409 | Darling

Darling Tuchani siempre quiso ser independiente. Desde que vivía en Bolivia y decidió estudiar en la universidad, siempre tuvo claro que iba a valerse por sus propios medios. “Yo no quería pedir nada a nadie, ni quedarme en casa de mis padres, ni convertirme en una carga para ellos”, asegura. Obtener la licenciatura en Derecho fue un camino laborioso; el entorno no era sencillo y le exigió grandes esfuerzos. Pero toparse con el mercado laboral y darse cuenta de que no había sitio para ella fue un obstáculo demasiado grande.

“No había ofertas de trabajo y yo no tenía los recursos económicos para montar mi propio despacho. Por otro lado, tenía una amiga viviendo aquí. Éramos compañeras desde la escuela y, cada tanto, me llamaba y hablábamos mucho. Hacía años que ella había emigrado y estaba contenta en Euskadi. Cuando le conté lo que me pasaba, me animó a venir también”. Aquella época -2004- era un momento de prosperidad. “Venir a España estaba de moda en Bolivia”, recuerda Darling, que tampoco olvida el planteamiento de su amiga: “Vienes, trabajas un año, ahorras dinero y vuelves. Así podrás comprar los ordenadores, alquilar un lugar y montar tu bufete”, le dijo.

La ‘moda’ de venir a Europa se hacía palpable en las agencias de viajes, donde no solo se vendían los billetes de avión o se financiaba su coste, sino que se ofrecían todo tipo de consejos y facilidades para un público que, en su mayoría, nunca había viajado y venía a trabajar. Darling lo describe muy bien cuando recuerda su experiencia. “En la agencia te preguntaban a qué ciudad ibas a ir, luego te informaban sobre los cuatro o cinco sitios de interés que cualquier turista debería conocer. Te explicaban que, cuando estuvieras en la cola de migraciones, no tenías que hablar con nadie; que si te dejaban pasar, debías seguir tu camino sin mirar atrás”.

También les hacían recomendaciones estéticas. La principal: ir bien vestido. “Demasiado vago el concepto”, observa Darling ahora, que se ríe de sí misma y de su poco acertada decisión de volar con zapatos de tacón tantas horas. “Me vestí lo mejor que pude; me puse esos zapatos… y me arrepentí, claro, porque me costó mucho calzarme y caminar cuando aterrizamos”, cuenta divertida. Así y todo, con los pies doloridos y “los nervios de punta” hizo la cola en migraciones, pasó y no miró atrás. Todo lo que importaba lo tenía delante: trabajar duro, ahorrar y volver.

Cambio de planes

Le pasó como a muchos: lo que iba a ser “solo un año” se prolongó. “Conseguí trabajo casi enseguida, primero cuidando niños, después acompañando a una señora mayor. Trabajaba como interna y era un régimen muy exigente y muy duro, pero me permitía reducir al máximo mis gastos. El problema es que todo lo que gané durante el primer año lo destiné exclusivamente a pagar mi billete de avión, porque para viajar pedí dinero prestado. También mandé algo para cubrir algunos gastos de mis padres y ayudarlos, así que cuando se cumplió el primer año y mi madre me preguntó si iba a volver, tuve que decirle ‘aún no’”.

Hace once años que Darling llegó al País Vasco. Ha pasado mucho tiempo desde que experimentó su primer invierno en febrero, desde que vio la nieve, desde que conoció el mar. Todavía recuerda la sensación de frío en los huesos, los patios y calles helados, el sabor de la sal. “Bolivia no tiene mar. Solo lo conocía por fotos, por la tele, por los cuentos. Me habían dicho que el agua era salada y yo la quise probar”, dice Darling, que lloró mucho en Sopelana, de emoción y de añoranza. “Me impresionaba todo lo que veía, la naturaleza, las carreteras, el metro… Parecía una campesinita en Nueva York. Estaba llena de asombro, pero al principio solo pensaba en volver”.

Sin embargo, se quedó. “Me fui quedando”, conjuga ella. Primero, para cumplir su objetivo de ahorrar. Después, para regularizar su situación. Más tarde, para tramitar su nacionalidad. Finalmente, porque se enamoró. “La vida cambia mucho -reconoce-. Y uno también va cambiando. Poco a poco empecé a conseguir otros trabajos, en una panadería, en un Garbigune… Actualmente trabajo en una tienda de ropa, como dependienta”.

El sueño de ejercer su profesión no está aparcado. Por el contrario, Darling compagina su trabajo con sus estudios. Está en pleno proceso de homologación de su título. “Tengo que dar examen de diez asignaturas y es complicado, porque son todas de Derecho puro y duro. Lo bueno es que encontré una asociación, Kosmópolis, que apoya mucho en este tipo de procesos, y que mi pareja y su familia también me alientan a seguir. Mi suegro, de hecho, estudia conmigo. Yo creo que se lo ha tomado como un reto personal. Realmente, he tenido mucha suerte”.

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408 | Viviana

Viviana Cauna lo tiene claro: “Cuando trabajas en lo que te gusta, se nota. El tiempo que empleas, la dedicación y el nivel de minuciosidad son mucho mayores. Es fácil darte cuenta cuando alguien hace aquello que realmente le apasiona porque esa entrega marca la diferencia”, sostiene. En su caso, es una dulce vocación: la pastelería y la repostería, un oficio al que se dedicaba en Uruguay antes de emigrar, que mantuvo aparcado durante años cuando vino al País Vasco con su esposo y que ahora ha vuelto a retomar aquí con tanto esfuerzo como ilusión.

“La pastelería es una ciencia exacta. Hay que pesar, medir, tamizar, controlar tiempos… y ceñirse a todos esos parámetros sin quedarse corto ni pasarse. Quizá el único elemento que no se puede calcular es el mimo con el que uno hace las cosas. Y es curioso, porque seguramente sea el ingrediente más importante de todos”. Con estas palabras, Viviana describe su trabajo cotidiano, un oficio que aprendió hace muchos años, cuando vivía en Mercedes, un pequeño pueblo de Uruguay.

“Mi pueblo tiene unos cuarenta mil habitantes, es chiquito, aunque contábamos con todo lo necesario. Cuando vivíamos allí, mi esposo y yo teníamos una panadería, un obrador propio y nos iba muy bien. Hubo un momento en el que éramos trece personas trabajando -dice para cuantificar el negocio-. Pero en 2002, justo después de la crisis de Argentina y del famoso ‘corralito’, todo se desmoronó. Redujimos la plantilla hasta quedar en la mitad. Poco después, abrió un supermercado muy grande justo enfrente de nuestro local. Vendía el típico pan congelado a bajo precio, no podíamos competir. Ese año bajamos la persiana. Al año siguiente, nos fuimos del país”.

El relato de Viviana se asemeja bastante al de muchas personas de aquí -jóvenes, sobre todo-, que han tenido que cerrar sus comercios, que se han quedado en el paro o que han decidido marcharse. “Es duro. Siempre que recuerdo esa etapa siento tristeza. Cambiar de lugar, dejar tus cosas y decirle adiós a tus afectos es muy difícil, pero la incertidumbre es lo peor. Uno se va sin saber con qué se va a encontrar, cómo serán las cosas en la otra punta del mundo. Y te vas con lo puesto y poco más. En nuestro caso, al menos fue así. Trajimos muy pocos ahorros y las manos en los bolsillos”.

Eligieron Euskadi porque Gustavo, su marido, tenía un buen amigo aquí. “Su amigo es hijo de vascos que, en su día, emigraron a Uruguay, aunque hace años que regresaron a Algorta. Siempre siguieron en contacto y cuando supo que lo estábamos pasando mal con el negocio, le animó a que viniera”. Y Gustavo vino. Primero él, que consiguió trabajo a los pocos días en un bar, preparando pintxos. Después llegó ella con los niños. “Teníamos dos hijos pequeños. Hoy tienen 16 y 18 años, pero en ese momento eran chiquitines. Para nosotros fue difícil pero para ellos eso fue una ventaja, porque en el cole se integraron enseguida”, indica.

Óxido, polvo y proyectos

El marido de Viviana trabajó durante años en el bar. Y ella, que trajo en su maleta el libro de recetas de la panadería y sus herramientas de trabajo, como las cortadoras de pastas o las boquillas de decoración, vio cómo algunos de estos utensilios se oxidaban por la falta de uso. Pasó años sin tocarlos, trabajando en otras cosas. “Empecé igual que mucha gente, limpiando casas y portales, hasta que conseguí empleo como camarera. Allí, detrás de la barra, hice grandes amigos. Mis compañeros de trabajo fueron siempre un gran apoyo para mí. Al principio, como digo, es muy difícil. El cambio de cultura se nota. Estábamos muy solos. Nos teníamos a nosotros mismos. Y las personas, hasta que te conocen, te esquivan”, relata.

Los compañeros de trabajo “y las mamás y los papás del cole” fueron los primeros vínculos afectivos de Viviana y su familia. Se afianzaron, se estabilizaron, tuvieron un tercer hijo… Y llegó la crisis. “Mi marido se quedó sin trabajo con 50 años. Mi sueldo no alcanzaba para mantener a toda la familia. Así que nos pusimos a pensar ‘cómo salimos de esta’, ‘qué sabemos hacer’. Volver no era una opción, ni por nosotros ni por nuestros hijos. Así que decidimos lanzarnos y abrir nuestra pastelería”, cuenta ella de manera resumida, ya que “fue muy complicado, desde encontrar el sitio, hasta hacer la obra u obtener un microcrédito en el banco. Menos mal -matiza- que nos acercamos al ayuntamiento y contamos con el apoyo de Getxolan, que ayuda mucho a los emprendedores”, dice agradecida.

“Así y todo, fue difícil. Incluso tuvimos que mejorar nuestro libro de recetas, aprender a hacer cosas típicas de aquí, probar qué cosas funcionaban y cuáles no, y adaptar nuestras preparaciones para el público local. Los vascos son muy sibaritas, saben comer bien y les gusta la buena comida. Tienen un nivel de exigencia muy alto”, observa Viviana. “Pero eso no nos intimidó. Incluso hemos conseguido poner de moda cosas muy nuestras, como los alfajores de maicena con dulce de leche”, cuenta orgullosa. “Poco a poco nos hemos hecho un lugar. Desde luego, hay un montón de niños en el barrio que están contentos de tenernos por aquí”, concluye con una sonrisa.

2016 América del Sur Ellas

403 | Lyudmila

Cada vez que se presenta, le toca deletrear su nombre. “Lyudmila. A ver: ele, ye… Sí, sí, las dos consonantes van juntas”, explica con mucha paciencia. “Es curioso -agrega-. Desde que vivo aquí, muchas personas de Europa del Este me han preguntado cómo es posible que tenga un nombre tan ruso, siendo yo de Nicaragua”. La respuesta, dice, es literaria. “A mi padre le gustaba mucho leer y escogía nuestros nombres inspirándose en personajes de distintas novelas. Una de mis hermanas, por ejemplo, se llama Haydée. Cuando nació, mi padre estaba leyendo ‘El conde de Montecristo’. Por eso tengo un nombre tan poco latinoamericano, aunque reconozco que me gusta mucho”.

El relato pertenece a Lyudmila Montoya, una ingeniera informática nicaragüense que llegó a Euskadi hace una década, motivada por el escenario académico vasco y la oportunidad de profundizar en su carrera. “Yo estudié Ingeniería en mi país. En ese momento, era una carrera nueva, incipiente, que impulsó un brillante profesor alemán, Cornelio Hoffman. Cuando terminé mis estudios, me quedé trabajando en la universidad, en un proyecto de educación online que también él implementó”.

Lyudmila explica que, en esa época, muchos estudiantes acababan la carrera pero no llegaban a presentar la tesis. “Había mucha demanda del mercado laboral y la mayoría se ponía a trabajar de inmediato. Iban relegando el trabajo final de carrera y se les quedaba ‘colgado’. Para remediar la situación, desarrollamos un sistema de educación a distancia, que les permitía a los estudiantes avanzar con sus tesis y seguir vinculados a la universidad sin perder sus empleos. Así fue que conocimos a un profesor de la UPV, que en ese momento dirigía el área de universidad online y nos allanó mucho el camino compartiendo con nosotros lo que sabía”.

Por ese entonces, ella estaba preparándose para viajar a Brasil. El trabajo en la universidad estaba bien. Impartir clases le gustaba, pero Lyudmila quería algo más. Quería hacer un posgrado. “Si trabajas en el ámbito académico, tienes que seguir estudiando. Eso lo tenía muy claro”, dice. Y surgió la pregunta que lo cambió todo: “’¿Por qué no haces el master en la UPV? Así tendrás la experiencia que tenemos nosotros’, me dijo el profesor que nos había estado ayudando con el sistema online. No me lo pensé mucho. Vine con una pasantía, pude estudiar, hice el master en Telecomunicaciones… y me quedé impresionada”, recuerda.

Un viaje, muchos cambios

Para Lyudmila, los últimos diez años han sido “una experiencia increíble”. Le resulta “difícil resumir tantos años en un ratito”, dice que “el cambio la ha transformado” y cuenta que cuando le preguntan por qué ha venido, ella responde con otra pregunta: “¿Y por qué no? Los cambios son necesarios, son importantes, y uno aprende mucho con ellos. En mi caso, no solo hice el posgrado que quería, también pude conocer mucho mejor una cultura diferente a la mía. Cuando llegué, me quedé en casa de una familia euskalduna, y eso fue maravilloso, una gran suerte. Estudiaba aquí, seguía trabajando a distancia con mi universidad y en mi tiempo libre cuidaba a unos niños. Eso es también una enseñanza”, apostilla con simpatía.

Pero, si algo destaca ella de las muchas novedades que encontró en Euskadi, eso es la fortaleza del voluntariado. “Me llamó mucho la atención. Había, y hay, una gran cantidad de iniciativas altruistas en marcha. Cuando se terminó el periodo de clases, me pregunté ‘¿qué voy a hacer este verano?’ Así me apunté para colaborar con una asociación contra el cáncer, con un proyecto de refuerzo escolar de niños inmigrantes, y así conocí a una asociación, Kosmópolis, donde doy clases de informática. Llegué a ellos a través de la página de Bolunta. En la asociación también me ayudaron a homologar mi título, conocí a más gente, fui tejiendo redes”.

En la actualidad, Lyudmila compagina su trabajo con distintas iniciativas sociales. “Hay cosas realmente interesantes y constructivas, desde las asociaciones de mujeres emprendedoras, como Emakume Ekin, que tienen un entusiasmo y una fuerza increíbles, hasta proyectos de integración social de alcance municipal, como Bizilagunak, en el que participé hace poco. Es una actividad que se hace en Getxo en la que familias de distintos orígenes quedan para comer juntas, en casa de unos o de otros. En nuestra mesa estábamos dos amigos míos, que son vascos, dos chicas filipinas y yo. Lo pasamos súper bien. Hablamos mucho sobre las similitudes y las diferencias, comparamos los idiomas, como el tagalo, el castellano y el euskera. Ese tipo de iniciativas son fantásticas porque permiten el acercamiento social en un ambiente distendido. Además, uno conoce a las personas, no a las nacionalidades, y se evita la generalización, que es muy peligrosa. Cuando generalizas, te quedas con la etiqueta y borras a las personas”.

2015 América Central Ellas

401 | Nawal

La vida de Nawal Abaou ha dado un giro notable. Muchas cosas han cambiado para ella desde 2010 hasta hoy. El camino no ha sido fácil, ni siempre ha tenido el viento a favor, pero ha sido ha sido beneficioso y, sobre todo, necesario. “Ha sido intenso”, agrega ahora, al observar los cinco últimos años y analizarlos en retrospectiva. “Emigrar es un proceso exigente que te empuja a asimilar un gran caudal de información en muy poco tiempo. Eso se nota al principio especialmente, cuando no conoces a nadie ni sabes cómo funcionan las cosas, cuando tus recursos son limitados y debes resolver muchas urgencias”.

Nawal recuerda bien esa ‘vorágine de los principios’. “Encuentras todo tipo de personas. Hay gente buena, gente mala, gente que te usa y gente que te ayuda. La vida es así. Pero cuando estás en un lugar nuevo, solo y sin referencias, estás mucho más expuesto. No sabes a dónde ir, qué hacer o cómo usar tus competencias. Alquilas un piso, pagas una fianza, cambias de ciudad, vas aquí, vas allá, el dinero que traes se acaba y no tienes ingresos. Y todo eso ocurre en un entorno que no conoces ni controlas, donde las costumbres son otras. Te haces fuerte, sí. Necesitas hacerte fuerte porque eres mucho más vulnerable”.

La fortaleza a la que se refiere tiene mucho que ver con la constancia y la determinación. Y, más que eso, con una convicción poderosa: que la meta es mejor que el punto de partida, a tal punto que justifica la dureza del camino. “El éxito es insistir. No puedes derrumbarte, ni bajar los brazos, y menos cuando tienes un niño pequeño que depende de ti, como sucedió en mi caso”, indica Nawal, y recuerda que, cuando se marchó de Marruecos, su hijo aún no había cumplido cuatro años.

“El divorcio está mal visto en mi país”, dice. Es una frase que transmite mucho más que ocho palabras. “La sociedad te juzga y, de algún modo, te castiga. Pierdes la libertad de salir, de arreglarte… No es que no puedas hacerlo, sino que las críticas aparecen enseguida”. La suspicacia, el ambiente enrarecido se sintetiza en “frases como ‘ah, eso es lo que quería, mira, para eso se divorció, para salir’… Y aunque hagas de cuenta que no oyes, que no te afecta, sí lo hace”, reconoce.

“Por eso me fui. Yo no quería esa vida para mí ni para mi hijo. En Marruecos tenía estabilidad, mi casa, mi coche y mi trabajo; tenía a mis padres, que siempre fueron un apoyo incondicional; tenía mucho más de lo que tengo aquí, pero me faltaba lo principal. No era feliz. Desde luego, no es fácil trabajar de ‘cualquier cosa’ cuando antes te dedicabas a la docencia, cuando tienes formación, cuando tienes dos carreras -Nawal es bióloga y enfermera-, pero lo haces. Te dices a ti misma que da igual, que es importante avanzar y empiezas desde cero”.

Dar a conocer tus competencias

Pero Nawal no se resignó al destino habitual de muchos inmigrantes. Tocó puertas, buscó apoyos. “En estos años, he abierto muchas conversaciones. Entiendo que cuando uno cambia de país debe adaptarse al nuevo lugar e integrarse con los demás. Para eso hay que abrirse y dedicar tiempo a hablar con las personas que vas conociendo, con quienes te dan trabajo, con tu comunidad de vecinos. Si eres diferente y te encierras en ti mismo, los demás tendrán miedo de ti”, expone. Su discurso es claramente aperturista y es, en sí, lo que le ha permitido tender valiosos puentes aquí.

“Las asociaciones desempeñan un papel fundamental en esto. Yo me acerqué a Kosmópolis, cuya finalidad principal es poner en valor la profesionalidad de los extranjeros y ayudarnos con el durísimo proceso de homologación de títulos. Gracias a ellos pude convalidar mis dos títulos y después hacer un master en Recursos Humanos. En la actualidad trabajo como enfermera y sigo formándome, también en otras áreas”, explica en un perfecto castellano, un idioma que ya dominaba cuando vivía en su país. “Es que vivíamos junto a Melilla e íbamos con frecuencia. Si no hablas castellano, no haces la compra”, dice entre risas.

Y, a propósito de sonrisas, reivindica su valor. “No puedes perderla jamás, ni siquiera en los momentos más duros. A los inmigrantes nos cuesta un montón progresar, afianzarnos, demostrar lo que sabemos. Las empresas locales no suelen fiarse de los títulos extranjeros, aunque estén homologados aquí”, lamenta. Por eso, Nawal ha seguido colaborando con la asociación Kosmópolis y forma parte de un proyecto en el que varios profesionales de fuera se reúnen con empresarios locales para derribar estereotipos. “Todavía existe la creencia de que estamos poco cualificados y cierto recelo a buscar los perfiles profesionales que se necesitan entre la gente que no ha nacido aquí. Por eso es importante darse a conocer, fomentar el acercamiento. Aprovechar las cualidades de la gente, sea de donde sea, es beneficioso para todos”.

2015 África Ellas

400 | Andrea

La aventura migratoria de Andrea Salvini empezó como la de muchos: en una pequeña habitación de un piso compartido en Bilbao. “Cuando llegué, no conocía a nadie. La prioridad era buscar trabajo y encontrar un lugar barato donde vivir. No hablaba bien castellano, así que empecé buscando a la gente de mi país”, dice, y su historia podría ser la de cualquiera. “Empecé en hostelería, en un restaurante italiano, aunque me llevó un tiempo conseguir eso. Los comienzos no son fáciles para casi nadie. No es como lo imaginas. Lo del empleo no es inmediato”, reconoce.

Andrea, que es italiano, tenía a su favor su procedencia. Ser ciudadano europeo le permitió desde un inicio residir y trabajar aquí de manera legal, sin tener que lidiar con las barreras administrativas y sociales que suelen levantarse ante el colectivo extranjero. Tener ‘papeles’ era una gran ventaja pero, como él mismo reconoce, no es garantía de nada. “Crisis es crisis, ya sea en Italia, en Euskadi o en cualquier parte. El restaurante donde empecé a trabajar cerró, tuve que buscarme la vida, pasé por empleos temporales, conocí la falta de estabilidad… Y no solo aquí, también me pasó en Italia”.

De hecho, fue la situación económica lo que lo impulsó en 2012 a emigrar. “Yo soy de un pueblo costero de la Toscana, que es muy bonito, pero ha sufrido mucho la crisis y la implantación del euro -explica-. Incluso antes, cuando yo era niño, tampoco lo teníamos muy fácil. Nuestra familia siempre fue humilde. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años y mi madre tuvo que sacarnos adelante. Crió sola a cuatro hijos. Hizo muchos sacrificios”, recuerda. Por esa razón, en cuanto tuvo edad suficiente, Andrea se apuntó en el ejército.

“Hice la mili, que daba estabilidad y un futuro seguro, aunque unos años después lo dejé por amor. Fue una mala decisión y me siento un poco tonto por haberla tomado, pero bueno… En su día, fue el camino que elegí creyendo que era lo mejor. En ese tiempo, volví a la Toscana, trabajé en un restaurante, fui barman, maître y, más adelante abrí junto con mi hermano una oficina administrativa, una gestoría. No voy a ahondar en eso; solo diré que en un momento determinado, el dinero se esfumó y mi hermano también”. Andrea hace una pausa y agrega que, en ese momento, se planteó emigrar.

“En mi tierra, como te decía, la crisis había pegado muy duro. Es una zona que vive mucho del turismo, pero el perfil de los visitantes ha cambiado; ya no recibe gente que deje dinero. Yo nunca había oído de Bilbao, hasta que me hablaron de la ciudad. Me explicaron que, en esta zona, la crisis económica no había sido tan fuerte como en el resto del país. Vine por eso -reconoce-, y comprobé que era cierto: el País Vasco no está tan afectado por la economía. Pero, desde luego, no quiere decir que sea fácil ganarse la vida, ni que haya sido simple para mí. Estos años han sido de mucho esfuerzo y tenacidad. Ahora estoy bien, pero me lo he ganado a pulso”.

La estabilidad, los proyectos

Tras su paso por el restaurante italiano, Andrea comenzó a trabajar en una franquicia de comida japonesa. Allí aprendió los secretos de la gastronomía nipona y conoció a un chico -también empleado- que decidió iniciar algo por su cuenta y le ofreció irse con él. El resultado en un conocido sushi bar en Algorta, donde Andrea es el sushiman. “Tengo que decir que estoy muy agradecido a mi amigo y su familia. Contaron conmigo, confiaron en mí y me dieron una oportunidad para prosperar. Con esto me refiero a la calidez, el buen trato y la estabilidad, que es súper importante para vivir feliz y poder hacer planes”, opina.

Y pone un ejemplo concreto: “Tener una nómina, un marco de seguridad, me ha permitido comprar un billete de avión para traer a mi madre. Aunque hablamos por teléfono a diario, hace mucho que no nos vemos. Y no es lo mismo. El teléfono no puede sustituir a los abrazos… Mi madre llega esta semana y se quedará en casa varios días. Es mi oportunidad de pasar tiempo junto a ella y de agradecerle lo mucho que ha hecho por nuestra familia y por mí”, dice Andrea, visiblemente emocionado.

“Hasta ahora, solo he podido homenajearla dedicándole el cóctel estrella del bar. Le puse su nombre, María G. Ahora tengo la ocasión de compartir con ella otras cosas. Su vida ha sido de mucho sacrificio, y quiero que conozca a las buenas personas que he encontrado aquí, en el lugar donde vivo. En el País Vasco hay muy buena gente. Tengo un cliente que, cada vez que viene, me enseña una palabra nueva en euskera y luego me pasa examen. Todavía las personas te saludan en la calle… Algorta se parece a mi pueblo”.

2015 Ellos Europa

395 | Lily

Para emprender hacen falta tres cosas: mantener un esfuerzo constante, creer en tu proyecto y que alguien crea en ti. La cuarta -y, quizá, la más complicada- es que todas esas cosas ocurran a la vez. Esta es la idea que prevalece tras conversar con Lily Medrano, una odontóloga boliviana que llegó a Euskadi a comienzos de 2004 y que, una década después, ha conseguido convalidar sus estudios, ejercer su profesión y montar una consulta. “En un camino siempre hay piedras -dice-; lo importante es avanzar”.

El recorrido del que habla no empezó aquí, sino en su país, donde estudiar una carrera como la suya es laborioso y muy caro. “Mis padres hicieron un esfuerzo muy grande para que mis hermanos y yo pudiéramos estudiar. En mi caso, además, hubo que hacer un esfuerzo extra, ya que la carrera se encarece mucho por la compra de materiales que se necesitan para las prácticas”. Ese coste añadido, explica Lily, corrió por su cuenta, que pudo solventarlo trabajando como peluquera. “Estudié peluquería porque necesitaba una salida laboral. Con lo que ganaba, compraba lo necesario para mis estudios universitarios. Así pude terminar odontología”.

Acabar una carrera es importante… para volver a empezar. Cualquier joven profesional recién salido de la universidad sabe que ese hito, esa meta, se transforma con rapidez en un nuevo punto de partida. “Yo empecé a trabajar como empleada en una clínica y no me iba mal. Quiero decir, estaba trabajando de lo mío. Pero mi sueño era tener mi propia consulta, y ese es un sueño muy caro. Para llevarlo a cabo, necesitas tener un colchón económico o pedir un préstamo. Yo no tenía tantos ahorros, y no tenía avales como para que me concedieran un préstamo o un crédito bancario”, relata.

“Intenté ahorrar más dinero. Tenía un torno de mesa, con correa, que montaba en el coche familiar para atender a la gente a domicilio. No era mal plan, pero era sacrificado y no ganaba lo suficiente. Hablé entonces con mis padres para pedirles ayuda económica, y mi padre dijo que no. Él me explicó que se había esforzado mucho para que sus cuatro hijos tuviéramos unos estudios, y que de ahí en más, la responsabilidad de salir adelante era nuestra”, recuerda Lily, y añade otro dato crucial: aquella negativa coincidió con los planes migratorios de su novio, que actualmente es su marido.

“Mi cuñado estaba viviendo en Bruselas. Un día viajó aquí por turismo y esto le encantó. Conocía nuestra situación en Bolivia, la típica de una pareja joven, y hablando con mi esposo le preguntó que por qué no nos veníamos a Europa. Nos lo pensamos mucho, ya que tomar una decisión así no es nada fácil, y al final nos decidimos. Viajamos a Euskadi a principios de 2004. Vinimos con la misma idea que muchas otras personas: trabajar un par de años y volver a nuestro país. Pero las cosas cambian sobre la marcha. Cuando emigras sabes a lo que vienes, pero en realidad no estás preparado”, reconoce.

El impacto de un delantal

“Hay que pasar por el momento de verse a uno mismo limpiando casas. Una cosa es imaginarlo y otra muy distinta es vivirlo. Después de haber estudiado mucho para sacarte una carrera, verte con uniforme de mucama y delantal no es plato de buen gusto. Y si, encima, la persona que te emplea te trata mal, te habla mal, no te valora o te grita… lo pasas muy mal. Por muy extrovertido o espabilado que seas, nunca es fácil abrirse a un país tan grande ni encajar tantísimas cosas nuevas. Emigrar te cambia la mentalidad”.

Lily tiene esos inicios muy presentes, aunque reconoce que esa etapa desagradable duró poco. La siguiente casa en la que trabajó era de “una familia encantadora con dos niños preciosos” que siempre la trataron muy bien y que se alegraron cuando consiguió un segundo empleo, como auxiliar en una clínica dental. “Irune, la odontóloga, me abrió las puertas de su consulta y tuvo confianza en mí. A día de hoy trabajo con ella, que me ayudó a regularizar mi situación administrativa, a convalidar mi titulación y a ejercer mi profesión aquí, en un país que no era el mío”, subraya.

“Mi marido empezó repartiendo publicidad, recogiendo pimientos en Urduliz, ayudando en la cocina de un Batzoki, fregando platos, hasta que le ofrecieron un contrato de trabajo y también pudo organizar sus ‘papeles’. A día de hoy, trabaja en una empresa de informática, que es lo suyo. Nos ha ido bien a los dos porque nos esforzamos mucho y no dejamos de intentarlo… pero también porque hubo gente de aquí que creyó en nosotros y nos dio la oportunidad. La confianza, como en todo, es fundamental”.

2015 América del Sur Ellas