233 | Cristina

La entrevista tiene lugar un jueves por la tarde, cuando Cristina Melo sale de clase de euskera. Va dos veces por semana y ya es el cuarto año que cursa. “Me encanta -dice-. Me gusta aprender cosas nuevas, conocer la cultura del lugar donde vivo y acercarme a un idioma tan distinto a todo lo que he conocido antes”. Para alguien como ella -que viene de fuera y que, además, es filóloga- la lengua vasca “es muy rica en sus matices” y supone un “aprendizaje constante”.

Se siente feliz en Vitoria, la ciudad que eligió hace muchos años para vivir. “Me gusta la gente, la cultura y la calidad de vida que hay aquí. Gasteiz tiene el tamaño ideal; todo es próximo, ¡hasta la naturaleza y el monte!”, señala antes de recordar que, este año, la capital alavesa ostenta el título de Capital Verde de Europa. “Los ciudadanos cuidan el lugar, y viceversa -prosigue-. El sistema sanitario es impecable y en la calle hay seguridad, tanto ciudadana como social. ¿Cómo no voy a valorar algo así?”, se pregunta.

De hecho, esa búsqueda de seguridad y sosiego fue una de las principales razones que la motivaron a marcharse de Venezuela, su país. “Allí existe más diferencia social, una brecha insalvable entre las clases. Si eres camarera o limpiadora, por ejemplo, la sociedad te encasilla en ese rol. Es difícil que coincidas con la directora de una empresa, o que vayas a comer al mismo restaurante que un diputado. No hay tanta movilidad social como aquí, donde no es tan difícil que personas cor roles diferentes y poderes adquisitivos distintos coincidan en los mismos ámbitos”, compara.

Sabe bien de lo que habla, pues lo ha vivido en su piel. En Villa de Cura (Venezuela), fue durante diez años secretaria de la cámara edilicia municipal. “Era un trabajo prestigioso, bien valorado socialmente”, indica. En Vitoria, cuando llegó, tuvo que “empezar desde cero” y comenzó a trabajar de camarera. “El contraste fue muy grande, claro. Yo venía de una situación diferente, tenía dos carreras universitarias y traía la mentalidad de allá. Sin embargo -matiza-, no tardé en percibir que aquí las cosas eran distintas y se vivían de otra manera. ¿Qué más da en lo que trabajes si el fruto de tu esfuerzo te permite hacer lo que te gusta, vivir tranquilo y ser feliz?”

La pregunta queda suspendida en el aire. Hay una pausa. Después, Cristina prosigue. “Mira. Yo me siento muy conforme con mi vida, satisfecha y realizada. He estudiado lo que he querido y, aunque no trabaje de ello, soy una persona feliz. En Venezuela, hubo un momento en que dejé de serlo. Me sentía presa en libertad. En parte por mi cargo y en parte, por estar casada con un europeo, me sentía controlada y perseguida. A veces, incluso, tenía que cambiar de ruta o de coche”, indica.

Unas largas vacaciones

La razón de su partida está ahí. Y la elección del destino, también, pues el marido de Cristina es vasco. “En 1983, él viajó a Venezuela -relata-. Iba de vacaciones, pero un amigo de su padre que vivía allí le ofreció trabajo y se quedó. En ese entonces yo era muy jovencita; tenía 13 años, y estudiaba teatro con un profesor español. Una tarde, mi marido fue a buscar al profesor y así nos conocimos él y yo”.

Cristina recuerda que pasaron muchos años de “miradas y poco más” porque, en aquella época, “sólo tenía permiso para ir a misa y comprar el pan”. Se casaron cuando ella cumplió 19 años. “Al año siguiente, nos fuimos de luna de miel a Londres, pero hicimos un alto en el camino para pasar por Vitoria. Conocí a su familia, a Euskadi y, durante los años siguientes, viajamos varias veces”. Aun así, la pareja no tenía planes de radicarse en el País Vasco.

“Estábamos bien en Venezuela… Hasta que dejamos de estarlo. La inseguridad empezó a aumentar, la asistencia sanitaria tenía grandes carencias… Decidimos cruzar el ‘charco’. Y fue difícil, sin duda. Regalamos casi todas nuestras cosas porque no pudimos venderlas. El cambio del bolívar a la peseta fue muy desfavorable. Tuvimos que empezar a construir desde la nada. Pero, ¿sabes qué? Valió la pena. Después de 22 años, seguimos juntos y tenemos una hija maravillosa. Estoy muy agradecida con la vida”.

2012 América del Sur Ellas

223 | Walter

Quienes pasean a menudo por el Serantes o La Arboleda, seguramente le habrán visto alguna vez. O varias, porque allí suele entrenar Walter Becerra cada tarde, cuando sale de trabajar. “Me gustan mucho esos lugares y, además, quedan cerca de mi casa -dice-. Pero no siempre estoy en el monte. También disfruto con el bidegorri y la hierba, y hay días que voy a Zorrotza, a correr con mi entrenador”. ¿La frecuencia? “Todos los días del mes, menos uno, que es el único que descanso. El resto del tiempo, o entreno o compito”. Así resume su rutina este deportista venezolano, que se forjó en la selección de su país y que vive en Sestao, desde hace 5 años.

“En Venezuela entrenaba mucho más porque me dedicaba exclusivamente al deporte”, indica el corredor. “Aquí no. Compagino la actividad física con mi trabajo en una empresa de publicidad. Por las mañanas, trabajo con ellos, y el resto del tiempo, corro con su equipo”, explica Walter, que se pone la camiseta, de manera literal. “Me gusta combinar ambas cosas. En mi país quería hacerlo, pero no podía: si eres deportista de élite, no tienes la oportunidad de hacer algo distinto”.

Sin embargo, está agradecido, pues “si no fuera por el deporte, hoy no estaría aquí”. Ser corredor de montaña y representar a Venezuela le permitió viajar por el mundo y conocer países muy diferentes al suyo. Entre ellos, Malasia, Suiza, Alemania e Italia, un lugar del que se enamoró. “Quizá me pasó eso porque fue lo primero que vi al bajar del avión, no lo sé, pero quedé enamorado. Me gustaba el idioma, el protagonismo de algunas competiciones -como el Giro,- el aspecto de las ciudades… hasta las mujeres me parecían impresionantes. Yo tenía 20 años y me acuerdo que pensaba: ‘¡esto solo se ve en las revistas!’”.

Walter, que viajaba entonces con sus compañeros de selección, sintió ganas de quedarse. “Ellos decían que Europa estaba bien, para un fin de semana. Y yo, en cambio, quise vivir aquí. En ese sentido, fui un inconformista, porque pensé: ‘yo no quiero viajar; quiero vivir donde he viajado’. Fue un sentimiento muy claro para mí, así que empecé a trabajar para hacer realidad ese sueño. Si uno quiere conseguir algo, tiene que cambiar, saber renovarse y renunciar a ciertas cosas. Yo tenía una vida estable en Venezuela y lo dejé todo para hacer lo que quería”.

Vascos en Malasia

De sus viajes como deportista, Walter conocía a otros corredores. Algunos de ellos, vascos, con los que coincidió en Malasia. “Ya había hablado con varios colegas y entrenadores. Estuve un tiempo en Barcelona y casi me quedé en Andorra, pero finalmente, me vine para aquí, donde hay mucha tradición montañera. Este es un deporte que va a más y que, día a día, gana nuevos seguidores. Y la ventaja de mi profesión es que puedo desempeñarla en cualquier parte del mundo. Si eres bueno corriendo, vayas donde vayas, sales adelante”.

Walter lleva razón; entre otras cosas, porque ‘salir adelante’ significa para él conquistar el primer puesto. Ejemplos de ello son el III Rail de Otañes o la Camille Extreme de 2011, elegida por la Federación Vasca como el campeonato de Euskadi, donde el venezolano resultó ganador. Aun así, su mejor carrera fue “la primera”. El resultado no fue el óptimo -quedó 9º-, pero él la recuerda con muchísima intensidad. “Fue mi primera Copa del Mundo, se disputó en Suiza. Yo era muy jovencito y estaba bastante perdido porque tenía poca experiencia en la montaña y no me enteraba mucho de las cosas. Pero ahí estaba, corriendo con los mejores… Fui escapado casi toda la carrera con el chico que al final la ganó, pero me dio una ‘pájara’, como dicen aquí, y me pasaron varios corredores. Igual, fue como un sueño. Si me tuviera que retirar ahora del deporte, lo haría feliz”.

Pero esa hipótesis aún está muy lejos; tanto como la idea de volver a su país. “En Venezuela no tengo ni ropa… Está mi familia, claro, pero mi vida está aquí. Me gusta mucho el País Vasco. He hecho amigos, practico el deporte que quiero y ya pasé por la etapa dura, la del principio, que es el momento de la adaptación. Ahora conozco mi barrio y ya sé dónde comprar fruta más barata, por poner un ejemplo cotidiano”, dice.

2012 América del Sur Ellos

219 | Gabriela

Una semana antes de viajar a Euskadi, la maleta de Gabriela estaba abierta y completamente vacía. Su madre, que la esperaba aquí, habló con ella por teléfono; le recordó que los días pasan de prisa antes de un viaje y le preguntó por qué no había resuelto ese asunto. “No he hecho la maleta todavía porque no hallo el modo de meter una vida ahí dentro”, respondió. Para ella, el momento suponía más que hacer un equipaje. En ese juego de encastres, texturas y formas, estaba eligiendo qué conservar y qué no, cuáles serían las presencias y las ausencias en el futuro. Estaba dejando una vida por otra. Y lo sabía.

Gabriela llegó en septiembre de 2010, tras una ruptura de pareja. Viajó con su hija, que entonces tenía 12 años, y vino directa hacia Getxo, donde vivían su madre y sus hermanos. “Ellos se vinieron para aquí hace casi veinte años, pero entonces yo me quedé en Venezuela. Obviamente, la separación fue dura; sobre todo al principio, porque es imposible no sentir un punto de abandono. Sin embargo, luego te acostumbras. Te haces fuerte y aprendes a desenvolverte en la vida. Los hijos que pasamos por la experiencia de la distancia nos hacemos más responsables. Maduramos antes”, indica.

Las migraciones han estado muy presentes en la vida de Gabriela que, como bien dice, ha vivido el fenómeno desde los dos lugares posibles: “Primero vi cómo mi madre se marchaba y, después, me vi a mí misma yéndome”. La diferencia es que, al venir, ella trajo consigo a su niña. “Fue una decisión muy importante para las dos, y muy conversada. Mi hija y yo somos unidas, y le pedí su opinión antes de dar el paso -señala-. Para ella, el viaje era una novedad. Para mí, suponía un cambio. Yo sabía que habrían diferencias e inconvenientes, pero nunca imaginé que serían tantos”.

La rutina de ambas se alteró de manera significativa. Para la niña, hubo un aumento en la exigencia académica: “Eran más horas de clase al día y un nuevo idioma para aprender desde cero… A veces íbamos en el autobús y se quedaba dormida”, recuerda Gabriela, que también lo tuvo difícil, pero por otras razones. En Maracay, su ciudad, tenía un buen empleo en una institución educativa. Trabajaba como analista de nóminas, en departamento de Recursos Humanos. Aquí, no. Trabaja como asistenta doméstica.

“Al migrar, pasé de ser conocida a ser una desconocida; y pasé de ser alguien de confianza en una empresa a ser alguien que genera desconfianza en los demás… Cuando eres de fuera, tienes la sensación de que en el viaje de venida te han puesto una etiqueta que dice ‘Cuidado, esta persona no es fiar’. Se nos ve con ojos severos, casi sin distinción, y me gustaría que fuese distinto. Hay muchas personas honestas, preparadas, que vienen con deseos de integrarse”, apunta.

Tigres o leones

Pero, si el cambio no resulta provechoso, ¿para qué cambiar? Gabriela ha escuchado esta pregunta mil veces y la responde con claridad. “Lo que nos mueve a irnos es, siempre, una necesidad de algo. Y yo necesitaba muchas cosas. No me convencía la situación política de mi país, quería seguridad, oportunidades económicas y una mejor calidad de vida para mi hija -enumera-. Cuando vine, ya sabía que aquí había crisis, pero la realidad venezolana no pintaba mucho mejor. Eran los tigres o los leones -dice-, y elegí venir”.

En su maleta, además de “un montón de muñecas”, Gabriela guardó su apuesta. “Dices ‘tengo estas necesidades’ y entonces llenas las maletas de sueños y de ganas. Llegas aquí, pensando en comerte el mundo, y descubres que el mundo te frena”. Para ilustrarlo, elige una imagen infantil.

“El ‘kit’ de la Barbie migrada siempre viene con la escoba, el recogedor y la silla de ruedas para pasear a los ancianos. Nunca trae un libro bajo el brazo. No viene con los complementos para verla estudiando. Eso es muy duro -lamenta-. Cuando migras, te quedas en esa caja, con esos elementos. Y por mucho que te esfuerces, es muy difícil que cambies de ropa. Aunque todo trabajo es digno, quedamos relegadas a una única opción”.

2012 América del Sur Ellas

112 | Víctor Hugo

Víctor Hugo Garrido es ciclista paralímpico; un deportista de élite que se ha hecho a sí mismo y que el mes pasado, en Italia, se alzó con el campeonato mundial. «Esta medalla es el premio a muchos años de trabajo y representa mi gratitud hacia quienes me ayudaron, tanto en mi país como en Euskadi», dice este venezolano que reside en Bilbao, mientras enseña orgulloso el oro.

La casa de Víctor Hugo se asemeja a un museo del deporte. En el salón, junto al sofá, descansan dos bicicletas. En el centro, sobre la mesa, un centenar de recortes de prensa repasa su trayectoria. Más allá, en la pared, la estantería se engalana de trofeos y, en el extremo de la habitación, varias medallas relucen tras el cristal de una vitrina. Si de atesorar momentos se trata, él conserva hasta las flores que le han dado. Difícil imaginar que, a pesar de tantos ramos, la vida de este ciclista no ha sido un camino de rosas.

Su historia personal y deportiva van unidas desde que un accidente de moto le dejó discapacitado. Un choque frontal con otra motocicleta y una mala atención médica provocaron que Víctor Hugo perdiera su pierna izquierda cuando tenía 23 años. «Fue un antes y un después -recuerda-. Cuando te pasa algo así, tu mundo se desmorona. Te deprimes, las relaciones familiares se resienten y se desequilibra todo tu entorno. Sentí que estaba en un túnel de oscuridad y tristeza, pero también hubo un despertar», matiza el ciclista. Aquel fue el comienzo de su carrera.

«Desconocía el mundo de la discapacidad; no tenía ni idea de cómo era. Pensaba que, al estar así, el sistema debería facilitarme herramientas para llevar una vida normal. Una prótesis, una silla, hubieran hecho la diferencia. Pero, de eso, no hubo nada. Allí, las personas discapacitadas que no tienen dinero terminan muchas veces condenadas a la mendicidad, a pedir limosna, a vivir en la calle y dar lástima. Y yo me rebelé contra eso. Yo quería seguir siendo la persona que era, quería trabajar, mejorar, valerme por mí mismo», enfatiza.

Aquella «revolución interior», como él mismo la denomina, se canalizó a través del deporte; aunque no fue una bicicleta, sino un par de muletas, lo primero que utilizó para abrirse paso en el mundo. Víctor Hugo corrió maratones -entre ellas, la de Nueva York, en 1987-, se animó con el duatlón, el triatlón y, para reivindicar los derechos de las personas con discapacidad, recorrió Venezuela divulgando una ley de integración. La pierna ortopédica que no podía pagarse llegó después, gracias a la entonces Miss Universo y alcaldesa de Chacao Irene Sáez, que confió en él y le ayudó a financiar la prótesis. Víctor Hugo viajó a Estados Unidos y, arropado por la comunidad venezolana de Miami, empezó a practicar ciclismo. Su esfuerzo le llevó hasta los Juegos Paralímpicos de Sydney, donde quedó décimo.

Apoyo vasco

La experiencia le confirmó que tenía aptitudes pero, también, que le faltaban recursos y técnica. «Descubrí que el ciclismo está en Europa, que el calendario internacional y las competiciones más importantes están aquí», dice. Y, como él quería superarse, juntó valor y se atrevió a venir. «Empecé viajando a torneos puntuales hasta que, finalmente, me quedé». De aquello han pasado cuatro años y la elección de Bilbao no fue casual. «Aquí existe una gran afición por el ciclismo y hay un fuerte compromiso social. Cuando vine, vi que toda la ciudad estaba cambiando, que apostaba por el desarrollo y por la integración de la discapacidad. Me acuerdo que pensé: ‘yo quiero formar parte de esto’».

Aunque Víctor Hugo representa a su país y, como deportista de élite, recibe apoyo de Venezuela, reconoce que, sin los vascos, no habría llegado adonde está. «La fundación Bat Basque Team creyó en mí y me apoyó muchísimo. Eso, para un deportista, es fundamental. Yo no quiero ayudas de emergencia social o por discapacidad, porque considero que no te dan la oportunidad de ser productivo, sino que te incitan a estancarte y esconderte. Tampoco quiero dar lástima porque aquí hay muchos avances para los discapacitados», relata. «Mi mensaje es otro», subraya. «Yo quiero contarle al mundo que cualquier meta es posible si te empeñas en conseguirla».

2009 América del Sur Ellos

63 | Ynarhú y Mao

Todavía no han cumplido su primer año en Euskadi, aunque experiencia migratoria no les falta. Entre conciertos, viajes de estudios y giras, Ynarhú Silva y Mao Fermín llevan años viviendo lejos de Venezuela. Él, ocho. Ella, treinta. Su historia conjunta, que empezó en aquel país como «un amor musical», continuó en Canarias y Madrid, hasta afincarse en Bilbao.

Ynarhú y Mao son músicos. Trabajan juntos, componen juntos y, desde hace varios años, comparten su vida afectiva. La entrevista se desarrolla en una confitería de Santutxu y es también a dos voces. «Me fui de Venezuela en 1979 para estudiar Turismo en Madrid, así que llevo coqueteando con España desde que era muy jovencita», dice Ynarhú, cuyo nombre significa ‘agua clara’ en la lengua de los pemones, una etnia aborigen de la Amazonia venezolana.

Aunque vino por estudios y su primer contacto con Europa tuvo lugar en la capital española, no fue allí, sino en Canarias, donde la artista cambió de rumbo y soltó sus anclas. «Descubrí que la música era mi pasión y me dediqué a ello en las islas que, durante muchos años, fueron mi segunda casa. Al principio, tenía en mente volver a Venezuela cuando me sintiera bien, pero el tiempo fue pasando y nunca encontré el momento. Allí nadie me conocía; era aquí donde estaba mi vida».

Una gira por su país en la década de los noventa introdujo un nuevo matiz. Su nombre: Mao Fermín, un conocido músico venezolano de dilatada trayectoria que, en aquel entonces, ya compartía escenario con artistas de la talla de Pablo Milanés y Alfredo Zitarrosa. «Nos conocimos en Venezuela, cuando Ynarhú fue a hacer una serie de conciertos; aunque lo nuestro fue, primero, un amor musical», dice él. Luego, llegaron las decisiones, que implicaban muchos cambios y no resultaron sencillas.

Como resume Ynarhú, «Mao pertenecía al movimiento más importante del folclore latinoamericano, tenía allí su carrera y vivía bien. Lo primero que vi en él fue un músico muy abierto y universal», dos cualidades que se transformaron en una invitación para hacer un disco conjunto. Mao aceptó la propuesta sin imaginar que acabarían grabando tres. Y casados. «Me costó emigrar -confiesa él-, pero ha valido la pena».

En Canarias, donde vivieron juntos un lustro, participaron en todas las celebraciones, verbenas y festivales, y lograron hacerse con un público fiel. Sin embargo, Ynarhú y Mao tenían «más inquietudes musicales» y sabían que, para alcanzarlas, debían buscarlas fuera. «Él dejó Venezuela por mí y yo salí de Canarias por él. Comprendí que allí lo habíamos hecho todo y que la vida es más que siete islas. Por eso nos fuimos».

Entre fábricas y violines

Estuvieron un año en Madrid, hasta que el Consulado de Venezuela en Bilbao les invitó a actuar en una serie de actos oficiales que tendrían lugar en la villa. Vinieron, cantaron y se maravillaron con la ciudad, prometiéndose que volverían «aunque fuera un fin de semana». «A él le pareció un lugar precioso y yo quería salir corriendo de Madrid», dice ella. Poco después, se abrió una puerta. «El Consulado ofrecía una plaza fija de trabajo y me presenté. Así fue como nos vinimos a vivir al País Vasco», sintetiza Ynarhú.

En opinión de Mao, no fueron ellos quienes eligieron Bilbao, sino la villa quien los eligió a ellos. «Queríamos seguir creciendo y esta ciudad nos dio la oportunidad. Las cosas se dieron de tal modo que nos hicieron posible venir, porque emigrar no es fácil y requiere tener los pies bien puestos en la tierra». Más aún si eres artista, «pues haces una carrera de fondo y construyes poco a poco. Darse a conocer lleva tiempo y, mientras tanto, tienes que vivir», reflexiona.

«Muchas veces los inmigrantes hacemos el trabajo que nadie quiere porque es lo que hay, no porque nos falte preparación académica -agrega Ynarhú-. Mao trabajó en una fábrica para pagar el alquiler, pero nunca dejó de ser un maestro del violín».

2008 América del Sur Ellas Ellos

52 | Guillermo

En Venezuela, su país, era productor de televisión, hasta que una beca de estudios le cambió la vida por completo. Aterrizó en la capital vizcaína en 2003 para hacer un posgrado en Periodismo sin imaginar que se quedaría a vivir aquí y, mucho menos, que el propio aeropuerto se convertiría en su lugar de trabajo. Hoy no es capaz de imaginarse en otra ciudad.

La Semana Grande se acerca a golpe de martillo a la Plaza Nueva, donde varios trabajadores montan el escenario de fiestas. Hace calor en la villa y se nota, pues las terrazas están casi vacías. Al amparo de una sombrilla, Guillermo pide un café con hielo. «Me encanta la ciudad en esta época del año -dice-. A partir de mayo cambia por completo, se transforma. Cuando llega el verano, me enamoro aún más de Bilbao».

No es el clima, sin embargo, lo que más le atrae de la ciudad, sino el estilo de vida y su gente, que lo ha acogido como uno más. «Muchas veces me preguntan si no echo de menos la comida de Venezuela, y la verdad es que, si bien extraño algunas cosas, me encanta la gastronomía vasca. Disfruto mucho con el concurso de pintxos, probando esas pequeñas especialidades, y también del ambiente del Casco Viejo, que lo tiene todo», asegura.

¿Más que Maracaibo, incluso? «Ese es un error muy frecuente -contesta-. Mucha gente piensa que la ciudad es un paraíso, con palmeras y mar, pero Maracaibo es una ciudad muy gris e industrial, como era Bilbao hace veinte años. Tiene palmeras, sí, pero los lagos y el mar están contaminados, porque de ahí sale todo el petróleo de Venezuela. Además, no es un lugar muy seguro; por eso nunca recomiendo hacer turismo en mi país».

Lo que dice «suena fatal» y lo sabe, pues más de una vez le han acusado de ser un catastrofista, así que matiza la frase: «Venezuela es preciosa, tiene todos los climas y lugares muy bellos, pero a mí me gustaría que la gente conociera lo bonito sin arriesgarse a pasar por una mala experiencia. Desde que ‘el innombrable’ -Hugo Chávez- está en el poder, la situación es muy mala», explica.

Mecanismos de defensa

Nunca olvidará el 11 de abril de 2002, cuando se produjo el golpe de Estado. «Yo trabajaba para la cadena Televen y estaba en la calle, en una furgoneta del canal, junto con el cámara y un reportero. De pronto se nos echó encima una turba de gente que empezó a apalear el coche. Ahí me di cuenta de la violencia y la división que había en el país; no sólo entre ricos y pobres, sino también entre antichavistas y partidarios del régimen». Fue entonces cuando pensó que había llegado el momento de marcharse.

Llegó a Bilbao con una beca de estudios y un objetivo: cursar un máster para luego regresar. Pero la ciudad lo cautivó. «Al principio fue difícil -confiesa-, pero una vez que haces amigos y logras cierta estabilidad emocional, todo mejora. Sigo extrañando a mi familia, claro, aunque menos. Con el tiempo, te acabas acostumbrando. Activas una especie de mecanismo de defensa para no estar todo el día lamentándote».

Poco a poco, Guillermo empezó a combinar su trabajo en la televisión local con el de una compañía aérea, hasta que decidió dejar los medios de comunicación. «Empecé como auxiliar de tráfico y ahora soy supervisor de facturación», detalla. El paso no resultó sencillo, pues «suponía echar por tierra seis años de carrera», aunque en la actualidad se siente «muy feliz» con el cambio. «Me llevo muy bien con mis compañeros de trabajo, estoy muy a gusto con ellos y el trabajo me encanta», dice.

A propósito de vuelos, la visita de Chávez a España le merece una reflexión: «Quiere limar asperezas y mejorar su imagen internacional, que está muy deteriorada -opina-. Pero no importa lo que haga; todo el mundo sabe ya qué clase de persona es. El día que el Rey lo mandó callar quedó en evidencia lo que hay que aguantar en Venezuela. Fue un momentazo».

2008 América del Sur Ellos