NO, de Saïd El Kadaoui Moussaoui

El narrador y protagonista de esta novela es un profesor de literatura que vive a caballo entre la identidad marroquí, la catalana, la española y la europea. Nació en un pequeño pueblo de Marruecos; pero, desde los 7 años, vive en Barcelona junto con su familia, así que se ha criado, ha estudiado y trabaja aquí. Ahora tiene 40 años y vive en crisis con todo: la pareja, el sexo, la paternidad, las relaciones familiares… Admirador de escritores como Philip Roth o Hanif Kureishi, el narrador de No se inspira en ellos a la hora de reflexionar críticamente sobre la identidad de la comunidad magrebí en Europa.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

«El sexo, mi identidad marroquí, mi identidad europea, los amigos, la familia, la escritura, la literatura, la docencia, Mayte y, ahora, mi hijo». En esa frase que escribe hacia el final de la novela, el narrador de No (Catedral Books, 2017) resume cuál es el ambicioso propósito de lo que está escribiendo: construir un rompecabezas donde estén contenidas todas «las grandes piezas» de su persona, es decir, dar cuenta de ese poliedro irregular en que suele transformarse la identidad para las personas migradas. También mostrar lo difícil que resulta el ensamblaje de tantas aristas y elaborar, a partir de ellas, una historia. ¿Una historia? Sí, aquella que responda a la pregunta que pone a escribir al narrador: ¿qué significa ser un magrebí migrado que vive en Europa?

En el caso de No, narrador y autor, Saïd el Kadaoui, comparten algunas esferas: ambos son profesores de universidad, cuarentones y llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo marroquí cuando tenían 7 años, así que ambos se criaron aquí y hablan catalán. También tienen una hipoteca que pagar, son eminentemente urbanos y comparten gusto literario por Philip Roth o Hanif Kureishi. También escriben los dos. Hasta ahí, en principio, las coincidencias. La ficción parece comenzar en aquellos rasgos del personaje más acentuados: miedo a formar pareja estable o tener hijos, obsesión enfermiza por el sexo, gusto por el alcohol o cierta pedantería intelectual. En un tema tan flamígero como el identitario, digo, conviene separar lo biográfico de lo inventado.


Un estereotipo que margina lo intelectual

De entre las respuestas que da la novela a la pregunta identitaria, llama la atención una de ellas por su potencia y extensión: la intelectual. De manera insistente, No cuestiona el lugar que le asignamos a lo marroquí en el imaginario español; modales bárbaros, cultura incivilizada e integrismo religioso sería la tríada que lo resume. Es como si nadie fuera capaz de imaginar que también existe un Marruecos refinado, culto y laico (o al menos de una religiosidad moderada); un país donde hay universidades, polos culturales como Nador o Alhucemas, personas que viajan por el mundo o discursos críticos con su realidad. De algún modo, viene a decirnos Kadaoui, ponemos más empeño en fabricarnos un Marruecos a la medida de nuestro prejuicio que en conocerlo.

No-Said-PortadaComo nos recuerda la propia novela, Edward Said nos dejó en su día dos perlas al respecto. La primera es que «muy rara vez se leen artículos informativos sobre la cultura islámica». Para entender la profundidad y acierto de esa frase, basta con echar un vistazo a la lista de libros o discos más vendidos, o a la programación de los cines y de la televisión: la mayoría de los productos culturales proceden del mundo anglosajón. Una pregunta que plantea la lectura de No podría formularse así: ¿cuánto sabemos o pesan en nuestra visión de lo islámico figuras como Mohamed Arkoun, Malika Mokeddem, Fátima Mernissi o Abadalh Larou?

La segunda perla de Edward Said es que «la imagen del islam en Occidente se ha construido sobre premisas falsas, o en todo caso reduccionistas, que nos han transmitido especialistas improvisados». ¿Y quiénes son esos especialistas improvisados? En el caso de Marruecos, señala Kadaoui, muchas veces son personas sin estudios, de extracción social humilde y que ven la cultura como un elemento que separa a sus hijos del clan, de la tradición. «Si tu hijo estudia mucho, acabará abandonándote, como el mío», dice una madre en la novela; lo cual debe leerse, entre otras cosas, como una metáfora de lo asfixiante que resulta crecer en determinados hogares.

O dicho de otro modo: el discurso crítico marroquí no llega ni a los europeos ni a las familias marroquíes migradas ni a sus hijas e hijos nacidos o criados aquí. En concreto, Kadaoui alude a intelectuales como Mohammed al-Yabri, que defendía que el islam rompió con el pensamiento racional y se entregó al pensamiento mágico y a la religión ritualista. O como Mohamed Arkoun, que sostuvo ideas que animarían cualquier debate intercultural: «El reto no es encerrarnos en el islam, es salir de él, ver mundo», «La fe musulmana de hoy, dice, está vacía de contenido espiritualmente respetable» o «La modernidad ha fracasado en el islam».


La pelea contra la comunidad de origen

Quizá el gesto más valiente de No sea la ruptura que plantea con el estereotipo que ha erigido la propia comunidad marroquí migrada. Por un lado, la novela sostiene que las madres y los padres deben buscar «otros elementos de su cultura de origen para transmitir a los hijos que no sea la religión». Por otro, les pide que se abstengan de construir vínculos entre identidad y autenticidad, y que admitan que se puede ser marroquí de muchas maneras. Según Kadaoui, es mejor abrirse y bucear en las contradicciones personales que conlleva ser un híbrido cultural y construir ciudadanía que encerrarse y ahogarse en la reducida cosmovisión del clan o la tribu. El personaje de Kadaoui, desde luego, tiene clara su posición: «La identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico».

Y es que está harto de que ser un auténtico marroquí consista en reproducir un imaginario hecho de carnicerías halal, barbas, pañuelos, chilabas, mezquitas, caftanes, gandullas, ramadán y frentes moradas de tanto dar con la cabeza en la esterilla cuando se reza. Y ya puestos, agrega, de una desvencijada furgoneta Mercedes con la que regresar en vacaciones al país. Al final, reflexiona mirando a su propia familia, esa identidad termina con «los versículos del Corán colgados de la pared del salón árabe y el reloj muecín» y la televisión de casa conectada a la señal saudí para ver la peregrinación a La Meca.

No es un libro brillante y valiente que lleva el debate migratorio al terreno de la construcción de las identidades híbridas. Nos habla de algo que muchas personas —sean del país que sean, sean migrantes o formen parte de la sociedad de acogida— se resisten a aceptar: la identidad como algo dinámico o cambiante, esto es, como un proceso en el que se puede nacer marroquí y, con los años y las vivencias, transformarse en catalán, español o europeo, sin dejar de ser marroquí y, sobre todo, sin perder la posibilidad de seguir siendo todo aquello que cada persona quiera ser. En esencia, eso es lo que cuenta No. De ahí que sea un libro ideal para torpedear las fronteras mentales y reflexionar sobre la complejidad identitaria que somos.

*

P.D.: aquí se puede acceder a las columnas que Kadaoui ha publicado en El Periódico. En esta tertulia en TV3 se puede escuchar al autor hablando sobre la laicidad en el mundo musulmán y afirmando que «uno de los dramas, puede ser que el más importantes del islam, es el pensamiento único» (en el minuto 10:30).


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Libros

Christian Rodríguez, el guatemalteco que añoraba los volcanes

Con Christian Rodríguez, todo (o casi todo) empieza y termina en la montaña. Ahí está la primera entrevista —allá por 2012— para confirmarlo. Esta vez —septiembre de 2017— una parte importante de la charla también se centró en su actividad profesional como guía. Eso sí, en esta ocasión, nos centramos en hablar sobre una de sus especialidades: el montañismo adaptado para personas ciegas. De hecho, Christian [Ciudad de Guatemala (Guatemala), 1976] compartió varias anécdotas que, por razones de espacio, dejamos fuera del libro.

En una de ellas, a propósito de su viaje a Noruega para subir el monte Galdhøpiggen, nos contó que las personas a quienes guiaba ya habían subido a otras montañas y tenían mucha experiencia previa. Como siempre, él se ocupó de advertirles de los obstáculos, hasta que una que le dijo: «Anda, cállate ya, que yo me arreglo». Al hilo de eso, Christian nos dejó esta reflexión: «A veces exageramos en lo que creemos que necesitan las personas ciegas. La persona que iba conmigo me pedía que le explicase lo que se veía a lo lejos. “Cerca, ya sé que hay rocas —me decía—, así que saca vídeo, que se lo quiero explicar a mi familia”».

Un libro que le fue muy útil al respecto fue Mi camino me lleva al Tíbet, de Sabriye Tenberken. La autora —ciega desde los 12 años— emplea descripciones muy sensoriales y, a través de su relato, deja entrever qué detalles les parecen relevantes a quienes no pueden disfrutar visualmente de los paisajes de montaña. Quizá por eso Christian describe con tanto detalle qué forma tiene un lago, cuál es la textura de una corteza de árbol, el crujido que hacen las hojas al pisarlas o el olor que desprenden la tierra y las plantas.

En esta segunda entrevista —que tuvo lugar sobre una roca de la costa getxoztarra— hubo tiempo para hablar de muchas cosas, incluida la cultura guatemalteca. Como a Christian le gusta ser un buen embajador de su país, nos obsequió un libro de la escritora Maya Cú, que conservamos con mucho cariño.

Poema de Maya Cu incluido en el libro Recorrido.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Algo que distingue a los guatemaltecos, según Christian Rodríguez, es su sentido del humor. No lo pierden incluso ante las peores tragedias. A un tío de su madre, por ejemplo, se le llevó la casa el río, con animales y todo. El hombre escapó de la riada cuando el agua le llegó a la cama, y lo único que se le ocurrió rescatar mientras huía fue la televisión. Después iba contando por ahí que la cosa no había sido tan grave: al menos tenía dónde ver el Mundial de fútbol.

«Somos así. Nos pasan cosas tremendas y hacemos chistes», apunta Christian, que ve en ese rasgo una valiosa cualidad para la supervivencia; en particular, en un país como el suyo, donde las condiciones de vida suelen ser duras. El otro talento de Christian es contar historias; disfruta mucho hablando de volcanes en erupción, fiestas mayas o de la poesía y el cine guatemaltecos. Él es un enamorado de la cultura de su país y, siempre que puede, intenta dar a conocerla.

Por eso mismo, lo que más le gusta de vivir en Getxo es la facilidad con que puede acceder a la cultura. «En Guatemala los libros son carísimos, y no hay tanta variedad. Aquí mis hijos se han acostumbrado a leer porque tenemos dos bibliotecas a 300 metros de casa, la de Villamonte y la de San Inazio; si un libro no lo encontramos en una, lo encontramos en la otra», destaca.

También aprecia la seguridad. «Sobre todo por mis hijos. La violencia de aquí no tiene comparación con la de allá; es más esporádica y menos agresiva. La vida en Getxo es muy tranquila», subraya. Y, en tono irónico, añade: «A veces echo en falta algo más de emoción: en Guatemala, cuando no había un temblor, había un huracán o entraba un volcán en erupción, y si no siempre teníamos la violencia callejera». Como se ve, el sentido del humor guatemalteco es tan negro como la lava de sus volcanes.

Una violencia heredada

Guatemala, explica Christian, es uno de los países más violentos del mundo. Sin embargo, eso no impide que su esposa, sus dos hijos y él viajen casi todos los años a la capital, Ciudad de Guatemala, a visitar a la familia y los amigos. En todas partes se vive, como suele decirse, y su país no es una excepción. Según Christian, lo que sucede es que la violencia está localizada en lugares concretos; fuera de ahí, la gente lleva una vida similar a la de otros países de América Latina.

Eso sí, la situación en Guatemala es compleja: «La guerra terminó en 1996, así que está normalizado lo de escuchar noticias sobre muertos. Guatemala vivió en paz un tiempo, pero la violencia se trasladó a otros sectores —analiza—. Si ahora saliese la noticia de que asesinaron a una persona conocida, la sorpresa duraría dos días. Está todo muy deshumanizado. Cuando yo vivía ahí, eso me parecía lo normal; cuando migré, empecé a consultar los índices de violencia y a ver el país con otros ojos».

A pesar de todo, él siempre invita a visitar Guate, como la suele llamar con cariño. De hecho, ha elaborado itinerarios para amigas y amigos vascos que han ido de turismo; todos han quedado contentos con la experiencia. «Guatemala tiene lugares muy bellos, y la violencia, en general, se concentra en sitios a los que el turismo no va», acota.

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Nekane, el amor

Christian es el único de su familia que vive fuera del país. Reconoce que le costó mucho emigrar y que probablemente nunca lo hubiera hecho de no haberse enamorado de Nekane. «Allí tenía un buen trabajo como profesor; daba clases de Informática, Ciencias Naturales e Inglés. Económicamente, estaba mejor, y en un trabajo estable»; sin embargo, «quería sentar la cabeza y formar una familia».

Christian y Nekane se conocieron en una montaña de Guatemala, en unas de las excursiones para turistas que él organizaba en su tiempo libre. Ella estaba trabajando entonces en una ONG que se dedicaba a proyectos medioambientales y al empoderamiento de la mujer indígena. Después de dos años de relación, Nekane sintió la necesidad de regresar a Getxo: su padre se encontraba enfermo. A diferencia de cuando
se conocieron, esta vez fue a Christian a quien le tocó seguir sus pasos.

«Yo vine en 2008, de vacaciones, a probar… La verdad es que no me gustó mucho. Llegué en otoño; y, en dos meses, noviembre y diciembre, solo vi una o dos veces el sol. Fue duro, y eso que me gustaba el frío. Luego, regresé a Guatemala y me encontré con que me habían quitado el puesto de trabajo. Como allí todo el mundo emigra a Estados Unidos y no vuelve, cuando aparecí, la gente estaba asombrada: “Pero ¿qué haces aquí?”, me decían».

«Se trató de un malentendido —continúa explicando—. Mi jefa movió todo para que me consiguieran otro trabajo, pero las condiciones fueron cambiando y eso aceleró mi regreso a Euskadi. A los cuatro meses, ya en 2009, volví para quedarme definitivamente».

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Poema de Maya Cu incluido en el libro Recorrido.

Montaña inclusiva

Christian trabaja como guía de montaña y se ha especializado en personas ciegas, montañismo adaptado y personas en riesgo de exclusión. Para él, lo importante no es llegar a la cumbre, sino ayudar a que lo consigan otras personas que jamás se hubieran imaginado haciéndolo. Desde que llegó, ha invertido mucho tiempo y esfuerzo en cursar formación reglada y obtener aquellos títulos que pudieran acreditar técnicamente lo que había aprendido de manera empírica escalando las cumbres más altas de Centroamérica.

En Durango, se sacó el título de Técnico Deportivo de Montaña. El curso le gustó tanto que quería suspender, y así repetirlo. En cambio, lo aprobó con facilidad: «Me di cuenta de que traía cierto conocimiento y una buena condición física; no me costó mucho adaptarme». Con ese título en la mano, se apuntó a unos cursos en la Universidad de León para ser guía de montaña de personas ciegas. Le fue tan bien que lo invitaron como
ponente al año siguiente.

Hace dos años, un par de compañeros de curso le ofrecieron crear una asociación no lucrativa orientada al montañismo inclusivo. Así nació Ibilki, un proyecto donde trabajan con diferentes colectivos, en general, con poca experiencia u oportunidades para acceder a la montaña. Entre otras, han organizado varias salidas con mujeres migradas pertenecientes al colectivo Mujeres con Voz. También excursiones interculturales, coordinadas con el Ayuntamiento de Getxo. En esas marchas, compuestas por medio centenar de personas de distintas procedencias, exploraron la dimensión lúdica de la montaña en sitios como Urkiola o el Parque Natural de Valderejo. «Llevamos cuentacuentos para que nos vayan haciendo relatos de la mitología vasca», explica, y desliza un sueño a futuro: «Nos gustaría ir dos días y contar los cuentos de noche».

Pese a esta ilusión concreta, Christian no disfruta de imaginar el futuro. «Aquí todo se planifica con demasiada anticipación. En Guatemala es todo más inmediato: por ejemplo, una vez quise hacer una exposición de fotos y en 15 días ya la tenía montada… Aquí eso es imposible: ¡necesitas un año de antelación!», compara. Por eso, cuando le preguntas cómo se imagina a sí mismo dentro de un tiempo, responde que se sigue viendo «más o menos igual que ahora, en Ibilki y colaborando con asociaciones parecidas».

También se ve formándose. Lo último que ha hecho es aprobar el recién creado máster de guía de alta montaña para personas ciegas. Este título lo otorga la Fundación de la UNED y el proyecto final consistió en una expedición en Noruega. Allí ascendieron al monte Galdhøpiggen, el más alto de los Alpes escandinavos, y un destino inédito hasta ese momento para el montañismo adaptado.

Entre curso y curso, eso sí, seguirá escribiendo cuentos relacionados con la montaña. Al fin y al cabo, ya ha recibido varios premios por ellos —como el de Amigo de la Pyrenaica, que otorga la revista de la Federación Vasca de Montaña— y está por publicar un libro donde reunirá varios de esos relatos. Bien mirado, y a la vista de su currículum, parece lógico que en 2014 recibiera en su país el título de Guatemalteco Ilustre, un premio que han recibido celebridades como el cantante Ricardo Arjona.


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Segundas impresiones

Jonally Puzon, sabor filipino para las tortillas de Romo

La primera entrevista con Jonally Puzon se publicó el 7 de junio de 2010, es decir, pasaron 7 años entre aquella impresión y esta. El reencuentro con Jonally es un buen ejemplo de cuánto puede cambiar la vida de una persona en tan poco tiempo. Entre aquel momento y este otro más reciente —a mediados de septiembre de 2017—, a Jonally le dio tiempo a enamorarse de Alberto, formar una pareja estable con él y tener dos hijos. También a echarse unos suegros vascos tan dispuestos a participar en la crianza de los nietos como a viajar con ella a Filipinas para conocer a su familia. Ahora, Jonally (Bais City, 1981) es una vecina más de su barrio, Romo; según ella, la calidez de la gente la hace sentirse tan arropada como en su tierra natal.

Para hacer esta entrevista contamos con una guía de lujo: Elizabeth Araojo, la tía de Jonally, quien reside desde hace casi 40 años en Euskadi. Fue ella quien la acogió y cuidó cuando vino con 24 años y se instaló en Getxo. Esta vez, Elizabeth vino a recogernos al metro y nos acompañó hasta el bar de Alberto y Jonally. Mientras caminábamos, además de ponernos al día de la comunidad filipina, nos contó con visible alegría que se jubiló hace poco y que ahora está en ese momento dulce de la vida en el que disfruta de recoger lo sembrado.

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Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

Enclavado en el barrio de Romo, el bar tiene un ambiente familiar, de vecinas y vecinos que se saludan y quedan allí para charlar. «Más que un bar esto es un txoko», reconoce Jonally Puzon, que ha dejado de atender la barra para conversar en una de las mesas. En la decoración del local se mezclan elementos dispares: la miniatura de un pesquero vasco, un póster con la famosa escena del camarote de los hermanos Marx, unas máscaras africanas talladas en madera y una lámina donde se ve a Mick Jagger, Bob Marley y Peter Tosh en Jamaica. Al fondo hay unas estanterías llenas de libros que van desde el Quijote hasta los cuentos de Dino Buzzati. Envolviéndolo todo, suenan los Dire Straits en pleno concierto del disco Alchemy.

En esa mezcla, abundante y ecléctica, casi pasan inadvertidos los dos únicos objetos que aluden a Filipinas: una botella de ron y el típico sombrero cónico que utilizan los campesinos recolectores de arroz. Quien no pasa desapercibida en este entorno es Jonally, siempre sonriente y buena conversadora. Es ella quien señala la botella de ron y dice que «solo se abre en las fiestas» y quien explica que «sombrero se dice igual en castellano que en tagalo». Se le da bien aclarar dudas y dotar de sentido a las novedades culturales.

Jonally había estudiado periodismo en Filipinas y quería ejercer su profesión en el Reino Unido. Para ello, viajó primero hasta Getxo, ya que aquí tenía familia y, por tanto, un respaldo que le facilitaba trabajar y ahorrar para ese proyecto. Desde que llegó, en 2004, tuvo varios empleos: cuidó niños, limpió casas, trabajó en el sector de la hostelería… Y durante todo ese tiempo tuvo claro que se iría, que estaba de paso.

Sin embargo, en el último de esos empleos —justamente, en este bar—, Jonally conoció a Alberto, se enamoró y pospuso sus planes de viaje. Tanto los pospuso que ha terminado construyendo toda una vida con él: están casados, tienen dos hijos —Aner y Enara— y regentan juntos el bar. En vez de convertirse en una reportera de televisión a pie de calle —su sueño—, eligió asentarse en un sitio apacible como Getxo, construir una familia y doctorarse en el arte de hacer una buena tortilla de patata.

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Jonally atiende la barra y se encarga, sobre todo, de la cocina. El oficio de la hostelería le resultó duro desde el inicio: «Tuve que aprenderlo todo: el café es más cargado aquí que en Filipinas —más estilo americano—, el vino lo servía caliente…». Además, si bien ella sabía cocinar, no lo hacía ni de manera profesional ni tenía idea de la gastronomía vasca, que difiere bastante de la de su país. Así, para familiarizarse con los pintxos, iba a los bares, los fotografiaba y luego estudiaba cómo hacerlos.

Si en algo ha puesto empeño a la hora de aprender y de perfeccionar su técnica es con la tortilla. De patata desecha, sin cebolla y poco cuajadas, las tortillas de Jonally alegran las mañanas de quienes entran en su bar. «La primera me quedó como un revuelto…», recuerda entre risas. Y añade: «Me ha costado años aprender a hacerla: a veces me salía aguada, otras muy sosa, otras salada… Ahora, cada día me sale distinta, pero me sale bien».

Vacaciones filipinas en familia

Después de cinco años sin ir a su país, este verano Jonally pasó allí las vacaciones. Al reencuentro largamente esperado con la familia, esta vez se sumó otra intensa emoción: viajó con Alberto, Aner y Enara… y con sus suegros. Los cinco pasaron un mes alojados en una casa en Bais City, en la región de Vissaya, que Jonally compró en su día y que ha ido pagando gracias a sus trabajos en Euskadi.

Viajar en familia resultó muy enriquecedor para todos, en especial para los padres de Alberto, que ya están jubilados de la hostelería. «Para mis suegros fue toda una aventura.
Palmeras, cocos, plátanos… El calor y la humedad es lo que te mata, pero a ellos les recordó mucho a Cuba y su viaje de novios», comenta Jonally. Además, la aventura les dio la oportunidad de conocer mejor otros usos y costumbres, con la ventaja añadida de contar con alguien que les podía explicar lo que estaban viviendo. Es decir: mucha novedad alrededor, pero siempre contextualizada.

De algunas de esas novedades, ya estaban advertidos. «Cuando llegamos, les dije: “Aquí no hay pan, como en Getxo; aquí hay arroz todos los días”», recuerda riéndose. También les aconsejó que no pidieran vino, que era muy caro y de mala calidad, sino cerveza o ron. Ellos se dejaron guiar, probaron todos los platos y se aficionaron a las tortitas y al plátano caramelizado.

Otras novedades, sencillamente, las experimentaron allí mismo. Así, disfrutaron de la hospitalidad que caracteriza a los filipinos. «A mis suegros les impactó que, cada vez que
alguien nos invitaba a su casa, nos ponía comida como para una boda, cochinillo incluido. Allí a los vecinos les gusta juntarse. Aunque sean pobres, se ponen unas mesas y se hace vida en comunidad». También tuvieron la oportunidad de asistir a una boda: «Les llamó la atención que les pidieran ser padrinos… Les tuve que explicar que allí hay veinte mil padrinos y madrinas, y que no es tan trascendente como aquí», apunta. Y añade con una sonrisa: «Ah, y les advertí que la ceremonia religiosa duraba dos horas…».

Algo que les sorprendió a todos fue ver la cantidad de vascos que había en el pueblo; muchos de ellos en matrimonios mixtos. «Cada vez existe más mezcla; muchos emigrantes han regresado y, con el dinero ahorrado, han montado su negocio», reflexiona. En esas condiciones, la vida es más llevadera en Filipinas, un país del que Jonally se fue cuando tenía 24 años porque su salario como periodista era muy bajo y donde, como ella subraya, «se vive al día». En cualquier caso, sus suegros quedaron encantados con el país, su gente y su familia filipina, y «quieren volver». Eso sí, tendrán que elegir bien la fecha: «En mi pueblo hay un monzón y tres tifones al año», explica Jonally.

No hay playas como las de Getxo

Jonally eligió Euskadi porque su tía Elizabeth había emigrado 30 años antes y llevaba desde entonces viviendo en Bizkaia. Llegó en agosto de 2004 y, a pesar de que era verano, el cambio de temperatura le pareció tan fuerte que dormía con manta, jersey y calcetines. Hoy, desde la perspectiva que le da haber pasado 13 años aquí, tiene claro que «en Euskadi la gente vive más la vida», sobre todo si se fija en las personas mayores. «Veo señoras de 92 años que vienen a tomarse su vermú por la mañana… Incluso cuadrillas de señoras mayores que se toman sus marianitos o un chupito de pacharán, que salen con los amigos, van al cine o al teatro…», dice. En Filipinas, las personas mayores no tienen tantas facilidades para hacer vida en la calle.

Otra cosa que valora es la cultura local. De hecho, entre sus proyectos inmediatos, destaca uno: matricularse en el Euskaltegi y aprender euskera. «Mis hijos están en la ikastola, y en las reuniones me quedo fuera porque, en general, todo es en euskera. Quiero participar más», argumenta. Además, Alberto lo habla y le gustaría tener ese punto de complicidad con él, que está estudiando tagalo.

Jonally es un buen ejemplo de cuánto pueden cambiar la vida y las prioridades de una persona. Cuando vino, su intención era «trabajar, ahorrar, obtener la nacionalidad y viajar a Londres», donde podría buscar un empleo de lo suyo. Ahora, sin embargo, se siente una getxoztarra más: «Romo se parece mucho a mi pueblo; los vecinos son vecinos de verdad. Aquí todo es familiar y está cerca. Además, tenemos mejores playas en Getxo que en Filipinas. Allí las hay muy buenas, pero son privadas», desvela.

Jonally ha convertido Getxo en su hogar, donde se siente cómoda y feliz. Su única pena, dice, es que este hogar esté tan lejos de su familia. Al despedirse de su padre, después de las últimas vacaciones, él le hizo una pregunta que le arrugó el corazón: «¿Cuándo voy a volver a ver a mi nieta, cuando tenga novio?».


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Segundas impresiones

Música africana que nace (y crece) en España

¿Cuánto sabes sobre la música africana que se compone actualmente en España? Si la respuesta es poco o nada —o solo algo de folclore—, tenemos noticias para ti: hay vida más allá de la kora y del djembé. De la mano del rapero angoleño Betto Snay, afincado en Barakaldo, te proponemos 4 artistas para descubrir este mundo de sonidos afro nacidos o madurados aquí: Lion Sitté, Afrika Bibang, Mr_o y Brick Pako.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Este verano, una lluviosa y muy bilbaína tarde de julio, visitamos al rapero angoleño Betto Snay en la sede de la cooperativa Koop SF 34. Habíamos estado el mes anterior en su concierto en el café La Palma, en Madrid, así que estuvimos charlando de su actuación. También conversamos sobre los otros dos músicos que cantaron antes que él; dos raperos con raíces africanas: el madrileño Duddi Wallace y el irunés Rush Blacka. Ambos fueron toda una sorpresa para nosotros, que no conocíamos más allá de los socorridos Frank T y el El Chojin.

A la vista de nuestro desconocimiento en la materia, Betto se comprometió a recomendarnos algo de la música africana que se está haciendo aquí. Una semana después, nos sonó el wasap y nos llegaron cuatro canciones de cuatro artistas de los que no teníamos ni idea. Los escuchamos, nos gustaron y, por eso, los compartimos. Hay tres propuestas de rap y una de soul; las cuatro repletas de espíritu africano nacido y crecido aquí.

01 | «Los niños del parque», de Lion Sitté. Vallecano de pura cepa, penúltimo del 11 hermanos, sus padres emigraron de Guinea Ecuatorial en los años 70 y se instalaron en Madrid. Entre otras influencias musicales, Lion Sitté cita a las familias gitanas de Vallecas, con quienes descubrió a Camaron, Carmen Linares o Ketama; el freestyle callejero; y la tradición africana que le inculcó su madre: cantar en todo momento. Ha tocado con Pitingo y Juan Carmona, pero también con El Chojin o Chulito Camacho. Su estilo es el reggae-dancehall. El resto de su vida y obra, puedes leerlo en su blog. También en su canal de You Tube.

02 | «Afrika, revolution», de Afrika Bibang. Esta cantante debutó con un disco en solitario llamado Entzun (Metak, 2004), que trajó una corriente de aire fresco a la escena vasca: pocas veces se había escuchado antes cantar soul, reggae o rythmn and blues en euskera. En Euskadi ha grabado con gente tan dispar como Gontzal Mendibil, Kepa Junkera, Etsaiak o Fermin Muguruza. En la actualidad, vive en Barcelona y canta —en inglés— con la Johnny Freelance Experience. Aquí, una entrevista para el programa Afroeuropeos (y, aquí, cantando soul en español). Seguro que también debe de haber por ahí algún vídeo donde canta en fang, la lengua de su familia guineana.

03 | «Seamos uno», de Mr_o.  Benjamín Nguema Asongsua prefiere hacer música y no encasillarse en géneros: r&B, trap, afrobeat, rap… Más que contar algo de él —uno de los grandes del rap, según Betto Snay—, lo mejor es ver esta entrevista para Ilicit Rebel TV; ahí lo puedes escuchar hablar sobre su llegada a Barcelona, el circuito musical español o del contenido panafricanista de algunas de sus canciones. Incluso rapea sobre la música que suena mientras lo entrevistan. A decir de él, en Soundcloud lo encuentras todo. Otra forma de seguirlo es a través de su perfil en Facebook.

04 |«Kaw-bi», de Brick Pako. Este senegalés, afincado en Pamplona, canta en wólof y hace unos temas con una marcha que no veas. En su último disco, Siki-Saka él ha compuesto toda la música y contado con la colaboración de la Chula Potra y de Kutxi Romero en un par de temas. Antes de este trabajo en solitario, Brick Pako publicó otro álbum con el grupo Benation, compuesto por tres senegaleses. También cantó el año pasado con el Drogas en aquel en aquel mítico concierto que el antiguo miembro de Barricada dio en Pamplona. En esta entrevista radial para Planeta Ruido (1 y 2), además de hablar sobre sus orígenes, explica que Kaw-Bi es una crítica a esos inmigrantes que pierden y traicionan los valores aprendidos en sus casas.


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música

Cómo hablar de inmigración en tiempos de la maraña xenófoba

¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? ¿En qué momento ese derecho se transforma en un delito de odio? ¿Qué aspecto tiene el racismo en nuestro tiempo? ¿Podemos hacer algo para frenar las avalanchas de insultos, rechazo y desprecio? ¿Cuál es el papel de los comunicadores en la construcción de los discursos? Para responder a estas preguntas, CEAR-Euskadi ha publicado el libro Periodistas contra la xenofobia, una guía que puede descargarse de la web a cambio de una donación y que ofrece consejos prácticos para construir un pensamiento crítico ante los estereotipos y prejuicios que abundan sobre las personas migrantes. 

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

El discurso del odio está por todas partes. Vivimos a caballo entre la incertidumbre y la falta de repuestas serias a la precarización a la que los Gobiernos nos están sometiendo y, por desgracia, no faltan quienes están dispuestos a convertir ese material altamente inflamable en un incendio continuo, en algo que les genere algún beneficio personal. En tiempos de una sociedad orientada hacia el individualismo consumista, poco importa, parece ser, el bien común o la cohesión social.

Por eso, según Periodistas contra la xenofobiaguía publicada por CEAR-Euskadi en 2016, vivimos en la era del «racismo líquido». Es decir: debemos enfrentarnos a un racismo que «se cuela y cala cada parcela de la vida cotidiana»; un racismo en forma de prejuicios y estereotipos que enredan —y nos enredan— hasta convertir nuestras relaciones en el espacio público y privado en una maraña asfixiante de sentimientos explosivos, muchas veces al borde la violencia. «La ciudad humea el discurso del odio», dice el libro, y eso solo sirve para enrarecer la atmósfera y volver irrespirable la convivencia.

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Según CEAR-Euskadi, el racismo ha mutado y solemos encontrarlo, sobre todo, disfrazado tras la etiqueta de lo normal:

[Antes] eran consignas racistas y xenófobas voceadas desde grupúsculos de la extrema derecha o desde coristas del conservadurismo más rancio, ahora son comentarios ‘normalizados’ que se escuchan rutinariamente en las conversaciones del supermercado, de patio de colegio o de cafetería de media tarde.

La otra característica básica del racismo actual es que muchas personas lo favorecen o alientan, y ni siquiera han tenido relaciones laborales, comerciales, familiares, de amistad o de algún tipo con esas personas a quienes responsabilizan de todos sus males:

[…] nuestra imagen de las personas migrantes y refugiadas no es la que obtenemos de nuestra experiencia directa y contacto personal con ellas (el cual, en muchos casos, no existe).

O, como dice Brigitte Vasallo, la autora de Pornoburka, «todo el mundo tiene formada una opinión sobre el islam; todo el mundo opina sobre el islam, además con un juicio de valor… Pero, luego, tú preguntas: “¿Tú qué sabes del islam? [Y te dicen:] ‘No sé nada'”».


Libertad de expresión no es libertad de agresión

La guía ofrece 19 consejos para periodistas. Ahora bien, estos consejos son válidos también para cualquier persona que quiera construir un pensamiento crítico ante la avalancha de estereotipos y simplificaciones que suele acompañar a la información migratoria. También aporta una marco deontológico —ese que, en teoría, los medios se han comprometido a cumplir— y un marco jurídico nacional e internacional sobre los derechos humanos y la libertad de expresión

Entre los consejos, algunos son puro sentido común; por ejemplo, cuestionarse «los propios prejuicios» o evitar el «reduccionismo descriptivo […] y la simplificación excesiva de la realidad». Otros tienen que ver con el modo de ejercer la profesión en estos tiempos de polarización política, redes sociales y urgencia por el clic fácil. Entre ellos, destacan estos siete:

  1. Evitar las fotografías, la maquetación o el lenguaje que induzca a confusión.
  2. Honestidad a la hora de separar entre información y opinión.
  3. Prudencia en la defensa de una libertad de expresión ilimitada.
  4. Tolerancia cero con los discursos del odio.
  5. Negarse a reproducir expresiones que banalicen el apartheid, el nazismo u otros totalitarismos, y negarse a reproducir descalificaciones hacia colectivos en situación de minoría o vulnerabilidad.
  6. Erradicar los espacios de impunidad —blogs, foros, redes sociales, comentarios a noticias, etcétera— donde se promueve el odio gracias al anonimato.
  7. Aplicar siempre la lupa de los derechos humanos.

Una de las ideas centrales de la guía es que no pesan lo mismo las palabras dichas en un espacio privado que en un espacio público. Y tampoco es lo mismo que las diga una persona cualquiera a que las diga alguien que tiene un acceso privilegiado a los medios de comunicación, como es el caso de los políticos. Existen asimetrías y conviene conocerlas.

El libro también hace hincapié en que reflexionemos sobre qué entendemos por libertad de expresión. Al respecto, CEAR-Euskadi se remite a la definición que dieron SOS Racisme Catalunya y la Red de Nou Barris Acull en 2014 a raíz del juicio a Xavier García Albiol, alcalde de Badalona:

La libertad de expresión es un derecho fundamental que es necesario garantizar, pero que tiene un límite. Y este comienza en el momento en que se ataca el derecho a la dignidad y al honor de un colectivo, o cuando un discurso se convierte en discurso del odio, instigador de la discriminación y de la violencia.

Por tanto, la libertad de expresión no es libertad de agresión, y ningún político debería utilizar la radio, el periódico, la televisión o las redes sociales para llamar mierda, escoria, plaga o lacra a parte de sus vecinos y vecinas. Tampoco el periodismo debería prestarse a ese juego. Eso no es hablar claro; eso es un delito de odio. Eso es fomentar un clima de hostilidad, incitar a la violencia y legitimarla. Eso es despersonalizar y estigmatizar al otro. Eso es algo que ya hemos vivido antes en el siglo XX con los nazis. Eso es olvidar, como dice la guía, que «la violencia racista siempre viene precedida del discurso del odio».

A propósito, el libro relata el caso de Christiane Taubira, ministra francesa de Justicia durante el Gobierno de François Hollande, insultada por ser negra en los medios de extrema derecha y que terminó hostigada incluso por niñas y niños a su paso por Angers (la llamaron mona y la recibieron agitando pieles de plátano). El director de la publicación fue sancionado, pero el daño ya estaba hecho.


¿Y qué pasa con lo positivo de las migraciones?

Otro hilo conductor importante en el libro es explicar los mecanismos básicos con que se construye el discurso del odio. Este, en general, se caracteriza por cuatro elementos:

También conviene sospechar de los despliegues informativos desproporcionados que agrandan la dimensión de noticias negativas sobre inmigración. Asimismo, es justo reclamar mayor presencia de personas extranjeras como fuentes de información, sujetos discursivos o protagonistas de informaciones positivas, y no encasillarlas en «escenas y sucesos de crimen, de fraude en el cobro de prestaciones sociales, malos tratos, de mafias, de detenciones de inmigrantes, de control de fronteras, de delincuencia, de participación en grupos terroristas, de violencia sexista…». Todo eso, en palabras de CEAR-Euskadi,  «genera un sentimiento de rechazo a las personas extranjeras que no se generaría de enfocar otros fragmentos de la realidad positivos».

O dicho de otro modo: ¿por qué «en nuestro imaginario no poseemos, por lo general, imágenes de neurocirujanos y ginecólogos licenciados en Sudáfrica y ejerciendo en el País Vasco (que los hay) o de mujeres musulmanas diseñadoras de moda (que las hay), o de niños y niñas africanas pasándolo fenomenal en las barracas de la fiesta del barrio…, que es como se lo pasan»?

La pregunta queda ahí, y no solo para el País Vasco. Quizá una primera respuesta sea la de Francesc de Carreras en su artículo «¿De dónde soy?»: hoy cada quien es de donde le da gana y construye el puzle de su identidad como mejor le parece. Con libertad. Haya nacido donde haya nacido.

*

P. D.: por cierto, en vez de echarles la culpa a los migrantes de nuestros problemas, haríamos bien en buscar causas globales o estructurales. Quizá encontremos alguna pista en los miles de millones que mueven las armas y las drogas, en los 1000 millones de personas que se mueren de hambre o en las más de 20.000 bombas que lanzó Estados Unidos en la época de Barack Obama. O, ya puestos, acaso deberíamos pensar qué clase de lógica gobierna un país donde clubes como el Real Madrid y el Barcelona tienen un presupuesto más alto que una ciudad rica y cara como Bilbao (527,9 millones de euros) y 10 veces el de una más modesta, como Guadalajara (65 millones). A lo mejor entonces empezamos a entender algo.


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Libros

Los niños perdidos, de Valeria Luisselli

Entre octubre de 2013 y el final del verano de 2015, llegaron más de 200.000 menores no acompañados a la frontera sur de Estados Unidos. La mayoría venían de Honduras, Guatemala, El Salvador y México, y huían de la situación de violencia generalizada que vivían en sus países. Si lograban no ser deportados en la misma frontera, esos niños y niñas indocumentados debían presentarse ante la corte migratoria de Nueva York. Su defensa estuvo a cargo de varias ONG. La escritora mexicana Valeria Luiselli colaboró como traductora del español al inglés y escribió Los niños perdidos, un ensayo que recoge sus conclusiones de aquella experiencia.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

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01 | Contra la normalización del horror y de la violencia. Empecemos por el final. Poco antes de terminar su ensayo Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016), Valeria Luiselli dice que, «mientras la historia no termine, lo único que puede hacerse es contarla y volverla a contar, a medida que se sigue desarrollando y bifurcando». Ella se refiere a la tragedia migratoria que asola Centroamérica y México debido al intento de miles de personas por alcanzar la frontera sur de Estados Unidos. Esta es una historia donde han desaparecido más de 120.000 personas desde 2006, donde el 80 % de las mujeres y niñas son violadas mientras atraviesan México o donde están documentados 11.333 secuestros solo entre abril y septiembre de 2010. Quizá por eso Luiselli sostiene que «las historias difíciles necesitan ser narradas muchas veces, por muchas mentes, siempre con palabras diferentes y desde ángulos distintos». En caso contrario, explica esta escritora mexicana, corremos el riesgo de «permitir que se siga normalizando el horror y la violencia».

02 | La magnitud de la tragedia. Entre octubre de 2013 y junio de 2014, Estados Unidos detuvo a unos 80.000 menores no acompañados en la frontera con México. Hacia el final del verano de 2015, habían llegado a esa misma frontera otros 102.000 niños y niñas. La mayoría venían de países donde la violencia y el terror campan a sus anchas: Guatemala, El Salvador, Honduras y México. En general, estos menores huían de las maras, de los narcos, de la pobreza o, simplemente, de la indefensión derivada de que sus padres habían emigrado años antes. Es decir: huían porque sus vidas corrían peligro. También porque algún familiar suyo radicado en Estados Unidos había pagado de 3000 a 4000 dólares a un coyote —pasador, traficante de personas— para que lo llevara hasta la frontera. Allí, el menor solo debía entregarse a la Border Patrol. En Estados Unidos cundió el pánico y casi nadie habló de «crisis de refugiados», sino de «crisis migratoria».

03 | ¿De qué va el libro? Si quieres una sinopsis, lee la contratapa del libro. También puedes ver el vídeo que publicó Once Noticias (y que está al final de este bloque). Si quieres hacerte una idea del contenido, puedes leer un fragmento del libro en la revista Gatopardo. También en el blog El Boomerang.


04 | Una puerta trasera para deportar más rápido. 
La Administración del Gobierno de Obama no recibió bien aquel repentino flujo migratorio de menores no acompañados. De hecho, tomó dos medidas bastante discutibles al respecto. La primera fue crear el «priority juvenile docket, una instancia legal para acelerar los procedimientos de deportación de los miles de niños y adolescentes indocumentados», es decir, para dificultar que estos encontraran un abogado o abogada que pudiera defenderlos apropiadamente. Si no tienes defensa, es más fácil deportarte. Eso, en palabras de Luiselli, creaba «una puerta trasera —legal, pero trasera— para no cumplir con una ley firmada por el mismo gobierno». Por cierto, y solo por abundar en lo obvio: ¿cuántos niños y niñas pueden pagarse un abogado?

05 | México, el guardaespaldas de Estados Unidos. La segunda medida del Gobierno fue presionar a México para que se desempeñase el mismo papel que Marruecos, Turquía y otros estados desempeñan respecto de la Europa-fortaleza. Así, el Gobierno de Peña Nieto asignó 102 millones de pesos al llamado «Programa Frontera Sur», cuyo objetivo, según la escritora mexicana, fue «deportar masivamente a migrantes que en muchos casos, por ley migratoria, tendrían derecho a asilo político tanto en México como en Estados Unidos». ¿Qué quiere decir masivamente? Por ejemplo, que en 2015 deportó a 150.000 personas. Por decirlo con otras palabras: México se encarga de hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos.

06 | No somos números; somos historias. Hay quienes se esfuerzan por olvidar y hacer olvidar que detrás de los números hay personas. Es decir: nombres y apellidos, historias de vida, sentimientos. En todas partes hay tecnócratas, periodistas, asesores, políticos o vecinos a los que, por increíble que parezca, debemos explicarles que las personas no somos un balance que hay cuadrar, un porcentaje del que alardear o un puñado de huesos destinados a aparecer en fosas comunes como las de Tamaulipas. Por eso, debemos contar una y otra vez la historia de las hermanitas guatemaltecas de 5 y 7 años que viajaron con el teléfono de la madre bordado en el vestido o la del chico hondureño al que la mara le mató a su mejor amigo y a él lo iba a buscar a la salida del colegio. También la de todas esas madres que pagan a un coyote miles de dólares por una sencilla razón:  el viaje con el coyote les parece menos peligroso que dejar a sus hijos en su país.

07 | Tamulipas, el símbolo de las nuevas matanzas. En la fosa de San Fernando (Tamaulipas) aparecieron los cadáveres de 72 personas migrantes asesinadas por el cártel de Los Zetas en el marco de su lucha contra el cártel del Golfo por el control de una zona estratégica para el tráfico de drogas, dinero y armas. El hallazgo fue un punto y aparte para la sociedad civil mexicana; demostraba la connivencia entre el Estado, la policía y los narcos para eliminar a decenas de personas de manera sistemática, sin dejar rastro y sin investigar qué pasó. De hecho, la periodista Alma Guillermoprieto coordinó un libro donde convocó a otros colegas —Juan Villoro, Elena Poniatowska,  Joge Volpi o la propia Valeria Luiselli— a recuperar la historia de esas 72 personas. Desde entonces se han descubierto decenas de fosas comunes similares en San Fernando y en otras localidades mexicanas cerca de la frontera. También aparecieron iniciativas como Más de 72, coordinada por Marcela Turati, que testimonian lo espeluznante de lo sucedido.


08 | La noción de comunidad, ¿en peligro de extinción? 
Los niños perdidos plantea al menos cinco preguntas relevantes:

  1. ¿Está desapareciendo la noción de comunidad entre otras razones, porque los flujos migratorios están desestructurando las familias?
  2. ¿Cómo se educan y crecen —qué clase de protección y de contención reciben— todos esos niños y niñas cuyos padres y madres migran a Estados Unidos en busca de una vida mejor?
  3. ¿Es la guerra del narco una guerra hemisférica que abarca «el territorio que empieza en los Grandes Lagos del norte de Estados Unidos y termina en las sierras de Celaque, en el sur de Honduras?
  4. ¿Son para muchos las pandillas, maras o gangas el último rescoldo de comunidad?
  5. Si quienes llegan a la frontera de Estados Unidos pertenecieran a «mejores nacionalidades y genealogías más puras», ¿los tratarían mejor, es decir, como las niñas y niños que son?

09 | El lado luminoso del Imperio. Por suerte, Estados Unidos es mucho más que Donald Trump, el Tea Party o el amor de muchos por tener un rifle en casa. También «es un lugar lleno de individuos» con «un sentido profundo de compromiso social con una comunidad» y que, si les explicas lo que está sucediendo, se implican y aportan soluciones. Además del trabajo de las ONG con las que colabora —The Door o Safe Passage—, Luiselli cuenta lo que le sucedió como profesora en su asignatura de español en la Universidad de Hofstra. A fuerza de debatir en clase la cuestión migratoria, su alumnado terminó formando una asociación —la Teenage Inmigrant Integration Association— que da clases de inglés y de preparación para la universidad, fomenta el deporte como herramienta de inclusión, tiene un programa de radio o un grupo de debate sobre derechos y responsabilidades civiles. Quizá esa sea la conclusión más alentadora del ensayo: «Solo se necesitan diez estudiantes motivados para empezar a hacer una mínima diferencia».

*

P.D.: Valeria Luiselli hablando en español en Democracy Now!

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