursos en la Universidad de León para ser guía de montaña de personas ciegas. Le fue tan bien que lo invitaron como
ponente al año siguiente.

Hace dos años, un par de compañeros de curso le ofrecieron crear una asociación no lucrativa orientada al montañismo inclusivo. Así nació Ibilki, un proyecto donde trabajan con diferentes colectivos, en general, con poca experiencia u oportunidades para acceder a la montaña. Entre otras, han organizado varias salidas con mujeres migradas pertenecientes al colectivo Mujeres con Voz. También excursiones interculturales, coordinadas con el Ayuntamiento de Getxo. En esas marchas, compuestas por medio centenar de personas de distintas procedencias, exploraron la dimensión lúdica de la montaña en sitios como Urkiola o el Parque Natural de Valderejo. «Llevamos cuentacuentos para que nos vayan haciendo relatos de la mitología vasca», explica, y desliza un sueño a futuro: «Nos gustaría ir dos días y contar los cuentos de noche».

Pese a esta ilusión concreta, Christian no disfruta de imaginar el futuro. «Aquí todo se planifica con demasiada anticipación. En Guatemala es todo más inmediato: por ejemplo, una vez quise hacer una exposición de fotos y en 15 días ya la tenía montada… Aquí eso es imposible: ¡necesitas un año de antelación!», compara. Por eso, cuando le preguntas cómo se imagina a sí mismo dentro de un tiempo, responde que se sigue viendo «más o menos igual que ahora, en Ibilki y colaborando con asociaciones parecidas».

También se ve formándose. Lo último que ha hecho es aprobar el recién creado máster de guía de alta montaña para personas ciegas. Este título lo otorga la Fundación de la UNED y el proyecto final consistió en una expedición en Noruega. Allí ascendieron al monte Galdhøpiggen, el más alto de los Alpes escandinavos, y un destino inédito hasta ese momento para el montañismo adaptado.

Entre curso y curso, eso sí, seguirá escribiendo cuentos relacionados con la montaña. Al fin y al cabo, ya ha recibido varios premios por ellos —como el de Amigo de la Pyrenaica, que otorga la revista de la Federación Vasca de Montaña— y está por publicar un libro donde reunirá varios de esos relatos. Bien mirado, y a la vista de su currículum, parece lógico que en 2014 recibiera en su país el título de Guatemalteco Ilustre, un premio que han recibido celebridades como el cantante Ricardo Arjona.


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Segundas impresiones

Jonally Puzon, sabor filipino para las tortillas de Romo

La primera entrevista con Jonally Puzon se publicó el 7 de junio de 2010, es decir, pasaron 7 años entre aquella impresión y esta. El reencuentro con Jonally es un buen ejemplo de cuánto puede cambiar la vida de una persona en tan poco tiempo. Entre aquel momento y este otro más reciente —a mediados de septiembre de 2017—, a Jonally le dio tiempo a enamorarse de Alberto, formar una pareja estable con él y tener dos hijos. También a echarse unos suegros vascos tan dispuestos a participar en la crianza de los nietos como a viajar con ella a Filipinas para conocer a su familia. Ahora, Jonally (Bais City, 1981) es una vecina más de su barrio, Romo; según ella, la calidez de la gente la hace sentirse tan arropada como en su tierra natal.

Para hacer esta entrevista contamos con una guía de lujo: Elizabeth Araojo, la tía de Jonally, quien reside desde hace casi 40 años en Euskadi. Fue ella quien la acogió y cuidó cuando vino con 24 años y se instaló en Getxo. Esta vez, Elizabeth vino a recogernos al metro y nos acompañó hasta el bar de Alberto y Jonally. Mientras caminábamos, además de ponernos al día de la comunidad filipina, nos contó con visible alegría que se jubiló hace poco y que ahora está en ese momento dulce de la vida en el que disfruta de recoger lo sembrado.

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Enclavado en el barrio de Romo, el bar tiene un ambiente familiar, de vecinas y vecinos que se saludan y quedan allí para charlar. «Más que un bar esto es un txoko», reconoce Jonally Puzon, que ha dejado de atender la barra para conversar en una de las mesas. En la decoración del local se mezclan elementos dispares: la miniatura de un pesquero vasco, un póster con la famosa escena del camarote de los hermanos Marx, unas máscaras africanas talladas en madera y una lámina donde se ve a Mick Jagger, Bob Marley y Peter Tosh en Jamaica. Al fondo hay unas estanterías llenas de libros que van desde el Quijote hasta los cuentos de Dino Buzzati. Envolviéndolo todo, suenan los Dire Straits en pleno concierto del disco Alchemy.

En esa mezcla, abundante y ecléctica, casi pasan inadvertidos los dos únicos objetos que aluden a Filipinas: una botella de ron y el típico sombrero cónico que utilizan los campesinos recolectores de arroz. Quien no pasa desapercibida en este entorno es Jonally, siempre sonriente y buena conversadora. Es ella quien señala la botella de ron y dice que «solo se abre en las fiestas» y quien explica que «sombrero se dice igual en castellano que en tagalo». Se le da bien aclarar dudas y dotar de sentido a las novedades culturales.

Jonally había estudiado periodismo en Filipinas y quería ejercer su profesión en el Reino Unido. Para ello, viajó primero hasta Getxo, ya que aquí tenía familia y, por tanto, un respaldo que le facilitaba trabajar y ahorrar para ese proyecto. Desde que llegó, en 2004, tuvo varios empleos: cuidó niños, limpió casas, trabajó en el sector de la hostelería… Y durante todo ese tiempo tuvo claro que se iría, que estaba de paso.

Sin embargo, en el último de esos empleos —justamente, en este bar—, Jonally conoció a Alberto, se enamoró y pospuso sus planes de viaje. Tanto los pospuso que ha terminado construyendo toda una vida con él: están casados, tienen dos hijos —Aner y Enara— y regentan juntos el bar. En vez de convertirse en una reportera de televisión a pie de calle —su sueño—, eligió asentarse en un sitio apacible como Getxo, construir una familia y doctorarse en el arte de hacer una buena tortilla de patata.

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Jonally atiende la barra y se encarga, sobre todo, de la cocina. El oficio de la hostelería le resultó duro desde el inicio: «Tuve que aprenderlo todo: el café es más cargado aquí que en Filipinas —más estilo americano—, el vino lo servía caliente…». Además, si bien ella sabía cocinar, no lo hacía ni de manera profesional ni tenía idea de la gastronomía vasca, que difiere bastante de la de su país. Así, para familiarizarse con los pintxos, iba a los bares, los fotografiaba y luego estudiaba cómo hacerlos.

Si en algo ha puesto empeño a la hora de aprender y de perfeccionar su técnica es con la tortilla. De patata desecha, sin cebolla y poco cuajadas, las tortillas de Jonally alegran las mañanas de quienes entran en su bar. «La primera me quedó como un revuelto…», recuerda entre risas. Y añade: «Me ha costado años aprender a hacerla: a veces me salía aguada, otras muy sosa, otras salada… Ahora, cada día me sale distinta, pero me sale bien».

Vacaciones filipinas en familia

Después de cinco años sin ir a su país, este verano Jonally pasó allí las vacaciones. Al reencuentro largamente esperado con la familia, esta vez se sumó otra intensa emoción: viajó con Alberto, Aner y Enara… y con sus suegros. Los cinco pasaron un mes alojados en una casa en Bais City, en la región de Vissaya, que Jonally compró en su día y que ha ido pagando gracias a sus trabajos en Euskadi.

Viajar en familia resultó muy enriquecedor para todos, en especial para los padres de Alberto, que ya están jubilados de la hostelería. «Para mis suegros fue toda una aventura.
Palmeras, cocos, plátanos… El calor y la humedad es lo que te mata, pero a ellos les recordó mucho a Cuba y su viaje de novios», comenta Jonally. Además, la aventura les dio la oportunidad de conocer mejor otros usos y costumbres, con la ventaja añadida de contar con alguien que les podía explicar lo que estaban viviendo. Es decir: mucha novedad alrededor, pero siempre contextualizada.

De algunas de esas novedades, ya estaban advertidos. «Cuando llegamos, les dije: “Aquí no hay pan, como en Getxo; aquí hay arroz todos los días”», recuerda riéndose. También les aconsejó que no pidieran vino, que era muy caro y de mala calidad, sino cerveza o ron. Ellos se dejaron guiar, probaron todos los platos y se aficionaron a las tortitas y al plátano caramelizado.

Otras novedades, sencillamente, las experimentaron allí mismo. Así, disfrutaron de la hospitalidad que caracteriza a los filipinos. «A mis suegros les impactó que, cada vez que
alguien nos invitaba a su casa, nos ponía comida como para una boda, cochinillo incluido. Allí a los vecinos les gusta juntarse. Aunque sean pobres, se ponen unas mesas y se hace vida en comunidad». También tuvieron la oportunidad de asistir a una boda: «Les llamó la atención que les pidieran ser padrinos… Les tuve que explicar que allí hay veinte mil padrinos y madrinas, y que no es tan trascendente como aquí», apunta. Y añade con una sonrisa: «Ah, y les advertí que la ceremonia religiosa duraba dos horas…».

Algo que les sorprendió a todos fue ver la cantidad de vascos que había en el pueblo; muchos de ellos en matrimonios mixtos. «Cada vez existe más mezcla; muchos emigrantes han regresado y, con el dinero ahorrado, han montado su negocio», reflexiona. En esas condiciones, la vida es más llevadera en Filipinas, un país del que Jonally se fue cuando tenía 24 años porque su salario como periodista era muy bajo y donde, como ella subraya, «se vive al día». En cualquier caso, sus suegros quedaron encantados con el país, su gente y su familia filipina, y «quieren volver». Eso sí, tendrán que elegir bien la fecha: «En mi pueblo hay un monzón y tres tifones al año», explica Jonally.

No hay playas como las de Getxo

Jonally eligió Euskadi porque su tía Elizabeth había emigrado 30 años antes y llevaba desde entonces viviendo en Bizkaia. Llegó en agosto de 2004 y, a pesar de que era verano, el cambio de temperatura le pareció tan fuerte que dormía con manta, jersey y calcetines. Hoy, desde la perspectiva que le da haber pasado 13 años aquí, tiene claro que «en Euskadi la gente vive más la vida», sobre todo si se fija en las personas mayores. «Veo señoras de 92 años que vienen a tomarse su vermú por la mañana… Incluso cuadrillas de señoras mayores que se toman sus marianitos o un chupito de pacharán, que salen con los amigos, van al cine o al teatro…», dice. En Filipinas, las personas mayores no tienen tantas facilidades para hacer vida en la calle.

Otra cosa que valora es la cultura local. De hecho, entre sus proyectos inmediatos, destaca uno: matricularse en el Euskaltegi y aprender euskera. «Mis hijos están en la ikastola, y en las reuniones me quedo fuera porque, en general, todo es en euskera. Quiero participar más», argumenta. Además, Alberto lo habla y le gustaría tener ese punto de complicidad con él, que está estudiando tagalo.

Jonally es un buen ejemplo de cuánto pueden cambiar la vida y las prioridades de una persona. Cuando vino, su intención era «trabajar, ahorrar, obtener la nacionalidad y viajar a Londres», donde podría buscar un empleo de lo suyo. Ahora, sin embargo, se siente una getxoztarra más: «Romo se parece mucho a mi pueblo; los vecinos son vecinos de verdad. Aquí todo es familiar y está cerca. Además, tenemos mejores playas en Getxo que en Filipinas. Allí las hay muy buenas, pero son privadas», desvela.

Jonally ha convertido Getxo en su hogar, donde se siente cómoda y feliz. Su única pena, dice, es que este hogar esté tan lejos de su familia. Al despedirse de su padre, después de las últimas vacaciones, él le hizo una pregunta que le arrugó el corazón: «¿Cuándo voy a volver a ver a mi nieta, cuando tenga novio?».


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