448 | Amadou

Decía Eduardo Galeano en uno de sus textos más conocidos que «los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada» son aquellos «que no hacen arte, sino artesanía, que no practican cultura, sino folklore». Se refería a los que nacieron humildes en países pobres y que, sencillamente por eso, casi todo lo que reciben son muestras de condescendencia, desconocimiento o desprecio. ¿Cuánto se sabe, en el mundo, de la cultura y el arte africanos? La globalización difunde la artesanía, pero no muestra interés por el ‘arte refinado’.

Cuesta pensar en referencias literarias o pictóricas del vecino continente. Por eso, cuando un africano se presenta aquí como pintor, la primera idea que surge no tiene forma de lienzo ni de óleo, sino de escalera portátil, cubo grande y brocha gorda. Es un error. Existen grandes artistas africanos e importantes escuelas de pintura que buscan, desde hace décadas, dar cabida a la sensibilidad local y proyectarla hacia Europa, «donde la gente aprecia más este tipo de trabajo. En África es complicado dedicarse a la pintura», reconoce Amadou Loum, que está decidido a intentarlo.

Amadou es senegalés, de Dakar. Llegó a Bilbao hace poco más de un año, aunque este no fue su primer destino en Europa. Antes de pisar Euskadi, vivió en Jaén, Alicante, Lleida y Zaragoza. «La ciudad en la que viví más tiempo fue Lleida; estuve allí casi tres años», precisa. También relata que el lugar le gustaba y que estaba «contento» con su vida, hasta que tuvo un accidente que le afectó seriamente una pierna. «Mientras me recuperaba no podía hacer nada, ni siquiera trabajar». Como la idea de estar inactivo no le atraía en absoluto, decidió ponerse a estudiar… otra vez.

«Yo ya había estudiado en Senegal –aclara–. Fui a la Escuela de Arte en Dakar y trabajé para pagarme la carrera porque mi familia se oponía. Mis padres opinaban que debía dedicarme a otra cosa. Decían que el arte no tenía futuro, que vender cuadros es difícil, que de esto no se puede vivir. Lo decían por mi bien, yo lo sé, pero la verdad es que no podía ni puedo pensar en una vida sin arte, sin pintura. No me importa trabajar de otra cosa para comer, pero la pintura es todo para mí, es lo que sé hacer. Me expreso mejor con los pinceles que hablando», dice en un castellano que a veces suena a francés.

Su decisión de venir a Bilbao está vinculada con esto. «Cuando me pasó lo de la pierna, pensé en aprovechar el tiempo y hacer algún curso, no de arte, sino de carpintería, castellano o soldadura, para cuando volviera a trabajar. Tenía un amigo aquí que me explicó que el País Vasco es un lugar donde hay muchas posibilidades para aprender oficios. Por eso vine. Mi idea era estar pocos meses y aprender algo nuevo mientras me recuperaba». Pero los planes de Amadou cambiaron sobre la marcha: «en Bilbao me empezó a ir bien».

Exposición en diciembre

En Bilbao conoció a los responsables de AmiArte, un taller de creación artística que reúne a personas de diversas procedencias y distintas situaciones, que pone en valor al arte como una herramienta de transformación personal y que apoya, sobre todo, a los ciudadanos más desfavorecidos, sean de donde sean. «Aprecian la creatividad de las personas y ayudan a hacerla crecer, pero también se ocupan de integrar a la gente. Hacen un trabajo estupendo», dice Amadou, que colabora con ellos.

«El taller me ha permitido dar a conocer mi trabajo», añade Amadou, que ha estado exponiendo su obra en varios centros municipales desde septiembre y que cerrará el año en el de Barrainkua, del 1 al 16 de diciembre. «Euskadi es un lugar increíble donde se apoya mucho la cultura. Vas por la calle, hablas con la gente y notas que aprecian el arte, que siempre hay actividades. Si comparo con mi país, hay muchas posibilidades. Eso es como un sueño para mí, que he luchado mucho por no abandonar mi vocación».

Sus obras, coloristas, hablan de anhelos y de tragedias. Hablan de migraciones, de «cosas buenas» y de problemas. «Me gusta conversar con la gente, observar a las personas y mostrar en mis cuadros lo que veo –explica–. No tengo un único tema, pero la parte social es muy importante y casi siempre está presente. Supongo que está en mi manera de mirar», evalúa Amadou, que termina la conversación con sus planes de futuro. «Quiero enseñar a los niños a pintar. Yo sufrí mucho desde pequeño porque no me dejaban hacerlo; solo mi hermano mayor me apoyaba. Él me enseñó a dibujar. Desde entonces, he trabajado mucho en esto. Me gustaría ser pintor el resto de mi vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

442 | Youkhowme

Youkhowme Sy es pescador. Lo ha sido toda su vida, desde que era un niño y faenaba con una pequeña embarcación familiar en las costas de Senegal, hasta hoy, que tiene 42 años y zarpa con regularidad desde el puerto de Bermeo a bordo de un pesquero vasco. Los últimos tres meses los ha pasado en el mar, recalando de tanto en tanto en distintos muelles del norte. La entrevista tiene lugar justo al terminar la campaña del bonito. “Ha habido años mejores”, dice, aunque matiza que no se puede quejar. Se dedica a lo que le gusta y vive de su trabajo.

“Empecé de pequeño, en mi país. Ganaba lo suficiente para vivir al día, pero no tanto como para ahorrar o ayudar a mi familia. Eso es duro porque los senegaleses tenemos la cultura de ayudar, incluso a las personas que no conocemos. Yo ni siquiera podía darle una mano a mi madre. Además, tenía a mis hijos. Y cuando los hijos van creciendo, aumentan las necesidades –explica–. Un día, mi madre comentó que los jóvenes se estaban marchando del país hacia Europa y me preguntó si yo no me quería ir”. La pregunta fue tan sugerente como el contexto. Youkhowme decidió emigrar.

Viajó de Senegal a Canarias a bordo de su cayuco, en 2006. La travesía duró más de una semana, pero asegura que no sintió miedo. A Youkhowme le preocupaba más el horizonte que el mar. “Yo crecí entre embarcaciones. Mi casa estaba a veinte metros de la costa. Mi preocupación no era el agua, sino qué pasaría cuando llegara a destino, no saber cómo sería esto ni con qué me iba a encontrar”, señala. Cuando llegó a Tenerife no tenía idea de cuál sería su paradero final.

Al llegar, Youkhowme tuvo la oportunidad de elegir una ciudad y escogió Bilbao. “Aquí vivía un tío mío, Omar, que me recibió en su casa y me ayudó mucho en los primeros tiempos. Si no hubiera estado él, me habría ido a Francia, donde vive una de mis hermanas –señala–. Gracias a mi tío, tuve cobijo y comida mientras aprendía el idioma. Comunicarme, poder hablar, era fundamental para buscar trabajo y defenderme solo”. A medida que pasaban los meses y mejoraban sus habilidades, empezó a pensar cómo podía ganarse la vida. No quería ser una carga para nadie.

“Lo primero que te ofrecen es salir a vender discos o ropa de imitación por la calle, pero eso es ilegal. Yo necesitaba ganar dinero, pero tenía muy presentes las palabras de mi padre, que me dio un único consejo antes de partir: ‘Cuando llegues a cualquier país, evita hacer cosas prohibidas’. Le hice caso. Me informé y encontré una solución: comprar mercadería en los bazares chinos y revenderla en la calle. Mi tío me dejó algo de dinero para empezar y con eso fui avanzando poco a poco”, relata.

Cambio de rumbo

Youkhowme empezó como vendedor ambulante en Muskiz, aunque pronto se dio cuenta de que “así no iba a llegar a ninguna parte”. Quería dedicarse a la pesca. En la academia donde aprendió castellano, le ayudaron a navegar por internet para conocer qué requisitos se pedían aquí para lograrlo. “Lo primero era un curso. Tuve que ir a San Sebastián. Allí no conocía a nadie, así que los veinte días que duró aquello los pasé fatal. Tuve frío, hambre… de todo”, dice sin abundar en detalles, aunque menciona que subsistió gracias a la generosidad de una iglesia donde le daban galletas y agua.

Tras acabar el curso, siguió como vendedor ambulante en Vizcaya. Pero ahora, cada vez que ganaba algo extra de dinero, “cargaba la tarjeta de transporte Creditrans, me montaba en el autobús y me iba a los pueblos con puerto. Iba a Santurtzi, Getaria, Orio, Bermeo… a cualquier puerto, recorría los muelles y preguntaba si no necesitaban a un pescador. Al puerto de Bermeo fui unas cincuenta veces antes de que el patrón me viera y me diera trabajo. Para que veas que no hay que tirar nunca la toalla. Uno tiene que insistir y resistir hasta salir adelante y realizar sus sueños”.

Una pregunta de tres palabras –“¿Qué hay, moreno?”– cambió la vida de Youkhowme. “Así me saludó el patrón del barco donde trabajo hasta hoy. Hablamos, le conté que era pescador. Me dio una oportunidad y me hizo un contrato. Tanto él como otras personas de aquí han sido muy buenas conmigo. Siempre está la persona que aprieta el bolso cuando te acercas porque cree que le vas a robar, pero por suerte son excepciones. En Zorrotza, donde vivo, tengo vecinos vascos que se interesan por mí. Son currelas como yo y siempre me han tratado de maravilla. Y en Bermeo, en el mar, la acogida ha sido muy buena. Estoy encantado. Los vascos y los senegaleses tenemos fuertes vínculos y una relación que viene de largo. Hay muchos pescadores de aquí buscándose la vida en las costas de mi país. No todos lo saben, pero los marineros sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

412 | Fatou

Para el ciudadano europeo medio, África es antes pobreza, guerra, emigración o destino de cooperantes que un socio de negocios con el que establecer una relación comercial. La combinación de desconocimiento y prejuicios acerca de nuestros vecinos del sur impide, muchas veces, tender puentes de intercambio. La inestabilidad política y las diferencias culturales también actúan como barreras. Para cambiar esta realidad -o, al menos, empezar a hacerlo-, el primer vivero de empresas africano de Bilbao acogerá un foro novedoso cuyo objetivo es impulsar el comercio bilateral entre África subsahariana y Euskadi.

El encuentro, organizado por Koop SF34 y Harrobia Lanbide Ikastola, tendrá lugar el 10 de marzo en la sede de la cooperativa, en el barrio de San Francisco. Allí se darán cita más de sesenta empresas y clústers, estarán representados más de diez países y participará una veintena de expertos en comercio internacional, en concreto, con el África subsahariana. Fatou Dieng se encuentra entre los miembros de esta iniciativa. Joven, vital y llena de proyectos, esta mujer senegalesa dice haber nacido para el comercio: se ha formado para ello y, además, lo disfruta.

“En mi familia, casi todos son comerciantes y siempre quise dedicarme a eso, desde niña. Por esa razón me fui. Yo emigré de mi país en 2011 para poder estudiar. Había terminado el bachillerato y quería especializarme en Comercio Internacional, pero no es fácil hacer una carrera en Senegal. Va muchísima gente a la universidad, las aulas están saturadas; a muchas clases asistes de pie y, como llegues un poco tarde, te toca seguirlas desde afuera -describe-. A mí aquello no me convencía; sentía que iba a perder el tiempo. Hablé con mi padre, que vive en Bilbao desde hace más de treinta años, y me dijo que viniera”.

Tener aquí a una parte de su familia -primos y tíos, además de su padre- fue de gran ayuda para Fatou, que recuerda sus inicios en Bilbao como un tiempo en el que no podía hablar con casi nadie. “Mis idiomas son en francés y el wolof, así que al principio solo podía comunicarme con mi familia y poco más. Fue difícil esa etapa, aunque enseguida me apunté a aprender castellano. El primer año lo dediqué a eso: iba a clases de idioma y las complementaba yendo al instituto. Aunque ya había terminado el bachillerato, ir me servía para conocer a la gente, soltarme un poco y hablar. Me daba vergüenza, pero si quería estudiar aquí tenía que romper el hielo”, explica.

Comercio entre África y Euskadi

Un año después de llegar, Fatou comenzó a cursar un grado superior en Comercio Internacional. “Todavía tenía flojo el idioma y era la única negra, así que al principio todo el mundo me miraba. Era como el bicho raro del lugar. Pero la verdad es que me fue bien porque, a pesar de todo, sacaba buenas notas. Flipaban un poco conmigo”, relata con humor. “Lo difícil vino después -agrega, con tono más serio-, porque cuando estaba en el segundo curso me quedé embarazada y decidí continuar con los estudios. No iba a parar, así que seguí yendo a clase con mi tripa. Acabé la parte teórica un 14 de febrero y tuve a mi bebé cuatro días después”.

Fatou prorrogó el comienzo de sus prácticas, que hizo el año pasado en una empresa vasca. De su experiencia destaca que aprendió mucho y que la trataron muy bien. “Además, pude dedicarme a la parte que más me gusta, que es la de ser transitaria, es decir, intermediaria entre los transportitstas y los exportadores e importadores. Me encanta todo el papeleo, los documentos, las aduanas y la logística de los contenedores”, dice con un entusiasmo tan sorprendente como genuino. “En esa empresa aprendí muchísimo. Ahora quiero aplicar lo que sé en proyectos comerciales que vinculen África con el País Vasco”.

Rico en materias primas y con una importante diáspora en Europa, su continente tiene mucho que ofrecer a las empresas vascas, en particular, a las industrias. “Es importante fomentar un desarrollo beneficioso para todos, incluso a pequeña escala. Muchos africanos que viven aquí envían ropa y artículos a sus familias. Lo hacen compartiendo espacio en los contenedores, pero pagan unas comisiones muy elevadas. Eso se puede mejorar. En realidad… todo se puede mejorar”, reflexiona Fatou, cuyo campo de acción va más allá del comercio.

“Los vascos son muy abiertos, les gusta aprender cosas de culturas diferentes, se interesan por todo y eso es muy bonito. En Koop SF34 doy clases de wolof. Tengo cuatro alumnas vascas, con vínculos en Senegal, que quieren aprender el idioma. También hay personas interesadas en aprender nuestras danzas, en saber cómo somos, cómo es nuestra sociedad. Me dicen que soy una ‘senevasca’ y, de algún modo, lo soy. Es bonita la mezcla”.

2016 África Ellas

370 | Mamadou

Se llama Mamadou Ngom, aunque la mayoría de la gente le conoce como ‘Marra’. Dice que así es más fácil. Para contar su historia, empieza por el final, el lugar que elige para hacerse la foto. “Me gustaría quedar en San Francisco, en la tienda que acaba de abrir un amigo de Angola. Nuestro barrio es maravilloso y queremos impulsar su crecimiento, ofrecer una imagen distinta, más positiva de él”. Su compromiso con esta zona de la ciudad es profundo, constante y real. Hace años que forma parte de distintas asociaciones y que ayuda como voluntario para promover la integración social y el desarrollo.

Su labor se apoya en una convicción: “No lo hago por mí, sino por quienes van a llegar más adelante. Hay mucho que construir como sociedad, desde los vecinos hasta los Estados”, opina. Pero, también, su compromiso se mantiene estable por un profundo sentimiento de gratitud: “Las ONG me ayudaron mucho, tanto al llegar como al quedarme. Me dieron herramientas para crecer. Me formaron, me dieron mi primer trabajo. Gracias a las ONG volví a sentirme una persona; per-so-na -remarca con sílabas-. Volví a sentirme útil y capaz, a creer en mí y a pensar en África de una manera más seria y adulta. ¿Cómo no voy a cooperar con ellas? No puedo, ni quiero, mirar para otro lado”.

Lo de ‘sentirse persona’ no es un detalle menor, puesto que ciertos tipos de viaje deshumanizan a los viajeros, los difuminan entre las cifras o los reducen a meras piezas de un discurso, a veces condescendiente, casi siempre alarmista. Por esa razón, para él es muy importante poner en valor el trabajo social y dotar de rostro e historia a la cifra. Antes de montarse en un cayuco, de pasar allí nueve días, de convertirse en un ‘sin papeles’ en las costas de Tenerife y de no poder comunicarse con nadie -porque nadie hablaba francés-, antes de eso, de la comisaría, de la Cruz Roja y el CIE, Marra tenía una vida.

“Trabajaba en una mercería. Estaba a cargo de la tienda, que era un negocio familiar. No era un comercio muy grande, ni un puesto muy importante, pero me permitía ganarme la vida. Si soy sincero, mientras estaba allí, en Senegal, jamás sentí atracción por Europa. Sí tenía ganas de viajar y conocer lugares, pero no me planteaba emigrar. Lo que ocurrió es que, en 2006, un primo mío y un amigo emigraron. Y, desde que llegaron aquí, me decían ‘tienes que venir’. Querían que estuviéramos juntos, como en Senegal. Insistieron mucho y me convencieron”.

9 días en el mar

Lo que no hicieron, en cambio, fue detallarle las vicisitudes del viaje. “Es súper duro -resume-. La embarcación era pequeña y había mucha gente. El ambiente estaba bien, pero la comida y la bebida eran limitadas. Además, se pasa miedo. El mar tiene sus días. Cuando está en calma, te da un momento de reflexión y de paz. Cuando ataca, piensas que no vas a sobrevivir. Al cabo del segundo día en el mar me di cuenta de que el principal recurso ahí es Dios. Entendí que estaba en sus manos y que él era mi único capitán”, confiesa, aunque matiza que no todos sus pensamientos fueron del mismo tenor.

“Vine cagándome en todo, acordándome de mi primo y mi amigo. Y pensaba ‘si llego con vida, los mato’, porque no me habían explicado bien cómo era el viaje. Yo nunca permitiría que alguien de mi familia, o un amigo, ni siquiera un conocido, intentara venir así, te lo juro”, enfatiza. Lo dice por la travesía marítima, pero también por lo que vivió después. “Pasé ocho días en una comisaría de Tenerife y un mes en una especie de campo militar, perdido en medio de la nada. De ahí, me llevaron a un CIE, en Fuerteventura, que es una especie de campo de concentración. Te hartas de encierro. Llega un punto en el que te da igual todo, solo quieres que te saquen de allí”, asegura.

A Marra lo enviaron a Madrid, donde lo esperaban dos chicas de una ONG. “Recién ahí empecé a sentir que me trataban bien. Como te decía antes, en ningún momento del camino te sientes como una persona. Nos comunicamos; conseguí explicarles que tenía conocidos en Bilbao. Ellas contactaron con mi primo y me mandaron para aquí. Cuando llegué, me parecía mentira. Estaba muy cansado, pero no podía dormir. Estaba ansioso; pensaba que al día siguiente me pondría ya a trabajar”.

Grande fue su sorpresa cuando le explicaron que no, que necesitaba para ello un permiso. “Yo decía ‘¡pero si tengo ganas, soy joven y fuerte! ¿Cómo que un permiso?’ No lo entendía”. Pero no se desanimó. “Hice tantos cursos de formación como pude, me apunté como voluntario de las ONG y así, poco a poco, conseguí salir adelante”, dice, antes de mencionar invernaderos, plantas de reciclaje, un mercado de abastos y un locutorio como sus empleos en estos años. “Busco trabajo activamente, siempre, incluso cuando estoy trabajando. Sin trabajo, sin independencia, no hay bienestar”.

2015 África Ellos

369 | Jouhaina

En general, la procedencia de una persona actúa como tarjeta de presentación, como resumen o etiqueta de quién es. Es un dato casi siempre relevante, porque nos ayuda a colocar a los demás en unos ejes de significado, en unas coordenadas culturales. No es lo mismo decir “colombiano” que “chino”, ni “australiano” que “camerunés”. Tras la etiqueta, esperamos un registro más o menos acotado, más o menos estereotipado, pero bastante concreto. Así funciona el prejuicio, como cajas rotuladas que no hace falta abrir porque su contenido ya se infiere de antemano.

Sin embargo, nacer en un lugar no significa pertenecer a él. Ni siquiera, sentirse identificado. En este sentido, la historia de Jouhaina Maya Hassan diluye la importancia de lo que indican los pasaportes y muestra que hay sorpresas en las cajas. “Yo nací en Senegal, crecí en Costa de Marfil e hice mi carrera en París, pero soy de origen libanés e iraní. Mis raíces están en el Líbano; mi familia, en África y mi cabeza, en Europa”, dice al comenzar la entrevista, desordenando la estantería.

“El Líbano es un país muy pequeño con múltiples influencias culturales y con una historia bastante notable de emigración. De sus orígenes destaca la influencia fenicia, que ha forjado el carácter comerciante y viajero de su gente. En la historia reciente, a mediados del siglo XIX, muchos libaneses se marcharon a Sudamérica. Por eso no es raro encontrar importantes colectivos del Líbano en distintos países de América del Sur. En 1920, esa corriente se repitió. La diferencia es que los barcos hicieron escala en África; principalmente, en Senegal, y muchos libaneses decidieron quedarse allí. Esa es la historia de mis abuelos”, resume en un castellano impecable.

Jouhaina nació en Senegal, pero cuando tenía cinco años, su familia se trasladó a Costa de Marfil. “Emigramos por el trabajo de mi padre, que es comerciante. En la costa occidental africana hay mucha presencia libanesa -señala-. Como muchos otros niños, yo crecí allí. Viví allí hasta los 17 años y, cuando terminé el bachillerato, me fui a París a estudiar. Es preciso entender que las opciones educativas en África eran limitadas -agrega-. En cierto modo, los jóvenes libaneses volvimos a emigrar, como nuestros abuelos, solo que con una finalidad académica”, señala.

La finalidad de Jouhaina -o, más bien, la de su familia- era que estudiara Economía. “Realmente no me atraía la carrera, pero la hice, y también hice el máster en Gestión de Empresas. En ese momento, era muy obediente y muy seria”, dice con una sonrisa. “Eso sí, una vez que terminé los estudios, cuando hice ‘lo que debía hacer’, decidí lanzarme a explorar otras cosas que me gustaban más, como los idiomas, los viajes y las culturas. Había pasado cinco años en París y quería conocer otros lugares”, explica.

De París a Barcelona

El deseo se materializó en un viaje de tres meses a Barcelona. “Bueno… Tres meses era lo previsto, porque viajé para estudiar castellano, pero terminé quedándome un año”, aclara. “Encontré trabajo en una inmobiliaria y pude prolongar mi estancia allí. La verdad es que estaba encantada. Yo venía del agobio de París, una ciudad donde se vive con mucho estrés y mucho individualismo, y me encontré con una ciudad diferente, con otro ritmo y otras costumbres. Claro que no se puede generalizar; tengo amigos parisinos que son unos soles, pero el estrés de la ciudad hace mella en la gente”, describe.

Al año en Barcelona le siguió otro en Senegal. “Me hicieron una oferta de trabajo muy buena y acepté, pero no conseguí adaptarme al país. Mi mentalidad es europea, aquí me siento realmente bien, y eso que toda mi familia está en África -reconoce-. De hecho, de mis hermanos soy la única que no ha regresado. El concepto, no solo de mi familia sino también el cultural libanés, es que los jóvenes se marchen, estudien y vuelvan para continuar y mejorar el negocio familiar. Yo me he desmarcado de esa tendencia”, dice.

En cambio, se ha radicado en Bilbao, una ciudad a la que siente su hogar y donde ha decidido emprender. A mediados de abril, Jouhaina abrirá una tienda de complementos y moda de jóvenes diseñadores. “He hecho muchas cosas y he trabajado en distintas áreas porque creo que uno no debe ceñirse a una única cualidad o afición. Ahora, que ya no soy una cría, me atraía mucho la idea de afincarme y empezar algo propio. A mi familia la visito una vez al año, casi siempre en Navidad, y ellos también vienen a verme un par de veces al año. Saben que estoy feliz, que he encontrado mi lugar “Me cautivó de forma inesperada”, asegura.

2015 Asia África Ellas

277 | Noel

El 20 de agosto de 2007 llegó a la costa de Tenerife un cayuco procedente de Senegal. Había partido casi dos semanas antes y traía a unas veinte personas a bordo. Entre ellas estaba Noel Diatta. El viaje fue duro -uno de sus compañeros murió-, pero no tanto como otras travesías en las que Noel había tomado parte. Pescador de tiburones durante muchos años, él ya estaba curtido en los vaivenes del mar. «Las tormentas entre Sierra Leona y Guinea son más fuertes que las que hay al norte de Senegal», asegura.

Noel cuenta que desde muy joven se dedicó a la pesca. Para su familia no era sencillo costearle unos estudios, de modo que hizo «lo que tenía que hacer»: ponerse a trabajar. Durante siete años pasó casi más tiempo en el agua que en tierra, con salidas que rara vez duraban menos de quince días. «En el mar me ha pasado de todo -relata-. Algunas veces, sí, lo pasé muy mal. Hubo una ocasión en la que se nos rompió el motor del cayuco en alta mar, donde no teníamos posibilidad de repararlo. El plan original eran cuatro días de ida, diez de pesca y cinco de vuelta, pero la avería lo cambió todo. Nos quedamos sin comida, sin agua, no veíamos ninguna otra embarcación para pedir auxilio…»

La pregunta que él y sus compañeros se hacían con insistencia era: «¿Qué vamos a hacer ahora para sobrevivir?» La respuesta, confiar en la buena suerte y aguantar. Pasaron diez días sin comer ni beber, ni ver a nadie en el horizonte. Y cuando creyeron que estaba todo perdido, otro cayuco apareció en el mar y los rescató. «Lo primero que hicieron fue pasarnos veinte litros de agua y no duraron ni un minuto», relata.

Fue en uno de esos viajes pesqueros entre Senegal y Sierra Leona cuando Noel escuchó por primera vez que algunos cayucos no tenían por destino la búsqueda de peces, sino la de nuevas oportunidades. «Oí en la radio que venían a Europa y les dije a mis compañeros ‘¿qué cayucos son esos? ¡Me apunto!’» La respuesta de los suyos fue un «¡olvídalo!» rotundo. «No se puede, en esos viajes te mueres», le advirtieron. Pero él no les hizo caso. «Paso veinte días seguidos en el mar para pescar, con viento, con lluvias, sin apenas comida… El viaje no puede ser peor que eso», pensó. A partir de ese momento, su determinación se convirtió en su brújula. Y la única marca era el norte.

Noel siguió trabajando tanto como pudo. Tenía que ahorrar. Emigrar en patera no es igual que hacerlo en avión, pero cuesta lo mismo. «Un lugar en la embarcación valía entonces mil euros», lo que refrenda la idea de que en el mundo no emigra quien quiere, sino quien puede. «Si no tienes nada, no te puedes venir», sentencia él con una serenidad pasmosa. Por fortuna, la pesca de tiburones le dejaba algo de margen. «Los pescábamos por las aletas; eso es lo que se vende. Al cambio, nos pagaban unos 60 ó 70 euros por kilo, así que ganábamos más o menos según el tamaño del tiburón. Algunos eran tan grandes que no podíamos subirlos a la barca, sólo la aleta podía llegar a pesar cinco kilos», explica.

Muchos meses y aletas después -y en contra de su familia, que se oponía al proyecto-, Noel compró un lugar en la patera que iba a partir hacia Canarias. Quizá ese viaje no fue el más duro de los que ha hecho pero, a juzgar por la precisión de sus recuerdos, lo marcó. Sabe a la perfección cuántos días estuvo en Tenerife, en Fuerteventura y en Almería antes de llegar aquí. «Lo peor fue el centro de inmigrantes de Fuerteventura, donde pasé 40 días hacinado. Yo no estaba acostumbrado a eso, a estar encerrado con tanta gente, y te digo: en el mar nunca tuve miedo, pero ahí sí».

El único contacto de Noel era un conocido suyo, de otro pueblo de Senegal, del que sólo tenía un número de teléfono. Le llamaron desde el centro de acogida de Almería. Vivía en Durango. Dijo que recibiría a Noel con los brazos abiertos y así fue. «Así llegué al País Vasco», cuenta él, que se manifiesta «totalmente enamorado de esta tierra y de su gente». En su opinión, «aquí el racismo no existe y las personas son buenas», porque han sido muy generosas con él. En estos años, ha conocido la solidaridad de los trabajadores sociales, los jesuitas, Cáritas y sus propios paisanos, ya que en Durango hay una colonia senegalesa.

«Estudio mucho -dice-. Me he apuntado a todos los cursos que he podido, ya tengo 16 diplomas en albañilería, soldadura, fontanería, carpintería, pintura… y cuando acabe el año tendré tres más. No sé si me servirán, pero es importante estar activo. Si pudiera elegir un trabajo, me gustaría volver a la mar».

2013 África Ellos