Así fue la charla con Lucía Mbomío en Getxo

 

A mediados de abril, conversé con Lucía Mbomío en la Feria del Libro de Getxo a propósito de su libro Las que se atrevieron (Sial, 2016). A pesar de que esa mañana de domingo salió un sol espléndido, tuvimos la suerte de que nos acompañaran alrededor de cuarenta personas en el auditorio de la Romo Kultur Etxea. Entre la conversación y las preguntas del público —que estuvo muy animado—, al final, charlamos unas dos horas.

Lucía Mbomío (Alcorcón, 1981) es una comunicadora estupenda —se nota que trabaja en la tele—, así que nos dio tiempo a hablar de todo. De su vocación periodística, de la importancia de la lectura en su vida, de su familia, de lo poco que sabemos sobre Guinea Ecuatorial, de su vínculo con el extrarradio madrileño o de algunas experiencias personales con el racismo. También, por supuesto, de su libro y de lo que cuenta sobre esas seis mujeres españolas que se atrevieron a casarse aquí con hombres guineanos en los años 60 y 70, es decir, en pleno franquismo. Una de ellas, por cierto, fue Sofía, su madre, una de las pocas ingenieras industriales de aquella época.

Estas seis mujeres debieron lidiar con la desaprobación, el chantaje o incluso la agresión de sus familiares, con la mirada inquisitorial ajena y con el cuchicheo constante del vecindario. «Me parecía imposible que se pudiese enamorar de un negro», dice la madre de una de ellas. Y, más adelante, agrega: «… me dolía en el alma que mi hija, la única que tenía, tuviera que significarse de esa forma. Sabía que todos hablaban de nosotros en el pueblo». Si bien esas dos frases no alcanzan para resumir un libro lleno de matices y datos, sí pueden dar una idea de lo difícil que fue todo.

Eso sí, quizá lo mejor sea escuchar a la autora leer un par de fragmentos que nos sirvieron para entender mejor de qué estábamos hablando. En este primero, María le da noticia a su padre de que está saliendo con Miguel Ángel:

Y, en este segundo fragmento, Paloma habla de los hijos que tuvo con Cecilio: José Antonio, Palomita y Edjing:

Como explicó Lucía Mbomío en la charla, si bien hemos avanzado bastante respecto de los 60 y los 70, aún nos queda mucho por delante. «La desconfianza sigue ahí», subrayó, y enumeró algunos casos recientes que conocía de primera mano. Además, conviene recordar que vivimos en un país donde muchas personas consideran aún que África es un país o que ser africano es un disfraz, y no una manera tan válida, genuina y valiosa de entender y de habitar el mundo como cualquier otra. Por eso mismo, es importante, dijo Lucía Mbomío, «luchar contra las personas que no entienden que Madrid, España, Alcorcón, también soy yo».

Relatos distorsionados (e incompletos)

Los medios de comunicación, los partidos políticos y las instituciones llevan décadas construyendo un relato distorsionado: «Nos hacen sentir recién llegados, y no somos recién llegados… Quieren hacernos pensar que somos un fenómeno reciente, y no lo somos», se quejó Lucía Mbomío. El sistema educativo tampoco ayuda: por ejemplo, ¿cuántos han estudiado en el colegio, el instituto o la universidad cómo ha sido la relación de España y Guinea Ecuatorial, la última colonia en independizarse (1968)?

Dicho de otro modo: necesitamos más voces y más relatos que expliquen la mezcla que somos. Una mezcla que viene de lejos (y no de hace unos pocos días, como argumentan algunos). De ahí que tengamos el derecho, añadió Lucía Mbomío, de sentirnos de tantos sitios o de tantas culturas como queramos:

Yo hablo en primera persona del plural según me da. Por ejemplo, ayer cené con varias personas de Guinea, y yo hablaba como una guineana más porque desde pequeña me he sentido muy guineana… Bueno, hasta que fui a vivir un año a Guinea y me di cuenta de que no lo era tanto y de que tenía un montón de cosas españolas. Por eso, a veces hablo en primera persona del plural como española; otras, con un nosotras como guineana; otras, como alguien de Alcorcón. Todas esas caras forman parte de mí. Por eso hablo del poliedro, de que somos un prisma con muchas caras. Yo soy periodista, soy mujer o activista afro, pero también soy muchas otras cosas más.

En fin, es imposible dar cuenta de todo lo que hablamos aquella mañana. Si quieres saber más, échale un vistazo a la entrevista que publiqué a finales de mayo en la revista CTXT. Contexto y acción: «No es lo mismo “tengo un amigo negro” que “mi hija está con un negro”». Allí intenté condensar algo de lo mucho que aprendimos conversando con Lucía Mbomío.

*

P. D.: gracias a Getxo Liburutegiak y a Getxo Intercultural Cities por invitarnos a la Feria del Libro y por la hospitalidad con que nos recibieron. Gracias también al Ayuntamiento por haber publicado la 2.ª edición —400 ejemplares— de Segundas impresiones. 18 reencuentros con personas migradas que hicieron de Getxo su hogar, que escribimos Laura Caorsi y yo en 2017. Y, claro, todo nuestro agradecimiento por haberlo repartido de manera gratuita en la feria y en la charla. Si alguien tiene interés en leerlo, puede descargarlo en formato digital o puede solicitarlo en papel al departamento de Interculturalidad del Ayuntamiento.

 

 

 


Biblio-errante

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Entrevista Libros

453 | Diego

La historia de Diego Chávez es similar a la de muchos jóvenes latinoamericanos que conocieron la emigración siendo niños. Unos se iban de sus países, otros veían partir a sus padres. Y otros tantos, como él, experimentaron las dos caras del proceso: despedir a quienes se iban y marcharse un tiempo después al destino elegido por los primeros. Así fue el comienzo del siglo XXI para miles de familias en América Latina, desde Ecuador y Colombia hasta Argentina y Bolivia, el país donde él nació.

Lo que diferencia a Diego de muchos otros chavales que llegaron al País Vasco en estos años es su talento deportivo y la constancia que ha tenido para entrenar hasta convertirse en un tenista profesional. A día de hoy, este joven boliviano es el campeón de Euskadi Absoluto, ha ingresado en el ranking ATP y tiene serias posibilidades de competir por la Copa Davis, formando parte del equipo de Bolivia. «Mi meta es mejorar cada día y ver hasta dónde puedo llegar», dice con una solvencia que camufla los 21 años que tiene.

Y es que, a pesar de su juventud, Diego es todo un ‘veterano’. El deporte lo cautivó desde la cuna. «Empecé a practicar tenis cuando tenía cuatro años, en Bolivia, pero iba a los partidos desde mucho antes. Mi padre era entrenador y mi madre iba a ver los partidos cuando estaba embarazada, así que desde entonces estoy ligado a este mundo», relata con simpatía. «Recuerdo que cuando mi padre iba a dar clases yo iba pegadito a él. Me encantaba acompañarlo. El tenis siempre fue algo imprescindible en mi vida, desde niño», agrega.

En 2003, cuando él tenía ocho años, su madre emigró a Euskadi. La decisión, aunque muy dura, no era algo excepcional en ese tiempo. Por el contrario, era tendencia. La madre de Diego fue una de las 15.485 mujeres bolivianas que, según los datos del INE, cruzaron el Atlántico ese año. Buscaban, en ese viaje, expandir los horizontes, las perspectivas de sus familias. «Ella vino a trabajar y, por suerte, le fue muy bien. Yo me quedé en Bolivia con mi padre, mi abuela y mis hermanos, hasta que mi madre pudo traernos a todos». Para entonces, habían pasado tres años.

Diego llegó al País Vasco en 2006 y recuerda aquello como «un cambio bastante brutal». Muchas cosas se alteraron en ese primer momento. «Por un lado, dejé a mis amigos de la infancia, la escuela de siempre, lo que conocía. Por otro, me encontré con un idioma totalmente nuevo. En el colegio, las clases se daban en euskera, así que tuve que aprender a toda velocidad, con clases de refuerzo, para poder manejarme y entender lo que me decían». No le faltaron desafíos durante el primer año, que dedicó por completo a adaptarse. «Estuve un año sin jugar al tenis, hasta que me fui acomodando. Entonces sí, volví a entrenar».

No perder la pista

Empezó en Barakaldo y poco después se pasó al Club de Tenis Fadura, donde sigue jugando hoy. Pero también aquello le planteó nuevos retos. «Yo estaba acostumbrado a jugar en tierra batida y en altura», observa. Cochabamba, su ciudad, está a 2500 metros sobre el nivel del mar. «Aquí tuve que aprender a jugar en pista dura y a comprender el sistema de entrenamiento, que también era distinto. Por suerte, me hice muy amigo de mi entrenador y poco a poco fui mejorando. Este año empecé a dedicarme al tenis de manera profesional».

Diego es cauto y se plantea objetivos realistas, aunque no por ello poco ambiciosos. «De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo. Sé que no es fácil, pero también creo que con dedicación y sacrificio se pueden hacer muchas cosas. Puedes tener aptitudes o talento, pero la disciplina y el esfuerzo son lo que marcan la diferencia», opina el joven tenista, que tiene como referencia deportiva a Rafa Nadal. «Siempre me ha gustado por su carácter, por la capacidad de luchar cada punto y por la fortaleza mental. También me gusta Andy Murray; está hecho un atleta. Pero Nadal es impresionante».

Cuando le preguntan por su mejor partido, el que más disfrutó, Diego responde sin dudar. «Fue hace dos años, cuando conseguí mi primer punto ATP. El partido duró cuatro horas, se definió en el tercer set. Iba 5 a 1, abajo, y conseguí remontar. Gané en el tie break y me metí en el ranking ATP. Fue increíble», recuerda. Momentos así ponen en valor el sacrificio de sus padres, que muchas veces lo acompañan y alientan en los partidos, aunque no en todos. «Cuando juego fuera de España, viajo solo y me apaño como puedo para controlar un poco los gastos. Cuando juego aquí, sí, mi familia y mis amigos están presentes. Ese apoyo suma mucho y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellos

445 | Mahjoub

Mahjoub Elaadrassi quería estudiar. Soñaba con ser periodista. Cuando pensaba en el futuro se imaginaba en la universidad, pero el Sahara, donde nació, no tiene pasillos con aulas. «Muchos emigran para trabajar, para buscarse la vida en lo que sea. Yo me fui porque quería estudiar. La posibilidad de aprender no debería tener fronteras», dice. Y, mientras lo dice, recuerda todas las fronteras que cruzó, que fueron muchas. Probablemente demasiadas.

Basta preguntarle cómo fue que llegó a Euskadi para empezar a hacerse una idea del periplo. «¡Buaaa…! ¿Cómo hago para resumirte diez años y catorce países?», suelta Mahjoub con espontaneidad. Hace una pausa –para tomar aire, más que para pensar– y lo intenta: «En 2007 salí del norte de Marruecos a Turquía. Allí estuve dos meses, hasta cruzar a Grecia. En Grecia viví cinco años y medio, hasta que llegó la crisis. Entonces recorrí el camino que hoy están haciendo los sirios: Macedonia, Serbia, Kosovo, de vuelta a Serbia, Hungría, Austria, Italia, Francia, Bélgica, Alemania… Hasta que llegué aquí, en junio de 2014».

Hace otra pausa y prosigue. «Mis amigos me preguntan por qué he dado toda esa vuelta para venir hasta aquí, que está tan cerca de mi punto de partida, y yo siempre les contesto lo mismo. Nadie sabe a dónde va ni cómo será el camino. Antes de salir, no puedes imaginar que estarás diez años dando vueltas por el mundo, ni que pasarás por tantos sitios o que la ruta será tan dura. Porque la ruta es tremenda, ¿eh? Es peligrosa y lo pasas mal. Lo peor del viaje es el sufrimiento», asegura y se queda en silencio. Esta pausa es distinta de las otras.

Cuando ve por la televisión imágenes de los refugiados sirios, Mahjoub revive su viaje. «Reconozco muchos sitios, yo también estuve ahí». La diferencia es que «ahora hay cámaras y antes no las había. No encontrabas fotógrafos ni periodistas». No había «testigos» en ciertos tramos del viaje y la cantidad de viajeros era menor, por tanto «estábamos más solos y éramos más vulnerables, si cabe».

«A partir de Macedonia, la ruta es muy mala. Cuando cruzamos a Serbia, nos detuvieron y nos arrestaron por entrar al país de manera ilegal. Estuve preso veinte días que me parecieron veinte años porque lo que pasa allí dentro no es normal. En esa etapa, pasé casi tres meses sin poder llamar a mi familia. Fue muy duro para ellos no saber qué había sido de mí», dice. Ni los padres de Mahjoub ni sus hermanos conocen los detalles de la travesía. «No puedes contarle todo el daño que sufriste a tu madre. ¿De qué sirve ahondar en eso? ¿Qué ganas? Mejor pensar que ya lo has pasado y punto».

Las lecciones del camino

A pesar de los sinsabores, asegura que no se arrepiente de nada. Por el contrario, lo considera como una experiencia que le ha dejado valiosas lecciones. De Grecia, donde vivió cinco años, conserva buenos recuerdos y grandes afectos. «Vivía en un pueblo pequeñito de Creta. Trabajaba en un almacén de bebidas y repartía la mercadería en una moto muy antigua, de esas de tres ruedas. La gente me conocía. Si no estaban en casa, me dejaban la llave para que les llevara las cosas. Fue una época muy buena».

Del viaje, rescata a la gente. «Conoces a miles de personas diferentes, con distintas culturas, con distintas ideas. Eso te cambia, te hace crecer», dice Mahjoub, que tiene 32 años pero se siente «mucho más viejo». También conserva enseñanzas: «Aprendí que no hay nada más importante que la salud, nada más valioso que la libertad, que es mejor permanecer en un sitio donde te sientas seguro y vivir en un lugar donde la gente sea amable contigo y con los demás. Si encuentras un sitio así, podrás empezar tu camino poco a poco».

Su descripción se ajusta a los cretenses, pero también se ciñe a los vascos. «Aquí la gente ha sido muy atenta conmigo. He podido tramitar mi documentación; soy apátrida. He podido empezar a estudiar. Estoy en la EPA, hice un curso de electricidad con Lanbide y estoy aprendiendo castellano con dos voluntarios de la Fundación Harribide, un señor mayor y un chaval. La gente de la fundación y de la parroquia de San Antonio me ayudó muchísimo, sobre todo al principio. Ahora intento ayudar yo. En Getxo, donde vivo, participo en todo lo que puedo. Allí se hacen muchas cosas para crear espacios de encuentro. Y sigo con mi meta –añade–. Yo quiero estudiar y aprender. Todavía debo mejorar mucho en gramática, pero quizás pueda ser periodista. Me siento vivo cuando escribo y tengo mucho para contar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
África Ellos

419 | Juan Carlos

“Hay que decirle sí a la vida, a sentirse bien, a desconectar, a disfrutar del cuerpo, a la alegría. Es importante compartir experiencias con los demás, conocer a otras personas, reír mucho. ¿Qué sentido tiene estar vivos, si no?” La reflexión pertenece al cubano Juan Carlos Cano, un bailarín profesional y director artístico de espectáculos musicales que llegó al País Vasco en 1999 y que desde entonces se gana la vida dando clases de baile. Su academia, Getxo Salsa, “es la primera academia de danza cubana de todo Euskadi”, cuenta orgulloso, aunque para él es mucho más que eso. “Casi te diría que es una especie de club social, una gran familia”.

“Realmente, lo siento así -continúa-. Cuando atraviesas esta puerta, es como si entraras a Cuba. Y aquí pasan cosas muy bonitas. Hay personas de todas las edades, jóvenes y mayores, y de distintas clases sociales, pero eso no es un problema, al contrario. La gente se mezcla y las diferencias se esfuman. A lo largo de estos dieciséis años, unos alumnos siguen y otros dejan, unos llegan y otros se van, pero todos vuelven. Eso es muy gratificante. El otro día me enteré de que soy el extranjero con más tiempo de permanencia ininterrumpida con un negocio abierto en Getxo. Puede parecer una tontería, pero para mí es algo muy importante”. Y lo es; sobre todo, si se consideran los inicios.

La llegada de Juan Carlos a Euskadi fue impulsiva y atípica. Llevaba tiempo fuera de Cuba y estaba viviendo en Madrid cuando conoció a un matrimonio mixto, una pareja vascocubana, que residía en Vizcaya. “Entablamos amistad y un día me invitaron a pasar un fin de semana con ellos en su casa”, recuerda. Lo siguiente fue un flechazo, al mejor estilo de Cupido. “Cuando entré al País Vasco y vi en verdor, la vegetación, las montañas y el mar, me enamoré. Yo soy isleño, siempre había vivido cerca del mar, y Madrid me resultaba demasiado seco, demasiado árido. El aire de Euskadi era limpio y fresco. Me encantó”.

Tal fue su sorpresa que, después de ese fin de semana, mientras volvía a Madrid, solo pensaba en mudarse. Y lo hizo tres días después. “Al miércoles siguiente contraté un camión de mudanzas, metí allí todas mis cosas, cogí mi coche y me vine conduciendo hasta aquí, con el camión detrás”. Confiesa que lo único que le importaba era encontrar un sitio que estuviera cerca del mar, donde pudiera disfrutar de la naturaleza. Así fue como llegó a Barrika. “Me dijeron que tenía costa y fui. Estacioné frente a una inmobiliaria y pregunté por un piso para alquilar. La chica se sorprendió al ver el camión con los muebles. Me preguntó si me habían echado de mi casa”, recuerda con humor.

Los primeros pasos

Juan Carlos no conocía nada de la zona, excepto lo que había visto el fin de semana anterior. Tampoco sabía cómo sería su vida a partir de ese momento. Lo único que tenía claro era que había tomado la decisión correcta. “Hay momentos en los que te preguntas qué estás haciendo con tu vida, qué cosas están mal, cómo te gustaría que fueran. A mí me sucedió ese año. Decidí empezar por compartir lo que sabía: bailar. Fui hasta un bar que estaba junto al Ayuntamiento de Sopelana, me presenté y le dije al dueño que quería dar clases de baile allí. El hombre se quedó un poco descolocado, pero aceptó. Hice unos cuantos cartelitos a mano, los escribí con un boli y los repartí. El primer día tenía veinte personas esperando”.

Comenzó dando clases en distintos lugares, hasta que creó la clientela suficiente como para abrir algo por su cuenta. De esa manera nació Getxo Salsa, un proyecto al que Juan Carlos le dedica todos los días de su vida. “Lo que empezó como un modo de supervivencia, acabó transformándose en mi proyecto vital. Trabajo todos los días, doy entre siete y nueve clases diarias, y también he incorporado la expresión corporal como una terapia de salud y bienestar. No soy médico, pero prestarle atención al cuerpo es súper importante para sentirse bien. Mente sana, cuerpo sano”, resume.

“La verdad, soy muy feliz en el País Vasco. Mis alumnos son como mi familia y lo que hago me da tanta vida que solo puedo estar agradecido. Aquí tengo libertad para crear y he conocido a mucha gente majísima. Además, los vascos son geniales cuando bailan, tienen tremenda soltura. Es estos años hemos hecho varias caravanas salseras a otras comunidades. Hemos ido a Salamanca, a Medina de Pomar, a Madrid… Ahí nos pusimos a bailar en la Puerta del Sol y la gente nos echaba monedas -cuenta divertido-. También viajamos en grupo a Cuba, cada dos años, para conocer el país, su cultura y su música. Un día fuimos al cabaret Parisien y hubo una competición de baile. ¡Había que ver a mis alumnos allí! Cuando llegaron los vascos al Parisien, el resto tuvo que recogerse”.

2016 América Central Ellos

416 | Carmina

Compromiso social. Interés por los otros. Una visión colectiva. Con estas tres expresiones podría perfilarse uno de los rasgos más sobresalientes de Carmina Rosillo, una mujer que tiene muy claro que tejer redes y relacionarse con los demás es vital, y que las soluciones a los grandes problemas se encuentran mejor en equipo. “La importancia de los afectos, de los grupos y la compañía de otras personas es una de las cosas que aprendes cuando cambias de país, cuando emigras y estás solo, pero también cuando pasan los años, tienes hijos y te planteas qué clase de sociedad les vas a legar”, reflexiona.

Maestra de profesión, al igual que su marido, Carmina emigró de Ecuador hace dieciocho años. “Estábamos recién casados, yo tenía veinte años, y nuestra hija mayor era muy pequeñita -recuerda-. En ese momento, la economía de mi país estaba mal; todo el mundo se iba. La emigración estaba presente en casi todas las conversaciones. ‘Qué bien está España’, ‘uno puede prosperar allá’… Ese tipo de frases se oía con mucha frecuencia, era lo típico. Mi esposo y yo decidimos probar suerte y venir también. Nos lo planteamos como un proyecto a cinco años”, dice ahora con una sonrisa, consciente de que ese tipo de horizontes se expanden.

“Cuando llegas aquí te das cuenta de que la realidad es otra, más dura de lo que creías. No es tan fácil situarte, entender cómo funcionan las cosas o encontrar trabajo”. Carmina y su esposo, que vinieron inicialmente a Madrid, tardaron casi un mes en conseguir algo. “Luego, un amigo nuestro nos dijo que teníamos una posibilidad de trabajar en Bilbao. Dijimos que sí enseguida. Claro, resulta que en Madrid hay una estación de metro que se llama así, ‘Bilbao’, y nosotros pensamos que el empleo sería por esa zona, pero no. La oferta era en el País Vasco”, relata divertida.

Carmina explica que el empleo era para su esposo, Camilo. “Era una casa ubicada en la zona de Punta Galea. Necesitaban un chófer, alguien que les mantuviera el jardín… El trabajo era para él. Sin embargo, me gustaría decir que esa familia se portó muy bien con nosotros. Nos permitió vivir a los dos allí, aunque yo trabajara fuera. Nos hicieron todos los papeles y nos facilitaron las cosas para que pudiéramos traer a nuestra hija. Fueron excepcionales”, remarca ella, que desde entonces se dedica a la limpieza de casas por horas. “Hace muchos años que estoy con las mismas familias; muy contenta, además. Valoro mucho el trato personal que tienen conmigo”.

En 2004, la pareja decidió comprar un piso y quedarse. “Es verdad que nunca ejercimos aquí nuestra profesión y que, con el paso de los años, te das cuenta de todo lo que podrías haber hecho y no hiciste, desde traer los títulos hasta estudiar otra cosa, o montar un negocio propio. Pero también es cierto que el País Vasco es el lugar que nos permitió estabilizarnos, aun dedicándonos a otros oficios, como la limpieza. La tranquilidad, la seguridad, el nivel de estudios al que han tenido acceso nuestra hija mayor y el pequeño, que nació aquí hace diez años, no tienen punto de comparación con lo que les podríamos haber ofrecido en Ecuador”, expone.

“Por otro lado, la experiencia humana aquí ha sido buenísima. Todo el mundo nos ha tratado de igual a igual, no hemos sentido rechazo ni discriminación. Al contrario, un aspecto que me parece muy interesante es que las diferencias en el poder adquisitivo no se trasladan a las relaciones personales. La parte negativa es que el coste que pagas por ello es muy alto: pierdes a tu familia, el vínculo estrecho con ellos, la relación cotidiana. Nuestros hijos se han criado sin abuelos, primos o tíos. Hoy quizás no perciban la importancia de ello. Más adelante, cuando su padre y yo ya no estemos, sí”.

En este punto, Carmina ensalza la importancia de la amistad y del trabajo asociativo. Dos razones por las que ha empezado a participar en el Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi, que son muchos. “Hay más de cien personas afectadas y eso que nosotros sepamos. Mi caso, en concreto, es liviano comparado con el de otros: pago un tipo de interés llamado IRPH, más elevado que el Euribor. Pero hay personas que lo están pasando francamente mal, que viven dramas y que están desprotegidas. Hablamos de gente que vino aquí con expectativas y que se marcha sin nada y con deudas. Es muy grave, muy triste, y es preciso implicarse. Toda la sociedad, todas las personas deberían interesarse por los problemas de los demás. Quizás tú no tengas dificultades para pagar la hipoteca, pero ¿y tus hijos? ¿Y tus amigos? La sociedad se mejora entre todos, más allá de dónde vengamos o de los recursos que tengamos a nivel individual”.

El Servicio de Asesoría Gratuita para Ecuatorianos Afectados por las Hipotecas en Euskadi atiende todos los jueves de 16:00 a 20:00 horas en la esquina de las calles Bailén y Gral. Castillo, en el local de Libros en Movimiento de la Asociación Norai. El teléfono de contacto es: 637.601.736.
2016 América del Sur Ellas

410 | Paola & Viviana

La historia de Paola Soto y de su cuñada, Viviana Zuleta, está marcada por el cambio, las renuncias y el esfuerzo sostenido. También por el trabajo colectivo: su proyecto migratorio fue un proyecto familiar. “Hicimos todo poco a poco y vivimos muchas despedidas -dice-. El camino fue difícil porque hubo muchas separaciones, aunque valió la pena. Lo mejor que pudimos hacer fue venir al País Vasco y criar a nuestros hijos aquí”, evalúa Paola, que mira el recorrido con perspectiva de madre, de mujer y de persona emprendedora.

“Esto empezó en 2001 -relata-. Vivíamos en Colombia, en Medellín, y veíamos que la situación general era muy mala. No había mucho trabajo, la economía iba mal. Mi marido y yo teníamos un hijo pequeño y otro en camino, así que nos planteamos marcharnos del país”. El primero en irse fue él, que tenía un familiar en Albacete. “Era una tía suya, que vivía en un pueblito. Como era el único contacto, la única referencia, ese fue su primer destino”, explica. Para ese entonces, el bebé de ambos había nacido y tenía apenas tres meses.

Su tía lo recibió muy bien y lo ayudó en todo cuanto pudo, pero el pueblo era realmente pequeño y allí no había posibilidad de trabajar. “Pensó en regresar a Colombia, pero mi suegra tenía una amiga en Bilbao; habló con ella y le explicó la situación. Así fue como mi esposo llegó a Euskadi, donde sí encontró la posibilidad de trabajar. Es carpintero y consiguió empleo en poco tiempo. A los tres meses de haber venido, tenía lo básico para empezar y me dijo que viniera. Llegué yo y, lo mismo, enseguida empecé a trabajar”.

Eran tiempos de bonanza económica, pero “nadie te regalaba nada”. Para Paola, el precio de ese inicio fue separarse de sus hijos -a los que pudo traer unos meses después- y asumir que venía “a trabajar de lo que hubiera. Y lo que había -continúa- era ponerse a limpiar”. Trabajó para empresas de limpieza y en casas de particulares, algo bastante alejado de lo que alguna vez imaginó cuando estudiaba en la universidad para ser auditora empresarial. Sin embargo, ella misma destaca que ese trabajo le permitió asentarse aquí y forjar lo que no pudo construir en su país: una estabilidad familiar junto a su esposo y sus hijos.

“Mi cuñada vivió lo mismo, aunque con una separación más larga -prosigue-. Su esposo también es carpintero y vino con trabajo, aunque pasaron cinco años hasta que ella pudo viajar, y otros dos hasta que trajo a los niños”. Entonces cambió todo, para mejor. “No se puede comparar estar lejos y solo a estar con tu familia. Aunque el entorno sea nuevo o estés recién empezando, tienes más fuerza y más apoyo. En nuestro caso fue clarísimo. En cuanto llegó Viviana, empezamos a pensar en cómo hacer algo juntas”, explica.

Quemar las naves

Esa voluntad se materializó en un negocio propio; un proyecto que requirió de mucha determinación y no pocos sacrificios. Ponerlo en marcha implicó apostarlo todo al País Vasco. “Viviana es manicura. Cuando llegó aquí, empezó a trabajar de lo suyo, como empleada, pero le pasaba un poco como a mí: hacíamos muchas horas para sacar un sueldito. Teníamos que hacer algo para mejorar esa situación”, dice Paola, antes de contar la segunda gran decisión migratoria: “Mi esposo y yo vendimos una casa que teníamos en Colombia, así que contábamos con algunos ahorros. No era suficiente para comprar una vivienda aquí, pero sí para emprender”. Decidieron quemar sus naves.

“Abrimos un salón de manicura y pedicura. Mi cuñada tenía el oficio, yo sabía de administración empresarial, y nuestros maridos, como son carpinteros, nos hicieron todo el local. Fue un proyecto familiar en el que todos nos implicamos, hasta mi hijo mayor, que nos hizo la parte gráfica, desde el cartel hasta las tarjetas de visita”, cuenta Paola, y añade que este mes celebran su tercer aniversario.

“Desde un principio nos planteamos que cualquier persona que pase por esta puerta tiene que sentirse bien, sentirse especial. Y esa filosofía nos ha funcionado, tanto para el negocio, como para nosotras, a nivel humano. Venimos contentas a trabajar, y eso que pasamos aquí todo el día. Y las personas regresan, se sienten bien. Desde mi punto de vista, eso es lo más importante: la satisfacción. Cuando uno hace algo que le gusta, se nota. Y creo que si te esfuerzas, si realmente crees en algo, lo puedes conseguir, las cosas resultan. Tal vez pudiera parecer una locura emprender algo hace tres años, pero aquí seguimos y hemos podido contratar a otra persona”, concluye Paola.

2016 América del Sur Ellas