350 | Bilal

“El aforo está completo”. “Ya no quedan más entradas”. Estas frases se repitieron una y otra vez en la puerta de la sala El Carmen hace un par de semanas, cuando actuó Mohamed El Jem, uno de los principales humoristas de Marruecos, acompañado por otros actores del Teatro Nacional. Varias personas se quedaron sin ver la obra, pero muchas otras -alrededor de 350- sí pudieron disfrutar del espectáculo. “Era la primera vez que esta compañía llegaba a Bilbao y la verdad es que fue un gran éxito. Despertó mucho interés en el colectivo marroquí del País Vasco y de las comunidades vecinas”, cuenta Bilal Ben Janan, uno de los espectadores.

Bilal es marroquí y vive en Euskadi desde 2011. Llegó aquí por trabajo, tras vivir más de una década en Madrid. “Yo vine a España en el año 2000, para estudiar en la Universidad Complutense. Soy licenciado en Ciencias Empresariales. Cuando terminé la carrera, hice prácticas en un banco, luego me contrataron en otro, hasta que empecé a trabajar para el Chaabi Bank, uno de los principales bancos de Marruecos”, detalla. A finales de 2010, la entidad decidió abrir una sucursal aquí, en Bilbao. Y en marzo del año siguiente, Bilal se trasladó para dirigirla.

“Fue un cambio muy brusco y al principio me costó muchísimo -confiesa-. Todo era distinto, el clima, el carácter de la gente, las dimensiones de la ciudad… Me resultó difícil adaptarme. Pero, fíjate que, a medida que fue pasando el tiempo, me fui acoplando al lugar. Hoy en día, encuentro que Bilbao es muy cómodo para vivir, muy acogedor. Tiene el tamaño justo. De hecho, creo que si tuviera que volver a instalarme en una ciudad grande, lo notaría y me costaría”, señala.

“La adaptación a un lugar nuevo no siempre es sencilla -prosigue-. Yo soy del norte de Marruecos, de modo que la cultura de aquí siempre me ha resultado muy familiar. De hecho, en ciudades como Tetuán se habla español. El tema es que para la integración hacen falta herramientas. Por supuesto que, cuando uno se muda de país, debe adaptarse al lugar al que va, pero eso es algo complicado de hacer sin ayuda. Es como pedirle a un albañil o un pintor que haga su trabajo sin los utensilios necesarios”, compara.

Para él ha sido un poco más sencillo; en gran medida, por su profesión. “Estoy en contacto con la comunidad marroquí de Euskadi y sus alrededores, pero también con empresas locales que tienen intereses en mi país, que no son pocas. En la actualidad, España es el primer socio económico y comercial de Marruecos -precisa-. Ha conseguido desbancar a Francia de esa posición. Hace diez años, eso era impensable”.

“En realidad, muchas otras cosas eran impensables hace diez años”, continúa. “El auge del turismo, la ‘primavera árabe’, la mejora en las infraestructuras, el comercio, la construcción de nuevos puertos de mercancías… En este momento, tenemos el puerto comercial más grande del norte de África”, puntualiza, orgulloso. “Queda mucho por hacer, sin duda, pero lo cierto es que en la última década se ha hecho más que en medio siglo. Nuestros países tienen lazos muy estrechos, muy antiguos, aunque en la actualidad se haga foco en los aspectos negativos”.

Un 83% por aeropuertos

Se refiere, en concreto, a las fronteras. “El 83% de la inmigración que llega a España lo hace por los aeropuertos. Sin embargo, las fotos que vemos siempre son de Ceuta y Melilla. Se muestra lo que da pena, lo que conmueve, y se exagera con expresiones como ‘oleada’, ‘asalto’ o ‘avalancha’ para generar una sensación de inminencia y así poder pedir más recursos para hacerle frente. En el mundo todo es economía, incluyendo muchas decisiones políticas. La valla es un ‘joker’, un comodín, para pedir dinero a la Unión Europea”, analiza.

Y, al respecto, añade una interesante reflexión. “Esto es como la gestión en la crisis del ébola: no puedes centrar los esfuerzos en las fronteras porque siempre algo va a escapar a tu control. Si quieres prevenir más contagios, tendrás que ir al foco original y actuar allí, en lugar de esperar a que las cosas se te vayan de las manos. Con la pobreza y los movimientos migratorios pasa lo mismo. Si hubiera un interés genuino y serio por solucionar este problema, Europa tendría que actuar directamente en la raíz; fortalecer las economías de los países de origen, en lugar de invertir dinero en las vallas. Mientras África sea expoliada, mientras se le sigan quitando sus recursos y llevando, a cambio, bolsas de arroz, no va a cambiar nada. Es una decisión política”.

«La decisión -concluye- es política. Política y económica. Después viene todo lo demás, el esfuerzo social y cultural de unos y otros por fomentar una convivencia interesante, de intercambio y crecimiento rica para todos».

2014 África Ellos

232 | Abdeslam & Zakaria

Abdeslam Outauf y Zakaria Nazih comparten unas cuantas cosas. Ambos nacieron en Marruecos, pertenecen a la cultura bereber, tienen casi la misma edad y, además, son familia. “Él es mi sobrino -dice Abdeslam-. Soy el hermano de su mamá”. Aquí, en Bilbao, han creado juntos un grupo de música tradicional con el apoyo Musikari Artean y el Centro Social Ignacio Ellacuría. “Nuestro grupo se llama Amyewas, una palabra que significa ayudar”.

Abdeslam y Zakaria partieron del mismo lugar: Er-Rachidia Mellab, una ciudad muy humilde en el corazón marroquí; un pueblo que ha visto llegar a decenas de cooperantes y que, a la par, ha visto a la gente joven marchar. “Por desgracia, allí no hay trabajo. La situación está muy mal”, dice Abdeslam, consciente de que en Europa también hay crisis. “Pero es distinto -matiza-. En mi pueblo no hay perspectivas de mejora. Dependemos muchas veces de la solidaridad internacional”

“Yo veía que no tenía oportunidades de progresar -continúa-. Lo poco que ganaba no me alcanzaba para ayudar a mi familia, y mucho menos para formar la mía propia”. Esta última reflexión sorprende bastante por la edad que tiene Abdeslam -hace poco cumplió 18 años-; sin embargo, tiene lógica. En Marruecos -en especial, en los pueblos pequeños- perviven las antiguas tradiciones y la gente se casa muy joven.

Huérfano de padre y madre, Abdeslam vivía con sus hermanos. Y, con apenas quince años, comprendió que su mejor opción era emigrar. “Cuando estaba en Tánger, antes de cruzar el mar, supe que los mejores lugares para venir eran Barcelona y Bilbao. A mí me gusta trabajar y estudiar, aprender cosas nuevas que sean útiles, y me dijeron que aquí podría conseguirlo”. No lo dudó: tras varios intentos fallidos, se montó en los bajos de un autobús para abrazar su sueño.

“Cuando estás ahí debajo sientes miedo, claro. Sabes que puedes morir o que te pueden pillar y darte una paliza, pero, ¿qué haces? ¿Te quedas sin futuro?”, se pregunta este joven músico que, en la actualidad, vive en un piso tutelado y hace un curso de chapista. “Yo llegué hace un año y medio y viví en el centro de Loiu, porque era menor de edad. Estoy muy agradecido y muy contento de haber estado allí, porque me recibieron con mucho cariño y me ayudaron a estudiar, hacer cursos y salir adelante por mí mismo”.

De su paso por Zabaloetxe, Abdeslam conserva varias reflexiones, y una de ellas tiene que ver con las diferencias de oportunidades que hay en el mundo. “Aquí hay mucha gente que tiene cosas maravillosas y no las valora. Tener un casa para vivir, una cama de la que puedas levantarte, una ducha para asearte cada día… es una fortuna”, subraya.

Encuentro casual

Su sobrino, Zakaria, asiente con la cabeza. Él aún vive en Loiu, pues tiene 17 años, pero ya piensa en el porvenir. “Estoy estudiando mecánica y castellano. Y estoy contento porque aquí hay cosas importantes que en mi pueblo no existen. Si te enfermas, te ve un médico. En la calle hay más seguridad, tienes autobuses para desplazarte…”, enumera el chaval, que hizo un viaje migratorio similar al de su tío.

“Salimos del mismo lugar y llegamos al mismo sitio, pero no hicimos el viaje juntos”, explica. “Yo vine un poco después que él, sin saber que estaba aquí. Volvimos a vernos de casualidad, en Amorebieta, y el reencuentro fue una inmensa alegría”. No es para menos. Además de ser familia, Zakaria y su tío siempre fueron muy amigos.

“De pequeños, hacíamos música. Formamos nuestro primer grupo cuando teníamos once años, aunque no teníamos instrumentos”, recuerda. “Hoy sí tenemos un lautar, que es como una guitarra, y un tabount para la percusión. Gracias al Centro Ellacuría podemos desarrollarnos como músicos, mientras aprendemos oficios para trabajar mucho y salir adelante”, concluye.

2012 África Ellos

224 | Hanane

Hanane Lotfi es marroquí, de Rabat, y llegó al País Vasco hace un lustro en compañía de su esposo. “Nos trasladamos aquí por su trabajo”, explica ella, aunque matiza que no vinieron desde el sur: antes de vivir en Euskadi, Hanane residió en Alemania. “Viví allí ocho años, porque había ido a estudiar. Después de acabar la carrera, nos mudamos a Getxo”, sintetiza esta ingeniera en electrónica.

La imagen de una mujer marroquí y de fe musulmana, como es su caso, hace contraste con la de una profesional plurilingüe que ha viajado y se ha formado en Europa. Hanane lo sabe. Es consciente de las luces y las sombras que se proyectan sobre la diversidad religiosa, de procedencias e idiomas y, en consecuencia, sobre la convivencia multicultural. “La idea de que las mujeres musulmanas estamos doblegadas y sometidas se encuentra muy asentada en ciertos sectores de la sociedad, donde nos perciben como unas pobres personas sin opciones -dice a modo de ejemplo-. Y no es verdad. Hace falta información rigurosa, veraz y de primera mano para entender que somos iguales”, remarca.

Precisamente, esta reflexión fue el germen de la Asociación Schams, un colectivo que se creó en 2010 y que Hanane preside desde entonces. “Nuestra meta principal es la integración de todas las personas: inmigrantes y vascas, jóvenes y ancianas, de unas religiones y otras, sean como sean y vengan de donde vengan”, explica. Sin duda, es un proyecto ambicioso, “pero no imposible. Lo único que hace falta es querer saber de los otros, interesarse por los demás, generar espacios de encuentro y tener claro que siempre podemos enriquecernos con el intercambio. Todos tenemos algo que enseñar y mucho que aprender”.

Hanane también sostiene que son más las similitudes que las diferencias, aunque se suela enfatizar siempre las últimas. “Hay cosas que compartimos todas las mujeres del mundo, más allá de donde hayamos nacido. Si tenemos hijos, nos preocupa su salud y su educación. Si estamos en pareja, nos interesa que nos quieran bien. Si trabajamos, queremos que nos valoren… Las preocupaciones fundamentales son las mismas, y los problemas a los que nos enfrentamos, también”.

El pañuelo, una elección

En su opinión, “es muy importante que unos y otros tengan la oportunidad de explicar su cultura, su religión o su manera de entender el mundo. A diferencia de Alemania, donde no encontré reticencias a mi fe o mi pañuelo, aquí sí he notado que el gran problema es la diferencia religiosa. Hay personas, solo algunas por suerte, que no quieren acercarse a una mujer musulmana y que siempre dejan una distancia, como si tuvieran miedo de algo. Por esto es importante que haya espacios de encuentro y reflexión, para que alguien como yo pueda contarle a los demás cómo piensa y cómo siente. Si yo uso mi pañuelo es porque quiero, no porque alguien me obligue a hacerlo”, señala.

Para Hanane, una de las cosas más valiosas del País Vasco es “el amor que le tiene su gente a su propia cultura. Cuidan sus tradiciones, las explican, las comparten con los demás y las mantienen en el tiempo. Nunca he visto gente que sea tan cuidadosa con sus raíces y, realmente, me parece algo muy bueno”. De ahí su interés en lograr más cercanía.

“Da igual que uses minifalda o pañuelo, que seas de un sitio o de otro. Si tienes a tu alrededor muchas personas con culturas diversas, lo mejor que puedes hacer es contarles cómo eres tú y aprender de cómo son ellas. Obviamente, si te encierras en tu casa o solo buscas relacionarte con gente que provenga del mismo sitio que tú, nunca podrás integrarte”, dice Hanane, y añade que la clave de la convivencia no está tanto en los adultos como en los niños.

“Pienso que podemos convivir sin problemas, y que tenemos que prestar mucha atención a nuestros hijos. Por un lado, no deberíamos legarles esta ‘herida social’, impidiéndoles que se relacionen con pequeños de otras culturas. Por otro, deberíamos aprender de ellos. Los niños son listos y saben convivir mucho mejor que nosotros”.

2012 África Ellas

214 | Mohamed

Noviembre en el Magreb. Este es el nombre que han escogido las bibliotecas municipales de Basauri para su iniciativa cultural más reciente. El proyecto, ligado al terreno social y a toda la red de bibliotecas públicas, tiene un doble objetivo. Por un lado, aspira a que la población local conozca mejor las culturas de origen de los ‘nuevos vascos’ y, por otro, pretende que los nuevos vecinos se acerquen a las bibliotecas. Es decir, intenta generar espacios de encuentro entre personas de culturas y orígenes distintos.

Para ello, las bibliotecas han adquirido diversos materiales de otros países: desde narrativa infantil y literatura contemporánea, hasta guías de viaje o de gastronomía, sin olvidar el cine y la música. Pero, además, durante todo noviembre han acogido e impulsado diversos talleres que, esta vez, se han centrado en las culturas del Magreb. De hecho, aún queda uno pendiente: una sesión de cuentos para niños con Cataplina, el próximo jueves, en la Biblioteca Infantil.

“Lo interesante de esta iniciativa es que incorpora el plano cultural en la promoción de la cohesión social”, señala el filólogo Mohamed Sabiri, de origen marroquí y residente en Basauri. “Más allá de que se puedan hacer otras cosas -prosigue-, me parece inteligente y acertado trabajar la convivencia desde la cultura por una razón muy sencilla: quienes acuden a una biblioteca ya vienen con un interés por aprender cosas nuevas. Y, al mismo tiempo, su formación intelectual les permite compartir aquello que saben”.

Mohamed habla del proyecto con entusiasmo y orgullo. Y no le faltan motivos, pues ha estado trabajando en él desde hace tiempo. “Mi relación con esta iniciativa viene de cuando hice mis prácticas en el Ayuntamiento de Basauri”, indica. Tras cursar un máster en Migraciones, pidió expresamente ser becario en el consistorio, ya que “conocía la manera de trabajar de los técnicos de Inmigración” y le “gustaba mucho su enfoque”, resalta.

La perspectiva de aprender más sobre flujos migratorios era buena. Pero se transformó en apasionante cuando surgió la oportunidad de colaborar con la campaña ‘Noviembre en el Magreb’. “Esto es mi especialidad y combina a la perfección toda mi formación académica -dice Mohamed-. Trabaja sobre la inmigración desde las bibliotecas, y las herramientas son la cultura y el conocimiento”, insiste.

Educación y democracia

Para este marroquí de cultura bereber, la educación es importante. Y, más que eso, es “fundamental” cuando se la enmarca en los movimientos sociales y democráticos. “Mira Egipto -dice para citar un ejemplo de actualidad-. Lo que está pasando en Egipto es porque la gente está educada y tiene un buen nivel de formación. Y eso es, justamente, lo que intenta evitar mi país. ¿Sabías que en términos educativos, en el contexto africano, Marruecos es el segundo Estado con el nivel más bajo? Apenas supera a Somalia y eso no es producto del azar, no es porque falten recursos, sino porque el interés en que la gente se eduque es nulo”, sostiene.

Esta convicción le empujó a rechazar una plaza como profesor de árabe y a trabajar, en cambio, en el sector privado como chofer de remolques. “Tengo principios; prefiero dedicarme a cualquier cosa antes que a colaborar con un sistema educativo viciado”, argumenta. Pero… ¿cómo encaja Basauri en esta hoja de ruta?

“En 2008 empecé a trabajar en turismo, como chofer guía, y en ese empleo comencé a interesarme por la interculturalidad porque todos los días estaba en contacto con gente de distintos lugares. Hablaba varios idiomas: árabe, bereber, francés, inglés y un poquito de hebreo, pero me faltaba aprender español. Tenía en mente hacer un curso cuando mi hermano, que vivía aquí, me llamó para preguntarme si quería venir a Euskadi. Acepté, llegué a Basauri en 2009 y al año empecé con el máster. Ahora quiero seguir. Me interesa continuar formándome, hacer un doctorado y profundizar en mis conocimientos sobre las migraciones”, concluye.

2011 África Ellos

210 | Mohammed

Mohammed Er Rahmaouy está “muy entusiasmado”. El proyecto solidario que ha ideado junto a Hassan y Jamal, dos amigos, empieza a tomar forma, crece y “marcha sobre ruedas”. La expresión es literal, pues las bicicletas son piezas clave en el engranaje de esta iniciativa, que involucra a la sociedad vasca y a los niños de Marruecos con dificultades para ir a la escuela.

“En realidad -matiza-, el proyecto está enfocado a un pueblo en concreto, Tazzarine, el lugar donde nací. Se trata de un pueblo pequeño, con muchas carencias. No es que la gente se muera de hambre, pero lo pasa mal, y uno de los principales problemas es el acceso a la educación, llegar a la escuela.

Hay muchos niños que tienen que andar entre diez y quince kilómetros diarios para ir al cole, y otros tantos para volver a sus casas. Van a pie. Les lleva tiempo. Les cuesta. Y al final, algunos acaban por dejarlo”, describe.

La idea de Mohammed, Hassan y Jamal es hacer más sencillo el trayecto, reducir el tiempo del viaje y acercar, de algún modo, la escuela. Y han pensado en la bicicleta como el medio ideal para ello. “Lo que estamos haciendo -precisa- es recoger las bicis que la gente aquí ya no quiere, aceptar lo que nos donan. Cuando alguien nos llama para ofrecernos una, la vamos a buscar y la guardamos junto a las demás, en un pabellón en Sondika. En cuanto hayamos agrupado la mayor cantidad posible, las enviaremos a Marruecos para ayudar a los niños”, detalla entusiasmado, y agrega que “lo ideal sería reunir 200 bicicletas”. De momento, han conseguido 50.

En opinión de Mohammed, que compagina su trabajo de soldador con tareas de voluntariado en los fines de semana, la cifra es buena y no sería posible sin la solidaridad de los vascos. “Las personas aquí se vuelcan mucho a ayudar a los demás. Lo sé porque lo veo en proyectos como este, y porque a mí también me han ayudado mucho en su día -reconoce-. Si me permites, quisiera agradecer públicamente al Centro Zabaloetxe de Loiu por su implicación solidaria, siempre”.

La gratitud de Mohammed tiene doble lectura. Por un lado, estriba en que la campaña de las bicis cuenta con el apoyo de esta asociación de integración juvenil. Por otro, se debe a que él mismo vivió un tiempo en el centro de acogida de esta institución cuando llegó en calidad de ‘menor no acompañado’ al País Vasco.

El futuro, en la orilla de enfrente

“Yo vine en 2004, cuando tenía 16 años. Viví allí durante un año y luego en un piso de acogida, hasta que cumplí la mayoría de edad y, como todo el mundo, tuve que salir a buscarme la vida. Lo bueno es que, en ese tiempo, me enseñaron un oficio: aprendí a soldar. Desde entonces, me dedico a eso y nunca me ha faltado trabajo, a pesar de que la situación ahora está difícil. Por eso estoy tan agradecido y creo que es importante ayudar a otros; no solo a quienes ya están aquí, sino a quienes están allí y todavía sienten que el único futuro posible está al otro lado del mar”.

Lo dice por experiencia, ya que él se marchó de Marruecos en los bajos de un autobús. “Fue un viaje de seis horas, desde Tánger a Algeciras. Al principio -recuerda- pensaba que podría morir y eso me asustaba un poco, pero lo que de verdad me daba miedo era que me cogiera la policía. Eso sí que es duro, porque si te cogen en Marruecos, te llevan al calabozo y te dan unas hostias de las buenas. A mí me pasó”, dice Mohammed que, antes de cruzar con éxito, tuvo un par de intentos fallidos. “Lo intenté en un camión y en una patera, pero no salió bien. Y seguí probando, sí, a pesar del peligro. Cuando quieres emigrar no piensas en la gente que se muere, sino en la que lo consigue… La verdad es que con 16 años no piensas mucho”.

Ahora, en cambio, su visión es más amplia. “Quiero ayudar a los pequeños para que reciban una educación, progresen en casa y no pasen por lo mismo que pasamos nosotros”, dice. El e-mail para donar bicicletas es zabaloetxe[arroba]terra.es.

2011 África Ellos

196 | Abderrahmane

Cada vez que Abderrahmane Nadir entrena con los chavales del Centro Zabaloetxe, cumple un viejo sueño de juventud: dedicarse al fútbol. Cuando era adolescente y vivía en Marruecos, todas sus metas se dibujaban con las líneas de una cancha, aunque su padre, un estricto profesor de francés, no estaba de acuerdo con ello. “Él no me apoyaba con el deporte. Su único objetivo era que mis hermanos y yo estudiáramos, que tuviéramos una carrera”, recuerda ahora en Bilbao, dos décadas después.

“No es que mi padre fuera malo -continúa Abderrahmane, que hoy tiene 38 años y una perspectiva distinta-. Tan solo era muy tradicional y quería lo mejor para nosotros. En su cabeza, el fútbol no era una opción de futuro. Cuando se enfadaba, me decía: ‘Todos queréis ser Maradona, pero Maradona solo hay uno, y no va a haber más’. Era triste escuchar eso”.

Aun así, antes de emigrar hacia Europa, Abderrahmane logró jugar al fútbol en un club con mucha historia: el Wydad de Casablanca. “Un día estaba en la playa con unos amigos, dándole al balón, y me vio el seleccionador del equipo, que por casualidad estaba allí. Yo tenía quince años, me citó para una prueba y fui. Cuando me aceptaron en el club, la gente del barrio le decía a mi padre que me diera una oportunidad y él se relajó un poco. Gracias a eso, llegué a jugar en 2ª división”.

El avance le costó, aunque no tanto como su siguiente desafío, pues a Abderrahmane le esperaba un partido difícil fuera del campo y de su país. “Mi madre vivía en Madrid -cuenta-. Se había separado de mi padre y, desde 1989, estaba trabajando en España. Ella es una mujer muy luchadora y también quería lo mejor para sus hijos, así que trabajó mucho y nos fue trayendo de a poco. Empezó por los más pequeños, porque quería que se educaran aquí, y no paró hasta que estuvimos todos. Yo soy el mayor de los seis. Me fui de Casablanca con 23 años”.

El primer día en Madrid, Abderrahmane buscó trabajo y lo encontró. “Y al tercer día -precisa- ya estaba buscando un equipo para jugar al fútbol”. Se ofreció a sí mismo en el club Rayo La Cierva, en Getafe, y empezó a jugar allí, hasta que se lesionó. “Tardé mucho en volver a un campo, y todavía hoy tengo problemas con la rodilla”, dice enseñando la pierna derecha.

Fútbol siete Zabaloetxe

Pero ha vuelto. Y lo ha hecho en Loiu, como capitán del equipo de fútbol siete del Zabaloetxe, y como entrenador de los menores inmigrantes que residen en el centro de San José Artesano, donde desempeña labores de educador social. “Después de vivir casi diez años en Madrid me mudé al País Vasco porque mi hijo iba a nacer aquí”, explica Abderrahmane, que se radicó hace seis años en la capital vizcaína.

“Como siempre -relata-, mi prioridad al llegar fue buscar trabajo. Y me presenté en el centro Zabaloetxe porque me gusta ayudar a los demás y creía que tenía aptitudes para hacerlo allí. Hay muchos chicos que necesitan estímulos positivos, buenos ejemplos, herramientas de integración. En general, son chavales de 16 años procedentes de mi país, aunque también los hay argelinos, de Ghana y de Camerún”, detalla Abderrahmane, que les ayuda con el castellano y con la práctica deportiva.

“Yo creo en el fútbol como vía de inserción social. Además de aprender valores, si practicas deporte no fumas, no bebes, no te drogas. Cuando estoy con los chavales, intento explicarles cómo funcionan las cosas aquí, cuáles son las reglas, cómo es la cultura. Puedo entender su manera de pensar y ellos pueden confiar en mí porque venimos del mismo lugar. Y siempre les digo que no hace falta renunciar a sus creencias para adaptarse. Integrarse no es dejar de ser musulmán o comer jamón, sino respetar la cola al subir el autobús, ceder el paso, devolver una cartera que se cae…. La integración se consigue con gestos pequeños y constantes”.

2011 África Ellos