433 | Iberka

Las experiencias personales condicionan muchas decisiones. Incluso pueden afinar una vocación presente desde la infancia hasta convertirla en un trabajo y un modo de ver la vida; en algo un poco distinto a lo que se soñaba en la niñez, pero no por ello menos gratificante. Esto fue lo que le pasó a Iberka Francés, una joven dominicana que llegó a Bilbao en 1991, cuando tenía cuatro años de edad, y que recuerda los primeros tiempos en Euskadi como una prueba de adaptación permanente.

“Yo era pequeña cuando vine, pero recuerdo muchas cosas”, dice con una voz muy dulce, casi aniñada, y un marcado acento local. Nadie diría, solo con oírla, que es una mujer independiente y emprendedora, o que nació en Puerto Plata, una provincia norteña de República Dominicana. “Estoy un poco nerviosa”, dice al comienzo de la entrevista, con un punto de timidez.

Hija de un matrimonio mixto –madre caribeña y padre vasco–, Iberka relata que la decisión de sus padres de trasladarse a Bilbao le cambió por completo la vida. “Todo era diferente, empezando por la escuela. Mis padres me apuntaron al Modelo D, con las asignaturas en euskera, así que al principio me costó. También fue difícil la adaptación con mis compañeros. Cuando yo vine, no había tantos extranjeros. No era habitual tener compañeros de otros países o con la piel de otro color, así que cada tanto surgía algún comentario, en plan ‘tú eres más negrita, ¿no?’ y cosas por el estilo”, recuerda.

“Uno puede pensar que, cuando acaba la novedad, las cosas se normalizan. Pero no siempre es así. En mi caso, pasaban los años y seguían sin venir otros niños de fuera, así que crecí siendo ‘la distinta’. En parte, es comprensible. Cuando ves algo que se sale de lo común, te llama la atención. Sin embargo, yo a veces pensaba ‘¿no se cansan, todavía con lo mismo, esto continúa?’. Digamos que me tocó hacer toda la etapa, todo el recorrido, hasta los doce años más o menos. En ese momento, comencé a notar que mis compañeros hablaban más conmigo, que me tenían confianza y compartían sus vivencias”.

Proyectos y realidades

El colegio, más que la ciudad, moldeó el carácter de Iberka. Todavía era una niña, pero descubrió que se le daba bien escuchar a los demás, que le interesaba ayudar a los otros. “Me dije que, cuando tuviera edad para ir a la universidad, iba a estudiar Psicología”. Pero ese sueño –que aún mantiene– no se concretó. “Sucedieron dos cosas determinantes. La primera, que mi aita falleció cuando yo tenía catorce años. Eso alteró todo. Mi madre se encontró de pronto sola, conmigo y con mi hermano pequeño, y tuvo que afrontar esa situación como pudo, sacando coraje y tratando de no venirse abajo”.

Lo otro que ocurrió, cinco años después, es que Iberka se quedó embarazada. “Era muy joven, tenía diecinueve años, pero decidí seguir adelante. Esa fue mi decisión y, por suerte, mi madre me apoyó muchísimo. No fui a la universidad, pero soy madre de un niño de siete años y seguí formándome con todo lo relacionado con el bienestar de las personas. Aprendí a hacer masajes deportivos y terapéuticos, técnicas de osteopatía, yoga, relajación… y me especialicé en escuchar a los demás. No importa de dónde seamos o qué edad tengamos, todos necesitamos que nos mimen un poco”, sostiene.

Hace cuatro años, Iberka inauguró su propio spa en Bilbao. Es un centro donde, además de los tratamientos estéticos y las propuestas habituales de bienestar, brinda cursos de yoga para niños. El planteamiento sorprende, ya que a priori cuesta pensar en un grupo de pequeños relajados, obedientes y en silencio. “No lo puedes imaginar como una clase al uso de yoga para adultos porque el enfoque es distinto”, apunta ella con una sonrisa. “Así y todo, te puedes llegar a sorprender”, añade.

“Es fundamental jugar con los niños. Ellos quieren atención, jugar, que estés con ellos. A través del juego puedes enseñarles a relajarse y a explicar cómo se sienten. Muchos arrebatos, muchos berrinches infantiles, se producen porque no saben contar lo que les pasa. Cuando aprenden a expresar lo que les pasa, lo que les preocupa, lo que les entristece, se relajan un montón. Creo que eso es súper importante, para los niños y los adultos. A mí me hubiese gustado aprender antes, de pequeña, a explicar mis sentimientos. Me tocó aprenderlo de adulta. Me ha servido y lo comparto”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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420 | Welling

El sábado 23 de abril tendrá lugar un casting de voces en Bilbao. La iniciativa, que se desarrollará a partir de las 20 horas en el café teatro Millenium, está organizada por la escuela de comunicación que dirige el colombiano Carlos Alfonso Roa, un locutor profesional afincado en Euskadi desde hace casi diez años. El casting ha suscitado mucho interés entre los jóvenes que quieren dedicarse a la música o que ya están dando sus primeros pasos en el terreno musical. Entre los inscritos hay aspirantes de distintas nacionalidades y, según explican desde la organización, se han apuntado personas de cuatro continentes.

Entre las personas que participan en la difusión y puesta a punto del certamen se encuentra el dominicano Welling Olivero, un cantante de salsa y merengue que vive en Bilbao desde hace dos años y que participará como artista invitado para dar a conocer sus trabajos más recientes. “Yo no voy a competir, sino a compartir mi música, a disfrutar como alguien más del público y, sobre todo, a escuchar a los demás -aclara-. Aunque no sea parte del jurado, sí me interesa conocer nuevas voces. Siempre tengo proyectos entre manos y creo que a la gente joven hay que darle una oportunidad cuando tiene talento, empuje y ganas”.

“La idea del casting me enganchó desde el primer momento -prosigue-. El concurso está planteado de un modo muy interesante porque la inscripción es totalmente gratuita; es decir, le da la misma oportunidad a todo el que quiera cantar, solo hace falta animarse”, explica. En su opinión, este tipo de propuestas son “muy positivas”, ya que facilitan el encuentro entre personas distintas y complementarias que pueden hacer cosas juntas en el ámbito de la creatividad. “Te pongo un ejemplo concreto: ahora mismo, necesito una voz para un trabajo discográfico que estoy desarrollando. Pienso que es posible encontrarla y que no tiene porqué ser la del ganador”.

Welling conoce bien los entresijos del mundo artístico, al menos, en lo que respecta a la música centroamericana. “Hace muchos años que me dedico a esto”, sostiene este vocalista, que alcanzó reconocimiento en Santo Domingo por sus temas de salsa, aunque empezó como corista en un grupo de merengue. “Muchas veces se piensa que el País Vasco es pequeño, que no hay vida musical, ni artistas, ni espacio para la salsa, la bachata o el rap, pero no es cierto. Aquí hay mucha juventud, mucha presencia latina. Estos ritmos gustan entre los caribeños, pero también tienen muy buena acogida entre los vascos”, observa.

Un dominicano en Bilbao

Así y todo, la pregunta es inevitable. ¿Qué hace un músico dominicano en Bilbao? Su respuesta es inmediata: “Darle prioridad a mi familia. Tengo a mi mujer y a mi hijo en Euskadi”, desvela. “Mi esposa es dominicana, como yo, pero emigró hace dieciocho años de la isla. Casi te diría que es vasca -bromea-. Desde que se vino a vivir aquí, cada año viajaba a Santo Domingo. Así empezó la relación que, al principio, era a distancia. Yo no tenía planes de marcharme y ella no iba a volver. Si regresaba, no podría haber mantenido el mismo nivel de vida ni todo lo que consiguió en Bilbao trabajando”, expone.

La dinámica funcionaba para ambos, hasta que supieron que tendrían un niño. “Yo sentí que mi hijo me necesitaba, que mi mujer me necesitaba, y entonces decidí venir. Mi emigración fue una apuesta por la familia, pero también una oportunidad para formarme y crecer en el terreno profesional. Aquí he podido concentrarme más en mi trabajo, sacar adelante ‘Solo Welling’, que es mi proyecto musical en solitario y darle un buen impulso a Kalle G2, un trabajo colectivo con el pianista Andy Santana y con Caros Torres, que ahora mismo está en Boston”, detalla.

“Estoy componiendo canciones, he actuado en otros países del entorno, como Holanda y, cada tanto, me presento en Madrid. Pero Bilbao es mi base, mi guarida, el lugar donde estoy tranquilo y donde me siento bien. Estupendamente bien. En mi país no estaba quieto nunca, no paraba, me encontraba muy expuesto. Aquí puedo hacer las cosas con más calma, elijo mejor. Además, he encontrado una comunidad latina grande y muy abierta con ganas de hacer cosas. Lo del casting de voces es un ejemplo. A propósito… las inscripciones están abiertas todavía. Hay plazo hasta el día 20”, recuerda Welling, entusiasmado.

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334 | Florentina

Florentina Pérez emigró de su país en dos tiempos. La primera vez que se marchó, tenía 25 años. Era 1991 y dejó atrás su vida en San Juan -una provincia del interior de República Dominicana- para venir a Bilbao. “Vine con decisión de quedarme, pero solo aguanté nueve meses”, dice. La experiencia le resultó “muy dura”, aunque no por el tipo de trabajo -doméstico, de interna-, ni por el hermetismo de una sociedad que, en ese entonces, era mucho menos permeable que ahora. Lo doloroso, para ella, fue estar lejos de sus hijos.

“En esa época había mucho racismo -recuerda-. A veces iba caminando por la calle y oía un ‘¡Mira, ahí va la negra!’ Si entraba en un bar, poco a poco se vaciaba. No han pasado tantos años, y la sociedad ha mejorado muchísimo. En ese momento, la gente no estaba preparada para incorporar las diferencias. Hoy es distinto, la integración es mucho mayor. Unos y otros coincidimos en los bares, en las bibliotecas, en los centros cívicos. Entre todos formamos otro tipo de sociedad”, compara.

Aquellas reacciones, por supuesto, la entristecían. “Pero no fue eso lo que me empujó a volver a mi país. Yo volví por mis afectos; por mis hijos, que habían quedado al cuidado de mi marido. En ese momento, el pequeño tenía solo seis meses, y la verdad es que no pude soportar la distancia. Por mucho que el trabajo de aquí pudiera ayudarnos a mejorar allí, no fui capaz de quedarme”, reconoce.

De regreso en San Juan, retomó la vida que había tenido hasta entonces. Florentina es maestra y su marido, ingeniero agrónomo. Aunque el nivel de ingresos era inferior del que podían tener con un trabajo no cualificado en Europa, entre los dos consiguieron estabilizarse y sacar adelante a su familia, que había vuelto a crecer. “Tuvimos otra niña”, explica ella, al tiempo que describe una situación sorprendente: “en mi pueblo -relata-, toda la gente estaba emigrando. Las personas se marchaban a Madrid y Barcelona, principalmente. Mi familia completa emigró. Mis hermanos, los nueve, se fueron. También se marcharon mis padres”.

“Llegó un punto -prosigue- en el que nos sentimos muy solos. Teníamos trabajo y estabilidad para vivir, pero nos habíamos quedado sin lazos… en nuestra propia tierra”. En paralelo, los familiares de Florentina le insistían para que viniera. “’Vente, que España está muy bien y hay trabajo’, me decían. Y yo, que ya había tenido suficiente con la experiencia anterior, contestaba ‘solo iré con un contrato que me permita llevar a mis hijos; no los voy a dejar otra vez’”. Lo decía convencida porque, además, tenía claro que algún día ellos iban a emigrar del país. “La emigración, en Dominicana, se ha convertido en cultura; forma parte de un proceso natural. Sabía que mis hijos se iban a ir algún día, y yo no quería que se fueran sin mí”.

Vitoria, 2005

Un contrato de trabajo le permitió volver a intentarlo. Esta vez, en Vitoria, a donde llegó en 2005. “Conseguí empleo en el rubro de la limpieza y vinimos todos. Mi marido también empezó a trabajar. Esta vez, las cosas fueron diferentes. Quizá la mayor dificultad fue encontrar una vivienda, alquilar un piso que nos gustara. Veíamos distintas opciones, pero nos pasaba que a veces no nos querían alquilar por ser extranjeros”, recuerda. Por esa razón, al cabo de un año decidieron solucionar el problema de raíz. “Vendimos nuestra casa de Santo Domingo y, con ese capital, pagamos la entrada de un piso. Firmamos una hipoteca carísima, a 40 años”, dice, consciente de que su dinero “se ha devaluado”.

“En ese momento era imposible prever la crisis, que el precio de la vivienda se iba a desplomar, o que habría una tasa tan elevada de paro. En ese momento solo pensábamos en trabajar y construir una mínima estabilidad para nuestra familia, como cualquier pareja con hijos”, reflexiona. Los años siguientes se transformaron en una lucha continua por afianzarse y prosperar. “Además de trabajar, hice muchos cursos para intentar cambiar de rubro. Estudié metodología y didáctica, hice cursos de comercial, incluso de peluquería, pero no lo he conseguido; no he podido salirme del ámbito de la limpieza. Mi marido sí pudo reconvertirse y trabajar como mecánico, pero aun así, es difícil”.

También le resulta complicado este momento de la vida, cuando una parte de su familia se ha marchado a Dominicana, otra está aquí, y los hijos y sobrinos “son de aquí; en especial, los más pequeños. Si pienso solo por mí, obviamente echo de menos mi país e imagino que algún día volvería. Pero si pienso en conjunto, sé que no. Aquello es un paraíso explotado por capitales extranjeros; el dinero no revierte en la gente del lugar, faltan servicios y seguridad. Esto, en cambio, es un país desarrollado, con otras garantías y oportunidades. Como madre, está claro qué prefiero para mis hijos”.

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315 | Diana

Existen grandes diferencias entre Santo Domingo y Vitoria. Tantas que, más que ser dos ciudades en el mundo, parecen ser dos mundos donde la vida tiene dinámicas distintas. «El clima es, quizá, lo más notable», dice la dominicana Diana Herrera, consciente de que su país encarna la nítida imagen del paraíso en la Tierra. «Allí la playa siempre es una opción, claro. Pero no es lo único. También está el carácter de la gente, el aspecto gastronómico, los matices culturales… Todo ello es muy distinto al País Vasco».

Ni mejor, ni peor. Diferente. Esa es su principal conclusión tras vivir durante cinco años en Euskadi, una tierra de la que aprecia la organización, el respeto y la seguridad. «Estos aspectos son muy importantes. Desde el principio me ha llamado la atención lo bien organizada que está la ciudad. Lo noté mucho en el tráfico, porque los conductores son respetuosos con las señales y los peatones, y también porque aquí en Vitoria se utiliza mucho la bicicleta como medio de transporte. Una de las cosas que más me sorprendieron fue ver a la gente vestida de traje y en bici, yendo a trabajar».

Cambiar de país -y de vida- representa una notable carga. Casi todo, o todo, es novedoso. Y lleva un tiempo adaptarse», señala Diana, aun cuando, en su caso, contaba con información de antemano. «Vine porque tenía a mi familia aquí. Mis padres, mis hermanos emigraron mucho antes que yo, hace diez o doce años. Cuando ellos vinieron, yo me quedé en Santo Domingo. Hice allí mi carrera y empecé a trabajar, pero me echaban de menos. Por eso decidí venir. Yo no dejé mi país por una razón laboral, sino afectiva».

Tenía entonces 23 años, una carrera y un buen empleo. «Había estudiado Comunicación Social y Relaciones Públicas en la universidad y era gerente de ventas en un banco», detalla. «Empecé a trabajar muy joven, mientras estudiaba, porque cuanto más tardas, más difícil es incorporarte al mercado laboral. Mi vida era muy activa en Santo Domingo. Además del trabajo y del estudio, tenía mucha actividad social. Creo que por eso me costó tanto adaptarme a Euskadi al principio», confiesa.

Su llegada a Vitoria supuso muchos cambios. Algunos, superficiales y anecdóticos, como «familiarizarse con la comida y los sabores de aquí». Otros, más complicados, como «comprender el carácter de la gente, la manera de expresarse, las convenciones sociales». Y, luego, los más profundos, los que implican hacerse preguntas. «Un ejemplo es el cambio de trabajo -dice-. Desde que llegué hasta hoy he trabajado como camarera. Eso sí que me costó y, al principio, lo llevaba muy mal. Ahora estoy acostumbrada. También entiendo que es el precio que pagas por estar en otro país. Tienes que buscarte la vida, pero era difícil encontrar un trabajo que encajase con aquello para lo que me había preparado».

Realización profesional

Su discurso coincide con el de miles de jóvenes que no consiguen ejercer sus profesiones, al margen de las procedencias. «Yo no he homologado mi título, eso debo reconocerlo, pero el proceso es muy engorroso y, si lo haces, tampoco tienes garantía que te vaya a servir para algo», lamenta. «Hay un punto en el que te acostumbras a ciertas cosas, aunque te cueste muchísimo. Los primeros tres años que pasé aquí fueron, en ese sentido, muy duros. Lo único que hacía era ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. No había más. Estaba muy agobiada y, lógicamente, me pregunté muchas veces ‘¿qué hago aquí?’. Por eso, al año y medio de llegar, volví a mi país».

Diana estuvo en Santo Domingo seis meses, un periodo en el que le sucedió algo que no esperaba: «Empecé a echar de menos Vitoria. A medida que pasaban los meses, más ganas tenía de volver. Regresé y seguí adelante con esa decisión, aunque sabía que me pasaría, en parte, lo mismo con mi tierra. Siempre hay algo que te falta cuando emigras», reflexiona ahora, cinco años después de su primer viaje.

«Luego ocurren otras cosas, comienzas a relacionarte, te integras, generas nuevos afectos. Por supuesto, si miro a mi país veo que tengo mucho campo abierto para desarrollarme, para tener una vida distinta. Pero los afectos también pesan. No es tan fácil decir ‘ahora vengo’ o ‘ahora me voy’. Mi familia está en Euskadi y, además, yo conocí aquí a mi pareja. Esos son lazos que te retienen».

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216 | Antonio

“El próximo 20 de mayo habrá elecciones generales en mi país y me gustaría hacer un llamamiento a todos los dominicanos de Euskadi porque, aun viviendo lejos de la isla, tienen derecho a votar. También quisiera recordarles que, para ello, es necesario inscribirse en el registro y que el plazo vence mañana”. Con esta inquietud en los labios se presenta Antonio Justo Valdés, presidente de la Asociación de Dominicanos Unidos en el País Vasco (ADUVAS) y coordinador general del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en la zona norte de España.

Vecino de Bilbao desde 2008, Antonio siempre ha estado preocupado por la situación de los dominicanos, los que viven en Euskadi y los que están en su país. “Lo primero que percibí cuando llegué aquí fue que no estábamos organizados como comunidad. La gente estaba dispersa -recuerda-. Por eso, junto con otras seis personas decidimos fundar la asociación”. Una asociación que, a día de hoy, cuenta con 85 socios.

“Hemos crecido, sí, pero el número es escaso si lo comparamos con la cantidad de dominicanos que vivimos en el País Vasco, Navarra y Cantabria: somos más de 5.000” (7.218, según los datos del INE). “No éramos tantos hace unos años y, en este momento, nos enfrentamos a las dificultades propias de un colectivo que ha crecido mucho en poco tiempo y que no tiene sus necesidades cubiertas. Nuestro problema principal es que nos falta un consulado”.

Antonio matiza que sí existe un consulado dominicano en Bilbao, pero explica que es honorífico y que esa particularidad les supone “varios problemas”. Entre ellos, que las tarifas son más caras, que el horario de atención es limitado y que, para ciertas gestiones -como la repatriación de unos restos mortales-, el despacho no tiene recursos.

“Esto no es una crítica al actual cónsul actual ni a su gestión, pues cumple con su trabajo como mejor puede. Nuestra queja tiene que ver con la situación, porque la oficina no da más de sí. Somos muchos ciudadanos que, de algún modo, nos sentimos desatendidos; huérfanos de nuestro país, y eso no puede ser”, subraya.

En su disconformidad está también su objetivo: la creación de un consulado que atienda a los dominicanos de la zona. “Nuestro candidato a la presidencia del país, Hipólito Mejía Domínguez, se ha comprometido a ayudarnos con ese cometido. Por esta razón, es importante que votemos”, insiste este centroamericano que aquí, en Bilbao, compagina su trabajo como vendedor de vehículos en un concesionario con la actividad asociativa y política.

Decisiones para progresar

“A mí siempre me interesó la política, desde que era muy joven. Sin embargo, fue en 2006 cuando me integré verdaderamente en este mundo que me apasiona, porque es el único modo de cambiar aquello que no te gusta, de mejorar la realidad”, opina.

A propósito de mejorar, Antonio relata que emigró de su país hacia Euskadi por esa razón: quería salir adelante y progresar. “Viví un tiempo en Canadá, regresé a Santo Domingo y luego vine para aquí porque tenía un amigo en Bilbao. Siempre me dediqué al comercio, que es lo que más me gusta, y espero avanzar en ese sector aquí, aunque estemos en crisis”, indica. Y añade que prefiere este escenario de recesión que el que dejó atrás en su país, donde se ha desatado la violencia.

“Mucha gente se pregunta por qué emigramos, o por qué no regresamos a casa. Y ahí está la razón. No es que no echemos de menos a la familia o las costumbres, es que allí se ha disparado la inseguridad. La Educación no recibe los fondos que le tocan por ley, los chicos no acaban los estudios y se incrementa la delincuencia. Ha aumentado el narcotráfico y la violencia; un altísimo porcentaje de atracos van acompañados de una muerte, y ha crecido la impunidad y la corrupción. Lo último que se robaron fue un avión… ¡un avión! Yo no quiero volver a eso, pero sí quiero colaborar a cambiarlo”, concluye Antonio y deja una dirección de e-mail para los dominicanos que quieran votar e informarse: ladiferenciavente@hotmail.es

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33 | Ruddy

Tiene 40 años, cuatro hijos y un marido al que califica como «el mejor hombre de Euskadi». Tras un año y dos meses de residencia en el País Vasco, Ruddy Mateo está ilusionada, y razones no le faltan. En febrero abrió su negocio: una peluquería latina. Y Algo más. Mañana parte hacia su país, República Dominicana, para traer a sus hijas pequeñas.

Llegó en diciembre de 2006 con un puñado de ilusiones. Atrás quedó Santo Domingo, la ciudad en la que vivía, y quedó también su familia, lo que más echa de menos. La isla que aquí se ve como un resumen del paraíso tiene su sol y tiene sus sombras. Y fueron estas las que, en su día, impulsaron a Ruddy a emigrar. «Vine yo sola –relata–. Quería intentar algo nuevo y ponerme a trabajar para que mejoraran las cosas».

Se decidió por el País Vasco gracias a una amiga suya que había llegado antes y le dijo que «estaba muy bien» porque «aquí había calidad de vida y eran todos amables». Con explicaciones como esas, no se lo pensó dos veces. Cogió las maletas y se montó en un avión. Tardó poco en comprobar que las impresiones de su amiga eran ciertas, y otro poco en descubrir por sí misma que en Vizcaya «había más». Sin preverlo ni esperarlo, Ruddy se enamoró.

«Lo conocí al mes de llegar, en marzo vivíamos juntos y celebramos la boda en noviembre», enumera con rapidez. ¿Así de fácil? «Sí. Encontré al mejor hombre de Euskadi y fue un ‘flash’. Mi marido es una gran persona, es atento y amable… Por momentos siento que vivo con una amiga. Nunca había conocido a un hombre tan cariñoso y comprensivo». Un compañero que no dudó en apoyarla con sus dos grandes proyectos: tener un negocio propio y reunir a su familia.

El primero lo concretó hace poco más de un mes, cuando abrió una peluquería latina en el centro de Barakaldo. Y es allí, justamente, donde tiene lugar la entrevista, al compás de una bachata. «En Santo Domingo era peluquera y estoy muy feliz por poder dedicarme a eso aquí. A veces pienso que todo fue un relámpago de suerte, que Dios me tenía reservado un futuro y un amor maravillosos».

Como todo salón de belleza, el de Ruddy guarda secretos. Comentarios o confidencias que reflejan el pulso del barrio. En este caso, también del mundo, pues los clientes que vienen aquí tienen nacionalidades diversas. «Vienen vascos, por supuesto, pero la mayoría son extranjeros». Lo que es común a todos ellos es que comparten sus vidas, y que un momento en la peluquería basta para percibir sus sueños. O, a veces, preocupaciones.

Encuentros y despedidas

Además de la farándula o el seguimiento de la telenovela ‘Marina’, hay otros temas conversación. Por ejemplo, aeropuertos. Las anécdotas de algún reencuentro o los proyectos de vacaciones son tan mencionados como los trámites administrativos, el envío de documentación y remesas o los pisos para compartir. Son relatos de personas en movimiento, con afectos y obligaciones en varias partes del mundo. Mientras uno se presenta, otro se despide, pero no con un ‘hasta luego’, sino con un «regreso a mi país».

Los planes de Ruddy Mateo no contemplan envejecer en Euskadi. «Yo quiero envejecer allí», dice, en República Dominicana. «Dentro de diez años, mis hijas más pequeñas serán mayores de edad y podrán decidir lo que quieren. Y es posible que se quieran quedar». Aunque ella se siente «muy a gusto» en Vizcaya, sabe que aquel es su lugar y no le cuesta imaginarse jubilada, disfrutando junto a su marido «del sol». El proyecto suena idílico y lo sabe. Pero le tiene fe. «Mi esposo y yo somos muy felices, aunque a veces nos miren raro. Hay muchos prejuicios sobre los matrimonios mixtos. El otro día, por ejemplo, hicimos las compras juntos y yo pagué con mi tarjeta. Dos mujeres se miraron entre ellas. Se sorprendieron porque soy negra y tengo cuenta bancaria».

2008 América Central Ellas