444 | Katherine

El próximo viernes, en Vitoria, se celebrará la Mesa Social para la Paz de Colombia. El encuentro tendrá lugar en el Palacio de Villa Suso, durará seis horas y contará con la participación de personas relevantes en el ámbito político, académico y cultural de ambos lados del Atlántico. El objetivo de la iniciativa, que comenzó a prepararse hace meses, es reflexionar acerca de la situación actual en el país latinoamericano y crear un espacio de pensamiento colectivo para sus ciudadanos en el exterior. Todo un desafío, teniendo en cuenta el resultado del referéndum del día 2.

«La mesa es un punto de partida, no de llegada», apuntan sus organizadores, que se mantienen en pie pese al varapalo de «no» y de la abstención, que superó el 60%. «Queremos promover un gran diálogo para superar el conflicto social, económico y político que subyace a la confrontación armada, en favor de una paz real con justicia social para todos», añaden. Muchos de ellos, miembros del Colectivo Bachué, son víctimas de la violencia. Son refugiados. Forman parte de las casi 396.000 personas que han emigrado en busca de protección internacional. Algunos viven en Euskadi desde hace casi veinte años.

Pero no todos los participantes de la mesa tienen este perfil. «Algunas personas, como yo, vivíamos en Colombia al margen de esta realidad. Vivíamos en una burbuja», resume Katherine Muñoz, una joven bogotana que llegó al País Vasco en 2008, cuando tenía quince años. «Mi vida allí era muy fácil: clase media acomodada, colegio privado, urbanización con vigilancia y una familia compuesta por mi madre, mis hermanos y la empleada. No tenía ni idea de lo que eran las FARC, ni mucho menos podía imaginar el sufrimiento de tantísima gente porque, sencillamente, no coincidíamos. Estábamos en planos paralelos», reconoce.

Sin duda, la idea del mundo que Katherine traía desde Bogotá era también un punto de partida, pero su experiencia a partir de entonces colocó muy lejos el punto de llegada. «Fue aquí donde rompí esa burbuja. Tuve que venir a Euskadi para conocer a mi país», indica. Su historia personal muestra de manera cristalina hasta qué punto puede cambiar una persona y una situación, por difícil que parezca.

«En 2008 estaba en la época difícil de la adolescencia. Discutía mucho con mi madre y quería irme de casa. La mejor opción que encontré fue marcharme con mi padre, que en ese momento estaba viviendo en Mungia. Mis padres se habían divorciado años antes y, después de la separación, mi padre emigró a Euskadi», explica. «Yo quería poner distancia… pero uno no imagina que la distancia es esto».

En el ‘esto’ de Katherine caben muchas cosas: «Un padre que trabaja como jardinero o en la construcción o en lo que surja, un colegio público en Bilbao donde hay chavales extranjeros como tú, incluso de tu país, con los que no tienes afinidad, una crisis económica que deja a tu padre sin ingresos, una cola para el banco de alimentos de Cáritas, una remesa desde Colombia que me mandaba mi mamá para ayudar, un cubo de agua fría cuando dices ‘soy estudiante’ y descubres de repente que eres una inmigrante más».

Una mudanza de piel

Lo dice sin ambages: la emigración, para ella, fue «una cura de humildad». También le permitió llenarse «de herramientas y recursos» que, de otro modo, jamás habría tenido. «Me habría quedado en Bogotá, habría estudiado Medicina en la Universidad Javeriana y jamás me habría enterado de cómo vive buena parte de la población en mi país». En su lugar, Katherine se estrenó en el mercado laboral en una cadena de comida rápida, ahorró, y con eso se pagó el primer año de su carrera en San Sebastián.

«El segundo año tuve una beca, aunque siempre me ha ayudado mi madre desde Colombia», dice Katherine, que se acaba de graduar como antropóloga. Su carrera, además de la experiencia vital, contribuyó mucho a su cambio. «Mientras estudiaba conocí a personas que lo habían pasado muy mal, colombianos que tuvieron que exiliarse por culpa de la guerrilla, de la violencia machista, de situaciones económicas tremendas… Comprendí el alcance del problema, el impacto de la violencia en la vida de las personas, y desde entonces estoy comprometida con esta causa. Por eso participo en la Mesa del viernes».

En su ponencia, abordará el tema de cómo los jóvenes apuestan por la paz en Colombia. «Es complicado. La gente joven vive en la inercia del bienestar. Si nos movemos poco por la LOMCE, que nos afecta directamente, menos aún por algo que sucede al otro lado del mundo. De todas maneras –matiza–, hay que seguir. Siempre se puede cambiar para ser mejor persona y construir una mejor sociedad».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Sur Ellas

289 | Thomas

Thomas Van Gool llegó a Bilbao en avión. Ese día, el 26 de enero de 1999, no vino en la cabina de mando, pero podría haberlo hecho como tantas otras veces, que aterrizó en el aeropuerto de Loiu pilotando una aeronave. «Bilbao tiene un aeropuerto difícil, pero es uno de los más bonitos que hay. A medida que te acercas, divisas el verde intenso, los montes, la playa, el mar… El paisaje es realmente precioso», opina este piloto holandés, que se trasladó a Euskadi por trabajo y acabó quedándose porque le «encantó».

«Cuando tenía 27 años, una pequeña empresa de aviación holandesa me contrató para venir aquí, con la delegación de Bilbao. Así que llegué y, al día siguiente, empecé a trabajar». A partir de ese momento, y durante los tres años siguientes, solo volaba desde Loiu. «Ese tiempo fue maravilloso -recuerda-. Mis compañeros y yo éramos jóvenes, nos encontrábamos muy a gusto en la ciudad y teníamos la suerte de vivir justo en el centro, en un hotel en pleno Indautxu, rodeados por el movimiento, los bares y las tiendas».

Sus comienzos fueron más dulces que los de muchos extranjeros, para quienes los primeros años suelen ser los más duros. «Tuve suerte -reconoce-. Aquella fue una etapa muy buena y creo que por ello me resultó tan fácil adaptarme. Aprendí castellano tan pronto como pude, pienso que el idioma es fundamental para poder relacionarse, y no tuve dificultades para hacer nuevas amistades. Dicen que la gente del norte, los vascos, son personas muy cerradas, pero qué va. Aquí enseguida te ayudan, son solidarios y te tratan como si te conocieran de toda la vida. Los vascos tienen un gran corazón y unas comidas… ay, las comidas… ¡Qué bueno es reunirse con amigos para pasar la tarde en el txoko!».

Thomas confiesa que el País Vasco le tiene cautivado. «No sé qué es, pero me encanta. Mira que he conocido muchos sitios de España y hay lugares estupendos, con una cultura y una gastronomía muy ricas, pero como Euskadi no hay nada. Bilbao, por ejemplo, es una ciudad pequeña, acogedora, preciosa. Y Mungia, donde vivo ahora, es un sitio privilegiado. Es seguro, puedes andar tranquilamente por la noche, está cerca de la ciudad y a quince minutos de la playa. La costa vasca es impresionante. Aquí sí hay calidad de vida y, lógicamente, me siento muy cómodo», subraya.

Tanto, que decidió quedarse, pese a haber cambiado de compañía y trabajar fuera. «En 2002 perdí el trabajo que tenía y me contrató una empresa de aviación nueva, que tiene una de sus bases operativas en Francia, en Burdeos. Yo voy en coche, son tres horas de viaje desde aquí. Trabajo cinco o seis días seguidos y luego tengo tres de descanso que, por supuesto, los paso en Euskadi».

Feliz de regresar

Si bien el calendario y los trayectos son un poco «paliza», Thomas señala que es un «privilegiado» e insiste en que pocas cosas le hacen tan feliz como regresar a Bilbao. «Yo no cambio esto por nada -enfatiza-. La mayor parte de mi vida como extranjero la he vivido en este lugar. Aunque mis padres, mis hermanos y mis amigos de toda la vida siguen en Holanda, y aunque los echo de menos, por supuesto, cada vez que voy a verles y pasan los días, solo pienso en volver a Bilbao. Supongo que eso significa que mi casa está aquí, en el País Vasco», reflexiona.

De hecho, sí lo está, pues Thomas ha conocido a su mujer en Euskadi y juntos han formado una familia. «Tenemos dos hijos pequeños y eso hace que sea más duro marcharme tantos días. Sin embargo, jamás me he planteado que mi familia tenga que desplazarse. Si nos fuéramos a Burdeos, seríamos todos extranjeros y eso es mucho más complicado. Por eso, prefiero ir y venir yo -explica-. Además, los tiempos han cambiado y uno tiene que aprender a adaptarse. En la actualidad, el trabajo de piloto no es tan estable como podía ser antes. Hoy vas a donde hay trabajo, aunque implique cierto sacrificio».

Un sacrificio que, en su caso, tiene momentos de recompensa. «Cada vez que regreso, me alegro, porque me siento más de aquí que de ningún otro sitio. Y eso que las costumbres locales son muy distintas a las de Holanda. A diferencia de los vascos, que sienten orgullo de quiénes son y su cultura, los holandeses no somos muy patrióticos, excepto en el Día de la Reina y en el fútbol, que va todo el mundo vestido de naranja. Supongo que en mi caso se aplica bien el refrán de que los vascos nacemos donde queremos», concluye con una sonrisa.

2013 Ellos Europa