445 | Mahjoub

Mahjoub Elaadrassi quería estudiar. Soñaba con ser periodista. Cuando pensaba en el futuro se imaginaba en la universidad, pero el Sahara, donde nació, no tiene pasillos con aulas. «Muchos emigran para trabajar, para buscarse la vida en lo que sea. Yo me fui porque quería estudiar. La posibilidad de aprender no debería tener fronteras», dice. Y, mientras lo dice, recuerda todas las fronteras que cruzó, que fueron muchas. Probablemente demasiadas.

Basta preguntarle cómo fue que llegó a Euskadi para empezar a hacerse una idea del periplo. «¡Buaaa…! ¿Cómo hago para resumirte diez años y catorce países?», suelta Mahjoub con espontaneidad. Hace una pausa –para tomar aire, más que para pensar– y lo intenta: «En 2007 salí del norte de Marruecos a Turquía. Allí estuve dos meses, hasta cruzar a Grecia. En Grecia viví cinco años y medio, hasta que llegó la crisis. Entonces recorrí el camino que hoy están haciendo los sirios: Macedonia, Serbia, Kosovo, de vuelta a Serbia, Hungría, Austria, Italia, Francia, Bélgica, Alemania… Hasta que llegué aquí, en junio de 2014».

Hace otra pausa y prosigue. «Mis amigos me preguntan por qué he dado toda esa vuelta para venir hasta aquí, que está tan cerca de mi punto de partida, y yo siempre les contesto lo mismo. Nadie sabe a dónde va ni cómo será el camino. Antes de salir, no puedes imaginar que estarás diez años dando vueltas por el mundo, ni que pasarás por tantos sitios o que la ruta será tan dura. Porque la ruta es tremenda, ¿eh? Es peligrosa y lo pasas mal. Lo peor del viaje es el sufrimiento», asegura y se queda en silencio. Esta pausa es distinta de las otras.

Cuando ve por la televisión imágenes de los refugiados sirios, Mahjoub revive su viaje. «Reconozco muchos sitios, yo también estuve ahí». La diferencia es que «ahora hay cámaras y antes no las había. No encontrabas fotógrafos ni periodistas». No había «testigos» en ciertos tramos del viaje y la cantidad de viajeros era menor, por tanto «estábamos más solos y éramos más vulnerables, si cabe».

«A partir de Macedonia, la ruta es muy mala. Cuando cruzamos a Serbia, nos detuvieron y nos arrestaron por entrar al país de manera ilegal. Estuve preso veinte días que me parecieron veinte años porque lo que pasa allí dentro no es normal. En esa etapa, pasé casi tres meses sin poder llamar a mi familia. Fue muy duro para ellos no saber qué había sido de mí», dice. Ni los padres de Mahjoub ni sus hermanos conocen los detalles de la travesía. «No puedes contarle todo el daño que sufriste a tu madre. ¿De qué sirve ahondar en eso? ¿Qué ganas? Mejor pensar que ya lo has pasado y punto».

Las lecciones del camino

A pesar de los sinsabores, asegura que no se arrepiente de nada. Por el contrario, lo considera como una experiencia que le ha dejado valiosas lecciones. De Grecia, donde vivió cinco años, conserva buenos recuerdos y grandes afectos. «Vivía en un pueblo pequeñito de Creta. Trabajaba en un almacén de bebidas y repartía la mercadería en una moto muy antigua, de esas de tres ruedas. La gente me conocía. Si no estaban en casa, me dejaban la llave para que les llevara las cosas. Fue una época muy buena».

Del viaje, rescata a la gente. «Conoces a miles de personas diferentes, con distintas culturas, con distintas ideas. Eso te cambia, te hace crecer», dice Mahjoub, que tiene 32 años pero se siente «mucho más viejo». También conserva enseñanzas: «Aprendí que no hay nada más importante que la salud, nada más valioso que la libertad, que es mejor permanecer en un sitio donde te sientas seguro y vivir en un lugar donde la gente sea amable contigo y con los demás. Si encuentras un sitio así, podrás empezar tu camino poco a poco».

Su descripción se ajusta a los cretenses, pero también se ciñe a los vascos. «Aquí la gente ha sido muy atenta conmigo. He podido tramitar mi documentación; soy apátrida. He podido empezar a estudiar. Estoy en la EPA, hice un curso de electricidad con Lanbide y estoy aprendiendo castellano con dos voluntarios de la Fundación Harribide, un señor mayor y un chaval. La gente de la fundación y de la parroquia de San Antonio me ayudó muchísimo, sobre todo al principio. Ahora intento ayudar yo. En Getxo, donde vivo, participo en todo lo que puedo. Allí se hacen muchas cosas para crear espacios de encuentro. Y sigo con mi meta –añade–. Yo quiero estudiar y aprender. Todavía debo mejorar mucho en gramática, pero quizás pueda ser periodista. Me siento vivo cuando escribo y tengo mucho para contar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
África Ellos

428 | Omar

Omar Slama tiene 28 años y nació en uno de los campos de refugiados más antiguos del mundo. Es saharaui, creció en Tinduf. “Aquello es un sitio inhóspito; está en el desierto argelino. Al mediodía, la temperatura puede alcanzar los 50 grados y, por la noche, caer hasta los dos grados bajo cero. La vida allí es muy difícil; nadie está ahí porque quiere. Cuando Marruecos invadió el Sahara Occidental en la década de los setenta, la gente huyó por el único sitio del que no venían las balas”.

Él no había nacido todavía, pero los relatos familiares y de su comunidad mantienen ese momento presente. “Las familias se llevaban ‘el baúl del retorno’ porque pensaban que era cosa de semanas, que el conflicto acabaría y que podrían volver”, cuenta Omar. La actualidad les devuelve una realidad muy distinta en la que ya hay segundas y terceras generaciones de saharauis naciendo en esos campamentos. Llevan cuarenta años asentados en ese sitio y, aun así, la vida allí es provisional.

“Hace un tiempo, estaba recorriendo aquello con un político vasco que quería conocer de primera mano nuestra realidad. Buscábamos una jaima concreta y nos costaba encontrarla. Él observó que si tuviéramos calles, sería más fácil ubicar las cosas. Yo le expliqué que, si hubiéramos querido construirlas, lo habríamos hecho hace mucho. Tenemos nombres de mártires suficientes. La razón por la que no hay infraestructuras es porque no aceptamos quedarnos allí. La gente solo piensa en el retorno, incluso los más jóvenes, que solo han conocido ese lugar”.

A diferencia de muchos otros, Omar tuvo la oportunidad de viajar. Vino a Euskadi en 1997, dentro del programa solidario ‘Vacaciones en Paz‘. Han pasado diez años, pero recuerda muy bien el impacto de los primeros días. “Todo lo que ves te impresiona, desde las piscinas municipales hasta el interruptor de la luz. Te caes de la cama porque no sabes dormir en una, nunca lo has hecho. Te quedas maravillado viendo los grifos del baño. Aquí, giras una rosca y sale agua. En los campamentos, tus padres caminan siete kilómetros para traela en bidones sobre la espalda”.

“’Vacaciones es paz’ es un programa muy beneficioso para todos. Los chavales que venimos tenemos la ocasión de ver mundo. Y los niños cuyas familias acogen, que están acostumbrados a tener todo, valoran mucho más las cosas después de una convivencia así”, pondera Omar, que vino por dos meses y se terminó quedando. “En realidad, este un acuerdo humanitario con unos plazos concretos. No se permite la adopción de niños saharauis. Lo que ocurrió en mi caso es que, cuando llegó el momento de volver, estaba escayolado. Me había hecho un esguince y no podía volar con un yeso en la pierna”, explica.

Oportunidades para los hijos

Sus padres biológicos y los de acogida se pusieron de acuerdo: Omar se quedaría hasta diciembre. “Me apuntaron a clases… y me iba muy bien. Era buen estudiante. Como mi familia de acogida podía hacerse cargo de uno más, volvieron a hablar con mis padres. Decidieron que lo mejor para mí era quedarme aquí. Obviamente, para las madres es muy duro. Se les parte el corazón en dos. Pero, aunque echen de menos a sus hijos, no les cierran las puertas a un futuro mejor, a la posibilidad de crecer, estudiar y desarrollarse de otro modo”, señala.

A día de hoy, Omar es independiente; vive solo y trabaja en una gestoría. Estudió Marketing y Economía en la universidad, si bien dice que lo suyo es la cooperación social y la escritura. “Soy más de letras”, asegura él, que colabora con la publicación digital ‘Un mundo en conflicto‘. Allí analiza y describe el problema que conoce más íntimamente, el de los refugiados saharauis. La reciente muerte del presidente Mohamed Abdelaziz lo ha dejado “abrumado y muy triste”. Desde hace cuarenta años, Abdelaziz “era nuestra cara más visible. Siempre abogó por la paz. Lo hemos aprendido a querer a base de gestos, no de palabras”, dice consternado.

“Los campamentos de refugiados son un drama”, asegura Omar, y es difícil contradecirlo en estos días en que la televisión arroja imágenes durísimas de la población siria. “Viajo a menudo a donde está mi familia; acompaño a personas y grupos que van desde aquí, que cuentan conmigo como guía y como traductor. Lo que ves siempre es duro y te cambia como persona, aunque yo nunca me quedé tan impactado como cuando fui en 2008. Había pasado muchos años sin ir y, al hacerlo, vi cómo la gente dependía de la ayuda exterior; no solo de las organizaciones solidarias, también de sus familiares. Eso me llenó de responsabilidad. Cuando volví a dormir bajo las estrellas, supe que al emigrar había perdido una parte de mí. Aquello me chocó bastante. No sabía si las cosas habían empeorado o yo me había aburguesado”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

396 | Mustapha

Mustapha Ali se despidió de su familia. Era la primera vez que viajaba tan lejos, que se separaba de los suyos. Nunca se había montado en un barco ni había pasado quince días en el mar. Hasta aquel día de 1985, Mustapha era un niño saharaui que había vivido en un campamento de refugiados; con suelo árido bajo los pies y un desierto en el horizonte. La perspectiva de un mar azul y un barco inmenso era, por contraste, una promesa de aventura; una promesa que cumplió sus expectativas infantiles y que amplió su proyección como adulto.

“El barco pertenecía a la ex Unión Soviética y era enorme -describe-. Me impresionó mucho por su tamaño y porque cabían muchas personas en él. En ese momento yo tenía doce años y aquello me parecía increíble. Me entusiasmaba el viaje y no me sentía triste porque, si bien no viajaba con mi familia, tampoco estaba solo. Embarqué junto con otros niños saharauis de mi edad y éramos un grupo numeroso, alrededor de 800”, calcula. Esos niños, como muchos otros, se beneficiaron del convenio de cooperación internacional entre el Frente Polisario y Cuba.

“Los quince días que pasamos en el mar fueron una maravilla para mí. ¡Imagínate! Ser un niño saharaui y pasar dos semanas en medio del océano. Recuerdo ver delfines nadando a nuestro lado, acompañando al barco, recuerdo los colores, el azul… Fue una experiencia tremenda, única, imposible de olvidar”. El viaje cautivó a Mustapha, pero fue el destino lo que le cambió la vida: la Isla de la Juventud, en Cuba, se transformó en su hogar y su escuela durante los siguientes catorce años.

“En esa isla había, sobre todo, estudiantes, universidades y escuelas. Yo crecí en un lugar donde había jóvenes de diversas procedencias. Éramos unos treinta mil estudiantes extranjeros, de África y de América Latina. Compartí con ellos el instituto y la universidad. Cuando llegué, me ayudaron mucho otros estudiantes saharauis que habían llegado antes”, explica Mustapha, aunque puntualiza que esa ayuda fue más de integración cultural que idiomática, ya que él, en la escuela, había estudiado español.

A los tres años de vivir allí, pudo volver de vacaciones con los suyos. “Me premiaron por ser buen estudiante. Volví a casa durante un mes”. Después, sí, continuó con sus estudios en la isla caribeña, que lo recibió siendo un chaval y lo devolvió licenciado en Derecho. “Terminé la carrera en 1999 y volví a los campamentos, donde ejercí mi profesión durante tres años, hasta que regresé a Cuba para trabajar como profesor de estudiantes saharauis. Cuando el cambio de entorno es tan notable, resulta fundamental que se ayude en la inserción, facilitar la adaptación, explicar ese otro mundo”, señala.

Lazos con Euskadi

La capacidad didáctica de Mustapha lo devolvió al Sahara en 2010, esta vez, como profesor de español para niños que, más adelante, viajarán a Cuba. Sin embargo, es su expediente académico y su capacidad como estudiante lo que le ha traído hasta aquí. “Existe un convenio entre Euskadi, la Universidad del País Vasco y el Ministerio de Cooperación de la República Árabe Saharaui Democrática. El Gobierno Vasco otorga unas becas para formar estudiantes saharauis e impulsar la cooperación humanitaria y el desarrollo de nuestro pueblo en el ámbito educativo”, detalla él, que llegó hace menos de dos años para hacer un master en Cooperación Internacional.

Mustapha tiene 42 años ahora y vive en Bilbao desde principios de 2014, aunque aclara que la suya es una estancia temporal. Regresará al Sahara, donde más le necesitan. “He terminado mis estudios y he presentado mi trabajo final, en el que analizo los principales cambios de Cuba desde 1990 hasta la actualidad. Mi idea siempre fue enfocarlo desde la experiencia de vida de un extranjero que ha vivido allí y que ha tenido el privilegio de presenciar los mejores y peores momentos. Cuba es un país al que le tengo muchísima admiración y respeto”, reconoce el joven abogado, que el viernes pasado, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara, participó junto a la asociación Euskadi-Cuba en un coloquio sobre el conocido médico argentino.

“También le tengo un gran respeto al País Vasco -añade-. Yo nunca había imaginado que vendría a Europa, y la verdad es que agradezco que haya sido aquí, un lugar donde la gente es muy solidaria y la sociedad se vuelca mucho en ayudar a los demás. Lo echaré de menos, sin duda, pero no me quedaré aquí. Tengo previsto regresar a los campamentos en breve, para ayudar en lo que haga falta, y continuar difundiendo la causa saharaui”.

2015 África Ellos

291 | Guebel

Guebel está a punto de viajar. El mes que viene volará hacia Cuba para iniciar allí sus estudios. Cursará Medicina en la universidad gracias a un convenio de colaboración educativa que existe entre el país centroamericano y el suyo, el Sahara Occidental. «Cada cierto tiempo, Cuba ofrece becas para que los jóvenes saharauis podamos formarnos allí. Cuando terminé el Bachillerato, me presenté a este programa de becas y me concedieron una. Estuve hace poco haciendo el ‘Premédico’, un curso previo obligatorio, y ahora volveré para hacer la carrera», explica en Vitoria, la ciudad donde vive con sus padres y sus hermanos desde hace casi siete años.

«Por supuesto, Cuba es muy distinto del Sahara, así como el Sahara lo es del País Vasco. Son lugares muy diferentes entre sí». Sin embargo, pese a las singularidades culturales, sociales o climáticas, Guebel reconoce que no le ha costado adaptarse a ninguno de los sitios donde ha ido. «Los saharauis somos nómadas -subraya-. Y lo seguiremos siendo hasta que mi país sea libre y ya no tengamos que refugiarnos o vivir en el exilio».

El instinto de supervivencia es un motor poderoso, como la noción de pertenencia, de compromiso y de identidad. Cuando coinciden, en ocasiones es necesario tomar distancia de la querencia, pero en el fondo siempre existe el deseo de regresar. «Mis padres emigraron en busca de refugio y de futuro. Tomaron la decisión pensando en nosotros, sus hijos, y nos marchamos en familia. El objetivo principal era darnos una formación a mis hermanos y a mí, sacarnos adelante, aunque es muy duro», señala Guebel, que llegó a Vitoria cuando tenía catorce años.

«La sensación es muchas veces desesperante -describe-, ya que no hemos podido volver y el resto de la familia está allí. No todo el mundo tiene la capacidad o la oportunidad de emigrar, no es tan fácil. Y para quienes hemos podido hacerlo es complicado… No solo se trata de que eches de menos las costumbres o a las personas; tampoco es que extrañes ver las estrellas, tan nítidas cuando cae la noche. Lo realmente doloroso es saber que la gente que quieres está lejos, viviendo una situación crítica», expone.

En ese sentido, Guebel apunta que la crisis económica actual ha repercutido mucho en su país. «El Sahara Occidental depende en gran medida de las ayudas humanitarias. La solidaridad de América Latina es muy grande, igual que la que llega desde aquí. El problema es que ahora las ayudas han mermado. Si las cosas están mal aquí, imagínate allí. Se nota muchísimo el cambio», explica.

«Poner mi granito de arena»

Por esa razón, y por el sentido de pertenencia, el objetivo de Guebel es volver a su país. «Me gustaría poder hacerlo antes de acabar la carrera. No me imagino otros seis años sin ir allí. En cualquier caso, yo quiero volver para trabajar y ayudar a mi gente. Formar a los niños, contribuir a mejorar las condiciones de vida… Espero poder poner mi granito de arena», dice con entusiasmo, y añade que el papel de la mujer es «muy importante» en su país. «Si no fuera por las mujeres, el pueblo saharaui no existiría -sostiene-. Los hombres van a la guerra, son ellas las que levantan el pueblo y sacan adelante a los hijos».

Los niños, de hecho, son una prioridad. «Estos programas de acogida, que permiten traer a los pequeños saharauis durante el verano, son fundamentales. Para la mayoría, una iniciativa así es la única manera que tienen de ver mundo, de salir del campamento, aunque solo sea por un par de meses». Lo dice con propiedad, ya que cuando era pequeña, antes de venir aquí con su familia, participó en ese programa.

«Yo lo he vivido -dice- y es una experiencia positiva. Llegas aquí, ves los edificios altos, los árboles, las piscinas, todo lo que allí no hay, y dices ‘¡guau!’. Te sorprende. Te hace ver que hay otros mundos posibles, otras maneras de hacer las cosas. Sin embargo, a medida que pasan las semanas, te dan ganas de volver. Esto me gustaba mucho, claro, pero allí estaba mi familia. Me marché contenta cuando llegó el momento de regresar».

Lo importante -prosigue- es que durante un tiempo los niños puedan vivir algo diferente a la realidad cotidiana del Sahara, que es difícil. Allí, los padres y las madres trabajan todo el día, desde muy temprano, en lo que pueden. Y la jornada termina cuando se pone el sol. No tienes nada que hacer cuando llega la oscuridad», describe Guebel, aunque siempre recuerda las estrellas.

2013 África Ellas

193 | Alí

El lunes 20 de junio se conmemoró el Día Mundial de los Refugiados. En muchas ciudades del planeta se celebraron actos y conferencias para abordar el drama de los desplazamientos forzosos, el exilio y el asilo, un problema humano, político y social que, según los datos de la ONU, afecta ya a 44 millones de personas. Vitoria no fue la excepción en el marco de las reivindicaciones.

Durante estos últimos días, la capital alavesa acogió la ‘IV Semana por los Refugiados, Exiliados y Desplazados Internos’. El evento, que ofreció documentales, charlas, debates y espacios para la reflexión, también contó con la participación de analistas y especialistas que acudieron a la convocatoria de los organizadores: el Colectivo Bachue y la Asociación Saharaui Tifisqui, entre otros.

Ali Salem Iselmu preside este último grupo. Es periodista y escritor, nació en la República Árabe Saharaui Democrática y conoce perfectamente el sufrimiento de ser exiliado porque lo ha vivido en sus carnes. Desde 2004 reside y trabaja en Vitoria, aunque su periplo por el mundo comenzó mucho antes, cuando tenía once años de edad y se marchó a estudiar a Cuba.

“Viajé allí, como muchos otros niños, gracias a un convenio de cooperación internacional entre el Frente Polisario y la isla”, explica Alí, que hasta entonces había vivido en un campamento de refugiados. “Regresé ya adulto, cuando acabé mis estudios -prosigue-. Hice la carrera de periodismo en la Universidad de La Habana y cuando volví a África comencé a trabajar en la Radio Nacional Saharaui”.

Expuestas sus credenciales, relata que el cambio de un sitio a otro fue “brusco, muy brusco. Yo soy beduino, pertenezco a una cultura nómada del desierto, y en Centroamérica las coordenadas sociales son otras. Partí de un lugar donde las personas son austeras y sobrias, y llegué a un país donde la filosofía general pasa por disfrutar de las cosas. En el desierto vives para sobrevivir; en Cuba no. Allí prima el hedonismo, la alegría, la extroversión”.

Alí confiesa que se siente “un poco de los dos lugares” y “algo confundido”. Si escucha música cubana o le sirven un plato con ingredientes tropicales, se “identifica inmediatamente” con ello y no tiene que esforzarse para comprender su idiosincracia. En paralelo, cuando llega al desierto se encuentra a sí mismo. “No existe mejor lugar para reflexionar y para escribir”, dice este periodista, cuyo próximo libro se titulará ‘Un beduino en el Caribe’,

Vacaciones en paz

El primer viaje de Alí a España fue hace diez años. Formaba parte del programa ‘Vacaciones en Paz’ y acompañaba, como traductor, a un grupo de niños saharauis que vivían en un campamento de refugiados en Argelia y venían aquí a pasar una pequeña temporada. Tras el regreso de los chavales al Sahara, él decidió quedarse aquí.

“Fui a Alcañiz, en Aragón, porque allí vivían unos compañeros saharauis de la radio, y al principio fue duro. Mi situación, desde el punto de vista administrativo, era irregular, así que durante casi tres años trabajé en lo que pude, en el campo, en las obras…”. Un contrato de trabajo le permitió obtener la residencia y, poco después, se trasladó a Euskadi.

“Tenía aquí a una tía que estaba sola, con un bebé. Vine en 2004 a acompañarla, busqué trabajo y me contrataron en una cristalería”, resume. Al año siguiente, fundó un grupo de escritura -‘Generación de la Amistad’- con otros escritores y poetas saharauis exiliados. “Vitoria también supuso un gran cambio -dice-. Es una sociedad distinta al desierto y al Caribe, quizá algo más individualista, más centrada en el esfuerzo personal. No obstante, las personas de aquí y las instituciones vascas se muestran muy solidarias con la causa saharaui”, subraya Alí, cuya madre aún vive en un campamento de refugiados y conserva las llaves de su casa porque “espera volver algún día”.

2011 África Ellos