Manuel Liendro, un hombre de campo fiel a sus raíces argentinas

Entrevistar a Manuel Liendro es mucho más que conversar largamente con él; es vivir una experiencia donde la nota dominante es la hospitalidad. Anfitrión generoso y sin dobleces, Manuel [El Bananal de Yuto, (Argentina, 1967)] nos abrió las puertas de su vida y compartió con nosotros las cinco cosas fundamentales que la componen: su familia, el trabajo, la tierra, la música y la gastronomía. Algo de eso ya había salido en la primera entrevista, allá por diciembre de 2012. En este reencuentro, casi cinco años después, lo experimentamos en persona.

El día que nos invitó a su huerto comimos un asado con él, su esposa y sus tres hijos. Manuel asó la carne y los chorizos —caseros—, y todo lo trinchó con un facón fabricado por él mismo. También nos ofreció unos zapallitos rellenos que había preparado la noche anterior. Esos zapallitos —típicos del cono sur americano— crecen ahora en su huerto de Bilbao, donde también cultiva tomates, pepinos, calabacines o lechugas. Cuidar de las hortalizas es la manera que tiene de conservar su lazo con la tierra y honrar el saber de sus antepasados campesinos.

En mitad de ese domingo en familia, Manuel nos contó cómo fueron su infancia y su juventud, cómo se enamoró de Kristina y recordó sus primeros tiempos en Bilbao. También pudimos conversar con Itxaro, Nerea e Imanol —sus hijos—, con quienes comparte el gusto por la música. De postre, entonó varias canciones a la guitarra. En la versión web de esta entrevista, hemos rescatado un fragmento del concierto privado que nos obsequió.

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[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

Manuel Liendro tiene la argentinidad a flor de piel. Él, hombre alto y fuerte como el mejor de los árboles de su tierra, se considera por encima de todo un hombre de campo. Así lo atestiguan sus manos grandes y callosas, su habilidad para cultivar la tierra o la letra de las zambas que rasguea en su guitarra cuando se presenta la ocasión. También su acento suave y norteño, la receta de los chorizos criollos que ofrece en sus asados familiares o la pegatina trasera de su coche: «¡Vamos, Jujuy, carajo!».

Manuel nació en El Bananal de Yuto, un pequeño y humilde pueblo entre el monte y el río Piedras, en la provincia de Jujuy, a unos 125 km de la frontera con Bolivia. Se trata de un enclave agrario que ni siquiera muchos argentinos sabrían ubicar en el mapa. Es una tierra dura, que imprime carácter y se lleva adherida siempre a la piel. Al fin y al cabo, allí la temperatura alcanza con facilidad los 40 grados y la sensación térmica bordea los 50 ºC muchos días.

También es un sitio de usos y costumbres propios. Hace tanto calor en las horas centrales del día que el horario de trabajo habitual es de 5 a 10 y de 17 a 22 h. Entre medias, se come y se recupera el sueño atrasado. Según Kristina, la esposa de Manuel, el sol es tan abrasador que las suelas de las sandalias se derriten. Ella, una bilbaína criada en el barrio de Arabella, lo sabe por experiencia: estuvo casi tres años como cooperante y nunca se terminó de acostumbrar. Ni a eso ni a los mosquitos tamaño tigre.

Contrastes muy marcados

Por increíble que parezca, Manuel echa de menos ese clima. Es más: sufrió mucho para adaptarse a Bilbao. Llegó en noviembre de 1998 y tenía 31 años cuando descubrió que existía el invierno y que el frío le cuarteaba la piel, sobre todo, en la cara y a la altura de los párpados. «Ahora soy como un oso panda», dice señalándose el contorno de los ojos.

La falta de los permisos también le dificultó mucho la adaptación: le ofrecían trabajos que no podía aceptar. Algo que, a su vez, le complicaba aún más su situación vital; Kristina y él habían gastado los ahorros en sus billetes de avión, así que vivían con los padres y el hermano de ella a la espera de encontrar trabajo y poder independizarse. Allí, en un pequeño piso de ciudad de unos 45 metros cuadrados, Manuel debió doblegar sus casi dos metros de hombre de campo y aprender a tener otro tipo de paciencia.

A pesar de los años en Bilbao, sus modales conservan aún la calidez del pueblo. También la firmeza y la franqueza de quien se ha hecho a sí mismo trabajando desde niño. A los 6 años ya quitaba los caracoles de los naranjos, limoneros y pomelos. A los 8 pasaba los veranos con su tío y este le enseñaba a manejar el tractor. A los 11 ya sabía conducir y, en una furgoneta, transportaba personas hasta la finca del patrón de su padre. Luego, cuando debió valerse por sí mismo, hizo de todo: cargar y descargar, trabajar en la siembra, conducir camiones.

Por suerte, tanta exigencia laboral no le impidió enamorarse a primera vista. Nada más ver a Kristina en El Bananal, le dijo a un amigo: «Algún día ella va a ser mi señora». Y lo dijo convencido, a pesar de que Kristina tenía mala prensa en el pueblo: su carácter práctico, directo y con pocos diminutivos al hablar contrastaba con los modos suaves y los tiempos pausados del lugar. En cambio, él quedó prendado desde que fue a casa de ella a presentarle sus respetos y ofrecerse para lo que hiciera falta.

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Amor selvático, frutos euskaldunes

Si bien el amor trajo a Manuel hasta Bilbao, fue una casualidad la que llevó a Kristina hasta El Bananal. Ella quería encontrar algún proyecto de cooperación en América que le permitiera estar un año fuera y, por diversas circunstancias, la única plaza libre que encontró fue la de aquel rincón remoto y desconocido. Tardó poco en comprender el porqué… A la dureza del clima, debió sumar la dureza de un proceso de adaptación a una sociedad rural con unos usos y costumbres muy diferentes de los suyos.

Afortunadamente, salió ganando con la experiencia: además de crecer como persona y mejorar como cooperante, encontró al amor de su vida. Por eso, cuando al final de la estancia regresó a Euskadi, se dedicó sobre todo a dos cosas: a escribirse cartas con Manuel y a buscar financiación para que la enviasen de nuevo a El Bananal, pero esta vez por dos años. Al final de esa segunda estancia, fue cuando Kristina y Manuel vinieron a Bilbao.

Hoy, viven en el barrio de San Adrián y tienen tres hijos: Imanol (10), Nerea (14) e Itxaro (16). Los tres hacen danza vasca y van a la ikastola; los tres, como su padre, tienen alguna relación con la música. Imanol va para txistulari, Nerea es más de tocar la guitarra e Itxaro, además de tocar la trikitixa, canta en un grupo que versiona a los Ramones, Nirvana o Huntza. «Mis hijos están teniendo la posibilidad que no he tenido yo ni en sueños: estudiar y leer música», apunta orgulloso Manuel.

A él, el campo y la humildad de su origen, lo obligaron a entregarse al autodidactismo. «Lo que yo sé lo aprendí mirando y escuchando a la gente», explica. Y en ese mirar y practicar por su cuenta, aprendió lo suficiente para formar en Bilbao, junto con otros músicos del noroeste argentino, su propio grupo: Los Cantores del Lapacho. En su repertorio, especializado en el folclore de su país, figuran canciones clásicas de Jorge Cafrune, Horacio Guarany o Mercedes Sosa.

Ahora bien, quizá lo más sorprendente en la biografía musical de Manuel sea otro dato: canta desde hace seis años en Bilbotarrak. Además de ser uno los miembros más jóvenes, es el único extranjero. En fiestas, como un corista más, recorre las calles del botxo con sus compañeros cantando bilbainadas. Evidentemente, desde que está él, la de Un argentino en Bilbao se ha convertido en una de las más sentidas.

Un gaucho por la Gran Vía

Fiel a las tradiciones, Manuel conserva una que lo ha hecho famoso. «En casi todas las fiestas patrias y algún fin de semana, me pongo el traje de gaucho y me voy a caminar por la Gran Vía. La gente me para y me pide hacerse fotos conmigo. Alguno me llama “mariachi”, y tengo que explicarle de dónde vengo. Ahora me conocen más y vienen a mis recitales», relata.

La otra tradición que intenta no perder es cultivar la tierra. Si bien trabaja la mayor parte del tiempo como restaurador de fachadas, conserva aún el vínculo con la marmolería donde empezó a trabajar justo después de regularizar su situación. Allí, hace siete años, y gracias al permiso de su jefe, convirtió una estrecha franja de terreno en «un huerto donde hay un poco de todo: puerros, lechuga, zapallitos, tomates, pepino…». Le pone tanto cariño y buen hacer que ahora esa pequeña porción de tierra vasca es su manera de honrar todo lo aprendido en su lejano y añorado El Bananal de Yuto.


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Segundas impresiones

262 | Manuel

Lo primero es la familia, tanto si habla de Argentina como si se refiere a Bilbao. Los afectos que quedaron lejos y los que conoció -o vio nacer- aquí encabezan su lista de querencias. Después, sí, viene “todo lo demás”: el gusto por el monte, la afición por la pesca, el placer de la música y su trabajo como marmolista. Pero, ante todo, los lazos. Para Manuel Liendo Cortez, que se marchó de su tierra hace ya catorce años, la familia que formó aquí y la que tiene en la distancia es lo mejor de la vida.

Por eso fue tan duro su primer año en Euskadi. Si bien tenía aquí a su mujer, que es vasca, y a la familia de ella, que le recibió muy bien, faltaban sus hermanos, sus padres, sus sobrinos. “A pesar de todos los cambios, yo me adapté muy bien. La gente aquí siempre fue muy amable conmigo. Esa parte fue fácil -dice-. Lo difícil no fue adaptarme aquí, sino acostumbrarme a la distancia. Durante ese primer año, de lunes a viernes trabajaba; y los fines de semana, lloraba”, cuenta Manuel para explicar el proceso.

El paso del tiempo y el nacimiento de sus hijos -tiene tres- suavizaron esa sensación. También las nuevas tecnologías, que le facilitaron mucho las cosas. “Hace diez o doce años, me comunicaba con los míos por carta. El sobre tardaba veinte días en llegar y pasaban otros quince hasta que yo recibía respuesta… Ahora todo ha cambiado. Tengo Facebook, mail… Entre eso y que ya todo el mundo tiene un teléfono móvil, estoy al tanto de lo que pasa en mi pueblo. Mis amigos de allá me mantienen informado”, compara.

Aunque para cambios y comparaciones, ninguno como los del principio, cuando se trasladó aquí. “Yo soy de Jujuy -cuenta-, la provincia más al norte de Argentina. Allí todo son fincas y monte. Es una zona rural donde todos los trabajos están ligados al campo. Yo me dedicaba a la siembra, al monte, a conducir tractores. Como te podrás imaginar, el cambio al emigrar fue brutal. Salí del campo a la ciudad… ¡y al otro lado del mundo!”.

La ‘mudanza’ de entorno, de país y de vida tiene un nombre: Cristina. Es la mujer de Manuel. “Fue ella, mi media naranja, la que me trajo hasta aquí”, dice él, antes de contar que se conocieron en Jujuy hace dieciséis años. Cristina había ido con vocación de cooperante por una temporada, pero le conoció y acabó quedándose dos años. “Nos hicimos novios e intentamos vivir allí, pero la verdad es que era muy difícil. No había muchas oportunidades y estábamos muy justos. No podíamos ahorrar ni nada, así que un día ella me preguntó si me animaba a venir a Bilbao para probar suerte acá. Dije que sí. Y aquí seguimos”, sintetiza.

Pendientes de mármol

Manuel consiguió trabajo poco después de llegar. Empezó en la construcción, como encofrador, pero descubrió que se le daba bien el manejo del mármol. Y que, además, le gustaba. Le ofrecieron empleo en una marmolería y allí desarrolló su oficio, hasta el día de hoy. “Hacemos de todo, desde encimeras y escaleras, hasta las placas para el cementerio -cuenta-. Pero, además de las cosas grandes, él ha invertido muchas horas de su tiempo libre en crear objetos pequeños, más artesanales; “como unos pendientes para mi señora”, detalla. “En verdad, en casa hay muchas cosas hechas con mármol; la mesa, los ceniceros… Cristina siempre me dice que un día vamos a acabar en el piso de abajo de tantas piedras que traigo”, cuenta entre risas.

Además de su trabajo, que disfruta, Manuel se ha convertido en un gran aficionado de la pesca y la micología. “Tengo un amigo de Sondika al que le gusta mucho el monte. Un día me invitó a ir con él, porque iba a juntar setas, y la experiencia me encantó. Ahora vamos todos los años, y también vamos a pescar, aunque al principio no pescaba nada, ja ja. He tenido que aprender. Soy un hombre de campo y me gusta mucho la naturaleza del País Vasco”.

También le gusta la música. En particular, el folklore. Y, junto a dos amigos argentinos —uno de Jujuy, como él, y el otro de Santa Fe— ha formado ‘Los cantores del Lapacho’, un grupo de música típica de su país. “Nuestros instrumentos son dos guitarras y un bombo, además de la voz, claro. Hacemos sambas, chacareras… Este año participamos en el festival Gentes del Mundo, en El Arenal, y también colaboraron mi mujer y mis hijos. Eso es lo lindo”, dice Manuel, que realmente aprecia el tener cerca a los suyos en el día a día.

2012 América del Sur Ellos