267 | Ibrahima

Pikine se parece poco a Getxo, aunque ambas localidades estén engarzadas en la costa y se encuentren próximas a ciudades más grandes, que concentran la actividad del entorno. Pikine está a nueve kilómetros de Dakar, la capital de Senegal, y es una zona urbana que se creó para descongestionar la capital senegalesa, que experimentó a partir de 1950 una explosión demográfica que ha durado hasta nuestros días. En los 95 kilómetros cuadrados que conforman la localidad viven unas 900.000 personas. Hasta hace cinco años, también estaba Ibrahima Sarr.

«Aquello es muy diferente a esto – explica el senegalés -. «Allí nos hacen falta carreteras, unas buenas infraestructuras que conecten mejor las poblaciones. Si te levantas por la mañana y quieres ir en coche desde Pikine a Dakar en hora punta, puedes tardar una hora y media, aunque la distancia no supere los diez kilómetros. Y eso que hay veces que no tardas ni quince minutos. Cuando me tocaba hacer ese camino para ir a trabajar, salía pronto de casa, alrededor de las seis y media, para asegurarme de llegar en hora», relata.

Pero la ingeniería de caminos no es el único aspecto que traza diferencias entre su ciudad de nacimiento y la que ha elegido para vivir. «La cultura también es distinta, así como el modo de relacionarse con los demás. Aquí, cada uno está en su casa y conserva ese espacio para sí mismo y su familia. Los lugares de encuentro son el txoko o el bar. Allí no. El lugar de encuentro es el hogar. Cuando sales del trabajo, quedas en casa de un amigo o en la tuya. Te reúnes, juegas a las cartas, tomas té…». Ibrahima echa de menos aquella atmósfera, casi tanto como a su familia.

«Mis padres, mi mujer y mis dos hijos se han quedado en Senegal. Hace mucho que no los veo, excepto por videoconferencia, y hablo con ellos a través del chat». Cuando partió de su país, su hijo pequeño era un bebé de un año. Ahora tiene seis. «Me fui en enero de 2008, de Pikine a San Vicente de la Barquera, en Cantabria. Allí vivía un tío mío que me ofreció un contrato para trabajar en el sector de la pesca. Es decir, yo vine con una oferta firme de trabajo, lo que, a su vez, me permitió obtener mi tarjeta de residencia», explica.

Aunque Ibrahima es tornero profesional y se dedicaba a ello en Dakar como jefe de un taller, no dudó en lanzarse a la aventura. «Soy técnico en fabricación de piezas y trabajé diez años en eso. Tenía empleo cuando me fui del país y ganaba lo suficiente para mantener a mi familia, pero no tanto como para ahorrar o mejorar nuestra situación. Siempre me gustó viajar y, por supuesto, me entusiasmaba la idea de prosperar. Cuando escogí marcharme, porque fue mi elección, mi pensamiento fue: ‘Voy a Europa para explotar mi conocimiento’». También vino para adquirir destrezas nuevas.

El regreso al mar

«Trabajé en un barco pesquero y aprendí el idioma, aunque buena parte de la tripulación era extranjera. Hace cinco años, la gente joven de aquí no embarcaba. Era difícil cubrir todos los puestos de trabajo. El oficio de pescador es sacrificado. Ahora, con la crisis, todos los chicos vuelven a la mar. Muchas personas se han quedado sin trabajo y sin opciones. Y quienes llevan un negocio prefieren contratar a personas de su misma familia. Es natural. Al cabo de un tiempo, ya no pude seguir viviendo de la pesca y vine a Getxo a vivir con mi hermana, mi cuñado y mi sobrina de tres años. Y es interesante, porque en casa se habla en wolof y en euskera. Mi sobrinita se encarga de enseñarnos con las canciones que aprende en la escuela», cuenta Ibrahima en un castellano impecable. «Es que yo hice el bachillerato en francés, la lengua oficial de Senegal, y se parece muchísimo al español. Por eso me resultó tan sencillo aprenderlo».

A propósito de aprendizajes, Ibrahim aprovecha su estancia en Euskadi para formarse. «Algo que me gusta de aquí es el orden. Getxo es un municipio muy organizado y me encantan las bibliotecas. Ahora estoy haciendo un curso de tornero, gracias a la Fundación Peñascal, para refrescar cosas que ya sabía y mejorar mis conocimientos. Además estoy en pleno proceso de renovación de mi tarjeta de residencia, un documento muy valioso porque te permite trabajar y viajar con libertad por Europa. Mi proyecto, ahora mismo, es concluir ese trámite para ir a ver a mi familia. Regresar aquí, o quizá a Francia, pero hacerlo con mi mujer y mis hijos».

2013 África Ellos

243 | Cheikh

Hace un par de semanas, la banda de rock Outernational presentó una canción de protesta que ya ha dado la vuelta al mundo. Con la colaboración de René Pérez, vocalista de Calle 13, esta banda neoyorquina subió a Internet un tema que reivindica el derecho a la libre circulación de las personas. El título: ‘Todos somos ilegales’.

Mientras eso sucedía, en Bilbao tuvo lugar un taller que abordó el mismo asunto. El foro, organizado por la asociación Encuentros, planteó un debate sobre las trabas administrativas a las que se enfrentan miles de personas cuando deciden trasladarse de país para empezar una vida distinta. El objetivo de este taller, que contó con la participación de ciudadanos extranjeros y vascos, consistió en enfocar el problema desde la perspectiva de quienes lo padecen.

“Porque yo también fui ‘sin papeles'”, dice el senegalés Cheikh Guèye que, con esta frase, cita el lema del foro y, a su vez, habla de sí mismo. “Si no tienes un permiso de trabajo, tus posibilidades de integrarte como ciudadano están muy limitadas desde el principio -señala-. Tener ‘papeles’ o no tenerlos marca una diferencia de oportunidades sustancial con respecto a las otras personas. Además, te somete a un sistema paradójico y perverso: para trabajar, necesitas un contrato y para que te contraten, necesitas ‘papeles’… Pero a estos no los obtienes si no consigues antes un trabajo. Es un círculo”, describe. Uno que él conoce muy bien.

“Cuando llegué aquí, el primer día, pensé: ‘Necesito hacer algo, trabajar, estar activo’. Entonces uno de mis paisanos me dijo: ‘Cógete una bolsa, que nos vamos a vender’. Yo fui contento, porque creí que íbamos a trabajar al mercado, en un entorno normal, pero pequé de ingenuo. La faena consistía en ser vendedor ambulante. Enseguida comprendí cómo estaban planteadas las cosas; vi que, para un ‘sin papeles’, ese trabajo era lo máximo a lo que se podía aspirar. Y me entristeció. Duré solo tres semanas, hasta que dije ‘no va más. Si no puedo trabajar con dignidad, voy a seguir estudiando, que es lo que sé hacer’. Y me puse a ello”, relata.

Desde aquello han trascurrido unos seis años. Y en ese lapso, la vida de Cheikh ha cambiado. Ha hecho cursos de formación y talleres ocupacionales. Ha hecho prácticas, ha trabajado y ha colaborado con las ONG en defernsa del comercio justo. También está en pareja con una chica de aquí. “La integración solo se logra por dos vías: el diálogo social y el mestizaje -sostiene-. “Si tu padre es negro, tu madre es paraguaya o tu abuelo es boliviano ya no puedes arremeter contra el que es diferente”.

Calles vascas por el mundo

“Muchas veces oyes aquí la frase de ‘No queremos extranjeros’. Y yo, cada vez que la escucho, me pregunto si quienes dicen eso son conscientes de lo que han hecho sus abuelos. En Cuba, en Perú o en Argentina hay muchísimas calles que llevan nombres vascos y eso no es por casualidad. Los vascos también han emigrado en el pasado, y algunos vuelven a hacerlo hoy. Por eso es importante no confundir los conceptos: las personas, antes de ser ‘regulares’ o ‘irregulares’, somos personas”, subraya.

De formación sindical, Cheikh fue controlador de coste salarial en una empresa de procesado de pescado de Dakar, “la más importante de África Occidental”, puntualiza. Allí, además de supervisar los sueldos de unos 5.000 empleados, se dedicaba a “luchar contra la pobreza del país y a promover los derechos y las leyes que amparan a los trabajadores”. Una de las cosas que aprendió al venir aquí es que “el coste laboral en Senegal es muy bajo: la gente trabaja más horas, cobra menos y no ve las ganancias de aquello que produce. Lo que aquí se vende a veinte euros, allí se compra a tres”, lamenta.

Entre sus proyectos, Cheikh baraja regresar a Dakar para ayudar a su gente y ser parte activa del cambio social. Si no lo ha hecho hasta ahora es porque también busca reivindicar los derechos de las personas aquí. “Uno puede perder una batalla, pero no hay que rendirse pronto. No se trata solo de uno, sino de las generaciones que vendrán. Si vas a Francia, verás a muchos extranjeros conduciendo trenes, trabajando en la Administración, incluso como policías. Eso no es algo espontáneo. Ocurre porque varias generaciones se han esforzado en integrarse. Porque se lo han currado”.

2012 África Ellos

187 | Abdoulaye

Las elecciones municipales del próximo domingo marcan el ritmo de la vida cotidiana. A menos de una semana de la cita con las urnas, los comicios no dan tregua ni respiro a los ciudadanos. Hace tiempo que imprimen su peso en casi todas las agendas. Se cuelan en los debates, politizan las sobremesas y hacen subir el tono de unas cuantas conversaciones. Y ahora, en la recta final, esa dinámica se intensifica.

Pero no solo su inminencia abona los intercambios de ideas. También su ausencia forzosa en determinados escenarios origina desavenencias y es motivo de protesta. En efecto, mientras la mayoría de los ciudadanos discute sobre los candidatos, las propuestas y las opciones, hay un sector muy numeroso de la sociedad que lamenta no poder participar en la toma de decisiones; que tiene voz pero no voto, y no puede hacer valer su opinión, aunque quiera.

“Miles de personas se quedarán sin votar este domingo en Euskadi, aunque vivan aquí, trabajen aquí y paguen aquí sus impuestos”, señala Abdoulaye Güeye, un abogado senegalés que reside desde 2007 en San Sebastián y que se presenta a las municipales donostiarras con el partido Denok Hiritar / Ciudadanía Plena. Entre sus principales iniciativas, destaca la reivindicación del sufragio universal.

“Cuando estás en tu propio país, eres un ciudadano de pleno derecho. Te interesas por la vida política, por las decisiones que se toman en tu nombre y puedes participar. Lo lógico es que, al emigrar y echar raíces en otro sitio, quieras lo mismo -expone Abdoulaye-. Si aportas dinero y fuerza de trabajo a esta sociedad, si vives aquí con tu familia, si tus hijos van al colegio en esta ciudad… ¿cómo no te vas a interesar por la gestión de sus recursos?”, se pregunta.

“A mí me preocupan las mismas cosas que a los vascos -prosigue-: si va a subir el impuesto de basuras, si se va a promover el alquiler, si habrá reformas educativas… Quizá a la gente le parezca raro que un inmigrante quiera participar en la vida pública de un país que no es el suyo, pero lo verdaderamente extraño sería que yo me presentara a unas elecciones municipales en el mío, donde no vivo, donde no trabajo y donde no estoy al tanto de los problemas”, razona.

El ‘número dos’

Abdoulaye Güeye procede de una pequeña ciudad de Senegal que está a unos 90 km de Dakar. Allí estudió Derecho y eso fue, precisamente, lo que le trajo hace cuatro años a Euskadi. Vino para continuar su formación. Sin embargo, cuando acabó los estudios recibió una buena oferta de trabajo en un sitio que le gustaba y desempeñando su profesión, “algo que -reconoce- difícilmente podría tener en Senegal”. Por esa razón se quedó.

Lo de la vocación política surgió después. “Y ni siquiera se podría definir como vocación -matiza Abdoulaye, que ocupa el segundo lugar en la lista de candidatos-. Los integrantes de Denok Hiritar militamos por la igualdad de derechos, pero ninguno tiene ambición política al uso. Quiero decir, cada uno tiene su trabajo y su profesión, hay desde antropólogos hasta empleadas del hogar, no todos somos extranjeros, porque es una agrupación plural, y no queremos vivir de la política”, sostiene.

Entonces… ¿cuál es el objetivo? “Defender la igualdad de derechos. La Constitución, tal y como está redactada hoy, establece que sólo pueden votar los extranjeros cuyos países tengan convenio de reciprocidad con España. Mi país, por ejemplo, no tiene esa relación privilegiada, de modo que yo puedo hacer vida política porque tengo la nacionalidad española, mientras que otros senegaleses no gozan de esa oportunidad. Es injusto. Hay miles de personas que están integradas en la sociedad vasca, pero cuya opinión no cuenta. Como demócratas que somos, nos preocupa que una parte de la ciudadanía no pueda votar”, concluye.

2011 África Ellos

179 | Souleymane

El próximo fin de semana, la localidad vizcaína de Markina-Xemein se convertirá en una puerta de entrada a Senegal, su cultura y sus gentes. Durante el sábado 26, a partir del mediodía, se desarrollarán diversas actividades gastronómicas, culturales y musicales típicas de este país africano que cuenta con más de 2.500 ciudadanos viviendo en Euskadi. “Será una gran oportunidad para dar a conocer nuestras costumbres y tradiciones, y también para reflexionar sobre nuestra condición de inmigrantes”, avanza Souleymane Sarr, el presidente de la Asociación de Senegaleses de Markina-Xemein (ASEMA), organizadora del evento.

En efecto, el programa de actividades es muy diverso y, como explica Souleymane, no solo está en focado hacia el ocio. “La música, el folclore, la tradición oral y la gastronomía son claves para nosotros, pero también es fundamental abordar otras cuestiones que están ligadas al hecho de haber cambiado de país. Por ello habrá una charla sobre la situación y la integración de las mujeres senegalesas en el País Vasco”, puntualiza. La mesa redonda tendrá lugar en Kultur Aretoa a las 16.00 horas.

Para Souleymane, que vive en el País Vasco desde 2007, “los espacios de encuentro son indispensables”, tanto para la sociedad de acogida como para quienes vienen de fuera. “Cuando llegué aquí -relata-, solo tenía un amigo. Hoy conozco a muchas personas senegalesas, vascas y de otros países que me han hecho sentir como en casa, y con las que he podido aprender. Asimismo -prosigue-, estas actividades permiten que nuestra cultura no resulte tan ajena para la gente de aquí”.

En ese sentido, Souleymane opina que “conocerse ayuda a normalizar las relaciones” y subraya que ese es uno de los objetivos de la asociación que preside. “Fomentar la integración social es una prioridad para nosotros. Queremos mostrarnos como somos y también participar en las actividades socio-culturales de Markina para aprender la cultura vasca, que es muy rica”, señala para ilustrar que el camino del acercamiento tiene dos direcciones.

Por esa razón, durante el festival del sábado -llamado ‘Takusaan’- habrá actuaciones en directo de música senegalesa y de danzas vascas a partir de las 18.00 horas. “Como asociación y también como personas individuales intentamos estar muy activos y relacionarnos con los demás. Somos jóvenes”, dice Souleymane.

Un camino “diferente”

Para él, el País Vasco es un lugar entrañable, un sitio que le ha conquistado y que ha elegido para vivir a pesar de “la barrera del idioma” y de que “era más fácil comunicarse en Francia”, donde vivió y trabajó durante años. “Es que yo no vine directo de Senegal a Markina -explica-. El camino que me trajo hasta aquí es un poquito diferente al de los demás”.

Mecánico de profesión, Souleymane se marchó de su país en 1999, cuando una empresa francesa de buques mercantiles le contrató para trabajar como técnico de mantenimiento. “Pasaba diez meses en Francia y los otros dos en Senegal. El empleo era bueno, aunque nunca llegué a formar parte de la plantilla; era un ‘free lance’ -cuenta-. Estuve así hasta que en 2006 se acabó y tuve que empezar desde cero”.

Cuando la empresa no renovó su contrato, Souleymane consideró sus opciones. Regresar a Senegal no era una de ellas. “Tenía un amigo en Euskadi, concretamente, en Markina y decidí probar suerte aquí. Tuve que aprender el idioma, y lo más difícil fue convalidar mis estudios, pero lo conseguí. Ahora el trabajo es escaso con la crisis, aunque siempre surgen cosas. Desde que llegué, he estado muy activo. Me gusta Euskadi y en cada cosa que hago busco adaptarme aún más”.

2011 África Ellos

175 | Ababacar

El horizonte que se dibuja frente a las costas italianas genera mar de fondo en las instituciones europeas. En cuestión de unos pocos días, decenas de pateras con miles de personas han arribado a las orillas de Lampedusa, donde se ha reabierto el centro de identificación y expulsión de inmigrantes, se ha repartido a la gente para cobijarla del frío y se ha declarado el estado de emergencia humanitaria. La afluencia es tan numerosa y constante que ya ha sido calificada de éxodo.

Hay quienes ven las imágenes con sorpresa, con temor o con preocupación. Pero Ababacar Sambe no. Para este senegalés que reside en el País Vasco, las escenas no son nuevas ni ajenas. En todo caso, le recuerdan a su propia historia, ya que vivió una secuencia parecida hace algo más de tres años. “Tres años y seis meses -puntualiza-. Llegué a Barakaldo en junio de 2007, sin saber si era bueno o era malo. No sabía nada -reconoce-, y tampoco fue mi decisión. Vine porque me trajeron”.

Ababacar -más conocido por sus amigos y vecinos como Baba- relata con precisión las etapas de su viaje. “Estuve en Tenerife veinte días; dieciocho en Fuerteventura y medio día en Madrid. Desde allí me enviaron a Bilbao en autobús, donde me esperaba una asociación de acogida”, explica. Aunque el itinerario se antoja extenso, está incompleto. La travesía empezó en Senegal, continuó en Mauritania y se hizo irreversible en las entrañas del cayuco en el que Baba se jugó la vida.

No estuvo solo en ese tramo del viaje que, como dice, le causó “temor” y duró cinco días. “Éramos 117 personas. No hubo muertos, por suerte, pero sí hubo gente que estuvo a punto de morir. Si el viaje hubiera durado un día más, algunos no habrían resistido. Estaba muy llena la barca… Las personas que organizaban el viaje eran unas mentirosas. Decían que habría poca gente, pero vinimos hacinados y hubo muchos que se quedaron en la playa porque no cabían”.

La ingenuidad de Baba no era absoluta. “Yo sabía que era peligroso. Claro que lo sabía y, sí, tenía miedo. Además, mis padres no lo aprobaban, no me querían dejar ir porque conocían los riesgos. Pero yo me quería ir. Mi pensamiento era claro: ‘¿Podría morir? Bueno, pero yo no quiero estar aquí más tiempo’. Tenía 24 años y estaba decidido.Yo creía que el riesgo de viajar en patera merecía la pena”, subraya.

Hasta conquistar el mundo

“El viaje me costó mil euros, más que un billete de avión. Y los pagué como una inversión, convencido de que era un precio razonable para llegar a Europa, trabajar duro y regresar a mi país con dinero suficiente para progresar, para tener mi propio negocio y vivir tranquilo”, continúa explicando Baba, quien tardó poco en descubrir que no era tan simple; que se “había equivocado”.

“Mira, he cumplido 28 años, la gente aquí ya me conoce y me siento muy integrado. Es más: digo que soy ‘senebarakaldés’. Pero eso no quita que me sienta un poco decepcionado. Venimos pensando que hay oportunidades y no es cierto. Muchos terminan vendiendo discos en la calle, o pasan años sin hacer nada a la espera de los ‘papeles’. Algunos no lo han soportado y se han vuelto. Dicen que no pueden más y regresan. Después de montar en un cayuco, de arriesgar la vida, tiran todo por la borda y vuelven a casa con las manos vacías. Eso también es muy duro”, plantea Baba antes de recordar una frase.

“Como dice la canción de los inmigrantes [Papeles mojados, de Chambao], ‘muchos no llegan, se hunden sus sueños’. Yo diría que a los que llegamos, también se nos hunden a veces. No pretendo estar aquí toda la vida, pero tampoco voy a regresar con menos de lo que me fui. Por eso me presenté en 2010 al casting del Conquistador del Fin del Mundo -dice como al pasar-.Estaba entusiasmado. Quería un reto, me sentía capaz. Y me quedé varado porque aún no tengo todos mis documentos”.

2011 África Ellos

129 | Mbaye

El próximo sábado 13, los barrios de San Francisco, Bilbao La Vieja y Zabala celebrarán la tercera edición del Perkusio Eguna, una jornada distendida, de carácter cultural y festivo, donde la percusión cobrará protagonismo en un buen número de calles bilbaínas. Ese día, a partir de las 12, decenas de músicos afincados en Euskadi y procedentes de distintas partes del mundo mostrarán al público asistente los sonidos e instrumentos de sus tierras.

Mbaye Sene, oriundo de Senegal, es uno de los artistas que participan en el festejo. Su agrupación, Sapali Percussion, está formada por siete senegaleses y dos vascos que disfrutan de interpretar (y enseñar) los diversos ritmos de este país africano. “Básicamente hay tres estilos con distintas clases de instrumentos -enumera Mbaye-: el sabar, el yoruba y el yembé, y cada uno de ellospertenece a una zona de Senegal. Aquí lo que más se conoce es el yembé, por eso este año vamos a centrarnos en los otros dos ritmos, así mostramos algo diferente”.

Aunque aún faltan unos días para que se celebre el evento, Mbaye destila entusiasmo en cada palabra que dice. Para él, que desciende de una familia de artistas, esta jornada es una ocasión ideal para dar rienda suelta a su vena creativa. “Pertenezco a una etnia que se dedica a organizar las fiestas de los casamientos y los bautizos. Llevo la música en la sangre, me gustan los escenarios y el contacto con el público”, explica Mbaye, que está estudiando euskera porque le gusta el idioma y quiere incorporarlo en las actuaciones del grupo.

“Hace algunos meses que estoy aprendiendo y creo que se me da bien. Ya sé contar los números, ahora me gustaría contar historias”, dice sonriendo. La suya, de momento, la relata en castellano. “Llegué a Bilbao hace dos años y vine por casualidad. Mi destino original era Sevilla”, confiesa. La pregunta es inevitable: ¿qué provocó un desvío tan grande? Su respuesta es muy clara: el azar.

“Viajé desde Portugal en tren y, cuando llegué a Irún, llamé a un amigo mío que vivía en Sevilla. Supuestamente, me iba a esperar allí. El problema es que este amigo tenía el móvil apagado y no pude comunicarme con él ni ese día ni los siguientes. En Irún pregunté dónde podía encontrar gente de mi país y me dijeron que en Bilbao, así que cogí un autobús y vine”, resume.

Tras la pista de los tambores

Lo primero fue encontrar un lugar donde vivir. “Empecé como casi todos, compartiendo habitación”, cuenta. Sin embargo, su principal inquietud era el asunto de la música. Mbaye quería conocer gente que compartiera esa afición, desarrollar su creatividad y empezar a hacer cosas. “Es difícil ganarse la vida como artista aquí, pero más difícil es hacerlo en Senegal. Por eso vine. Quería estar en un lugar donde hubiera oportunidades”, señala.

Un día, caminando por la ciudad, vio a unos chicos que llevaban instrumentos su tierra. “Los vi de lejos y fui corriendo hasta donde estaban. Eran vascos y ensayaban percusión africana”. Mbaye formó con ellos su primer conjunto musical porque “la música -asegura- acerca siempre a las personas y une a las distintas culturas”.

Dice esta frase con convicción, pues lo ha vivido en primera persona. No sólo tiene más amigos euskaldunes que senegaleses; la esposa de Mbaye es vasca y la conoció en un taller de percusión. “La verdad, he tenido mucha suerte. Tengo muy buena relación con su familia. Sus padres y sus hermanos me han aceptado sin problemas. Ayer estuve cocinando para todos comida típica de Senegal”, apunta como ejemplo. “También fui con ella a casa en diciembre, conoció a mi familia y todo estuvo muy bien.No podemos quejarnos”, añade Mbaye, que apuesta más por las similitudes que por las diferencias. “Hasta en la música nos parecemos. Allí tenemos un instrumento que se llama balafón y se asemeja mucho a la txalaparta. Tengo ganas de componer canciones fusionando ambos sonidos”.

2010 África Ellos