185 | Luis

Sentado en una terraza de la calle Luis Mariano, en Irún, otro Luis, de apellido Vera Alba, pide un café con leche. Mientras sostiene la taza y mira a su alrededor, cuenta que fue el primer peruano que llegó a la localidad guipuzcoana y se quedó a vivir en ella. “Resido aquí desde hace 36 años -puntualiza-, y cuando llegué no había otros paisanos, como ahora. Yo solo conocía a un colombiano, que era médico de la Seguridad Social, y algunas veces quedaba con él para tomar un café y conversar, pero poco más… Las cosas eran muy diferentes”, señala.

Originario de la ciudad de Trujillo, al norte del Perú, Luis se fue de su país cuando “era muy jovencito”. El primer destino fue Roma, donde vivió durante cinco años y se graduó como técnico en prótesis dentales. “Luego volví a mi país, pero tardé poco en regresar a Europa porque aquí tenía mejores oportunidades para seguir formándome -explica-. En aquel entonces no había un flujo migratorio como el que hay ahora, y primaban más las aspiraciones de crecimiento profesional que las necesidades económicas”.

Su mirada estaba puesta en Barcelona, la ciudad que eligió inicialmente, hasta que un imprevisto -una mujer- desvió toda su atención. “Mi esposa es irunesa”, dice Luis, como resumen. También fue la razón que lo llevó a trasladarse allí. “Pero de aquello hace ya mucho”, insiste él, que tras formar una familia y montar su propia empresa, acaba de jubilarse. “Encarrilé mi profesión en la vía comercial: abrí un almacén de prótesis dentales. Pero como nadie en casa ha querido continuar con el negocio, decidí bajar la persiana”, explica.

Claro que ‘bajar la persiana’ y convertirse en jubilado no ha significado, en su caso, dedicarse a la vida contemplativa o al ocio. “¡Qué va! Si estoy más activo ahora que antes”, asegura Luis, mientras acaba el café con leche. “Ahora que dispongo de más tiempo para mis cosas, he vuelto a recuperar mi esencia política, un interés que tengo desde la infancia y que, por mi trabajo y mi vida, lejos del Perú, no pude desarrollar plenamente”, relata.

Sobre la mesa, una carpeta con papeles y documentos pide permiso para colarse en la charla. “Mira -dice al cogerla-. Aquí tengo un proyecto de ley muy interesante que acaba de presentarse en el Parlamento de mi país. Cuando se apruebe, los peruanos que residimos en el extranjero estaremos en una mejor situación que la que tenemos ahora”, adelanta.

Trabajo por el bienestar

Luis es cofundador de la Asociación Indoamericana Estrella Radiante, que agrupa a decenas de latinoamericanos en Guipúzcoa. Pero, además, coordina la actividad del Partido Aprista Peruano (PAP) en Irún. “Es un partido de centro izquierda cuya principal figura pública es Alan Gar-cía”, indica a modo de orientación. “Se fundó hace más de ochenta años y siempre ha trabajado por el bienestar de los compatriotas, incluso por los que estamos fuera del país, que somos bastantes”, comenta. Solo en España residen casi 198.000 de ellos.

Luis enseña entusiasmado los folios del proyecto de ley, “una iniciativa del congresista César Zumaeta que promueve la participación, la protección y el desarrollo de los peruanos que residen fuera”, como es su caso. “Algunas cuestiones que se proponen aquí son muy importantes -prosigue-. Por ejemplo, el traslado de los enfermos y la repatriación de los restos mortales, que siempre suponen un gran problema para la familia. También se contemplan servicios de asistencia social y de defensa pública”, añade Luis, que está a punto de viajar a Lima.

“Suelo ir con frecuencia para atender asuntos de patrimonio, pero seguiría estando ligado al país aunque no fuera. Vivir en el extranjero no te convierte en un ser apolítico. Yo creo que tenemos que hacer política aunque vivamos lejos de casa”, concluye.

2011 América del Sur Ellos

170 | Mario

Se marchó de su país hace diez años para trabajar en los pesqueros vascos, que en ese entonces le ofrecían una buena oportunidad laboral. “Los barcos de Fuenterrabia no podían hacerse a la mar porque a los patrones les hacían falta pescadores con experiencia -explica-. Muchos peruanos emigramos para cubrir esa demanda, ya que veníamos de familias de pescadores y conocíamos el oficio muy bien”. Así resume Mario Miranda el motivo que le trajo a Guipúzcoa.

La campaña era de nueve meses. Pasado ese tiempo, cuando llegara el invierno y los barcos quedaran amarrados en puerto, el colectivo debía volver a Perú hasta el inicio de la siguiente temporada. “La idea estaba muy bien porque todos salíamos ganando. Los barcos reanudaban su actividad, nosotros teníamos trabajo e incluso podíamos volver a casa para disfrutar con nuestras familias”.

El único escollo era la parte burocrática. “Cuando vinimos y empezamos a informarnos sobre la Ley de Extranjería, comprendimos que nueve meses no era tiempo suficiente para resolver el papeleo de manera individual. No queríamos irnos sin eso resuelto, así que decidimos fundar una sociedad de arrantzales. Si estábamos organizados y hacíamos las cosas en grupo, podíamos agilizar los trámites”.

Aquella sociedad de pescadores, que cumplió su cometido, ya no existe. Como dice Mario, “con los años cada uno siguió su camino”. Muchos cambiaron de actividad y se afiliaron a los sindicatos. Él mismo dejó la pesca por la construcción cuando trajo a su mujer y sus hijos, ya que ganaba mejor en el cemento que en el mar. No obstante, esa primera etapa fue la génesis de otros proyectos que han ido tomando forma a lo largo de 2010.

“Una parte de nosotros siempre se interesó por resolver los problemas de los inmigrantes en Irún, más allá del sector en el que trabajara cada uno. A medida que nos fuimos abriendo camino, comenzamos a idear algo más grande, que abarcara más países y más rubros. Llevamos aquí muchos años, y a todos nos interesa fomentar la integración, tanto con la sociedad local como con las personas de otras nacionalidades”, indica Mario, y añade que “la idea de formar un despacho grupal donde ofrecer orientación legal y promover la convivencia” ha sido una constante.

En busca de las leyes

La asociación indoamericana ‘Estrella Radiante’, que cuenta con más de un centenar de socios, se fundó en 2009. “Desde entonces organizamos iniciativas para mejorar la calidad de vida aquí, ideamos proyectos de cooperación con nuestros países e intentamos asesorar a las personas que recién llegan”, resume Mario, que la preside desde el inicio.

“Al principio, cuando teníamos que resolver cuestiones legales, derivábamos los casos a Heldu, pero cuando ese servicio desapareció, las citas comenzaron a acumularse y el sistema se saturó. Eso nos empujó a buscar herramientas propias para solucionar problemas”, prosigue. Y, en este caso puntual, el camino le ha llevado a la universidad.

Aunque tiene más de 45 años, Mario ha ingresado en la Facultad de Derecho de la UPV, en San Sebastián. Lo ha hecho gracias al Plan Bolonia, “que nos permite reengancharnos con esta edad si superamos la prueba de ingreso”, y para él es motivo de orgullo. “Yo no pude terminar mis estudios en Perú porque tuve que dedicarme al trabajo, pero sabía que algún día lo haría. Siempre he tenido presente mi proyecto personal, aunque haya tenido que postergarlo. Mi objetivo es terminar la carrera, trabajar aquí y dedicar mi tiempo a la inmigración”, dice.

¿Algo más? “Sí, también quiero formar un grupo con abogados en Perú para asistir a las personas de aquí que están presas allí. Hay muchos europeos encarcelados en mi país por asuntos de drogas. Y están solos, librados a su suerte ante un sistema viciado. El obispo de El Callao, que es vasco, es el único que hace labor social con ellos en la medida que puede. A mí me gustaría ayudar en eso, para retribuir de alguna manera todo lo que nos han dado aquí”.

2010 América del Sur Ellos

168 | Nancy

Empezaron a reunirse cuando el Guggenheim estaba rodeado de escombros, comenzaban a acometerse las obras del tranvía y el metro solo tenía una línea. No han pasado tantos años desde entonces, aunque sí han cambiado muchas cosas. En el Bilbao de 1999, sin aeropuerto de Calatrava ni Alhóndiga de Stark, vivían apenas 3.000 extranjeros; nueve veces menos de los que residen en la actualidad. Tras el paso de la última década, la ciudad y su gente son otras.

“Desde luego que todo ha cambiado”, confirma la psicóloga peruana Nancy Juape, que reside en la villa desde hace más de 12 años y es miembro de Mujeres del Mundo desde mediados de 2003. “Al principio éramos menos socias y casi todas procedíamos de Latinoamérica y del País Vasco -prosigue-, pero con el paso del tiempo y los nuevos flujos migratorios, se han ido incorporando a nuestro grupo más mujeres del Magreb y de África subsahariana. Al igual que sucede en la ciudad, la diversidad en la asociación hoy es enorme”.

Varios años, muchos cambios e infinidad de procedencias y experiencias han dado lugar a un libro. En él, y bajo el título de ‘Nuestra travesía’, las integrantes de Mujeres del Mundo repasan su trayectoria, comparten sus reflexiones y plantean cuáles serán sus principales metas para el futuro. “Lo mejor es que este libro es un trabajo coral -apunta Nancy-. Por ejemplo, hubo quienes se dedicaron exclusivamente a la parte histórica, a contextualizar lo que pasaba en Bilbao hace diez años y a recopilar información y datos interesantes de aquel tiempo”, detalla.

Otra cuestión llamativa es el tono. En un clarísimo guiño al carácter marinero de la villa, toda la obra está escrita en ‘clave de mar’. Anclas que se levan, bitácoras y singladuras componen la travesía de esta nave y sus tripulantes: decenas de mujeres de todas partes del mundo que han apostado por la unidad. “Cabe destacar que la asociación no es una entidad estática -subraya Nancy-. A lo largo de estos años, se han marchado algunas personas y han llegado caras nuevas. Eso sí, la cantidad y la constancia no han cambiado: nos reunimos todos los lunes y, en general, siempre somos más de treinta”.

La vulnerabilidad de estar solo

“El libro que hemos editado es una especie de memoria colectiva y, en lo personal, me parece muy interesante que exista”, dice Nancy y agrega que “no sólo se trata de rescatar las actividades que se han hecho o de registrar las cosas más significativas, sino de mostrar lo mucho que se puede progresar como persona cuando se forma parte de un colectivo”. En su opinión, “contar con una red social es indispensable para integrarse y crecer”.

“Muchas de las mujeres que han integrado o integran la asociación son extranjeras -relata-, y una parte significativa de ellas han venido solas para buscarse la vida y ayudar a sus familias. Llegar a un sitio nuevo y estar sola es algo muy duro desde todo punto de vista, especialmente en el plano emocional. Sufres el aislamiento, la desaparición de tus referencias inmediatas y la pérdida de tu red social, que es la que te ayuda y contiene. Cuando eso ocurre, te debilitas y te vuelves más vulnerable a todo”, expone Nancy que, como psicóloga e inmigrante, conoce muy bien ese shock.

“Trabajo en intervención psicosocial con extranjeros y lo he visto muchas veces -prosigue-. Por eso digo que lo bueno de esta asociación es que nos permite ayudarnos unas a otras, valernos por nosotras mismas y empoderarnos. Es vital llegar a un sitio y sentirte bien recibido o que te pregunten qué sabes hacer para colaborar con los demás. Las mujeres vascas y las no vascas hemos tejido un lazo de solidaridad e intercambio muy fuerte con el que todas salimos muy favorecidas”, concluye.

2010 América del Sur Ellas

161 | María Elena

El próximo sábado, durante todo el día, el barrio donostiarra de Altza acogerá su III Encuentro Multicultural. La cita tendrá lugar en la Casa de Cultura y, al igual que en los años anteriores, contará con la participación de decenas de extranjeros residentes en el País Vasco que quieren dar a conocer lo mejor de sus lugares de origen. En la jornada habrá música y danzas típicas de países muy diferentes, como Ecuador, Brasil, Rusia o Senegal. Y, además, una novedad. Por primera vez, se disputará un concurso gastronómico en el que se podrá degustar platos tradicionales de Euskadi, Honduras, Nicaragua, Chile, Guinea Ecuatorial o Pakistán, entre otros.

“Será un gran encuentro para celebrar la diversidad y mostrar que, más allá de las cosas negativas, los inmigrantes aportamos muchos aspectos positivos a la sociedad local. No todo lo malo que ocurre se debe a la llegada de extranjeros. Tenemos muchos valores y por ello es importante que nos demos a conocer en el plano cultural”, apunta la educadora social María Elena Lazo, que colabora desde hace años con la asociación Berpiztu, organizadora del evento.

María Elena nació en Perú, llegó a Donosti hace 24 años y su historia personal refrenda muy bien sus palabras. Madre de cuatro chavales y con una marcada vocación social, ella no emigró por dinero, ni siquiera por amor, sino por un matrimonio infeliz. “Tenía una profesión y un trabajo que me gustaba, pero una relación de pareja desdichada. Las cosas no iban nada bien y él me amenazaba siempre con quitarme a los niños”, dice obviando los detalles.

Cuando llegó a San Sebastián, su hijo menor tenía apenas un año. Y su vida, a partir de entonces, se centró en salir adelante, como cabeza de familia. “En aquella época no había tantos extranjeros y los que venían con una carrera conseguían puestos de trabajo cualificado. Yo vine con cuatro niños y mi único objetivo era que crecieran felices, tranquilos; que tuvieran educación y cariño. Cuidé a personas mayores y a enfermos, limpié casas… Y no me avergüenza porque lo hice para sostener a mi familia. Por supuesto, fue sacrificado, pero en Donosti volví a vivir. Desde el comienzo, me sentí segura y tranquila”.

De aquella época -mediados de los ochenta-, María Elena aún conserva sus primeras impresiones. “No había mendigos y eso me sorprendió. Todo estaba super limpio, ordenado y había una gran sensación de seguridad. Es verdad que ha cambiado mucho, y que ahora hay lo que no había. Ha venido más gente y no todo el mundo es honrado. Pero yo insisto: no se puede culpar a todos los extranjeros por las cosas malas que pasan. Eso no es realista, ni justo”.

Trabajo social

Antes de emigrar a Donosti, María Elena trabajaba como educadora social con los colectivos más marginales de Perú, como las prostitutas y los niños de la calle. Y, aunque aquí se dedicó a otras cosas, nunca perdió su vocación. Por esa razón, hace más de trece años se unió a la ONG Berpiztu, para trabajar como voluntaria. Este año, hace poco, la contrataron, y ella asegura sentirse “como en un sueño, realizada y feliz”.

“La organización está trabajando mucho con los inmigrantes; en especial con las mujeres. Casi todas buscan trabajo como empleadas domésticas, pero llegan sin saber cocinar o limpiar bien una casa. Cuando las cogen, sólo duran dos o tres días, y las despiden -explica-. Estamos poniendo el énfasis en enseñarles todas las habilidades necesarias para que sepan cómo hacer las tareas. Y también queremos paliar el analfabetismo con clases de escritura y lectura, porque los índices son elevados”, señala.

En cuanto a los planes futuros, María Elena asegura que le gustaría volver a Perú para aplicar todo lo que ha aprendido aquí en intervención social. “Es un proyecto que tengo desde hace mucho -dice-, aunque, claro, mis hijos ya son grandes y no se quieren ir allí. Creo que acabaré viviendo a caballo entre los dos sitios. Después de tantos años, me siento parte de ambos”.

2010 América del Sur Ellas

127 | Juan José

La que sigue es una historia mundial, y no sólo porque José Luis haya nacido en Sudáfrica, sino porque él es todo un hombre de mundo. A sus 27 años, este joven de Johannesburgo ha vivido en tres continentes, cinco países y siete ciudades; habla cinco idiomas y ha empezado a estudiar el sexto. Para más detalles, francés. “Me gusta la comunicación y se me dan bien las relaciones públicas”, dice. Y se nota, porque en el transcurso de la charla se encuentra con varios amigos, empezando por los dueños del bar donde tiene lugar la entrevista.

“El primer trabajo que tuve en Bilbao fue aquí”, explica Juan José, que en la actualidad es camarero en un importante hotel de la ciudad. “Sólo llevo cuatro años en Euskadi, pero tengo muy buenos amigos. Aunque no tenía previsión de quedarme y el viaje fue un poco por casualidad, he echado raíces aquí”, señala este sudafricano, que llegó a la capital vizcaína acompañando a un amigo escocés que quería aprender castellano.

“Sé que suena un poco complicado, y toda mi historia es así, pero voy a intentar simplificarla”, agrega Juan José con una amplísima sonrisa. Comienza por el principio: “La familia de mi padre es de ascendencia vasca, aunque él es peruano. A finales de los setenta, se trasladó por trabajo a Johannesburgo, donde conoció a mi madre, que es sudafricana. Yo nací allí y viví mis primeros años en el país, hasta que mis padres decidieron marcharse a Lima”. Con el fin del Apartheid, el ambiente social y político en Sudáfrica era demasiado tenso.

Juan José vivió en Perú varios años, aunque repartió su adolescencia y sus estudios entre el país andino y el africano. “Mi madre pensaba que la educación media era mejor en Johannesburgo”, apunta. Sin embargo, hizo su carrera universitaria en Lima. “Estudié Administración de Hostelería y Turismo y, como tuve las mejores notas de mi promoción, me enviaron a hacer las prácticas en un hotel de Cádiz, donde estuve tres meses”, relata.

Aquel no era su primer viaje y, decididamente, tampoco sería el último, porque Juan José tenía claro que no quería quedarse en Perú. “Nunca pude adaptarme -confiesa-. Yo soy gay y la sociedad es bastante conservadora, así que eso suponía un problema. Además, mi padre se dedica a la política y es presentador de televisión; es alguien conocido allí y por elloteníamos que estar siempre con guardaespaldas y escoltas. La clase política peruana es muy pesada y yo no me sentía cómodo”.

Lugares cosmopolitas

Decidió buscarse la vida en Estados Unidos; primero en Miami, y después en Nueva York. “Trabajé en un montón de cosas y muchas estaban por debajo de mi cualificación profesional, pero a mí no me importó. Transité esa etapa como una experiencia de vida muy valiosa y la viví como un juego. Quiero decir, yo no tenía la obligación de emigrar ni lo hice por dinero o para mantener a mi familia. Fue al revés. Sabía que siempre podría regresar a casa y eso me daba mucho margen”.

No obstante, su idea era progresar y, aun con ese ‘seguro’, prefería seguir por su cuenta. La determinación de no vivir en Perú le motivó a pedir un visado temporal de trabajo en Reino Unido y, cuando se lo otorgaron, se marchó. “Londres fue una de las mejores experiencias de mi vida. Es una ciudad alucinante, cosmopolita, que te atrapa. Y Bilbao, en cierto modo, se le parece. Además del clima, hay una parte de la sociedad que me hace acordar a aquello -describe-. Hay más libertad; nadie me ha discriminado por ser homosexual, ni me ha llamado ‘maricón’ en plan despectivo”.

En su opinión, cuando las personas viven en un lugar, aunque no hayan nacido allí, acaban incorporando su cultura. “Hay un lema que dice ‘We are all London’ (todos somos Londres) y creo que es verdad. Las ciudades son su gente y por eso hoy me siento bilbaíno. También soy sudafricano, y estadounidense y peruano… A veces escucho comentarios racistas o xenófofos y me apena”, dice Juan José. “Para evitar eso y relacionarse con normalidad, viajar es muy positivo. Deberíamos hacerlo más seguido”, concluye.

2010 América del Sur África Ellos

92 | Adolfo

Los ciudadanos de Perú que residen en la zona norte de España (País Vasco, Navarra, Cantabria y La Rioja) están de parabienes. Un nuevo Consulado General ha abierto sus puertas en Bilbao tras cuatro largos años en los que, para realizar cualquier trámite, debían trasladarse hasta Madrid o Barcelona. Desde ahora, todas las gestiones podrán llevarse a cabo en el despacho vizcaíno, ubicado en la calle Rodríguez Arias 23 de la villa.

Precisamente es allí, en la oficina número 15 de la tercera planta, donde tiene lugar el encuentro con el novel cónsul, Adolfo Olaechea Plath, a quien muchos de sus compatriotas ya conocen desde antes por su labor como presidente de la asociación Perú Herria. Y es que Adolfo no es un diplomático al uso, aunque sea experto en Derecho y haya tenido que prepararse para el cargo. Abogado de profesión e inmigrante por decisión, su conocimiento sobre leyes va a la par de su propia experiencia en añoranzas, que empezó hace diez años cuando dejó su país para radicarse en Vizcaya.

La entrevista comienza con un pedido de disculpa. La nueva sede del consulado todavía está en proceso de acondicionamiento y, de momento, es un despacho prácticamente vacío. Aun así, tiene lo fundamental: un escritorio, un par de sillas, un ordenador y un cónsul. «Por ahora, atendemos los días martes, jueves y sábados por las tardes -informa Adolfo-, aunque tenemos previsto ampliar el horario».

Tarea vocacional

Para él, la tarea diplomática tiene un alto componente vocacional porque, además de exigirle una formación específica en Derecho Consular, le ha supuesto una continuación del trabajo que ya venía desarrollando en el marco asociativo. «Me considero un socialista o, mejor dicho, una persona con inquietud social, y Perú Herria nació en 2001 con ese espíritu -señala-. Muchas veces, en las oficinas de atención a los inmigrantes, la información que se da es insuficiente, incompleta o confusa, así que la labor de la asociación siempre tuvo como principal objetivo asesorar a quienes venían y se sentían desorientados ante los trámites».

Unos trámites que, por cierto, él también tuvo que hacer, pues Adolfo no llegó aquí como enviado diplomático, sino como «un extranjero más». Y aunque de aquello ya ha pasado una década, él lo recuerda con nitidez.

«Emigré a Euskadi porque mi esposa es vasca -desvela-. Nos conocimos en Perú, donde yo ejercía como abogado y me movía en el ámbito de la política estudiantil». Sin embargo, y a diferencia del común de las historias, no vinieron de inmediato a Vizcaya. De hecho, tardaron un lustro en hacerlo. «Estuvimos viviendo en mi país durante cinco años y, en ese tiempo, nacieron nuestros hijos. La idea inicial era quedarnos, pero la vida y las personas cambian…».

Reclamo nostálgico

En su caso, el cambio tuvo dos motivos. Por un lado, que su esposa echaba de menos Euskadi. Como dice Adolfo, «la nostalgia la reclamó». Por otro, que la situación sociopolítica de Perú se volvió hostil. Y peligrosa. «Era la época de Sendero Luminoso y el terrorismo se podía palpar. La gente salía a trabajar por la mañana y se abrazaba porque no sabía si iba a regresar por la tarde con vida. Por mi trabajo y mi vinculación a la política, yo era un objetivo para ellos, estaba amenazado y ya me habían intentado asesinar».

«Así y todo, ella se quedó conmigo», dice; aunque está claro que, con los niños, las prioridades se trastocan. «Nos vinimos para aquí y fueron años difíciles. Tuve que convalidar mi título, empezar otra vez desde cero, adaptarme a la cultura, que es distinta, y darme un baño de humildad. A pesar de mi experiencia laboral, volví a pasar por los mismos trabajos que había desempeñado cuando era joven, y eso me enseñó a no juzgar. Tenía una familia y debía sacarla adelante. Eso era lo único importante, la verdad».

2009 América del Sur Ellos