450 | Rodrigue

Cuando Rodrigue Bembide se marchó de su país, no imaginaba que tardaría años en llegar a un lugar seguro. Menos aún, que acabaría hablando en un idioma distinto al suyo ante un público numeroso y diverso, como sucedió hace pocos días en el Palacio de Congresos de Vitoria. Cuando se marchó de su país, Rodrigue solo pensaba en lo elemental: salvar la vida, escapar. La guerra civil de la República Centroafricana, que comenzó en 2012 y todavía continúa, no solo se ha cobrado la vida de 5.000 personas. También ha expulsado de sus hogares a unos 900.000 ciudadanos, muchos de los cuales se han visto forzados a emigrar, como él.

«En mi país hay una guerra de religión, una lucha de poder que empezó como algo puntual pero que ahora afecta a todas las personas. El odio se ha metido en las familias, entre vecinos y amigos, en las casas…», describe como puede y se lamenta. La disputa por el gobierno –y los recursos del suelo, que abundan– ha incorporado las creencias religiosas a la contienda política, ya compleja de por sí. El resultado es una profunda fractura social entre cristianos y musulmanes; personas que, hasta no hace mucho, vivían en paz y hasta formaban familias. «Mi madre era cristiana y mi padre, musulmán», dice, y los verbos se conjugan en pasado. Su familia ya solo se encuentra en la estadística.

«Aquello fue terrible, brutal… por eso no me gusta pensar en lo que pasó. Yo no quiero quedarme ahí, sino mirar hacia adelante. Quiero contribuir a cambiar la ideología violenta que hay ahora mismo en mi país. Quiero mejorar las condiciones de vida de las personas que están allí, colaborar con la gente, mostrar que las cosas se pueden hacer de otra manera, como aquí». Rodrigue habla de futuro y se ilumina su mirada. «Tengo un hijo pequeño y pienso mucho en él. Quiero que crezca feliz y sin miedo», señala. Su niño nació en Marruecos. Rodrigue fue padre durante el viaje.

«Es que demoré mucho en llegar a Europa; la ruta es muy larga. Solo en Marruecos estuve tres años. Allí conocí a la madre de mi hijo, que es centroafricana como yo, y allí tuvimos al niño. Yo pude llegar hasta Euskadi, pero ellos no; ellos han vuelto», resume. Han vuelto a uno de los países más empobrecidos del mundo donde, según datos de la ONU, la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. «Están allí». La sencillez de sus palabras no esconde la complejidad de estas migraciones, que discurren por caminos sembrados de trampas.

La casa tranquila

Rodrigue lleva diez meses en Vitoria y se siente «afortunado». Valora la seguridad y la tranquilidad del entorno, y también a las personas que ha encontrado y que le arropan. Está haciendo dos cursos de formación profesional y, además, colabora activamente con CEAR. «Por la mañana voy a un curso de fontanería y calefacción. Por la tarde, estudio electricidad. Pienso que si aprendo más cosas voy a tener más posibilidades de encontrar un empleo. Yo no quiero vivir de ayudas sino trabajar. Tengo un hijo al que sacar adelante», dice muy serio.

Y con la misma seriedad opina que le falta pulir su castellano. «El idioma se aprende hablando con la gente; por ahora no tengo mucho tiempo para conversar porque paso casi todo el día estudiando», dice poco antes de subir al escenario en una de las salas del Palacio Europa. Tiene previsto hablar para unas trescientas personas que, como él, participaron en el programa Bizilagunak. La iniciativa, impulsada por CEAR-Euskadi con el apoyo de la Diputación de Álava y otras instituciones, reunió este año a 227 familias locales y de otras partes del mundo en torno a la mesa.

En su edición alavesa, las comidas de Bizilagunak tuvieron lugar el pasado 13 de noviembre en los hogares de las personas participantes. Pero los nexos no acabaron allí. «Ahora nos reunimos todos para celebrar esos encuentros, ver un vídeo con las imágenes que hicimos ese día y compartir con los demás cómo fue nuestra experiencia. Para mí –avanza– fue algo muy especial. Nunca había participado en algo así y me gustó mucho. Creo que las iniciativas como estas son muy importantes para acercar a la gente, para conocerse con los demás, para sentirse en casa».

«Todos somos una gran familia. Nos tenemos que cuidar unos a otros. Las diferencias no tienen por qué ser un problema», agrega. Sus palabras tienen un peso especial si se considera la realidad que atraviesa su país, la experiencia que ha tenido y sus pérdidas. Los manteles de Bizilagunak previenen daños en el tejido social y, casi como un espejo de inversos, muestran otra realidad de convivencia posible. «El color de la piel es algo superficial –dice Rodrigue señalando su antebrazo–. Debajo estamos hechos de lo mismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 África Ellos

394 | Hardi

Hardi Malot es deportista. Es judoca profesional. Y, como muchos competidores de élite, su vida se desarrolla en clave internacional, en un cóctel de países y ciudades. Hardi, que creció en Francia, vive en Bilbao desde hace trece años, donde compite y entrena. No obstante, él y su familia son de República Centroafricana. Está casado con una chica angoleña, a quien conoció aquí, y tiene una hija pequeña, que nació hace tres años en Euskadi. Las ha visto poco este verano. Con los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en el horizonte, ha pasado muchos días fuera, entrenando en un centro especializado en París.

La agenda de Hardi aprieta más que el cinturón de su traje. Apenas tuvo unos días entre su estancia en París y su viaje a la República del Congo, donde se han celebrado los 11º Juegos Africanos, en Brazzaville. Los aprovechó para venir a Bilbao, para estar con su familia y colaborar con proyectos del barrio. “Son unos meses intensos”, dice, y reconoce que está cansado y entusiasmado a partes iguales. “Llegar a los Juegos Olímpicos es un gran objetivo. Me motiva, me ilusiona. Pero, como todo gran objetivo, exige mucho de mí. En este momento, entreno dos veces al día, seis días a la semana. Desde fuera parece fácil, pero puedo asegurar que es muy duro”.

En parte, está acostumbrado. “El judo me gusta desde que era niño. Empecé a practicarlo cuando tenía cinco años, porque me llamaba la atención. Mi padre también era judoca, así que podría decirse que tengo sangre deportista en las venas”, relata él, que ha participado en numerosos campeonatos de África, mundiales y distintos grand prix en representación de la federación centroafricana. No presume de su vasta experiencia, y sin embargo, estos meses son mucho más intensos que otros. Con 31 años de edad, Hardi sabe que esta temporada es su gran oportunidad para competir en los Juegos Olímpicos y que, después, probablemente ya no habrá otra.

“Cuando eres deportista de élite y llegas a cierta edad, tienes que planificar muy bien en qué vas a emplear tu energía y, sobre todo, plantearte qué harás en el futuro, cuando ya no compitas a este nivel”, explica. En este momento, Hardi se halla en plena vorágine de entrenamientos, competiciones y búsqueda de patrocinadores, como suele ocurrir en casi todos los deportes ‘minoritarios’. Pero también se hace hueco para participar activamente en una de las iniciativas más novedosas del barrio de San Francisco: el vivero de empresas Koop SF34, impulsado por el colectivo subsahariano de Bilbao para promover el desarrollo laboral, comercial y social de su gente.

“Estos proyectos son muy necesarios porque los inmigrantes africanos encontramos muchas dificultades a la hora de emprender. Es necesario que la sociedad conozca nuestras iniciativas positivas y que nosotros mismos comprendamos que somos capaces de hacer cosas estupendas, generar trabajo, mejorar el barrio y construir comunidad. Pero, sobre todo, es necesario para que los niños tengan otros modelos, para que vean que sus padres y madres trabajan para salir adelante, que hacen cosas por sí mismos y por los demás”, reflexiona.

Deporte, moda y cultura

Hardi, en concreto, estará a cargo de una academia de Judo en el recinto de Koop SF34. “La idea es formar deportistas y competidores profesionales… pero también formar personas -subraya-. Los niños y los jóvenes necesitan oportunidades y estímulos para desarrollar sus capacidades”. Como él, otros deportistas africanos impartirán clases de capoeira, jiu-jitsu y boxeo. “La actividad física es un área muy importante de este proyecto, pero no es la única”, matiza.

La moda es otro sector relevante. En este vivero empresarial hay firmas de diseño y venta de prendas urbanas, vestimenta afroeuropea y distribuidoras de alta costura. También se busca potenciar la cultura -con música, literatura y vídeocreaciones- y el aprendizaje, pues se imparten cursos de idiomas como el suhahili -la lengua mas hablada en África-, el Walof o el Fang. “Y hay clases de danza”, apunta Hardi, que no quiere olvidarse de nada. El kizomba, el semba o el kuduro son algunos de los ritmos angoleños que se pueden aprender allí.

“Mira, yo emigré de mi país siendo un niño, crecí en Francia y vine a Bilbao hace más de diez años, de vacaciones. Un tío mío vivía aquí y lo vine a visitar. La ciudad me gustó tanto, me pareció tan tranquila y pequeña que decidí quedarme. Aquí hice mi vida profesional y familiar, y estoy encantado de participar en este proyecto. Todas las personas merecen tener una oportunidad de desarrollarse, integrarse y enseñar lo que valen”, concluye.

2015 África Ellos