315 | Diana

Existen grandes diferencias entre Santo Domingo y Vitoria. Tantas que, más que ser dos ciudades en el mundo, parecen ser dos mundos donde la vida tiene dinámicas distintas. «El clima es, quizá, lo más notable», dice la dominicana Diana Herrera, consciente de que su país encarna la nítida imagen del paraíso en la Tierra. «Allí la playa siempre es una opción, claro. Pero no es lo único. También está el carácter de la gente, el aspecto gastronómico, los matices culturales… Todo ello es muy distinto al País Vasco».

Ni mejor, ni peor. Diferente. Esa es su principal conclusión tras vivir durante cinco años en Euskadi, una tierra de la que aprecia la organización, el respeto y la seguridad. «Estos aspectos son muy importantes. Desde el principio me ha llamado la atención lo bien organizada que está la ciudad. Lo noté mucho en el tráfico, porque los conductores son respetuosos con las señales y los peatones, y también porque aquí en Vitoria se utiliza mucho la bicicleta como medio de transporte. Una de las cosas que más me sorprendieron fue ver a la gente vestida de traje y en bici, yendo a trabajar».

Cambiar de país -y de vida- representa una notable carga. Casi todo, o todo, es novedoso. Y lleva un tiempo adaptarse», señala Diana, aun cuando, en su caso, contaba con información de antemano. «Vine porque tenía a mi familia aquí. Mis padres, mis hermanos emigraron mucho antes que yo, hace diez o doce años. Cuando ellos vinieron, yo me quedé en Santo Domingo. Hice allí mi carrera y empecé a trabajar, pero me echaban de menos. Por eso decidí venir. Yo no dejé mi país por una razón laboral, sino afectiva».

Tenía entonces 23 años, una carrera y un buen empleo. «Había estudiado Comunicación Social y Relaciones Públicas en la universidad y era gerente de ventas en un banco», detalla. «Empecé a trabajar muy joven, mientras estudiaba, porque cuanto más tardas, más difícil es incorporarte al mercado laboral. Mi vida era muy activa en Santo Domingo. Además del trabajo y del estudio, tenía mucha actividad social. Creo que por eso me costó tanto adaptarme a Euskadi al principio», confiesa.

Su llegada a Vitoria supuso muchos cambios. Algunos, superficiales y anecdóticos, como «familiarizarse con la comida y los sabores de aquí». Otros, más complicados, como «comprender el carácter de la gente, la manera de expresarse, las convenciones sociales». Y, luego, los más profundos, los que implican hacerse preguntas. «Un ejemplo es el cambio de trabajo -dice-. Desde que llegué hasta hoy he trabajado como camarera. Eso sí que me costó y, al principio, lo llevaba muy mal. Ahora estoy acostumbrada. También entiendo que es el precio que pagas por estar en otro país. Tienes que buscarte la vida, pero era difícil encontrar un trabajo que encajase con aquello para lo que me había preparado».

Realización profesional

Su discurso coincide con el de miles de jóvenes que no consiguen ejercer sus profesiones, al margen de las procedencias. «Yo no he homologado mi título, eso debo reconocerlo, pero el proceso es muy engorroso y, si lo haces, tampoco tienes garantía que te vaya a servir para algo», lamenta. «Hay un punto en el que te acostumbras a ciertas cosas, aunque te cueste muchísimo. Los primeros tres años que pasé aquí fueron, en ese sentido, muy duros. Lo único que hacía era ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. No había más. Estaba muy agobiada y, lógicamente, me pregunté muchas veces ‘¿qué hago aquí?’. Por eso, al año y medio de llegar, volví a mi país».

Diana estuvo en Santo Domingo seis meses, un periodo en el que le sucedió algo que no esperaba: «Empecé a echar de menos Vitoria. A medida que pasaban los meses, más ganas tenía de volver. Regresé y seguí adelante con esa decisión, aunque sabía que me pasaría, en parte, lo mismo con mi tierra. Siempre hay algo que te falta cuando emigras», reflexiona ahora, cinco años después de su primer viaje.

«Luego ocurren otras cosas, comienzas a relacionarte, te integras, generas nuevos afectos. Por supuesto, si miro a mi país veo que tengo mucho campo abierto para desarrollarme, para tener una vida distinta. Pero los afectos también pesan. No es tan fácil decir ‘ahora vengo’ o ‘ahora me voy’. Mi familia está en Euskadi y, además, yo conocí aquí a mi pareja. Esos son lazos que te retienen».

2014 América Central Ellas

314 | Adriana

La percepción sobre el tiempo y la edad, incluso sobre las oportunidades de buscar nuevos comienzos, puede variar mucho según el país donde se viva, los patrones culturales y las experiencias personales. Los 40 años de Adriana Vinueza no son los mismos que los de muchas otras mujeres; en especial de las europeas. Ella es joven, por supuesto. Pero también es madre de cuatro hijos. Y abuela. «En América Latina, las mujeres somos madres precoces. Mi primer hijo nació cuando yo tenía 16 años».

Adriana es de Ecuador. Nació en Quito, y allí vivió hasta los 15 años, cuando la familia se trasladó al pueblo de su padre. «Dejé los estudios y empecé a trabajar en su propiedad. Tuve a mi primer hijo sola, porque el papá falleció en el cuartel donde trabajaba. Más adelante me casé y tuve tres hijos más, aunque la experiencia de ese matrimonio fue muy mala. Me tocaba hacerlo todo: trabajar, atender la casa, criar a mis niños… Entendí que debía retomar los estudios para cambiar mi situación y la de mis hijos», señala.

Contra todo pronóstico -e inercias- consiguió acabar el bachillerato. Y, aunque le hubiera encantado seguir con la Universidad, no pudo. «No daba abasto -reconoce-. Mi educación y la de mis hijos, el trabajo, la casa, la comida, los niños… era demasiado», enumera antes de comentar que su actividad profesional era muy gratificante, pero estaba muy mal pagada. «Trabajaba en una ONG para el desarrollo infantil en las comunidades indígenas. Me enorgullece esa labor, saber que durante varios años hice cosas para fortalecer a mi pueblo, para construir desde los cimientos, desde la raíz, buenos ciudadanos, personas responsables y respetuosas con los demás y con el entorno».

La recompensa social era muy buena, pero los ingresos no eran suficientes para sostener un hogar con cuatro niños. «En ese momento, uno de mis hermanos me propuso venir aquí. Él estaba viviendo en Vitoria y se ofreció a ayudarme. La decisión era difícil… El cambio era muy grande, sin embargo aquello era insostenible. Lo hablé con mis hijos, que se quedaron allí, y me vine». Lo dice con cierto pesar, entre otras cosas porque su idea inicial era trabajar aquí durante un año, no durante cinco, que son los que lleva en Euskadi. «Adaptarse no es tan duro. Lo duro es apartarse de la familia. Muchas veces te preguntas si compensa, si merece la pena. Creo que nunca lo superas. Siempre he sentido que estoy perdiéndome un tiempo importantísimo con mis hijos pero, ¿qué alternativas reales tengo?», se pregunta Adriana, que aquí se dedica a cuidar a una persona mayor. «Vine con los documentos en regla para trabajar como empleada de hogar y eso he hecho desde que llegué. Con mis ingresos no me alcanza para ahorrar», sostiene

Difíciles perspectivas

No es un detalle sin importancia. «Vives el día a día y mandas lo que puedes, pero como no logras reunir un capital, tampoco es fácil pensar en el regreso. Pese a todo lo que se dice, la situación en Ecuador no mejora. Sí, hay algunas iniciativas, pero son cosas pequeñas que le dan a los ciudadanos para que no protesten, como cuando le das un dulce a un niño, y los supuestos avances no se notan en la vida real. Hacen falta puestos de trabajo. Por otro lado, con 40 años… ¿en qué voy a trabajar? Porque allí, a mi edad, ya no consigues un empleo de cara al público», explica.

La realidad aquí es diferente y Adriana valora unos cuantos aspectos; desde el casco histórico de Vitoria y «su entorno frío y montañoso, tan parecido al de Quito», hasta «la conservación y el fomento del euskera, los centros cívicos, los polideportivos y la diversidad. La gente es más educada y culta que en otros lugares, y eso se nota mucho», pondera. No obstante, observa que «los extranjeros aún están rezagados», que «la integración real aún tiene un largo camino por delante» y que «hace falta avanzar en igualdad de oportunidades y derechos».

«El trabajo del hogar es un buen ejemplo de esto. Las mujeres no tenemos muchas oportunidades para formarnos. Los horarios te lo impiden. Así, no creces, te estancas y quedas rezagada. No sé si a todas les pasa, pero a mí sí me gustaría aprender otras cosas, otro oficio, sentir que avanzo», reflexiona Adriana que, además, rompe una lanza a favor de las inmigrantes. «No le quitamos el trabajo a nadie; aportamos a la Seguridad Social y, en general, hacemos lo que nadie más quiere hacer».

2014 América del Sur Ellas

311 | Rosalva

Es temprano y Rosalva ya ha organizado todo el día. «Ahora me voy a estudiar. Al mediodía entro en mi primer trabajo y por la tarde, en el segundo. Pero, espera. Dame dos segundos que me ato los zapatos, así ya salimos y de camino te cuento», dice mientras se prepara en su casa. Afuera llueve bastante. Las calles de Vitoria han despertado mojadas y frías. La conversación se reanuda en la acera.

«Estoy contenta, entusiasmada, feliz», describe ella, paraguas en mano. «Nunca pensé que volvería a estudiar, que podría formarme, aprender algo. Con tres hijos y tantas horas de trabajo al día es difícil, pero ya ves que no es imposible». Por el contrario, sostiene que es necesario. «Entre otras cosas -argumenta-, es un ejemplo para mis hijos mayores, que tienen 15 y 17 años. En lugar de insistir para que estudien lo hago yo también y les muestro que se puede, con hechos».
Hay más razones. «Hace diez años que me marché de Bolivia y vine aquí. Fue una década muy dura, de mucho sacrificio. Desde entonces hasta hoy he trabajado siempre en lo mismo: cuidando niños y ancianos. El tiempo va pasando, te centras en resolver el día a día, en salir adelante y mantener a tu familia… Hasta que un día te paras a pensar y te das cuenta de que no has hecho otras cosas para ti misma, para cultivarte y mejorar, para darte oportunidades». Este fue el razonamiento que siguió hace poco, mientras hablaba con una amiga.

«Fue ella quien me incentivó. También es extranjera, lleva aquí el mismo tiempo que yo, y un día me preguntó: ‘¿Qué te parece si nos ponemos a estudiar algo?’. Insistió mucho en que debíamos ponernos las pilas y, la verdad, me alegro de haberle hecho caso», señala Rosalva, que escogió aprender peluquería. «Lo elegí porque me gusta mucho la estética, estar guapa, arreglarme y compartir eso con otras mujeres. Además, es un curso de dos años, un oficio, una nueva herramienta para salir adelante», comenta. «Yo creo que siempre hay que esforzarse por avanzar y conseguir algo mejor», reflexiona ahora, años después de haber hecho el movimiento más grande de su vida: salir de Guayaramerin, su pueblo, para venir a trabajar a Vitoria.

«Nuestra situación allí era muy mala. El país no atravesaba un buen momento. Mi hija, la que hoy tiene quince años, era pequeña entonces y tenía asma, así que cada dos semanas estábamos en el hospital. Cada vez que íbamos para que la atendieran, nos tocaba pagar mucho dinero, así que vendíamos la televisión, o la bicicleta, o alguna joya para cubrir los gastos. Y claro… llegó un punto en el que ya no teníamos nada más para vender».

La llamada que cambió todo

En ese momento, la hermana mayor de Rosalva -que llevaba un par de años viviendo en Euskadi- la llamó para decirle que viniera. «Le contesté que sí sin pensarlo, sin consultarlo con nadie ni meditarlo. Fue impulsivo. Tomé la decisión porque no veía otra salida. Ella me envió el dinero y yo salí de mi pueblo». Llegó hasta la ciudad y allí se derrumbó. «No me vi con fuerzas para marcharme del país y dejar a mi familia -confiesa-. Tan solo me había ido del pueblo… No podía ni imaginarme lo que sería estar tan lejos, en otro continente». Rosalva se arrepintió y regresó al pueblo, confiando en que encontraría una solución. Pero no fue así. «Pronto me di cuenta de que tenía que salir de allí, por mucho que me costara y por mucho que me doliera separarme de mi familia. Mi hermana me dio otra oportunidad y, esta vez sí, junté valor y me vine. En lo único que pensé fue en mi marido y mis hijos».

Tres meses después de llegar a Vitoria y empezar a trabajar, llegó el esposo de Rosalva. «Fue poco el tiempo que estuvimos separados, por suerte. Y tampoco tardamos mucho en traer a los pequeños. Para nosotros era demasiado duro estar tan lejos de ellos. Recuerdo que algunos días salíamos a caminar y, cuando pasábamos frente a algún parque y veíamos a otros padres con sus hijos, se nos caía el alma a los pies». Una década después, con sus hijos ya mayores y la pequeña terminando la escuela, Rosalva mira hacia atrás y siente que todo aquello ha valido la pena. «No he vuelto a Bolivia en todos estos años. Quizá en algún momento lo haga, pero de vacaciones. Aquí hemos encontrado un hogar, mi marido y yo hemos salido adelante poco a poco, y estamos contentos. Me encanta Vitoria y no tenemos planes de irnos».

2013 América del Sur Ellas

307 | Radu

Con casi 14.500 personas, la comunidad rumana es una de las más numerosas en Euskadi, según reflejan las cifras del Instituto Nacional de Estadística. Pero también es una de las que soporta los estereotipos más negativos de cuantos existen en materia de inmigración, pues los rumanos, como colectivo, cargan con varios prejuicios. Antes se piensa en delincuencia que en trabajo y difícilmente se les asocia con la elevada preparación académica que muchos de ellos poseen. «No se habla de las miles de personas honradas que trabajan aquí y que se han integrado en esta sociedad, sino de las pocas que hacen las cosas mal», resume Radu Ursu, el arcipreste rumano ortodoxo de Vitoria.

Joven, trabajador y padre de familia, Radu encaja en ese perfil del que menos se habla: en su país estudió Teología y Derecho y aquí está haciendo un doctorado, en la Universidad de Navarra. «He presentado la mitad de la tesis, me queda la otra mitad… Por suerte, mi mujer me ayuda muchísimo», subraya. Su esposa, Daniela, compagina su trabajo como intérprete de rumano ante las instituciones públicas con las horas que pasa junto a él delante del ordenador. Licenciada en Matemáticas, con un máster en Estadística y ex profesora de la Universidad de Transilvania, ella también forma parte de ese perfil invisible.

«Daniela ha trabajado en distintos sitios, no solo como traductora», dice él, que además de dedicarse al sacerdocio, a sus estudios y a su familia, ha tenido diversos empleos aquí. «Yo trabajé en la fundición, en una empresa de limpieza y fui conductor de una compañía de mensajería. Ese empleo era particularmente duro porque, durante muchos meses, fui y vine a diario entre Vitoria y Madrid. Conducía por las noches y, cuando llegaba aquí, me ponía con mis labores en la iglesia. Si había algún bautismo, lo oficiaba aunque no hubiera dormido todavía», recuerda.

Y es que Radu ha tenido que buscarse la vida para salir adelante y mantener a su familia. Tuvo que pasar un duro examen para venir hasta aquí, donde ha asumido «grandes responsabilidades». «Me presenté a un examen ante el Patriarcado Ortodoxo de Rumanía. Gracias al resultado, pude elegir cualquier lugar del mundo para viajar como misionero. Viajar así implica que los gastos corren por tu cuenta. Tienes una misión religiosa, sí, pero eres responsable de tu manutención y la de tu familia», detalla Radu. «Escogí Euskadi porque mi hermano vivía en San Sebastián, aunque él acabó regresando a nuestro país poco después de que nosotros llegáramos».

«Un hijo quiere ser ingeniero»

«Me trasladé a Vitoria hace seis años con mi mujer y mis dos hijos, Andrei y Zacarías, que ahora tienen 17 y 12 años, y que se han adaptado muy bien al cambio de país. Los dos estudian en el modelo D y el mayor quiere hacer Ingeniería en Mondragon. Nosotros, como padres, deseamos que puedan tener un trabajo cualificado o que puedan optar a él sin que la procedencia sea un impedimento. Tenemos fe en que las generaciones siguientes vivirán la diversidad con normalidad», sostiene, si bien matiza que ellos, como familia, han sido muy bien recibidos aquí y han contado «con mucha ayuda de la Iglesia Católica».

«La Iglesia nos ha brindado una ayuda inestimable para tener nuestro templo y para desarrollar otras actividades de aprendizaje y cohesión, como el taller de creación de iconos en cristal que imparte el doctor en Bellas Artes Julien Gradinaru a los niños de la comunidad», menciona a modo de ejemplo. En Euskadi hay una presencia destacada de investigadores, músicos y artistas rumanos que forman parte del mundo universitario vasco pero, también, de iniciativas como ésta que cuenta Radu. Talleres que vertebran a la comunidad rumana del País Vasco y sus alrededores.

«El arciprestazgo de Gasteiz abarca un territorio más amplio», explica él, que no solo se mueve en Vitoria, sino que trabaja con las parroquias de Bilbao, San Sebastián, Logroño, Burgos, Calahorra, Pamplona, Santander y Soria. «Voy dos veces al año a cada una, para las celebraciones religiosas. Nos mantenemos en contacto con la comunidad. La mayoría de los hombres trabajan en fábricas y en la construcción, mientras que las mujeres trabajan cuidando niños o como empleadas de hogar. Son personas sencillas que han venido en busca de una vida mejor. Quienes vienen a la iglesia son personas de bien y no andan en cosas raras».

2013 Ellos Europa

300 | Christian

Christian llegó al País Vasco hace casi cinco años, cuando tenía 21. Vino directo a Vitoria desde su ciudad, Ibagué, y explica que su motivación inicial fue la curiosidad: era joven y quería ver mundo. «Yo no salí de Colombia con la intención de buscarme la vida. Lo que quería era conocer, descubrir cosas, tener la experiencia de vivir en otro lado», detalla. Tan convencido estaba del proyecto que dejó su carrera a medias. «Estudiaba Biología y Química, pero lo dejé. Obviamente, me habría encantado seguir estudiando en el extranjero, aunque no fue posible».

Ese coste le apena, pero no se arrepiente. Tenía claro lo que comportaba su decisión y, aun así, la ejecutó. «Para mí era importante vivir ese proceso. Y cuando surgió la oportunidad de venir a Euskadi, no lo dudé». La «oportunidad», como él dice, fue más bien una casualidad, un conocido que vivía en la capital alavesa y le habló muy bien de la ciudad. Y es que «la comunidad ibagueña es bastante grande en Vitoria», puntualiza Christian. Quizá el origen de esa tendencia esté en las similitudes que existen entre ambas ciudades, pues las dos son de interior, están próximas a las montañas y le dan mucha importancia a la cultura y la música.

Sea como sea, cuando Christian decidió venir sabía «muy poco» de Euskadi: lo que le había contado este conocido y «lo que veía en la televisión», que no siempre brinda la mejor imagen. «Violencia y política. Y que existía otro idioma», sintetiza él antes de señalar que «hace falta mucha información, y que circule en las dos direcciones. Así como la imagen del País Vasco es escasa, distorsionada, la imagen de nuestros países es incompleta y no siempre es representativa de la realidad. Por eso, en ocasiones te topas con comentarios que no vienen a cuento de nada, que la gente dice o repite porque desconoce la situación», indica.

En un nivel más superficial, el mejor ejemplo de la desinformación es «pensar que todo aquello es selva». En uno más profundo, está el no percibir el alcance de la violencia; el atropello sistemático de derechos humanos que sufren miles de personas en Colombia, tal como recogió la semana pasada un ponente de la Fundación CSPP en el Seminario 3M de Magisterio de la UPV. Aunque no es el caso de Christian, sí hay muchos colombianos refugiados y asilados en Vitoria. Su presencia aquí recuerda que hay un conflicto en curso, pero también teje lazos sociales, ayuda a la integración.

Los primeros pasos

«Cuando recién llegas a un lugar y no conoces a nadie, lo primero que haces es buscar a tus paisanos. Yo me acerqué a las asociaciones, empecé a moverme allí, a conocer gente poco a poco, mientras llevaba adelante ese proceso de búsqueda y adaptación a la ciudad, las costumbres y la gente. Si te gusta un sitio y decides quedarte, entonces comienzas a buscar trabajo, un medio de subsistencia que te permita seguir adelante con tu proyecto», relata Christian, que trabaja en el sector de la hostelería, aunque antes lo hizo en una residencia de ancianos y en un supermercado, como reponedor de mercadería.

«Estoy muy bien, me siento a gusto. Digamos que me he hecho aquí y que esta ciudad me ha permitido ser autosuficiente, valerme por mí mismo. Por eso no me planteo volver a mi país. De alguna manera, siento que eso sería como dar un paso atrás. No me atrae la idea de regresar a casa y ser un mantenido. Tampoco quiero depender de mi familia», señala. «Evidentemente, echo de menos a los míos, ya que están todos allá, pero para mí era necesario hacer camino por mi cuenta», agrega.

«Además -prosigue Christian-, nunca tuve ese sentimiento patriota, esa cosa de ‘mi tierra’. El mundo es bastante grande como para pensar de esa manera. En mi opinión, lo fundamental es dar pasos, avanzar. Luego resulta que, cuando vas a otro país y empiezan a pasar los años, comienzas a construir una vida. Hay nuevas cosas que te atraen y te vinculan al lugar que has elegido. Aunque tu familia o tus amigos no lo entiendan, aunque al principio intenten convencerte de que regreses, lo cierto es que no siempre sientes la necesidad de volver».

2013 América del Sur Ellos

299 | Sergio

A partir de esta semana, en Vitoria, el colectivo Bachué celebrará varias actividades relacionadas con la defensa de los derechos humanos en Iberoamérica. Este miércoles, Walter Agredo -de la Fundación CSPP de Bogotá- impartirá una charla documental sobre las acciones que se están llevando a cabo en Colombia. El coloquio tendrá lugar en el Seminario 3M de Magisterio, de la UPV, y forma parte de una reflexión más amplia, que abarca también a otros países latinoamericanos, a los desafíos actuales y a las consecuencias de las dictaduras, incluso las más sutiles, que bien conoce Sergio Cortés Torres.

«Soy un hijo anónimo de la dictadura -dice-. Nací en 1969, en Chile, apenas cuatro años antes del golpe de Estado. Mis padres tenían afinidad por Salvador Allende y eso les ocasionó problemas… No fueron graves, pero fueron problemas, y yo viví toda mi niñez y adolescencia bajo el yugo de la dictadura militar. No sufrí torturas, pero padecí los ‘tentáculos’, las consecuencias que tiene un gobierno de facto. Quizá lo más doloroso fue que no pude estudiar. No había becas, ni ayuda de ningún tipo. El acceso a la universidad era clasista. La educación no estaba al alcance de todos», lamenta.

Sergio no tenía recursos, pero sí determinación, firmes convicciones y sueños. «Mi familia es gente de campo. Mi abuelo fue el primero en emigrar a la ciudad y yo nací en Quilpué, una ciudad pequeñita, de interior, muy próxima a Valparaíso y Viña del Mar. Crecí allí y terminé el Bachillerato sabiendo que con ello no iba a conseguir nada porque no era suficiente. Como mucho, podría ser peón u operario, pero yo tenía otras aspiraciones. Quería estudiar. Y me negaba a creer que esa realidad, esa barrera a la educación era la única situación posible, lo único que había en el mundo. ‘Fuera tiene que ser diferente’, pensaba».

Hizo su vida, como todos. Trabajó en lo que pudo. Se casó joven y formó una familia. Pero ese pensamiento siempre estaba presente. «Tendrá que ser diferente; tendrá que ser…». La idea permanecía, aunque los años pasaran. Hasta que un día tomó la decisión de pasar de las ideas a los hechos. Con 38 años a cuestas, Sergio sintió que era el momento de salir al mundo para ver qué le ofrecía. Y lo primero que encontró fue la aciaga experiencia de «estar en Europa sin papeles».

«La primera ciudad a la que llegué fue Barcelona, y de allí me trasladé a Vitoria, hace cinco años. Ahora tengo mi documentación en regla, han venido mi mujer y mis hijos, y hemos tenido aquí a Maider. Sufrimos la crisis como muchas familias, pero lo esencial está en orden y, en lo personal, estoy contento. Antes no. Al principio fue muy duro. Además de estar solo, vi de cerca la economía sumergida, la precariedad, lo difícil que resulta salir adelante», recuerda.

Consolidar el sueño

Si bien la situación económica no es la mejor -«en casa, solo mi mujer tiene trabajo y hace un esfuerzo muy grande», reconoce-, Sergio destaca que aquí ha podido empezar a consolidar aquel sueño largamente acariciado: «¡Estoy estudiando! -dice con entusiasmo- Me he apuntado al curso de Integración Social en el Instituto Francisco de Vitoria y estoy muy contento con ello. Esta tierra me ha brindado la posibilidad de aprender, de formarme y crecer… y no sólo en el aspecto académico».

Sergio valora que aquí ha conseguido «cambiar el chip» en materia de género, en el plano personal. «Yo vengo de un país y de una generación bastante machistas. Moverte de sitio y darte cuenta de que es tu mujer quien te mantiene, y que eres tú quien debe ir a buscar a los hijos al colegio, cambiar pañales u ocuparte de la casa te hace plantearte muchas cosas. En cierto modo, es como nacer de nuevo. Por supuesto, me costó, porque choca con todo lo que traía aprendido. Pero, mira, me apunté a un taller sobre las nuevas masculinidades y ha sido realmente genial».

Genial y «positivo», como muchas de las cosas que le han cautivado de Euskadi. «Las personas son previsoras, hay orden, y cuidan mucho la tradición y la cultura. La ciudad es muy bonita, hay mucho por conocer en los alrededores, y el vino tiene la misma calidad que en Chile -compara-. Tal vez una de las cosas más complicadas para mí fue adaptarme a vivir en altura, «en un edificio, quiero decir». Pero hasta eso tiene aspectos prácticos… «No tienes que barrer ningún patio trasero ni pelearte con la manguera para regar el jardín», dice con una sonrisa.

2013 América del Sur Ellos