‘Instantes dun retorno’

¿Es posible volver a un lugar al que nunca antes se ha ido?

En septiembre de 2015 fui por primera vez a San Sadurniño, un pequeño municipio gallego que está a unos 20 km al este de Ferrol. Después de muchas búsquedas infructuosas y correos fallidos, de leer diarios viejos en la Biblioteca Nacional y dejarme las retinas en esta pantalla haciendo zoom con Google Maps, había descubierto que en ese lugar nació mi bisabuelo Teodoro, el padre de mi abuelo Luis.

Meses antes de la visita, conseguí su partida de nacimiento en el Registro Civil. El documento constataba que su madre lo había parido en 1895, en la parroquia de Ferreira. La fecha confirmaba que tenía 17 años cuando emigró solo hacia Uruguay.

Además de ese documento, había localizado a una parte de mi familia en Galicia. Encontré a Francisco y Manolo, primos hermanos de mi abuelo Luis, que nunca llegó a saber que existían porque murió en 2014 en Montevideo. Le habría encantado descubrir que tenía primos en Coruña o que la casa de la que salió su padre todavía se mantiene en pie. La muerte de mi abuelo fue, de hecho, lo que me empujó a realizar esta búsqueda. Se lo debía.

La gente del pueblo se implicó en esa pesquisa, aunque algunas personas concretas, como Manolo González, Carmen Suárez, Santiago Soto y su padre, Fernando, fueron decisivas para que diera buenos frutos. Sin ellos –y sin iniciativas locales como Fálame de San Sadurniño, donde se difundieron los datos– no hubiera sido posible encontrar a mis familiares, saber que vivían en la ciudad de A Coruña ni conseguir el número de teléfono para hablar con mi tío abuelo Francisco.

El viaje

parDesde que llamé a Francisco hasta que nos conocimos pasaron cinco meses y unas cuantas conversaciones telefónicas. Ninguna fue breve. Él me relataba las vicisitudes de la familia en Galicia, y yo hacía lo mismo sobre la familia de Uruguay. En cierto modo, cada charla era como armar un puzzle a cuatro manos o hacer un poco de jardinería genealógica: paso a paso, entre los dos, le dimos forma a varias ramas del árbol.

Cuando llegó el verano, mi marido y yo aprovechamos nuestras vacaciones para viajar hasta allí. Después de recorrer buena parte de Galicia –desde A Guarda, en la frontera atlántica con Portugal, hasta el Cabo Estaca de Bares, bien al norte–, nos instalamos varios días en Cedeira. Elegimos este pueblo costero porque quedaba cerca de A Coruña y de San Sadurniño. Su ubicación nos permitía llegar a ambos sitios con relativa facilidad.

El encuentro

Al día siguiente de llegar, llamamos a Francisco para contarle que estábamos allí, dispuestos a reunirnos con él y con su hermano donde ellos propusieran. Paco eligió las coordenadas sin dudar. Sería el sábado 5 de septiembre, a las dos de la tarde, en la puerta del Ayuntamiento de San Sadurniño.

Abracé a los primos de mi abuelo en ese sitio por primera vez. Eran de verdad y ahí estaban, correspondiéndome el cariño y las sonrisas. Comimos juntos y hablamos mucho. Les había llevado varias fotos de la familia en Uruguay y documentos viejos de mi bisabuelo Teodoro, su tío, para que los pudieran mirar con tranquilidad.

Hicimos un recorrido muy emotivo por Ferreira. Conocí la escuela donde Paco y Manolo habían estudiado de niños, el cementerio donde yace una parte de nuestra familia, la modesta parroquia de la aldea y, finalmente, la casa, el lugar donde ellos se criaron, igual que su padre y el padre de mi abuelo.

casaMientras pisaba los pastos largos, acercándome a esa casa abandonada, sentía que se cerraba aquel círculo invisible que abrió Teodoro hace más de un siglo cuando se fue. De algún modo, tenía la sensación de estar encarnando aquella reflexión que hizo Eduardo Galeano en 2004, en Le Monde Diplomatique: «En Uruguay […] hasta han desaparecido nuestros hijos, que desandan el camino de sus abuelos, obligados a emigrar en busca de lo que desapareció».

Desandar camino, regresar. En ese instante comprendí que es posible volver a un lugar al que nunca antes se ha ido.

El hallazgo inesperado

El 5 de septiembre de 2015 fue uno de los días más impresionantes de mi vida. No solo por esta experiencia que acabo de contar, sino porque, además, todo lo que ocurrió fue grabado por Giselle Llanio y acabó formando parte de un cortometraje documental.

Eso no estaba previsto, ni por ella ni por mí. Tampoco estaba en los planes de Manolo González, que fue quien tuvo la idea de hacerlo en cuanto me vio llegar al pueblo ese día, una hora antes del encuentro familiar. Instantes de un retorno surgió así, de manera improvisada y con prisas.

Mi esposo y yo, que habíamos ido con tiempo para disfrutar del recorrido sin agobios, nos encontramos de pronto en la Casa de Cultura con un Manolo emocionado que ataba cabos a la velocidad de la luz. Llamó a Giselle, que estaba rodando en otra parte del pueblo, y le dijo que viniera. ¿Qué hacía ella en San Sadurniño aquel sábado? Participar en el Chanfaina Lab, un encuentro de cineastas gallegos que reúne a una veintena de profesionales de sector audiovisual. En ese encuentro, los participantes disponen de un fin de semana para rodar en San Sadurniño y de cuatro meses para convertir esas imágenes en un corto.

Nuestra llegada coincidió con el fin de semana de rodaje.

Giselle

Conocí a Giselle en la Casa de Cultura quince minutos antes de abrazar a mis tíos abuelos. El surrealismo, Buñuel, era esto. Me presenté y, como pude, le conté que había ido allí para conocer a mi familia, que mi bisabuelo había emigrado en 1912 a Uruguay, que me estaban esperando en la puerta del ayuntamiento. Se lo expliqué fatal –de verdad–, pero ella sonrió y, cámara en mano, me dijo: «Te sigo».

Giselle nos acompañó durante todo el día. Se lanzó a grabar una historia sin guion, sin ayuda y sin todos los recursos que hubiera querido para abarcar tanto material. En más de una oportunidad se quedó sin baterías. Las recargaba como podía, buscando enchufes entre los vecinos. También se quedó sin tarjeta de memoria. La que había llevado –convencida de que le iba a alcanzar y sobrar– se llenó justo antes de que llegáramos a la casa de mi bisabuelo.

Para poder registrar ese momento, rebuscó a contrarreloj entre lo que tenía. Encontró otra tarjeta de memoria en el bolso, la metió en la cámara y empezó a grabar. No lo pensó. Quizás por eso no se dio cuenta de que, mientras nos grababa caminando entre aquellos pastos, borraba las últimas imágenes que tenía de su padre, que estaba muy enfermo en Cuba.

Nuestras historias, me dice ella, están ligadas desde aquel día. Tiene razón.

El padre de Giselle murió al mes siguiente en La Habana, justo un año después que mi abuelo. La presencia de ellos dos sobrevuela este documental que habla sobre migraciones, retornos y encuentros, pero que es también un homenaje a la vida y una bellísima despedida.

Ver información del cortometraje.

5 comentarios en “‘Instantes dun retorno’

  1. Simplemente hermoso !
    Me emociona saber que la cuarta generación ha cerrado un círculo de encuentros.
    Me conmueven las imágenes que me traen nuevamente desde la memoria los relatos de mi padre enmarcados en una verde y lejana tierra más allá del océano.
    Me reconforta tu paz que es la mía y también la suya.
    Gracias mi bien. Te quiero.

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  2. Laura, Margarita, desde algunos kilómetros a la derecha (o unos pocos más a la izquierda 😉) os mando todo mi afecto, toda mi amistad y las lagrimillas que se me han escapado al compartir con vosotras y vuestra familia este pedazo de vida. Y gracias a Giselle, por su trabajo y su generosidad… Un padre guía a sus hijos hasta el final…
    Os quiero,

    Irantzu

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