449 | Liviana

De las 118 colectividades extranjeras que existen actualmente en Euskadi, la rumana es una de las más numerosas. Según los datos de Ikuspegi –el Observatorio Vasco de Inmigración–, nuestra comunidad cuenta con algo más de 15.300 vecinos de Rumanía. Tanto aquí, como en el conjunto del Estado –donde la cifra ronda las 785.000 personas–, es uno de los grupos más arraigados en la sociedad. La mayor parte de sus miembros reside en estas latitudes desde hace años; los suficientes como para echar raíces, hacer amigos, estabilizarse en el trabajo y formar familia.

La llamada ‘segunda generación’ es ya una realidad. En las escuelas y los institutos hay centenares de niños de origen rumano que han venido al País Vasco de pequeños o que, directamente, han nacido aquí. Son vascos. Hablan euskera y castellano pero, sorprendentemente, no siempre controlan el idioma de sus abuelos y sus padres. «A diferencia de otros colectivos, que mantienen la lengua materna en casa, los hogares rumanos tienen la peculiaridad de que no lo hacen. Ya sea porque hay parejas mixtas o porque resulta más sencillo para los niños, suelen hablar en español», dice Liviana Bucuresteanu.

Natural de Piatra Neamt y filóloga de profesión, Liviana es profesora de idiomas. Llegó a España en 2008, para hacer un máster en Cooperación Internacional, en Valencia, y hace tres años se trasladó al País Vasco, donde no solo enseña su idioma, sino que forma parte de un interesante programa cultural promovido por el Ministerio de Educación de Rumanía y el Instituto de Lengua Rumana de Bucarest, «algo así como nuestra versión del Instituto Cervantes», compara. El programa en el que trabaja busca mantener vivo el vínculo del país con sus ciudadanos emigrados, inició en 2007 y está en marcha en varios países de Europa.

«Hay toda una generación de rumanos que emigraron abriendo camino. Son la generación del sacrificio, la que siempre está entre dos tierras. Pero hay una segunda generación, conformada por sus hijos, que desconocen el idioma y la cultura de sus antepasados. Son niños y jóvenes que, cuando van de vacaciones a Rumanía, no pueden hablar con sus abuelos», describe Liviana, a modo de ejemplo, para ilustrar el alcance íntimo de este problema cultural. «Se dice que tenemos facilidad para los idiomas y que somos políglotas, pero la realidad es que muchos de nuestros jóvenes no saben hablar en su propia lengua», observa.

«Por eso se ha creado este programa. Es una iniciativa innovadora y sin precedentes que busca preservar el idioma fuera de fronteras y tender ese puente entre generaciones pero, también, fomentar el conocimiento entre culturas», añade, poniendo énfasis en esto último. Porque «las clases de lengua y cultura rumana se imparten en colegios públicos y están abiertas a todos los niños y jóvenes que quieran asistir, sean de donde sean. De hecho, hay varios pequeños de aquí y de otras nacionalidades que se apuntan para aprender junto a sus amiguitos».

La iniciativa está impulsada y financiada por las instituciones de Rumanía. En Euskadi comenzó hace un par de años –concretamente, en Getxo–, y Liviana describe la experiencia como un éxito. «Es muy bonito porque también se organiza una semana temática y se hacen talleres que involucran a los padres. La acogida ha sido muy buena en el País Vasco, donde hay mucha sensibilidad ante la importancia y el significado de la lengua. El idioma es algo fundamental, forma parte de tus raíces y tu identidad cultural», indica esta filóloga, que coordina los cursos en la zona norte y disfruta perfeccionando sus conocimientos de castellano.

«Aprendí español en la universidad, en mi país, porque estudié Filología Hispánica. Pero el verdadero aprendizaje empezó hace ocho años, al emigrar. Cuando llegué a Valencia, hablaba un castellano muy formal, súper académico, pero poco a poco me empecé a soltar. Las prácticas del máster en cooperación las hice en Colombia y luego me vine para aquí, donde terminé de descubrir que en cada sitio se habla distinto. Cada lugar tiene sus particularidades y eso es maravilloso. El idioma te permite conocer el lugar y su gente».

Pero, además, el idioma y la cultura pueden ser una excusa estupenda para la diversión y el encuentro. Ayer mismo, sin ir más lejos, se celebró el primer concurso regional ‘Conoce Rumanía’, en la sede del consulado, en Bilbao. Allí se dieron cita siete equipos de niños, de entre 8 y 14 años, procedentes de Asturias, La Rioja, Cantabria, Navarra que compitieron para pasar a la fase nacional. «Del País Vasco todavía no tenemos ningún equipo, pero estoy segura de que el año que viene sí lo habrá».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

448 | Amadou

Decía Eduardo Galeano en uno de sus textos más conocidos que «los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada» son aquellos «que no hacen arte, sino artesanía, que no practican cultura, sino folklore». Se refería a los que nacieron humildes en países pobres y que, sencillamente por eso, casi todo lo que reciben son muestras de condescendencia, desconocimiento o desprecio. ¿Cuánto se sabe, en el mundo, de la cultura y el arte africanos? La globalización difunde la artesanía, pero no muestra interés por el ‘arte refinado’.

Cuesta pensar en referencias literarias o pictóricas del vecino continente. Por eso, cuando un africano se presenta aquí como pintor, la primera idea que surge no tiene forma de lienzo ni de óleo, sino de escalera portátil, cubo grande y brocha gorda. Es un error. Existen grandes artistas africanos e importantes escuelas de pintura que buscan, desde hace décadas, dar cabida a la sensibilidad local y proyectarla hacia Europa, «donde la gente aprecia más este tipo de trabajo. En África es complicado dedicarse a la pintura», reconoce Amadou Loum, que está decidido a intentarlo.

Amadou es senegalés, de Dakar. Llegó a Bilbao hace poco más de un año, aunque este no fue su primer destino en Europa. Antes de pisar Euskadi, vivió en Jaén, Alicante, Lleida y Zaragoza. «La ciudad en la que viví más tiempo fue Lleida; estuve allí casi tres años», precisa. También relata que el lugar le gustaba y que estaba «contento» con su vida, hasta que tuvo un accidente que le afectó seriamente una pierna. «Mientras me recuperaba no podía hacer nada, ni siquiera trabajar». Como la idea de estar inactivo no le atraía en absoluto, decidió ponerse a estudiar… otra vez.

«Yo ya había estudiado en Senegal –aclara–. Fui a la Escuela de Arte en Dakar y trabajé para pagarme la carrera porque mi familia se oponía. Mis padres opinaban que debía dedicarme a otra cosa. Decían que el arte no tenía futuro, que vender cuadros es difícil, que de esto no se puede vivir. Lo decían por mi bien, yo lo sé, pero la verdad es que no podía ni puedo pensar en una vida sin arte, sin pintura. No me importa trabajar de otra cosa para comer, pero la pintura es todo para mí, es lo que sé hacer. Me expreso mejor con los pinceles que hablando», dice en un castellano que a veces suena a francés.

Su decisión de venir a Bilbao está vinculada con esto. «Cuando me pasó lo de la pierna, pensé en aprovechar el tiempo y hacer algún curso, no de arte, sino de carpintería, castellano o soldadura, para cuando volviera a trabajar. Tenía un amigo aquí que me explicó que el País Vasco es un lugar donde hay muchas posibilidades para aprender oficios. Por eso vine. Mi idea era estar pocos meses y aprender algo nuevo mientras me recuperaba». Pero los planes de Amadou cambiaron sobre la marcha: «en Bilbao me empezó a ir bien».

Exposición en diciembre

En Bilbao conoció a los responsables de AmiArte, un taller de creación artística que reúne a personas de diversas procedencias y distintas situaciones, que pone en valor al arte como una herramienta de transformación personal y que apoya, sobre todo, a los ciudadanos más desfavorecidos, sean de donde sean. «Aprecian la creatividad de las personas y ayudan a hacerla crecer, pero también se ocupan de integrar a la gente. Hacen un trabajo estupendo», dice Amadou, que colabora con ellos.

«El taller me ha permitido dar a conocer mi trabajo», añade Amadou, que ha estado exponiendo su obra en varios centros municipales desde septiembre y que cerrará el año en el de Barrainkua, del 1 al 16 de diciembre. «Euskadi es un lugar increíble donde se apoya mucho la cultura. Vas por la calle, hablas con la gente y notas que aprecian el arte, que siempre hay actividades. Si comparo con mi país, hay muchas posibilidades. Eso es como un sueño para mí, que he luchado mucho por no abandonar mi vocación».

Sus obras, coloristas, hablan de anhelos y de tragedias. Hablan de migraciones, de «cosas buenas» y de problemas. «Me gusta conversar con la gente, observar a las personas y mostrar en mis cuadros lo que veo –explica–. No tengo un único tema, pero la parte social es muy importante y casi siempre está presente. Supongo que está en mi manera de mirar», evalúa Amadou, que termina la conversación con sus planes de futuro. «Quiero enseñar a los niños a pintar. Yo sufrí mucho desde pequeño porque no me dejaban hacerlo; solo mi hermano mayor me apoyaba. Él me enseñó a dibujar. Desde entonces, he trabajado mucho en esto. Me gustaría ser pintor el resto de mi vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

447 | Klaudio

«Más que recursos, lo que hace falta es divulgar que esos recursos existen. Es importante dar a conocer lo que hay. La información no siempre llega a las personas con discapacidad, que nos enteramos poco y tarde sobre las mejoras que se hacen para nosotros». Con esta apreciación empieza la entrevista Klaudio Valenzuela, un chileno que llegó hace quince años a Euskadi y que ha pasado los últimos cinco en una silla de ruedas. «Un accidente desafortunado, una mala caída o la propia vejez te pueden dejar así, con una discapacidad física severa», señala.

En su caso, la causa fue una paliza que recibió hace décadas en Chile y que le dejó secuelas en la séptima vértebra dorsal. «Fui joven y obrero en la época de la dictadura. Protestaba por los derechos de los trabajadores, y los militares me dieron una paliza», resume. Él nunca olvidó la experiencia aunque su cuerpo, en apariencia, se recuperó de los golpes: después de aquello, Klaudio pudo seguir adelante y se mudó a Argentina, donde continuó con su vida. «Viví treinta años en Buenos Aires, por eso tengo este acento».

Esa fue su primera migración, pero no fue la última vez que hizo las maletas. Como otros ciudadanos de Argentina, decidió marcharse en 2001, cuando el famoso corralito estranguló la economía del país. Para Klaudio, además, el episodio coincidió con su separación de pareja. «Fue un momento crítico y sentí la necesidad de poner distancia y buscar cosas nuevas. Mi hermano vivía en el País Vasco, así que vine directo. Quería conocer el primer mundo, viajar… y la verdad es que encontré algo distinto a lo que imaginaba. Encontré muchas barreras», señala, y eso que su discapacidad aún no se había manifestado.

«Me refiero a las trabas administrativas que hay aquí y no en otras partes del mundo. Por ejemplo, en este momento hay más de 40.000 españoles viviendo en Chile. Son personas que han ido a buscarse la vida, como las que hemos venido aquí. Nadie dice que sea fácil encontrar trabajo, pero por lo menos allí no les ponen dificultades añadidas por ser extranjeros. En Europa realmente es complicado. Todo es difícil para el inmigrante desde el primer día. Los trámites y la burocracia son tremendos. Es una pescadilla que se muerde la cola y que te impide llegar y ponerte a trabajar enseguida, como uno más».

Con esfuerzo –y paciencia–, Klaudio logró tramitar sus ‘papeles’ e, incluso, obtener la nacionalidad. De hecho, comparte un dato bonito: «La primera vez que voté fue acá. Tenía sesenta años y nunca antes había podido hacerlo, ni en Chile ni en Argentina». La permanencia en Euskadi le dio esa posibilidad, casi como un buen augurio de que su situación empezaba a mejorar. «Trabajaba haciendo reformas y, cuando podía, hacía alguna excursión o algún viaje. Yo quería conocer muchas cosas. Siempre he tenido mucha curiosidad… Por lo menos una vez fui a Portugal», dice, y se instala un silencio en la charla.

Una nueva perspectiva

La lesión que tenía en la columna le arrebató unos cuantos planes de futuro. «Ya no puedo caminar. Ahora voy en silla de ruedas». Su trabajo era muy físico, ya no lo puede ejercer. Desde su nueva perspectiva, se ha topado con otras barreras. Y, a pesar de todo eso, él no se desanima. «Hago ejercicios y fisioterapia para mejorar mi estado físico, o para evitar que empeore. He conseguido algunos avances y soy bastante independiente, aunque no pueda pasar la fregona», explica con sentido del humor.

«Sigo teniendo muchas inquietudes, aunque no tenga treinta años y mi pensión sea muy pequeña. Sigo siendo una persona creativa con ganas de hacer cosas. En estos años, a raíz de mi invalidez, me di cuenta de que las cosas se podrían hacer mejor. El mundo de la ortopedia es muy caro y no todo el mundo puede acceder a las prótesis o las sillas que necesita a un precio razonable. Me gustaría crear accesorios económicos para ayudar a otras personas con discapacidad», confiesa, y en esa frase hay tanto de utopía como de potencial realidad, porque Klaudio es todo un ‘manitas’.

Existe un vídeo en el que explica cómo arreglar un pinchazo de la silla de ruedas con herramientas tan domésticas como el mango de una cuchara o de un tenedor. «En la ortopedia está todo sobrevalorado y es una pena, porque lo que me pasa a mí le pasa a mucha gente. No somos una minoría; somos el 10% de la población», dice Klaudio, que está decidido a crear una asociación de personas con discapacidades motoras en Leioa. «Hay que construir una sociedad y un entorno sin barreras. Por enfermedades, lesiones o vejez, casi todos vamos a ser dependientes en algún momento de la vida».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellos

446 | Mayté

Mayté Guzmán es periodista y llegó a Bilbao hace menos de un mes, aunque Euskadi no es para ella un lugar desconocido. Antes de venir al botxo, vivió un par de años en Donosti, donde hizo un máster en Economía Social y Solidaria. «Se trata de un modelo económico basado en la equidad y la igualdad que tiene a la persona como centro», explica en un esfuerzo de síntesis. «No obstante, el enfoque varía según los lugares. Mientras que en América Latina se lo vincula a un movimiento reivindicativo, que rompe con el capitalismo, en Europa es la cara bonita de las empresas».

Mayté es mexicana, si bien tiene raíces dispersas y ha pasado una tercera parte de su vida alejada de su tierra. «Mi madre es de Zamora, mi padre, de Puebla y yo nací en Guadalajara, donde viví hasta que me fui a estudiar a León», dice, y la frase obliga a recordar que no está hablando de Castilla sino de México, un país donde existen unas cuantas ciudades homónimas a las de aquí, desde Durango hasta Mérida. «El caso es que finalmente acabé radicada en Morelia, una ciudad que me permitía estar cerca de mis padres y, al mismo tiempo, estudiar periodismo».

El gran cambio llegó al terminar la carrera, en 2004. Ese año, Barcelona acogía el primer Fórum Universal de las Culturas y Mayté tuvo la oportunidad de venir junto con dos compañeros. «Una profesora de la universidad nos invitó a compartir nuestra experiencia como jóvenes periodistas», recuerda. La actividad, de gran calado internacional, se centraba en el desarrollo sostenible y la diversidad cultural, así que los chavales dijeron que sí. «Iba a ser un viaje de dos semanas, pero las dos semanas se convirtieron en tres meses; los tres meses, en un año, en dos, en tres…». Y así hasta nueve.

«Cuando cambias de país no puedes preverlo todo», opina. Reconoce que, antes de partir, sí había pensando en extender un poco la duración del viaje, pero también señala que nunca imaginó que se quedaría tanto tiempo. «Éramos estudiantes, veníamos de mochileros y teníamos presupuesto cero. No había un plan, sino que hicimos la típica cosa de jovencillos. Nos imaginábamos que sería fácil coger algún trabajo temporal para ahorrar un poco y viajar mucho», relata con una sonrisa auspiciada por la candidez de antaño. «Lo intentamos, claro, y lo que pasó fue que, en la necesidad de subsistir, nos fuimos quedando».

Trabajó en un hostal, un restaurante bangladeshí, uno mexicano y otro filipino. Y, de todos los viajes soñados, pudo hacer uno. «Conseguí ahorrar para ir al Vaticano durante las exequias del Papa. Estuve allí una semana, cubriendo lo que sucedía. Fue mi primera experiencia periodística de este lado del mundo», cuenta. El resto del aprendizaje vino del sector de la hostelería, «un ámbito del que no sabía nada y que me enseñó unas cuantas cosas». Pese a la distancia y la añoranza, su familia la apoyaba. «’Si yo tuviera tu edad, haría lo mismo’, me decía mi madre, aunque cada tanto me preguntaba cuándo iba a volver».

Euskadi, México, Euskadi

En 2013, después mucho tiempo en Cataluña, Mayté se mudó a Donosti. «Estuve en Guipúzcoa dos años y, cuando terminé el máster, sentí que era el momento de regresar a México». No solo lo sintió; se fue. Apretó «once años en cuatro maletas» y regresó a su país con la intención de dedicarse al periodismo. Esta vez no era un impulso de juventud. Estaba convencida. Y, pese a ello, su decisión tuvo un punto idealista como el que la trajo inicialmente aquí. «Al volver comprendí que muchas cosas habían cambiado».

«Por un lado, las principales ofertas laborales estaban en el DF, una ciudad superpoblada a la que ya no debería llegar más gente. Es una locura vivir ahí. Por otro lado, los medios de provincia está muy viciados. Allí casi no existe el periodismo de investigación; mandan los intereses y los gobiernos regionales. Y a eso hay que añadir que mi Estado, Michoacán, es uno de los más violentos del país». Famoso, hasta no hace mucho, por su Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, el lugar es ahora conocido por las tasas de criminalidad. Solo en julio de este año hubo casi 190 homicidios, alrededor del 10% de los que se registraron en todo México durante ese mes.

«Cuando llegué, encontré que mi red de periodistas conocidos estaba disuelta. Casi todos mis colegas, excepto dos o tres, se dedican a otras cosas por la inseguridad, porque tienen familia, porque tienen miedo. Incluso mi madre empezó a preguntarme hasta cuándo me iba a quedar…». En ese contexto, Mayté tomó la decisión de volver aquí. Esta vez, a Bilbao, para hacer un doctorado y una tesis que vincula la economía solidaria con la inmigración. «Siendo migrante y periodista, tengo mucho para contar». Como sostiene en su blog, «las historias cotidianas, los personajes cotidianos, son motores esenciales del periodismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Norte Ellas

445 | Mahjoub

Mahjoub Elaadrassi quería estudiar. Soñaba con ser periodista. Cuando pensaba en el futuro se imaginaba en la universidad, pero el Sahara, donde nació, no tiene pasillos con aulas. «Muchos emigran para trabajar, para buscarse la vida en lo que sea. Yo me fui porque quería estudiar. La posibilidad de aprender no debería tener fronteras», dice. Y, mientras lo dice, recuerda todas las fronteras que cruzó, que fueron muchas. Probablemente demasiadas.

Basta preguntarle cómo fue que llegó a Euskadi para empezar a hacerse una idea del periplo. «¡Buaaa…! ¿Cómo hago para resumirte diez años y catorce países?», suelta Mahjoub con espontaneidad. Hace una pausa –para tomar aire, más que para pensar– y lo intenta: «En 2007 salí del norte de Marruecos a Turquía. Allí estuve dos meses, hasta cruzar a Grecia. En Grecia viví cinco años y medio, hasta que llegó la crisis. Entonces recorrí el camino que hoy están haciendo los sirios: Macedonia, Serbia, Kosovo, de vuelta a Serbia, Hungría, Austria, Italia, Francia, Bélgica, Alemania… Hasta que llegué aquí, en junio de 2014».

Hace otra pausa y prosigue. «Mis amigos me preguntan por qué he dado toda esa vuelta para venir hasta aquí, que está tan cerca de mi punto de partida, y yo siempre les contesto lo mismo. Nadie sabe a dónde va ni cómo será el camino. Antes de salir, no puedes imaginar que estarás diez años dando vueltas por el mundo, ni que pasarás por tantos sitios o que la ruta será tan dura. Porque la ruta es tremenda, ¿eh? Es peligrosa y lo pasas mal. Lo peor del viaje es el sufrimiento», asegura y se queda en silencio. Esta pausa es distinta de las otras.

Cuando ve por la televisión imágenes de los refugiados sirios, Mahjoub revive su viaje. «Reconozco muchos sitios, yo también estuve ahí». La diferencia es que «ahora hay cámaras y antes no las había. No encontrabas fotógrafos ni periodistas». No había «testigos» en ciertos tramos del viaje y la cantidad de viajeros era menor, por tanto «estábamos más solos y éramos más vulnerables, si cabe».

«A partir de Macedonia, la ruta es muy mala. Cuando cruzamos a Serbia, nos detuvieron y nos arrestaron por entrar al país de manera ilegal. Estuve preso veinte días que me parecieron veinte años porque lo que pasa allí dentro no es normal. En esa etapa, pasé casi tres meses sin poder llamar a mi familia. Fue muy duro para ellos no saber qué había sido de mí», dice. Ni los padres de Mahjoub ni sus hermanos conocen los detalles de la travesía. «No puedes contarle todo el daño que sufriste a tu madre. ¿De qué sirve ahondar en eso? ¿Qué ganas? Mejor pensar que ya lo has pasado y punto».

Las lecciones del camino

A pesar de los sinsabores, asegura que no se arrepiente de nada. Por el contrario, lo considera como una experiencia que le ha dejado valiosas lecciones. De Grecia, donde vivió cinco años, conserva buenos recuerdos y grandes afectos. «Vivía en un pueblo pequeñito de Creta. Trabajaba en un almacén de bebidas y repartía la mercadería en una moto muy antigua, de esas de tres ruedas. La gente me conocía. Si no estaban en casa, me dejaban la llave para que les llevara las cosas. Fue una época muy buena».

Del viaje, rescata a la gente. «Conoces a miles de personas diferentes, con distintas culturas, con distintas ideas. Eso te cambia, te hace crecer», dice Mahjoub, que tiene 32 años pero se siente «mucho más viejo». También conserva enseñanzas: «Aprendí que no hay nada más importante que la salud, nada más valioso que la libertad, que es mejor permanecer en un sitio donde te sientas seguro y vivir en un lugar donde la gente sea amable contigo y con los demás. Si encuentras un sitio así, podrás empezar tu camino poco a poco».

Su descripción se ajusta a los cretenses, pero también se ciñe a los vascos. «Aquí la gente ha sido muy atenta conmigo. He podido tramitar mi documentación; soy apátrida. He podido empezar a estudiar. Estoy en la EPA, hice un curso de electricidad con Lanbide y estoy aprendiendo castellano con dos voluntarios de la Fundación Harribide, un señor mayor y un chaval. La gente de la fundación y de la parroquia de San Antonio me ayudó muchísimo, sobre todo al principio. Ahora intento ayudar yo. En Getxo, donde vivo, participo en todo lo que puedo. Allí se hacen muchas cosas para crear espacios de encuentro. Y sigo con mi meta –añade–. Yo quiero estudiar y aprender. Todavía debo mejorar mucho en gramática, pero quizás pueda ser periodista. Me siento vivo cuando escribo y tengo mucho para contar».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
África Ellos

444 | Katherine

El próximo viernes, en Vitoria, se celebrará la Mesa Social para la Paz de Colombia. El encuentro tendrá lugar en el Palacio de Villa Suso, durará seis horas y contará con la participación de personas relevantes en el ámbito político, académico y cultural de ambos lados del Atlántico. El objetivo de la iniciativa, que comenzó a prepararse hace meses, es reflexionar acerca de la situación actual en el país latinoamericano y crear un espacio de pensamiento colectivo para sus ciudadanos en el exterior. Todo un desafío, teniendo en cuenta el resultado del referéndum del día 2.

«La mesa es un punto de partida, no de llegada», apuntan sus organizadores, que se mantienen en pie pese al varapalo de «no» y de la abstención, que superó el 60%. «Queremos promover un gran diálogo para superar el conflicto social, económico y político que subyace a la confrontación armada, en favor de una paz real con justicia social para todos», añaden. Muchos de ellos, miembros del Colectivo Bachué, son víctimas de la violencia. Son refugiados. Forman parte de las casi 396.000 personas que han emigrado en busca de protección internacional. Algunos viven en Euskadi desde hace casi veinte años.

Pero no todos los participantes de la mesa tienen este perfil. «Algunas personas, como yo, vivíamos en Colombia al margen de esta realidad. Vivíamos en una burbuja», resume Katherine Muñoz, una joven bogotana que llegó al País Vasco en 2008, cuando tenía quince años. «Mi vida allí era muy fácil: clase media acomodada, colegio privado, urbanización con vigilancia y una familia compuesta por mi madre, mis hermanos y la empleada. No tenía ni idea de lo que eran las FARC, ni mucho menos podía imaginar el sufrimiento de tantísima gente porque, sencillamente, no coincidíamos. Estábamos en planos paralelos», reconoce.

Sin duda, la idea del mundo que Katherine traía desde Bogotá era también un punto de partida, pero su experiencia a partir de entonces colocó muy lejos el punto de llegada. «Fue aquí donde rompí esa burbuja. Tuve que venir a Euskadi para conocer a mi país», indica. Su historia personal muestra de manera cristalina hasta qué punto puede cambiar una persona y una situación, por difícil que parezca.

«En 2008 estaba en la época difícil de la adolescencia. Discutía mucho con mi madre y quería irme de casa. La mejor opción que encontré fue marcharme con mi padre, que en ese momento estaba viviendo en Mungia. Mis padres se habían divorciado años antes y, después de la separación, mi padre emigró a Euskadi», explica. «Yo quería poner distancia… pero uno no imagina que la distancia es esto».

En el ‘esto’ de Katherine caben muchas cosas: «Un padre que trabaja como jardinero o en la construcción o en lo que surja, un colegio público en Bilbao donde hay chavales extranjeros como tú, incluso de tu país, con los que no tienes afinidad, una crisis económica que deja a tu padre sin ingresos, una cola para el banco de alimentos de Cáritas, una remesa desde Colombia que me mandaba mi mamá para ayudar, un cubo de agua fría cuando dices ‘soy estudiante’ y descubres de repente que eres una inmigrante más».

Una mudanza de piel

Lo dice sin ambages: la emigración, para ella, fue «una cura de humildad». También le permitió llenarse «de herramientas y recursos» que, de otro modo, jamás habría tenido. «Me habría quedado en Bogotá, habría estudiado Medicina en la Universidad Javeriana y jamás me habría enterado de cómo vive buena parte de la población en mi país». En su lugar, Katherine se estrenó en el mercado laboral en una cadena de comida rápida, ahorró, y con eso se pagó el primer año de su carrera en San Sebastián.

«El segundo año tuve una beca, aunque siempre me ha ayudado mi madre desde Colombia», dice Katherine, que se acaba de graduar como antropóloga. Su carrera, además de la experiencia vital, contribuyó mucho a su cambio. «Mientras estudiaba conocí a personas que lo habían pasado muy mal, colombianos que tuvieron que exiliarse por culpa de la guerrilla, de la violencia machista, de situaciones económicas tremendas… Comprendí el alcance del problema, el impacto de la violencia en la vida de las personas, y desde entonces estoy comprometida con esta causa. Por eso participo en la Mesa del viernes».

En su ponencia, abordará el tema de cómo los jóvenes apuestan por la paz en Colombia. «Es complicado. La gente joven vive en la inercia del bienestar. Si nos movemos poco por la LOMCE, que nos afecta directamente, menos aún por algo que sucede al otro lado del mundo. De todas maneras –matiza–, hay que seguir. Siempre se puede cambiar para ser mejor persona y construir una mejor sociedad».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas