457 | Guillermo

Guillermo Hurtado tenía quince años cuando su madre emigró a Euskadi. «Vino aquí a trabajar. Yo aún estaba estudiando en Nicaragua», recuerda él, que no tenía previsto marcharse como ella pero acabó siguiéndole los pasos. «Habían pasado cuatro años, yo ya había dejado los estudios y formaba parte de un grupo profesional de danza folclórica. No tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Entonces mi madre me trajo. Sin contar las escalas que hizo el avión, vine directo a Bilbao desde Managua», cuenta con simpatía.

Desde aquel momento hasta hoy han pasado siete años y unas cuantas experiencias. «Al principio todo es maravilloso; luego te vas dando cuenta de la realidad», apunta. Quizás porque su madre lo estaba esperando aquí –y eso suponía, además, un reencuentro–, quizás porque también vino su hermano, o tal vez por la edad que tenía al llegar, los recuerdos de Guillermo sobre los primeros tiempos como extranjero son opuestos a los de otras personas, que se refieren a los inicios como el periodo más duro. «Siempre me sentí bien recibido y acompañado, muy a gusto con la gente y el lugar».

La cocina, antes que el baile, fue la actividad que más favoreció su inmersión en la cultura vasca. «Aprendí gastronomía en un curso de formación profesional y trabajé en hostelería como cocinero. No hay nada como la comida para integrarse en una cultura como esta», opina. Y, sin embargo, la apuesta de Guillermo es el baile. «Saber bailar es un puntazo. Disfrutas mientras aprendes, cuando ves a otras personas, cuando sales un fin de semana… Por eso hay tanta gente que se interesa en la danza y que se anima a aprender. Cada vez hay más público para esto».

Sabe bien de lo que habla: además de integrar un grupo de baile profesional, con el que ensaya periódicamente, enseña en tres academias de danza y en un pub. «Lo del pub es solo los sábados; enseño algunos pasos y animo la fiesta –detalla–. En las academias, sí, trabajo entre semana. Y estoy súper contento porque vivo de lo que me gusta. Trabajar en algo que te apasiona es muy importante; es lo mejor que te puede pasar», afirma con alegría este profesor de salsa y bachata.

«Enseño los dos estilos, pero lo mío es la salsa. Me formo y me enfoco en eso, que es lo que más me atrae», explica Guillermo, que participa con asiduidad en salones y congresos de baile –el más reciente, el viernes pasado, en Derio, en el IV encuentro de baile afrolatino–. «Pienso que en la vida te tienes que enfocar. No puedes hacer muchas cosas y esperar que todas te salgan perfectas –señala, refiriéndose a la danza–. No creo que puedas ser bueno en todo. Yo, al menos, prefiero elegir, centrarme y dedicar mi energía a una cosa para hacerla cada día mejor».

Los mitos

Para él, las cosas no vienen dadas, sino que se consiguen a base de esfuerzo y de talento personal. «Nicaragua no es una referencia mundial del baile, como pueden ser Cuba o Colombia, pero eso no significa que el baile y la música no ocupen un lugar muy importante en la sociedad. Bailar es parte de nuestra cultura», expone antes de agregar un matiz: «Sin embargo, que hayas nacido allí o que vivas allí no significa que vayas a ser buenísimo en la pista. Eso es un mito. Yo he tenido alumnos latinos que mmm… no eran muy buenos, y gente del País Vasco con muchísimo sentido del ritmo. ¡Hay personas de aquí que bailan muy bien!».

El entusiasmo con el que habla refleja lo mucho que disfruta de sus clases, a las que asisten alumnos muy distintos entre sí: «hombres, mujeres, jóvenes, mayores… Siempre hay más chicas; no sé por qué, a los chicos a veces hay que andar pescándolos», indica entre risas. «Pero lo bueno es que hay diversidad y eso es bonito de ver. Todo el mundo puede aprender; nunca es tarde», asegura Guillermo y recuerda que él se animó con los fogones vascos en su día.

«Cambiar de país o conocer personas de otros países es una oportunidad para aprender cosas nuevas e interesantes. Venir aquí me ha enseñado a valorar la vida de otra manera. Emigrar al País Vasco ha sido una escuela», subraya Guillermo, que aún no ha regresado a visitar su país. «Pensaba ir este año, pero tengo un ligamento roto y me tendrán que operar. Después deberé recuperarme para poder seguir trabajando. Claro que me gustaría ir a ver a mis amigos, incluso a conocer zonas de Nicaragua a las que nunca fui, pero primero lo primero. Aunque echo de menos ciertas cosas, siento que mi vida está aquí».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2017 América Central Ellos

403 | Lyudmila

Cada vez que se presenta, le toca deletrear su nombre. “Lyudmila. A ver: ele, ye… Sí, sí, las dos consonantes van juntas”, explica con mucha paciencia. “Es curioso -agrega-. Desde que vivo aquí, muchas personas de Europa del Este me han preguntado cómo es posible que tenga un nombre tan ruso, siendo yo de Nicaragua”. La respuesta, dice, es literaria. “A mi padre le gustaba mucho leer y escogía nuestros nombres inspirándose en personajes de distintas novelas. Una de mis hermanas, por ejemplo, se llama Haydée. Cuando nació, mi padre estaba leyendo ‘El conde de Montecristo’. Por eso tengo un nombre tan poco latinoamericano, aunque reconozco que me gusta mucho”.

El relato pertenece a Lyudmila Montoya, una ingeniera informática nicaragüense que llegó a Euskadi hace una década, motivada por el escenario académico vasco y la oportunidad de profundizar en su carrera. “Yo estudié Ingeniería en mi país. En ese momento, era una carrera nueva, incipiente, que impulsó un brillante profesor alemán, Cornelio Hoffman. Cuando terminé mis estudios, me quedé trabajando en la universidad, en un proyecto de educación online que también él implementó”.

Lyudmila explica que, en esa época, muchos estudiantes acababan la carrera pero no llegaban a presentar la tesis. “Había mucha demanda del mercado laboral y la mayoría se ponía a trabajar de inmediato. Iban relegando el trabajo final de carrera y se les quedaba ‘colgado’. Para remediar la situación, desarrollamos un sistema de educación a distancia, que les permitía a los estudiantes avanzar con sus tesis y seguir vinculados a la universidad sin perder sus empleos. Así fue que conocimos a un profesor de la UPV, que en ese momento dirigía el área de universidad online y nos allanó mucho el camino compartiendo con nosotros lo que sabía”.

Por ese entonces, ella estaba preparándose para viajar a Brasil. El trabajo en la universidad estaba bien. Impartir clases le gustaba, pero Lyudmila quería algo más. Quería hacer un posgrado. “Si trabajas en el ámbito académico, tienes que seguir estudiando. Eso lo tenía muy claro”, dice. Y surgió la pregunta que lo cambió todo: “’¿Por qué no haces el master en la UPV? Así tendrás la experiencia que tenemos nosotros’, me dijo el profesor que nos había estado ayudando con el sistema online. No me lo pensé mucho. Vine con una pasantía, pude estudiar, hice el master en Telecomunicaciones… y me quedé impresionada”, recuerda.

Un viaje, muchos cambios

Para Lyudmila, los últimos diez años han sido “una experiencia increíble”. Le resulta “difícil resumir tantos años en un ratito”, dice que “el cambio la ha transformado” y cuenta que cuando le preguntan por qué ha venido, ella responde con otra pregunta: “¿Y por qué no? Los cambios son necesarios, son importantes, y uno aprende mucho con ellos. En mi caso, no solo hice el posgrado que quería, también pude conocer mucho mejor una cultura diferente a la mía. Cuando llegué, me quedé en casa de una familia euskalduna, y eso fue maravilloso, una gran suerte. Estudiaba aquí, seguía trabajando a distancia con mi universidad y en mi tiempo libre cuidaba a unos niños. Eso es también una enseñanza”, apostilla con simpatía.

Pero, si algo destaca ella de las muchas novedades que encontró en Euskadi, eso es la fortaleza del voluntariado. “Me llamó mucho la atención. Había, y hay, una gran cantidad de iniciativas altruistas en marcha. Cuando se terminó el periodo de clases, me pregunté ‘¿qué voy a hacer este verano?’ Así me apunté para colaborar con una asociación contra el cáncer, con un proyecto de refuerzo escolar de niños inmigrantes, y así conocí a una asociación, Kosmópolis, donde doy clases de informática. Llegué a ellos a través de la página de Bolunta. En la asociación también me ayudaron a homologar mi título, conocí a más gente, fui tejiendo redes”.

En la actualidad, Lyudmila compagina su trabajo con distintas iniciativas sociales. “Hay cosas realmente interesantes y constructivas, desde las asociaciones de mujeres emprendedoras, como Emakume Ekin, que tienen un entusiasmo y una fuerza increíbles, hasta proyectos de integración social de alcance municipal, como Bizilagunak, en el que participé hace poco. Es una actividad que se hace en Getxo en la que familias de distintos orígenes quedan para comer juntas, en casa de unos o de otros. En nuestra mesa estábamos dos amigos míos, que son vascos, dos chicas filipinas y yo. Lo pasamos súper bien. Hablamos mucho sobre las similitudes y las diferencias, comparamos los idiomas, como el tagalo, el castellano y el euskera. Ese tipo de iniciativas son fantásticas porque permiten el acercamiento social en un ambiente distendido. Además, uno conoce a las personas, no a las nacionalidades, y se evita la generalización, que es muy peligrosa. Cuando generalizas, te quedas con la etiqueta y borras a las personas”.

2015 América Central Ellas

389 | Mariana

Una vez más, Bilbao celebra su Semana Grande. La ciudad está de fiesta desde hace un par de días y ese ambiente se nota en las calles. Como en años anteriores, el programa de actividades incluye música, gastronomía, deportes y pirotecnia, pero también trae una novedad: “Por primera vez desde que las fiestas son fiestas, participará una comparsa multicultural con su propia txosna”, dice muy ilusionada la nicaragüense Mariana Urcuyo. “Nuestra agrupación se llama Munduko Jendeak Konpartsa y está conformada por personas de varios países, desde cubanos y colombianos hasta marroquíes y rusoparlantes”, agrega para esbozar la variedad.

La konpartsa se creó el año pasado y es una de las iniciativas más ambiciosas de la Federación Gentes del Mundo, entidad que agrupa a una treintena de asociaciones de extranjeros y cuya iniciativa más conocida es el festival intercultural que se celebra anualmente en Bilbao. “Ese festival promueve el conocimiento de otras culturas y la integración social -dice Mariana-, pero esto es un paso más. Esto es la posibilidad de participar activamente en una celebración local, estar incluidos en una fiesta tradicional y, sobre todo, dejar de ser meros espectadores para poder vivirla desde dentro”, expone.

En esa línea, Mariana agrega que este paso es una “evolución natural”, tanto de la federación y sus actividades como de la gente que la integra y que “también forma parte de la sociedad y de la vida bilbaína”. La participación en las fiestas, dice, “es el fruto de mucho esfuerzo y de una voluntad clara por ser parte de las tradiciones y las costumbres del lugar donde vivimos”. Además, es un reto y una oportunidad de aprendizaje. “Todo es nuevo. Prepararnos para esto ha supuesto acometer un trabajo colectivo distinto al que hacemos habitualmente, asumir los fallos de la inexperiencia y aprender cómo se organiza una fiesta de estas características de la mano de Bilboko Kompartsak”.

Precisamente, es allí donde Mariana destaca “la apertura de las personas” y los aspectos positivos de las mezclas. “Desde el comienzo ha habido un espíritu festivo muy marcado. En las actividades compartidas con otras comparsas se han cumplido los objetivos de disfrute y de respeto a la diversidad”, subraya. “Las comidas de organización son en sí mismas una fiesta -menciona a modo de ejemplo-. Este año hemos hecho carne a la parrilla, al estilo argentino, y aquello olía fenomenal. Muchas personas se acercaban con interés y hasta se hacían fotos con Manu, el asador. Ese ambiente invita a intercambiar, a compartir. Realmente es muy positivo”.

La txosna que estrenan este año -justo detrás del Teatro Arriaga- pretende ser “un espacio de encuentro”. Habrá bocatas y kalimotxo, pero también bebidas y platos típicos de otras tierras. “Queremos que se acerque todo el mundo, sin importar de dónde sea cada uno. Por eso hemos decidido ofrecer lo tradicional, respetar los gustos y estilos locales, y a su vez presentar otras opciones, como la barbacoa argentina o el mojito cubano”, detalla. Para las más de 150 personas que atenderán estos días la txosna serán jornadas “muy exigentes, aunque cargadas de satisfacción”.

Valor colectivo

“En realidad, todo el año ha sido muy intenso para nosotros. Nos reunimos a menudo y siempre estamos haciendo cosas. A veces acabamos agotados, pero merece mucho la pena. Ten en cuenta que formar parte de un colectivo y participar en este tipo de actividades te aporta una nueva dimensión como persona, especialmente cuando eres inmigrante”, apunta Mariana, que además de extranjera es psicóloga. “A muchos de nosotros nos suceden cosas parecidas: llegamos sin conocer a casi nadie, dedicamos el tiempo y la energía a trabajar, a resolver problemas, y no solemos tener un espacio donde sacarle partido a nuestras habilidades”.

“En lo personal, me impresiona cuando hacemos equipos de trabajo, porque cada uno aporta saberes y visiones muy interesantes, diferentes a los de los demás. Son realmente equipos interdisciplinares”, destaca. “Es una dinámica que te enriquece mucho y que compensa otras ‘pérdidas’, como el hecho de que no puedas ejercer tu profesión aquí y debas trabajar en tareas muy específicas”. Ella, en concreto, no ha vuelto a trabajar como psicóloga en ningún departamento de Recursos Humanos, ni ha vuelto a encargarse de la selección de personal, ni trabaja con víctimas de violencia machista, como hacía en Nicaragua.

“Sin embargo -matiza-, estoy contenta con el cambio. Estar vivo es ya una ganancia. Vivir es tener nuevas oportunidades cada día. Hoy puedo decir que tengo más amigos que nunca, que conozco personas de muchos lugares y que juntas hacemos cosas bonitas. Ya el año pasado, cuando participamos en el desfile de las comparsas, tuvimos la oportunidad de vivir también esta fiesta y de mostrar nuestra creatividad. Y ahora, con este nuevo paso, celebramos que la fiesta de Bilbao es también nuestra”.

2015 América Central Ellas

305 | Glenda

Hace seis años y medio, Glenda Vázquez vivía en Ocotal, al norte de Nicaragua. Trabajaba en el hospital municipal como auxiliar de estadística. Tenía un empleo cualificado que, sin embargo, resultaba insuficiente para sostener a su familia, pues su sueldo era el único ingreso del hogar y había que sacar adelante a tres hijos. La suya era una situación límite. Los niños crecían. El mayor tenía 14 años; el menor, 11. Y Glenda, como muchas otras madres solas, cabezas de familia en entornos adversos, supo que el único modo de brindarles un futuro era mediante la educación. Comprendió que la llave que abría esa puerta estaba lejos. Y emigró.

«Fue una decisión muy dura. Hubo momentos tristes y difíciles», dice antes de mencionar la soledad y la extrañeza de los primeros tiempos, cuando llegó a Lasarte. «Todo era muy diferente, empezando por las calles, que aquí están pavimentadas y allí son de tierra o adoquines. La cultura, la gastronomía, la música… Pero eso -matiza- es lo de menos. Incluso tiene aspectos positivos. Lo verdaderamente doloroso es estar lejos de tus hijos y que los demás te juzguen por ello».

Glenda no es la única mujer convertida en madre a distancia. Como ella hay cientos, miles de personas que han tenido que aprender un nuevo modelo de maternidad o paternidad, uno que sacrifica la proximidad física en aras de la supervivencia, el progreso o el aumento de oportunidades para los hijos. Implica grandes renuncias y convicciones muy profundas. No tiene nada que ver con el abandono o con la falta de interés y, sin embargo, así se percibe muchas veces desde fuera.

«Duele que te juzguen por eso, porque no es fácil. No lo es para mí y tampoco para mis hijos, que se quedaron al cuidado de mi madre. Yo tomé esta decisión para que ellos tuvieran estudios, para que pudieran ir a la universidad y valerse por sus propios medios. No quería que se frustraran en ese aspecto, sino que tuvieran todas las oportunidades a su alcance», explica ahora, satisfecha porque «al mayor sólo le queda un año para terminar la carrera».

Entre las muchas renuncias que entraña su decisión están la realización personal, la reivindicación de derechos y el orgullo. «No se trata de que no puedas ejercer tu profesión, si la tienes, ni de que no puedas aprovechar todo tu potencial. Se trata de que las condiciones de trabajo y el trato que recibes son muy severos y, en ocasiones, injustos», reflexiona. Recuerda jornadas de dieciséis horas o marcas en las piernas por fregar suelos arrodillada. «Desde que vine, me he dedicado a cuidar personas, a tareas del hogar. El tipo de trabajo no es el problema, porque vienes a eso, a abrirte paso como puedas. Es el trato. Sólo quien lo ha vivido sabe lo que es, lo cruel que puede llegar a ser. Yo nunca había experimentado algo así, ni siquiera en mi país, que en muchos aspectos sigue siendo subdesarrollado».

Asumir la responsabilidad

El último desencanto fue perder su empleo por quedarse embarazada. «No lo buscaba -admite-, pero ocurrió. Vuelvo a ser madre sola ahora, cuando mis hijos mayores son grandes. Y sí, podría haber decidido otra cosa. Lo fácil habría sido no tener a mi niña, pero mi conciencia me impedía seguir por ese camino. Uno tiene que asumir las responsabilidades de sus actos», sostiene Glenda que, pese a todo, mantiene el optimismo.

«Hay un punto en el que te mentalizas y aprendes a vivir la vida tal cual, asumiendo lo que hay y tirando para adelante. Si empiezas a darle vueltas a la cabeza, te deprimes y no puedes avanzar ni lograr esos objetivos por los que habías venido. Algo que me ha ayudado mucho es vincularme a otras personas y conocer mejor la cultura de aquí. Me apunté a cursos para aprender euskera los domingos con la asociación Banaiz Bagara y para cantar en un coro canciones típicas de aquí. Así he conocido a gente de diversos países, incluido este, y he aprendido muchísimas cosas».

«En la asociación Esperanza Latina, a la que también me acerqué, he encontrado a muy buenas personas. He vencido mi timidez y visto iniciativas muy interesantes y útiles para quienes estamos aquí y no tenemos todos los recursos. Ahora, por ejemplo, vendrá un consulado itinerante de Nicaragua, mi país, para que podamos hacer nuestros trámites sin tener que desplazarnos a Madrid, que cuesta mucho dinero e implica perder días de trabajo», comenta Glenda, que sueña con abrazar a sus hijos. «Yo esperaba emigrar dos años y han pasado muchos más. Cuesta, es duro. Pero ya llegará el día».

2013 América Central Ellas

256 | Isabel

Isabel Morán cuenta las horas para que llegue el viernes. Ese día (y los dos siguientes), una delegación consular de Nicaragua se acercará a San Sebastián para que los ciudadanos del país centroamericano puedan realizar diversos trámites sin tener que moverse de Euskadi. “Iniciativas como esta son importantes y necesarias, sobre todo para las personas que trabajan de lunes a domingo y no pueden marcharse un par de días a hacer papeleo en Madrid”, opina Isabel, que espera renovar su pasaporte.

Aunque ella compagina dos empleos -trabaja en un hotel por las mañanas y cuida a una señora mayor por las tardes-, sí podría hacer el viaje con la inversión de tiempo (y dinero) que implica. “Yo trabajo en unas condiciones normales, con horarios claros, días libres y vacaciones”, detalla. “Pero no todo el mundo tiene esa suerte, y menos en estos tiempos. Hay quienes no tienen empleo y quienes no tienen descanso. Las condiciones laborales y de vida, en general, han cambiado mucho en los últimos años”, añade. Cuando llegó a Lasarte, en 2005, “hacer la compra en el supermercado costaba mucho menos que hoy”.

Isabel es consciente de que la situación económica actual genera preocupación, malestar e, incluso, tensión social. No obstante, añade un matiz importante: “En este momento tan difícil, en el que muchas familias y jóvenes se plantean seriamente la posibilidad de emigrar, hay más solidaridad entre la gente y una mayor comprensión hacia quienes vinimos aquí en su momento. Ahora se entienden mejor las dificultades que tuvimos al llegar y las razones que nos empujaron a hacer las maletas -explica-. Tengo un vecino que, cada vez que me ve, me dice: ‘¡Cómo os entiendo!'”

El escenario, asegura, le da pena. “El cambio ha sido muy grande e imagino que para muchas personas de aquí será difícil soportar la vida fuera, lejos de los afectos y las comodidades que, hasta hace muy poco, tenían. Mal o bien, los que emigramos de un país pobre, o de una situación de pobreza, nos acomodamos a lo que haya. El punto de partida es muy distinto”.

Dice esto con la certeza de quien ha nacido en un país marcado por una vida política y social tumultuosa, donde la gente ha aprendido a vivir esquivando los azotes de los seísmos, los vaivenes económicos y las guerras. Si bien ella no emigró por el conflicto armado, algunos de sus hermanos sí lo hicieron. E Isabel lo recuerda muy bien. “Mi madre siempre lo tuvo claro -relata-. Ella decía: ‘Si mis hijos no quieren coger un fusil para quitarle la vida a otras personas, es preferible que huyan’. De nosotros, que somos diez hermanos, unos se fueron a Estados Unidos y otros nos quedamos”.

Entre guerras y tiros

Isabel permaneció en Estelí, su pueblo, al igual que su hermano pequeño, a quien sus padres mantuvieron oculto en el caserío familiar “para evitar que lo reclutaran”. Con esfuerzo, logró acabar su carrera de contaduría “entre guerras un día y disparos al siguiente”, y comenzó a trabajar para Cáritas. Los seis años que le dedicó a la ONG le permitieron estar en contacto con la realidad más descarnada de su tierra; desde la marginalidad de algunos barrios hasta el hacinamiento de las cárceles. El nacimiento de su primer hijo -que hoy tiene 17 años- la llevó a replantearse las cosas.

“Por un lado, los proyectos se estaban acabando. Por otro, lo que yo ganaba casi no alcanzaba para sostener a mi familia. Aunque mi hijo me acompañó a muchos sitios cuando era niño, y eso le hizo madurar con rapidez, la verdad es que no podíamos vivir de mi voluntariado. Por eso decidí emigrar, para sacarlo adelante y darle opciones”. Cuando se montó en el avión rumbo a Euskadi, tenía 35 años y su pequeño, nueve.

“Vine aquí porque tenía la referencia de unos amigos nicaragüenses que habían venido antes. Ellos hicieron posible que consiguiera mi primer trabajo, cuidando a unas niñas. Y el trabajo hizo posible que me quedara a vivir. Mi hijo mayor, que quedó al cuidado de mis padres, está a punto de presentarse al examen de selectividad para entrar en la universidad y yo estoy muy orgullosa de él, no solo por el aspecto académico, sino por la clase de persona que es. Mi ilusión es traerle cuando termine el bachillerato, para que siga sus estudios aquí y viva conmigo y con su hermano pequeño, que ha nacido en el País Vasco. Le estoy muy agradecida a esta tierra y a su gente”.

2012 América Central Ellas

137 | Igor

En plena época de expansión tecnológica, videoconferencias y correos electrónicos, Igor Corrales rompe una lanza por los por los viejos tiempos. Prefiere el papel, las cartas de toda la vida. En lugar de buscar lo inmediato, como la rapidez de un e-mail, él disfruta de la escritura y la ilustración de sus misivas. Este nicaragüense, originario de la ciudad de Somoto, dibuja todas sus cartas según el destinatario y el tema. Algunas las envía y otras las conserva. Las guarda en unos cuadernos que, según avanza, «pronto se transformarán en un libro».

La entrevista tiene por testigos esos cuadernos de tapas sobrias, pero llenos de figuras y colores en sus páginas. «Todo lo que hago, incluso esto, que es más personal, está relacionado con el arte», dice Igor mientras enseña el contenido de las cartas. Luego despliega sobre la mesa una enorme carpeta llena de óleos, xilografías, litografías y aguafuertes. También muestra bocetos de esculturas. Decenas de obras que van de paisajes a flores, pasando por rostros, árboles y siluetas femeninas.

«Soy un artista integral», dice. Y además tiene «un punto ecologista»: para hacer las xilografías, Igor recoge maderas de la basura. Son piezas de desecho que transforma en piezas de arte tras pulirlas y tallarlas con cuidado. «Si no tengo un cincel o un buril, uso un clavo o cualquier objeto punzante. No hace falta contar con las mejores herramientas para expresar cosas y trabajar», asegura.

Miembro activo de la Unión Nicaragüense de Artistas Plásticos (UNAP), Igor abandonó su país en 2008. Ya había estado antes en Europa (expuso su obra en París en la gran muestra colectiva de fin de siglo) y esta vez volvía al viejo continente para traer el arte centroamericano a la Expo de Zaragoza. «Venía con mucha ilusión», pero el destino (o las políticas migratorias) retrasaron ese proyecto. En cuanto puso un pie en Madrid, le ordenaron regresar a Nicaragua.

«Hay una cárcel para inmigrantes en Barajas», dice Igor, apenado. «Me retuvieron allí, junto a otras muchas personas, hasta que salió el primer vuelo a Managua». Igor fue devuelto a su país, donde las autoridades de Migraciones resolvieron el papeleo necesario y consiguieron enviarlo otra vez a España. «Hice el viaje dos veces en apenas unos días», resume. Y añade: «Mucha gente cree que, por ser artista, decoro mi biografía, pero no es así. Ahí tengo el pasaporte, los billetes y los sellos que corroboran todo lo que estoy contando».

Enseñar y aprender

Tras el vuelo por ‘duplicado’ y su paso por Zaragoza, Igor viajó al País Vasco, pues aquí tiene familia. «Mi hermana vive en Donosti desde hace unos cuantos años y aproveché para visitarla», explica. También señala que Euskadi le recuerda mucho a su tierra, «con excepción de la arquitectura y el clima», al que todavía no ha llegado a costumbrarse. «Lo llevo mejor que al principio, pero aún me duelen las manos cuando hace frío», dice guardándolas en los bolsillos mientras camina junto a la ría. Él, que vive en San Sebastián y ha venido a Bilbao por una reunión de trabajo, aprovecha el viaje para recorrer las inmediaciones del Guggenheim.

«Como persona y artista, estoy siempre en movimiento. Tengo proyectos, muchos sueños, y no me asusta ir en pos de ellos», afirma. Ese dinamismo y su «espíritu aventurero» fueron los motores que le trajeron al País Vasco. «La calidez de su gente, el cariño ofrecido y la belleza del paisaje» son las razones que le impulsaron a quedarse. «Me he enamorado de este lugar y, por ello, he comenzado a pintar una serie de cincuenta retratos basados en obras escritas por vascos. Voy a la biblioteca, leo sus libros, elijo poemas o cuentos, y los ilustro. Quiero aportar algo y, a la vez, aprender. Ahora estoy estudiando la obra de Oteiza y Chillida para comprender mejor la idiosincracia local, e intento mostrar la fuerza del arte latinoamericano».

2010 América Central Ellos