Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

*

¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

Said-Getxo

Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Entrevista Libros

Diversidad de andar por casa: luna 3

Llegamos a la tercera parada de nuestro proyecto Diversidad de andar por casa. Bélgica, Senegal, Bangladés, Rumanía, Paraguay o Filipinas son algunos de los países que nos han enseñado cosas nuevas en los últimos 30 días. A lo largo de este mes lunar, hemos ido registrando en nuestro Instagram varios descubrimientos gastronómicos, literarios y hasta históricos. Entre ellos, uno bastante curioso: cómo el famoso pimentón de la Vera tiene origen americano y debe su nombre a una confusión.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

Las migraciones, además de personas y capitales, también ponen en movimiento objetos y mercancías. Esta es una de las cosas que hemos descubierto en este tercer tramo del camino: existen varias empresas que se dedican a la logística y que transportan las cosas que los migrantes envían a sus países de origen, ya sea para sus familiares o porque retornan. En los últimos días hemos probado nuevos ingredientes y maneras de preparar la comida —como la oreja a la filipina, que se ve en la foto de portada—,  hemos asistido a una charla con el escritor nicaragüense Sergio Rodríguez y hasta nos hemos sorprendido (mucho) al descubrir otras maneras de tomar mate que no conocíamos.

Si quieres acompañarnos en nuestro aprendizaje día a día, síguenos en Instagram. Para ver los hallazgos de este mes, echa un vistazo a las fotos:

Artículo

La red solidaria que envuelve al Puerto de Bilbao

Alrededor de 70 personas viven acampadas en las inmediaciones del Puerto de Bilbao. Son, en su mayoría, muchachos jóvenes procedentes de Albania que han decidido emigrar a Reino Unido y que tienen muy pocas posibilidades de ingresar legalmente al país. Por eso lo intentan como polizones, en los ferris que conectan las ciudades portuarias del continente (como Bilbao, Santander y, antes, Calais) con la isla. Los chavales —casi todos menores de 25 años—, van en busca de un lugar donde haya trabajo y la perspectiva de un futuro mejor, pero en su camino encuentran no pocas barreras que torpedean constantemente ese proyecto.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Desde 2017 a la fecha, el Puerto de Bilbao se ha blindado a estos migrantes que, pese al nuevo muro de 4 metros de altura que bordea el área, el incremento de la vigilancia y los sucesivos desmantelamientos del campamento donde residen, siguen intentando montarse en los barcos. Durante el año pasado, según las cifras de la Guardia Civil, hubo más de 3.800 intentos frustrados. Más de 50 por persona.

Sobre esta situación, mucho se ha dicho y escrito en la prensa. Casi siempre, desde la perspectiva de las compañías navieras, la Autoridad Portuaria o los transportistas (estos últimos se enfrentan a multas de 2.200 € si desembarcan en Reino Unido con un polizón). De momento, el foco no está puesto en las historias de estos jóvenes, cuyos relatos e ilusiones no son muy diferentes de los de cualquier chaval español, excepto porque sus pasaportes abren menos puertas. Tampoco se menciona la impresionante red de solidaridad ciudadana que se ha tejido en pocos meses para arropar a estos chicos y dignificar mínimamente su espera hasta que tenga lugar la partida.

El artículo que escribí para El Salto aborda estas dos cuestiones. Lo hace de la mano de Merce Puig Zuluaga y Heri Lago-Lekue, dos vecinos de Vizcaya que forman parte de esa red solidaria; y de Shefqet Lami, uno de esos chavales de Albania que llegó hace 6 meses y que, a día de hoy, vive en Barrika. Sus testimonios ayudan a entender mucho mejor lo que ocurre en este punto de la costa vasca. Puedes leer el reportaje completo aquí.

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Artículo

Diversidad de andar por casa: luna 2

Avanzamos en nuestro proyecto Diversidad de andar por casa, un experimento fotográfico con el que intentamos estar más atentos a la variedad cultural que nos rodea y, sobre todo, averiguar hasta qué punto somos permeables a ella. Desde que lo iniciamos, el 16 de febrero, hemos aprendido unas cuantas cosas sobre música, gastronomía, rutas migratorias, literatura u oficios. Y, día a día, mientras registramos nuestros pasos en Instagram, comprobamos que hay mucho para descubrir y sorprenderse sin alejarse demasiado de casa.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

En esta segunda etapa de nuestro camino —que viene marcado por las fases lunares del calendario tradicional chino, como explicamos aquí—, hemos disfrutado de buena música y hemos bebido cosas ricas y distintas, como el bissap y el licuado de baobab. También leímos un par de libros interesantes, cocinamos nuestra primera yuca, practicamos un poco de kazajo y cenamos una tortilla de crisantemos.

Artículo

Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui

En Límites y fronteras (Milenio, 2008), Saïd El Kadaoui habla de las fronteras mentales y culturales que debemos cruzar para acercarnos a los demás, pero también para dejar que los demás se acerquen a nosotros. Asimismo, reflexiona sobre la importancia de separar los fantasmas personales del intento de justificarlo todo a partir de las diferencias culturales. Si bien no vuela a la misma altura que la estupenda No (Catedral Books, 2017) —casi diez años de madurez literaria las separan—, Límites y fronteras es una lectura fresca a la par que profunda y valiente sobre esa variante de lo euroárabe que es la construcción de la identidad hispanomarroquí. A continuación, once ideas sobre lo difícil que es ser un híbrido cultural que nacen de la lectura de esta novela. Por cierto, el jueves 19 de abril Saïd y yo estaremos hablando sobre sus libros en el Aula de Cultura de Getxo (Bizkaia) a las 19 h.

por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

limites-y-fronteras-kadaoui-libro01 | La ciudadanía euroárabe, de 2.ª División. Hay pertenencias y pertenencias, y unas son más fáciles de armonizar que otras. En Límites y fronteras, Saïd El Kadaoui deja claro que conciliar lo árabe y lo europeo es muy complicado: muchas personas perciben que son identidades opuestas sí, incluso excluyentes (quién lo diría después de haber convivido algo más de 9 siglos en este mismo territorio, ¿verdad?). De hecho, ahí estriba en gran medida el drama de la identidad hispanomarroquí: a un lado del Estrecho, se te critica por ser un mal marroquí y, a este, como mucho, alcanzas a ser un moro simpático o un marroquí al que se le elogia que no parece un marroquí. Ser euroárabe, viene a decir Kadaoui, es como jugar siempre en 2.ª División, esto es, ser un ciudadano con menos derechos que otros.

02 | Cuando ser marroquí se vuelve algo humillante. Las migraciones convierten la identidad en un laberinto de sentimientos contradictorios donde la mayoría de personas se extravían tarde o temprano. En el caso de Ismaïl —el protagonista de la novela—, eso está relacionado con que vive su condición de marroquí como algo humillante, lo cual introduce una tensión brutal en sus relaciones familiares, laborales o de amistad. Él lo vive así porque su madre y su padre perpetúan, en parte, ese estereotipo: solo hablan bien amazig, tienen un pobre bagaje intelectual y son firmes defensores de aspectos retrógrados de la tradición. En fin, existe mucha diferencia entre lo que su familia considera como normal y lo que él vive en la escuela, la calle, el trabajo, etcétera.

03 | La obsesión por la normalidad. Dos citas para ilustrar lo dicho en el apartado anterior, ambas relacionadas con la lengua y el ámbito escolar:

«Yo era un niño y mi obsesión era ser como los demás. […] quería tener unos padres normales que fueran al colegio y hablaran bien el catalán con mis maestros sin necesidad de que yo estuviera allí traduciéndoles las palabras que no entendían».

 «En cambio, otras veces la odiaba a ella [a mi madre] y a mi padre por obligarme a invertir nuestros roles. Yo quería que fueran ellos los que me explicaran qué significaba aquella palabra que no entendía, qué significaba aquella noticia que estaban dando por la tele y que me ayudaran con los deberes».

04 |El conflicto con la sociedad. La sociedad española suele asociar lo marroquí con la suciedad, la pobreza, la barbarie y el integrismo religioso, y casi nunca con imágenes positivas. Ismaïl, pese a que lleva más de 20 años viviendo aquí, choca cada tanto con el peso de ese estereotipo. Es más: siente que no lo reconocen como ciudadano catalán, español y europeo, a pesar de que él habla catalán, español y francés, tiene una educación superior a la media y ha pasado 2/3 de su vida aquí. Por tanto, al conflicto familiar hay que sumarle el social. ¿El resultado? Un proceso de fatiga emocional alimentado por ciclos de odio y amor contra todo y contra todos. De ahí a la neurosis, o al brote psicótico, como demuestra Ismaïl, el camino es corto.

05 | El conflicto con el territorio. Al no poder construir una doble pertenencia real, Ismaïl responsabiliza a los países de sus males y los utiliza como contenedores donde descargar su rabia y su frustración. Eso sí, sus sentimientos son tan contradictorios como en el plano personal: defiende «a Marruecos cuando está en España y a España cuando está en Marruecos»; entre otras razones, porque nunca sabe a ciencia cierta si sería más europeo olvidándose y renegando de Marruecos o si, por el contrario, empezarían a considerarlo mejor marroquí si odiase a Europa y atase su destino a una versión del tradicionalismo que le resulta castradora. Vive permanentemente en esa tensión. Así, y dado que la frontera entre la idealización y el desprecio es muy delgada, termina forjando asociaciones absurdas, como «marroquí-enfermo, europeo-normal». Unas asociaciones, todo sea dicho, que favorece la impermeabildad de la sociedad europea a lo árabe.

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06 | La eterna confusión de lo musulmán con lo árabe. Mientras rememora su adolescencia, Ismaïl cuenta una escena que refleja cómo la escuela perpetúa los estereotipos con la misma intensidad con que se supone que debería combatirlos. Un profesor de Ismaïl asume —sin preguntarle— que, como el chaval nació en Marruecos es musulmán y que estaría bien que sea él quien hable ante la clase sobre el islam. El profesor ni siquiera se detiene a pensar que Ismaïl vive en Barcelona desde los 7 años. La reflexión de Ismaïl, años después, ilustra la incapacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro y pensar cómo sería la situación a la inversa:

«[Yo] No tenía ni puta idea de lo que era el islam. Mis padres me explicaron algunas cosas que no alcancé a entender porque no me interesaba y porque no estaba capacitado para entenderlo. Fui agobiado al colegio y le expliqué a aquel capullo y al resto de la clase cuatro tonterías. Después me encontré que tenía que responder a preguntas sobre el velo, la poligamia, el cerdo, el vino y la madre que los parió a todos. ¡Qué podía decir yo! ¿Acaso un niño cristiano sabe explicar la Inquisición, la Pascua, el sentido de los muñequitos en las iglesias, las hostias, la comunión, los ramos de pascua por los que yo sentía tanta curiosidad?».

07 | El síndrome de «Mi hijo, el doctor». Sabemos que cada familia es infeliz a su manera. La de Ismaïl vive presa de ciertas inercias, no tan distintas de las que han conocido muchas familias españolas cuando la primera generación de sus hijas e hijos llegó a la universidad a finales del siglo XX.  En la familia de Ismaïl, conceptos como ganarse bien la vida o ser el orgullo de la familia pesan mucho y tiene su aplicación práctica en mandatos sobre qué estudiar. Así nos lo deja ver a través de una intervención de su madre:

«Ohhh, literatura francesa. A tu padre no le va a gustar nada esto que quieres estudiar. ¿De qué te va a servir? Tu padre dice que solo te servirá para que te olvides de tu país. ¿Por que no te haces médico? Podrías trabajar también en Marruecos. Allí podrías ser muy útil y te ganarías muy bien la vida. Te convertirías en ‘mi doctor’. Tu padre no cabría en sí de contento. Siendo doctor podríamos buscarte la mejor mujer de todo Nador y haríamos una boda que sería la envidia de todos, y yo sería la madre más feliz del mundo».

08 | Ser extranjero también en Marruecos. A lo largo del libro, Ismaïl relata varios viajes familiares, en diferentes etapas de su vida, al pueblo donde nació. De ese modo, vemos cómo el conflicto de la doble pertenencia empieza en la infancia cuando la familia marroquí lo trata como si fuera una atracción de feria y cuando Ismaïl se siente más cercano a los primos que migraron a Holanda, Alemania o Francia que a los que viven en Marruecos. Además, asistimos a su proceso de maduración, que incluye contestar preguntas como «¿Te gusta España, te has olvidado de nosotros?» o lidiar con la susceptibilidad con que los demás reciben sus opiniones sobre cualquier asunto marroquí. En definitiva, Ismaïl nos descubre un aspecto duro de las migraciones familiares: la doble extranjería.

09 | El tradicionalismo como asfixia. Un elemento que vuelve muy complicado llevarse bien con su parte marroquí es la parte retrógrada que hay en el tradicionalismo. Su parte europea choca contra la noción marroquí de leyes familiares y, sobre todo, contra la implacabilidad con que rigen el destino de sus primas y primos. En particular, Ismaïl muestra lo asfixiante que le resultan la relevancia que se da a la virginidad femenina, los matrimonios concertados, la edad a la que debe casarse una mujer o la trascendencia social de la boda. De algún modo, eso le obliga a que su idea de Marruecos se debata entre dos modelos: uno, el liderado por su madre y su abuela, que consideran su deber perpetuar lo peor del tradicionalismo; otro, más moderno, encarnado por Fatema Mernissi, que se rebela contra la tradición y que busca vías para alentar la apertura cultural. En fin, decir «soy marroquí» implica también pensar sobre ese tipo de tensiones.

10 | La imposibilidad de regresar. La complejidad de ciertas migraciones conlleva que el regreso al país de origen sea casi imposible. De ahí que el reto sea construir una identidad abierta, múltiple, en permanente proceso de construcción. Ismaïl lo refleja así: «Yo ya no volvería a instalarme en Marruecos, no puedo. Hablo mejor el castellano y el catalán que el amazig y no tengo ni idea del árabe. La verdad, tampoco creo que fuera la solución de nada. Pero sí que hay algo que me preocupa. Quiero llegar a sentirme cómodo con esta doble nacionalidad». Y es que, como señala Ismaïl, la persona migrada «se siente sin propiedad porque cree que ser emigrante es alejarse irremediablemente no solo de una tierra, sino de un trocito de lo que uno es». Es decir: quienes migran no solo se alejan de su país de origen; también lo hacen de quiénes fueron en algún momento de su vida.

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11 | El ojo crítico vs. el ojo destructivo. «Cualquier crítica que asomaba en mi cabeza de Nador o Marruecos, en general, la vivía con sentimientos de traición», dice Ismaïl. Una de las grandes reflexiones que deja la lectura de Límites y fronteras es que la cultura —sea la marroquí o la española— no puede ser algo poco poroso, que obstaculiza el intercambio con lo diverso y que se atrinchera en el afán por defender unas supuestas esencias. La noción de cultura implica permeabilidad, mezcla, dinamismo; si no difícilmente puede ser cultura. Además, como señalaba Juan Goytisolo en Universos imaginarios, «Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto de las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido». Por tanto, si las culturas española y marroquí devienen en una suerte de bloques de hormigón impermeables a su influencia recíproca, solo estaremos construyendo, como sostiene Ismaïl, cárceles «de palabras, de creencias, de ideas y de automatismos». Y eso conlleva un peligro: terminar creyendo que criticar nuestra cultura es criticar nuestras raíces y poner en peligro todo lo que somos. Seamos de donde seamos.

*

P.D.: La novela abarca más temas que la identidad —la salud mental, el sexo o las relaciones personales, entre ellos— y da cabida a más personas que a Ismaïl; sin embargo, como Un puerto que cambia habla de migraciones, la lectura se ha centrado en esa arista. Si buscas información adicional, échale un vistazo a lo que cuenta Kadaoui en su blog. Además, en la Biblioteca Virtual del Instituto Cervantes, puedes leer o descargarte un fragmento del libro. Y, si te queda cuerda, puedes ver esta entrevista:


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Libros

Veronika Drazdova: raíces bielorrusas, corazón en Bilbao

«No somos bichitos raritos: tenemos nuestra cultura… Queremos poner nuestro granito de arena». Veronika Drazdova (Minsk [Bielorrusia], 1981) estudió teatro en la universidad, así que la palabra cultura tiene resonancias muy potentes para ella. De hecho, la música, el diseño, la pintura, la fotografía o la literatura son fundamentales en su día a día: alimentarse de la creatividad ajena le parece algo fundamental a la hora de estimular la propia.

Por eso mismo, Moiqut —su tienda— es un sitio donde se compra ropa y se habla de moda, pero también es un espacio donde se celebran conciertos, fiestas, exposiciones o lecturas dramatizadas. Incluso dispone de un punto de lectura —«Hasta en las mejores familias, hay una oveja lectora», dice un pequeño cartel— donde intercambiar libros y conversar sobre ellos. Además de ropa, Veronika procura vender alegría, buen humor y una buena dosis de creatividad en todo lo que hace. Esta es su historia.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

Un día iba caminando por Barcelona y encontró un libro abandonado en un banco. Era una novela. Se la llevó a casa, la leyó y sintió que eso era lo que necesitaba leer en ese momento de su vida. Cuando terminó el libro —El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson—, lo colocó en otro banco y deseó que tuviese el mismo efecto balsámico en otra persona. Por eso, en su tienda de ropa, ha reservado un espacio para el intercambio de libros y organiza otras actividades; por el placer de conocer gente y generar una pequeña comunidad con la que compartir afinidades.

MoiqutNacida en Minsk (Bielorrusia) y dramaturga de formación, Veronika Drazdova ha trabajado como dependienta desde que tenía 18 años. Mientras ganaba experiencia como empleada, supo que algún día tendría su propia tienda y que esa tienda suya sería algo especial. Imaginó un espacio donde la ropa se rodeara de arte, desde exposiciones de cuadros y actuaciones musicales hasta obras de microteatro y lecturas dramatizadas interactivas, como las que hacía en la universidad. Incluso pensó que estaría bien organizar fiestas cada tanto para que su clientela se conociera entre sí, pasara un buen rato y pudiera degustar una dosis de talento emergente.

Todo eso lo materializó en Bilbao, donde pudo concretar su idea. «Me gusta mucho el arte; disfruto con él. Cada vez que vienen artistas nuevos, me inspiran», explica. En los carteles de la tienda aún conserva el póster de la fiesta de febrero, donde tocaron los músicos Irrintzi Ibarrola y Peri & Gros, o donde la fotógrafa Teresa Ormazabal expuso su trabajo Transferencias.

Precisamente, una pieza de Teresa Ormazabal le sirve a Veronika para explicar qué le aporta rodearse de arte. «Un cuadro suyo me ayudó a entenderme mejor a mí misma: ahora sé que soy la capitana de un barco solitario sobre un mar de zanahorias», dice. Y, consciente de la sorpresa que inspira la imagen que evoca, añade: «¿Que por qué un mar de zanahorias? No hay explicaciones profundas… Es algo visual».

A la vista de la ropa desenfadada que vende —y que elige en ferias de Londres o París—, resulta sencillo captar su gusto artístico. Sus prendas preferidas tienen formas asimétricas, son minimalistas y utilizan tonos suaves. También el espacio refleja su interés por lo estético: la tienda es diáfana, con poca ropa —pero elegida con mimo— e invita al contacto personal. Esto último es clave para ella: le encanta conversar con todas las personas que entran. Disfruta de la cercanía.

Un proyecto viable

La idea de un local así surgió en sus paseos por el barrio de Malasaña, cuando vivía en Madrid. Allí trabajó siete años en una tienda que vendía ropa de segunda mano y que desempeñaba una intensa labor solidaria en África. Se implicó tanto y tan a fondo en el proyecto que casi termina de cooperante en Mozambique. Impulsiva y llena de energía como es ella, pensó que esa era la mejor manera de salir del estancamiento laboral al que sentía que había llegado. Sin embargo, supo dar un paso atrás a tiempo y reorientar su espíritu social.

Fruto de esa crisis, le quedaron dos enseñanzas. Una, la filosofía aprendida en aquella tienda: mejor arreglar pequeños problemas concretos que aportar dinero para grandes causas generales. Otra, lo que le pedía el cuerpo: cambiar de ciudad. Por eso, cuando unos amigos hace nueve años le dijeron que por qué no venía a Bilbao y los visitaba, dijo enseguida que sí. «Era mayo, llovía —cómo no—, salimos a pasear y me fijé en los abedules, en las ventanas iluminadas y las escenas familiares que se entreveían detrás de esas cortinas: la tele parpadeando, gente cenando…». En ese preciso instante quedó prendada de Bilbao. Sintió que aquí podría encontrar algo que echaba de menos desde que salió de Minsk: la sensación de hogar.

De hecho, el nombre de su tienda, Moiqut, significa ‘hogar’, aunque antes de tener la acogedora apariencia de hoy, fue una ferretería. Como recuerda Veronika, el local estaba lleno de estanterías y albergaba unas 8000 tuercas cuando ella y su pareja lo cogieron para reformar. Ahora, la tienda alberga una de aquellas estanterías —donde se encuentran los libros— y el techo conserva el aire industrial que una vez dominó la atmósfera.

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El proyecto lo supervisó Lan Ekintza, de quien Veronika valora que actuara como un interlocutor crítico para afinar su idea. «Yo tenía un proyecto y me ayudaron a poner las bases. Todavía tengo una asesora que sigue la evolución del negocio, me recomienda cursos, me da consejos…», detalla. Y, con orgullo de alumna aplicada, agrega: «Estoy siguiendo el plan de negocio que presenté, paso por paso».

Fruto de esa perseverancia en el trabajo bien hecho y de la creatividad que ha demostrado al colaborar con otros comercios o la facultad de Bellas Artes, la tienda recibió hace poco un reconocimiento institucional: «Nos han dado la baldosa al comercio innovador». También el de la gente: en el certamen Arteshop Bilbao 2017, que mezclaba artistas y tiendas, ganaron el premio del público.

Una ciudad donde madurar

Veronika aprecia particularmente la vida cultural bilbaína. Apoyó desde el inicio la apuesta teatral de Pabellón n.º 6, va a la ópera al Euskalduna —sobre todo, si ponen Carmen— y disfruta mucho de los conciertos de Bilborock y de la música en directo en el Residence. «También me quedo con lo verde, con los parques… En cualquier sitio te sientas en un banquito y hay zonas de confort; a algunos les parecerá una tontería, pero otros valoramos mucho eso», subraya.

Bilbao es, sobre todo, una ciudad que le permite construir relaciones personales a su medida: «Soy de ir siempre a los mismos sitios y tomar tal pintxo en tal bar… ¡Llevo nueve años yendo a la misma peluquería!». Sus rutinas no son manías; simplemente, le gusta sentir que tiene raíces aquí, que forma parte de la comunidad. Cuando entra en esos locales y la saludan por su nombre, se siente como en casa.

Migrar implica mucha soledad, especialmente en ciertos periodos; de ahí que Veronika rehuya de lo impersonal. Si bien los inicios fueron duros, ahora, después de tantos años, la situación es la contraria: «Dedico tiempo a las personas que me importan, y son muchas. Cuando llegan las Navidades, lo difícil es cuadrar fechas con todos los amigos y amigas de la cuadrilla. ¡Me faltan fines de semana!».

Según ella, no tiene idea de marcharse. «Aquí me han dado la posibilidad de montar el negocio. En otra ciudad,no sé si hubiera sido posible», especula. Además, ha conseguido lo que buscaba: proximidad con las personas y un entorno amable donde crecer sin sobresaltos. «He madurado en Bilbao —dice—. He aprendido que se puede vivir siendo fiel a ti misma». Quizá eso ayude a entender una frase en bielorruso que está pintada en su tienda y que se lee nada más entrar: «Lo que empezó siendo un refugio, ahora es mi casa».

Segundas impresiones