Diversidad de andar por casa: luna 2

Avanzamos en nuestro proyecto Diversidad de andar por casa, un experimento fotográfico con el que intentamos estar más atentos a la variedad cultural que nos rodea y, sobre todo, averiguar hasta qué punto somos permeables a ella. Desde que lo iniciamos, el 16 de febrero, hemos aprendido unas cuantas cosas sobre música, gastronomía, rutas migratorias, literatura u oficios. Y, día a día, mientras registramos nuestros pasos en Instagram, comprobamos que hay mucho para descubrir y sorprenderse sin alejarse demasiado de casa.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

En esta segunda etapa de nuestro camino —que viene marcado por las fases lunares del calendario tradicional chino, como explicamos aquí—, hemos disfrutado de buena música y hemos bebido cosas ricas y distintas, como el bissap y el licuado de baobab. También leímos un par de libros interesantes, cocinamos nuestra primera yuca, practicamos un poco de kazajo y cenamos una tortilla de crisantemos.

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Artículo

Manuel Liendro, un hombre de campo fiel a sus raíces argentinas

Entrevistar a Manuel Liendro es mucho más que conversar largamente con él; es vivir una experiencia donde la nota dominante es la hospitalidad. Anfitrión generoso y sin dobleces, Manuel [El Bananal de Yuto, (Argentina, 1967)] nos abrió las puertas de su vida y compartió con nosotros las cinco cosas fundamentales que la componen: su familia, el trabajo, la tierra, la música y la gastronomía. Algo de eso ya había salido en la primera entrevista, allá por diciembre de 2012. En este reencuentro, casi cinco años después, lo experimentamos en persona.

El día que nos invitó a su huerto comimos un asado con él, su esposa y sus tres hijos. Manuel asó la carne y los chorizos —caseros—, y todo lo trinchó con un facón fabricado por él mismo. También nos ofreció unos zapallitos rellenos que había preparado la noche anterior. Esos zapallitos —típicos del cono sur americano— crecen ahora en su huerto de Bilbao, donde también cultiva tomates, pepinos, calabacines o lechugas. Cuidar de las hortalizas es la manera que tiene de conservar su lazo con la tierra y honrar el saber de sus antepasados campesinos.

En mitad de ese domingo en familia, Manuel nos contó cómo fueron su infancia y su juventud, cómo se enamoró de Kristina y recordó sus primeros tiempos en Bilbao. También pudimos conversar con Itxaro, Nerea e Imanol —sus hijos—, con quienes comparte el gusto por la música. De postre, entonó varias canciones a la guitarra. En la versión web de esta entrevista, hemos rescatado un fragmento del concierto privado que nos obsequió.

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[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

Manuel Liendro tiene la argentinidad a flor de piel. Él, hombre alto y fuerte como el mejor de los árboles de su tierra, se considera por encima de todo un hombre de campo. Así lo atestiguan sus manos grandes y callosas, su habilidad para cultivar la tierra o la letra de las zambas que rasguea en su guitarra cuando se presenta la ocasión. También su acento suave y norteño, la receta de los chorizos criollos que ofrece en sus asados familiares o la pegatina trasera de su coche: «¡Vamos, Jujuy, carajo!».

Manuel nació en El Bananal de Yuto, un pequeño y humilde pueblo entre el monte y el río Piedras, en la provincia de Jujuy, a unos 125 km de la frontera con Bolivia. Se trata de un enclave agrario que ni siquiera muchos argentinos sabrían ubicar en el mapa. Es una tierra dura, que imprime carácter y se lleva adherida siempre a la piel. Al fin y al cabo, allí la temperatura alcanza con facilidad los 40 grados y la sensación térmica bordea los 50 ºC muchos días.

También es un sitio de usos y costumbres propios. Hace tanto calor en las horas centrales del día que el horario de trabajo habitual es de 5 a 10 y de 17 a 22 h. Entre medias, se come y se recupera el sueño atrasado. Según Kristina, la esposa de Manuel, el sol es tan abrasador que las suelas de las sandalias se derriten. Ella, una bilbaína criada en el barrio de Arabella, lo sabe por experiencia: estuvo casi tres años como cooperante y nunca se terminó de acostumbrar. Ni a eso ni a los mosquitos tamaño tigre.

Contrastes muy marcados

Por increíble que parezca, Manuel echa de menos ese clima. Es más: sufrió mucho para adaptarse a Bilbao. Llegó en noviembre de 1998 y tenía 31 años cuando descubrió que existía el invierno y que el frío le cuarteaba la piel, sobre todo, en la cara y a la altura de los párpados. «Ahora soy como un oso panda», dice señalándose el contorno de los ojos.

La falta de los permisos también le dificultó mucho la adaptación: le ofrecían trabajos que no podía aceptar. Algo que, a su vez, le complicaba aún más su situación vital; Kristina y él habían gastado los ahorros en sus billetes de avión, así que vivían con los padres y el hermano de ella a la espera de encontrar trabajo y poder independizarse. Allí, en un pequeño piso de ciudad de unos 45 metros cuadrados, Manuel debió doblegar sus casi dos metros de hombre de campo y aprender a tener otro tipo de paciencia.

A pesar de los años en Bilbao, sus modales conservan aún la calidez del pueblo. También la firmeza y la franqueza de quien se ha hecho a sí mismo trabajando desde niño. A los 6 años ya quitaba los caracoles de los naranjos, limoneros y pomelos. A los 8 pasaba los veranos con su tío y este le enseñaba a manejar el tractor. A los 11 ya sabía conducir y, en una furgoneta, transportaba personas hasta la finca del patrón de su padre. Luego, cuando debió valerse por sí mismo, hizo de todo: cargar y descargar, trabajar en la siembra, conducir camiones.

Por suerte, tanta exigencia laboral no le impidió enamorarse a primera vista. Nada más ver a Kristina en El Bananal, le dijo a un amigo: «Algún día ella va a ser mi señora». Y lo dijo convencido, a pesar de que Kristina tenía mala prensa en el pueblo: su carácter práctico, directo y con pocos diminutivos al hablar contrastaba con los modos suaves y los tiempos pausados del lugar. En cambio, él quedó prendado desde que fue a casa de ella a presentarle sus respetos y ofrecerse para lo que hiciera falta.

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Amor selvático, frutos euskaldunes

Si bien el amor trajo a Manuel hasta Bilbao, fue una casualidad la que llevó a Kristina hasta El Bananal. Ella quería encontrar algún proyecto de cooperación en América que le permitiera estar un año fuera y, por diversas circunstancias, la única plaza libre que encontró fue la de aquel rincón remoto y desconocido. Tardó poco en comprender el porqué… A la dureza del clima, debió sumar la dureza de un proceso de adaptación a una sociedad rural con unos usos y costumbres muy diferentes de los suyos.

Afortunadamente, salió ganando con la experiencia: además de crecer como persona y mejorar como cooperante, encontró al amor de su vida. Por eso, cuando al final de la estancia regresó a Euskadi, se dedicó sobre todo a dos cosas: a escribirse cartas con Manuel y a buscar financiación para que la enviasen de nuevo a El Bananal, pero esta vez por dos años. Al final de esa segunda estancia, fue cuando Kristina y Manuel vinieron a Bilbao.

Hoy, viven en el barrio de San Adrián y tienen tres hijos: Imanol (10), Nerea (14) e Itxaro (16). Los tres hacen danza vasca y van a la ikastola; los tres, como su padre, tienen alguna relación con la música. Imanol va para txistulari, Nerea es más de tocar la guitarra e Itxaro, además de tocar la trikitixa, canta en un grupo que versiona a los Ramones, Nirvana o Huntza. «Mis hijos están teniendo la posibilidad que no he tenido yo ni en sueños: estudiar y leer música», apunta orgulloso Manuel.

A él, el campo y la humildad de su origen, lo obligaron a entregarse al autodidactismo. «Lo que yo sé lo aprendí mirando y escuchando a la gente», explica. Y en ese mirar y practicar por su cuenta, aprendió lo suficiente para formar en Bilbao, junto con otros músicos del noroeste argentino, su propio grupo: Los Cantores del Lapacho. En su repertorio, especializado en el folclore de su país, figuran canciones clásicas de Jorge Cafrune, Horacio Guarany o Mercedes Sosa.

Ahora bien, quizá lo más sorprendente en la biografía musical de Manuel sea otro dato: canta desde hace seis años en Bilbotarrak. Además de ser uno los miembros más jóvenes, es el único extranjero. En fiestas, como un corista más, recorre las calles del botxo con sus compañeros cantando bilbainadas. Evidentemente, desde que está él, la de Un argentino en Bilbao se ha convertido en una de las más sentidas.

Un gaucho por la Gran Vía

Fiel a las tradiciones, Manuel conserva una que lo ha hecho famoso. «En casi todas las fiestas patrias y algún fin de semana, me pongo el traje de gaucho y me voy a caminar por la Gran Vía. La gente me para y me pide hacerse fotos conmigo. Alguno me llama “mariachi”, y tengo que explicarle de dónde vengo. Ahora me conocen más y vienen a mis recitales», relata.

La otra tradición que intenta no perder es cultivar la tierra. Si bien trabaja la mayor parte del tiempo como restaurador de fachadas, conserva aún el vínculo con la marmolería donde empezó a trabajar justo después de regularizar su situación. Allí, hace siete años, y gracias al permiso de su jefe, convirtió una estrecha franja de terreno en «un huerto donde hay un poco de todo: puerros, lechuga, zapallitos, tomates, pepino…». Le pone tanto cariño y buen hacer que ahora esa pequeña porción de tierra vasca es su manera de honrar todo lo aprendido en su lejano y añorado El Bananal de Yuto.


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Segundas impresiones

Ruper Ordorika nos habla de ‘Mare Nostrum’, donde pone voz a los cayucos

«A veces la canción tiene miedo de entrar en temas terribles, como el parte diario de personas perdidas en su camino al primer mundo»

Por Rubén. A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

ordorika-guriaostatuaGuria Ostatuan, el álbum más reciente de Ruper Ordorika, contiene un tema que habla de las personas que migran. La canción partió de un poema de Eva Linazasoro y nos da el punto de vista de la embarcación que, «cansada de ser una terca barcaza» y «hastiada de dar testimonio de la muerte», le pide al Mediterráneo que le permita llevar a puerto seguro a la personas que transporta. Quisimos saber más sobre la canción y le preguntamos a Ordorika por ella. Esto es lo que nos contó:

—¿Qué significa para ti la canción Mare Nostrum?
Mare Nostrum me permitió acercarme a un tema que hacía tiempo que quería cantar. A veces la canción tiene miedo de entrar en temas terribles como este: el parte diario de personas perdidas en su camino al primer mundo, ahogadas con sus esperanzas de llegar al primer mundo. La canción tiene miedo de trivializar todo o de poner el acento dramático en sitio equivocado. Por eso, dar con este texto me abrió las puertas.

—¿Cómo nació, en qué contexto?
—Como dice un amigo mío, el texto de Eva Linazasoro encierra un hallazgo. El hallazgo residiría en que la voz que habla es la de la propia embarcación que transporta a los que buscan refugio; la patera es la que cuenta lo que ve y siente. Hablé con Eva muchas veces de que me gustaría componer una canción sobre el tema pero no encontraba el modo porque no daba con el lugar desde donde poder cantar. Un día, al regresar a casa, me encontré con que ella había escrito los versos que me dieron el punto de vista que necesitaba. Tú estás en la cocina con tus electrodomésticos, haciéndote una tortilla y escuchas el parte de desaparecidos del día…

—¿Podrías recomendarnos otras canciones que hablen sobre las migraciones o la diversidad cultural?
—Sería interesante echar una mirada al cancionero tradicional de diversos países. En el País Vasco se ha dado una larga tradición de canciones sobre la persona que se ve obligada a dejar su casa y emigrar para buscar un futuro. Aunque hace ya muchas décadas que somos un país de inmigración, no ha sido siempre así. La emigración vasca a las Américas fue muy intensa y hay muchas canciones que hablan de ello. Algunas, muy populares. Puestos a señalar una,  Agur Zuberoa sería mi elegida.

Muchas gentes del Pirineo euskaldún y de la costa vascofrancesa —hoy lugar de inmigración total— dejaron sus casas para buscar trabajo en París. Hoy, Agur Zuberoa es un himno sentimental. Ahora bien, el forastero, el inmigrante, como diríamos hoy, ha sido el malo del romancero y la canción popular en toda Europa durante siglos: «El caballo y la mujer de la tierra han de ser», decía el refrán castellano que el mismísimo  Cesare Pavese elige, en su versión italiana, como cita de uno de sus libros. Nos tenemos que rendir al hecho de que la desconfianza por el desconocido ha sido ley en la cultura popular.

*

Letra de Mare Nostrum (en euskera y en español)

Isilean partitu ginen ilunkeran,
hego haizeak itsasoa zimurtzen zuenean,
esandako amarra – lekuan zain nintzen
helbiderik gabeko moilara eraman behar jende hura.
Gainaldean sortugabeak daramatzat,
amak umea altzoan, gizonak amets batean,
izerdi hotzaz eta kresalaz mela-mela eginda,
zapatila faltsuak, karelean gatza egarriaren gainean…
Mare Nostrum,
zure izenari men egiozu arren
eta utzi jende hau
helbiderik gabeko moilara eramaten
ondo arribatu eta nahi nuke bertan geratu,
diruz eta jaki goxoz noiz itzuliko diren zain,
sorlekura itzuleran eraman nahi nituzke atzera,
ontzi kaskailua izateaz gogaituta,
heriotzaren lekuko izateaz gogaituta,
ontzi egoskorra izateaz gogaituta,
destinoaren lekuko isila izateaz gogaituta.

Mare Nostrum,

zure izenari men egiozu arren
eta utzi jende hau
helbiderik gabeko moilara ailegatzen,
amak umea altzoan, gizonak amets batean,
karelean gatza egarriaren gainean…

Partimos en silencio al anochecer,
cuando el viento sur arrugaba la mar,
yo esperaba en el atraque acordado,
tenía que llevarles a un puerto desconocido.
En cubierta llevo criaturas nonatas,
madres con sus hijos en brazos
hombres arrebatados,
empapados en sudor frío y salitre,
zapatillas falsas,
sed aderezada de sal…
Mare Nostrum,
sé fiel a tu nombre
y permíteme llevar a esta gente
a ese puerto desconocido.
Me gustaría llegar a salvo y quedarme allí
esperando para llevarlos de vuelta
a su casa,
de vuelta con dinero y alimentos…
Cansada de ser una barcaza,
hastiada de dar testimonio de la muerte,
cansada de ser una terca barcaza,
hastiada de ser testigo silencioso del destino.
Mare Nostrum,
sé fiel a tu nombre
y permíteme llevar a esta gente
a ese puerto improvisado,
y deja que esta gente llegue…

*

A modo de material complementario, enlazamos las partituras de la canción Agur Zuberoa, que nos recomienda Ruper: una típica versión popular —incluye letra—, una entrada de la Biquipedia —la Wikipedia en aragonés— donde se da una traducción de la letra y esta versión del grupo Oskorri.

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