443 | Kateryna

Kateryna Kaminska tiene 29 años y llegó a Bilbao hace dos. Se marchó de Ucrania consciente de que la decisión marcaba un antes y un después en su vida, pero convencida de que hacía lo correcto. La situación de su país, explica, fue la principal razón para emigrar: «Había mucha inestabilidad y las perspectivas de futuro eran inciertas». Kateryna es filóloga y economista, pero ni su experiencia laboral ni las dos carreras universitarias que hizo en paralelo le bastaron para trazar un horizonte de prosperidad en su tierra.

«Tenía dos caminos: o seguía con el negocio familiar sin garantías de futuro o salía del país para emprender algo propio en una nueva cultura», resume para definir su «gran paso», un salto de 3.500 kilómetros que la transportó de Jersón, a orillas del Mar Negro, a Bilbao, a orillas del Mar Cantábrico. «Euskadi no se conoce en mi país. Yo misma vine sin saber casi nada del País Vasco. Lo único que conocía, porque lo estudié en la universidad, era el llamado ‘efecto Bilbao‘. Venir era una oportunidad de ver en directo el modelo de transformación que había estudiado en los libros».

Dos años después, Kateryna siente que acertó. «No hace tanto que me fui de Ucrania, así que todavía aprecio los contrastes y puedo comparar. La cultura vasca es muy diferente a la de mi país. Es singular y fascinante. Además de la gente, que es súper amable, Euskadi es un lugar lleno de oportunidades para crecer. Esta ciudad tiene todo lo que podía soñar. Si realmente quieres hacer cosas, si tienes ganas y deseos de desarrollarte, puedes hacerlo. Mi percepción es que puedes conseguir todo lo que te propongas».

Plantea unos cuantos ejemplos de ello, empezando por los idiomas. «Aprender idiomas en Ucrania es muy caro. Estudiar, en general, no es algo que pueda hacer todo el mundo. Aquí, en cambio, lo puedes hacer. Yo empecé estudiando castellano y ahora estoy aprendiendo euskera. El idioma es el corazón de un país, me parece básico intentar comprenderlo», opina. «Otra cosa que he podido hacer aquí es practicar deportes. En Ucrania, la gente es muy trabajadora pero casi no se toma tiempo para el bienestar. En Euskadi sí hay costumbre de cuidarse. Ves gente haciendo ejercicio, se organizan carreras populares. Yo he participado en algunas», apunta.

Así y todo, la gastronomía fue uno de los aspectos locales que más la cautivó. «Hice un cursillo de cocina vasca y me encantó, no solo porque es una cocina rica y saludable, sino porque comer es un acto cultural; es algo que incluye a la familia, a los txokos con amigos…». Algo que engarza a la perfección con su trabajo porque Kateryna se dedica a hacer ramos con frutas y verduras. Donde otros ponen rosas o margaritas, ella coloca lombardas, manzanas o pimientos. «O fresas –apunta–. Todo depende de la ocasión. Hace poco preparé un ramo entero de fresas. Me lo encargó un chico que le iba a proponer matrimonio a su novia. Además de original, estaba lleno de vitaminas», dice entre risas.

El retrato frutal

Kateryna siempre tuvo facilidad e interés por las manualidades. Es una defensora de la creatividad y considera que cada persona lleva un artista dentro, que cada uno es bueno en algo. «Bailar, pintar, cocinar… siempre hay algo que te sale especialmente bien y que te da felicidad. En mi caso, es esto». Desde hace ya varios meses combina su trabajo en una imprenta y sus clases particulares de ruso con esta actividad, en la que trabaja por encargo.

«No hay dos arreglos iguales. Los colores, las frutas o las verduras que elijo siempre tienen que ver con la situación, con lo que me cuentan de la persona que va a recibir ese regalo. Podría decirse que lo que hago es como un retrato frutal». Kateryna no es Arcimboldo, pero algunas de sus obras están expuestas en una frutería donde, además, se asegura de conseguir «el mejor género». El producto «tiene que ser de calidad –enfatiza–. Ten en cuenta que un ramo de verduras es un ramo de alimentos. Hay que ser muy cuidadoso».

Lo subraya porque estos arreglos se pueden comer. De hecho, están pensados para que se coman. «La idea es que sea un regalo útil. Imagina que recibes un ramo de frutas y una receta para preparar con ellas un postre. En Ucrania hay mucha tradición de hacer regalos, de agasajar a los demás, sin un motivo concreto. No hace falta que sea un cumpleaños o navidad, solo que tengas ganas de decir ‘te quiero’ sin palabras. Me gustaría fomentar esa tradición en Euskadi con un proyecto como este, en el que combino mis habilidades y conocimientos con algo que es muy de aquí: productos frescos de la huerta».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

441 | Oksana

Oksana Zubriev llegó al País Vasco en 1998 y conoció un Bilbao muy diferente al de ahora. En ese momento, el Guggenheim era una flor de titanio recién nacida entre los escombros y el botxo era un cuenco plomizo con una tapa casi permanente de nubes. “Además, casi nadie hablaba ruso. No es como ahora, que cada tanto lo oyes por la calle y hasta tienes asociaciones de personas rusoparlantes. En esa época, encontrar a alguien que te entendiera era una fiesta”, recuerda esta ucraniana, que emigró de su país a los 21 años de edad.

“Yo estudié magisterio en Ucrania y trabajé como maestra durante un tiempo. Me gustaba lo que hacía, pero el empleo no estaba bien remunerado. El sueldo de un mes era de unos 25 dólares, mientras que unas botas de piel para el frío podían costarte 50 o 100”, detalla. “El tema económico siempre es un aliciente, en especial cuando eres joven. A esa edad, sueñas mucho y te lanzas más. Por otra parte, en esa época era muy complicado salir de Ucrania. Como mucho, ibas a Kiev, la capital, pero no conocías más allá. Y ya sabes… cuando eres joven, basta con que te prohiban algo para que no dejes de pensar en ello”.

Ese mundo deseado, sin embargo, tenía capas de fabulación porque las noticias que llegaban de fuera eran escasas y estaban distorsionadas. “Había poca información y, muchas veces, era engañosa. La gente que salía del país no siempre tenía buenas experiencias. Algunas personas conseguían progresar, pero otras sufrían explotación laboral. Se aprovechaban de ellas y lo más triste es que no sabían ni cómo volver a casa”, relata. Por fortuna, a ella no le sucedió.

“Yo supe que existía Euskadi por los llamados ‘Niños de la Guerra‘, los emigrados a la Unión Soviética en 1937. Ellos y sus familias me ayudaron mucho en Ucrania y también aquí, sobre todo con el idioma. Cuando llegué a Bilbao, no sabía ni una palabra de castellano. Empecé a trabajar en hostelería y, al principio, me comunicaba casi por señas. Tenía un cuaderno en el que iba anotando las palabras nuevas que oía en el bar. Después, cuando me reunía con ellos, les preguntaba por su significado. ‘¿Pero tú dónde has oído esto?’, me preguntaban. ¡Casi todas eran palabrotas!”, dice riéndose.

No solo aprendió palabrotas. “Aprendí el idioma y el oficio, a hacer un buen café y una buena tortilla. Mira que en Ucrania somos muy patateros, pero la tortilla de patatas bien jugosa la aprendí a hacer aquí –reconoce–. Ese trabajo me ayudó a entender la manera de ser y de pensar que tienen los vascos. Estaba en contacto con mucha gente, personas mayores que iban a diario al bar y que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en mi familia adoptiva. Todavía hoy, que han pasado casi veinte años, hay personas que cuando me encuentran en la calle se alegran de verme, se acuerdan de mí y me saludan. Eso es muy bonito, especialmente si tienes presente que llegaste sin conocer a nadie”.

Acentos, seriedad, amistad

Oksana se siente feliz en Euskadi. Aprecia mucho la tranquilidad, la naturaleza y la limpieza de las calles. Pero, sobre todo, aprecia a las personas. “Los vascos son serios, aunque si te ganas su corazón, serán tus amigos para toda la vida. Sé que es una frase muy repetida, pero es verdad. En los primeros tiempos, me sorprendía lo mucho que gritaban. Tenía la impresión de que estaban discutiendo e iban a acabar a los golpes”, dice. “Lo interesante es que aquí tienen la misma impresión sobre nosotros cuando nos oyen hablar en ruso. Entre el acento y nuestra costumbre de tomar vodka sin nada más que limón, parecemos mucho más recios de lo que somos”, compara.

“En realidad, lo que más me gusta de Bilbao es que encuentras personas de casi todas partes del mundo. Existe una gran diversidad cultural, gastronómica, religiosa y de costumbres que es muy interesante porque representa una oportunidad de aprender y enriquecerse. Obviamente, es un desafío y hay que saber llevarlo. Tiene que existir voluntad de conocerse y entenderse con los demás. Si lo piensas, no somos tan diferentes unos de otros. Queremos lo mismo, amamos lo mismo, nos enfadamos igual”.

Sus palabras van más allá del discurso. Ella pone un ejemplo concreto: “Aquí en Euskadi tengo amigos lituanos, kazajos, rusos… compartimos un idioma porque nuestros países tienen una historia común, pero también hay grandes diferencias –como el conflicto que persiste en Crimea–. Nosotros dejamos eso a un lado y nos centramos en las cosas que nos unen. Si tú me caes bien, eres buena amiga, compartimos cosas… ¿qué sentido tiene que me distancie de ti solo por haber nacido en un país determinado? ¡Cada persona contiene un mundo!”

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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