Nawal Abaou, una historia de perseverancia y talento

Cuando hablamos con Nawal Abaou [Nador (Marruecos), 1980], corría junio de 2017 y estábamos en Ramadán, así que parte de la conversación giró sobre el ayuno. En concreto, Nawal llevaba sin comer desde las 03:40 y debía esperar hasta las diez de la noche para volver a probar bocado. Entre medias, ni agua ni zumo ni galletas. Nada de nada. Y así, 29 días seguidos. Según esta enfermera y bióloga —cuya primera entrevista se publicó en 2015—, el mes de ayuno es duro, pero merece la pena: «purifica el cuerpo y la mente».

También conversamos sobre lo complicado que resulta cumplir con este precepto religioso en Europa. En los países de mayoría musulmana, según nos explicó Nawal, durante el Ramadán los horarios de trabajo se vuelven más flexibles, las exigencias laborales disminuyen y todo el mundo está más o menos igual de decaído que tú. Además, la latitud hace más llevadero el ayuno en Marruecos o Argelia que en España, donde el sol se pone dos horas más tarde, o que en Suecia, Finlandia o Noruega, donde el ayuno puede llegar incluso a durar 20 horas.

Eso sí, el Ramadán también es un tiempo de estar en familia y de disfrutar de la comida. A la hora de la cena, según Nawal, en su mesa, no faltan los dátiles, los frutos secos, el yogur y algo dulce en la primera parte de la cena; en la segunda, es el momento del pollo asado, los filetes o los huevos fritos. La conjunción de la familia y la mesa ocupa un lugar muy significativo en la vida de Nawal, y no solo en Ramadán, como se puede leer en la historia que sigue. 

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

«Las carolinas. Cada vez que salgo, tengo que comprarme una. ¡Me encantan! Las como sí o sí, aunque esté a dieta. A veces, llamo a Bilal y le digo que me compre algo rico, y él ya sabe lo que tiene que traer». Así de rotunda y efusiva se muestra Nawal Abaou cuando le preguntas por algo que le guste mucho de aquí. La carolina, ese dulce tan típico, es la pasión de esta enfermera y bióloga marroquí que vive en Getxo desde hace siete años.

Si bien Nawal sigue siendo fiel a ciertos ingredientes de la comida de su país, como los dátiles, los frutos secos, el yogur o el pollo asado, se ha dejado conquistar por otros sabores y costumbres: reconoce que la paella es uno de sus platos favoritos, le gusta la tortilla de patata —en particular, si va rellena de algo— y le parece un gran invento lo de hacer una pausa a media mañana para tomar un café con leche y un pintxo.

Para ella, Getxo representa su hogar; sobre todo, por la diversidad y calidez de su gente. «El ambiente familiar me hace sentir cómoda: aquí cabemos todas las personas y estoy como en casa —describe—. He tenido la oportunidad de mudarme a otros sitios, y no he querido hacerlo. Mi marido y yo tenemos amigos, y nuestros vecinos nos consideran una familia más. Se nota que nos tienen cariño en cómo nos hablan o porque toman en consideración nuestras opiniones», destaca.

Para muestra, un dinosaurio: hace unos meses, Nawal encontró una bolsa colgada en el pomo de la puerta de su casa. Dentro había un dinosaurio de juguete. Cuando lo vio, pensó que alguien se había equivocado, así que le tocó el timbre a su vecina. Esta le explicó que era un regalo para sus hijos; una forma de agradecerle la cesta que ella había colocado en el portal para que les dejasen ahí la publicidad, y no en el suelo. Aunque en la comunidad llevaban tiempo pensando en hacerlo, lo habían dejado pasar. Nawal no lo sabía; simplemente compró la cesta porque le gusta cuidar el lugar donde vive.

La vida antes de Getxo

Ni las costumbres ni el idioma de aquí son demasiado extraños para Nawal. Su ciudad de nacimiento, Nador, está al lado de Melilla. Y allí, como en toda ciudad de frontera que se precie, ir y venir entre países es lo habitual. En ese entorno activo y permeable, su infancia y adolescencia fueron etapas muy felices. También lo fue su juventud, especialmente mientras estudiaba Biología y Enfermería, dos carreras que eligió por vocación y que acabó con las mejores notas.

La situación cambió poco después, cuando se casó y tuvo un hijo con la persona equivocada. Visto desde fuera, lo tenía todo: casa, coche, trabajo, estabilidad económica y una buena posición social. Puertas adentro, la historia era otra: las cosas fueron mal desde el inicio. Un día especialmente malo, cuando se quedó sola, Nawal cogió a su niño en brazos y se marchó a casa de sus padres.

Divorciarse en una sociedad como la marroquí es una tarea ardua y desgastante, más allá del nivel educativo o del poder adquisitivo familiar. Para Nawal, como para muchas mujeres, fue muy complicado, aun cuando contó con el apoyo incondicional de sus padres y de sus hermanos. Gracias a ese respaldo, logró conservar la calma en mitad de la tempestad. Pocas veces se sintió tan juzgada y expuesta a la crítica ajena como entonces.

Como mujer independiente, inteligente y formada, intentó rehacer su vida en Nador, cerca de sus afectos y en un entorno conocido, pero le resultó imposible: «A cada paso que daba, encontraba una mayor presión social». Así, ante lo enrarecido y opresivo del clima que respiraba a diario, acudió a la embajada española, expuso su situación y pidió ayuda. La solución fue académica: dado que sus notas siempre habían sido excelentes, le concedieron una beca de estudios; gracias a ella, salió de Marruecos en 2010 con su hijo, que entonces tenía 3 años. Nunca le estuvo tan agradecida a los estudios y a la diplomacia.

Nueva vida, nuevos retos

Actualmente, Nawal es la coordinadora de un equipo de enfermería y la responsable del instrumental médico de la clínica donde trabaja. Antes debió recorrer un largo camino y aprender a sortear los obstáculos con perseverancia, humildad y talento. El itinerario fue duro; en particular, al principio, cuando sus ahorros se esfumaron y no disponía ni de tiempo ni de dinero para convalidar sus títulos universitarios. De ahí que la única salida que encontró fuera acudir a Cáritas y limpiar casas, muchas casas.

En esa etapa, vivía al día y enlazaba limpiezas, cada una en un sitio diferente. «Cuando estaba fregando los suelos, lo hacía con lágrimas en los ojos —relata—. Y pensaba: “Toda mi vida luchando y estudiando… ¿Y voy a acabar así?”». Pero se tragaba el orgullo, las preguntas y las lágrimas y seguía adelante: tenía un hijo a su cargo y regresar a Nador no era una opción.

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Cuando pudo estabilizar mínimamente su situación económica y anímica, comenzó los largos trámites para homologar sus estudios. Una vez que, gracias a la asociación Kosmópolis, lo consiguió, empezó a trabajar como auxiliar de enfermería en una empresa de reciente creación. Las condiciones eran precarias: trabajar gratis hasta que la empresa se asentase y pudiese contratarla.

Desesperada por hacer algo relacionado con lo suyo, Nawal aceptó: «Pensé: “Me da igual, voy a aguantar”». A los dos meses sin cobrar, y habiéndose comido los ahorros de nuevo, dejó la empresa y adoptó una decisión estratégica: retomar la limpieza de casas y, a la vez, pedir una beca para continuar estudiando. Además de arriesgado para su salud —debía compaginar ella sola sus roles de madre, trabajadora y estudiante—, el plan era complicado. Sin embargo, echó varias solicitudes y consiguió que la Universidad de Deusto la becase para cursar un máster en Recursos Humanos.

En efecto, conciliar vida familiar, laboral y académica fue muy estresante, pero mereció la pena. Cuando llegó el momento de las prácticas, le asignaron una conocida clínica, donde debió cubrir el puesto de la jefa de plantilla, que había tenido un accidente. La tarea era titánica, pues implicaba gestionar las compras y realizar todo tipo de trámites administrativos con farmacias, ambulatorios, hospitales, instituciones… A fuerza de orden, meticulosidad y muchas horas, logró sacar adelante el trabajo encomendado y, de paso, se ganó el respeto de sus compañeros. Por eso, cuando terminó las prácticas, la contrataron como supervisora de la parte administrativa del equipo sanitario. Se convirtió así en la primera trabajadora extranjera de la plantilla.

Por fin, una familia

La vida personal de Nawal también cambió mucho desde que vino. Hace unos años, conoció a Bilal. Él también es de Nador —aunque se conocieron aquí— y supo esperarla todo lo necesario hasta que ella se animó a darle una nueva oportunidad al amor. Bilal es como un padre para el hijo de Nawal, que ya tiene 11 años. Además, la pareja se casó, ha tenido otro hijo y está a la espera del tercero.

Nawal ha vuelto a sentirse muy arropada por su familia. Sus padres se han jubilado, así que vienen con frecuencia a visitarla y a disfrutar de sus nietos. Eso sí, vienen por poco tiempo, pues no se llevan demasiado bien con el clima húmedo y frío de Euskadi. Por suerte, su madre la acompañó en junio, en el último Ramadán, cuyo ayuno siempre es complicado de sobrellevar en países poco habituados a la religión musulmana.

A quien sí ve más seguido es a su hermano pequeño. «Estaba trabajando en París; pero, después de los atentados que hubo en la sala Bataclán y en Niza, decidió venir para estar más cerca de la familia. Ahora está trabajando en un bar de Barakaldo», cuenta Nawal, visiblemente contenta por tenerlo más cerca. Pero si hay alguien feliz de tener padre, tío y abuelos es su hijo mayor, quien padeció junto a ella todas las vicisitudes de los primeros años. «Antes sentía que estábamos solos él y yo —explica—. Ahora me dice muchas veces: “Por fin, mamá, estamos en familia”».

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Segundas impresiones

452 | Mounir

Llegó al País Vasco hace más de veinte años con una única meta: estudiar. Cuando se marchó de Marruecos, su país, Mounir Bou-Ali era un joven físico que deseaba progresar en su carrera. El horizonte se perfilaba lejos de Tánger y como una tesis doctoral. Aunque «tenía más sentido ir a Francia o a Bélgica» –ya que había hecho toda la carrera en francés–, vino a Euskadi porque «tenía amigos estudiando aquí» y porque «las referencias académicas eran muy buenas». No imaginaba Mounir que con aquella decisión cambiaría tanto su vida, que acabaría encontrando aquí su lugar en el mundo, formando una familia y recibiendo varios reconocimientos por sus trabajos de investigación, como sucedió.

«Vine a hacer el doctorado a Leioa porque me habían dado buenas referencias de la universidad, e hice mi tesis sobre Mecánica de Fluidos. La Mecánica de Fluidos es la asignatura que analiza el comportamiento de cualquier material deformable», apunta de manera didáctica para que lo entienda hasta alguien de letras. El caso es que, mientras hacía su doctorado, conoció a Pilar, una chica que también estaba haciendo su tesis –la suya, en Biología– y que hoy es su mujer. Aunque los posgrados tengan fama de ser incompatibles con la vida social, Mounir asegura que «se pueden hacer las dos cosas a la vez».

La pareja, el trabajo y el entorno modificaron sus planes iniciales. «Originalmente, no iba a quedarme, pero una vez que estas aquí, te enamoras de Euskadi. Desde que llegué encontré gente muy trabajadora, gente noble, seria y sana. La sociedad en su conjunto era muy educada, todo estaba limpio y en orden. En la calle no oías ni los pitidos de los coches ni nada. No esperaba encontrar algo así y la verdad es que me encantó. Me sentí muy a gusto desde el primer día», relata.

Los años siguientes fueron, quizá, más exigentes para él porque su trabajo estaba en Navarra y la familia, en Vizcaya. «Saqué una plaza de profesor asociado en la Universidad Pública de Navarra, me casé con Pilar y tuvimos a nuestros hijos, Ismael y Nadia». Con el trabajo allí y la familia aquí, Mounir empezó a buscar otras opciones más cercanas que le evitaran tener que desplazarse tanto. «En 2002 saqué la plaza de profesor en Mondragon Unibersitatea y, desde entonces, me encuentro fenomenal. Aquello fue un desafío muy estimulante porque empezamos con la Mecánica de Fluidos desde cero, tanto con la asignatura como con el departamento de I+D», recuerda.

A día de hoy, Mounir da clases a los jóvenes que cursan el tercer año de Ingeniería. Asegura que los aprecia como si fuesen sus hijos y no duda en definirlos como «el futuro de Euskadi». Además, coordina el departamento de Mecánica de Fluidos y continúa investigando en la materia, una labor por la que él y su equipo han recibido distintos reconocimientos y premios, dentro y fuera del País Vasco. «Hemos conformado un excelente grupo de trabajo, de prestigio. Tenemos varios proyectos y, sí, hemos sido galardonados por algunos», dice con tanta alegría como sorprendente naturalidad.

Premio de Europa

El premio más reciente lo recibieron hace muy poco, en noviembre, cuando la Agencia Espacial Europea reconoció su labor en un proyecto de alcance internacional que busca predecir el comportamiento termo-hidro-dinámico de distintas mezclas que se encuentran sometidas a altas presiones. «Este es un proyecto en el que participan otras universidades, además de la de Mondragón, y otros países, como China, Francia e Inglaterra –detalla–. Aunque la tendencia general es la de recortar en investigación científica y reducir las convocatorias, en Euskadi se promueve la investigación y el tema está mejor que en muchos otros lugares», añade.

Mounir también reconoce que su país ha mejorado en ciencia e innovación. «Viajo con cierta frecuencia para ver a mi padre, que vive allí, y he notado en estos años un avance gigantesco. Marruecos tiene muchos proyectos de gran envergadura, como la planta termosolar más grande del mundo», dice, mientras constata que las cosas han cambiado mucho y que ahora hay más oportunidades de las que había cuando él era un chaval.

«A veces, para tener éxito no basta con tener talento. Hay que estar en el lugar adecuado, y Euskadi es uno de ellos. Si yo no hubiera venido a hacer el doctorado, probablemente hoy sería taxista, como mi padre, y no habría podido dedicarme a lo que más me gusta, a la investigación. Por eso siento que he acertado. Por supuesto, echo de menos cosas de mi tierra, y viajo allí cada tanto, con la familia o incluso con la cuadrilla. Pero lo cierto es que aquí he encontrado mi sitio. Vivo en Elorrio y, para mí, es el pueblo más precioso del mundo. Me siento agradecido con el País Vasco e intento dar lo mejor de mí al lugar que tanto me ha dado».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2017 África Ellos

414 | Samar

Samar Crespillo Elgtaibi es un buen reflejo de la sociedad actual. Su vida cotidiana, sus afectos y ella misma están signados por la hibridación cultural, por la mezcla de identidades y por sentimientos de pertenencia ligados a más de un sitio en el mundo. Nació aquí, pero sus padres son de Marruecos. En casa, habla en árabe con ellos. Nunca tuvo que emigrar, pero conoce bien esa realidad y no es ajena a sus dificultades. Le duelen los estereotipos negativos que predominan sobre los extranjeros aunque, técnicamente, no pertenezca al colectivo inmigrante. En suma, vive a caballo entre dos culturas y trabaja para engarzarlas.

“Yo no nací en Marruecos, pero me considero árabe. Hay personas que reniegan de sus orígenes, yo no. Me siento orgullosa de haber crecido en una familia árabe, en un ambiente cultural distinto, con otros matices, que enriquecen los que tengo aquí. El idioma es un ejemplo. Mi lengua materna es el árabe, y la utilizo a diario para no perderla. Con el resto de la cultura pasa igual: no se trata de elegir entre una cosa y la otra -argumenta-, sino de aunar lo mejor de cada sitio. Por supuesto, las diferencias son grandes, pero también son bonitas. Yo creo que lo distinto nos enriquece, aunque nunca se piense en ello de ese modo”, lamenta.

Samar prosigue en su razonamiento y no se anda con rodeos: “Se habla mucho de la opresión a las mujeres sin hacer ningún matiz. Es verdad que hay un trato diferente hacia la mujer, pero no pasa por la opresión sino por el respeto. Y se hace mucho foco en eso, en lo que se percibe como negativo, pero no se habla nunca del cuidado de los ancianos, por ejemplo. Allí no hay residencias para mayores. Las familias se ocupan de ellos hasta el último momento, cuidan mucho de las abuelas y los abuelos. En Marruecos, se valora a los ancianos y se los respeta”, explica en un intento por ampliar el panorama.

Samar, que acaba de cumplir diecinueve años, va cada verano a Marruecos con sus padres, de vacaciones. “La sociedad vasca y la marroquí son diferentes en varios aspectos -compara-, pero eso no supone un problema para mí. Me encuentro cómoda en los dos lugares. En ambos me siento como en casa”. Para ella, las dos culturas son compatibles, ya no solo en un mismo sitio, sino en una misma persona. Por eso insiste en que los estereotipos negativos son muy dañinos en el plano social y ayudan más bien poco a la convivencia de las personas.

Afirmaciones con datos

Al respecto, relata un episodio reciente que vivió en la universidad, en Donosti, donde cursa el primer año de Criminología. “En clase, surgió el tema de la violencia machista y alguien dijo que la mayoría de los maltratadores son extranjeros. Me molestó esa afirmación. No me pareció justo, primero, porque no es cierto; solo hace falta ver los datos estadísticos para comprobarlo. Pero, además, me disgustó porque en clase tenemos varios compañeros extranjeros. Hay un chico del Sáhara, una chica latinoamericana y dos compañeros de Italia y de Francia. No se puede generalizar así como así, hablar sin datos fiables o etiquetar a la gente por su lugar de procedencia, como lamentablemente pasa”, opina Samar.

“Mi mejor amiga es de Colombia y te puedo asegurar que no responde para nada al imaginario colectivo sobre las mujeres colombianas. Mi madre es marroquí y es una de las mujeres más independientes y luchadoras que conozco. Ella inmigró cuando tenía mi edad, o un poco menos, y lo pasó muy mal. No controlaba el idioma, no tenía apoyos, pero salió adelante. Quería estudiar y tuvo que trabajar duro. Me tuvo a mí y hubo un tiempo en el que estuvimos las dos solas. Yo soy hija de su primer matrimonio, y es mi madre quien me sacó adelante, sola, hasta que se volvió a casar”, relata Samar con visible admiración.

Su vida ha sido muy diferente a la de su mamá. Ha tenido otras oportunidades y se siente agradecida y privilegiada por ello. “Yo voy a la universidad, viajo a San Sebastián todos los días, tengo vacaciones, tiempo libre, como cualquier otra persona de mi edad que se ha criado aquí. Crecí en una familia llena de amor y respeto. En mi corazón, el marido de mi madre, Jaouad, es mi aita. Él también es marroquí y también trabaja para que la integración sea posible, para que sea más sencilla. Fíjate cómo son las cosas, me encantaría llevar su apellido, y algún día, lo haré. Quise cambiármelo hace tiempo pero fue él mismo quien me hizo ver que mi vida sería más fácil con un apellido de aquí que con dos de Marruecos. Por desgracia, aun estamos en ese punto, pero algún día será distinto y dará igual. Estoy segura”.

2016 África Ellas Europa

413 | Soufiane

Sounfiane Ankri hace hincapié en la formalidad, el respeto y la educación. Son valores importantes para él y “herramientas fundamentales para la integración”. También subraya la voluntad y la predisposición de las personas para formar una sociedad plural. “Si vas a vivir en un país diferente del tuyo, tienes que tener la disposición de integrarte -opina-. No puedes ir a otro sitio y aislarte. Del mismo modo, la sociedad receptora tendrá que estar más abierta a las diferencias culturales. Las personas que migran no llegan vacías. Cuando viajas, no solo cargas tu ropa. En la maleta también llevas tus costumbres, tus recuerdos, tu cultura. Es tu vida y va contigo a donde vayas”.

Para Soufiane este es un tema sensible porque pertenece a un colectivo muy castigado por los prejuicios y, también, muy numeroso en Euskadi. Soufiane es marroquí, uno de los 14.667 que residen en el País Vasco, según los datos del INE. “No todos venimos en las mismas circunstancias ni de la misma manera. No todos contamos con un respaldo económico, o una educación universitaria, por mencionar solo dos aspectos. La adaptación cultural siempre es un desafío, pero para unos es más grande que para otros. Es evidente”, observa. “Lo importante, en todo caso, es cómo abordamos esta cuestión, cómo podemos promover la integración y la normalización desde el propio colectivo marroquí y desde la sociedad de acogida”.

Cuando habla, cuesta pensar que Soufiane trabaja con números, con inversiones y con cuentas de resultados, pero así es. Llegó a Bilbao a principios de 2014 para dirigir la sucursal local del principal banco de Marruecos. Antes, vivió en Madrid durante quince años, buena parte de los cuales los dedicó también a la banca. “Bueno, no siempre fue así -matiza-. Yo soy licenciado en Derecho por la Universidad Mohammed V y vine a España para continuar mi formación. Hice un posgrado en Filosofía del Derecho. Trabajé como mediador social e intercultural; estuve dos años en el departamento jurídico de una asociación de inmigrantes, hasta que vi un anuncio de trabajo de un banco local y me presenté. Mi vida dio un giro de 180 grados”, reconoce.

Soufiane explica que aquella era la primera vez que una entidad bancaria lanzaba una oferta de trabajo específica para extranjeros. “Fue algo muy interesante, porque conformábamos un grupo diverso. Había gente de China, de Guinea… También fue interesante observar las reacciones de los demás empleados; algunos nos miraban con curiosidad, otros con extrañeza. ¿Quién es este? ¿Qué hace aquí? Con el tiempo, uno de mis jefes me confesó que cuando le dijeron que habían contratado a un chico marroquí, él se imaginó que yo iba a aparecer vestido con una djellaba”, relata divertido. “Lo importante es que la experiencia fue muy buena para todos. Dos años después, el banco fue a seleccionar a 14 personas directamente a la universidad, en Rabat”.

Una construcción colectiva

La trayectoria profesional de Soufiane continuó por el sendero bancario. Cambió de entidad y progresó hasta alcanzar un puesto directivo. Sin embargo, nunca olvidó aquellos años como mediador intercultural, ni su experiencia en la asociación de inmigrantes, ni las necesidades de otras personas que han tenido un punto de partida menos afortunado que él. “Hay mucho por hacer y cada uno tiene que aportar y construir desde donde puede. Es verdad que ya no me dedico al trabajo social, pero sí tengo un empleo que me permite patrocinar iniciativas de integración; iniciativas en las que, además, puedo participar como persona”.

El banco donde trabaja colabora, entre otras cosas, con proyectos deportivos que fomentan la integración de los jóvenes extranjeros. Y él se involucra. De hecho, en estos días está yendo al fisioterapeuta porque se lesionó jugando al fútbol con los chavales. Pero este no es el único campo de juego. Soufiane tiene muy claro que quienes han tenido mejores oportunidades, como él, tienen también la responsabilidad de tender puentes, o intentarlo. “Una de las cosas fundamentales que alguien debe hacer cuando va a otro país es aprender su idioma. Esto es vital para poder comunicarse, para poder relacionarse con los demás y para poder transmitir las ideas”, indica.

“Tener una lengua común me permite poner sobre la mesa otros temas. Por ejemplo, señalar que, si bien Marruecos es un país muy cercano, existe un gran desconocimiento. Muchas personas creen que, al bajar del avión, verán desierto y camellos, que la estética general es la del Sahara, y no es así. Mi país es moderno: tiene carreteras, edificios e infraestructuras muy importantes, pero eso nunca se muestra. Tampoco se hace foco en la hospitalidad marroquí, tan típica de los países mediterráneos. Y es una pena. Aunque existen diferencias, tenemos muchas similitudes”.

2016 África Ellos

401 | Nawal

La vida de Nawal Abaou ha dado un giro notable. Muchas cosas han cambiado para ella desde 2010 hasta hoy. El camino no ha sido fácil, ni siempre ha tenido el viento a favor, pero ha sido ha sido beneficioso y, sobre todo, necesario. “Ha sido intenso”, agrega ahora, al observar los cinco últimos años y analizarlos en retrospectiva. “Emigrar es un proceso exigente que te empuja a asimilar un gran caudal de información en muy poco tiempo. Eso se nota al principio especialmente, cuando no conoces a nadie ni sabes cómo funcionan las cosas, cuando tus recursos son limitados y debes resolver muchas urgencias”.

Nawal recuerda bien esa ‘vorágine de los principios’. “Encuentras todo tipo de personas. Hay gente buena, gente mala, gente que te usa y gente que te ayuda. La vida es así. Pero cuando estás en un lugar nuevo, solo y sin referencias, estás mucho más expuesto. No sabes a dónde ir, qué hacer o cómo usar tus competencias. Alquilas un piso, pagas una fianza, cambias de ciudad, vas aquí, vas allá, el dinero que traes se acaba y no tienes ingresos. Y todo eso ocurre en un entorno que no conoces ni controlas, donde las costumbres son otras. Te haces fuerte, sí. Necesitas hacerte fuerte porque eres mucho más vulnerable”.

La fortaleza a la que se refiere tiene mucho que ver con la constancia y la determinación. Y, más que eso, con una convicción poderosa: que la meta es mejor que el punto de partida, a tal punto que justifica la dureza del camino. “El éxito es insistir. No puedes derrumbarte, ni bajar los brazos, y menos cuando tienes un niño pequeño que depende de ti, como sucedió en mi caso”, indica Nawal, y recuerda que, cuando se marchó de Marruecos, su hijo aún no había cumplido cuatro años.

“El divorcio está mal visto en mi país”, dice. Es una frase que transmite mucho más que ocho palabras. “La sociedad te juzga y, de algún modo, te castiga. Pierdes la libertad de salir, de arreglarte… No es que no puedas hacerlo, sino que las críticas aparecen enseguida”. La suspicacia, el ambiente enrarecido se sintetiza en “frases como ‘ah, eso es lo que quería, mira, para eso se divorció, para salir’… Y aunque hagas de cuenta que no oyes, que no te afecta, sí lo hace”, reconoce.

“Por eso me fui. Yo no quería esa vida para mí ni para mi hijo. En Marruecos tenía estabilidad, mi casa, mi coche y mi trabajo; tenía a mis padres, que siempre fueron un apoyo incondicional; tenía mucho más de lo que tengo aquí, pero me faltaba lo principal. No era feliz. Desde luego, no es fácil trabajar de ‘cualquier cosa’ cuando antes te dedicabas a la docencia, cuando tienes formación, cuando tienes dos carreras -Nawal es bióloga y enfermera-, pero lo haces. Te dices a ti misma que da igual, que es importante avanzar y empiezas desde cero”.

Dar a conocer tus competencias

Pero Nawal no se resignó al destino habitual de muchos inmigrantes. Tocó puertas, buscó apoyos. “En estos años, he abierto muchas conversaciones. Entiendo que cuando uno cambia de país debe adaptarse al nuevo lugar e integrarse con los demás. Para eso hay que abrirse y dedicar tiempo a hablar con las personas que vas conociendo, con quienes te dan trabajo, con tu comunidad de vecinos. Si eres diferente y te encierras en ti mismo, los demás tendrán miedo de ti”, expone. Su discurso es claramente aperturista y es, en sí, lo que le ha permitido tender valiosos puentes aquí.

“Las asociaciones desempeñan un papel fundamental en esto. Yo me acerqué a Kosmópolis, cuya finalidad principal es poner en valor la profesionalidad de los extranjeros y ayudarnos con el durísimo proceso de homologación de títulos. Gracias a ellos pude convalidar mis dos títulos y después hacer un master en Recursos Humanos. En la actualidad trabajo como enfermera y sigo formándome, también en otras áreas”, explica en un perfecto castellano, un idioma que ya dominaba cuando vivía en su país. “Es que vivíamos junto a Melilla e íbamos con frecuencia. Si no hablas castellano, no haces la compra”, dice entre risas.

Y, a propósito de sonrisas, reivindica su valor. “No puedes perderla jamás, ni siquiera en los momentos más duros. A los inmigrantes nos cuesta un montón progresar, afianzarnos, demostrar lo que sabemos. Las empresas locales no suelen fiarse de los títulos extranjeros, aunque estén homologados aquí”, lamenta. Por eso, Nawal ha seguido colaborando con la asociación Kosmópolis y forma parte de un proyecto en el que varios profesionales de fuera se reúnen con empresarios locales para derribar estereotipos. “Todavía existe la creencia de que estamos poco cualificados y cierto recelo a buscar los perfiles profesionales que se necesitan entre la gente que no ha nacido aquí. Por eso es importante darse a conocer, fomentar el acercamiento. Aprovechar las cualidades de la gente, sea de donde sea, es beneficioso para todos”.

2015 África Ellas

367 | Afaf

Cambiar de país conlleva otros cambios, desde el paisaje hasta las perspectivas. La transformación es constante y opera en distintos niveles: el entorno, las costumbres, las opciones… También incide en la persona que migra. La historia de Afaf El Haloui es un claro ejemplo del poder transformador de ciertos viajes. Como dice ella misma, en Bilbao está el comienzo de su felicidad. “Aquí me empezó a sonreír la vida. Aquí pude empoderarme, sentirme libre y vivir con tranquilidad. En esta ciudad, en este lugar, es donde empieza mi vida”.

Afaf experimentó dos tipos de emigración porque se marchó dos veces de su país, Marruecos. “La primera vez, me fui por el que entonces era mi marido. Él había venido antes y nos reagrupó a mi hija y a mí. Pero esta historia no duró mucho. Volví poco después a Marruecos para divorciarme. La segunda vez, sí, fue mi verdadera salida. Vine sola con mi niña y con una mochila de miedos. Dejé atrás una etapa muy dura, de rechazo, violencia y machismo, para empezar otra vez, para ser feliz, para ofrecerle a mi hija algo mejor y distinto”.

A Afaf no le gusta hablar sobre “lo triste o lo malo”. Entiende -y con razón- que pocas palabras bastan para delinear una situación dolorosa, opresiva e injusta. Ella prefiere centrarse en ‘el día después’ y dejar que sus palabras construyan. “Es posible romper con el miedo. Es posible cambiar de vida y ser feliz. Es posible recomponerte como persona, desarrollarte como ser humano, como ciudadano, como mujer, aunque lo tengas todo en contra, incluida tu propia familia”.

El divorcio en su país no está bien visto. “Menos si es decisión de la mujer, y menos aún si después quiere seguir sola, en lugar de casarse otra vez -apunta-. Eso fue lo que me ocurrió a mí. Después del divorcio, la presión social y familiar era insoportable. Todo el mundo estaba enfadado conmigo. En principio, yo iba a quedarme en Marruecos. No tenía la necesidad económica de emigrar, ya que mis padres tienen su casa y sus recursos. Sin embargo, me sentía rechazada por la cultura de mi propio país. Nadie entendía mi decisión, así que opté por marcharme de nuevo, no por economía, sino por libertad. Me fui para ser libre e independiente, para ser dueña de mi vida”.

Llegó “dolida y perdida”, y en unas condiciones adversas. El idioma y la crisis eran su principales barreras. “Encontré un mundo nuevo donde casi todo era diferente al mío. Tenía lo que a mí me atraía, la independencia y la libertad, pero al principio yo no sabía cómo alcanzarlos, cómo llegar hasta ahí”. La sensación de Afaf, que desconocía los cauces, se asemejaba a la de quien mira lo que le gusta a través de un escaparate. Aparentemente al alcance, no siempre fácil de conseguir. “Pero la gente aquí es generosa. Hay personas que curan a otras. Cuando he tocado las puertas, siempre me han contestado”.

El abrazo, la apertura

La primera puerta que se abrió para Afaf fue la de La Posada de los Abrazos, una asociación que lucha contra la exclusión social en Bilbao. “Hay que reconocer públicamente su labor. Me cuidaron, me apoyaron, me ayudaron a cuidarme a mí misma y me brindaron mucha contención, también psicológica, para dejar atrás esa mochila de miedo y dolor. Allí empecé a recomponer mi vida, a conocer personas, buenas personas, con las que relacionarme y de las que podía aprender mucho. Comencé a abrirme a otros espacios y llegué a Mujeres del Mundo Babel”.

Uno de los objetivos de esta asociación femenina es tejer una red de apoyo mutuo entre sus miembros, poner en valor sus cualidades y saberes, incluirlas y dotarlas de herramientas de empoderamiento. “Encontré allí un grupo humano increíble. Encontré calidez y supe que no estaba sola. Es un espacio donde se comparte la riqueza y la diversidad, donde se puede aprender mucho. Para mí también fue un lugar donde poder opinar, escribir, proponer cosas, desarrollar mis inquietudes”, relata con la admiración de quien ha tenido negadas las cosas sencillas durante mucho tiempo.

Los nuevos estímulos e influencias hicieron reflexionar mucho a Afaf sobre su condición de mujer e inmigrante. Y, también, sobre las peculiaridades socioculturales de su país. Por esa razón, a mediados de 2014 fundó Ahizpatasuna, una asociación de mujeres marroquíes y vascas que busca tender puentes y lazos entre ambas culturas. “Es fundamental repensar la cultura marroquí, conocer otros modelos femeninos, enriquecerse mutuamente, aprender de las demás -afirma-. Yo, que soy marroquí, he conseguido integrarme en la cultura vasca y, sobre todo, he conseguido ser feliz. Me siento fuerte, luchadora, independiente… una ciudadana más de Bilbao”.

2015 África Ellas