434 | Viktor

Para Viktor Prodan no es posible concebir un mundo sin música. La vida sin Brahms, Chopin o Yann Tiersen –autor de la banda sonora de Amelie– sería menos interesante y más monótona. “Por desgracia, ya no se encuentran talentos así. Poca gente compone a lápiz y goma, casi todo se hace con el ordenador”, lamenta este compositor ruso de 22 años que empezó a tocar el violín a los tres. “En el conservatorio se suele ingresar a los cinco, pero me aceptaron un par de años antes porque consideraron que tenía aptitudes”, detalla.

Y no se equivocaron, porque Viktor hizo su carrera a ritmo de dieces y la acabó antes de tiempo. Se licenció en violín y composición cuando tenía diecisiete años. “Me iban adelantando en los cursos porque aprendía rápido, pero también porque tuve un profesor muy bueno que me exigía un montón y me hacía ensayar entre seis y siete horas al día. Mi profesor era medio judío, medio ruso. Ya te puedes imaginar qué carácter tenía”, dice con tono divertido y entrañable.

El perfeccionismo y la autoexigencia de Viktor son fruto de aquella enseñanza y disciplina que recibió. “A mí no me gusta que me digan ‘qué bien te sale’, ‘qué bonito’, ‘qué bueno’; prefiero que me señalen todo lo que me sale mal”, asegura, antes de aclarar que no es una cuestión de masoquismo sino de superación. “Si un músico solo recibe palabras amables y buenos comentarios, ya no se come más la cabeza y se estanca. Si, en cambio, sabes que tienes cosas para mejorar, seguirás esforzándote. Lo tengo claro: dejaré de estudiar, aprender y ensayar el día que me muera”.

La música lo es todo para él: una pasión personal, un medio de vida que disfruta y un modo de construir relaciones y enlazar a sus afectos. Fue su abuelo quien le descubrió ese universo, llevándolo a conciertos de música clásica y a la ópera desde que era prácticamente un bebé. “El sonido de los instrumentos de cuerda forman parte de mi vida desde entonces. Me crié con mi abuelo, y él me inculcó ese gusto por el arte. Siempre me apoyó y celebró mis avances y mis éxitos”. Cuando Viktor ganó un concurso europeo de compositores, a los trece años, su abuelo le regaló un piano Steinway de cola.

Ese piano, ahora mismo, está en Bilbao. “Me lo traje conmigo cuando vine de San Petesburgo, hace seis años. Reuní dinero y lo traje en avión. No lo iba a dejar allí pudriéndose, ni loco”, explica Viktor, que llegó a Euskadi con diecisiete años. “Mi abuelo falleció, yo era menor de edad y no podía quedarme solo en Rusia. Vine al País Vasco porque mi padre vivía aquí desde hacía muchos años”. De ese tiempo, recuerda que fue difícil y que parecía un “zombie andante”. El cambio fue mayúsculo, entre otras cosas, porque no manejaba el idioma.

Un nuevo lenguaje

“Por suerte, me apunté a la Escuela de Idiomas de Deusto y al año entendía todo. Hablaba lo básico, pero comprendía lo que me decían. Después fui mejorando y me empecé a sentir mucho más cómodo. Ya sabes; empiezas por adquirir el acento y acabas siendo hincha del Athletic”, dice entre risas. “También empecé a trabajar y, de alguna manera, sentí que aquí empezaba una vida nueva. Me dedico a lo que me gusta. Soy profesor de violín, tengo 16 alumnos, y sigo componiendo y tocando música, a veces en solitario y otras, con músicos que he conocido aquí”, resume.

En estos años, Viktor logró montar una sala de estudio donde imparte sus clases, ensayan otros músicos y, cada viernes, hay jam sessions en las que participan profesionales de distintas procedencias y corrientes musicales. “Es difícil encontrar músicos que hagan improvisación de calidad pero, afortunadamente, no es imposible”, opina, y pone en valor la oportunidad que entrañan las fusiones y los intercambios. “Hay que innovar, crear, probar cosas en lugar de limitarse a tocar lo que han compuesto otros”, subraya.

Lo pone en práctica. En ocasiones sale a tocar por las calles del Casco Viejo música propia junto a un amigo. Fusionan el violín con la guitarra y se presentan como Viktor y Kader. Cuenta que, además de disfrutarlo, así conoció a su chica. “Estábamos en la calle Correo, a tope con el violín, y ella se acercó para dejarnos cinco euros. Nos había estado escuchando porque trabaja en un bar que está justo allí. Estuvimos hablando, había algo guay, buen rollo. No te puedes imaginar la pasta que me dejé desayunando en su bar hasta que cogí valor para invitarla a una cerveza”, confiesa entre risas. “La verdad –añade– estoy muy bien aquí, me gusta Bilbao. Además, tengo cosas que aportar. Así como aquí encuentras lo que quieras en deporte y gastronomía, mi país lo tiene en el arte. En Rusia no podría vivir de la música; aquí sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos

331 | Andrés

Abuela donostiarra. Padre barcelonés. ¿Y él? Ruso, moscovita, aunque sea imposible deducirlo por su nombre. “Me llamo Andrés Campos y soy de Moscú. Mi abuela emigró a Rusia cuando mi padre tenía pocos meses, para escapar de la Guerra Civil. Se marcharon en 1939. No eran buenos tiempos para militar en el Partido Comunista”, dice mientras se presenta. “Mi padre nació en Barcelona en enero del 39. Ese verano, la familia se trasladó a París y, poco después, a Moscú. Él fue un ‘niño de la guerra’ y, como la mayoría de estos niños, ellos o sus familias procedían de aquí, del norte”, agrega.

El padre de Andrés creció en Moscú. Allí conoció a su mujer y formó a su familia. “Mi madre era rusa, mi segundo apellido es Fatiew -puntualiza-. Yo fui su único hijo y, al igual que ellos, crecí y me eduqué en la Unión Soviética”, explica él, que tenía 23 años cuando la URSS se disolvió. A partir de aquel momento, su vida encadenó una sucesión de cambios. Entre ellos, el retorno de su familia a Euskadi. “Primero regresó mi abuela. Vino en grupo, con otros vascos de Bilbao, Portugalete y Barakaldo. Tiempo después, vino mi padre, cuando mi madre murió. Por un lado, él lo estaba pasando muy mal por haberse quedado viudo. Por otro, mi abuela estaba ya muy viejita, así que él decidió viajar, quedarse con ella y cuidarla”, resume.

Andrés no se planteaba emigrar. Mecánico de oficio, trabajaba en una empresa que fabricaba cigarrillos y, antes de eso, había trabajado en una imprenta estatal, montando revistas y libros. Formó su propia familia. La vida era como se suponía que debía ser. O no, porque la añoranza pesaba en el pecho y la economía hacía mella en el bolsillo. “Hace quince años, la situación de mi país era mucho peor que ahora. Era difícil mantenerse. Y, como ahora, Moscú era una ciudad muy cara. Por eso decidí marcharme con mi mujer y mi hija. No tenía un plan, pero elegimos Bilbao porque aquí estaba mi familia”, cuenta él, que llegó a Vizcaya con el comienzo del siglo.

“Fue un cambio muy grande -relata-, pero no por el entorno o por el idioma. Lo más complicado fue empezar desde cero con la edad que tenía entonces, 36 años. No era tan jovencito”, explica. “Cuando llegamos, lo primero que hice fue estudiar y aprender castellano. Era lo mínimo para comenzar a buscar trabajo”, añade Andrés que, poco a poco, se fue abriendo paso en el mundo laboral, aunque con matices. “Estuve trabajando en una fábrica de Loiu durante siete años, pero contratado a través de una ETT. La empresa cerró y me quedé sin empleo”. Lo cuenta con resignación, consciente de la situación general y la personal. “He echado cientos de currículums y he perdido la esperanza. Soy realista. Además de la crisis, tengo casi 50 años y un lugar de nacimiento sospechoso”.

Mejor no significa bien

La edad es un condicionante implacable. Y es, entre otras cosas, lo que más le frena para volver a Moscú. “¿Empezar otra vez, con 50 años, desde cero?”, se pregunta con un tono que contiene la respuesta. “No. No es viable. Además, una cosa es que mi país esté mejor que antes y otra cosa es que esté bien. Lo sé porque he ido y porque tengo amigos allí, con los que hablo a menudo. La ciudad es muy cara y el problema no es que no haya trabajo; el problema es que pagan muy poco y no te alcanza para subsistir. Y las mejoras… son más aparentes que reales”, describe.

Euskadi le ofrece, en cambio, cierta seguridad, lazos afectivos y un entorno que él valora y aprecia. “Incluso el clima me gusta. El invierno de Moscú es muy duro. Los termómetros van de 11 a 20 grados bajo cero. Estar aquí a 10 grados con lluvia no es nada”, compara entre risas. “Pero el verano… allí sí que es duro, con los edificios, el tráfico y el asfalto. Aquí, con 28 grados, estás estupendamente; hay una brisa atlántica muy agradable. En mi ciudad no. Lo pasas mal”, asegura.

También es de suponer que lo esté pasando mal ahora, cuando mira las noticias internacionales sobre la situación de Crimea, no solo porque él sea ruso, sino porque sus suegros viven allí. Concretamente, en Sebastopol. Sin embargo, Andrés le quita hierro al asunto. “Históricamente, esto era una cuestión de tiempo. Tarde o temprano iba a suceder. Las maneras son cuestionables, por supuesto, pero también hay que decir que se exagera mucho. Yo tengo la ventaja de poder leer en los dos idiomas, puedo cotejar la información, y lo cierto es que se está exagerando. Mis suegros, por ejemplo, están bien. Hablamos por Skype y nos cuentan que la ciudad está tranquila, que hay más productos y alimentos en las tiendas… Cuando me preguntan aquí, lo digo, aunque la verdad es que no me preguntan mucho. Me parece que no hay interés. Preocupan más los problemas cercanos, como el paro y la corrupción”.

2014 Asia Ellos Europa

272 | Romy

Dos semanas parecen poco. Sin embargo, pueden marcar una enorme diferencia, y no sólo en lo que al tiempo respecta. También son capaces de originar brechas religiosas, culturales e, incluso, históricas. Catorce días son los que separan hoy al calendario gregoriano del juliano; es decir, al calendario que se utiliza actualmente (y que recibe su nombre por el Papa Gregorio XIII) de su antecesor, creado en el año 46 a.C. y llamado así en honor al emperador romano Julio César. La diferencia entre ambos es sutil -apenas unos minutos al año que, con el tiempo, se han transformado en días-, pero tiene más implicancias.

«La Iglesia Rusa Ortodoxa se rige por el calendario juliano, que es el que marca las festividades religiosas y las fechas de las liturgias. Cuando se decidió implantar el nuevo calendario, hubo grandes desacuerdos, intensas polémicas y no pocas afrentas. También hubo persecuciones violentas y, como resultado de todo ello, muchos rusos seguidores del rito antiguo debieron huir del país hacia otros lugares de Europa», relata Romy Gurei para explicar qué significa ser ruso lipoveno y quiénes son sus antepasados.

«Uno de los sitios a donde huyeron fue Rumanía -prosigue-. Se instalaron, sobre todo, en el delta del Danubio y formaron comunidades y pueblos muy parecidos a los originales de Rusia. Estos pueblos están cerca de mares o lagos, la pesca es una actividad muy extendida y, por supuesto, la religión ocupa un lugar fundamental. La religión -subraya- es la base de nuestra historia. Por eso es tan importante mantenerla».

El pueblo de Romy se llama Slava Rusa y está a medio camino entre el Danubio y el Mar Negro. Se encuentra en Rumanía. «Pero somos rusos -aclara-. De algún modo, nos pasa lo mismo que a los vascos. Cuando salen de viaje, su pasaporte no dice Euskadi sino España. El nuestro es igual: dice Rumanía, aunque nos consideremos rusos, hablemos ruso, y tengamos nuestra cultura y nuestra propia religión», compara Romy, que decidió emigrar con apenas 19 años para «tener una vida decente, poder formar una familia, tener hijos y no vivir en la precariedad. La dictadura hizo mucho daño. Cuando me fui, los salarios eran de risa y los precios estaban como aquí. Era imposible trazar proyectos».

Llegó a España en el año 2000 y, tras vivir un tiempo en Madrid, se trasladó al País Vasco, donde tenía un amigo. Su trabajo en una empresa forestal le permitió conseguir los ‘papeles’ y, al cabo de dos años, se pasó al sector de la construcción, en el que sigue trabajando ahora mismo. Aunque vive en Arrigorriaga con su mujer y su pequeña hija, Romy pasa mucho tiempo en Amorebieta, donde se encuentra la Asociación de Rusos Lipovenos de Euskadi, que él preside. «Somos unos 2.000 en la comarca -detalla- y, cuando hay fiestas especiales, nos reunimos casi todos». Por ejemplo, el 7 de enero, cuando celebran la Navidad.

Un disco con Kepa Junkera

«Aunque al principio parezca extraño esto de las fechas, la verdad es que los vascos son muy abiertos y comprensivos. De hecho, somos bastante parecidos y tenemos muchas similitudes culturales: el valor de la familia, el interés por la gastronomía… ¡y la trikitixa!», enumera. «Este instrumento musical también es tradicional para los rusos y es muy importante para nosotros -continúa-. Aquí mantenemos la costumbre, ensayamos, incluso hemos formado un coro, y acabamos de colaborar en un disco con Kepa Junkera», relata Romy.

Según explica, el álbum verá la luz este verano. Entre tanto, su asociación dedica todos sus esfuerzos a promover otros encuentros religiosos y culturales. «Por un lado, tenemos nuestra iglesia en Amorebieta. Por otro, organizamos jornadas musicales, gastronómicas y de encuentro para fomentar los lazos entre los rusos lipovenos y los vascos. Las personas de aquí son muy acogedoras y curiosas, sobre todo en lo que respecta a la cocina», cuenta divertido.

«Además, los vascos son aventureros: les gusta explorar y viajar. Cada año viajo con mi familia a Slava Rusa para visitar a nuestros padres y nuestras calles, y el año pasado nos acompañaron unos amigos de aquí que nunca habían ido. Aquello fue muy bonito. Me hacía mucha ilusión que conocieran más de cerca nuestros pueblos y su gente», recuerda.

2013 Ellos Europa

110 | Evgeny

Tiene 26 años y es de San Petersburgo, pero él no se define por su procedencia ni su nacionalidad, sino por sus gustos. Ante todo, Evgeny Shtorn es un hombre de teatro, y a ello se ha dedicado los casi tres años que lleva en Bilbao. A partir del mes que viene, dirigirá un taller de teatro para personas de distintos países.

La entrevista comienza entre saludos, manos extendidas y felicitaciones, justo después del aplauso efusivo del público, cuando la sala se empieza a vaciar. Minutos antes, un grupo de actores interpretaba ‘El lenguaje de la montaña’, del británico Harold Pinter, pero ahora que la obra ha acabado, es el ruso Evgeny Shtorn quien acapara todo el protagonismo.
Amante del teatro y la buena literatura, él ha dirigido a los chicos que, «si bien son aficionados, han alcanzado un nivel casi profesional». Lo dice lleno de orgullo, y su opinión es compartida por el público, que no deja de preguntarle cuándo habrá más funciones. En noviembre, seguramente, volverán a subirse a las tablas.

Antes de eso -el mes que viene-, Evgeny estará ocupado con el nacimiento de un proyecto distinto, que combina el arte dramático con la integración social. Se trata de un taller de iniciación al teatro, abierto a todas las personas que tengan inquietudes creativas y ganas de conocer otras culturas, pues está dirigido a la gente «de aquí y de allí», sin importar la nacionalidad, el idioma, los rasgos étnicos o la religión. En suma: un espacio de encuentro para desarrollar la creatividad, divertirse, expresarse y disfrutar de la diversidad que existe en Bilbao. Sin prejuicios.

«Una de las cosas que mejor define a los inmigrantes es la falta de un pasado común y, por tanto, el sentimiento de no pertenecer al lugar al que llegamos. Hay que aprenderlo todo otra vez y no resulta igual de fácil para todos», reflexiona Evgeny a propósito del idioma. Él mismo vivió esta situación en primera persona, ya que cuando llegó a Bilbao no hablaba ni una palabra de castellano. «Es frustrante querer comunicarte con los demás y no poder hacerlo», añade con una soltura envidiable. Desde que llegó aquí, se ha ocupado de estudiarlo a conciencia.

«Hace poco estuve haciendo un repaso de la literatura rusa y descubrí que hay una vertiente muy importante de escritores en el exilio, como Vladimir Nabokov, el autor de ‘Lolita’. Él se marchó a Estados Unidos y siguió escribiendo en ruso, pero se autotraducía. Asimilar otra cultura no supone necesariamente perder la tuya. Aunque siempre existe un espacio para la crisis de identidad, lo deseable es llevarla dignamente; no intentar convertirse en algo que uno no es», afirma.

Cambio de papeles

Es, precisamente, de dignidad, identidad y respeto de lo que trata el taller de teatro que arrancará el 1 de octubre. «Cuando eres extranjero, a veces eres invisible. En cualquier sitio, la gente puede pasar de ti, sobre todo si tienes dificultades con el idioma. En el teatro no ocurre así. Un escenario consigue que el espectador esté atento, que mire y escuche sin interrumpir… que le preste atención a la persona que está actuando». Y para actuar no es necesario un dominio absoluto de la lengua. De hecho, tiene más peso la comunicación gestual, los movimientos del cuerpo o el tono de la voz. «Hay muchos modos de expresarse», explica Evgeny.

Lo importante es que, con la experiencia, haya un cambio de roles; que las personas «consigan desprenderse por un momento de su condición de extranjeras para sentirse bien, apreciadas y valoradas». La idea de aprender en grupo, ensayar una obra, interpretarla y, finalmente, recibir un aplauso, es algo muy constructivo, a juicio de este joven ruso. «Yo quiero que los inmigrantes se sientan triunfadores. Quiero que dejen a un lado las situaciones de impotencia o humillación y disfruten de un momento así; que den lo mejor que tienen y reciban aprecio a cambio», concluye. El taller tendrá lugar todos los jueves, hasta el 24 de junio, en el Centro Ellacuría. Las inscripciones estarán abiertas hasta el 30 de septiembre (más información: 944 465 992).

2009 Asia Ellos Europa

96 | Marina

Marina Shimanskaya es actriz. Llegó de Rusia acompañando a su marido, el director Algis Arlauskas, que venía a rodar una serie documental para ETB, pero lo que «iba a ser sólo una temporada» en Euskadi acabó contándose por años. La artista reside en Bilbao desde hace tres lustros. Aquí se ha consolidado como una referencia del teatro.

Dice Marina que su vida está en el escenario, y cualquier avezado dramaturgo le daría de inmediato la razón. No sólo se ha entregado por completo al histrionismo, la enseñanza y la dirección interpretativa: su experiencia vital tiene todos los elementos de una buena historia; una de esas que merecen ser contadas. «No sé…-replica ella- La verdad es que prefiero hablar del teatro y las historias que han escrito otros, porque la mía es muy normal», opina con la perspectiva de quien ha leído y admira a Federico García Lorca y Antón Chéjov.

Bueno, quizá no sea como ‘La casa de Bernarda Alba’ ni tenga junto a ella ‘El jardín de los cerezos’, pero su vida engarza en un punto las consecuencias de la Guerra Civil española con la rigidez del régimen soviético, y ni una cosa ni la otra le impidieron luchar por sus sueños. Como ella misma relata, «era una chica de provincias que soñaba con ser una gran actriz». Y como demuestra su filmografía, lo consiguió.

Nacida en Sarátov, una ciudad que se encuentra a más de 800 kilómetros al sur de Moscú, Marina dio el primer paso cuando tenía sólo cuatro años. «Hice el papel de cebolleta -recuerda divertida-. Era un personaje masculino, pero a mí eso no me importaba porque era protagonista. Yo iba por ahí disfrazada, con la cara pintada de verde y marrón, y me sentía estupenda».

La primera entrevista que concedió fue también en esa época. «Me senté frente a un espejo y empecé a contestar las preguntas que yo misma me hacía», confiesa con una amplísima sonrisa. Y es que, según Marina, «ser actor es conectar con el niño que llevamos dentro», aunque el camino para lograrlo no sea sencillo y tampoco un juego. Mucho menos en la Rusia de hace cuarenta años, donde había grandes talentos, mucha exigencia, muy pocos huecos y una gran competitividad.

Cuando cumplió los 18, se fue a Moscú con una amiga. «Allí estaban los principales centros de enseñanza, pero no era fácil entrar. Imagínate, con toda la gente que hay en la ciudad, sólo había cuatro escuelas de arte dramático». Igualmente, hizo el intento. «Tuve suerte y entré a la primera. Me concedieron una beca e hice toda mi carrera en la Universidad de Teatro de Moscú».

Estrella del cine soviético

A partir de ese momento, su carrera comenzó un ascenso imparable. Marina trabajó en las mejores companías de Rusia, protagonizó más de quince largometrajes, varias teleseries y una veintena de obras teatrales, además de realizar giras por Europa y Estados Unidos. En su país llegó a ser (y sigue siendo) una estrella de cine y teatro. «Todavía hoy, cada año, pasan en la televisión alguna de mis peores películas», dice la actriz entre risas, aunque en la base de tanto brillo hay una historia más gris.

«Cuando era pequeña, mi padre estuvo preso durante siete años. Su único ‘crimen’ fue ser hijo de una mujer alemana, nada más, pero eso bastó para acusarlo de ser enemigo del régimen. Yo siempre pensaba en él, así que todo lo que he hecho en la vida fue para que se sintiera orgulloso de mí. Fue difícil y tuve que coger mucha disciplina, pero aprendí. Ahora mis alumnos opinan que soy dura como profesora, ¡ja! Yo soy un cacho de pan en comparación con los que me enseñaron a mí», dice.

Sus actuales alumnos son vascos, pues Marina imparte clases de arte dramático en Bilbao. «Llegué hace años con mi marido, que es hijo de una niña de la guerra, y que iba a rodar aquí una serie documental: ‘Vivir y morir en Rusia’. Y al final, nos quedamos. Nuestra hija mayor se ha ido a Moscú y me ha convertido en una ‘ciberabuela’. Yo he recibido ofertas de allí, pero he decidido quedarme. Estoy a punto de abrir Anima Eskola, mi propia escuela de teatro, y tengo varios proyectos, como siempre».

2009 Asia Ellas Europa