436 | Claudia

Seis meses en Barcelona alcanzaron para que Claudia Chackelson supiera que iba a volver. Había venido desde Uruguay para cursar un semestre de su carrera –Ingeniería Industrial– y la ciudad le gustó tanto que, cuando terminó ese periodo, se marchó pensando en cómo regresar. “Fue una experiencia muy buena. Me enamoré de la ciudad y del país. Cuando volví a Montevideo, solo me faltaba el proyecto final para graduarme, así que me puse a buscar opciones para hacer un posgrado aquí”.

Buscaba becas de estudio y tenía un máster en mente, algo que durara un año y le permitiera especializarse en logística, pero la oportunidad se le presentó en forma de doctorado. “Había un convenio entre mi facultad y Tecnun, la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Navarra. Me ofrecieron venir al departamento de Organización Industrial. La duración no era de un año, sino de cuatro, y la ciudad no era Barcelona, sino San Sebastián, pero a mí me pareció estupendo. ‘Están cerca’, pensé”, dice riéndose de sí misma.

“Llegué en 2009 y la verdad es que vine con la mente abierta a lo que pudiera ocurrir, incluso a quedarme. Si te marchas a un lugar sabiendo que tienes cuatro años por delante, debes ser consciente de que eso puede pasar”, sostiene. Y pasó, solo que de un modo muy distinto al que ella había imaginado. Cuando decidió venir a Euskadi y dedicar todo su tiempo a la ingeniería, no contempló la posibilidad de enamorarse y, mucho menos, de cambiar de profesión. Ambas cosas sucedieron.

“A José, mi marido, lo conocí nada más llegar. Es más, él fue la primera persona que conocí en San Sebastián. Trabajaba en la universidad y, como yo venía sola con un montón de maletas, le pidieron que fuera a recogerme al aeropuerto. Siempre dice que fue el peor día de su vida, pero aquí estamos”, bromea Claudia, que acabó casándose con él unos años después. “La boda estuvo muy bien y fue muy divertida porque José tampoco es vasco, así que vino gente de todos lados”. Divertida y emotiva porque la celebraron en Orio, en el mismo restaurante donde salieron juntos por primera vez.

El cambio profesional llegó de una manera más sutil, como un hobbie. “La universidad ocupaba todo mi tiempo, pero un día comencé a leer libros sobre gestión personal de finanzas. Empecé por lo típico: ‘Padre rico, padre pobre‘, ‘Secretos de la mente millonaria’, cosas así. Compraba los audiolibros y los iba escuchando en el autobús, de camino a la universidad, o mientas hacía deporte. De esa manera, optimizaba el tiempo y hacía algo que me resultaba divertido. Me gustan más los libros de economía que las novelas”.

La psicología del dinero

A medida que avanzaba en sus lecturas, Claudia fue centrando su interés en “la psicología del dinero, esta creencia tan extendida de que es malo y que se refleja en frases como que el dinero no da la felicidad. La realidad es que el dinero es un vehículo que usa todo el mundo, pero que nadie nos enseña a usar. Es parte de la vida cotidiana, tiene una enorme incidencia en muchos aspectos presentes y futuros y, pese a ello, delegamos su gestión. Dejamos que el banco nos diga qué hacer porque confiamos, pero no sabemos distinguir si un producto es bueno o malo”, observa.

Este asunto le pareció tan interesante que decidió investigar más, formarse en Inglaterra y Alemania con expertos en finanzas personales y, finalmente, dar el salto a este campo. “Me atrapó tanto que dejé la ingeniería”, dice Claudia que, a día de hoy, ha constituido una empresa en la que ofrece formación y asesoría financiera. “El dinero tiene tres fases: ingresar, mantener y hacer crecer –explica, en un intento de síntesis–. Hay personas que son muy buenas ingresando, que ganan mucho, pero no saben mantener o ahorrar lo que han ganado. Y hay personas que saben mantener, pero no saben cómo hacer crecer sus ahorros”.

“Mi trabajo consiste en mejorar esas situaciones”, añade Claudia, que además de los cursos ha escrito un libro sobre planificación de finanzas personales. “Podría hablar sobre esto durante horas, pero hay dos cuestiones que me parecen fundamentales. La primera, que es imprescindible aprender a ocuparse uno mismo de sus ahorros. Las noticias muestran con claridad que el sistema de pensiones actual no es sostenible. La segunda, que hacer crecer el dinero es un tema de creatividad. A menudo pensamos ‘esto es lo que hay’ y nos conformamos, sin tener en cuenta que con muy poco se puede hacer mucho. Hace falta disciplina y constancia, eso sí, como cuando te preparas para correr una maratón. Puedes hacer cosas increíbles, pero necesitas tiempo para evitar lesiones”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Sur Ellas

408 | Viviana

Viviana Cauna lo tiene claro: “Cuando trabajas en lo que te gusta, se nota. El tiempo que empleas, la dedicación y el nivel de minuciosidad son mucho mayores. Es fácil darte cuenta cuando alguien hace aquello que realmente le apasiona porque esa entrega marca la diferencia”, sostiene. En su caso, es una dulce vocación: la pastelería y la repostería, un oficio al que se dedicaba en Uruguay antes de emigrar, que mantuvo aparcado durante años cuando vino al País Vasco con su esposo y que ahora ha vuelto a retomar aquí con tanto esfuerzo como ilusión.

“La pastelería es una ciencia exacta. Hay que pesar, medir, tamizar, controlar tiempos… y ceñirse a todos esos parámetros sin quedarse corto ni pasarse. Quizá el único elemento que no se puede calcular es el mimo con el que uno hace las cosas. Y es curioso, porque seguramente sea el ingrediente más importante de todos”. Con estas palabras, Viviana describe su trabajo cotidiano, un oficio que aprendió hace muchos años, cuando vivía en Mercedes, un pequeño pueblo de Uruguay.

“Mi pueblo tiene unos cuarenta mil habitantes, es chiquito, aunque contábamos con todo lo necesario. Cuando vivíamos allí, mi esposo y yo teníamos una panadería, un obrador propio y nos iba muy bien. Hubo un momento en el que éramos trece personas trabajando -dice para cuantificar el negocio-. Pero en 2002, justo después de la crisis de Argentina y del famoso ‘corralito’, todo se desmoronó. Redujimos la plantilla hasta quedar en la mitad. Poco después, abrió un supermercado muy grande justo enfrente de nuestro local. Vendía el típico pan congelado a bajo precio, no podíamos competir. Ese año bajamos la persiana. Al año siguiente, nos fuimos del país”.

El relato de Viviana se asemeja bastante al de muchas personas de aquí -jóvenes, sobre todo-, que han tenido que cerrar sus comercios, que se han quedado en el paro o que han decidido marcharse. “Es duro. Siempre que recuerdo esa etapa siento tristeza. Cambiar de lugar, dejar tus cosas y decirle adiós a tus afectos es muy difícil, pero la incertidumbre es lo peor. Uno se va sin saber con qué se va a encontrar, cómo serán las cosas en la otra punta del mundo. Y te vas con lo puesto y poco más. En nuestro caso, al menos fue así. Trajimos muy pocos ahorros y las manos en los bolsillos”.

Eligieron Euskadi porque Gustavo, su marido, tenía un buen amigo aquí. “Su amigo es hijo de vascos que, en su día, emigraron a Uruguay, aunque hace años que regresaron a Algorta. Siempre siguieron en contacto y cuando supo que lo estábamos pasando mal con el negocio, le animó a que viniera”. Y Gustavo vino. Primero él, que consiguió trabajo a los pocos días en un bar, preparando pintxos. Después llegó ella con los niños. “Teníamos dos hijos pequeños. Hoy tienen 16 y 18 años, pero en ese momento eran chiquitines. Para nosotros fue difícil pero para ellos eso fue una ventaja, porque en el cole se integraron enseguida”, indica.

Óxido, polvo y proyectos

El marido de Viviana trabajó durante años en el bar. Y ella, que trajo en su maleta el libro de recetas de la panadería y sus herramientas de trabajo, como las cortadoras de pastas o las boquillas de decoración, vio cómo algunos de estos utensilios se oxidaban por la falta de uso. Pasó años sin tocarlos, trabajando en otras cosas. “Empecé igual que mucha gente, limpiando casas y portales, hasta que conseguí empleo como camarera. Allí, detrás de la barra, hice grandes amigos. Mis compañeros de trabajo fueron siempre un gran apoyo para mí. Al principio, como digo, es muy difícil. El cambio de cultura se nota. Estábamos muy solos. Nos teníamos a nosotros mismos. Y las personas, hasta que te conocen, te esquivan”, relata.

Los compañeros de trabajo “y las mamás y los papás del cole” fueron los primeros vínculos afectivos de Viviana y su familia. Se afianzaron, se estabilizaron, tuvieron un tercer hijo… Y llegó la crisis. “Mi marido se quedó sin trabajo con 50 años. Mi sueldo no alcanzaba para mantener a toda la familia. Así que nos pusimos a pensar ‘cómo salimos de esta’, ‘qué sabemos hacer’. Volver no era una opción, ni por nosotros ni por nuestros hijos. Así que decidimos lanzarnos y abrir nuestra pastelería”, cuenta ella de manera resumida, ya que “fue muy complicado, desde encontrar el sitio, hasta hacer la obra u obtener un microcrédito en el banco. Menos mal -matiza- que nos acercamos al ayuntamiento y contamos con el apoyo de Getxolan, que ayuda mucho a los emprendedores”, dice agradecida.

“Así y todo, fue difícil. Incluso tuvimos que mejorar nuestro libro de recetas, aprender a hacer cosas típicas de aquí, probar qué cosas funcionaban y cuáles no, y adaptar nuestras preparaciones para el público local. Los vascos son muy sibaritas, saben comer bien y les gusta la buena comida. Tienen un nivel de exigencia muy alto”, observa Viviana. “Pero eso no nos intimidó. Incluso hemos conseguido poner de moda cosas muy nuestras, como los alfajores de maicena con dulce de leche”, cuenta orgullosa. “Poco a poco nos hemos hecho un lugar. Desde luego, hay un montón de niños en el barrio que están contentos de tenernos por aquí”, concluye con una sonrisa.

2016 América del Sur Ellas

374 | Eve

“Yo vine aquí por mi hijo. Él emigró de Uruguay con dieciocho años. Era un crío -dice Eve y se le endulza la voz-. Como madre, lo pasé muy mal cuando se fue. Y ni te digo durante los dos años siguientes… En ese tiempo, solo pensaba en volver a verlo. Todos los días me imaginaba el reencuentro. Y me costaba, porque cuando alguien que quieres se va lejos, a un lugar que desconoces, no eres capaz de situarlo físicamente en ningún lado. Yo no podía ubicar a mi hijo en Bilbao, ni imaginarlo caminando por sus calles, porque Bilbao para mí era solo un nombre”.

Así describe Eve Norte ese punto peculiar donde confluyen la imaginación y la añoranza. “Nos reencontramos dos años después, aquí. Él había trabajado mucho en ese tiempo; lo habían contratado en un bar del centro y con sus ahorros, más un crédito que pidió, compró mi billete de avión y el de su hermana, que se había quedado en Uruguay conmigo”, relata. De aquel momento, recuerda el abrazo del reencuentro y las conversaciones interminables del después. “Había tanto para hablar… Aquello fue increíble. Amanecíamos conversando”.

El ‘subidón’ le duró unos meses. “Luego te cae la ficha de dónde estás. Empiezas a mirar más allá de tus afectos inmediatos y comprendes que has dejado atrás todo lo conocido, todas tus referencias, lo que te sabes de memoria… Me acuerdo que me pregunté: ‘¿Y yo me tengo que quedar a vivir acá?’ De pronto caí en la cuenta de que estaba a miles de kilómetros de casa, en una ciudad donde no conocía a casi nadie, con otros códigos, otra cultura, otra comida, incluso otro idioma, porque al principio cuesta mucho hacerse con las expresiones y los matices de aquí, aunque hables castellano”.

“En ese lapso se pasa mal. Descubres que puedes sentirte muy solo aunque estés rodeado de gente. También se resiente tu autoestima, tu seguridad. Vas como pidiendo permiso para todo porque, en el fondo, buscas la aprobación de los demás. Pierdes espontaneidad, mides cada gesto y cada palabra, no sea cosa que vayas a meter la pata. Y te topas con unas resistencias increíbles, no tanto de las otras personas, sino tuyas, propias”, reconoce Eve, que pasó así unos meses, hasta que un día decidió cambiar radicalmente de actitud.

“’Esto no puede seguir así’, me dije. Razoné que, si estaba aquí, era porque tenía que aprender cosas. Y aprendí, claro que aprendí, porque las urgencias te hacen crecer muy deprisa. En un punto dices ‘bueno, es verdad que aquí nadie me conoce, que nadie sabe quién soy ni tiene referencias de mí… así que me va a tocar forjarme la credibilidad poco a poco y yo sola’. Así empecé, y así lo hice. Eres tú, con tu actitud, la única persona capaz de demostrar que vienes a trabajar y a construir, a luchar todos los días como cualquier persona de Bilbao”.

Tiempo de crecer

La familia, poco a poco, creció. “Mis hijos formaron sus parejas y tuvieron a sus hijos aquí”, dice Eve, que está feliz de ser abuela. Pero también creció el arraigo en este tiempo, y las ganas de emprender. “Hace unos años, montamos una panadería. Nos costó mucho armar ese proyecto, justo en tiempos de crisis. Pero lo hicimos. Trabajamos todos un montón de horas, le pusimos muchas ganas, mucho esfuerzo… y cuando terminamos de ‘parir’ ese proyecto, cuando se asentó y pudimos tener nuestra semanita de vacaciones después de mucho tiempo, nos lanzamos al siguiente”, cuenta sonriente, con mucha ilusión.

“Mi hijo siempre está pensando cosas. Es un emprendedor. Un día vino y me planteó abrir un bar. Y yo le dije que sí porque confío en él y en su criterio”. Así nació, hace menos de un mes, un curioso establecimiento del Casco Viejo de Bilbao, que tiene mucho de hostelería y novedad, pero mucho más de homenaje. El nombre lo dice todo: se llama ‘José Pepe Mujica’.

“Para nosotros, es una referencia. Yo siempre creí que el Pepe era un gran pensador y honestamente pensaba que no sería tan buen presidente como filósofo, pero lo fue. Entre otras cosas, puso a mi país en el mapa. Gracias a él, somos algo más que fútbol. Yo creo que los uruguayos que están allí no son conscientes de la magnitud de este hombre a nivel mundial. Es alguien que vive de acuerdo a sus valores, que defiende la sencillez y se preocupa por la felicidad. Y con casi ochenta años, es un referente para la juventud”, dice Eve, con énfasis. Y añade un deseo a su reflexión: “Me encantaría que viniera al bar. Sería un ‘bautismo’ maravilloso. Sé que tiene previsto venir al País Vasco, porque sus raíces son de aquí, y la verdad es que me encantaría servirle un pintxo y un café”.

2015 América del Sur Ellas

313 | Ernesto

Ernesto Díaz Norte emigró joven y solo. Se marchó de su país, Uruguay, hace casi diez años, cuando tenía 19. «Fui directo a Barcelona, porque tenía referencias de que allí había trabajo, aunque en realidad no sabía nada más. Tampoco conocía a nadie». Como muchos extranjeros, viajó cargado de expectativas pero con poca información. «Para que te hagas una idea, solo traje 170 euros, lo que había podido ahorrar, y estaba convencido de que eso era mucho dinero», dice riéndose de sí mismo.

«Por suerte -prosigue- en el avión coincidí con un chico, un conocido de mi madre que sí tenía referencias en la ciudad: un amigo suyo que nos hizo lugar en su casa». El ‘salvavidas’ le permitió a Ernesto mantenerse a flote durante un mes y medio, aunque el dinero se escurría y la situación empezaba a ser crítica. «En ese momento, me llamaron Ivón y José, dos chicos que habían sido vecinos míos en Montevideo y que estaban viviendo en Bilbao. Cuando se enteraron de que estaba en Barcelona pasándolo mal, me dijeron que montara en un autobús y viniera para su casa. Pagué el billete con el único dinero que me quedaba. Así llegué al País Vasco».

La regularización extraordinaria de extranjeros que se acometió en 2004, durante el Gobierno de Zapatero, le permitió a Enrique obtener un permiso de residencia y trabajo. «Tuve mucha suerte -reconoce-. Solo llevaba dos meses aquí». Con la documentación en regla, empezó a buscar empleo de inmediato y lo encontró. «Me contrataron en un conocido local de restauración, donde trabajé durante varios años», explica. El empleo, las horas extra y la voluntad de estar siempre dispuesto le dieron la solvencia económica necesaria para traer a su madre y a su hermana, que se habían quedado en Uruguay.

El viaje a Argentina

Pero, además, en su lugar de trabajo conoció a una chica argentina que hoy es su mujer. «Nos quedamos embarazados muy jóvenes -señala-. Nuestra hija, Julieta, tiene ahora cinco años». Aquel fue un punto de inflexión, y no solo por el estreno de la paternidad. Cuando la niña nació, Ernesto y su mujer decidieron marcharse a Argentina para montar allí una charcutería. «Mi suegro conocía al dueño de un matadero, así que conseguía mejores precios, y nosotros teníamos la experiencia que habíamos adquirido aquí. La idea era perfecta y, de hecho, nos fue muy bien con el negocio».

«Queríamos quedarnos allí. De hecho, en un momento me llamó el dueño del local de Bilbao donde yo había estado trabajando para que viniera a darle una mano, y acepté viajar por unos meses. El objetivo era reunir dinero, volver a Argentina y con esos ahorros pagar la entrada de un piso allí». Sin embargo, ocurrió algo que dinamitó esa convicción. «Mientras estaba aquí, entraron a robar en mi charcutería de Argentina. Los ladrones asaltaron a mi suegra a punta de pistola, se llevaron la recaudación del día y la dejaron encerrada en una habitación. Eso me bastó para tirar abajo el proyecto. No quería que mi hija ni mi mujer pudieran estar expuestas a algo así. Cerramos el negocio y volvimos a Euskadi».

De regreso en Bilbao, Ernesto y su esposa empezaron a trabajar en el sector de servicios y restauración, también en Mercabilbao, hasta que en 2012 se lanzaron a una nueva aventura. «Abrimos una panadería en el Casco Viejo como las que hay en Argentina o en Uruguay. Empezamos con lo justo, una amasadora y una laminadora que compramos a unos catalanes que cerraban su panadería y habían puesto todo a la venta», resume antes de reconocer que el primer año fue muy duro. «No nos conocía nadie, así que el proceso fue muy lento. Toda la familia se esforzó mucho, incluidas mi madre y mi hermana. Pasaron varios meses antes de que nos empezara a ir bien».

Hoy se siente satisfecho con lo que ha logrado. «Quizás pueda parecer una locura iniciar algo en tiempos de crisis pero, como decía mi suegro, lo importante no es el país, sino la persona. Está en uno salir adelante, trabajar, incluso cambiar la mentalidad. A veces hay recelos con los trabajadores extranjeros, en mi país ocurría igual, pero lo cierto es que todos buscamos lo mismo, seamos de donde seamos: salir adelante y darle mejores oportunidades a nuestras familias. Estoy convencido de que quien siembra, recoge, a pesar de las dificultades. Además, soy joven: ahora es el momento de currar, de esforzarse, de construir para el futuro».

2014 América del Sur Ellos

280 | Richard

Antes de conocer su trabajo, lo primero que llama la atención de él es su nombre. Richard Santana Werner; una combinación bastante anglicista para alguien que ha nacido en Uruguay. «Bueno, la verdad es que yo nací ahí, pero podría haber nacido en cualquier otra parte; eso es una cuestión de azar, una casualidad -argumenta-. Yo no me siento uruguayo de alma, no soy patriota y tengo claro que las fronteras son un invento humano, son mentales». En cualquier caso, reconoce que lo de su nombre es «raro», pero «tiene explicación».

«Nací en 1967 y soy hijo de madre soltera. En esa época, estaban de moda los astronautas, así que mi madre, cuyo apellido es Werner, decidió llamarme Richard Collins (en honor a Richard Gordon y Michael Collins). Iba a tener un nombre muy ‘yanqui’, pero a última hora mi padre decidió reconocerme y darme su apellido, así que esto quedó un poco mezclado», cuenta Richard, que de niño supo sacarle partido al apellido de su padre. «Les decía a mis compañeritos de la escuela que yo era el sobrino del guitarrista Carlos Santana», recuerda entre risas.

La mezcla de nombres refleja, en parte, el mestizaje familiar. «Soy descendiente de alemanes, portugueses, españoles e indios guaraníes», precisa con naturalidad. «América Latina es híbrida, es mezcla, y yo creo que eso influye en el modo de ser de la gente, que es más despierta. Desde mi punto de vista, la mezcla contribuye a la superación, a que adquieras nuevas aptitudes para adaptarte al entorno y al cambio. Me gusta la mezcla, me parece más interesante», señala.

La otra cosa que le gusta, y que le hace sentir «muy orgulloso», es el modelo actual de gobierno en su país y, en particular, el presidente, José ‘Pepe’ Mujica. «Cuando asumió la Presidencia, no se mudó a la residencia presidencial; siguió viviendo en su casa, cultivando en su huerto. Tampoco cambió de coche, ni de costumbres. Es un ciudadano más, que uno se puede encontrar en la calle, en un bar o en una ferretería. Dona el 90% de su sueldo a su partido y a construir viviendas sociales, y habla de austeridad pero la practica», describe Richard.

En esta línea, Richard opina que «la crisis actual está sirviendo para reencontrarse con valores perdidos» e, incluso, «adquirir nuevas costumbres», como reunirse en casa con amigos en lugar de hacerlo en un bar. «Esa es una de las grandes diferencias que noto con respecto a mi país: aquí todo lo social pasa por el bar; cuesta mucho que alguien te abra las puertas de su casa», dice este uruguayo que, en contrapartida, ha encontrado en Euskadi «un pueblo muy amable, de gente sencilla, con un entorno espectacular. Nada que ver a lo que me decían», añade.

Un trabajo para dejar huella

«La primera vez que viajé a Europa fue gracias a que gané un concurso de artesanía organizado por inmigrantes canarios en Uruguay. Vine a Canarias para mostrar mi trabajo y allí conocí a una chica, argentina, que vivía en el País Vasco». En resumen, hubo química entre los dos, así que Richard decidió venir a Euskadi y casarse con ella. «Entonces la gente me decía: ‘¿Justo ahí te vas a ir? Los vascos son muy serios, muy cerrados…’ Nada más lejos de la realidad», contrasta ahora, tras cuatro años viviendo en Bizkaia.

Por supuesto, como a todo inmigrante, los comienzos no le resultaron sencillos. Entre otras cosas, porque Richard tenía, y tiene, muy claro que lo fundamental es desarrollar su oficio y vivir de ello. «Hace más de 25 años que soy artesano, me apasiona mi trabajo y, si bien aquí he tenido que empezar con piezas más pequeñas, más modestas, para poder venderlas y darme a conocer, lo cierto es que vivo de hacer lo que me gusta. Trabajo con materiales reciclados, me gusta experimentar, sentir las texturas, la ductilidad de los materiales… Todas las piezas que hago tienen mis huellas digitales, aunque siempre hay alguno que, en las ferias, me pregunta si son chinas».

2013 América del Sur Ellos

186 | José

“Cuando tenía 19 años, quería ser sacerdote. Mi madre no estaba de acuerdo con eso, pero aceptaba mi decisión porque sabía que yo tenía una gran vocación de servicio. El día que fui a apuntarme al seminario, mientras esperaba en la parada del autobús, hubo un accidente de tráfico y una señora quedó malherida. Tenía una fractura de cadera. Aunque no éramos familiares y yo no la conocía de nada, decidí acompañarla al hospital y quedarme con ella mientras la atendían. Esa noche, cuando volví a casa, mi madre me preguntó con un poco de resignación qué tal me había ido. Y yo la miré y le dije: ‘Muy bien. No voy a ser sacerdote. Voy a ser médico’”.

Así recuerda José Herbón un episodio que tuvo lugar hace más de cuarenta años y que fue un punto de inflexión en su vida. “Mi madre murió en 1978, cuando me faltaban dos materias para acabar la carrera -prosigue-. Fue un golpe muy duro y lo pasé tan mal que hasta quise dejar la universidad. Pero me sobrepuse, terminé mis estudios y decidí especializarme en geriatría porque consideraba que los ancianos eran el grupo más desatendido de la sociedad. De hecho, lo siguen siendo”.

Tras graduarse en Montevideo -la capital de su país, Uruguay-, José se trasladó a un pequeño pueblo costero donde vivía gente muy humilde y donde hacía falta de todo, incluso un médico. Al principio no estaba muy convencido del cambio, no veía muy claro aquello de instalarse lejos de la ‘gran ciudad’, Sin embargo, pasó allí los siguientes treinta años de su vida. “Trabajaba en el ayuntamiento y en la sanidad pública; esos eran mis medios de vida. Pero, al mismo tiempo, comencé a hacer labor social por mi cuenta. Aun aislado y con escasos recursos, ese fue el lugar donde empecé a generar toda la acción comunitaria”, comenta.

En esas décadas, José creó los primeros clubes de abuelos, colaboró en la gestación de la universidad para mayores y se adentró en los medios de comunicación con fines solidarios. “Empecé llamando a la radio. Hablaba para los viejitos que estaban solos en el medio del campo y lo hacía a mi coste, pero me escuchaba todo el mundo. Poco a poco, la gente se sumaba e íbamos consiguiendo cosas para los más necesitados. Ropa, comida, unas piernas ortopédicas… Más adelante hice algo parecido en la televisión, donde presenté un programa que se llamaba ‘La salud y el arte’. Ofrecía talleres de pintura para personas con cáncer. Conseguía zapatos, audífonos o ropa de abrigo para quienes no podían comprárselos. Si apelas a lo mejor de la gente, casi siempre obtienes respuesta. Y a mí me gusta servir a los demás porque creo en una sociedad solidaria y justa”.

Arte y salud

José es de los que piensan que la igualdad de oportunidades es una construcción colectiva; una labor que necesita del compromiso de todos. “Mi manera de entender el mundo me ha llevado a intentar mejorar la comunidad en la que vivo”, dice este uruguayo, que reside desde 2008 en Euskadi. ¿La razón que le trajo hasta aquí? Su hijo, que “vio que no salía adelante a pesar de tener una carrera y decidió probar suerte al otro lado del charco”.

José -cuyo padre también fue emigrante, ya que nació en Lugo y se marchó a América del Sur- viajó al País Vasco con su mujer y su hijo, y de inmediato comenzó a trabajar en una residencia de ancianos, “primero en Altza y después en Irún”, puntualiza. Ahora, fiel a su costumbre, ya está ideando un proyecto.

“Quiero crear un taller de arte y memoria, ya que una de mis grandes preocupaciones es el deterioro cognitivo de las personas”, avanza. “Me gustaría combinar mi profesión con la vocación que tengo por la pintura y trabajar con pacientes crónicos de cáncer, alzheimer o parkinson para mejorar su calidad de vida y su autoestima. Es importante promover su salud y la de sus familias, así como ofrecer un espacio a quienes están solos”, concluye.

2011 América del Sur Ellos