Si te cuesta imaginar la diversidad cultural, échale un ojo a estos libros

Hace algún tiempo, estuvimos en una feria del libro de fotografía y descubrimos cuatro obras que hablaban sobre la cuestión migratoria y la diversidad cultural: Sin fronteras, de Imapla; Passport, de Alexanderk Chekmev; Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut; e Immorefugee, del estudio Defrost. Nos pareció importante detenernos en ellos y explorar la manera en que hablan sobre el tema. De algún modo, todos ellos tienen algo en común: a partir de lo visual, nos enseñan a imaginar un mundo más diverso.

Por Rubén A. Arribas
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01  | Sin fronteras (editorial Libros del Zorro Rojo), por Imapla

A un lado, 45 banderas; al otro, los 45 nombres de los países correspondientes. En el medio, de manera horizontal, un corte que divide en dos partes cada bandera y cada nombre, de manera que al combinar banderas y países se pueden obtener más de 2000 combinaciones distintas. Así, de México y Estados Unidos puede salir Mexiunidos; de Bolivia y Francia, Bolicia; y de Canadá y Japón, Capón. Además, se puede pintar —inventar— una bandera y fundar un país propio. En este libro-juego, las banderas aparecen como un símbolo de la diversidad, y no como un emblema de la diferencia. Sin fronteras es un artefacto sencillo y que, de una manera divertida e ingeniosa, nos ayuda a imaginar un futuro con identidades más abiertas a la mezcla.

02 | Passport (editorial Dewi Lewis, 2017), de Alexander Chekmev

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¿Qué cuenta un pasaporte sobre quiénes somos? Este libro de Alexander Chekmev demuestra que bien poco. Es más: la foto del pasaporte ofrece una visión recortada y descontextualizada sobre cuál es nuestra historia personal; solo muestra una parte ínfima. Chekmev participó como fotógrafo en la campaña que lanzó el Gobierno de Ucrania para dotar de un nuevo pasaporte a toda su población, que hasta 1991 había formado parte de la Unión Soviética. Eso le supuso viajar entre 1994 y 1995 a sitios lejanos y de difícil acceso. Así, conoció a muchas personas que padecían enfermedades graves, eran muy mayores o tan pobres que no podían pagarse siquiera un fotógrafo. Fue un trabajo, como él dice, puerta a puerta, donde los servicios sociales procuraban medicinas y alimentos, y él fotografiaba una realidad que le era desconocida. El montaje del libro muestra, por un lado, la fotografía que salió en el pasaporte; por otro, la foto tal y como fue tomada. Además de la historia de cada persona, impresiona ver cuántas veces olvidamos que la compleja realidad excede ese instrumento burocrático llamado pasaporte.

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03 | Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut

Ville de Calais (signed) by Henk WildschutEl fotógrafo holandés Henk Wildschut estuvo siguiendo la evolución del campo de refugiados de Calais (Francia) desde el inicio (2015). De hecho, vivió la transformación del asentamiento en casi una ciudad. En vez de hacer retratos o de capturar historias personales, Wildschut intentó documentar las huellas físicas de las personas que esperaban allí su oportunidad para cruzar a Dover (Reino Unido). En su página web, están disponibles algunas de las fotos del libro. Hay tanto material ya sobre Calais que resulta complicado decir qué aporta respecto a tantos otros libros o reportajes fotográficos que nos muestran las condiciones precarias en que vivían allí las personas. Por eso, quizá sean más relevantes sus vídeos; en particular, algunos que hay en su cuenta de Vimeo, como 4.57 min., donde vemos y escuchamos a un chico afgano llamando a su familia.


04 | Immorefugee, por el estudio Defrost

Si no te fijas bien, esta revista parece una más de las muchas que promocionan el alquiler o venta de viviendas de uso vacacional. En cambio, cuando la miras más de cerca, de repente, te ataca la corrección política y te hace preguntarte si es una frivolidad o una genialidad. Desde luego, no deja indiferente. Immorefugee fue una efímera guía de propiedades que anunciaba inmuebles en un área residencial llamada La Nueva Jungla; un espacio habitable que ocupaba unos 500.000 metros cuadros en las afueras de Calais (Francia), que estaba rodeado por una valla de 5 metros de alto y que contaba con agua corriente y electricidad. La nueva Jungla, decía la publicidad de Immorefugee, ofrece diferentes tipos de alojamiento, sea de antigua o de nueva construcción. La idea fue del dúo bruselense Defrost, que se reapropió de la técnica publicitaria para hacernos pensar de una manera diferente sobre lo inhumano del campo de Calais. Encontraron una arista creativa diferente. ¿Alguien imagina que pasaría aquí si se publicase una guía similar con las tiendas de campaña del monte Gugurú?

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Libros

Sara Cordón: «Cuando migras eres muy consciente de tu orfandad; cambia tu concepto de familia»

La novelista madrileña Sara Cordón migró a Nueva York en 2012 huyendo de la precariedad laboral española. Quería ser escritora y ganarse la vida en algo relacionado con el mundo literario; sin embargo, su día a día aquí era una sucesión de trabajos que estaban poco o nada relacionados con la literatura. Y cuando lo estaban, estaban mal remunerados. Fue telepizzera, vendedora de palomitas en el cine, correctora, recepcionista en una escuela de escritura creativa, vendedora de libros en Fnac, profesora de niños con altas capacidades, chica para todo en un McDonald’s, promotora de productos en supermercados, vendedora de helados y algunos oficios más que no detalla por no abrumar.

De hecho, publicó unas biografías sobre personajes célebres, como Cleopatra y Marco Polo, para la editorial infantil El Rompecabezas. A día de hoy, ni ella ni otros autores han cobrado el dinero pactado y, como ella misma ha denunciado en Twitter, la editorial sigue lucrando con su trabajo y el de otras personas, que también fueron estafadas. En fin, un día se hartó de que todo resultara tan complicado aquí y pidió una modesta beca en una prestigiosa universidad de Nueva York para cursar un máster de dos años en escritura creativa en español. Se la concedieron y se fue. Estados Unidos le dio la oportunidad de hacer un fresh start, como dicen en las series, y ella lo aprovechó.

Seis años después, Sara Cordón sigue viviendo al otro lado del Atlántico. En este tiempo terminó su máster, abrió la editorial Chatos Inhumanos junto con unos amigos y empezó un doctorado. También se echó un novio mexicano, publicó su primera novela y encontró su lugar en el mundo como parte de la comunidad hispana y latina de Nueva York. Es decir: no le faltan ni razones ni raíces para pensar que migrar fue un acierto. Eso sí, como ella misma aclara en la novela, su caso es especial y suertudo: pudo disfrutar de la ayuda de una beca.

espanol-pulse-2El pasado mes de junio, Cordón estuvo en Madrid para presentar su primera novela, Para español, pulse 2, publicada por la editorial Caballo de Troya. Antes de que regresase a Nueva York, la entrevisté para la revista CTXT y charlamos sobre su libro, el reto de profesionalizarse como escritora, la novela como producto de mercado, el panhispanismo que caracteriza a la comunidad intelectual latina neoyorquina o la comodidad que acompaña a la subalternidad con suerte. Para Un puerto que cambia, además, conversamos sobre su experiencia migratoria.

Nueva York, ciudad en transformación

Algo que deslumbró a Cordón fue el tamaño y el alcance de la comunidad hispana y latina en Estados Unidos. Eso es algo que puede apreciarse con nitidez en su novela. «As you know en Estados Unidos los hispanos y latinos somos casi un veinte por ciento de la población. O sea, más de cincuenta millones», dice el personaje de Poncho mientras charla con unos editores españoles que sopesan si invertir o no en el mercado estadounidense. Y, en otro momento, leemos que la población hispana y latina de Nueva York asciende a 3,5 millones de personas, por lo que es la segunda en tamaño (por delante de la asiática o de la afroamericana).

Ahora bien, el asunto de la diversidad no es meramente estadístico, sino que está relacionado con transformaciones reales en la ciudad. Por alguna razón suele decirse que no hace falta saber inglés para vivir en Nueva York, ¿no? En Para español, pulse 2 leemos este fragmento muy significativo al respecto:

El español es en Nueva York el idioma de la subalternidad, pero, al mismo tiempo, el del poder más pedestre: el que se habla en las tiendas de barrio y en los restaurantes. El de la música reguetonera que se ha puesto de moda, con una estética caribeña sensual. Lo hablan los muchachos que se encargan del reparto a domicilio y las chinas de las manicuras a seis dólares que, por percibir sueldos tan bajos, han dejado de ser chinas para ser latinas.

De hecho, los personajes que más hablan en la novela —en su mayoría compañeros del máster de Sara— dan cuenta de la gran variedad de registros del español —chileno, dominicano, mexicano, colombiano, venezolano, rioplatense, etcétera— que se escuchan a diario en la llamada capital del mundo. Y no solo que se escuchan, sino que se mezclan entre sí —también con el inglés, claro— y alumbran una nueva manera de hablar nuestro idioma. Un idioma donde palabras como vaina, chévere, perrona, cheto o chupamedias forman parte del acervo común, y no son ya localismos de ningún país. Un idioma que, de algún modo, es un español más universal.

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Sara Cordón | Fotografía de Sheila Melhem.

Por eso mismo, leída en clave migratoria, la novela ofrece una lectura muy sugerente: si Nueva York se está transformando desde hace décadas con tanta intensidad y profundidad —al menos una de cada cinco personas es migrante—, ¿no parece lógico que nuestras ciudades estén cambiando de una manera similar, solo que con unos años de retraso?

La lectura de Para español, pulse 2 nos deja una certeza: somos mezcla y diversidad, y hacia eso tendemos cada vez más rápido; por tanto, en vez de replegarnos sobre nuestra identidad cultural, lo suyo es abrirnos y volvernos permeables a las identidades que nos rodean. Eso es lo que hizo al menos Sara Cordón no solo en su novela, sino en la vida cotidiana; ella se fue siendo una madrileña de toda la vida y, ahora, enriquecida por seis años de experiencia migratoria, es, como suele decirse, simplemente una ciudadana más del mundo.

—Fue todo un descubrimiento llegar a Nueva York y encontrar tantas variantes del español, ¿no?
—Sí, fue todo un descubrimiento. Cuando llegábamos a Nueva York, muchos de mis compañeros de máster y yo nunca habíamos tenido que tratar con personas que hablasen en un español diferente al nuestro. Todo el tiempo nos preguntábamos cómo se decía tal o cual palabra; así, resaca, de repente, era guayabo o cruda, o un montón de palabras diferentes. Lo que hacíamos era que la palabra que escuchábamos más veces todos la empezábamos a decir. Empezamos todos a hablar todos un poco raro.

—¿Le ha cambiado el acento?
—Hay gente que dice que sí. El otro día me preguntaron si era gallega y, hace poco, una chica me dijo que si era colombiana… No creo que me haya cambiado tanto; de lo que sí me he dado cuenta es que, a veces, como a mi alrededor tengo un montón de personas de diferentes países de Latinoamérica, uso sin darme cuenta expresiones que no utilizaría en España. Aquí intento no hacerlo, pero cada tanto se me escapa alguna; y a unas personas les parece que me hago la guay y a otras, que hablo así por culpa del inglés… De hecho, Mercedes Cebrián [la editora de Caballo de Troya], me ha tenido que corregir cosas en la novela que no se dicen así en España. Me refiero a la voz del narrador, la de Sara, que habla un español de España que pretende ser neutro, aunque ya sabes que eso de la neutralidad es un invento.

—En la novela leemos esta reflexión sobre las migraciones: «Cuando se emigra resulta indispensable adoptar una noción más amplia del concepto de familia». Hábleme de esto.
—Sara es un personaje huérfano. Siempre hay dudas con respecto a qué personajes de su familia han muerto y cuáles no, pero eso da igual. Está huérfana en su propio país, pero fuera de él es más huérfana todavía. Por eso fuera tiene estos recuerdos de sus familiares muertos. De hecho, aunque sus compañeros le piden que escriba sobre la crisis económica, su relación con España se establece a través de su orfandad, de su familia perdida. La familia es lo que tiende a anclarte; es la raíz. De repente, te das cuenta de que puedes echar raíces de otra forma.

—¿Y cómo son esas raíces?
—En mi caso, muy agradables, la verdad; muy reconfortantes. Me siento ahora como un árbol grande, de esos que crecen en el agua, como un manglar con una raíz intrincada que va de España a Estados Unidos. Eso sí, esa raíz americana no se estableció tanto en el país como en la comunidad que descubrí, que se convirtió en mi familia.

—Ahora son más que amigos, ¿no?
—Sí, porque cuando nos pasa cualquier cosa —cosas que aquí te resuelve tu familia, como cuando te pones enfermo—, allí estamos todos huérfanos; entonces nos los resolvemos. Somos una comunidad: nos destruimos y nos reparamos entre nosotros. Si un amigo está en el hospital, vamos todos porque somos su familia. Somos muy conscientes de la orfandad y de que hay que hacer un apoyo extra al que haríamos en el país de cada uno.

—¿Qué es lo que más le ha costado de emigrar?
—Como he sido una emigrante suertuda, todo me ha resultado fácil gracias a la beca que tuve. Eso sí, Nueva York es una ciudad jodida y que requiere de mucha energía.

—¿Qué le ha aportado tu experiencia migratoria?
—Uf, muchas cosas. Me ha hecho más versátil: al trato con diferentes personas, a intentar comprender circunstancias, también he aprendido a ampliar mi visión de Estados Unidos… Todo el mundo me decía: «Vas a volver a España con tu novio americano, alto, rubio, etcétera». Y resulta que mi novio es mexicano-americano, más bien bajito, gordote y moreno. El estereotipo del estadounidense no coincide con la diversidad real. He aprendido que Estados Unidos es un país muy complejo. Lo sabía a través de las películas, pero la realidad, al menos en Nueva York, tan multicultural y variopinta, es la de un país muy rico, que ofrece muchas cosas muy diferentes. Sigue habiendo una segregación y una injusticia social muy grande, por un lado; pero, por otro, todos esos seres segregados confluyen en el metro, en las calles y en determinadas zonas comunes. Por eso es difícil obviar que todos esos problemas existen.

—La novela muestra que las migraciones favorecen un cruce de clases sociales que, en el país de origen, muchas veces no se daría, o no de igual a igual. ¿Ha vivido eso en Nueva York?
—Sí, tanto por arriba como por abajo. Quizá lo que más me ha sorprendido es cruzarme en el máster con gente con tanto dinero; nunca había tenido amigos tan ricos. El dinero genera seres muy particulares. Tengo amigos que desde pequeños hicieron piano y baile, o que han viajado mucho y siempre han estado relacionados con la cultura; eso es algo que entre mis amigos españoles era muy raro. Pero también he experimentado el contraste, lo opuesto. Como trabajo en una universidad pública en el Bronx, tengo los casos de alumnos que, sin apenas recursos deben pagar unas matrículas bestiales —aunque sea una universidad pública—; por tanto, hacen su jornada completa de trabajo y luego vienen a clase. Son personas que viven situaciones muy duras. Aprender a amoldarme a las dos cosas me ha enriquecido mucho.

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—Usted es de Cuatro Caminos, donde está lo que se ha dado en llamar el «pequeño Caribe». ¿Cómo es su relación con su barrio de siempre?
—Ahora es totalmente diferente para mí; me resulta más cercano. Antes había zonas del pequeño Caribe a las que no me atrevía a acceder por la noche. A veces, lo desconocido da miedo. Ahora he conocido a mucha gente caribeña, y entiendo mejor qué pasa en el barrio. Antes tenía un prejuicio xenófobo; sin embargo, entender me ha ayudado a perder el miedo y a disfrutar del enriquecimiento de mi barrio.

—¿Ve algún tipo de paralelismo entre Nueva York y la transformación que está viviendo Madrid?
—Ojalá que sí. Recuerdo un cuento de Juan Sebastián Cárdenas, publicado en la antología Madrid con perdón, que hizo Mercedes Cebrián, donde hablaba de cómo unas chicas de familia española que iban en el metro querían parecerse a las chicas latinas. Y, en mi antiguo colegio, ahora ves mucha juventud latina. También veo que, por fin, se empiezan a reivindicar movimientos afroespañoles… Eso es enriquecimiento, y eso me alegra mucho; en España todavía hay una mirada superconservadora. El verano pasado vine con mi novio y le gritaron: «¡Quita, gorila!». Es decir: estas cosas pasan.

*

P.D.:  Sara Cordón ganó el XII Premio Cosecha Eñe de Relato. En la revista eñe, puedes leer su texto «Media beca», que forma parte de la novela Para español, pulse 2. Y si quieres saber más sobre la editorial Chatos Inhumanos, el artículo «Cuando editar es resistir», del diario argentino Página 12, cuenta muy bien sus inicios, la orientación del catálogo o su vocación mestiza respecto al lenguaje.

Entrevista Libros

Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
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Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

*

¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

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Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Entrevista Libros

Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui

En Límites y fronteras (Milenio, 2008), Saïd El Kadaoui habla de las fronteras mentales y culturales que debemos cruzar para acercarnos a los demás, pero también para dejar que los demás se acerquen a nosotros. Asimismo, reflexiona sobre la importancia de separar los fantasmas personales del intento de justificarlo todo a partir de las diferencias culturales. Si bien no vuela a la misma altura que la estupenda No (Catedral Books, 2017) —casi diez años de madurez literaria las separan—, Límites y fronteras es una lectura fresca a la par que profunda y valiente sobre esa variante de lo euroárabe que es la construcción de la identidad hispanomarroquí. A continuación, once ideas sobre lo difícil que es ser un híbrido cultural que nacen de la lectura de esta novela. Por cierto, el jueves 19 de abril Saïd y yo estaremos hablando sobre sus libros en el Aula de Cultura de Getxo (Bizkaia) a las 19 h.

por Rubén A. Arribas
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limites-y-fronteras-kadaoui-libro01 | La ciudadanía euroárabe, de 2.ª División. Hay pertenencias y pertenencias, y unas son más fáciles de armonizar que otras. En Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui deja claro que conciliar lo árabe y lo europeo es muy complicado: muchas personas perciben que son identidades opuestas sí, incluso excluyentes (quién lo diría después de haber convivido algo más de 9 siglos en este mismo territorio, ¿verdad?). De hecho, ahí estriba en gran medida el drama de la identidad hispanomarroquí: a un lado del Estrecho, se te critica por ser un mal marroquí y, a este, como mucho, alcanzas a ser un moro simpático o un marroquí al que se le elogia que no parece un marroquí. Ser euroárabe, viene a decir Kadaoui, es como jugar siempre en 2.ª División, esto es, ser un ciudadano con menos derechos que otros.

02 | Cuando ser marroquí se vuelve algo humillante. Las migraciones convierten la identidad en un laberinto de sentimientos contradictorios donde la mayoría de personas se extravían tarde o temprano. En el caso de Ismaïl —el protagonista de la novela—, eso está relacionado con que vive su condición de marroquí como algo humillante, lo cual introduce una tensión brutal en sus relaciones familiares, laborales o de amistad. Él lo vive así porque su madre y su padre perpetúan, en parte, ese estereotipo: solo hablan bien amazig, tienen un pobre bagaje intelectual y son firmes defensores de aspectos retrógrados de la tradición. En fin, existe mucha diferencia entre lo que su familia considera como normal y lo que él vive en la escuela, la calle, el trabajo, etcétera.

03 | La obsesión por la normalidad. Dos citas para ilustrar lo dicho en el apartado anterior, ambas relacionadas con la lengua y el ámbito escolar:

«Yo era un niño y mi obsesión era ser como los demás. […] quería tener unos padres normales que fueran al colegio y hablaran bien el catalán con mis maestros sin necesidad de que yo estuviera allí traduciéndoles las palabras que no entendían».

 «En cambio, otras veces la odiaba a ella [a mi madre] y a mi padre por obligarme a invertir nuestros roles. Yo quería que fueran ellos los que me explicaran qué significaba aquella palabra que no entendía, qué significaba aquella noticia que estaban dando por la tele y que me ayudaran con los deberes».

04 |El conflicto con la sociedad. La sociedad española suele asociar lo marroquí con la suciedad, la pobreza, la barbarie y el integrismo religioso, y casi nunca con imágenes positivas. Ismaïl, pese a que lleva más de 20 años viviendo aquí, choca cada tanto con el peso de ese estereotipo. Es más: siente que no lo reconocen como ciudadano catalán, español y europeo, a pesar de que él habla catalán, español y francés, tiene una educación superior a la media y ha pasado 2/3 de su vida aquí. Por tanto, al conflicto familiar hay que sumarle el social. ¿El resultado? Un proceso de fatiga emocional alimentado por ciclos de odio y amor contra todo y contra todos. De ahí a la neurosis, o al brote psicótico, como demuestra Ismaïl, el camino es corto.

05 | El conflicto con el territorio. Al no poder construir una doble pertenencia real, Ismaïl responsabiliza a los países de sus males y los utiliza como contenedores donde descargar su rabia y su frustración. Eso sí, sus sentimientos son tan contradictorios como en el plano personal: defiende «a Marruecos cuando está en España y a España cuando está en Marruecos»; entre otras razones, porque nunca sabe a ciencia cierta si sería más europeo olvidándose y renegando de Marruecos o si, por el contrario, empezarían a considerarlo mejor marroquí si odiase a Europa y atase su destino a una versión del tradicionalismo que le resulta castradora. Vive permanentemente en esa tensión. Así, y dado que la frontera entre la idealización y el desprecio es muy delgada, termina forjando asociaciones absurdas, como «marroquí-enfermo, europeo-normal». Unas asociaciones, todo sea dicho, que favorece la impermeabildad de la sociedad europea a lo árabe.

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06 | La eterna confusión de lo musulmán con lo árabe. Mientras rememora su adolescencia, Ismaïl cuenta una escena que refleja cómo la escuela perpetúa los estereotipos con la misma intensidad con que se supone que debería combatirlos. Un profesor de Ismaïl asume —sin preguntarle— que, como el chaval nació en Marruecos es musulmán y que estaría bien que sea él quien hable ante la clase sobre el islam. El profesor ni siquiera se detiene a pensar que Ismaïl vive en Barcelona desde los 7 años. La reflexión de Ismaïl, años después, ilustra la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro y pensar cómo sería la situación a la inversa:

«[Yo] No tenía ni puta idea de lo que era el islam. Mis padres me explicaron algunas cosas que no alcancé a entender porque no me interesaba y porque no estaba capacitado para entenderlo. Fui agobiado al colegio y le expliqué a aquel capullo y al resto de la clase cuatro tonterías. Después me encontré que tenía que responder a preguntas sobre el velo, la poligamia, el cerdo, el vino y la madre que los parió a todos. ¡Qué podía decir yo! ¿Acaso un niño cristiano sabe explicar la Inquisición, la Pascua, el sentido de los muñequitos en las iglesias, las hostias, la comunión, los ramos de pascua por los que yo sentía tanta curiosidad?».

07 | El síndrome de «Mi hijo, el doctor». Sabemos que cada familia es infeliz a su manera. La de Ismaïl vive presa de ciertas inercias, no tan distintas de las que han conocido muchas familias españolas cuando la primera generación de sus hijas e hijos llegó a la universidad a finales del siglo XX.  En la familia de Ismaïl, conceptos como ganarse bien la vida o ser el orgullo de la familia pesan mucho y tiene su aplicación práctica en mandatos sobre qué estudiar. Así nos lo deja ver a través de una intervención de su madre:

«Ohhh, literatura francesa. A tu padre no le va a gustar nada esto que quieres estudiar. ¿De qué te va a servir? Tu padre dice que solo te servirá para que te olvides de tu país. ¿Por que no te haces médico? Podrías trabajar también en Marruecos. Allí podrías ser muy útil y te ganarías muy bien la vida. Te convertirías en ‘mi doctor’. Tu padre no cabría en sí de contento. Siendo doctor podríamos buscarte la mejor mujer de todo Nador y haríamos una boda que sería la envidia de todos, y yo sería la madre más feliz del mundo».

08 | Ser extranjero también en Marruecos. A lo largo del libro, Ismaïl relata varios viajes familiares, en diferentes etapas de su vida, al pueblo donde nació. De ese modo, vemos cómo el conflicto de la doble pertenencia empieza en la infancia cuando la familia marroquí lo trata como si fuera una atracción de feria y cuando Ismaïl se siente más cercano a los primos que migraron a Holanda, Alemania o Francia que a los que viven en Marruecos. Además, asistimos a su proceso de maduración, que incluye contestar preguntas como «¿Te gusta España, te has olvidado de nosotros?» o lidiar con la susceptibilidad con que los demás reciben sus opiniones sobre cualquier asunto marroquí. En definitiva, Ismaïl nos descubre un aspecto duro de las migraciones familiares: la doble extranjería.

09 | El tradicionalismo como asfixia. Un elemento que vuelve muy complicado llevarse bien con su parte marroquí es la parte retrógrada que hay en el tradicionalismo. Su parte europea choca contra la noción marroquí de leyes familiares y, sobre todo, contra la implacabilidad con que rigen el destino de sus primas y primos. En particular, Ismaïl muestra lo asfixiante que le resultan la relevancia que se da a la virginidad femenina, los matrimonios concertados, la edad a la que debe casarse una mujer o la trascendencia social de la boda. De algún modo, eso le obliga a que su idea de Marruecos se debata entre dos modelos: uno, el liderado por su madre y su abuela, que consideran su deber perpetuar lo peor del tradicionalismo; otro, más moderno, encarnado por Fatema Mernissi, que se rebela contra la tradición y que busca vías para alentar la apertura cultural. En fin, decir «soy marroquí» implica también pensar sobre ese tipo de tensiones.

10 | La imposibilidad de regresar. La complejidad de ciertas migraciones conlleva que el regreso al país de origen sea casi imposible. De ahí que el reto sea construir una identidad abierta, múltiple, en permanente proceso de construcción. Ismaïl lo refleja así: «Yo ya no volvería a instalarme en Marruecos, no puedo. Hablo mejor el castellano y el catalán que el amazig y no tengo ni idea del árabe. La verdad, tampoco creo que fuera la solución de nada. Pero sí que hay algo que me preocupa. Quiero llegar a sentirme cómodo con esta doble nacionalidad». Y es que, como señala Ismaïl, la persona migrada «se siente sin propiedad porque cree que ser emigrante es alejarse irremediablemente no solo de una tierra, sino de un trocito de lo que uno es». Es decir: quienes migran no solo se alejan de su país de origen; también lo hacen de quiénes fueron en algún momento de su vida.

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11 | El ojo crítico vs. el ojo destructivo. «Cualquier crítica que asomaba en mi cabeza de Nador o Marruecos, en general, la vivía con sentimientos de traición», dice Ismaïl. Una de las grandes reflexiones que deja la lectura de Límites y fronteras es que la cultura —sea la marroquí o la española— no puede ser algo poco poroso, que obstaculiza el intercambio con lo diverso y que se atrinchera en el afán por defender unas supuestas esencias. La noción de cultura implica permeabilidad, mezcla, dinamismo; si no difícilmente puede ser cultura. Además, como señalaba Juan Goytisolo en Universos imaginarios, «Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto de las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido». Por tanto, si las culturas española y marroquí devienen en una suerte de bloques de hormigón impermeables a su influencia recíproca, solo estaremos construyendo, como sostiene Ismaïl, cárceles «de palabras, de creencias, de ideas y de automatismos». Y eso conlleva un peligro: terminar creyendo que criticar nuestra cultura es criticar nuestras raíces y poner en peligro todo lo que somos. Seamos de donde seamos.

*

P.D.: La novela abarca más temas que la identidad —la salud mental, el sexo o las relaciones personales, entre ellos— y da cabida a más personas que a Ismaïl; sin embargo, como Un puerto que cambia habla de migraciones, la lectura se ha centrado en esa arista. Si buscas información adicional, échale un vistazo a lo que cuenta Kadaoui en su blog. Además, en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, puedes leer o descargarte un fragmento del libro. Y, si te queda cuerda, puedes ver esta entrevista:


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Libros

Nawal Abaou, una historia de perseverancia y talento

Cuando hablamos con Nawal Abaou [Nador (Marruecos), 1980], corría junio de 2017 y estábamos en Ramadán, así que parte de la conversación giró sobre el ayuno. En concreto, Nawal llevaba sin comer desde las 03:40 y debía esperar hasta las diez de la noche para volver a probar bocado. Entre medias, ni agua ni zumo ni galletas. Nada de nada. Y así, 29 días seguidos. Según esta enfermera y bióloga —cuya primera entrevista se publicó en 2015—, el mes de ayuno es duro, pero merece la pena: «purifica el cuerpo y la mente».

También conversamos sobre lo complicado que resulta cumplir con este precepto religioso en Europa. En los países de mayoría musulmana, según nos explicó Nawal, durante el Ramadán los horarios de trabajo se vuelven más flexibles, las exigencias laborales disminuyen y todo el mundo está más o menos igual de decaído que tú. Además, la latitud hace más llevadero el ayuno en Marruecos o Argelia que en España, donde el sol se pone dos horas más tarde, o que en Suecia, Finlandia o Noruega, donde el ayuno puede llegar incluso a durar 20 horas.

Eso sí, el Ramadán también es un tiempo de estar en familia y de disfrutar de la comida. A la hora de la cena, según Nawal, en su mesa, no faltan los dátiles, los frutos secos, el yogur y algo dulce en la primera parte de la cena; en la segunda, es el momento del pollo asado, los filetes o los huevos fritos. La conjunción de la familia y la mesa ocupa un lugar muy significativo en la vida de Nawal, y no solo en Ramadán, como se puede leer en la historia que sigue. 

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

«Las carolinas. Cada vez que salgo, tengo que comprarme una. ¡Me encantan! Las como sí o sí, aunque esté a dieta. A veces, llamo a Bilal y le digo que me compre algo rico, y él ya sabe lo que tiene que traer». Así de rotunda y efusiva se muestra Nawal Abaou cuando le preguntas por algo que le guste mucho de aquí. La carolina, ese dulce tan típico, es la pasión de esta enfermera y bióloga marroquí que vive en Getxo desde hace siete años.

Si bien Nawal sigue siendo fiel a ciertos ingredientes de la comida de su país, como los dátiles, los frutos secos, el yogur o el pollo asado, se ha dejado conquistar por otros sabores y costumbres: reconoce que la paella es uno de sus platos favoritos, le gusta la tortilla de patata —en particular, si va rellena de algo— y le parece un gran invento lo de hacer una pausa a media mañana para tomar un café con leche y un pintxo.

Para ella, Getxo representa su hogar; sobre todo, por la diversidad y calidez de su gente. «El ambiente familiar me hace sentir cómoda: aquí cabemos todas las personas y estoy como en casa —describe—. He tenido la oportunidad de mudarme a otros sitios, y no he querido hacerlo. Mi marido y yo tenemos amigos, y nuestros vecinos nos consideran una familia más. Se nota que nos tienen cariño en cómo nos hablan o porque toman en consideración nuestras opiniones», destaca.

Para muestra, un dinosaurio: hace unos meses, Nawal encontró una bolsa colgada en el pomo de la puerta de su casa. Dentro había un dinosaurio de juguete. Cuando lo vio, pensó que alguien se había equivocado, así que le tocó el timbre a su vecina. Esta le explicó que era un regalo para sus hijos; una forma de agradecerle la cesta que ella había colocado en el portal para que les dejasen ahí la publicidad, y no en el suelo. Aunque en la comunidad llevaban tiempo pensando en hacerlo, lo habían dejado pasar. Nawal no lo sabía; simplemente compró la cesta porque le gusta cuidar el lugar donde vive.

La vida antes de Getxo

Ni las costumbres ni el idioma de aquí son demasiado extraños para Nawal. Su ciudad de nacimiento, Nador, está al lado de Melilla. Y allí, como en toda ciudad de frontera que se precie, ir y venir entre países es lo habitual. En ese entorno activo y permeable, su infancia y adolescencia fueron etapas muy felices. También lo fue su juventud, especialmente mientras estudiaba Biología y Enfermería, dos carreras que eligió por vocación y que acabó con las mejores notas.

La situación cambió poco después, cuando se casó y tuvo un hijo con la persona equivocada. Visto desde fuera, lo tenía todo: casa, coche, trabajo, estabilidad económica y una buena posición social. Puertas adentro, la historia era otra: las cosas fueron mal desde el inicio. Un día especialmente malo, cuando se quedó sola, Nawal cogió a su niño en brazos y se marchó a casa de sus padres.

Divorciarse en una sociedad como la marroquí es una tarea ardua y desgastante, más allá del nivel educativo o del poder adquisitivo familiar. Para Nawal, como para muchas mujeres, fue muy complicado, aun cuando contó con el apoyo incondicional de sus padres y de sus hermanos. Gracias a ese respaldo, logró conservar la calma en mitad de la tempestad. Pocas veces se sintió tan juzgada y expuesta a la crítica ajena como entonces.

Como mujer independiente, inteligente y formada, intentó rehacer su vida en Nador, cerca de sus afectos y en un entorno conocido, pero le resultó imposible: «A cada paso que daba, encontraba una mayor presión social». Así, ante lo enrarecido y opresivo del clima que respiraba a diario, acudió a la embajada española, expuso su situación y pidió ayuda. La solución fue académica: dado que sus notas siempre habían sido excelentes, le concedieron una beca de estudios; gracias a ella, salió de Marruecos en 2010 con su hijo, que entonces tenía 3 años. Nunca le estuvo tan agradecida a los estudios y a la diplomacia.

Nueva vida, nuevos retos

Actualmente, Nawal es la coordinadora de un equipo de enfermería y la responsable del instrumental médico de la clínica donde trabaja. Antes debió recorrer un largo camino y aprender a sortear los obstáculos con perseverancia, humildad y talento. El itinerario fue duro; en particular, al principio, cuando sus ahorros se esfumaron y no disponía ni de tiempo ni de dinero para convalidar sus títulos universitarios. De ahí que la única salida que encontró fuera acudir a Cáritas y limpiar casas, muchas casas.

En esa etapa, vivía al día y enlazaba limpiezas, cada una en un sitio diferente. «Cuando estaba fregando los suelos, lo hacía con lágrimas en los ojos —relata—. Y pensaba: “Toda mi vida luchando y estudiando… ¿Y voy a acabar así?”». Pero se tragaba el orgullo, las preguntas y las lágrimas y seguía adelante: tenía un hijo a su cargo y regresar a Nador no era una opción.

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Cuando pudo estabilizar mínimamente su situación económica y anímica, comenzó los largos trámites para homologar sus estudios. Una vez que, gracias a la asociación Kosmópolis, lo consiguió, empezó a trabajar como auxiliar de enfermería en una empresa de reciente creación. Las condiciones eran precarias: trabajar gratis hasta que la empresa se asentase y pudiese contratarla.

Desesperada por hacer algo relacionado con lo suyo, Nawal aceptó: «Pensé: “Me da igual, voy a aguantar”». A los dos meses sin cobrar, y habiéndose comido los ahorros de nuevo, dejó la empresa y adoptó una decisión estratégica: retomar la limpieza de casas y, a la vez, pedir una beca para continuar estudiando. Además de arriesgado para su salud —debía compaginar ella sola sus roles de madre, trabajadora y estudiante—, el plan era complicado. Sin embargo, echó varias solicitudes y consiguió que la Universidad de Deusto la becase para cursar un máster en Recursos Humanos.

En efecto, conciliar vida familiar, laboral y académica fue muy estresante, pero mereció la pena. Cuando llegó el momento de las prácticas, le asignaron una conocida clínica, donde debió cubrir el puesto de la jefa de plantilla, que había tenido un accidente. La tarea era titánica, pues implicaba gestionar las compras y realizar todo tipo de trámites administrativos con farmacias, ambulatorios, hospitales, instituciones… A fuerza de orden, meticulosidad y muchas horas, logró sacar adelante el trabajo encomendado y, de paso, se ganó el respeto de sus compañeros. Por eso, cuando terminó las prácticas, la contrataron como supervisora de la parte administrativa del equipo sanitario. Se convirtió así en la primera trabajadora extranjera de la plantilla.

Por fin, una familia

La vida personal de Nawal también cambió mucho desde que vino. Hace unos años, conoció a Bilal. Él también es de Nador —aunque se conocieron aquí— y supo esperarla todo lo necesario hasta que ella se animó a darle una nueva oportunidad al amor. Bilal es como un padre para el hijo de Nawal, que ya tiene 11 años. Además, la pareja se casó, ha tenido otro hijo y está a la espera del tercero.

Nawal ha vuelto a sentirse muy arropada por su familia. Sus padres se han jubilado, así que vienen con frecuencia a visitarla y a disfrutar de sus nietos. Eso sí, vienen por poco tiempo, pues no se llevan demasiado bien con el clima húmedo y frío de Euskadi. Por suerte, su madre la acompañó en junio, en el último Ramadán, cuyo ayuno siempre es complicado de sobrellevar en países poco habituados a la religión musulmana.

A quien sí ve más seguido es a su hermano pequeño. «Estaba trabajando en París; pero, después de los atentados que hubo en la sala Bataclán y en Niza, decidió venir para estar más cerca de la familia. Ahora está trabajando en un bar de Barakaldo», cuenta Nawal, visiblemente contenta por tenerlo más cerca. Pero si hay alguien feliz de tener padre, tío y abuelos es su hijo mayor, quien padeció junto a ella todas las vicisitudes de los primeros años. «Antes sentía que estábamos solos él y yo —explica—. Ahora me dice muchas veces: “Por fin, mamá, estamos en familia”».

Segundas impresiones

NO, de Saïd El Kadaoui Moussaoui

El narrador y protagonista de esta novela es un profesor de literatura que vive a caballo entre la identidad marroquí, la catalana, la española y la europea. Nació en un pequeño pueblo de Marruecos; pero, desde los 7 años, vive en Barcelona junto con su familia, así que se ha criado, ha estudiado y trabaja aquí. Ahora tiene 40 años y vive en crisis con todo: la pareja, el sexo, la paternidad, las relaciones familiares… Admirador de escritores como Philip Roth o Hanif Kureishi, el narrador de No se inspira en ellos a la hora de reflexionar críticamente sobre la identidad de la comunidad magrebí en Europa.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

«El sexo, mi identidad marroquí, mi identidad europea, los amigos, la familia, la escritura, la literatura, la docencia, Mayte y, ahora, mi hijo». En esa frase que escribe hacia el final de la novela, el narrador de No (Catedral Books, 2017) resume cuál es el ambicioso propósito de lo que está escribiendo: construir un rompecabezas donde estén contenidas todas «las grandes piezas» de su persona, es decir, dar cuenta de ese poliedro irregular en que suele transformarse la identidad para las personas migradas. También mostrar lo difícil que resulta el ensamblaje de tantas aristas y elaborar, a partir de ellas, una historia. ¿Una historia? Sí, aquella que responda a la pregunta que pone a escribir al narrador: ¿qué significa ser un magrebí migrado que vive en Europa?

En el caso de No, narrador y autor, Saïd el Kadaoui, comparten algunas esferas: ambos son profesores de universidad, cuarentones y llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo marroquí cuando tenían 7 años, así que ambos se criaron aquí y hablan catalán. También tienen una hipoteca que pagar, son eminentemente urbanos y comparten gusto literario por Philip Roth o Hanif Kureishi. También escriben los dos. Hasta ahí, en principio, las coincidencias. La ficción parece comenzar en aquellos rasgos del personaje más acentuados: miedo a formar pareja estable o tener hijos, obsesión enfermiza por el sexo, gusto por el alcohol o cierta pedantería intelectual. En un tema tan flamígero como el identitario, digo, conviene separar lo biográfico de lo inventado.


Un estereotipo que margina lo intelectual

De entre las respuestas que da la novela a la pregunta identitaria, llama la atención una de ellas por su potencia y extensión: la intelectual. De manera insistente, No cuestiona el lugar que le asignamos a lo marroquí en el imaginario español; modales bárbaros, cultura incivilizada e integrismo religioso sería la tríada que lo resume. Es como si nadie fuera capaz de imaginar que también existe un Marruecos refinado, culto y laico (o al menos de una religiosidad moderada); un país donde hay universidades, polos culturales como Nador o Alhucemas, personas que viajan por el mundo o discursos críticos con su realidad. De algún modo, viene a decirnos Kadaoui, ponemos más empeño en fabricarnos un Marruecos a la medida de nuestro prejuicio que en conocerlo.

No-Said-PortadaComo nos recuerda la propia novela, Edward Said nos dejó en su día dos perlas al respecto. La primera es que «muy rara vez se leen artículos informativos sobre la cultura islámica». Para entender la profundidad y acierto de esa frase, basta con echar un vistazo a la lista de libros o discos más vendidos, o a la programación de los cines y de la televisión: la mayoría de los productos culturales proceden del mundo anglosajón. Una pregunta que plantea la lectura de No podría formularse así: ¿cuánto sabemos o pesan en nuestra visión de lo islámico figuras como Mohamed Arkoun, Malika Mokeddem, Fátima Mernissi o Abadalh Larou?

La segunda perla de Edward Said es que «la imagen del islam en Occidente se ha construido sobre premisas falsas, o en todo caso reduccionistas, que nos han transmitido especialistas improvisados». ¿Y quiénes son esos especialistas improvisados? En el caso de Marruecos, señala Kadaoui, muchas veces son personas sin estudios, de extracción social humilde y que ven la cultura como un elemento que separa a sus hijos del clan, de la tradición. «Si tu hijo estudia mucho, acabará abandonándote, como el mío», dice una madre en la novela; lo cual debe leerse, entre otras cosas, como una metáfora de lo asfixiante que resulta crecer en determinados hogares.

O dicho de otro modo: el discurso crítico marroquí no llega ni a los europeos ni a las familias marroquíes migradas ni a sus hijas e hijos nacidos o criados aquí. En concreto, Kadaoui alude a intelectuales como Mohammed al-Yabri, que defendía que el islam rompió con el pensamiento racional y se entregó al pensamiento mágico y a la religión ritualista. O como Mohamed Arkoun, que sostuvo ideas que animarían cualquier debate intercultural: «El reto no es encerrarnos en el islam, es salir de él, ver mundo», «La fe musulmana de hoy, dice, está vacía de contenido espiritualmente respetable» o «La modernidad ha fracasado en el islam».


La pelea contra la comunidad de origen

Quizá el gesto más valiente de No sea la ruptura que plantea con el estereotipo que ha erigido la propia comunidad marroquí migrada. Por un lado, la novela sostiene que las madres y los padres deben buscar «otros elementos de su cultura de origen para transmitir a los hijos que no sea la religión». Por otro, les pide que se abstengan de construir vínculos entre identidad y autenticidad, y que admitan que se puede ser marroquí de muchas maneras. Según Kadaoui, es mejor abrirse y bucear en las contradicciones personales que conlleva ser un híbrido cultural y construir ciudadanía que encerrarse y ahogarse en la reducida cosmovisión del clan o la tribu. El personaje de Kadaoui, desde luego, tiene clara su posición: «La identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico».

Y es que está harto de que ser un auténtico marroquí consista en reproducir un imaginario hecho de carnicerías halal, barbas, pañuelos, chilabas, mezquitas, caftanes, gandullas, ramadán y frentes moradas de tanto dar con la cabeza en la esterilla cuando se reza. Y ya puestos, agrega, de una desvencijada furgoneta Mercedes con la que regresar en vacaciones al país. Al final, reflexiona mirando a su propia familia, esa identidad termina con «los versículos del Corán colgados de la pared del salón árabe y el reloj muecín» y la televisión de casa conectada a la señal saudí para ver la peregrinación a La Meca.

No es un libro brillante y valiente que lleva el debate migratorio al terreno de la construcción de las identidades híbridas. Nos habla de algo que muchas personas —sean del país que sean, sean migrantes o formen parte de la sociedad de acogida— se resisten a aceptar: la identidad como algo dinámico o cambiante, esto es, como un proceso en el que se puede nacer marroquí y, con los años y las vivencias, transformarse en catalán, español o europeo, sin dejar de ser marroquí y, sobre todo, sin perder la posibilidad de seguir siendo todo aquello que cada persona quiera ser. En esencia, eso es lo que cuenta No. De ahí que sea un libro ideal para torpedear las fronteras mentales y reflexionar sobre la complejidad identitaria que somos.

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P.D.: aquí se puede acceder a las columnas que Kadaoui ha publicado en El Periódico. En esta tertulia en TV3 se puede escuchar al autor hablando sobre la laicidad en el mundo musulmán y afirmando que «uno de los dramas, puede ser que el más importante del islam, es el pensamiento único» (en el minuto 10:30).

P.D: en abril de 2018 publicamos una reseña sobre Límites y fronteras, la primera novela de Saïd El Kadaoui.


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