Así fue la charla con Lucía Mbomío en Getxo

 

A mediados de abril, conversé con Lucía Mbomío en la Feria del Libro de Getxo a propósito de su libro Las que se atrevieron (Sial, 2016). A pesar de que esa mañana de domingo salió un sol espléndido, tuvimos la suerte de que nos acompañaran alrededor de cuarenta personas en el auditorio de la Romo Kultur Etxea. Entre la conversación y las preguntas del público —que estuvo muy animado—, al final, charlamos unas dos horas.

Lucía Mbomío (Alcorcón, 1981) es una comunicadora estupenda —se nota que trabaja en la tele—, así que nos dio tiempo a hablar de todo. De su vocación periodística, de la importancia de la lectura en su vida, de su familia, de lo poco que sabemos sobre Guinea Ecuatorial, de su vínculo con el extrarradio madrileño o de algunas experiencias personales con el racismo. También, por supuesto, de su libro y de lo que cuenta sobre esas seis mujeres españolas que se atrevieron a casarse aquí con hombres guineanos en los años 60 y 70, es decir, en pleno franquismo. Una de ellas, por cierto, fue Sofía, su madre, una de las pocas ingenieras industriales de aquella época.

Estas seis mujeres debieron lidiar con la desaprobación, el chantaje o incluso la agresión de sus familiares, con la mirada inquisitorial ajena y con el cuchicheo constante del vecindario. «Me parecía imposible que se pudiese enamorar de un negro», dice la madre de una de ellas. Y, más adelante, agrega: «… me dolía en el alma que mi hija, la única que tenía, tuviera que significarse de esa forma. Sabía que todos hablaban de nosotros en el pueblo». Si bien esas dos frases no alcanzan para resumir un libro lleno de matices y datos, sí pueden dar una idea de lo difícil que fue todo.

Eso sí, quizá lo mejor sea escuchar a la autora leer un par de fragmentos que nos sirvieron para entender mejor de qué estábamos hablando. En este primero, María le da noticia a su padre de que está saliendo con Miguel Ángel:

Y, en este segundo fragmento, Paloma habla de los hijos que tuvo con Cecilio: José Antonio, Palomita y Edjing:

Como explicó Lucía Mbomío en la charla, si bien hemos avanzado bastante respecto de los 60 y los 70, aún nos queda mucho por delante. «La desconfianza sigue ahí», subrayó, y enumeró algunos casos recientes que conocía de primera mano. Además, conviene recordar que vivimos en un país donde muchas personas consideran aún que África es un país o que ser africano es un disfraz, y no una manera tan válida, genuina y valiosa de entender y de habitar el mundo como cualquier otra. Por eso mismo, es importante, dijo Lucía Mbomío, «luchar contra las personas que no entienden que Madrid, España, Alcorcón, también soy yo».

Relatos distorsionados (e incompletos)

Los medios de comunicación, los partidos políticos y las instituciones llevan décadas construyendo un relato distorsionado: «Nos hacen sentir recién llegados, y no somos recién llegados… Quieren hacernos pensar que somos un fenómeno reciente, y no lo somos», se quejó Lucía Mbomío. El sistema educativo tampoco ayuda: por ejemplo, ¿cuántos han estudiado en el colegio, el instituto o la universidad cómo ha sido la relación de España y Guinea Ecuatorial, la última colonia en independizarse (1968)?

Dicho de otro modo: necesitamos más voces y más relatos que expliquen la mezcla que somos. Una mezcla que viene de lejos (y no de hace unos pocos días, como argumentan algunos). De ahí que tengamos el derecho, añadió Lucía Mbomío, de sentirnos de tantos sitios o de tantas culturas como queramos:

Yo hablo en primera persona del plural según me da. Por ejemplo, ayer cené con varias personas de Guinea, y yo hablaba como una guineana más porque desde pequeña me he sentido muy guineana… Bueno, hasta que fui a vivir un año a Guinea y me di cuenta de que no lo era tanto y de que tenía un montón de cosas españolas. Por eso, a veces hablo en primera persona del plural como española; otras, con un nosotras como guineana; otras, como alguien de Alcorcón. Todas esas caras forman parte de mí. Por eso hablo del poliedro, de que somos un prisma con muchas caras. Yo soy periodista, soy mujer o activista afro, pero también soy muchas otras cosas más.

En fin, es imposible dar cuenta de todo lo que hablamos aquella mañana. Si quieres saber más, échale un vistazo a la entrevista que publiqué a finales de mayo en la revista CTXT. Contexto y acción: «No es lo mismo “tengo un amigo negro” que “mi hija está con un negro”». Allí intenté condensar algo de lo mucho que aprendimos conversando con Lucía Mbomío.

*

P. D.: gracias a Getxo Liburutegiak y a Getxo Intercultural Cities por invitarnos a la Feria del Libro y por la hospitalidad con que nos recibieron. Gracias también al Ayuntamiento por haber publicado la 2.ª edición —400 ejemplares— de Segundas impresiones. 18 reencuentros con personas migradas que hicieron de Getxo su hogar, que escribimos Laura Caorsi y yo en 2017. Y, claro, todo nuestro agradecimiento por haberlo repartido de manera gratuita en la feria y en la charla. Si alguien tiene interés en leerlo, puede descargarlo en formato digital o puede solicitarlo en papel al departamento de Interculturalidad del Ayuntamiento.

 

 

 


Biblio-errante

Descubre reseñas de libros en nuestra biblioteca errante.

Anuncios
Entrevista Libros

Angélica Dass: «Mis proyectos me enseñaron a pensar de manera colectiva»

Nos encontramos en el corazón de Malasaña. Ella acaba de llegar de Londres y está a punto de viajar a Suiza. «Paso mucho tiempo en el aeropuerto», me dice. Su proyecto más premiado y conocido, Humanae, la ha llevado a distintas partes del mundo, desde Etiopía o la India hasta Noruega o Canadá, donde fue invitada en 2016 a dar una charla TED. A sus 38 años, la fotógrafa brasileña Angélica Dass cuenta con una extensa —e intensa— trayectoria profesional, muy ligada a sus experiencias personales. Hablamos sobre Humanae y sobre Vecinas, un proyecto que empezó con una experiencia incómoda en el metro de Madrid y terminó llevándola hasta la feminidad maliense de Binéfar. En ambos trabajos y en esta conversación, Angélica Dass se muestra como lo que es: una mujer universal que, con cámara o sin ella, hace foco en la importancia de los matices.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

¿Cómo nació el proyecto Vecinas?
Vecinas empezó de una manera muy personal: empezó con mi pelo. Yo tengo una relación especial con mi pelo porque, según como lo lleve, adopta distintos significados: si lo llevo medio desrizado, con coletas, la gente piensa que soy cubana, dominicana…, sudaca; si lo llevo black power, cree que soy británica, francesa o norteamericana… Un día me puse trenzas y descubrí que estaba en el escalón más bajo de la sociedad española, que es ser subsahariana.

¿Qué pasó?
Estaba yendo a la ONG Alianza por la Solidaridad, donde soy voluntaria, y me había puesto trenzas, igual que mis compañeras senegalesas de la asociación. Íbamos en el metro, éramos 6 o 7, y ellas hablaban en wólof. Yo no me enteraba de nada, así que iba en silencio, de pie. De repente oí unos comentarios sobre nosotras de unas personas que estaban sentadas: «Uy, es que llegan y no se saben comportar», «Fíjate cómo hablan gritando», «Mira esa, que va en chanclas». Al principio, me pareció divertido porque la que iba en chanclas llevaba los tacones en el bolso para ponérselos al salir. Mucha gente hace eso en el metro de Nueva York y le da igual a todo el mundo. Pero después me quedé pensando.

¿En qué pensabas?
En que esas personas no tenían ni idea sobre mí y me habían puesto un montón de etiquetas. Creían que yo también era subsahariana, lo cual no supone ningún problema, pero me encasillaron en un estereotipo negativo, ligado a lo que significa ser subsahariana en España. Sentí que me habían pegado todas esas etiquetas, y que ninguna era buena. Me pregunté de qué modo podía enseñar cómo eran esas mujeres de verdad, porque muchas estaban haciendo montones de cosas para cambiar y mejorar la sociedad española; cómo contar esa verdad, porque en el fondo son unas vecinas cualquiera. Dejé esa idea guardada. Siempre digo que las cosas que hago nacen de ideas que me incomodan, que dejo guardadas y que después tengo la oportunidad de sacar.

¿Cuándo surgió esa oportunidad?
Tiempo después, cuando la ONG me dio una beca para un proyecto de sensibilización. La consigna era visibilizar a la mujer inmigrante y me puse a trabajar con mujeres de Mali. El primer paso fue recolectar información: preguntarles cómo les gustaría que las vieran, cómo les gustaría ser presentadas. La primera cosa que intentamos hacer fue un blog, donde ellas contaban parte de sus historias; esa fue la semilla. Al final, hice 4 viajes a Binéfar, Alcaraz y Mataró; llegaba el viernes y me iba el lunes, y me quedaba en sus casas. Dormía en casa de una, desayunábamos, nos encontrábamos con las demás, y decidían entre ellas en qué casa iba a dormir al día siguiente. Fue una paliza maravillosa.

Hiciste fotos, pero también recuperaste fotos suyas…
Sí, trabajamos con imágenes de archivo. Si tienes que presentarme cómo es tu vida, es muy útil. Ellas sacaban sus cajas de fotos, e íbamos mirándolas juntas. Obviamente, había imágenes que me llamaban más la atención que otras.

¿Desde el punto de vista gráfico?
Desde lo conceptual. Por ejemplo, había una foto carné donde una de estas mujeres tenía puesta una camiseta blanca con la frase «Je vote». Era una foto de finales de los 70, principios de los 80, que se había sacado en su país. La imagen me sorprendió. Hasta ese momento, yo no era capaz de imaginar a las mujeres malienses así. Me utilicé a mí misma como filtro y me di cuenta de que estaba llena de estereotipos, como todo el mundo. Me sentí paleta, cateta… ¡No sabía nada sobre Mali! La imagen que yo tenía de ellas era otra; la información era superlimitada y venía, sobre todo, de los medios de comunicación. Por eso elegimos el periódico como soporte para mostrar este trabajo.

vecinas

¿Qué otras fotos te sorprendieron?
Aquellas en las que me vi reflejada, que eran muchas. Fotos de vacaciones en la playa, fotos en la escuela, en la universidad, con los niños… Yo no tengo hijos, pero mis amigas sí, y las he visto reflejadas a ellas. Esas imágenes están en mi propia vida. Busqué las cosas comunes y encontré una gran cantidad.

En las fotos que hiciste tú, ellas lucen trajes típicos. ¿Por qué?
Porque ellas lo decidieron. Fueron ellas quienes eligieron ponerse sus trajes coloridos malienses para recibirme. Cuando llegué el primer día, me encontré con unas 30 mujeres que estaban esperándome con unos trajes espectaculares. Se habían vestido así porque venía una fotógrafa que estaba interesada en ellas, y eso era lo más bonito y lo mejor que podían hacer: ofrecerme su origen. Yo creo que conectas con quien eres de verdad, con tus orígenes, estando fuera. A raíz de esa experiencia, comprendí que soy mucho más brasileña desde que me fui de Brasil, y también abracé mi parte africana.

¿Qué enseñanzas te dejó Vecinas?
Comprobé que estamos cargados de estereotipos. Y pienso que la única manera de terminar con eso es no tener miedo de preguntar, de acercarse al otro y de conectar con el otro, porque ahí descubres que un montón de cosas que te habían contado son mentira. Lo que yo hice, en el fondo, fue acercarme a la cultura de Mali a través de las personas que conocí, a través de estas mujeres y de sus hijas e hijos, que han nacido aquí. Cada vez habrá más de esto, más españoles que lleven un trocito de otras culturas.

El ascensor social: acceso restringido

Brasil, tu país, se suele mencionar como paradigma del mestizaje. ¿Es así?
La gente tiene la impresión de que somos un paraíso de igualdad, pero la realidad es muy diferente. Si vas a Brasil y prestas atención, te vas a dar cuenta de que la gente del servicio tiene siempre la misma apariencia. Si vas a un restaurante caro, verás una misma tipología física. Si entras en la universidad, en la facultad de Medicina, verás muy poca diversidad. La sociedad brasileña es extremadamente racista.

¿Cómo se explica eso?
Es muy sencillo: Brasil fue el último país en el mundo en terminar con la esclavitud negrera en el planeta. Lo hizo en 1888. Los que fueron esclavos del siglo XIX siguieron siendo los sirvientes del siglo XX. Y ahora, en el XXI, se puede empezar a hablar sobre eso, pero no significa que la situación haya cambiado. Muy poca gente sabe que en Brasil, a principios del siglo XX, hubo una tentativa de eugenesia. Personas muy influyentes en la cultura, como el escritor Monteiro Lobato, creían que el país estaba muy feo, muy negro, muy pobre y que había que limpiarlo. Había políticas para mandar a los negros de vuelta a África y facilidades para la llegada de europeos porque querían emblanquecer el país. Ese es el Brasil real.

Angelica_Dass-porta

¿Cómo incide socialmente el color de la piel?
Existe el white privilege, es decir, el privilegio blanco. Esto consiste, sencillamente, en no tener que pensar en algunos asuntos cuando eres blanco. Por ejemplo, si hay un grupo de niños jugando a la pelota y la pelota cae en el jardín de una casa, el niño blanco salta el muro para cogerla sin problema; ¿qué pasa si el niño es negro? Otro ejemplo: mis primos, aunque son de clase media y tienen coche, etcétera, saben que si les para la policía deben estar estar atentos, tranquilos, con las manos siempre a la vista… Obviamente, si naces blanco, nunca vas a pensar en una cosa como esa. Eso es el white privilege. Yo siempre digo que tengo white privilege en relación a mi hermana y eso que ambas somos negras. Lo que pasa es que mi hermana es bastante más oscura. Así que mi vida es más fácil que la suya; soy más aceptable socialmente, doy menos miedo que ella. Debemos ser conscientes de que construimos estereotipos asociados a las tipologías físicas de las personas.

¿En qué momento tomaste conciencia de eso?
Después de salir de Brasil. Allí había tenido varios episodios: me indicaban que debía usar el ascensor de servicio, siempre estaban confundiéndome con putas…; pero yo normalizaba ese tipo de actitudes, entendía que eso formaba parte de mi vida y lo interiorizaba como algo que pasa a menudo. Algunas veces, como mujeres, lo hacemos así: normalizamos llevar las llaves en la mano como arma de defensa cuando caminamos solas por la calle. Yo normalicé aquello durante muchos años, hasta venir para acá. Y tengo que decir que aquí sentí un alivio gigantesco.

¿No hay racismo en España?
Sí, hay, pero en Brasil era mucho más duro. Aquí me he dado cuenta de que las cosas que yo sufría no eran normales; eso no puede ser el cotidiano de nadie. Este descubrimiento coincide con un momento de curiosidad, de lectura, porque cuando estás en una burbuja no investigas. Al viajar, empecé a observar que no soy la única afrodescendiente que está en un museo, en una galería o dando conferencias. En Brasil me pasaba lo contrario: era la única negra en mi grupo de amigos y en determinados ámbitos, como la universidad.

¿Cómo accediste a esos ámbitos?
Mi padre es adoptado. Eso evitó que yo fuera nieta de una empleada doméstica que vivía en una favela y me permitió ser nieta de una señora blanca que era modelo, esposa de un médico y que vivía en Ipanema. Ese pequeño salto hizo que yo tuviera algo que muchos otros afrodescendientes en Brasil no tienen: oportunidades. ¿Qué oportunidades? Básicamente, la de estudiar. Mi lujo fue tanto que ni siquiera tuve que estudiar una profesión para comer al día siguiente: pude estudiar arte.

Del experimento casero a hablar con la BBC

¿Cómo surgió Humanae?
Trabajaba como fotógrafa; colaboraba con la revista Hola. Sin embargo, empecé a darme cuenta de que yo nunca estaba representada en las imágenes que hacía. No estaba en las fotos y, además, mantenía estereotipos con los que no me sentía cómoda. Como no estaba muy contenta con eso, volví a estudiar. En 2011 me apunté a un máster en Fotografía con la idea de explorar mi creatividad y mejorar técnicamente. Y estaba en ese momento de leer y de reflexionar sobre mi familia, que tiene distintos colores y realidades, como el barrio humilde donde crecí y la abuela con poder adquisitivo de Ipanema.

Una dualidad…
Sí. Hay tantas cosas tan diferentes que forman parte de mí que, tal vez por eso, encajo bien en tantos lugares y ambientes. Aquí, en España, me casé con un andaluz cuya familia es de origen belga: todos rubios de ojos azules o castaños de ojos verdes, y con la piel rosa. En un momento, la gente que nos conocía empezó a preguntarse de qué color sería nuestro hijo, a imaginar un niño con los ojos verdes del padre, mi pelo rizado y una piel de caramelo, a decir «qué bonito va a salir». Yo nunca había pensado en eso. Cuando te enamoras de alguien no piensas si el hipotético hijo va a salir bonito o no. Pero la gente intentaba imaginar y ese fue el comienzo. El momento cero de Humanae es mi foto y la de mi marido. Son las dos primeras.

¿Y después?
Después hice de mi familia, en Brasil. Luego, cuando volví de ese viaje, hice fotos de toda la familia política. Y pensé: «No basta con hablar sobre mi casa porque, en el fondo, toda esta mezcla de colores es lo que sucede en el mundo actual. El planeta se está transformando de esta manera». Entonces empecé a fotografiar algunos amigos. Más adelante tuve la oportunidad de hacer la primera convocatoria abierta, con personas desconocidas. Fue en una galería de Barcelona. Puse unas fotos, monté el estudio en el escaparate y explicaba: «Estoy intentando probar que blanco y negro no existen, ¿me quieres ayudar?» Y la gente entraba. Fue así de sencillo.

Angelica-Dass-Marian-Leon

Foto: Marian Leon

¿Cómo pasaste de algo tan doméstico a hacer más de 4000 fotos?
Colgué las fotos online para que las personas que habían participado pudieran descargarlas. Y sucedió algo inesperado: esas personas se enamoraron tanto del concepto, de la idea que había detrás, que las utilizaron de perfil en Facebook. A raíz de eso, mucha gente conoció el proyecto. Yo todavía era estudiante y solo tenía 150 fotos, pero me desperté un día con la BBC llamándome para hacerme una entrevista porque les parecía una idea revolucionaria. Estaba dando los primeros pasos, empezando y, de repente, Oprah Winfrey, Le monde, la BBC, La Repubblica… ¡Imagínate!

¿Por qué crees que la gente se entusiasma tanto con Humanae?
Porque en Humanae, aunque parezca que solo estoy hablando de colores, estoy hablando de la discriminación de una manera muy amplia. Lo más importante de mis fotos es lo que no ves. Tú no sabes quién es migrante y quién no cuando las miras. El mundo es así: cualquiera puede ser de cualquier lugar, y eso no es negativo, no es una pérdida de identidad; es aprender de los demás, es quedarte con las informaciones y aprender de otras culturas.

Y tú, ¿cómo estás compuesta?
Yo soy brasileña, vivo en Madrid, voy a meditar a un templo budista que está cerca de mi casa, hago yoga y me encantan los restaurantes etíopes. También me encanta la tortilla de patata y bailo dos veces por semana lindy hop y blues, que son ritmos afroamericanos. Creo que ese es el futuro: vas aprendiendo de diferentes culturas y te vas quedando con lo que más encaja contigo, lo que más te construye. Después de vivir 12 años aquí, hay un montón de cosas mías que son de aquí. Ya no soy de un solo lugar. Soy madrioca: mitad madrileña, mitad carioca.

La utilidad social de la fotografía

¿Qué has aprendido con el proyecto Humanae?
Aprendí a pensar de manera colectiva porque, al principio, yo creía que estaba hablando de mí, pero luego me di cuenta de que estaba hablando de un montón de gente. Y comprendí que la gente venía no solo a hacerse la foto, sino a contar historias. Una vez vino una familia que todavía guardo en el corazón: la madre y el padre eran españoles, tenían un hijo de origen etíope y una hija de origen chino; ambos adoptados. Y vinieron a retratarse porque creían que mis fotos hablaban de su familia. Con Humanae aprendí que había una utilidad social, que no era solo una reflexión del mundo del arte.

Has dado con algo vivo que conecta a mucha gente distinta entre sí.
¡Literalmente! Escucho las mismas frases en lugares completamente distintos de planeta. ¡Las mismas! Hace poco, en Londres, dos chicas italianas y una griega me contaron que, al emigrar, habían comprendido lo que significa ser el otro. Y hay más conexiones. Por ejemplo, cuando gané el premio de PHotoESPAÑA, viajé a Brasil y expuse Humanae en una plaza de un barrio humilde. Era la primera vez que hacía una exposición en la calle y, también, fue la primera vez que pude ver el impacto en la gente común. Conservo una foto de un señor que recogía la basura mirando la exposición, es decir, un señor que cree que no merece entrar en un museo, o que él no pertenece al espacio del arte y la cultura. Ahí empecé a pensar que la calle es, tal vez, el lugar donde yo quiero hablar, donde genero impacto. Empecé a ver otras capas.

¿Como cuáles?
Un día entró una mujer en el estudio. Quería hacerse una foto y me preguntó: «¿Has fotografiado a algún transgénero?» Yo le dije que no lo sabía, que nunca se lo había preguntado a nadie. A partir de aquella foto, trabajé un montón con el colectivo LGTB en São Paulo, que había visto en Humanae un espacio donde no ser juzgado por la identidad; un lugar seguro, donde puedes ser quien eres, y donde todo el mundo es igual independientemente de los colores y las opciones sexuales. Lo mismo pasó cuando fui a la bienal de la ONCE: fotografié a muchas personas y fue maravilloso porque hay diferentes discapacidades dentro del proyecto que no se ven.

¿Has encontrado personas con el mismo color entre sí?
¡Sí, muchas! Pasa muy a menudo y es una herramienta que utilizo para discutir qué significa ser negro. Porque si las dos tenemos el mismo color de piel, pero tú tienes el pelo rizado y yo soy rubia, el tratamiento social va a ser muy distinto.

Asistimos a la reivindicación social de ser negro. ¿Dónde te colocas tú?
Pienso que no se puede seguir separando así a las personas. Y nosotros, como afrodescendientes, algunas veces lo hacemos. No estoy diciendo que no haya que hablar de la historia de la diáspora africana, o que debamos negar que somos afrodescendientes, no. Lo que digo es que yo no quiero ser categorizada como negra. ¿Cuál es el nivel en que uno deja de ser negro y pasa a ser blanco? ¿Cuál es el porcentaje correcto?

angelica-collage


PANTONE® y otras marcas comerciales de Pantone son propiedad de, y se usan con el permiso por escrito de, Pantone LLC. la identificación de colores PANTONE será utilizada únicamente con fines artísticos y no se destinará a cumplir otro tipo de especificación. Todos los derechos reservados.

fotografiaVisita nuestra sección Otras perspectivas para conocer la propuesta de más artistas.
Arte urbano y Fotografía Entrevista

Cómo hablar de inmigración en tiempos de la maraña xenófoba

¿Cuál es el límite de la libertad de expresión? ¿En qué momento ese derecho se transforma en un delito de odio? ¿Qué aspecto tiene el racismo en nuestro tiempo? ¿Podemos hacer algo para frenar las avalanchas de insultos, rechazo y desprecio? ¿Cuál es el papel de los comunicadores en la construcción de los discursos? Para responder a estas preguntas, CEAR-Euskadi ha publicado el libro Periodistas contra la xenofobia, una guía que puede descargarse de la web a cambio de una donación y que ofrece consejos prácticos para construir un pensamiento crítico ante los estereotipos y prejuicios que abundan sobre las personas migrantes. 

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

El discurso del odio está por todas partes. Vivimos a caballo entre la incertidumbre y la falta de repuestas serias a la precarización a la que los Gobiernos nos están sometiendo y, por desgracia, no faltan quienes están dispuestos a convertir ese material altamente inflamable en un incendio continuo, en algo que les genere algún beneficio personal. En tiempos de una sociedad orientada hacia el individualismo consumista, poco importa, parece ser, el bien común o la cohesión social.

Por eso, según Periodistas contra la xenofobiaguía publicada por CEAR-Euskadi en 2016, vivimos en la era del «racismo líquido». Es decir: debemos enfrentarnos a un racismo que «se cuela y cala cada parcela de la vida cotidiana»; un racismo en forma de prejuicios y estereotipos que enredan —y nos enredan— hasta convertir nuestras relaciones en el espacio público y privado en una maraña asfixiante de sentimientos explosivos, muchas veces al borde la violencia. «La ciudad humea el discurso del odio», dice el libro, y eso solo sirve para enrarecer la atmósfera y volver irrespirable la convivencia.

periodistas-xenofobia-porta

Según CEAR-Euskadi, el racismo ha mutado y solemos encontrarlo, sobre todo, disfrazado tras la etiqueta de lo normal:

[Antes] eran consignas racistas y xenófobas voceadas desde grupúsculos de la extrema derecha o desde coristas del conservadurismo más rancio, ahora son comentarios ‘normalizados’ que se escuchan rutinariamente en las conversaciones del supermercado, de patio de colegio o de cafetería de media tarde.

La otra característica básica del racismo actual es que muchas personas lo favorecen o alientan, y ni siquiera han tenido relaciones laborales, comerciales, familiares, de amistad o de algún tipo con esas personas a quienes responsabilizan de todos sus males:

[…] nuestra imagen de las personas migrantes y refugiadas no es la que obtenemos de nuestra experiencia directa y contacto personal con ellas (el cual, en muchos casos, no existe).

O, como dice Brigitte Vasallo, la autora de Pornoburka, «todo el mundo tiene formada una opinión sobre el islam; todo el mundo opina sobre el islam, además con un juicio de valor… Pero, luego, tú preguntas: “¿Tú qué sabes del islam? [Y te dicen:] ‘No sé nada'”».


Libertad de expresión no es libertad de agresión

La guía ofrece 19 consejos para periodistas. Ahora bien, estos consejos son válidos también para cualquier persona que quiera construir un pensamiento crítico ante la avalancha de estereotipos y simplificaciones que suele acompañar a la información migratoria. También aporta una marco deontológico —ese que, en teoría, los medios se han comprometido a cumplir— y un marco jurídico nacional e internacional sobre los derechos humanos y la libertad de expresión

Entre los consejos, algunos son puro sentido común; por ejemplo, cuestionarse «los propios prejuicios» o evitar el «reduccionismo descriptivo […] y la simplificación excesiva de la realidad». Otros tienen que ver con el modo de ejercer la profesión en estos tiempos de polarización política, redes sociales y urgencia por el clic fácil. Entre ellos, destacan estos siete:

  1. Evitar las fotografías, la maquetación o el lenguaje que induzca a confusión.
  2. Honestidad a la hora de separar entre información y opinión.
  3. Prudencia en la defensa de una libertad de expresión ilimitada.
  4. Tolerancia cero con los discursos del odio.
  5. Negarse a reproducir expresiones que banalicen el apartheid, el nazismo u otros totalitarismos, y negarse a reproducir descalificaciones hacia colectivos en situación de minoría o vulnerabilidad.
  6. Erradicar los espacios de impunidad —blogs, foros, redes sociales, comentarios a noticias, etcétera— donde se promueve el odio gracias al anonimato.
  7. Aplicar siempre la lupa de los derechos humanos.

Una de las ideas centrales de la guía es que no pesan lo mismo las palabras dichas en un espacio privado que en un espacio público. Y tampoco es lo mismo que las diga una persona cualquiera a que las diga alguien que tiene un acceso privilegiado a los medios de comunicación, como es el caso de los políticos. Existen asimetrías y conviene conocerlas.

El libro también hace hincapié en que reflexionemos sobre qué entendemos por libertad de expresión. Al respecto, CEAR-Euskadi se remite a la definición que dieron SOS Racisme Catalunya y la Red de Nou Barris Acull en 2014 a raíz del juicio a Xavier García Albiol, alcalde de Badalona:

La libertad de expresión es un derecho fundamental que es necesario garantizar, pero que tiene un límite. Y este comienza en el momento en que se ataca el derecho a la dignidad y al honor de un colectivo, o cuando un discurso se convierte en discurso del odio, instigador de la discriminación y de la violencia.

Por tanto, la libertad de expresión no es libertad de agresión, y ningún político debería utilizar la radio, el periódico, la televisión o las redes sociales para llamar mierda, escoria, plaga o lacra a parte de sus vecinos y vecinas. Tampoco el periodismo debería prestarse a ese juego. Eso no es hablar claro; eso es un delito de odio. Eso es fomentar un clima de hostilidad, incitar a la violencia y legitimarla. Eso es despersonalizar y estigmatizar al otro. Eso es algo que ya hemos vivido antes en el siglo XX con los nazis. Eso es olvidar, como dice la guía, que «la violencia racista siempre viene precedida del discurso del odio».

A propósito, el libro relata el caso de Christiane Taubira, ministra francesa de Justicia durante el Gobierno de François Hollande, insultada por ser negra en los medios de extrema derecha y que terminó hostigada incluso por niñas y niños a su paso por Angers (la llamaron mona y la recibieron agitando pieles de plátano). El director de la publicación fue sancionado, pero el daño ya estaba hecho.


¿Y qué pasa con lo positivo de las migraciones?

Otro hilo conductor importante en el libro es explicar los mecanismos básicos con que se construye el discurso del odio. Este, en general, se caracteriza por cuatro elementos:

También conviene sospechar de los despliegues informativos desproporcionados que agrandan la dimensión de noticias negativas sobre inmigración. Asimismo, es justo reclamar mayor presencia de personas extranjeras como fuentes de información, sujetos discursivos o protagonistas de informaciones positivas, y no encasillarlas en «escenas y sucesos de crimen, de fraude en el cobro de prestaciones sociales, malos tratos, de mafias, de detenciones de inmigrantes, de control de fronteras, de delincuencia, de participación en grupos terroristas, de violencia sexista…». Todo eso, en palabras de CEAR-Euskadi,  «genera un sentimiento de rechazo a las personas extranjeras que no se generaría de enfocar otros fragmentos de la realidad positivos».

O dicho de otro modo: ¿por qué «en nuestro imaginario no poseemos, por lo general, imágenes de neurocirujanos y ginecólogos licenciados en Sudáfrica y ejerciendo en el País Vasco (que los hay) o de mujeres musulmanas diseñadoras de moda (que las hay), o de niños y niñas africanas pasándolo fenomenal en las barracas de la fiesta del barrio…, que es como se lo pasan»?

La pregunta queda ahí, y no solo para el País Vasco. Quizá una primera respuesta sea la de Francesc de Carreras en su artículo «¿De dónde soy?»: hoy cada quien es de donde le da gana y construye el puzle de su identidad como mejor le parece. Con libertad. Haya nacido donde haya nacido.

*

P. D.: por cierto, en vez de echarles la culpa a los migrantes de nuestros problemas, haríamos bien en buscar causas globales o estructurales. Quizá encontremos alguna pista en los miles de millones que mueven las armas y las drogas, en los 1000 millones de personas que se mueren de hambre o en las más de 20.000 bombas que lanzó Estados Unidos en la época de Barack Obama. O, ya puestos, acaso deberíamos pensar qué clase de lógica gobierna un país donde clubes como el Real Madrid y el Barcelona tienen un presupuesto más alto que una ciudad rica y cara como Bilbao (527,9 millones de euros) y 10 veces el de una más modesta, como Guadalajara (65 millones). A lo mejor entonces empezamos a entender algo.


Biblio-errante

Descubre más reseñas de libros en nuestra biblioteca errante.

Libros

Rubén H. Bermúdez: «No necesitamos otra historia de sufrimiento»

En viernes pasado, en La Fábrica, Rubén H. Bermúdez presentó Y tú, ¿por qué eres negro?, un fotolibro que explora qué significa hoy ser negro y español. Nacido en Móstoles en 1981, este hincha del Atlético de Madrid indaga en su historia personal para explicar el sentimiento de extrañeza que le ha acompañado desde niño, su evolución política o el modo en que ha ido construyendo su identidad afroespañola. Este libro es el fruto de 4 años de investigación y algo más de un año trabajando a todo ritmo con una beca FotoPres. De la presentación, nos trajimos 11 flashes sobre el autor y el libro.

Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

01 | El punto de partida. Rubén H. Bermúdez (Móstoles, 1981) nació en un entorno blanco: toda su familia era blanca, excepto él. En el colegio, también fue el único negro hasta que un día llegó otro chico; otro que, según su profesor don Ramón, era «negro puro»; a diferencia de él, se entiende, que era negro, pero no tan puro… En su casa, nadie hablaba del tema. Mejor evitar los asuntos espinosos, ya se sabe.

Bermudez-xq-negro-4

02 | El primer hallazgo. Un día, después de un partido del Atlético de Madrid, se cruzó en la calle con un tipo negro que lo saludó y se paró a hablar con él. Resultó ser un activista del movimiento panafricano. Durante la conversación, este le hizo la misma pregunta que todo el mundo: ¿por qué era negro siendo hijo de una familia española? Era la primera vez que una persona negra le formulaba esa pregunta. También fue la primera vez que le lanzaron una hipótesis que lo descolocó. A partir de sus apellidos —Bermúdez y Barriga—, el activista le dijo que podía ser descendiente de africanos que fueron esclavizados en España entre los siglos XV y XIX. ¿Esclavitud en España? ¿Eso cuándo lo explicaron en el colegio?

03 | Ausencia de referentes. ¿Qué referentes podía tener un niño negro en las décadas del 80 y del 90 en España? Pocos, muy pocos. Y tú, ¿por qué eres negro? recoge algunos de ellos: los Conguitos, el Cola Cao, la canción playera de Georgie Dann… Impacta ver, por ejemplo, que en la portada de la mítica serie de Érase una vez el hombre no había una sola persona negra (tampoco ninguna mujer…). Por suerte, y según muestran las páginas del libro, fueron apareciendo otros referentes algo más talentosos, como Magic Johnson, Carl Lewis o Grace Jones. De todos modos, el favorito de Rubén siempre fue Ruud Gullit. Tanto que empezó a sentirse un poco holandés.

Bermudez-xq-negro-2

04 |El gesto de extrañeza. Al revisar el álbum familiar, Rubén descubrió algo común en muchas de las fotografías: una mueca de extrañeza; la de quien se siente —o a quien le hacen sentir— diferente; un gesto que puede metaforizar esa tensión permanente entre el silencio familiar y la insistencia de otros en preguntarle por su diferencia. Algunas de esas expresiones pueden apreciarse en la imagen que eligió La Fábrica para anunciar la presentación del libro.

05 |En conflicto con la identidad. Bermudez-xq-negro-3Si tú has nacido en Móstoles, te sientes español; tanto como cualquiera de tus vecinos, ¿no? Es lo normal. Por eso, cuando alguien te pregunta de dónde eres y le dices que de Móstoles, y no te cree e insiste en preguntarte que de dónde eres, al final, terminas por entender que esa persona cree que eres de fuera… Si eso te sucede muchas veces —y te sucede—, terminas sintiéndote no aceptado y en conflicto con tu identidad. Es más: terminas teniendo una infancia difícil y sintiéndote casi más holandés que español. Al fin y al cabo, en la selección de Holanda juega tu ídolo: el gran Ruud Gullit.

06 | La pérdida de la inocencia. A Lucrecia Pérez, la mató un guardiacivil por ser una «negra de mierda». Sucedió en Aravaca (Madrid) en 1992 y es considerado el primer asesinato racista de la España democrática. Rubén tenía entonces 11 años, cuenta en el libro, y añade: «El impacto fue tremendo. Ese día entendí que era negro».

07 | De niño simpático a joven sospechoso. Otro día, en un aparcamiento, le sucedió algo parecido a lo que había visto en el capítulo «Identidad errónea» de El príncipe de Bel Air: se quedó en el coche esperando a su madre y la policía, al ver un negro solo en un coche, se le acercó y le pidió el carné. «No tienes pinta de apellidarte Bermúdez», le dijeron. Lo humillaron, lo intimidaron. Ese día empezó a dejar de ser un negrito simpático para convertirse en potencial sospechoso de cualquier cosa mala que sucediese a su alrededor. Como Carlton en la serie, debió aceptar que la policía suele sospechar de ti si eres negro. Los perfiles raciales existen. Y se aplican.

08 | Tres fotógrafas, tres puntos de inflexión. En sus inicios, el proyecto de Y tú, ¿por qué eres negro? describió una trayectoria algo cambiante. Lo único que parecía claro era la constante acumulación de todo tipo de fotos y la libertad a la hora explorar cualquier arista relacionada con la negritud. Uno de los momentos clave para empezar a centrar el asunto sucedió cuando Rubén se incorporó a la revista Clavoardiendo; allí publicó 3 entrevistas con fotógrafas que lo marcaron en términos políticos: Inés Plasencia, quien le hizo ver que la fotografía es un agente importante en la construcción del racismo y lo puso sobre la pista de Guinea Ecuatorial; Agnes Essonti que lo ayudó con la clave autobiográfica; y Verónica Fieiras, cuyo trabajo sobre los desparecidos le resultó inspirador.

09 | Del gesto de extrañeza al gesto político. Rubén pertenece a ese grupo de artistas que se cuestionan desde dónde hacen las cosas, a quién se dirigen, cuál es el propósito de su trabajo. Él sostiene que la suya es «una mirada afrocentrada»; una mirada comprometida con la comunidad negra y rebelde contra el discurso fotográfico hegemónico. En el fondo, lo uno y lo otro están bastante unidos: casi toda la cultura fotográfica, explicó en la presentación, la ha producido la mirada del varón blanco, la mirada occidental; por tanto, a un negro mostoleño como él, formado en esa tradición tan poco diversa y centrada en sí misma, lo único que le queda es reapropiarse de ese imaginario y devolvérselo a la sociedad convertido en otra cosa. ¿Por ejemplo? En forma de un fotolibro que es un ensayo visual sobre la negritud.

Bermudez-xq-negro-1

10 | El significado del color. «Ser negro es una construcción social. En Senegal yo no sería negro», dijo Rubén. Tampoco lo sería, insistió, si tomamos como referencia el trabajo Humanae, de Angélica Dass, sobre el color de la piel. Asimismo, la negritud es una construcción sobre la que conviene pensar. Al respecto, Rubén habló de algunas lecturas o artistas que lo han marcado: desde clásicos como Malcom X, Martin Luther King, Franz Fanon o Angela Davis a El Chojin, Ta-Nehisi Coates o Chimamanda Ngozi Adichie.

11 | Un libro con destinatario. Y tú, ¿por qué eres negro? es un libro que busca aportar algo constructivo a la comunidad negra. «No necesitamos otra historia de sufrimiento», dijo Rubén. De ahí que determinadas decisiones estéticas puedan leerse también en clave política; por ejemplo, evitar las imágenes de negros sufriendo (o, en todo caso, ponerlas fuera del encuadre). Es decir: evitar lo mil veces contado y proponer algo distinto, huir de la historia única y crear ese libro diferente que a él le hubiera venido bien encontrar en algún momento de su vida. Por ahora, dijo, los blancos lo reciben como un aprendizaje o una patada. En cambio, a los negros, les llega como lo que necesitan: un abrazo.

Bermudez-xq-negro-5


fotografia

Visita nuestra sección Otras perspectivas para conocer la propuesta de artistas urbanos y fotógrafos.

Arte urbano y Fotografía

Gurumbé, las raíces negras de España

Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

@estoy_que_trino / @lauracaorsi

La música puede cantar lo que no cuentan las enciclopedias; aquello que, por alguna razón, decidimos olvidar a la hora de construir el relato oficial de quiénes somos y de qué influencias nos hemos nutrido. Algo que deja claro Gurumbé, el documental de Miguel Ángel Rosales, es que España tiene raíces negras y que, por mucho que hayamos querido ocultarlas, esas raíces pueden rastrearse a través de la documentación histórica y el flamenco. Las claves de este trabajo –así, a vuela teclado–, podemos resumirlas en tres: los negros curros que llegaron a La Habana como hombres libres en el siglo XVI, el compás de 12 tiempos como el legado africano que nunca dejó de latir en el cancionero de España y el intenso trabajo académico de varios especialistas —Aurelia Martín Casares, Isidoro Moreno o Arturo Morgado, entre otros— sobre la compraventa de esclavos en Cádiz y Sevilla.

gurumbe-aficheMientras uno ve el documental, hay una pregunta que no para de rondarle: ¿cuándo me contaron en el colegio o en el instituto esta parte de la historia de España? Y la respuesta, como con otras partes poco vistosas de nuestro pasado, es que nunca. En nuestro relato oficial, los esclavistas eran otros: Francia, Inglaterra, Portugal… Y la esclavitud ocurría muy lejos: al otro lado del Atlántico. Sin embargo, Cádiz y Sevilla florecieron gracias al comercio y la permanencia de esclavos africanos (unos esclavos a los que, como corresponde a la época, consideramos como seres inferiores y maltratamos). Gurumbé nos hace pensar sobre esas herencias que no reconocemos ni aceptamos, pese a que forman parte de lo que somos. El esclavismo y la cultura ligada a él es una de ellas.

Además de un legado judío y uno árabe, Gurumbé nos pide que hagamos sitio para otro más: el negro. Al fin y al cabo, la población esclava de Sevilla y Cádiz llegó a representar un 10 % del total en los siglos XVII y XVIII.

Dos curiosidades para la charla en el bar: la posibilidajuan_pareja_diego_velazquezd de que la palabra fandango sea africana. Al parerecer, fandan significa ‘fiesta’ en kikongo, una de las lenguas bantúes, y el sufijo -ngo es una típica terminación africana. No es por casualidad que el diccionario de autoridades de 1732 se refiera a él como un ritmo bullicioso que se toca al compás de los tambores de los indianos.

La otra es que Velázquez tuvo por ayudante a un esclavo llamado Juan de Pareja, muy conocido por dos motivos: el primero, ser el protagonista del lienzo Retrato de Juan de Pareja; el segundo, una vez que Velázquez lo liberó en 1654, Pareja ejerció como pintor profesional. De hecho, un cuadro suyo, La vocación de San Mateo, se exhibe hoy en el Museo del Prado.

A modo de complemento, y mientras te haces un hueco para ver el documental, te enlazamos un par de reseñas: «La raíz negra (y esclava) de Andalucía», publicada por eldiario.es, y «Gurumbé, las raíces negras de España llegan a la Cineteca de Madrid», publicada por Wiriko. El tráiler es este:

Documentales Películas