455 | Irina

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza están hablando? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más actual. «Yo crecí en una familia mixta, muy mixta –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Yo hice mi primera carrera en San Petesburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Bajo el clásico lema ‘Mens sana in corpore sano‘, estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petesburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Cuando salgas, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; por las tardes daba clases en un gimnasio y también supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió insostenible, «y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«Originalmente, iba a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó –la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal–. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

A partir de ese momento –diciembre de 2003–, Irina vivió un periplo difícil, que incluyó homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia que, si no, te vas a convertir en barrendera’. Ser empleada de hogar fue todo un aprendizaje», apunta Irina que, pese a todo, nunca abandonó el interés cultural. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo diverso –tan diverso como la ex URSS– conformado por varios extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan el lazo con sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘ah, entonces eres rusa y bebes vodka’, siempre digo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 Asia Ellas Europa

454 | Ada

Ada Ngomo Meñina sabe que los puntos de partida pueden marcar el camino de una persona, pero no por ello han de ser determinantes ni decisivos. “Nacer en un sitio no significa que debas estar allí toda la vida”, dice esta ciudadana de Guinea Ecuatorial que emigró de su país hace seis años. “En Guinea hay dictadura. ¿Qué clase de vida y de oportunidades puedes tener en un lugar donde hay un régimen autoritario? Yo quería hablar libremente, formarme, conocer otras personas. Y, sobre todo, quería que mi hija tuviera algo mejor de lo que tuve yo”.

Su hija, que ahora tiene doce años, no tendrá que renunciar a los estudios o al trabajo para asumir una maternidad temprana ni dedicar todo su tiempo a las labores del hogar. “Siempre quise algo distinto para ella, que tuviera otras opciones. Realmente, ser madre de una niña fue lo que me impulsó a venir aquí. Mi hija fue mi maleta”, dice ella, y reconoce que el camino no fue fácil. “Nos pasó de todo, como a todo el mundo, pero no me arrepiento de la experiencia. A pesar de las dificultades, lo volvería a repetir. Mi hijo pequeño fue un regalo del viaje. Vivir en un entorno seguro y próspero para mis niños me hace sentir que ha merecido la pena”.

Ada llegó en 2010. Tras pasar unos meses en Madrid en casa de su padre, se trasladó a Durango, donde también tenía familia. “Tenía una prima que, al cabo de un tiempo, se marchó. Yo, en cambio, me quedé. Me gustó mucho el País Vasco y decidí iniciar aquí mi nueva vida. Estuve varios años en Durango, hasta el verano pasado, que me mudé a Balmaseda. La verdad es que desde entonces me siento feliz. Siento que he encontrado mi lugar. En Balmaseda me siento en casa”, subraya con entusiasmo.

Una de las razones que explican ese sentimiento es la existencia de una asociación que se fundó hace algo más de un año, que tiene su sede en el pueblo y que trabaja activamente para promover la integración social, el empoderamiento femenino y -no menos importante- combatir la soledad. “La asociación se llama ‘Nos Unimos‘ y creo que el nombre en sí mismo ya te cuenta muchas cosas. Esta ONG lucha contra la pobreza y la desigualdad sociocultural, pero también fomenta el encuentro. La idea es que la gente que está sola se pueda reunir con otras personas, tanto de aquí como de otras partes del mundo”.

Tejer redes, estrechar lazos

“Una de las cosas que suceden cuando emigras es que pierdes tu red social, tus afectos. De pronto te encuentras sola y, encima, con prejuicios. Porque, aunque seamos de fuera, también tenemos prejuicios acerca de otros países. La televisión nos vende estereotipos a todos. Entonces, puedes quedarte con eso o animarte a conocer personas distintas, de diversos lugares, y formarte tú misma una opinión. A mí me ha pasado, incluso con gente de África, de países como Ghana o Nigeria, de los que no tenía ni idea”.

“En ese sentido -prosigue-, la asociación es una puerta abierta al mundo. Allí hay gente de muchos sitios; del Sáhara, de Cuba, de Camerún, de Euskadi… La presidenta, Clementine, es congoleña; es una mujer increíble que se preocupa mucho de la gente del pueblo, de los mayores que están solos y de la gente que está intentando salir adelante. También es voluntaria en otras asociaciones y trabaja para mejorar las condiciones de vida en países menos afortunados que este. Ella es un ejemplo para muchos de nosotros y consigue, con su manera de ser, que nos respetemos como personas, como seres humanos, más allá de la procedencia o la religión de cada uno”.

Ada pone de relevancia la labor de esta ONG porque participa activamente de las distintas iniciativas y siente que el encuentro le ha aportado calidez. “Los inmigrantes, en general, somos gente que lucha y que busca una oportunidad. Uno no arriesga la vida para venir a robar a nadie. El tema es que, si estás solo, es muy difícil afianzarte y progresar. Para salir adelante siempre necesitas el apoyo de los demás, y esto es igual para todos. Cuando te reúnes te vas dando cuenta de eso, de lo importante que es crear comunidad”.

Los talleres sirven como excusa para “hablar con otras personas y darte cuenta de que no estás sola, de que los demás también han tenido experiencias difíciles. Pero también sirven para adquirir nuevas habilidades. Tenemos una profesora de costura muy buena. Ella es de aquí y viene cada semana desde Basauri. Yo creía que sabía coser hasta que la conocí. Nos ha enseñado a arreglar prendas y dejarlas bonitas otra vez, a hacer los disfraces del colegio para los niños, a ahorrar. Estamos contentos. La asociación está cambiando muchas vidas y no solo la de los inmigrantes”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellas

453 | Diego

La historia de Diego Chávez es similar a la de muchos jóvenes latinoamericanos que conocieron la emigración siendo niños. Unos se iban de sus países, otros veían partir a sus padres. Y otros tantos, como él, experimentaron las dos caras del proceso: despedir a quienes se iban y marcharse un tiempo después al destino elegido por los primeros. Así fue el comienzo del siglo XXI para miles de familias en América Latina, desde Ecuador y Colombia hasta Argentina y Bolivia, el país donde él nació.

Lo que diferencia a Diego de muchos otros chavales que llegaron al País Vasco en estos años es su talento deportivo y la constancia que ha tenido para entrenar hasta convertirse en un tenista profesional. A día de hoy, este joven boliviano es el campeón de Euskadi Absoluto, ha ingresado en el ranking ATP y tiene serias posibilidades de competir por la Copa Davis, formando parte del equipo de Bolivia. «Mi meta es mejorar cada día y ver hasta dónde puedo llegar», dice con una solvencia que camufla los 21 años que tiene.

Y es que, a pesar de su juventud, Diego es todo un ‘veterano’. El deporte lo cautivó desde la cuna. «Empecé a practicar tenis cuando tenía cuatro años, en Bolivia, pero iba a los partidos desde mucho antes. Mi padre era entrenador y mi madre iba a ver los partidos cuando estaba embarazada, así que desde entonces estoy ligado a este mundo», relata con simpatía. «Recuerdo que cuando mi padre iba a dar clases yo iba pegadito a él. Me encantaba acompañarlo. El tenis siempre fue algo imprescindible en mi vida, desde niño», agrega.

En 2003, cuando él tenía ocho años, su madre emigró a Euskadi. La decisión, aunque muy dura, no era algo excepcional en ese tiempo. Por el contrario, era tendencia. La madre de Diego fue una de las 15.485 mujeres bolivianas que, según los datos del INE, cruzaron el Atlántico ese año. Buscaban, en ese viaje, expandir los horizontes, las perspectivas de sus familias. «Ella vino a trabajar y, por suerte, le fue muy bien. Yo me quedé en Bolivia con mi padre, mi abuela y mis hermanos, hasta que mi madre pudo traernos a todos». Para entonces, habían pasado tres años.

Diego llegó al País Vasco en 2006 y recuerda aquello como «un cambio bastante brutal». Muchas cosas se alteraron en ese primer momento. «Por un lado, dejé a mis amigos de la infancia, la escuela de siempre, lo que conocía. Por otro, me encontré con un idioma totalmente nuevo. En el colegio, las clases se daban en euskera, así que tuve que aprender a toda velocidad, con clases de refuerzo, para poder manejarme y entender lo que me decían». No le faltaron desafíos durante el primer año, que dedicó por completo a adaptarse. «Estuve un año sin jugar al tenis, hasta que me fui acomodando. Entonces sí, volví a entrenar».

No perder la pista

Empezó en Barakaldo y poco después se pasó al Club de Tenis Fadura, donde sigue jugando hoy. Pero también aquello le planteó nuevos retos. «Yo estaba acostumbrado a jugar en tierra batida y en altura», observa. Cochabamba, su ciudad, está a 2500 metros sobre el nivel del mar. «Aquí tuve que aprender a jugar en pista dura y a comprender el sistema de entrenamiento, que también era distinto. Por suerte, me hice muy amigo de mi entrenador y poco a poco fui mejorando. Este año empecé a dedicarme al tenis de manera profesional».

Diego es cauto y se plantea objetivos realistas, aunque no por ello poco ambiciosos. «De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo. Sé que no es fácil, pero también creo que con dedicación y sacrificio se pueden hacer muchas cosas. Puedes tener aptitudes o talento, pero la disciplina y el esfuerzo son lo que marcan la diferencia», opina el joven tenista, que tiene como referencia deportiva a Rafa Nadal. «Siempre me ha gustado por su carácter, por la capacidad de luchar cada punto y por la fortaleza mental. También me gusta Andy Murray; está hecho un atleta. Pero Nadal es impresionante».

Cuando le preguntan por su mejor partido, el que más disfrutó, Diego responde sin dudar. «Fue hace dos años, cuando conseguí mi primer punto ATP. El partido duró cuatro horas, se definió en el tercer set. Iba 5 a 1, abajo, y conseguí remontar. Gané en el tie break y me metí en el ranking ATP. Fue increíble», recuerda. Momentos así ponen en valor el sacrificio de sus padres, que muchas veces lo acompañan y alientan en los partidos, aunque no en todos. «Cuando juego fuera de España, viajo solo y me apaño como puedo para controlar un poco los gastos. Cuando juego aquí, sí, mi familia y mis amigos están presentes. Ese apoyo suma mucho y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 América del Sur Ellos

452 | Mounir

Llegó al País Vasco hace más de veinte años con una única meta: estudiar. Cuando se marchó de Marruecos, su país, Mounir Bou-Ali era un joven físico que deseaba progresar en su carrera. El horizonte se perfilaba lejos de Tánger y como una tesis doctoral. Aunque «tenía más sentido ir a Francia o a Bélgica» –ya que había hecho toda la carrera en francés–, vino a Euskadi porque «tenía amigos estudiando aquí» y porque «las referencias académicas eran muy buenas». No imaginaba Mounir que con aquella decisión cambiaría tanto su vida, que acabaría encontrando aquí su lugar en el mundo, formando una familia y recibiendo varios reconocimientos por sus trabajos de investigación, como sucedió.

«Vine a hacer el doctorado a Leioa porque me habían dado buenas referencias de la universidad, e hice mi tesis sobre Mecánica de Fluidos. La Mecánica de Fluidos es la asignatura que analiza el comportamiento de cualquier material deformable», apunta de manera didáctica para que lo entienda hasta alguien de letras. El caso es que, mientras hacía su doctorado, conoció a Pilar, una chica que también estaba haciendo su tesis –la suya, en Biología– y que hoy es su mujer. Aunque los posgrados tengan fama de ser incompatibles con la vida social, Mounir asegura que «se pueden hacer las dos cosas a la vez».

La pareja, el trabajo y el entorno modificaron sus planes iniciales. «Originalmente, no iba a quedarme, pero una vez que estas aquí, te enamoras de Euskadi. Desde que llegué encontré gente muy trabajadora, gente noble, seria y sana. La sociedad en su conjunto era muy educada, todo estaba limpio y en orden. En la calle no oías ni los pitidos de los coches ni nada. No esperaba encontrar algo así y la verdad es que me encantó. Me sentí muy a gusto desde el primer día», relata.

Los años siguientes fueron, quizá, más exigentes para él porque su trabajo estaba en Navarra y la familia, en Vizcaya. «Saqué una plaza de profesor asociado en la Universidad Pública de Navarra, me casé con Pilar y tuvimos a nuestros hijos, Ismael y Nadia». Con el trabajo allí y la familia aquí, Mounir empezó a buscar otras opciones más cercanas que le evitaran tener que desplazarse tanto. «En 2002 saqué la plaza de profesor en Mondragon Unibersitatea y, desde entonces, me encuentro fenomenal. Aquello fue un desafío muy estimulante porque empezamos con la Mecánica de Fluidos desde cero, tanto con la asignatura como con el departamento de I+D», recuerda.

A día de hoy, Mounir da clases a los jóvenes que cursan el tercer año de Ingeniería. Asegura que los aprecia como si fuesen sus hijos y no duda en definirlos como «el futuro de Euskadi». Además, coordina el departamento de Mecánica de Fluidos y continúa investigando en la materia, una labor por la que él y su equipo han recibido distintos reconocimientos y premios, dentro y fuera del País Vasco. «Hemos conformado un excelente grupo de trabajo, de prestigio. Tenemos varios proyectos y, sí, hemos sido galardonados por algunos», dice con tanta alegría como sorprendente naturalidad.

Premio de Europa

El premio más reciente lo recibieron hace muy poco, en noviembre, cuando la Agencia Espacial Europea reconoció su labor en un proyecto de alcance internacional que busca predecir el comportamiento termo-hidro-dinámico de distintas mezclas que se encuentran sometidas a altas presiones. «Este es un proyecto en el que participan otras universidades, además de la de Mondragón, y otros países, como China, Francia e Inglaterra –detalla–. Aunque la tendencia general es la de recortar en investigación científica y reducir las convocatorias, en Euskadi se promueve la investigación y el tema está mejor que en muchos otros lugares», añade.

Mounir también reconoce que su país ha mejorado en ciencia e innovación. «Viajo con cierta frecuencia para ver a mi padre, que vive allí, y he notado en estos años un avance gigantesco. Marruecos tiene muchos proyectos de gran envergadura, como la planta termosolar más grande del mundo», dice, mientras constata que las cosas han cambiado mucho y que ahora hay más oportunidades de las que había cuando él era un chaval.

«A veces, para tener éxito no basta con tener talento. Hay que estar en el lugar adecuado, y Euskadi es uno de ellos. Si yo no hubiera venido a hacer el doctorado, probablemente hoy sería taxista, como mi padre, y no habría podido dedicarme a lo que más me gusta, a la investigación. Por eso siento que he acertado. Por supuesto, echo de menos cosas de mi tierra, y viajo allí cada tanto, con la familia o incluso con la cuadrilla. Pero lo cierto es que aquí he encontrado mi sitio. Vivo en Elorrio y, para mí, es el pueblo más precioso del mundo. Me siento agradecido con el País Vasco e intento dar lo mejor de mí al lugar que tanto me ha dado».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellos

451 | Edmund

Edmund Bardrick es inglés. Nació en Peterborough, una pequeña ciudad situada al norte de Londres en cuya catedral yacen los restos de Catalina de Aragón, pero hace tiempo que no vive allí. Emigró con el estreno de este siglo, cuando tenía 25 años. «Había terminado mis estudios y estaba trabajando en Inglaterra, aunque el empleo no me gustaba. Me aburría –confiesa–. Quería hacer algo distinto y entonces surgió la idea de venir a Bilbao». En ese momento, solo conocía a tres personas de Euskadi –dos chicas que habían ido a Reino Unido de Erasmus y el novio de una de ellas–, pero igualmente se aventuró.

«Vine y me quedé. Desde el principio me sentí muy a gusto, tanto con la gente como con el lugar», relata en un castellano impecable que atribuye a una mezcla entre la formación tradicional y el esfuerzo propio. «Estudié en la Escuela Oficial de Idiomas, aunque aprendí mucho hablando con las personas, mirando películas, hincando los codos y leyendo», recuerda. Hoy es él quien enseña a otras personas a hablar inglés. La decisión de cambiar de país supuso un giro muy grande en su vida: en un único movimiento, cambió de entorno y de profesión. Desde que llegó a Bilbao, Edmund se dedica a la docencia.

«Disfruto mucho con mi trabajo porque siento que aporto valor a la enseñanza local y porque creo que contribuyo a mejorarla», dice Ed, que reparte sus clases entre una academia de idiomas en Orduña y un centro de formación empresarial en Bilbao. «Viajo mucho, sí –dice entre risas–. Entre los dos sitios tengo alumnos de casi todas las edades, desde niños pequeños, de unos cuatro o cinco años, hasta adolescentes y personas adultas. Obviamente, las clases son muy distintas entre unos y otros grupos. Con los niños, por ejemplo, juego mucho; aunque a todos los hago trabajar un montón».

Edmund nota que los niños son más relajados con el asunto del aprendizaje –probablemente, porque lo viven como un momento lúdico–, pero que, a medida que las edades aumentan, también crecen la presión y las sensaciones de frustración. «A mis clases ha llegado mucha gente desilusionada con el asunto del inglés; personas que han intentado distintas cosas y que sienten que no han aprendido lo que esperaban o lo que les prometía la publicidad. Sienten que han invertido muchos años y que no han avanzado de manera sustancial. Eso es un problema porque te quita la motivación», observa.

Y es que, en opinión de Edmund, «tener éxito es fundamental para estudiar». Su frase llama la atención porque, en general, se plantea al revés –hay que estudiar para tener éxito–, pero él lo explica de la siguiente manera: «Si tú te esfuerzas mucho en aprender algo y ves que no progresas, sientes que el esfuerzo no te sirve y lo dejas. Si, en cambio, sientes que aprendes, que avanzas, que las clases te dan un éxito real, entonces te esmeras más, te motivas y estudias. Yo he visto muchos cambios de actitud en estos años, y se deben a eso, a que la dedicación se ve recompensada».

El método propio

Su experiencia como profesor le hizo notar esos obstáculos. Su creatividad le permitió diseñar un mecanismo para sortearlos. A lo largo de estos años, Edmund ha ido perfeccionando un método propio de aprendizaje del que se siente muy orgulloso, a la luz de los resultados. «En las clases utilizo mucho las traducciones. Me apoyo en ellas para que los alumnos adquieran vocabulario y, sobre todo, para que avancen rápido en la parte gramatical. Con una frase simple puedes hacer muchas cosas y conseguir que las personas manejen tiempos verbales complicados, otras frases más complejas y construcciones que se suelen aprender en niveles más avanzados», detalla con entusiasmo.

Ese progreso que ha notado en sus alumnos es una de las razones por las que se ha quedado a vivir en Bilbao. «Como profesor, siento una gran satisfacción, para mí también es importante comprobar que lo que hago funciona», reconoce. No obstante, hay más cosas que lo ligan al País Vasco, como la música o la manera de ser de la gente. «Toco la guitarra y participo en jam sessions cuando puedo, ya sea en Deusto, en Recalde o en Getxo. En Cabo Matxixtako, por ejemplo, me lo paso fenomenal con amigos de aquí y extranjeros», dice. Y, ya en términos cotidianos, Edmund pone en valor ciertas costumbres sociales. «La ciudad es cómoda, el vecindario es apacible y la gente me conoce. La cordialidad es habitual y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellos Europa

450 | Rodrigue

Cuando Rodrigue Bembide se marchó de su país, no imaginaba que tardaría años en llegar a un lugar seguro. Menos aún, que acabaría hablando en un idioma distinto al suyo ante un público numeroso y diverso, como sucedió hace pocos días en el Palacio de Congresos de Vitoria. Cuando se marchó de su país, Rodrigue solo pensaba en lo elemental: salvar la vida, escapar. La guerra civil de la República Centroafricana, que comenzó en 2012 y todavía continúa, no solo se ha cobrado la vida de 5.000 personas. También ha expulsado de sus hogares a unos 900.000 ciudadanos, muchos de los cuales se han visto forzados a emigrar, como él.

«En mi país hay una guerra de religión, una lucha de poder que empezó como algo puntual pero que ahora afecta a todas las personas. El odio se ha metido en las familias, entre vecinos y amigos, en las casas…», describe como puede y se lamenta. La disputa por el gobierno –y los recursos del suelo, que abundan– ha incorporado las creencias religiosas a la contienda política, ya compleja de por sí. El resultado es una profunda fractura social entre cristianos y musulmanes; personas que, hasta no hace mucho, vivían en paz y hasta formaban familias. «Mi madre era cristiana y mi padre, musulmán», dice, y los verbos se conjugan en pasado. Su familia ya solo se encuentra en la estadística.

«Aquello fue terrible, brutal… por eso no me gusta pensar en lo que pasó. Yo no quiero quedarme ahí, sino mirar hacia adelante. Quiero contribuir a cambiar la ideología violenta que hay ahora mismo en mi país. Quiero mejorar las condiciones de vida de las personas que están allí, colaborar con la gente, mostrar que las cosas se pueden hacer de otra manera, como aquí». Rodrigue habla de futuro y se ilumina su mirada. «Tengo un hijo pequeño y pienso mucho en él. Quiero que crezca feliz y sin miedo», señala. Su niño nació en Marruecos. Rodrigue fue padre durante el viaje.

«Es que demoré mucho en llegar a Europa; la ruta es muy larga. Solo en Marruecos estuve tres años. Allí conocí a la madre de mi hijo, que es centroafricana como yo, y allí tuvimos al niño. Yo pude llegar hasta Euskadi, pero ellos no; ellos han vuelto», resume. Han vuelto a uno de los países más empobrecidos del mundo donde, según datos de la ONU, la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. «Están allí». La sencillez de sus palabras no esconde la complejidad de estas migraciones, que discurren por caminos sembrados de trampas.

La casa tranquila

Rodrigue lleva diez meses en Vitoria y se siente «afortunado». Valora la seguridad y la tranquilidad del entorno, y también a las personas que ha encontrado y que le arropan. Está haciendo dos cursos de formación profesional y, además, colabora activamente con CEAR. «Por la mañana voy a un curso de fontanería y calefacción. Por la tarde, estudio electricidad. Pienso que si aprendo más cosas voy a tener más posibilidades de encontrar un empleo. Yo no quiero vivir de ayudas sino trabajar. Tengo un hijo al que sacar adelante», dice muy serio.

Y con la misma seriedad opina que le falta pulir su castellano. «El idioma se aprende hablando con la gente; por ahora no tengo mucho tiempo para conversar porque paso casi todo el día estudiando», dice poco antes de subir al escenario en una de las salas del Palacio Europa. Tiene previsto hablar para unas trescientas personas que, como él, participaron en el programa Bizilagunak. La iniciativa, impulsada por CEAR-Euskadi con el apoyo de la Diputación de Álava y otras instituciones, reunió este año a 227 familias locales y de otras partes del mundo en torno a la mesa.

En su edición alavesa, las comidas de Bizilagunak tuvieron lugar el pasado 13 de noviembre en los hogares de las personas participantes. Pero los nexos no acabaron allí. «Ahora nos reunimos todos para celebrar esos encuentros, ver un vídeo con las imágenes que hicimos ese día y compartir con los demás cómo fue nuestra experiencia. Para mí –avanza– fue algo muy especial. Nunca había participado en algo así y me gustó mucho. Creo que las iniciativas como estas son muy importantes para acercar a la gente, para conocerse con los demás, para sentirse en casa».

«Todos somos una gran familia. Nos tenemos que cuidar unos a otros. Las diferencias no tienen por qué ser un problema», agrega. Sus palabras tienen un peso especial si se considera la realidad que atraviesa su país, la experiencia que ha tenido y sus pérdidas. Los manteles de Bizilagunak previenen daños en el tejido social y, casi como un espejo de inversos, muestran otra realidad de convivencia posible. «El color de la piel es algo superficial –dice Rodrigue señalando su antebrazo–. Debajo estamos hechos de lo mismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos