419 | Juan Carlos

“Hay que decirle sí a la vida, a sentirse bien, a desconectar, a disfrutar del cuerpo, a la alegría. Es importante compartir experiencias con los demás, conocer a otras personas, reír mucho. ¿Qué sentido tiene estar vivos, si no?” La reflexión pertenece al cubano Juan Carlos Cano, un bailarín profesional y director artístico de espectáculos musicales que llegó al País Vasco en 1999 y que desde entonces se gana la vida dando clases de baile. Su academia, Getxo Salsa, “es la primera academia de danza cubana de todo Euskadi”, cuenta orgulloso, aunque para él es mucho más que eso. “Casi te diría que es una especie de club social, una gran familia”.

“Realmente, lo siento así -continúa-. Cuando atraviesas esta puerta, es como si entraras a Cuba. Y aquí pasan cosas muy bonitas. Hay personas de todas las edades, jóvenes y mayores, y de distintas clases sociales, pero eso no es un problema, al contrario. La gente se mezcla y las diferencias se esfuman. A lo largo de estos dieciséis años, unos alumnos siguen y otros dejan, unos llegan y otros se van, pero todos vuelven. Eso es muy gratificante. El otro día me enteré de que soy el extranjero con más tiempo de permanencia ininterrumpida con un negocio abierto en Getxo. Puede parecer una tontería, pero para mí es algo muy importante”. Y lo es; sobre todo, si se consideran los inicios.

La llegada de Juan Carlos a Euskadi fue impulsiva y atípica. Llevaba tiempo fuera de Cuba y estaba viviendo en Madrid cuando conoció a un matrimonio mixto, una pareja vascocubana, que residía en Vizcaya. “Entablamos amistad y un día me invitaron a pasar un fin de semana con ellos en su casa”, recuerda. Lo siguiente fue un flechazo, al mejor estilo de Cupido. “Cuando entré al País Vasco y vi en verdor, la vegetación, las montañas y el mar, me enamoré. Yo soy isleño, siempre había vivido cerca del mar, y Madrid me resultaba demasiado seco, demasiado árido. El aire de Euskadi era limpio y fresco. Me encantó”.

Tal fue su sorpresa que, después de ese fin de semana, mientras volvía a Madrid, solo pensaba en mudarse. Y lo hizo tres días después. “Al miércoles siguiente contraté un camión de mudanzas, metí allí todas mis cosas, cogí mi coche y me vine conduciendo hasta aquí, con el camión detrás”. Confiesa que lo único que le importaba era encontrar un sitio que estuviera cerca del mar, donde pudiera disfrutar de la naturaleza. Así fue como llegó a Barrika. “Me dijeron que tenía costa y fui. Estacioné frente a una inmobiliaria y pregunté por un piso para alquilar. La chica se sorprendió al ver el camión con los muebles. Me preguntó si me habían echado de mi casa”, recuerda con humor.

Los primeros pasos

Juan Carlos no conocía nada de la zona, excepto lo que había visto el fin de semana anterior. Tampoco sabía cómo sería su vida a partir de ese momento. Lo único que tenía claro era que había tomado la decisión correcta. “Hay momentos en los que te preguntas qué estás haciendo con tu vida, qué cosas están mal, cómo te gustaría que fueran. A mí me sucedió ese año. Decidí empezar por compartir lo que sabía: bailar. Fui hasta un bar que estaba junto al Ayuntamiento de Sopelana, me presenté y le dije al dueño que quería dar clases de baile allí. El hombre se quedó un poco descolocado, pero aceptó. Hice unos cuantos cartelitos a mano, los escribí con un boli y los repartí. El primer día tenía veinte personas esperando”.

Comenzó dando clases en distintos lugares, hasta que creó la clientela suficiente como para abrir algo por su cuenta. De esa manera nació Getxo Salsa, un proyecto al que Juan Carlos le dedica todos los días de su vida. “Lo que empezó como un modo de supervivencia, acabó transformándose en mi proyecto vital. Trabajo todos los días, doy entre siete y nueve clases diarias, y también he incorporado la expresión corporal como una terapia de salud y bienestar. No soy médico, pero prestarle atención al cuerpo es súper importante para sentirse bien. Mente sana, cuerpo sano”, resume.

“La verdad, soy muy feliz en el País Vasco. Mis alumnos son como mi familia y lo que hago me da tanta vida que solo puedo estar agradecido. Aquí tengo libertad para crear y he conocido a mucha gente majísima. Además, los vascos son geniales cuando bailan, tienen tremenda soltura. Es estos años hemos hecho varias caravanas salseras a otras comunidades. Hemos ido a Salamanca, a Medina de Pomar, a Madrid… Ahí nos pusimos a bailar en la Puerta del Sol y la gente nos echaba monedas -cuenta divertido-. También viajamos en grupo a Cuba, cada dos años, para conocer el país, su cultura y su música. Un día fuimos al cabaret Parisien y hubo una competición de baile. ¡Había que ver a mis alumnos allí! Cuando llegaron los vascos al Parisien, el resto tuvo que recogerse”.

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227 | Mitxel

Mitxel Mieves acude a la entrevista con un manojo de carteles en la mano. Saluda amigablemente y explica que el material le acaba de llegar. En las horas venideras, se encargará de colocarlo por las calles de Sopelana, el pueblo donde vive y del que quiso ser aclalde. “Fui cabeza de lista por Ezker Batua en las pasadas elecciones”, señala mientras camina hacia un tablón de anuncios ubicado cerca del metro. Cuando llega, se detiene; desenrolla los papeles y, con un poco de celo, pega el primero. Son carteles contra la reforma laboral.

Como ciudadano y político que es, el tema le “preocupa mucho”. Sin embargo, hay otro asunto que le inquieta más: la inmigración y los derechos ciudadanos. O, mejor dicho, su falta.

“Todos los extranjeros, seamos europeos o extracomunitarios, tenemos los derechos limitados. No siempre podemos votar y, si lo hacemos, es solo a nivel municipal. No podemos participar en el ámbito autonómico y, desde luego, tampoco en las elecciones generales. Es decir: pagamos nuestros impuestos pero no podemos decidir quiénes los van a gestionar”. Así de claro se expresa este alemán que, en la actualidad, es responsable de la Secretaría de Inmigración y Ciudadanía Europea de Ezker Batua.

Mitxel está comprometido con la causa. Desde siempre ha estado vinculado a los movimientos sociales -como la plataforma anti-OTA de Sopelana-, vive en Euskadi desde hace 39 años, es un vecino activo en su comunidad y, por supuesto, es residente de pleno derecho. No obstante, “el mero hecho de haber nacido en otro país puede más que todo eso” y le impide, por ejemplo, hacer política a nivel autonómico o votar al Congreso de los Diputados.

“Si esto sucede con los ciudadanos europeos, imagínate lo que ocurre con quienes vienen de otros países. En algunos casos hay convenios de reciprocidad, pero en la mayoría, no. La situación es muy injusta”, señala Mitxel , cuyo objetivo es hacer visible este problema para darle solución. “Ezker Batua es un partido pequeño del País Vasco, pero eso no impide que recojamos la voz de los inmigrantes y defendamos sus derechos. Tampoco impide que les escuchemos. Sin desconocer el papel de las ONG, mi intención es prestar oído a sus problemas y brindar apoyo político”.

Aceptar al diferente

A Mitxel también le preocupa “el aumento de la xenofobia y el racismo”, dos cuestiones que vincula a la actual crisis económica y que, a su modo de ver, “se ensañan especialmente con algunos colectivos”. En su opinión, “ser ciudadano de un país no te convierte en delincuente ni en persona de bien. Hay de todo en todas partes pero, en épocas de crisis, parece que el rechazo aumenta”.

“Además- continúa-, se suelen potenciar ideas que no son ciertas. Por ejemplo, en lo que tiene que ver con las ayudas. Un extranjero que viene aquí a trabajar, que deja a toda su familia lejos y en condiciones precarias, viene a ganar dinero para cambiar eso, no a sobrevivir. La poca aceptación del “diferente” es un problema que repercute en casi todas las sociedades, no solo en la vasca”.

Él mismo lo vivió en su país, cuando volvió allí para estudiar. “Me fui tres años a Hamburgo, mi ciudad natal, para formarme como técnico de almacenaje”, relata Mitxel, que se pasó media vida trabajando en montajes, en el sector de la siderurgia. “Era muy jovencito y fui con mi mujer, que es de aquí. Eran los años 80; las situaciones de rechazo existían y la tirantez en el ambiente, también”. Por eso, al terminar su formación, decidieron regresar a Euskadi.

“Es que yo me he criado aquí y me siento tan vasco como cualquiera -expone-. Cuando llegué, tenía once años; era un niño. Hoy tengo casi cincuenta…”. Su experiencia personal, aquí y en su país de origen, le ha llevado a pensar que “no existe la inmigración ilegal. Somos personas, ni más ni menos que eso; seres humanos con derecho a transitar libremente y a elegir dónde queremos vivir”.

2012 Ellos Europa