Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui

En Límites y fronteras (Milenio, 2008), Saïd El Kadaoui habla de las fronteras mentales y culturales que debemos cruzar para acercarnos a los demás, pero también para dejar que los demás se acerquen a nosotros. Asimismo, reflexiona sobre la importancia de separar los fantasmas personales del intento de justificarlo todo a partir de las diferencias culturales. Si bien no vuela a la misma altura que la estupenda No (Catedral Books, 2017) —casi diez años de madurez literaria las separan—, Límites y fronteras es una lectura fresca a la par que profunda y valiente sobre esa variante de lo euroárabe que es la construcción de la identidad hispanomarroquí. A continuación, once ideas sobre lo difícil que es ser un híbrido cultural que nacen de la lectura de esta novela. Por cierto, el jueves 19 de abril Saïd y yo estaremos hablando sobre sus libros en el Aula de Cultura de Getxo (Bizkaia) a las 19 h.

por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

limites-y-fronteras-kadaoui-libro01 | La ciudadanía euroárabe, de 2.ª División. Hay pertenencias y pertenencias, y unas son más fáciles de armonizar que otras. En Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui deja claro que conciliar lo árabe y lo europeo es muy complicado: muchas personas perciben que son identidades opuestas sí, incluso excluyentes (quién lo diría después de haber convivido algo más de 9 siglos en este mismo territorio, ¿verdad?). De hecho, ahí estriba en gran medida el drama de la identidad hispanomarroquí: a un lado del Estrecho, se te critica por ser un mal marroquí y, a este, como mucho, alcanzas a ser un moro simpático o un marroquí al que se le elogia que no parece un marroquí. Ser euroárabe, viene a decir Kadaoui, es como jugar siempre en 2.ª División, esto es, ser un ciudadano con menos derechos que otros.

02 | Cuando ser marroquí se vuelve algo humillante. Las migraciones convierten la identidad en un laberinto de sentimientos contradictorios donde la mayoría de personas se extravían tarde o temprano. En el caso de Ismaïl —el protagonista de la novela—, eso está relacionado con que vive su condición de marroquí como algo humillante, lo cual introduce una tensión brutal en sus relaciones familiares, laborales o de amistad. Él lo vive así porque su madre y su padre perpetúan, en parte, ese estereotipo: solo hablan bien amazig, tienen un pobre bagaje intelectual y son firmes defensores de aspectos retrógrados de la tradición. En fin, existe mucha diferencia entre lo que su familia considera como normal y lo que él vive en la escuela, la calle, el trabajo, etcétera.

03 | La obsesión por la normalidad. Dos citas para ilustrar lo dicho en el apartado anterior, ambas relacionadas con la lengua y el ámbito escolar:

«Yo era un niño y mi obsesión era ser como los demás. […] quería tener unos padres normales que fueran al colegio y hablaran bien el catalán con mis maestros sin necesidad de que yo estuviera allí traduciéndoles las palabras que no entendían».

 «En cambio, otras veces la odiaba a ella [a mi madre] y a mi padre por obligarme a invertir nuestros roles. Yo quería que fueran ellos los que me explicaran qué significaba aquella palabra que no entendía, qué significaba aquella noticia que estaban dando por la tele y que me ayudaran con los deberes».

04 |El conflicto con la sociedad. La sociedad española suele asociar lo marroquí con la suciedad, la pobreza, la barbarie y el integrismo religioso, y casi nunca con imágenes positivas. Ismaïl, pese a que lleva más de 20 años viviendo aquí, choca cada tanto con el peso de ese estereotipo. Es más: siente que no lo reconocen como ciudadano catalán, español y europeo, a pesar de que él habla catalán, español y francés, tiene una educación superior a la media y ha pasado 2/3 de su vida aquí. Por tanto, al conflicto familiar hay que sumarle el social. ¿El resultado? Un proceso de fatiga emocional alimentado por ciclos de odio y amor contra todo y contra todos. De ahí a la neurosis, o al brote psicótico, como demuestra Ismaïl, el camino es corto.

05 | El conflicto con el territorio. Al no poder construir una doble pertenencia real, Ismaïl responsabiliza a los países de sus males y los utiliza como contenedores donde descargar su rabia y su frustración. Eso sí, sus sentimientos son tan contradictorios como en el plano personal: defiende «a Marruecos cuando está en España y a España cuando está en Marruecos»; entre otras razones, porque nunca sabe a ciencia cierta si sería más europeo olvidándose y renegando de Marruecos o si, por el contrario, empezarían a considerarlo mejor marroquí si odiase a Europa y atase su destino a una versión del tradicionalismo que le resulta castradora. Vive permanentemente en esa tensión. Así, y dado que la frontera entre la idealización y el desprecio es muy delgada, termina forjando asociaciones absurdas, como «marroquí-enfermo, europeo-normal». Unas asociaciones, todo sea dicho, que favorece la impermeabildad de la sociedad europea a lo árabe.

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06 | La eterna confusión de lo musulmán con lo árabe. Mientras rememora su adolescencia, Ismaïl cuenta una escena que refleja cómo la escuela perpetúa los estereotipos con la misma intensidad con que se supone que debería combatirlos. Un profesor de Ismaïl asume —sin preguntarle— que, como el chaval nació en Marruecos es musulmán y que estaría bien que sea él quien hable ante la clase sobre el islam. El profesor ni siquiera se detiene a pensar que Ismaïl vive en Barcelona desde los 7 años. La reflexión de Ismaïl, años después, ilustra la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro y pensar cómo sería la situación a la inversa:

«[Yo] No tenía ni puta idea de lo que era el islam. Mis padres me explicaron algunas cosas que no alcancé a entender porque no me interesaba y porque no estaba capacitado para entenderlo. Fui agobiado al colegio y le expliqué a aquel capullo y al resto de la clase cuatro tonterías. Después me encontré que tenía que responder a preguntas sobre el velo, la poligamia, el cerdo, el vino y la madre que los parió a todos. ¡Qué podía decir yo! ¿Acaso un niño cristiano sabe explicar la Inquisición, la Pascua, el sentido de los muñequitos en las iglesias, las hostias, la comunión, los ramos de pascua por los que yo sentía tanta curiosidad?».

07 | El síndrome de «Mi hijo, el doctor». Sabemos que cada familia es infeliz a su manera. La de Ismaïl vive presa de ciertas inercias, no tan distintas de las que han conocido muchas familias españolas cuando la primera generación de sus hijas e hijos llegó a la universidad a finales del siglo XX.  En la familia de Ismaïl, conceptos como ganarse bien la vida o ser el orgullo de la familia pesan mucho y tiene su aplicación práctica en mandatos sobre qué estudiar. Así nos lo deja ver a través de una intervención de su madre:

«Ohhh, literatura francesa. A tu padre no le va a gustar nada esto que quieres estudiar. ¿De qué te va a servir? Tu padre dice que solo te servirá para que te olvides de tu país. ¿Por que no te haces médico? Podrías trabajar también en Marruecos. Allí podrías ser muy útil y te ganarías muy bien la vida. Te convertirías en ‘mi doctor’. Tu padre no cabría en sí de contento. Siendo doctor podríamos buscarte la mejor mujer de todo Nador y haríamos una boda que sería la envidia de todos, y yo sería la madre más feliz del mundo».

08 | Ser extranjero también en Marruecos. A lo largo del libro, Ismaïl relata varios viajes familiares, en diferentes etapas de su vida, al pueblo donde nació. De ese modo, vemos cómo el conflicto de la doble pertenencia empieza en la infancia cuando la familia marroquí lo trata como si fuera una atracción de feria y cuando Ismaïl se siente más cercano a los primos que migraron a Holanda, Alemania o Francia que a los que viven en Marruecos. Además, asistimos a su proceso de maduración, que incluye contestar preguntas como «¿Te gusta España, te has olvidado de nosotros?» o lidiar con la susceptibilidad con que los demás reciben sus opiniones sobre cualquier asunto marroquí. En definitiva, Ismaïl nos descubre un aspecto duro de las migraciones familiares: la doble extranjería.

09 | El tradicionalismo como asfixia. Un elemento que vuelve muy complicado llevarse bien con su parte marroquí es la parte retrógrada que hay en el tradicionalismo. Su parte europea choca contra la noción marroquí de leyes familiares y, sobre todo, contra la implacabilidad con que rigen el destino de sus primas y primos. En particular, Ismaïl muestra lo asfixiante que le resultan la relevancia que se da a la virginidad femenina, los matrimonios concertados, la edad a la que debe casarse una mujer o la trascendencia social de la boda. De algún modo, eso le obliga a que su idea de Marruecos se debata entre dos modelos: uno, el liderado por su madre y su abuela, que consideran su deber perpetuar lo peor del tradicionalismo; otro, más moderno, encarnado por Fatema Mernissi, que se rebela contra la tradición y que busca vías para alentar la apertura cultural. En fin, decir «soy marroquí» implica también pensar sobre ese tipo de tensiones.

10 | La imposibilidad de regresar. La complejidad de ciertas migraciones conlleva que el regreso al país de origen sea casi imposible. De ahí que el reto sea construir una identidad abierta, múltiple, en permanente proceso de construcción. Ismaïl lo refleja así: «Yo ya no volvería a instalarme en Marruecos, no puedo. Hablo mejor el castellano y el catalán que el amazig y no tengo ni idea del árabe. La verdad, tampoco creo que fuera la solución de nada. Pero sí que hay algo que me preocupa. Quiero llegar a sentirme cómodo con esta doble nacionalidad». Y es que, como señala Ismaïl, la persona migrada «se siente sin propiedad porque cree que ser emigrante es alejarse irremediablemente no solo de una tierra, sino de un trocito de lo que uno es». Es decir: quienes migran no solo se alejan de su país de origen; también lo hacen de quiénes fueron en algún momento de su vida.

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11 | El ojo crítico vs. el ojo destructivo. «Cualquier crítica que asomaba en mi cabeza de Nador o Marruecos, en general, la vivía con sentimientos de traición», dice Ismaïl. Una de las grandes reflexiones que deja la lectura de Límites y fronteras es que la cultura —sea la marroquí o la española— no puede ser algo poco poroso, que obstaculiza el intercambio con lo diverso y que se atrinchera en el afán por defender unas supuestas esencias. La noción de cultura implica permeabilidad, mezcla, dinamismo; si no difícilmente puede ser cultura. Además, como señalaba Juan Goytisolo en Universos imaginarios, «Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto de las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido». Por tanto, si las culturas española y marroquí devienen en una suerte de bloques de hormigón impermeables a su influencia recíproca, solo estaremos construyendo, como sostiene Ismaïl, cárceles «de palabras, de creencias, de ideas y de automatismos». Y eso conlleva un peligro: terminar creyendo que criticar nuestra cultura es criticar nuestras raíces y poner en peligro todo lo que somos. Seamos de donde seamos.

*

P.D.: La novela abarca más temas que la identidad —la salud mental, el sexo o las relaciones personales, entre ellos— y da cabida a más personas que a Ismaïl; sin embargo, como Un puerto que cambia habla de migraciones, la lectura se ha centrado en esa arista. Si buscas información adicional, échale un vistazo a lo que cuenta Kadaoui en su blog. Además, en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, puedes leer o descargarte un fragmento del libro. Y, si te queda cuerda, puedes ver esta entrevista:


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Libros

Vivir me mata, de Paul Smaïl: el rechazo a las segundas generaciones

Ser de un país, nacer y criarte en él, y sin embargo, tropezarte a cada rato con alguien que se empeña en hacerte sentir que no lo eres. En las familias migradas, quienes integran la llamada segunda generación conocen bien ese drama donde las culturas, en vez de sumarse y formar una sinergia, entran en conflicto y ocasionan dolor, rabia, angustia, incomprensión o violencia. En la novela Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003), de Paul Smaïl, un chico nacido en Francia, en el seno de una familia argelina, nos cuenta lo complicado que resulta convivir con esa identidad fragmentada en tiempos de políticos racistas como Jean Marie Le Pen.   

Por Miguel Ángel Ortiz Olivera
@MAOrtizOlivera

libro-smailEl último Mundial de fútbol del siglo XX coronó a la «Francia multicolor», apelativo con el que Jacques Chirac —entonces presidente de la República— bautizó al plantel comandado por Zinedine Zidane, francés de segunda generación. Corría el año 1998, y el espejo del fútbol mostraba a todo el mundo la multirracial sociedad francesa. Sin embargo, otro reflejo más personal e íntimo, el de la literatura, había retratado ya un año antes esa misma sociedad en Vivir me mata (Editorial El Cobre, 2003).

La novela —publicada en Francia en 1997 y seis años más tarde en España—, la protagoniza Paul Smaïl, un joven francés de segunda generación menos afortunado que Zidane. Paul debe abrirse camino en un país atravesado por las ideas racistas de Jean Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha francesa, a quien la selección multicolor le parecía la de «los representantes del papeleo». También debe sobrevivir a la precariedad económica y laboral a la que parecen destinadas muchas personas como él.

Smile, Smaïl!

Paul Smaïl cambia su apellido para acceder a una entrevista de trabajo. Lo americaniza a Smile y de este modo suena más alegre y, sobre todo, menos árabe. Vive a las afueras de París con su familia. A pesar de su licenciatura en Literatura Comparada, debe conformarse con trabajar como repartidor en una pizzería y de vigilante en un motel de mala muerte. Por el día, descarga su rabia conduciendo la moto del reparto a toda velocidad por el centro de París, mientras que, por las noches, lidia con peleas entre clientes, borracheras y hasta ayuda a sadomasoquistas a desencadenar a sus sumisos de la cama.

Las noches tranquilas, Paul se desfoga escribiendo su historia en un ordenador prestado: una historia de rabia, frustración y odio por no encajar en una sociedad que, desde que tiene recuerdo, lo ha rechazado. En el colegio, sus compañeros lo insultaban —moro, beur, moraco, paisa, moraca, moranco, mojamé, mustafá, guirufo, corajay— y le hacían sufrir todo tipo de vejaciones, robos y maltrato por ser diferente:

Los franchutes de pura cepa me zurraban porque me consideraban moro, los moros porque me consideraban demasiado franchute, los chalalas porque no era ni chalala ni realmente moro, ni del todo franchute; los negratas porque, a sus ojos, era white, y los amarillos, para complacer a los negratas, los moros y los franchutes.

Esa situación se agrava por su afición a los libros, y solo cambia cuando su padre decide apuntarlo al gimnasio de don Luis —hijo de un republicano español exiliado en 1939—, para que aprenda a defenderse con sus propios puños. Pero ya se sabe: con violencia no se gana el respeto; solo se engendra más violencia.

Una pieza sin rompecabezas

No encajar en el puzle, a Paul, le trae de cabeza. Su familia emigró a Francia, y él pertenece a la llamada segunda generación; una generación que, en algunos casos, no termina de acoplarse al organigrama social. Y Paul tiene muy claro el porqué: ellos no son «de pura cepa».

Por la calle, es habitual que la policía le pida la documentación por sus pintas de mustafá. También que abusen de su autoridad y lo insulten. Paul tampoco encaja en su grupo de amigos, ni mucho menos en los tristes trabajos que desempeña. Se siente preso de un sistema que, en vez de integrar, aliena. No traga al jefe de la pizzería, que conduce un Porsche, juega al golf —mientras le paga la mitad de su sueldo en negro— y vota a Chirac porque «hay que reducir la factura social». Tampoco aguanta a los clientes fachas que, antes de pagar la pizza, le preguntan si tiene «permiso de residencia en regla», si no será un ilegal, si es «realmente francés».

Ni siquiera logra conservar mucho tiempo su puesto en una librería, a pesar de su pasión por la literatura. Su dueña es una de las muchas progres con ínfulas paternalistas que cree que tener un francés con raíces magrebíes en plantilla expandirá las fronteras de su librería. «Son las personas como usted las que nos traen a Le Pen», le dice Paul cuando no aguanta más. «No tanto los malvados fascistillas de barrio, sino la gente como usted, que se proclama antirracista y todo eso». Por supuesto, automáticamente es despedido.

A pesar de su rabia, se esfuerza por integrarse y cada día se reivindica como francés «nacido en Francia, de padre francés». Sin embargo, al mismo tiempo, carga con un pasado familiar dual: por un lado, su abuelo murió defendiendo a Francia en la Segunda Guerra Mundial; por el otro, su tío fue uno de los más de 200 argelinos asesinados en la Masacre de París el 17 de octubre de 1961 a manos de los gendarmes.

Cuanto más avanza la narración, más caras se venden las sonrisas para Smile-Smaïl. En el mundo hostil donde se mueve, solo entreve un objetivo claro: hacerse respetar. Ni alegrías ni sueños para los de su clase social. Tampoco esperanza de que las cosas mejoren: con cada nueva experiencia, se agranda el abismo que separa a los «franceses de pura cepa» y a los de segunda generación:

Soy árabe. ¿No tiene un árabe ojos? ¿No tiene un árabe manos, órganos, proporciones, sentidos, emociones, pasiones? ¿No se alimenta de lo mismo, es herido por las mismas armas, sufre las mismas enfermedades, se cura con los mismos remedios, siente calor o frío con el mismo verano y el mismo invierno que un francés de pura cepa?   

La situación familiar no ayuda: su padre cae enfermo y su hermano pequeño opta por la vía del culto al cuerpo con anabolizantes y el dinero fácil del mundo del sexo. Solo el amor le dará una pequeña tregua con una fugaz relación con Myriam, una compañera de la librería. Eso sí, también con ella le asaltarán las dudas, como cuando le invita a conocer a su familia: «¡Soy su primer árabe! ¡Un árabe que les quita a su hija! […] ¡Un partidario de la Intifada! ¡Uno que pone bombas! ¡Un asesino!».

El salvavidas de la literatura

Los libros se convierten en la tabla de salvación para Paul. Las constantes referencias a Moby Dick y La isla del tesoro brillan entre tanta oscuridad. «La lectura fue lo único que me permitió aguantar aquel largo año», el de la muerte de su padre y de su hermano, dos sucesos que lo golpean con tanta violencia que ni el boxeo le sirve para sudar tanta rabia.

Aunque escribir le ayuda, se da cuenta de que, con las tres palabras del título, ya lo ha dicho todo: Vivir me mata. La escritura tampoco impide que el odio y la venganza se cuelen entre los renglones finales, como esos integristas que van apareciendo por el barrio:

Si nos hincháis a patadas y nos rompéis los dedos mientras estamos detenidos, si nos escupís a la cara (literalmente), si nos meáis encima (literalmente)… Y si nos negáis un trabajo que daréis a alguien menos cualificado que nosotros pero también menos moreno, ¿no acabaremos acaso por rebelarnos? […] Si somos como vosotros para todo lo demás, también nos parecemos a vosotros en esto, nos vengaremos.

Hamel, su profesor de literatura en la adolescencia, le enseñó que todas las historias viven en las páginas de los libros y que siempre podría encontrar consuelo en ellos. En Vivir me mata, puede que muchos jóvenes de aquella generación se vean reflejados en la rabia y frustración de Paul Smaïl. Por desgracia, y a la luz de las noticias que vemos a diario, también muchos jóvenes de las generaciones actuales. Y no solo en Francia, donde Marine Le Pen lidera la oposición racista que iniciara su abuelo, sino en Bélgica, Holanda, Reino Unido y, quién sabe, quizá muy pronto en España.

P.D. 1: Una última curiosidad: el nombre del escritor y el del protagonista coinciden; sin embargo, ninguno de los dos existe: detrás del seudónimo de Paul Smaïl se esconde el escritor Daniel Théron, también conocido como Jack-Alain Léger.

P.D. 2: Como Editorial El Cobre cerró la persiana, para los que querías haceros con el libro, tenéis la opción del mercado de segunda mano.

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