223 | Walter

Quienes pasean a menudo por el Serantes o La Arboleda, seguramente le habrán visto alguna vez. O varias, porque allí suele entrenar Walter Becerra cada tarde, cuando sale de trabajar. “Me gustan mucho esos lugares y, además, quedan cerca de mi casa -dice-. Pero no siempre estoy en el monte. También disfruto con el bidegorri y la hierba, y hay días que voy a Zorrotza, a correr con mi entrenador”. ¿La frecuencia? “Todos los días del mes, menos uno, que es el único que descanso. El resto del tiempo, o entreno o compito”. Así resume su rutina este deportista venezolano, que se forjó en la selección de su país y que vive en Sestao, desde hace 5 años.

“En Venezuela entrenaba mucho más porque me dedicaba exclusivamente al deporte”, indica el corredor. “Aquí no. Compagino la actividad física con mi trabajo en una empresa de publicidad. Por las mañanas, trabajo con ellos, y el resto del tiempo, corro con su equipo”, explica Walter, que se pone la camiseta, de manera literal. “Me gusta combinar ambas cosas. En mi país quería hacerlo, pero no podía: si eres deportista de élite, no tienes la oportunidad de hacer algo distinto”.

Sin embargo, está agradecido, pues “si no fuera por el deporte, hoy no estaría aquí”. Ser corredor de montaña y representar a Venezuela le permitió viajar por el mundo y conocer países muy diferentes al suyo. Entre ellos, Malasia, Suiza, Alemania e Italia, un lugar del que se enamoró. “Quizá me pasó eso porque fue lo primero que vi al bajar del avión, no lo sé, pero quedé enamorado. Me gustaba el idioma, el protagonismo de algunas competiciones -como el Giro,- el aspecto de las ciudades… hasta las mujeres me parecían impresionantes. Yo tenía 20 años y me acuerdo que pensaba: ‘¡esto solo se ve en las revistas!’”.

Walter, que viajaba entonces con sus compañeros de selección, sintió ganas de quedarse. “Ellos decían que Europa estaba bien, para un fin de semana. Y yo, en cambio, quise vivir aquí. En ese sentido, fui un inconformista, porque pensé: ‘yo no quiero viajar; quiero vivir donde he viajado’. Fue un sentimiento muy claro para mí, así que empecé a trabajar para hacer realidad ese sueño. Si uno quiere conseguir algo, tiene que cambiar, saber renovarse y renunciar a ciertas cosas. Yo tenía una vida estable en Venezuela y lo dejé todo para hacer lo que quería”.

Vascos en Malasia

De sus viajes como deportista, Walter conocía a otros corredores. Algunos de ellos, vascos, con los que coincidió en Malasia. “Ya había hablado con varios colegas y entrenadores. Estuve un tiempo en Barcelona y casi me quedé en Andorra, pero finalmente, me vine para aquí, donde hay mucha tradición montañera. Este es un deporte que va a más y que, día a día, gana nuevos seguidores. Y la ventaja de mi profesión es que puedo desempeñarla en cualquier parte del mundo. Si eres bueno corriendo, vayas donde vayas, sales adelante”.

Walter lleva razón; entre otras cosas, porque ‘salir adelante’ significa para él conquistar el primer puesto. Ejemplos de ello son el III Rail de Otañes o la Camille Extreme de 2011, elegida por la Federación Vasca como el campeonato de Euskadi, donde el venezolano resultó ganador. Aun así, su mejor carrera fue “la primera”. El resultado no fue el óptimo -quedó 9º-, pero él la recuerda con muchísima intensidad. “Fue mi primera Copa del Mundo, se disputó en Suiza. Yo era muy jovencito y estaba bastante perdido porque tenía poca experiencia en la montaña y no me enteraba mucho de las cosas. Pero ahí estaba, corriendo con los mejores… Fui escapado casi toda la carrera con el chico que al final la ganó, pero me dio una ‘pájara’, como dicen aquí, y me pasaron varios corredores. Igual, fue como un sueño. Si me tuviera que retirar ahora del deporte, lo haría feliz”.

Pero esa hipótesis aún está muy lejos; tanto como la idea de volver a su país. “En Venezuela no tengo ni ropa… Está mi familia, claro, pero mi vida está aquí. Me gusta mucho el País Vasco. He hecho amigos, practico el deporte que quiero y ya pasé por la etapa dura, la del principio, que es el momento de la adaptación. Ahora conozco mi barrio y ya sé dónde comprar fruta más barata, por poner un ejemplo cotidiano”, dice.

2012 América del Sur Ellos

98 | Elizabeth

Llegó al País Vasco hace 31 años cuando tenía poco más de veinte, así que las cuentas son muy sencillas: Elizabeth Araojo ha pasado más tiempo en Euskadi que en Filipinas y ha compartido con los vascos el 60% de su vida. «Me siento muy cómoda aquí, y no sólo ahora. Desde el principio fui muy bien recibida», dice en la terraza de una cafetería de Sestao, donde tiene lugar la entrevista. Mientras revuelve su café con la cucharilla y empieza a relatar su historia, cada vecino que pasa por allí se detiene a su lado y la saluda.

Elizabeth es conocida y apreciada en el municipio. «Es que son muchos años ya, tanto para mi marido, que es de Salamanca, como para mí, que vengo de mucho más lejos. Aquí nos conocemos todos y hemos hecho nuestra vida; los dos estamos muy contentos. En mi caso, aunque el entorno y la cultura son muy distintos a los de mi país, he podido adaptarme perfectamente. Te digo aún más: si tuviera que regresar allí, me costaría demasiado acostumbrarme».

Una vez que pasa cierto tiempo, volver es más que regresar; es emigrar nuevamente. «Te doy un ejemplo muy simple. Al principio, cuando recién me casé, pasaba mucho tiempo en casa y me aburría. Mi marido tenía la cultura de salir, encontrarse en el bar con sus amigos, conversar en la calle. Yo no. Así que pensé: ‘O cambia él, o cambio yo’. Y cambié. Empecé a acompañarle y a pillar el gusto de conocer a las personas de aquí, entablar amistades, estar fuera de casa», relata. «Quizá parezca una trivialidad, pero me he hecho a esta cultura y me resultaría muy difícil dejarla. En Filipinas no está bien visto que una mujer salga a tomar un copa, especialmente si va sola. No podría hacer como aquí, que me reúno cuando quiero con mis amigas».

Muchos aspectos han cambiado en la vida de Elizabeth, que, cuando vino hace tantos años, no imaginaba cómo serían las cosas. «Yo viajé por trabajo, gracias a una prima mía que también estaba trabajando en Euskadi, y empecé como interna en la residencia del Sagrado Corazón de Jesús. No tenía grandes planes. Tan sólo me pareció una buena oportunidad y la acepté. Es verdad que era una cría, pero siempre fui muy decidida y no me intimidó montarme sola en aquel avión para marcharme tan lejos de casa».

Educado y formal

Lejos, a un lugar tan distinto y sin dominar el idioma. «Hasta que aprendí castellano, hablaba en inglés; o también en tagalo con mi prima y las otras chicas de Filipinas que había por aquí». Relacionarse con ellas fue muy importante para mantener el lazo cultural. «Casi todas éramos internas y teníamos libre el domingo. Ese día nos reuníamos y, algunas veces, íbamos a bailar. Así fue cómo conocí a mi marido: el único chico de la discoteca que no se puso pesado. Es que él siempre fue muy educado y formal», explica. «Desde entonces estamos juntos», agrega Elizabeth, que hace poco celebró sus bodas de plata en Ciudad Rodrigo, el pueblo de su esposo, donde se han construido una casa.

Aunque a lo largo de los años ha cambiado de trabajo, continúa en contacto con sus primeros empleadores y, además, no ha dejado la actividad. «Me sigo dedicando al servicio doméstico y soy feliz. En mi país, ser limpiadora es lo último, lo peor. Aquí no. Es un trabajo como cualquier otro y no me impide relacionarme con los demás con naturalidad. Por eso me siento a gusto en Euskadi, porque hay menos desigualdad social que en Filipinas», subraya. «Además, los municipios son muy abiertos. Hay muchas actividades culturales en las que participamos como asociación, como el karaoke intercultural de Getxo, donde cantamos en castellano, tagalo y euskera… o lo intentamos», concluye con una sonrisa.

2009 Asia Ellas