407 | Alejandro

La intensidad de un picante, como la de un terremoto, se puede medir con escalas. En concreto, con la escala de Scoville, que se creó hace más de un siglo. Entre los pimientos más picantes se encuentra el chile habanero: según la escala, ‘pica’ unas cien veces más que el chile jalapeño o la salsa tabasco, y diez veces más que la pimienta cayena. “Nosotros lo utilizamos”, dice Alejandro Menéndez, el encargado de un conocido restaurante peruano de Bilbao cuyo nombre –Ají Colorado– se puede interpretar como advertencia. “No todos los platos pican -matiza-, pero algunos sí, y bastante. Por eso yo siempre aviso, en especial a los clientes nuevos”.

La cocina peruana goza de fama internacional y es una de las más apreciadas del mundo, “pero en Bilbao no estaba bien representada”, dice este limeño de acento indefinido, que se afincó hace ocho años en Euskadi. “Es que no vine directo de Lima hacia aquí -justifica-. Yo me crié en un pueblito de Huesca, vine a los tres o cuatro años de edad. Luego volví un par de años a Perú; cuando todavía era un chaval. Y, más tarde, regresé a Europa. Viví en Canarias, Salamanca, Londres y Cádiz antes de trasladarme al País Vasco”.

Su relación con el Viejo Continente es estrecha y viene de lejos. El bisabuelo de Alejandro era burgalés y su abuelo, italiano. “Pero además, hoy en día, mi familia está repartida por el mundo -agrega-. Una parte está en Lima, otra en Nueva York, algunos en Chicago… Mi tía vivía en París y ahora, al jubilarse, se mudó a Valencia. Y claro, también tengo tíos y primos aquí. Me acuerdo de que hace años, cuando yo era jovencito, venía encantado a Bilbao a visitarlos. Para mí, que vivía en un pueblo muy pequeño de Aragón, Bilbao era una gran ciudad, una metrópolis”, recuerda con tono entrañable.

De aquellos tiempos, de hecho, le quedaron unos cuantos amigos. “Mis primos tenían su cuadrilla y a mí me incluían como a uno más”, cuenta. “Tal vez por eso siempre he tenido mucha afinidad con los vascos. Siempre que venía, me sentía muy a gusto. Y, ahora, que vivo aquí, mucho más. Estoy contento en Bilbao”, asegura, y eso es mucho viniendo de él, que se define como un desarraigado. “Soy un poco una mezcla. Soy peruano, desde luego, aunque culturalmente, me siento de aquí. Pero, al haber cambiado tantas veces de ciudad, no he echado raíces todavía en un sitio concreto”.

Tras vivir durante varios años en Euskadi, es muy probable que Bilbao sea ese lugar. Aquí ha tenido a su hijo y, desde entonces, no se plantea marcharse. “Con su madre tenemos la custodia compartida, así que volver a emigrar no es una opción para mí. No voy a partirme por la mitad”, afirma. Además, buena parte de su familia está aquí -incluidas su madre y su abuela-, y el restaurante que regenta es un ancla poderosa. Hace tres años que Alejandro se embarcó en ese proyecto gastronómico junto a su madre, Marisol, y desde entonces dedica todos sus esfuerzos a sacarlo adelante.

Auténtica comida

“El local existe desde hace treinta años. Siempre se dedicó a la comida de Perú aunque, curiosamente, en todo ese tiempo nunca estuvo gestionado por peruanos. Un poco por eso, y otro poco porque se inauguró en una época en la que no se conseguían muchos ingrediente típicos de mi país, lo que ofrecía el restaurante era una versión, una interpretación de nuestra gastronomía -relata-. Una noche, mi madre y yo fuimos a cenar. Nos enteramos de que se traspasaba y dijimos ‘¿por qué no?’. Hablamos con la dueña, que era conocida de mi abuela, y llegamos a un acuerdo. En este tiempo hemos conseguido darle un cambio radical”, afirma, orgulloso.

“Pero en verdad -prosigue-, el mérito es de mi madre. Es ella quien tuvo la idea, se metió en la cocina y dedicó un montón de horas y esfuerzo. Al principio, era algo familiar. Después contratamos a un chef y, poco a poco, hemos logrado convertir el establecimiento en un sitio distinto, con auténtica comida peruana”, relata Alejandro.

“¿Sabías que el ceviche es un plato más antiguo que los incas? Lo preparaban los pescadores moches, mil años antes, para no encender fuego, aunque no lo hacían con lima ni limón, sino con rocoto en polvo, es decir, con un tipo de ají molido, y con chicha de jora, que es una cerveza de maíz. Los cítricos llegaron a América mucho después, en los barcos españoles”, cuenta animado Alejandro, que confiesa que esto lo ha aprendido aquí, trabajando. “Yo no soy cocinero ni historiador. De hecho, me dedicaba antes a la carpintería y a montar cocinas y andamios. Pero en casa siempre ha habido familiares dedicados al mundo de la hostelería, y ahora, que me dedico yo también, aprendo un montón con el cocinero”.

2015 América del Sur Ellos

349 | Alfredo

La nostalgia, en general, está ligada a un lugar y a un tiempo concretos. Para los migrantes, suele adoptar la forma del país que dejaron, la etapa más feliz antes de irse, la que haya sido más plena. Pero, ¿qué pasa cuando no se ha dejado un país sino varios? ¿Qué pasa cuando se han echado raíces en varias partes del mundo? Este es el caso de Alfredo Pacheco Tanaka, un químico e investigador peruano que se marchó de su tierra cuando tenía 24 años y ahora vive en Donosti, pero se ha pasado más de media vida viajando.

Alfredo es originario de Puno, una pequeña y pintoresca ciudad al sur de Perú, que se encuentra a orillas del lago Titicaca. “Está a 4.000 metros de altura, próxima a la frontera con Bolivia”, precisa él, que en 1990 cambió aquella orografía, clima y entorno por otros completamente distintos. Se marchó a Inglaterra. “Yo había estudiado Farmacia y me surgió la oportunidad de completar mi formación en Reino Unido. Viajé para hacer un doctorado en Química”, explica.

Pese a que era muy joven, Alfredo tenía grandes responsabilidades cuando se marchó: era jefe de Farmacia en un hospital y, además, profesor universitario. La decisión implicó cerrar esas vías para volver a estudiar. “Viví cinco años en Inglaterra, cerca de Londres. Estaba en calidad de profesor visitante, además de sacarme el doctorado”. Cuando acabó con su formación, tras un breve paso por Perú, volvió a marcharse. Esta vez, más lejos y por más tiempo. Se mudó a Japón.

La motivación fue profesional, si bien había un factor afectivo: “Mi abuela era japonesa”, explica. La cultura nipona, por tanto, no le era ajena ni distante. De hecho, Japón tiene lazos muy estrechos con Perú, un país que recibió a miles de inmigrantes japoneses durante el siglo XX y con el que comparte unos cuantos rasgos, empezando por el gastronómico. “Tuve la posibilidad de incorporarme como investigador en el AIST, el Instituto Nacional de Industria, Ciencia y Tecnología Avanzada. El trabajo me permitió desarrollarme profesionalmente y establecerme allí durante once años”, relata.

Estaba a gusto, pero no se quedó. “Mi jefe se iba a jubilar y yo sabía que no tenía más posibilidades de crecimiento. El idioma era una limitación muy importante para mí, ya que allí todos los estudios se presentan en japonés. Una cosa es manejar un idioma para las cosas cotidianas, pero dominarlo a nivel académico es muy complicado. Yo sabía que no iba a poder dirigir mis propios estudios o estar al frente de un equipo, así que busqué alternativas y, finalmente, me marché”. El destino fue Oporto, donde vivió cuatro años mientras trabajaba como investigador en la universidad.

La decisión de venir a Euskadi

“Cuando estaba allí ocurrieron varias cosas. Vi en las noticias cómo el tsunami arrasaba el lugar donde había vivido antes. Vi en directo cómo la crisis avanzaba en Portugal. Yo tenía un contrato por cinco años, y comprendí que no me lo iban a renovar. Entendí también que mi hijo, que ahora tiene catorce años, necesitaba que nos estableciéramos en un lugar, hacer amigos, afincarse”. En la vida de Alfredo convergieron una serie de factores, personales y profesionales, que le llevaron a plantearse algunos cambios. Fue justo en ese momento cuando se le presentó la oportunidad de venir a San Sebastián.

“En 2012 conocí a unos investigadores de aquí que estaban buscando a alguien con mi perfil. Me ofrecieron venir a Euskadi para trabajar en Tecnalia, en el Parque Científico y Tecnológico de Guipúzcoa. Era una gran oportunidad y acepté”, resume Alfredo, que desde entonces vive en Donosti. Su trabajo como investigador en esta corporación tecnológica se centra en los materiales para la energía. “La idea, desde un comienzo, fue aportar mi conocimiento en el desarrollo de membranas para la separación de hidrógeno”, especifica.

También detalla que se encuentra muy a gusto en la ciudad, un lugar del que destaca “la limpieza, el orden, la propuesta cultural, el deporte y el alto nivel de vida. Donosti es lo suficientemente grande y lo suficientemente pequeña como para tenerlo todo, y al alcance de la mano. Me gusta mi trabajo, la gente con la que comparto el día a día, y poder comunicarme en mi idioma. Eso hace una gran diferencia, porque te permite expresarte mejor, desenvolverte con naturalidad, tal como eres”. En cuanto a la nostalgia, Alfredo echa de menos algunas cosas de Japón, un país del que valora mucho “la sociedad, la puntualidad, el respeto y las pocas ganas de tener problemas. Allí importa más la sociedad que el individuo y siempre se intenta resolver los conflictos antes de que se agraven demasiado. Por eso hay tan pocos abogados -señala-. Pero la nostalgia de verdad, esa es para mi tierra, mis amigos y mi infancia. Ahí están mis recuerdos más intensos”.

2014 América del Sur Ellos

283 | Renato

La historia de Renato Malca está marcada por las maletas. De ida, de vuelta, de cambios… Para este peruano, de Lima, los últimos diez años han sido un tiempo de inicios. Antes de viajar a España, vivió tres años en Estados Unidos. Regresó a su país. Se marchó a Andalucía. Después, a Madrid. El Camino de Santiago le trajo hasta el País Vasco. Quedó prendado con él. Se mudó a Bilbao hace algo más de dos años y, aunque sigue enamorado del lugar, en apenas unos meses, se marcha. Las maletas, esta vez, irán con él hasta Alemania.

“Siempre me gustó viajar -dice-. Al principio, mis desplazamientos eran cortos, desde Perú hacia países fronterizos, como Brasil o Colombia. El viaje a Estados Unidos fue el primero que hice lejos y por un tiempo prolongado. Cuando volví a mi ciudad, tres años después, retomé una relación que tenía con una chica. Ella era, es, española, por eso vinimos aquí”, sintetiza. La relación no prosperó, pero él decidió quedarse. Y un día, en Madrid, “en la línea 9 del metro”, conoció a quien hoy es su esposa.

“Nos casamos en un pueblito muy lindo, San Martín de Valdeiglesias, y nuestra boda fue casi una convención de la ONU -recuerda con humor-. Asistieron amigos actuales, también de otros tiempos, y de países diferentes, ya que yo soy de Perú y mi mujer es alemana”, detalla. Amantes de la naturaleza y las actividades al aire libre, Renato y su esposa decidieron vivir la experiencia del Camino de Santiago. Así descubrieron Bilbao, su entorno y su gente. Y supieron con certeza que querían vivir aquí. “Los episodios migratorios se marcan de esta manera”, señala.

El País Vasco les brindó todo aquello que buscaban: tranquilidad, bienestar, cultura y naturaleza. También una huerta lúdica, que alquilaron para cultivar y disfrutar, y un trabajo estable, acorde a su preparación. Renato es psicólogo, terapeuta familiar y especialista en violencia filioparental; esto es, en padres maltratados por sus hijos, y reconoce que ha tenido mucha suerte al poder ejercer su profesión, incluso su especialidad. “Me considero afortunado -subraya-. Hacerte un hueco en un país distinto al tuyo es muy difícil; mucho más, ejercer tu profesión y continuar formándote”.

Está comprometido con su trabajo y se nota en cuanto habla de él. “Atiendo a todo tipo de familias con situaciones de violencia dentro del hogar, en especial, cuando la ejercen los hijos. No hay edad para el maltrato: he visto casos de niños de diez años, hasta adultos de cuarenta. Lo que varía, quizá, son los niveles de violencia. Esto sorprende, pero no es nuevo; siempre ha existido, aunque antes se ocultaba por vergüenza. Los problemas no han cambiado, las leyes sí, y muchos padres se han visto desnudos frente a los cambios de normativas”, expone.

En su opinión, “queda mucho por hacer y existen iniciativas muy interesantes para abordar este problema”. De hecho, una de las cosas que más le apenan de marcharse es esa: que los proyectos se queden inconclusos. “Me deja un sinsabor -reconoce-, pero al menos me he tomado unos meses para finalizar algunos programas antes de marcharme”. Este verano viajará definitivamente a Alemania, donde ya le espera su esposa. “Le ofrecieron hacer un doctorado y trabajar al mismo tiempo… y justo al lado del pueblo donde creció. Era una oferta muy buena, por eso nos marchamos”.

Él echará de menos unas cuantas cosas de Bilbao, lo tiene claro. “Además de los amigos y la gente que he conocido, además del barrio y la zona, además de la naturaleza, la montaña y el mar, extrañaré las perspectivas, los planes. Ya te digo que este lugar nos cautivó desde el principio y que solo nos marchamos porque hay una razón de peso”. Otra cosa más concreta que le hará falta a Renato es la Alhóndiga. “Es un refugio genial, un espacio de encuentro y ocio familiar donde me siento comodísimo. Me encanta ir, participar de las actividades que se organizan… Le da mucha vidilla a las familias”, apunta. Y agrega: “Siempre recordaré con mucho cariño a Bilbao”.

Su siguiente desafío: aprender alemán. “Me pondré a hacer un curso intensivo ni bien llegue; eso es clave para integrarse y trabajar. Supongo que si algún día regreso a Perú, llegaré hecho una mixtura de todos los sitios y las costumbres que he conocido. Así como ahora hay gente que emigra de aquí, yo soy producto de la crisis que hubo en mi país. A veces, cuando leo las noticias locales o hablo con personas que se plantean emigrar, tengo la sensación de que esto ya lo viví, de que es un déjà vu. Me hablan del futuro, les cuento mi pasado y hablamos de lo mismo”.

2013 América del Sur Ellos

270 | Viktor

Viktor Daniel Cartagena Chiuacama -así se presenta, orgulloso de este segundo apellido andino- está acostumbrado a hablar. A hablar y a que le escuchen, puesto que en su vida laboral describe muchas situaciones, responde a cientos de preguntas y comparte aquello que ve. «Solo transmito lo que las cartas me cuentan», dice este peruano, de Lima, que se dedica desde hace años a la parapsicología y la lectura del tarot. En su consulta, recompone cada día infinidad de historias. La diferencia es que, esta vez, no se centra en las de los demás, sino en la propia.

«Es la primera vez que alguien me entrevista para un diario», confiesa Viktor, que llegó al País Vasco en 2008. «Vine de vacaciones, a visitar a unos primos, y me quedé maravillado con el lugar. Me gustó el paisaje, el trato de la gente, la amabilidad, la organización… Cuando recibí una oferta de trabajo en firme para cuidar a un señor mayor, no lo dudé. Acepté e hice los trámites para poder quedarme», resume, aunque esos «trámites» incluyeron regresar a Perú, llevar en la maleta su contrato de trabajo y armarse de paciencia para esperar un año.

«Los pasos administrativos que debes dar para venir con todo en regla son lentos -explica-. Pero a mí no me importó. Yo sabía que volvería. Hacía años que tenía claro que viviría lejos de mi país y de América». De hecho, Viktor se marchó de Perú cuando tenía 18 años. «Cuando acabé el instituto, tuve que decidir dónde continuaría estudiando. Era una época difícil en mi país, Fujimori estaba en el poder, la situación política y social era inestable, había terrorismo y las universidades no eran entonces el lugar más seguro del mundo», apostilla. Tras discutirlo con su madre, decidió que lo mejor era partir.

«Mi idea original era estudiar en Buenos Aires. Pero, antes de llegar allí, pasé por Santa Cruz, en Bolivia, donde vivía mi padre, y acabé quedándome con él. Allí inicié la carrera de Psicología y descubrí la parapsicología y el tarot». Sin embargo, fue mucho antes, en su país, donde Viktor sintió curiosidad por los fenómenos «difíciles de explicar».

«Cuando tenía 13 años sufrí un accidente de tráfico -relata-. Iba en un coche con un amigo y con su padre, y tuvimos un choque frontal. El accidente me provocó una conmoción cerebral y estuve nueve semanas en coma, hospitalizado. El asunto es que, durante ese tiempo, tuve algunas experiencias que me marcaron y que siempre me causaron intriga. Veía gente que no había visto nunca, estaba en lugares nuevos y desconocidos, y me veía a mí mismo en la cama del hospital, y a mi madre junto a mí. Aunque después me recuperé y retomé mi vida, jamás pude olvidarme de aquello».

Cabos sueltos

El viaje a Bolivia y su incursión en la parapsicología le permitió retomar ese cabo suelto y, con el tiempo, dedicarse a ello de manera profesional. Si bien Viktor ha tenido diversos trabajos -incluso aquí, en Euskadi-, siempre se hizo un hueco para profundizar en esta rama que, como dice, le apasiona. «En la actualidad trabajo en un gabinete astrológico y me dedico a ayudar a los demás», explica, sabedor del escepticismo que provoca en algunos. «Una cosa son los programas de la televisión, que han llevado esto a un plano totalmente comercial, y otra muy diferente son las entrevistas personales, en un ambiente relajado y tranquilo, donde la persona puede sentirse cómoda y tú con ella. El intercambio personal es completamente distinto», matiza.

Viktor también explica que, a raíz de la crisis, el tipo de preocupaciones ha cambiado. «Las personas están muy agobiadas por la falta de trabajo, las deudas, las hipotecas y los problemas de pareja que derivan de toda esta situación. Los matrimonios que se rompen, y los juicios y los desacuerdos por los bienes materiales y los hijos están a la orden del día», lamenta, aunque intenta infundir cierto optimismo. «Yo siempre le pido a la gente que tenga paciencia, coraje, fe y fuerza de voluntad. En la vida, todo son ciclos. También esto es un ciclo, y va a cambiar».

«Mi trabajo -continúa- consiste en contar lo que veo. Y lo cuento todo, aunque no siempre sea fácil o agradable de escuchar. No le doy órdenes a la gente, no le digo qué debe hacer. Tan solo intento ponerme en el lugar del otro y ofrecerle mi consejo, que luego puede seguir o no. Todos tenemos problemas en la vida, la diferencia está en cómo los enfocamos para poder resolverlos».

2013 América del Sur Ellos

197 | Dex

Dex Ortiz trabaja en uno de los bares de pintxos más prestigiosos de Euskadi. Probablemente, el más conocido de Hondarribia a nivel local e internacional. Y es que, como él mismo cuenta con orgullo, el bar ha ganado varios premios por sus diminutas creaciones, recibe muchas visitas de fuera y no es raro que, cada tanto, se deje caer por allí algún periodista que otro con apetito y curiosidad. “El año pasado -subraya- vinieron los del New York Times”. En efecto, en julio de 2010, el periódico estadounidense elogiaba la creatividad del chef, Bixente Muñoz, a quien presentaba con un ejemplo de talento e innovación culinaria.

Pero el trabajo de Dex no está en los fogones, sino detrás de la barra, flanqueado por pequeñas delicias y decenas de clientes. Para alguien que aprecia la buena cocina, es el lugar ideal, un rincón del paraíso. Por ello, al principio sorprende un poco que la nostalgia de su tierra no la sienta en el corazón, sino en el paladar. “Mi familia vive en Euskadi -explica-. Lo que más extraño del Perú es la comida, y eso que hoy en día aquí se puede conseguir casi de todo”.

“Tener cerca a los afectos cambia mucho la perspectiva”, dice. Y lleva razón. Pero existe otra explicación poderosa para echar en falta el sabor andino, y es que la cocina peruana es muy buena. De hecho, ostenta varios récords Guinness por su variedad, cantidad y calidad. “Tenemos más de 250 platos distintos”, precisa Dex, que tiene presente el dato porque esta semana, en Irún, se celebrará un taller de gastronomía típica de su país.

“El jueves 28 se cumplen 190 años de la independencia del Perú, y la jornada gastronómica será una de las actividades principales, pero no la única”, avanza Dex que, como miembro de la asociación indoamericana Estrella Radiante, ha participado en la organización del evento. “Vendrá el cónsul desde Bilbao, y habrá charlas y conferencias”, agrega.

La cita es motivo de “alegría y orgullo” para la colectividad peruana residente en el País Vasco, que ha crecido bastante en los últimos años. “Cuando yo llegué, en 2001, no éramos tantos”, recuerda Dex, que vino a Irún con una oferta de trabajo cuando tenía 23 años. “Mi tío es marino mercante y había decidido quedarse aquí. También estaba mi hermano. La verdad, yo no tenía planes de emigrar, no era algo en lo que pensara cuando vivía en Lima. Pero se dieron las circunstancias para ello y finalmente tomé la decisión”.

Más posibilidades

Las circunstancias a las que se refiere fueron de índole laboral. “Yo tenía un pequeño negocio con mi madre, una tienda de ordenadores e informática, y nos iba bastante bien. Pero mi padre se quedó sin trabajo y decidí dejarle el negocio. Yo era más joven que él y tenía más oportunidades de salir adelante empezando desde cero”, relata. Poco después, surgió la oportunidad de venir.

“Empecé en la construcción, primero como peón y después como maquinista. Luego me fui tres años a Madrid porque quería probar algo distinto. La experiencia fue dura al principio. Comencé como repartidor de pizzas y como sólo tenia dinero para alquilar el garaje de la moto, dormí allí las dos primeras semanas”.

Durante esas primeras noches de invierno, Dex pensó más de una vez “¿qué estoy haciendo?”. Pero no se dio por vencido. “Al final me fue bien, porque acabé como encargado del local”, dice. Sin embargo, “echaba de menos el País Vasco, la tranquilidad, la calidad de vida… En Madrid hay mucho estrés y la ciudad quema. Aquí no. Además, los vascos son muy amables. Yo llegué hace 10 años a Euskadi y nunca me sentí extranjero. Y menos ahora, que mis hijos han nacido aquí y hablan euskera mientras corretean por la casa”.

2011 América del Sur Ellos

191 | Desireé

Algunos sitios son tan modestos y están “tan lejos de la mano de Dios”, que la mayor parte del mundo ni siquiera sabe que existen. Es el caso de Huancavelica, un departamento -provincia- del Perú que se ubica en el centro del país, pero no en el centro de las miradas. Quienes conocen su existencia viven de espaldas a su realidad. Las barreras orográficas y, también, las culturales, son excusas más o menos socorridas: el lugar está engarzado en la Cordillera de los Andes, a más de 2.100 metros de altura, y buena parte de sus habitantes son quechuas.

Sin embargo, nada de eso ha impedido que un numeroso grupo de personas que residen de este lado del Atlántico hayan tomado la decisión de asociarse para promover el desarrollo de aquel lugar y de sus gentes. Aquí mismo, en el País Vasco, existe una ONG llamada Amigos de Huancavelica que trabaja en esa dirección desde quince años.

Desiree Prado es peruana, vive en Leioa desde hace seis años y forma parte de esta asociación, que cuenta con unos mil voluntarios. Dice que se sumó a la iniciativa porque le pareció “interesante y solidaria”, y porque ha encontrado “un modo práctico y directo” de ayudar a su país. “Yo soy de Lima -relata-. He tenido la oportunidad de estudiar, de formarme y trabajar en lo que me gustaba, pero eso no refleja la situación general. Son muchas las personas con carencias y con pocas perspectivas de futuro”, señala.

También son muchas las personas -niños y jóvenes, sobre todo-, que migran de Huancavelica a la ciudad con la idea de progresar y encontrar trabajo, pero lo que encuentran es la vida de la calle, donde “están expuestos a todo”. Y es que “un pequeño sin estudios, sin el cuidado de un adulto y sin referencias tiene muy pocas posibilidades de desarrollarse”, razona Desiree, que valora el aprendizaje y la seguridad, y que vio en la educación de su propia hija un argumento imbatible a la hora de mudarse a Vizcaya.

“En Lima -cuenta-, concretamente en la agencia de viajes de una amiga, conocí a un chico vasco que, actualmente, es mi marido. Nos encontramos por casualidad; yo iba a visitar a mi amiga y él estaba allí porque quería contratar una excursión… Para hacerte un resumen, fue un flechazo. Poco después de conocernos, estábamos decidiendo dónde íbamos a vivir”.

El desafío de reconvertirse

La decisión no era tan simple. “Sabíamos que queríamos estar juntos, pero él tenía su trabajo aquí, yo tenía el mío allí y, además, tenía a mi hija, de una relación anterior… Como ves, había que sopesar unos cuantos elementos”, expone Desiree, que en ese entonces se dedicaba al diseño textil, “una profesión que no tenía gran salida laboral en el País Vasco” y que, por tanto, la empujaba a “reconvertirse”.

La solución intermedia fue “probar. Decidimos venir por un año y ver qué pasaba. Obviamente, él tenía mejores oportunidades de trabajo en Euskadi, y además estaba el factor de la educación y la seguridad para mi niña. Hace mucho que tomé esa decisión y, la verdad, no me arrepiento. No cambio este sitio por nada. En cuanto a mi profesión… bueno, sé que no se puede tener todo. Me he volcado al sector comercial y sigo diseñando. Hago bisutería y tengo una tienda en Internet”.

Los habitantes de Huancavelica, en cambio, no tienen oportunidad de reconvertirse en nada, ni mucho menos acceder a la sociedad de la información. “Ni siquiera saben que existe España”, indica Desiree para cuantificar de algún modo las consecuencias del aislamiento y el olvido. “Por eso, hemos ido allí a ayudarles, a enseñarles cómo trabajar, cómo conservar los alimentos, cómo educar a los niños para que no sólo sean una herramienta laboral más. Y hemos traido varias fotos para hacer una exposición y mostrar esa realidad. Hay gente tan pobre que solo tiene su sonrisa y, aun así, te la da”. La muestra se puede visitar durante todo el mes en La Taberna de los Mundos, de Indautxu.

2011 América del Sur Ellas