446 | Mayté

Mayté Guzmán es periodista y llegó a Bilbao hace menos de un mes, aunque Euskadi no es para ella un lugar desconocido. Antes de venir al botxo, vivió un par de años en Donosti, donde hizo un máster en Economía Social y Solidaria. «Se trata de un modelo económico basado en la equidad y la igualdad que tiene a la persona como centro», explica en un esfuerzo de síntesis. «No obstante, el enfoque varía según los lugares. Mientras que en América Latina se lo vincula a un movimiento reivindicativo, que rompe con el capitalismo, en Europa es la cara bonita de las empresas».

Mayté es mexicana, si bien tiene raíces dispersas y ha pasado una tercera parte de su vida alejada de su tierra. «Mi madre es de Zamora, mi padre, de Puebla y yo nací en Guadalajara, donde viví hasta que me fui a estudiar a León», dice, y la frase obliga a recordar que no está hablando de Castilla sino de México, un país donde existen unas cuantas ciudades homónimas a las de aquí, desde Durango hasta Mérida. «El caso es que finalmente acabé radicada en Morelia, una ciudad que me permitía estar cerca de mis padres y, al mismo tiempo, estudiar periodismo».

El gran cambio llegó al terminar la carrera, en 2004. Ese año, Barcelona acogía el primer Fórum Universal de las Culturas y Mayté tuvo la oportunidad de venir junto con dos compañeros. «Una profesora de la universidad nos invitó a compartir nuestra experiencia como jóvenes periodistas», recuerda. La actividad, de gran calado internacional, se centraba en el desarrollo sostenible y la diversidad cultural, así que los chavales dijeron que sí. «Iba a ser un viaje de dos semanas, pero las dos semanas se convirtieron en tres meses; los tres meses, en un año, en dos, en tres…». Y así hasta nueve.

«Cuando cambias de país no puedes preverlo todo», opina. Reconoce que, antes de partir, sí había pensando en extender un poco la duración del viaje, pero también señala que nunca imaginó que se quedaría tanto tiempo. «Éramos estudiantes, veníamos de mochileros y teníamos presupuesto cero. No había un plan, sino que hicimos la típica cosa de jovencillos. Nos imaginábamos que sería fácil coger algún trabajo temporal para ahorrar un poco y viajar mucho», relata con una sonrisa auspiciada por la candidez de antaño. «Lo intentamos, claro, y lo que pasó fue que, en la necesidad de subsistir, nos fuimos quedando».

Trabajó en un hostal, un restaurante bangladeshí, uno mexicano y otro filipino. Y, de todos los viajes soñados, pudo hacer uno. «Conseguí ahorrar para ir al Vaticano durante las exequias del Papa. Estuve allí una semana, cubriendo lo que sucedía. Fue mi primera experiencia periodística de este lado del mundo», cuenta. El resto del aprendizaje vino del sector de la hostelería, «un ámbito del que no sabía nada y que me enseñó unas cuantas cosas». Pese a la distancia y la añoranza, su familia la apoyaba. «’Si yo tuviera tu edad, haría lo mismo’, me decía mi madre, aunque cada tanto me preguntaba cuándo iba a volver».

Euskadi, México, Euskadi

En 2013, después mucho tiempo en Cataluña, Mayté se mudó a Donosti. «Estuve en Guipúzcoa dos años y, cuando terminé el máster, sentí que era el momento de regresar a México». No solo lo sintió; se fue. Apretó «once años en cuatro maletas» y regresó a su país con la intención de dedicarse al periodismo. Esta vez no era un impulso de juventud. Estaba convencida. Y, pese a ello, su decisión tuvo un punto idealista como el que la trajo inicialmente aquí. «Al volver comprendí que muchas cosas habían cambiado».

«Por un lado, las principales ofertas laborales estaban en el DF, una ciudad superpoblada a la que ya no debería llegar más gente. Es una locura vivir ahí. Por otro lado, los medios de provincia está muy viciados. Allí casi no existe el periodismo de investigación; mandan los intereses y los gobiernos regionales. Y a eso hay que añadir que mi Estado, Michoacán, es uno de los más violentos del país». Famoso, hasta no hace mucho, por su Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, el lugar es ahora conocido por las tasas de criminalidad. Solo en julio de este año hubo casi 190 homicidios, alrededor del 10% de los que se registraron en todo México durante ese mes.

«Cuando llegué, encontré que mi red de periodistas conocidos estaba disuelta. Casi todos mis colegas, excepto dos o tres, se dedican a otras cosas por la inseguridad, porque tienen familia, porque tienen miedo. Incluso mi madre empezó a preguntarme hasta cuándo me iba a quedar…». En ese contexto, Mayté tomó la decisión de volver aquí. Esta vez, a Bilbao, para hacer un doctorado y una tesis que vincula la economía solidaria con la inmigración. «Siendo migrante y periodista, tengo mucho para contar». Como sostiene en su blog, «las historias cotidianas, los personajes cotidianos, son motores esenciales del periodismo».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Norte Ellas

431 | Sheyla

Vino al País Vasco buscando “algo diferente” y la experiencia superó todas sus expectativas. Cuando llegó a Vizcaya, el año pasado, Sheyla Aguilar sabía que su nuevo entorno sería muy distinto al de su Chiapas natal, el estado más austral de México. “Esa información está en internet”, comenta, señalando la obviedad. Lo que no estaba en internet ni en su imaginación ni en sus planes era que acabaría trabajando en una empresa fundada por otros jóvenes como ella que destacan por su irreverencia y sus deseos de innovación: los creadores del vino azul que se ha puesto tan de moda este año.

Sheyla es estudiante universitaria y cruzó el Atlántico para continuar su formación en Marketing. “Tenía varias opciones: Madrid, Barcelona y Bilbao. De las dos primeras ciudades conocía más, pero del País Vasco no sabía absolutamente nada y eso me llamó la atención. Me puse a investigar, a buscar en internet, y lo que vi me gustó mucho. Envié mails pidiendo información, averigüé cómo era la universidad… y todo lo que encontré me pareció muy atractivo. Elegí Euskadi porque quise apostar por algo diferente y la verdad es que no me arrepiento”.

Lo dice después de un año en el que, incluso, disfrutó del invierno. “En Chiapas hace mucho calor, demasiado para mi gusto. La temperatura alcanza los 37ºC de manera habitual. Prefiero mil veces el clima de Euskadi, aunque puedas tener las cuatro estaciones en un solo día y tengas que salir preparado para todo”, compara divertida. No obstante, lo que más le ha gustado es “el contraste cultural y el tamaño de Bilbao, una ciudad pequeña y cómoda para vivir”.

Se siente a gusto en Euskadi y se nota, pese a que cuando llegó no conocía a nadie. “Tuve la suerte de contar con el apoyo de la iglesia protestante al principio. Antes de venir, me puse en contacto con la congregación y ellos me orientaron acerca de cómo llegar a los sitios, o dónde quedarme los primeros días. Eso ayudó mucho. Después, sí, ya pude iniciar mi camino; aprendí a llegar a la universidad y a moverme con más soltura poco a poco”, cuenta Sheyla. La universidad y la movilidad son dos claves en su historia.

“Cuando empecé las clases, me pareció que el horario era muy relajado. Solo tenía que ir por la mañana. El resto del día lo tenía libre. Quería aprovechar el tiempo para aprender más cosas y hacer prácticas de trabajo -relata-. Un día, se organizó una visita a Portugalete, al taller del vino azul, pero yo no fui porque no sabía llegar. No conocí la empresa en ese momento, sino después, cuando supe que buscaban gente para hacer prácticas. Ni lo pensé. Envié mi currículum enseguida”.

Un modelo “rompedor”

La empresa estaba formada por cinco veinteañeros que un día tuvieron la idea de hacer algo diferente. Y ese ‘algo diferente’ resultó ser un vino azul. Ninguno de ellos era enólogo ni tenía especial pasión por el vino -Sheyla, de hecho, ni siquiera bebe alcohol-. Sin embargo, ninguna de esas cosas fueron impedimentos para que lo crearan. Necesitaron, eso sí, dos años de trabajo y la ayuda de un par de organismos especializados en tecnología alimentaria.

A Sheyla, el planteamiento inicial le encantó. Pero fue la propia entrevista de trabajo lo que terminó de convencerla de que aquella podía ser una experiencia novedosa. “La entrevista fue muy distinta a lo que yo esperaba. No fue clásica, en plan ‘véndete’, sino que fue una conversación distendida en la que enseguida me dieron confianza. Lo que más me gustó de la empresa es que buscan formar un equipo, no tener gente trabajando para ellos. Cuando empecé a hacer mis prácticas, pude comprobar que era verdad. No hay jerarquías. Hay libertad. Eso es algo muy interesante y rompedor”, opina.

La filosofía se corresponde con la llamada ‘generación Y’, los famosos millenials que traen de cabeza a los departamentos de Publicidad y Marketing de casi todas las multinacionales. Para hacerse una idea, los chicos que conforman esta empresa del vino no ocultan que no tienen ningún tipo de tradición vinícola o que ni siquiera les gusta el vino tradicional; al revés, se jactan de ello. Sobre su producto señalan que, al tomarlo, “estás bebiendo innovación y creación. Estás rompiendo las reglas existentes e inventando nuevas. Estás reinventando la tradición”. Lo explican con más detalle en su página web, el escaparate de una oficina que, si bien tiene su base en Portugalete, se mueve sobre todo en internet.

Son nativos digitales, trabajan deslocalizados y su escritorio cabe en un smartphone. Por ello, da un poco lo mismo dónde hayan nacido: consiguen “entenderse a la primera”, dice Sheyla, que empezó haciendo prácticas con ellos y todavía forma parte del grupo. “La pregunta clave de esto y de cualquier otra cosa que imagines es ‘¿y por qué no?’”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 América del Norte Ellas

388 |David

Nació en la capital de México, una de las ciudades más pobladas del planeta. Y, si bien lleva fuera de su tierra casi tanto tiempo como el que vivió allí, para David Valdez Uribe resulta casi inevitable mirar la vida y el mundo con una escala acorde a esos parámetros. Lo “normal” para él es que una ciudad pueda albergar a más de veinte millones de personas, tener más museos que ninguna otra en el mundo o generar un PIB superior al de muchos países enteros.

“Es una cuestión de proporción -dice-. La cantidad de gente que vive allí determina que existan unos servicios y unas infraestructuras tan grandes”. En paralelo, atender las necesidades de tantas personas no es tarea sencilla. Las cifras de población multiplican muchas veces los problemas y, con los recursos que hay, no es fácil alcanzar la igualdad de oportunidades o fomentar la inclusión social. Como casi todas las grandes ciudades en Latinoamérica, el DF tiene sus sombras, sus marginalidades y su cinturón de pobreza alrededor.

“Esto es un problema real y creciente. La inseguridad y la violencia son reales. Hoy, todas las noticias que llegan de México son tristes. Eso explica, en gran medida, por qué vivo aquí”, relata David, que emigró junto a sus padres hace catorce años. “Ya entonces mi padre no estaba a gusto, y te hablo del año 2001, cuando todo era más tranquilo que ahora”, apunta. “En ese momento, Bilbao también estaba cambiando, pero en otra dirección. Iba a mejor. Nosotros habíamos estado aquí a comienzos de los noventa, cuando todavía no existía en Guggenheim. Cuando vinimos diez años después, Euskadi nos impactó”.

“Para mí, que en ese momento tenía dieciocho años, era una oportunidad de formarme y ver otras cosas en el ámbito de las artes, del teatro y de la interpretación. En México, el futuro de muchos actores está en las telenovelas. Hay grandísimos profesionales que han acabado en el mundo del ‘culebrón’. Ojo, es muy respetable, pero no me veía a mí mismo en eso. Yo quería explorar otras cosas, y aquí descubrí que era posible. Aprendí técnicas, estudié en distintos lugares, conocí a un montón de profesionales que me enseñaron mucho y comprendí que no todo se hace desde la fama. Hay proyectos muy bonitos que pueden hacerse con humildad, desde el anonimato”, señala.

Lo dice porque tiene en mente unos cuantos. “Como te imaginarás, el mundo del arte es bastante mezquino. Si dices ‘soy actor’ y no estás dispuesto a hacer nada más, difícilmente vas a poder vivir de ello. Eso te obliga a explorar otras cosas, a trabajar con la iluminación, el sonido o lo que haga falta, pero también a reinventarte y ser creativo en distintas áreas, ya no por dinero, sino por gusto, por crecimiento y por convicción”, reflexiona. En esa línea, uno de esos proyectos que se ha propuesto es “impulsar la creación de una Fábrica de Artes y Oficios en Bilbao, una como la que existe en Ciudad de México”.

Un faro para Bilbao

David no echa de menos los problemas de una ciudad tan grande, pero sí echa en falta sus bondades. En especial, la oferta cultural. “Reconozco que le presto mucha atención a eso porque tengo vocación artística -dice-. Pero también porque allí he visto iniciativas muy interesantes que utilizan el arte y la cultura para combatir problemas muy graves, como las drogas, la violencia o el desempleo”. En su opinión, “las personas necesitamos disfrutar de la cultura y estimular nuestra creatividad, pero no todas tenemos acceso a ello. Ya sea por los precios, porque queda lejos de casa, porque no hay costumbre… muchísimas personas se quedan fuera del circuito, y esto pasa también en Bilbao”.

La fábrica mexicana que quiere emular aquí se conoce popularmente con el nombre de ‘Faro de Oriente‘. Es una iniciativa que comenzó hace años, que depende de la Secretaría de Cultura de la ciudad y que se instaló en un barrio marginal, Iztapalapa, con el objetivo de fomentar la inclusión brindándole a su gente otros estímulos, conocimientos y habilidades. “No todo es fútbol, bares y prensa rosa -dice David-. Hay muchas más posibilidades para desarrollar el potencial humano, pero faltan los espacios”, lamenta.

“Está claro que no se puede comparar Bilbao con el DF. Y también es evidente que la calidad de vida aquí es muchísimo mayor. Sin embargo, eso no impide que se puedan incorporar cosas buenas que han funcionado en otros lugares”, observa David, que hace muy poco inició una campaña de recogida de firmas en la plataforma Change.org. “Desde que se inauguró el Guggenheim, Bilbao es una ciudad con proyección internacional. Sería estupendo que, además de la oferta clásica para turistas, en los barrios menos favorecidos existiera un ‘faro’ cultural para sus habitantes”.

2015 América del Norte Ellos

373 | Ricardo

Todo proyecto migratorio se apoya en una convicción inicial: salir del país es mejor que quedarse. La convicción es genuina, lo suficientemente profunda como para emprender toda clase de viajes, hasta los más arriesgados. En la mayoría de los casos, la búsqueda es personal: conseguir trabajo, reunir dinero, estudiar, consolidar una pareja, huir de la inseguridad, alejarse de un conflicto o dejar atrás problemas que no se pueden resolver quedándose.

Motivos migratorios hay muchos, aunque casi siempre son individuales con alcance familiar. Se ‘sacrifica’ uno por sí mismo y por los suyos, pero no por los demás. No obstante, hay matices y excepciones. No todo es sacrificio ni todo es individualismo. También hay hueco para la ilusión. En ciertos casos, los proyectos migratorios persiguen el progreso colectivo, tienen por objetivo mejorar las condiciones de una comunidad, de sus jóvenes, sus mayores y de las generaciones que vendrán.

Este es el caso de Ricardo López Robles, un ingeniero mexicano que, como muchos otros extranjeros, vino a Euskadi con la idea de formarse y regresar. Lleva aquí siete años y está “encantado” con la gente, la cultura, su trabajo y la ciudad, pero mantiene su determinación de volver una vez que termine el doctorado. Mientras, se ocupa de tender puentes comerciales y empresariales entre Euskadi y Zacatecas, la ciudad a la que quiere devolver sus logros transformados en oportunidades… para otros.

“Yo soy un privilegiado -reconoce-. Pude estudiar y pude hacer la carrera que quería. Mi madre, desde pequeño, me inculcó que si eres afortunado, si has tenido más oportunidades que otras personas, debes preocuparte por los demás, por tu comunidad; debes pensar cómo devolver a tu ciudad esos beneficios que has recibido -expone-. Cuando terminé la carrera, me ofrecieron trabajo fuera del país. Tenía ante mí dos opciones: viajar a Perú o ir Estados Unidos. La oferta estadounidense era más atractiva desde el punto de vista económico, pero yo elegí marcharme a Perú”.

La explicación es sencilla: “Escogí lo que me parecía más demandante, la experiencia que me pudiera exigir un punto más alto de compromiso. Yo buscaba crear vínculos para mi región, acuerdos beneficiosos, y las empresas estadounidenses no son buenas para eso; no tienen un compromiso social, solo ven la cuenta de explotación. Existía más potencial en América Latina, donde sí se pueden estrechar lazos”. Con esta idea, Ricardo viajó a Lima como consultor, contratado por una empresa minera para generar un cambio de organización; “un tipo de proyecto que no se resuelve en las oficinas”, apunta.

Así, trabajó durante un año en una mina que estaba a 4.700 metros sobre el nivel del mar. “El aeropuerto más cercano estaba a tres horas en coche, por caminos de montaña, y el ordenador a veces no encendía por la falta de oxígeno que hay a esa altura”, describe. La vivencia sí cumplió con sus expectativas de exigencia -“fue muy intensa”-, y le arrojó una enorme lección. “Ahí me di cuenta de que me faltaba aprender mucho para poder aportar valor y promover el desarrollo regional”.

Bilbao: un caso de éxito

Todavía en Perú, Ricardo empezó a investigar sobre procesos de reconversión. “Busqué casos de éxito de ciudades y sociedades, y me encontré con Bilbao y su transformación, con su paso de ciudad gris e industrial a enclave tecnológico y cultural. Me pareció increíble y fascinante… sobre todo cuando descubrí que a mi ciudad, Zacatecas, la fundaron tres vascos en 1546. Hay un vínculo histórico y cultural. Mi ciudad supo ser estratégica y luego perdió su fuerza. Los vascos, en cambio, han sabido reinventarse. Quise venir para aprender cómo lo habían hecho y para incorporar esos nuevos matices en el ADN de mi sociedad”.

Se apuntó a un máster europeo en Gestión de Proyectos, en la UPV, hizo las maletas y vino a Bilbao, decidido a aprender cuanto pudiera. A los pocos meses de empezar, le ofrecieron trabajo en el Automotive Intelligence Center (AIC). “En paralelo, la universidad me ofreció hacer mi tesis doctoral. Y a ambas cosas dije que sí”, explica Ricardo, que actualmente es gerente de proyecto en la empresa y está preparando su tesis. “Acepté porque es una oportunidad única de completar mi formación y, al mismo tiempo, tender puentes”.

“En estos años, he viajado a México para dar charlas, he traído a jóvenes para que se formaran en empresas vascas y regresaran allí, y he contado con el apoyo del lugar donde trabajo, un sector que se distingue por su internacionalidad, por pensar de manera global. Cuando regrese a mi país, tendré la ventaja de conocer ambos modelos y podré ayudar a ensamblarlos. La idea es abrir camino para las empresas de aquí y promover, al mismo tiempo, el desarrollo del lugar en que se instalen. Busco un modelo productivo para todos”.

2015 América del Norte Ellos

312 | Teresa

Conversar en estos días con Teresa Valero equivale a viajar a México con una guía cultural bajo el brazo. «Las tradiciones decembrinas de mi país son muy bonitas y singulares», explica ella, que preside la asociación México-Euskadi desde noviembre, aunque cambió el D.F. por Bilbao hace dos años. «Cuando uno llega a un país nuevo, se siente solo. Es fácil añorar las cosas que se han dejado. Por eso me he centrado en desarrollar actividades que me permitan integrarme con las costumbres y personas de aquí, pero también en compartir las de mi tierra. En ese sentido, la asociación desempeña un papel fundamental».

Hace quince días, el colectivo organizó un taller de piñatas para que los niños -también los adultos- disfrutaran y conocieran más de cerca esta tradición. «No se trata solo de recordar, sino de compartir», explica. «Nuestra asociación es un poco peculiar, porque no está integrada solo por mexicanos. Hay muchos vascos. El día de las piñatas, por ejemplo, vino una señora de aquí con su hijo. Habían vivido dos años en mi país, se sabían todas las canciones típicas y las cantaban».

Entre las peculiaridades del colectivo mexicano, Teresa señala que un elevado porcentaje está solo de paso. «Buena parte de la gente viene a estudiar, de modo que son muchos los que están por poco tiempo. Por otro lado, el vínculo cultural y familiar es muy estrecho. Además de que las tradiciones de allí resultan llamativas y gustan, hay muchos vascos que vivieron en México. También hay muchas parejas mixtas, como la mía», indica a modo de ejemplo.

«En mi caso, me mudé a Bilbao porque mi pareja es de aquí. Él es periodista y estuvo trabajando en mi país, donde nos conocimos. Los dos teníamos buenos empleos allí, pero él no acababa de adaptarse; sobre todo, por la inseguridad», relata Teresa, que trabajaba en el Ministerio de Salud. «Había muchos secuestros ‘exprés’, por dinero. Les pasó a tres compañeros míos. Bajar a la calle a fumar un cigarrillo o salir más tarde de lo habitual era un problema. De hecho, en el ministerio habían implementado unos servicios especiales para acompañarte hasta el metro».

Pasar de la precaución permanente a la apacibilidad fue un gran cambio para ella, aunque reconoce que no fue sencillo. «Siempre he sido muy de ciudad y he vivido acostumbrada al ritmo vertiginoso que te marca un lugar como el D.F. Venir aquí cambió por completo mi manera de vivir. Pasé de trabajar a no hacerlo y se modificó el aspecto profesional y familiar, si bien la familia de mi pareja me ha recibido estupendamente. Al principio me costó, aunque ahora lo veo de otro modo. En la ciudad se te va la vida, no tienes tiempo para pensar ni para apreciar los paisajes, ni disfrutar con algo simple, como ver mudar las hojas de los árboles».

Regenerar las tradiciones

Desde esa perspectiva, está contenta con el cambio, si bien señala que en su país la gente sabe ser feliz a pesar de los contratiempos. «Los mexicanos tenemos una forma de vivir la vida muy simple, somos alegres. La sociedad mexicana es una de las más felices, a pesar de la situación de inseguridad. Tenemos tendencia a ver siempre el lado amable de las cosas. Además, las tradiciones se van regenerando, no se quedan obsoletas, no se mueren con las personas mayores, sino que los jóvenes las mantienen vivas». Lo hacen, incluso, fuera de su tierra.

La semana pasada, la asociación celebró las posadas mexicanas, una fiesta popular y religiosa ligada a la Navidad. «En esa fiesta se representa el peregrinar de José y María, buscando posada porque el niño Jesús está a punto de nacer. Comenzamos el 16 de diciembre, que es el día de la Virgen de Guadalupe, y seguimos durante nueve días, cada vez en una casa diferente. En México, los vecinos de una calle se ponen de acuerdo para organizarse. Y todos los días hay piñata, comida, canto especial para pedir posada y entrar», relata.

«Otras fiestas típicas son las pastorelas. Representan la peregrinación de los pastores a Belén e incluyen a varias figuras o personajes, desde el pastorcito perezoso, el cotilla o el glotón hasta diablos y ángeles, que dificultan el camino o lo hacen más llevadero. Este año no lo celebramos en Bilbao, pero en 2012 sí. Y fue muy divertido, porque el chico que hacía de diablo era alemán y hablaba como nosotros, pero con su acento. Imagínatelo diciendo ‘son un montón de pastorsitos’», recuerda Teresa, antes de señalar que estas fiestas, en su país, se extienden «del 16 de diciembre al 6 de enero. Por eso las llamamos la ‘maratón Guadalupe-Reyes’. Hay que aguantar hasta el final y es largo».

2013 América del Norte Ellas

282 | Gonzalo

Hace apenas cinco años, la vida de Gonzalo Arechavaleta era muy distinta a lo que es hoy. Mexicano de nacimiento e ingeniero de profesión, vivía y trabajaba en la tercera ciudad más poblada del mundo. «Me gustaba mi carrera y mi trabajo como asesor, aunque también tenía su claroscuro; México D.F. es una ciudad vertiginosa», describe. El ritmo y la densidad de la urbe, trepidante y tumultuosa, ejercieron poco a poco una potente fuerza centrífuga en él, que a los veinticinco años decidió que se marchaba.

«Necesitaba estar en un lugar más tranquilo; un sitio en el que, al salir de casa, me encontrara con espacios naturales como el monte o el mar, donde no todo fueran coches y edificios y cemento. Quería experimentar la sensación de vivir en una ciudad o un pueblo pequeño, y todo eso lo encontré aquí». De ascendencia vasca -aunque «muy lejana, unas seis o siete generaciones arriba»- Gonzalo empezó a buscar opciones de estudio en el extranjero. El mejor modo de vivir una experiencia fuera de casa era «aprovechar el tiempo para aprender».

«Aunque soy ingeniero, siempre me interesó la cooperación. De hecho, uno de mis sueños era incorporarme como técnico en la ONU», confiesa. Claro que, para ello, el primer paso era especializarse en la materia. Y si bien muchos mexicanos emigran hacia Estados Unidos, tanto por estudios como por trabajo, él se desmarcó de esa tendencia: después de mucho buscar y sopesar las opciones, decidió apostar por el ‘Viejo Continente’. «Vine a hacer un máster en Estudios Internacionales, en la UPV, y la verdad es que el País Vasco me enganchó. Incluso su clima me gusta», subraya.

«Me gusta el frío -prosigue-. Y, para lluvias y nubes, las de Vancouver, donde viví un año y me acostumbré a esos cielos. Por otro lado, el verano aquí es espectacular, y el entorno te permite hacer muchísimas cosas». Y tantas. Él, que en principio prolongó su estancia aquí por una chica, acabó quedándose por un puñado diferente de razones. «La relación de pareja se acabó, pero en ese momento yo ya tenía una rutina, unas actividades y unos amigos. Esa combinación me hizo continuar aquí; impidió que me marchara».

Además del entorno, uno de los aspectos que más valora de Euskadi es que lo volvió a «conectar con el deporte; en concreto, con la escalada. También aquí conocí gente estupenda, hice una cuadrilla de amigos y hasta tenemos un grupo de música», enumera. El grupo de Gonzalo, Txamba, está formado por cuatro personas: un chileno, un jumillano, un vasco y él. «El chileno aporta la rumba; el jumillano, la cumbia… y el vasco y yo nos encargamos de que suene más o menos bien», dice antes de soltar una carcajada.

Mirada al norte

Aunque México es un país heterogéneo, con muchísimas corrientes migratorias y una enorme diversidad étnica y cultural, Gonzalo reconoce que ha sido aquí, en Euskadi, donde ha tenido la ocasión de conocer mejor los matices latinoamericanos. «Mi país está muy influenciado por el vecino del norte. Estamos más atentos a lo que pasa en Estados Unidos que a lo que pasa en el resto de América. Eso hace que no distingamos grandes diferencias entre países, que los veamos a todos como hermanos… En la escuela nadie te cuenta las disputas territoriales que hubo en Latinoamérica. Eso lo aprendí aquí».

También vio, a la distancia, cómo fue cambiando el perfil de la violencia en su país. «Antes tenías la delincuencia común, el robo en la ciudad, la inseguridad o la indigencia. Ahora los crímenes están vinculados con el narcotráfico, son ajustes de cuentas entre quienes están metidos en ese mundo. Lo que se vive ahora es lo mismo que se vivió en Estados Unidos en las décadas de 1920 y 1930: una guerra de bandas», compara Gonzalo para esbozar el problema. «Otra cosa -continúa- es la percepción que existe sobre México desde fuera. Se piensa con frecuencia que las personas allí van armadas de manera habitual, y eso es falso. No tenemos una cultura de armas».

Lo que sí tienen, en cambio, es una riquísima cultura precolombina, y una estupenda gastronomía. «Echo de menos eso: la comida y la comedia, ese carácter que facilita mucho el trato. Aquí la gente es como un crucigrama que tienes que descifrar, aunque eso también le da sabor a las cosas», matiza. ¿La añoranza es suficiente como para volver? «Algún día… -contesta-. Ahora estoy estudiando y tomándomelo con calma. Improviso, y creo que improvisaré los siguientes 20 años de mi vida».

2013 América del Norte Ellos