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Nigeria casi nunca es noticia. Poco se cuenta en el mundo de esta antigua colonia británica que, en la actualidad, es el país más poblado de África y uno de los que registra más cantidad de idiomas. Allí se habla medio millar de lenguas, además del inglés, aunque en el plano internacional su embajador sea el silencio. La excepción ocurrió este año, cuando el grupo terrorista Boko Haram secuestró a más de doscientas niñas de una escuela de Chibok, al noreste del país. Entonces sí, las vicisitudes del Estado traspasaron sus fronteras para caer en las redes sociales e instalarse en los telediarios.

La noticia de las chicas secuestradas sobrecogió al resto del mundo. Miles de personas -incluidos muchos políticos- se fotografiaron con el lema ‘Devolved a nuestras niñas’ (‘Bring back our girls’). Pero, ¿qué puede sentir un nigeriano cuando ve esas noticias desde lejos? “Que nada ha cambiado y que el país ha ido a peor; que allí gobierna el miedo”. Así de contundente -y, también, de resignado- responde Unity James, un ciudadano del sur de Nigeria que vive en Vitoria desde hace ocho años.

“El país ya estaba mal cuando yo me fui… y mira que, de eso, ya ha pasado un buen tiempo”, aclara él, que vivió varios meses en París y cinco años en Madrid antes de radicarse en Euskadi. “Nigeria no ha tenido buenos Gobiernos ni buenos líderes. La mayor parte de las instituciones están marcadas por la corrupción. Cuando yo vivía allí, aunque estudiaba, lo único que veía era que no iba a tener posibilidades de futuro. Daba igual la cualificación que tuvieras o que hubieras estudiado mucho: en mi país, sin un ‘enchufe’, no tienes ni una oportunidad”, lamenta. Y añade que por eso se fue.

“La gente no se va porque sí, ni porque quiera vivir lejos de su familia. La gente se va de un país cuando siente que en él no va a poder buscarse la vida. Eso fue lo que me pasó a mí. Si yo hubiera sido el hijo de un ministro, seguro que no tendría problemas para salir adelante y conseguir un trabajo. Pero mi familia es una familia normal. Mi hermano emigró antes que yo; vino a Madrid y, gracias a él, pude venir yo también. Cuando miro lo que ocurre ahora mismo en Nigeria siento muchísima pena, una gran tristeza. Duele ver que tu país va a peor. Ahora, además de la corrupción y la falta de trabajo, hay miedo, hay inseguridad y está la incertidumbre de no saber qué va a pasar mañana”.

Un miedo desconocido

Más que en el pesimismo, las palabras de Unity se apoyan en una dura realidad. Analiza la situación con parámetros europeos y toma decisiones con la responsabilidad de tener tres hijos. “Lo que ha ocurrido en mi país con las doscientas niñas secuestradas es impensable en Europa. Aquí no se conoce esa clase de inseguridad. Por supuesto que me gustaría volver a mi tierra algún día, pero no en estas condiciones: sin trabajo, con tres hijos vascos y con miedo. No puedo hacerles eso a ellos, que han nacido aquí y están acostumbrados a esto”, razona él, aunque también es crítico con el ‘sueño europeo’.

“Honestamente, yo no puedo decir que aquí estamos ‘muy bien’, o que estamos como imaginamos que estaríamos. En este momento, estoy en el paro y es mi mujer quien soporta toda la carga económica. Eso no es vivir mejor, eso es aguantar, resistir, como tantas otras familias de aquí con la crisis”, explica Unity, que es miembro activo de la asociación nigeriana Esan Akugbe y colabora también con Kira, la Coordinadora de Inmigrantes y Refugiados de Álava. Es evidente que conoce de primera mano infinidad de situaciones dramáticas.

Resulta interesante conocer su opinión sobre otras de las noticias más calientes del momento: la frontera sur y los saltos grupales a la valla. “Personalmente, nunca estuve allí ni viví nada similar porque vine de otra manera, con una carta de invitación de mi hermano y todas las cosas que me pedían -explica-. Pero cuando veo esas imágenes siento tristeza y vergüenza. Los jóvenes que cruzan así, jugándose la vida, no tienen información. No saben realmente lo mal que está el país, ni que hay crisis, que falta trabajo o que, como inmigrante, lo pasas mal. Esa información no llega a África. Y, cuando llega, no le hacen caso. No se lo creen. Allí todavía se piensa en Europa como un gran árbol que da dinero”.

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258 | Amina

Pasado mañana, en Bilbao, comenzarán las jornadas internacionales sobre ‘Género, comunicación y construcción de paz en África’, una iniciativa de ACNUR que se desarrollará en el Colegio de Abogados de Vizcaya. En la ceremonia de inauguración, prevista para el miércoles a las 17 horas, se estrenará el documental ‘Msilale Wanawake: mujeres de Kivu Sur caminando’, grabado en la República Democrática del Congo durante las elecciones presidenciales del país.

La importancia de estas jornadas, que durarán dos días, es que intentarán acercar la realidad de millones de mujeres del vecino continente y destacar su capacidad de lucha. Mujeres que, si bien son las principales afectadas por los conflictos violentos de sus países, no han perdido la capacidad de organizarse para resistir, desarrollar sus propias vidas, sobreponerse a escenarios de guerra o sumisión y buscar su felicidad, aunque esté lejos, en otra parte del mundo. Mujeres como Clementine Baza Bola, que en septiembre de 2011 compartió su dura historia en estas páginas, o como Amina Mohammed, que lo hace hoy.

Su relato se ambienta en Sokoto, al norte de Nigeria, y algunas cifras domésticas ayudan a entender mejor el punto de partida. La estructura de la casa: 64 habitaciones y cuatro salas. El interior: cincuenta hijos, cuatro esposas, ocho concubinas y su padre, un hombre “muy poderoso e importante” en el país, con “un modo de pensar muy anticuado”, a quien “le gustaban el poder y las mujeres”. Un ex militar reconvertido en comerciante que no dudó en decirle a Amina que debía casarse y ser la tercera esposa de un hombre de 52 años para mejorar el negocio familiar.

“Mi padre, que ya ha muerto, fue un hombre muy rico. Y también fue muy estricto y muy duro”, dice Amina con su acento peculiar y sin ningún resquicio de duda. “Yo tuve muchos problemas con él porque me opuse a sus ideas y a lo que quería para mí”, añade esta licenciada en Administración de Empresas que llegó a Burgos hace cuatro años, y que se mudó a Balmaseda hace apenas dos meses. “Cuando emigras una vez, ya no dejas de hacerlo nunca. Te acostumbras al cambio y te aburre la monotonía”, sostiene.

Educación y complicidad

La educación universitaria que recibió fue su principal herramienta para rebelarse, pero la complicidad de su madre fue indispensable para poder salir del país. “En la zona de Sokoto, las mujeres se casan muy jóvenes, entre los 12 y los 14 años de edad. Pero si tienes estudios, eso cambia un poco”, explica Amina, enfatizando con el tono lo de ‘un poco’.

“Si vas a la universidad, te casas cuando acabas los estudios”, añade para completar la idea. Eso fue lo que su padre esperaba de ella, y lo que ella rechazó. “Le dije que no, porque yo había estudiado y quería para mí un hombre guapo e inteligente”, recuerda. La afrenta, sumada al hecho de que Amina había empezado a salir con un chico “cristiano y pobre”, desató un infierno en su casa.

“Mi padre era musulmán, iba todos los años a la Meca, y me dijo que ni en sueños iba a permitir que me casara con un cristiano que, además, no tenía dinero. Ya te digo que tenía una mentalidad muy conservadora… bueno, para algunas cosas, porque su debilidad eran las mujeres”, matiza Amina, que en aquel momento tuvo claro que, si quería ser libre, debía partir. Entre vivir en una jaula de oro y empezar desde abajo en cualquier sitio, escogió la segunda opción. “La única”, dese su punto de vista.

“Yo trabajaba en una empresa y pude ahorrar algo de dinero, pero no era suficiente. Entonces mi madre, que conservaba la dote de cuando se casó, me dio parte del oro. Cogí la mitad, lo vendí, y con eso más lo que yo tenía, me fui. Así fue como salí de mi país”, resume Amina, que está “encantada” con el País Vasco y con Balmaseda.

“He cuidado niños, he hecho labores domésticas, fui interna cuando vivía en Burgos y dejé atrás la riqueza de Nigeria. Como a mucha otra gente, ahora me cuesta llegar a fin de mes. Pero no me importa. Yo quería ser libre y lo soy. Es el precio que me ha costado”.

2012 África Ellas