67 | Luis

La Asociación de Peruanos en Vizcaya (APERVIZ) ha organizado un Festival Internacional con música, danza, teatro y literatura. Los eventos se desarrollarán mañana y el próximo domingo, en el Teatro de La Salle y en el BEC. Como dice Luis Quijano, el presidente de la asociación, «será un festín para los sentidos y una gran oportunidad para que todos nos conozcamos mejor».

A un paso de que comience el primer ‘Fest-in’ de Bilbao, Luis Quijano se encuentra emocionado y expectante. Como presidente de APERVIZ, la asociación que organiza el evento, este periodista nacido en Puno y afincado en Bilbao desde hace cuatro años tiene en sus manos la responsabilidad de ultimar los detalles. «Estamos preparándolo desde abril, cuando presentamos el proyecto en la Diputación», precisa; aunque es ahora, en la recta final, donde las ilusiones se precipitan.

El festival se dividirá en varias partes. La primera, mañana, será una muestra de arte escénico y tendrá como escenario el Teatro de La Salle, en Deusto. A las 19.00 horas, la compañía Nueva Gente interpretará la obra ‘Oír no es escuchar’. «Por contenido y por reparto es una apuesta intercultural, ya que el elenco está formado por diecisiete actores procedentes de nueve países distintos -dice Luis-. Y la idea es que el público sea también lo más amplio y diverso posible, así que la entrada es gratuita».

La propuesta continúa el domingo 16 en el BEC, aunque allí no habrá teatro, sino música y danza tradicional de una veintena de países que van de Ecuador, Bolivia y Colombia hasta Ucrania, Guinea y Euskadi. «La principal diferencia con otros festivales es que, en éste, habrá un concurso», adelanta Luis. «Al existir un jurado y un premio, no se trata de presentar bailes simplemente, sino de que cada grupo dé lo mejor de sí; que cada uno se empeñe en transmitir su folclore y su significado cultural del modo más completo posible».

La otra particularidad es que, entre las asociaciones participantes, hay algunas de Santander, Guipúzcoa, Álava y Navarra, pues la cita pretende tener repercusión regional. «Hay muchas agrupaciones culturales en todas estas provincias, aunque elegimos celebrar el ‘Fest-in’ en Bilbao porque la capital vizcaína es el eje de la zona norte», explica Luis y subraya que la diversidad cultural y étnica es «fabulosa» en Euskadi.

Literalmente, «todo el mundo está en Bilbao y por ello queremos que se vea lo mejor de cada cual. Las noticias sobre inmigración suelen ser negativas -lamenta el periodista- y muchas veces olvidan mostrar la cara bonita y amable de esta coyuntura social, que también existe».

Embajadores de la tierra

La iniciativa no se agota en el baile. Va unos pasos más allá. Junto al escenario principal, habrá unos cuantos stands de los países participantes, donde «se mostrarán distintos productos culturales, artesanales y de alimentación» y en los que, además, cada país mostrará su mapa. «Muchas veces, la gente nos llama sudamericanos o africanos y ya está. Con la generalización se pierden las diferencias, las cosas propias de los países. Hemos pensado que, con un mapa que indique la ubicación geográfica, la capital y algunos datos básicos de los estados, todos aprenderemos algo más de los demás», indica Luis. Porque «el aprendizaje, más que una danza bonita, es la base del proyecto». Y eso vale para todos, sean extranjeros o no.

«Queremos cuidar aspectos como la puntualidad y la seriedad para que todo funcione bien. Los participantes deben entender que son embajadores de su tierra, en esto y siempre» opina este periodista, que viajó a Bilbao por trabajo y acabó enamorado de la villa. «Me gusta. Conecto bien con los vascos porque la gente de aquí es inquieta, laboriosa y creativa. Además, tengo el privilegio de vivir la transformación de la ciudad, que experimenta un cambio constante en arquitectura y sociedad. Es fácil sentirse parte de ello. Por esta razón es que nos propusimos cooperar con un espacio de encuentro y conocimiento mutuo».

2008 América del Sur Ellos

57 | Jaime

Su vocación le ha hecho viajar por medio mundo y residir en países distintos al suyo. «Mi vida era el fútbol», dice este deportista. También era su trabajo, pues Jaime Giordano fue entrenador de porteros en el Cienciano de Cuzco, el equipo que se alzó con la Copa Sudamericana de Fútbol en 2003 y la Recopa de 2004. Desde junio vive en Bermeo, donde intenta abrir camino para sus hijos.

Llegó a Euskadi hace un par de meses y todavía está en la fase del descubrimiento y la adaptación. De momento, «todo es nuevo», aunque él sea casi un experto en asimilar otras culturas. Su trabajo como entrenador profesional de fútbol le ha permitido conocer una extensa lista de países e, incluso, residir en alguno de ellos, como Estados Unidos, donde vivió durante un año. «Cumplí 47 años allí, lejos de mi familia, y fíjate cómo son las cosas, este domingo cumpliré los 49 aquí, otra vez lejos de mi mujer y mis hijos».

Pero su venida al País Vasco no es igual a sus viajes anteriores, ya que no está ligada al fútbol ni a un objetivo inmediato. La decisión de emigrar a Euskadi es, más bien, un proyecto a largo plazo. «Mi cuñado y su mujer viven aquí desde hace tiempo y fueron ellos quienes me convencieron. Cuando me plantearon la posibilidad, yo estaba trabajando en Perú, donde administraba un complejo deportivo, y hacía poco que había vuelto de Norteamérica», relata.

Al principio, la idea no le resultó atractiva. Venir significaba una nueva separación, así que no fue una elección sencilla. Ni rápida. «Tomamos la decisión en familia y fue duro -recuerda-. Es verdad que yo podría haberme quedado en Lima, pero también es cierto que uno siempre intenta progresar. En realidad, con la edad que tengo y las experiencias profesionales que he vivido, yo me siento una persona realizada. El tema es el futuro, son los hijos. Como cualquier padre, deseo que ellos se puedan desarrollar plenamente y tengan más posibilidades que las que he tenido yo. Todo sacrificio vale la pena si quieres lo mejor para tus hijos», reflexiona.

Y lo mejor «no está en Perú ahora mismo, sino aquí, en Europa, donde hay más campo de acción», señala. El entrenador piensa, por ejemplo, en su hija mayor, que está a punto de acabar el instituto, o en su hijo del medio, que tiene doce años y talento para el fútbol. «Aquí hay excelentes universidades y clubes deportivos donde podrían estudiar o intentar dedicarse a lo que les gusta, donde el éxito dependerá en gran medida de sus esfuerzos».

En el caso del fútbol, que Jaime conoce al dedillo, la diferencia es abismal. «En mi país es muy difícil jugar en un equipo importante y también hacen falta medios. En Estados Unidos, que sí tiene recursos, este deporte no despierta gran afición. Es mentira eso que dicen sobre el auge del fútbol en Norteamérica. Allí no hay pasión de masas como en América del Sur o España», compara.

Lo que haga falta

La intensidad con la que se vive el fútbol y la similitud cultural fueron, de hecho, los factores de peso que le trajeron hasta aquí. Ante la idea de abrir camino para sus hijos, Jaime podría haber regresado a Estados Unidos y mejorar su economía, pues ya conoce el país y tiene un visado válido hasta 2015. No obstante, aquí tiene una parte de su familia y, como dice, se siente muy a gusto y muy bien.

La idea es que los suyos vengan a Euskadi el año que viene y, mientras tanto, «trabajar en lo que haga falta» para que eso sea una realidad. Aunque hace poco que llegó, el entrenador se puso en marcha enseguida y, a los diez días de estar aquí, empezó a trabajar en el sector de la hostelería. Ahora combina esa actividad con otra, en una conservera bermeotarra, y sigue buscando oportunidades para poder «echar el ancla».

Lógicamente, echa de menos su profesión, pero insiste en que los hijos son la prioridad y, además, no descarta volver a estudiar. «Me encantaría hacer un máster o un curso avanzado -confiesa-. Nunca es tarde para plantearte un cambio o para volver a empezar».

2008 América del Sur Ellos

34 | Lucho

Los Bomberos de Bilbao se desnudaron ante sus ojos y de aquella sesión de fotos surgió un producto incendiario: un calendario sugerente y sexy que estremeció a la sociedad. Tras la cámara, estaba él, un experto en trabajar con la luz, pero siempre ubicado en las sombras; por ello sus retratos son más conocidos que su propio rostro. Se llama Lucho Rengifo, es fotógrafo de profesión, peruano de nacimiento y nuevo vasco por elección.

Lleva veinte años afincado en Vizcaya, aunque recuerda con precisión que llegó por casualidad. «Vine aquí por una chica que entonces era mi novia», detalla. Antes de eso, vivió en Londres durante tres años y medio, donde intentó estudiar teatro pese a no dominar el idioma. «De verdad, me apasionaba –confiesa–. Cuando surgió la posibilidad de viajar a Inglaterra por el trabajo de mi padre, no lo dudé. Pedí una excedencia de un año en la facultad de Ingeniería y me marché a probar suerte». Desde entonces hasta ahora, sólo ha vuelto a Perú por turismo, por sus padres y su hermana, la querencia que más extraña.

Pero no fue la actuación, sino la fotografía, la disciplina que lo cautivó. «Yo estaba convencido de que el teatro era lo mío –asegura–, hasta que ‘ella’ se cruzó en mi camino, me sedujo y me enamoró. Al final, me rendí a sus pies. Hice un curso para dominar la técnica, y el resto lo descubrí yo solo», relata este «autodidacta» en permanente idilio con su profesión.

Llegó a Euskadi en ese estado pleno, con la sensación de que todo era posible y de que se comería el mundo enseguida. «Pensaba que iba a arrasar, pero no». La verdad es que tardó unos años en alcanzar esa meta soñada. «Fui realizando mi trabajo a conciencia, paso a paso, desarrollándome técnica y creativamente», relata. Así conoció el mundo de la moda, los certámenes de belleza, la fotografía publicitaria, las pasarelas… y ¿los Bomberos de Bilbao?

¿Cómo se enmarca esa instancia en su trayectoria profesional? Fue otro guiño de la vida que le llegó por casualidad. «Los bomberos querían recaudar fondos para hacer un viaje a Australia y pensaron en un calendario que pudieran vender con ese fin. Uno de los chicos conocía mi trabajo y entonces me llamaron para fijar una reunión», explica. Aquel encuentro dio paso a una sesión de fotos rompedora que causó sensación en España y no pasó desapercibida, especialmente entre el público femenino.

Pero tampoco pasó inadvertida para los productores de televisión de ETB, que se inspiraron en ese trabajo para dar vida al programa ‘El calendario del año’, un ‘reality’ novedoso que se emitió en 2007 y que contó con la presencia de Lucho. Si el primer proyecto dio un gran impulso a su carrera, el segundo dio a conocer su nombre, su rostro y su manera de trabajar. «Para mí significó un gran paso porque por primera vez me enfrenté a que el gran público viera cómo soy cuando trabajo, cómo es el proceso y cómo me relaciono con las personas que retrato».

La magia y los hechizos

Ese nexo que consigue –tal vez arte, tal vez magia, quizá un poco de los dos– es posible por su experiencia y por su modo de mirar. Incluso con los objetos consigue esa sintonía, cuando estudia sus texturas, sus formas, y el punto en el que se encuentran en su «máxima expresión». Con las personas sucede lo mismo. «Yo siento cuando se entregan», cuando la timidez y el corte que provoca una cámara ceden paso a la confianza y le permiten «conectar».

Sin embargo, hay una constante que subyace en cada proyecto. A Lucho Rengifo, el enamoramiento le incita a avanzar; algo más que comprensible para alguien que se dedica a capturar cosas bellas. Así fue con su profesión –de la que se confiesa totalmente cautivado–, con el motivo que le trajo a estas tierras, y con la razón que encontró para quedarse. «Me enamoré de Bilbao, de su gente y de la cultura vasca. Me encanta este lugar».

Fruto de ese idilio es el nuevo proyecto que se trae entre manos: un libro de fotografías basado en la mitología de Euskadi, con especial énfasis en las brujas y las lamias. Este trabajo, que aún se encuentra en fase de gestación, contará con la colaboración de diseñadores de moda vascos, escritores locales y escenarios autóctonos. «La mitología de aquí me parece alucinante, los cuentos y las leyendas contienen una gran riqueza y estoy deseando poder plasmar esa belleza en la fotografía», adelanta. Por supuesto, el desafío le infunde «respeto». «A veces me pregunto qué hace un peruano abordando la cultura ancestral de un país que no es el suyo, pero quizás por ser extranjero descubro en ella algo nuevo». Algo que llama su atención y le enamora.

2008 América del Sur Ellos

24 | Solange

¿Hasta dónde hay que aguantar la incomprensión? ¿Malas caras, insultos, amenazas? ¿Agresiones, tal vez? Un secuestro fue el punto de inflexión para Solange Tragodara, que dejó todo atrás cuando empezó a temer por su vida. Esta vez, el motivo para emigrar no fue la política ni la economía. Se enamoró de la ‘persona equivocada’: otra mujer.

La orientación sexual no figura habitualmente entre los motivos que llevan a emigrar a las personas. Por lo general, las estadísticas recogen otras áreas, como la economía, la política y, algunas veces, la religión. No obstante, existe y es muy real; sobre todo para Solange Tragodara, que lo vivió en primera persona y que, aún hoy, «tres años y cinco meses» después, sigue sufriendo sus consecuencias.

Todavía no ha vuelto a Perú, el país donde vivió hasta los 23 años y donde tiene a su familia, incluido su hijo pequeño, que tenía 6 años cuando ella se marchó. «Ahora tiene casi diez y me he perdido esa transición. Es muy duro», confiesa. Venir con él, sin embargo, no era viable. Más que nada, para el propio niño y por la forma en que Solange viajó. «Vine a dar una conferencia en el Forum de Barcelona y acabé pidiendo asilo», relata para sintetizar la historia. Porque Solange no emigró por razones económicas, «sino para sobrevivir».

En Lima era trabajadora social, dirigía una ONG y tenía su propia empresa. Colaboraba con Naciones Unidas para la Comunidad Latinoamericana de Jóvenes y, precisamente por esto, «recibía muchas invitaciones de fuera». Solange era, socialmente, una persona visible, «activista desde los 18 años y con un movimiento formado a los 21».

Tenía –y tiene– las cosas claras, tanto en lo profesional (es licenciada en Económicas) como en lo personal: es lesbiana. La ONG que dirigía en Perú ofrecía asistencia integral a otras mujeres que, como ella, sufrían la incomprensión social. «En términos generales, la sociedad no entiende la homosexualidad y está a años luz de llevar el tema de manera natural». Pero hay matices. Una cosa es manifestarse en contra, y otra agredir a las personas, hostigarlas e, incluso, urdir un secuestro. La notoriedad le jugó a Solange una mala pasada y aunque su familia y la de su pareja apoyaban su relación, la gente no. «La última agresión fue tan violenta que temí por mi vida y lo primero que pensé fue: ‘en cuanto me llegue otra invitación del extranjero, me voy y no vuelvo’. A cualquier parte.”

La oportunidad surgió el 9 de agosto de 2004. Dio una conferencia en el Forum y, después, pidió asilo. Mientras el trámite seguía su curso, se mudó a Bilbao, ciudad a la que vino por azar y «con lo puesto». Fiel a su espíritu de cooperación, no tardó en relacionarse con distintas instituciones y proyectos de carácter social. La más reciente: la Plataforma Red Apoyo a Perú, en la que trabaja desde su creación para ayudar a las víctimas del último terremoto que asoló el país. «Tuve suerte. Mi familia no vive en Pisco (la ciudad que sufrió más daños), pero aquí conocí a muchas personas que eran de allí y cuyas familias se han quedado sin nada».

Ser libre

De hecho, con la creación de esa plataforma se sorprendió por la cantidad de peruanos que residen en Euskadi. «Nuestra comunidad está tan bien integrada que es el extremo opuesto de un gueto. La buena integración y acogida por parte de los vascos también se aplica al terreno personal: «Es difícil no sentir aquí que eres libre», dice. Y por libertad Solange entiende que puede ser ella misma, que no debe «mantener las apariencias».

«Mi pareja también ha venido y vivimos las dos aquí. Al principio, nadie se daba cuenta de que estábamos juntas, porque teníamos la costumbre de caminar por la calle disimulando. Ahora ya no es así. No podría volver a Perú a disimular; lo dejé todo allí, pero el viaje me compensa: aquí estoy tranquila». Y eso que, todavía hoy, está luchando por su residencia, en un «limbo legal», como dice. «Denegaron mi solicitud en marzo del año pasado, pero he recurrido el fallo».

Por supuesto, podría obtener el permiso por arraigo, pero Solange no quiere hacerlo hasta agotar antes todas las vías. «Estoy en mi derecho a pedir asilo y me gustaría llevar mi caso hasta el final. Si no me conceden lo que pido, tendré que tomar el camino del arraigo. Eso me duele, porque es injusto. Yo no vine por razones económicas, sino buscando sobrevivir, por eso elegí esta vía, aunque el porcentaje de éxito sea sólo del 2%. Mi caso es reivindicativo».

2008 América del Sur Ellas

12 | Alejandro

Se enteró del seísmo en Perú a través del telediario. Y, aunque él se encontraba a salvo, pues reside en Portugalete, ninguna distancia logró que sintiera que estaba seguro en su casa. Alejandro Salcedo es de Pisco, la ciudad que sepultó el seísmo, y allí viven sus hermanos, su mujer y sus dos hijos. “Me quedé duro frente al televisor. No podía parar de pensar. Rezaba. Pasé toda la noche despierto”, confiesa el hombre de 45 años para ilustrar su propio epicentro. La tierra aquí no se movió. Pero él sí tembló por el miedo.

Ha pasado una semana desde que el terremoto azotara a Perú. Y, al cabo de tanto tiempo, lo que allí se reduce a escombros, en otros sitios se resume con cifras. 7,9 grados en la escala de Richter. Medio millar de muertos. Miles y miles de heridos. Casi un millón de damnificados. «El dolor no se puede contar», ni siquiera con una mirada. Tras siete días de angustia, Alejandro está «más tranquilo». Cuando el seísmo rugió en su país, él estaba en Portugalete y veía decenas de imágenes desplomarse en su televisor.

Su esposa se encontraba en Pisco, caminando por la calle. Volvía con su hijo mayor, un chaval de nueve años, de recogerlo del colegio, como hace todos los días. Iban juntos rumbo a su casa, donde la hija pequeña de ambos estaba con su abuela pero, en medio de la travesía, la ciudad comenzó a temblar. Por esas cosas del destino -«un milagro, la mano de Dios»-, su familia más directa no sufrió ningún rasguño. La casa de Alejandro en Pisco logró mantenerse en pie. Pero él no lo sabía entonces, ese jueves 16 de agosto, ni tuvo noticia alguna hasta 24 horas después.

«Lo primero que atiné a hacer fue pensar en mis pequeños. Intenté llamar, pero no hubo respuesta. Probé desde casa y desde varios locutorios… nada. Estaba como loco y me sentí totalmente perdido», recuerda. Por mucho que él insistiera, las líneas estaban muertas. Después de una tarde de angustia y de pasar toda la noche en vela, recién al día siguiente se pudo comunicar. «Llamé desde mi móvil al móvil de mi cuñado y pude hablar con mi esposa, que me dijo: ‘Estamos bien’. Sentí mucha alegría, pero también una gran tristeza cuando oi la voz de mi hijo. ‘Papi, sácame de aquí. Papi, llévame contigo’. No paraba de repetirlo y yo sentí que me quebraba».

El abrazo y la necesidad

Si la distancia es el lastre más duro para cualquier persona que emigra, su peso se multiplica cuando lo embate una desgracia. «Yo vine al País Vasco para ayudar a mi familia», Pero la meta pierde sentido si no hay familia a la que ayudar. «¿De qué habrá servido separarme de ellos si la desgracia me los quita? ¿Para qué tanto sacrificio, si pierdo a mi gran tesoro?». Cosas así pensaba Alejandro cuando el silencio lo mantuvo en alerta.

Lejos de estar sereno, sus dudas pasan ahora por otro lugar más difícil. «Quiero ir -dice angustiado-. Quiero volver a abrazar a los míos. Cuando vine para aquí, mi hija pequeña tenía seis meses y, ahora, que tiene tres años, sólo conoce a su papá por la voz. Quiero ir, pero no puedo».Porque el dinero no da para todo y en este momento es más «útil» proveerles de alimentos que arroparles entre sus brazos.

«Después de la tragedia, las cosas son complicadas. Hay escasez de comida y lo que se envía desde Europa está quieto en el aeropuerto. Mi esposa me cuenta que hay que hacer largas colas para obtener un tarro de leche, que la gente se desespera y tiene una actitud agresiva». Por ello, su mujer y sus hijos se acaban de trasladar a Lima, donde «no hay desabastecimiento y los bancos sí funcionan».

El problema, en realidad, es el resto de su familia. «Tengo hermanos en Pisco, que lo están pasando muy mal. Y también tengo hermanos en Ica, de los que aún no he recibido noticias». La que era su casa está prácticamente en ruinas, pero Alejandro no pierde la fe. «Mientras haya vida, hay esperanza, le digo a mi esposa. Y yo sé que cuando vaya, allí los voy a encontrar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos