Quiero votar

“Me dicen que es un contrasentido y les contesto que sí. Me preguntan por qué y me avergüenza verbalizar la respuesta”.

Columna de opinión publicada el 20 de octubre de 2008 en el diario La República.

Quiero votar. Hace ocho años que no lo hago. La primera vez fue en las elecciones nacionales de 1999. La segunda, en las municipales de 2000. Desde entonces, nadie ha vuelto a preguntarme lo que pienso, aunque vivo en el ‘Departamento 20’, el segundo más poblado del país. También soy mayor de edad y tengo credencial cívica, pero no puedo elegir un presidente, un intendente, un senador o un edil, a menos que viaje a la capital. El pasaje sale caro y me queda un poco a trasmano, como a tantos otros uruguayos que residen en el exterior. Me tocó ver el 31 de octubre de 2004 por la tele. Mejor dicho, por Internet. Fue emocionante seguir la jornada paso a paso, ver ese mar de colores, de gente, de palabras y festejos que discurría febrilmente por las calles de Montevideo. Tan linda ella, y tan lejos. Uruguay vivía un hecho histórico sin precedentes, y yo, que reunía todos los requisitos para ser parte de aquello, no pude hacer nada al respecto. Ni estar allí, ni propiciarlo.

La versión moderna de la frustración es comprimir la alegría de un pueblo en una pantalla de quince pulgadas y saber que tu ‘mouse’ no dibujó ni una sola de esas sonrisas. Que no hay Photoshop que valga, que la coyuntura social viene en formato ‘zip’ y que el programa electoral no es interactivo. ¿Para cuándo una versión 2.0? Existe una actualización muy buena que se llama plebiscito popular. Al igual que muchos otros compatriotas que no fueron a las urnas esa vez, me queda apenas un año para que me den de baja en el padrón de habilitados. Si no voto, me borran. Y no es consuelo pensar que, con una nueva credencial, quizás salga mejor en la foto. No. Lo que yo quiero es votar; ir al consulado más próximo y expresar por escrito lo que pienso, ejercer ese derecho, cumplir con mi obligación. Hacer lo que nos enseñaron en la escuela y usar ese documento que, como la boletera en el liceo, te hace sentir más grande.

Lo triste es que aquí, en España, tampoco puedo votar. Si bien hay una reforma de la Ley Electoral en ciernes, lo cierto es que, como pronto, recién empezará a aplicarse en las elecciones de 2011 y que la voz de los extranjeros será un sonido parcial: sólo tendremos derecho a expresar nuestra opinión en los comicios municipales. Muchas veces he hablado de esto con amigos españoles y hasta he discutido con alguno que piensa que es un ‘rollo’ levantarse un domingo para poner el sobre en la urna. Aquí no es obligatorio, es un derecho opcional, así que muchos no van. En marzo de este año, la cuarta parte de los habilitados prefirió hacer otra cosa. Cuando les cuento que en mi país hay que ir aunque tengas gripe o modorra, se sorprenden. Imagínense la cara que ponen cuando les digo que, pese a eso, no existe para nosotros el voto consular (algo que, por cierto, ellos sí tienen y usan). Me dicen que es un contrasentido y les contesto que sí. Me preguntan por qué y me avergüenza verbalizar la respuesta.

La paradoja, si cabe una más, la encontré esta mañana en el buzón de mi casa. Era una carta que me enviaba la Oficina del Censo Electoral y se convirtió, al leerla, en el disparador de este artículo. Como además de ser uruguaya tengo ciudadanía italiana, el organismo me ofrece la posibilidad de votar en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, aunque esté residiendo en España. Los comicios tendrán lugar en junio de 2009, así que ahora, ocho meses antes, me mandan un formulario en el que debo marcar con una cruz si deseo ejercer el derecho de sufragio. La respuesta es obvia, está claro que iré. Casi una década después, me levantaré un domingo temprano para incidir en lo que pasa, hacerme cargo de mi opción o quejarme con propiedad si las cosas no salen bien. No deja de ser una ironía que, por cuestión de voluntades y papeles, el mismo año en que mire de lejos lo que sucede en mi país y sea dada de baja del padrón electoral, podré ejercer mi derecho constitucional en otra parte; que saldré a elegir las corbatas de la Unión Europea después de cebarme unos mates.

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