455 | Irina

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza están hablando? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más actual. «Yo crecí en una familia mixta, muy mixta –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Yo hice mi primera carrera en San Petesburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Bajo el clásico lema ‘Mens sana in corpore sano‘, estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petesburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Cuando salgas, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; por las tardes daba clases en un gimnasio y también supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió insostenible, «y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«Originalmente, iba a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó –la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal–. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

A partir de ese momento –diciembre de 2003–, Irina vivió un periplo difícil, que incluyó homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia que, si no, te vas a convertir en barrendera’. Ser empleada de hogar fue todo un aprendizaje», apunta Irina que, pese a todo, nunca abandonó el interés cultural. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo diverso –tan diverso como la ex URSS– conformado por varios extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan el lazo con sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘ah, entonces eres rusa y bebes vodka’, siempre digo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2017 Asia Ellas Europa

440 | Irma

Entre Euskadi y Lituania hay 3.000 kilómetros de distancia y unas cuantas diferencias culturales, como un idioma que compite en dificultad con el euskera o un carácter tan recio que puede eclipsar al estereotipo del vasco. En el contexto lituano, los vascos son blandos y dulces como gominolas, tan pintorescos y extrovertidos que no pasan desapercibidos jamás. Esta es la idea que prevalece después de hablar con Irma Cijunaityte, una lituana que está acostumbrada a deletrear su apellido y que vino a vivir a Euskadi hace siete años porque se enamoró de un vasco.

“Nos conocimos en mi país, en un hotel. Kepa había ido con un amigo de vacaciones; yo trabajaba en la recepción. Era invierno y no había casi nadie. En esa época, el hotel estaba prácticamente vacío y ellos siempre estaban de fiesta. Impresionante. Toda la semana de juerga”, recuerda ahora, y en su voz se revive la extrañeza que experimentó en aquella ocasión. “Me tiraba las fichas, trataba de darme conversación. Hablaba mal en inglés, pero se esforzaba muchísimo. La última noche, se apareció en la recepción con un chorizo, su guitarra y una botella de cointreau. Yo no sabía dónde meterme. Como viniera mi jefe en ese momento…”.

La original velada se extendió durante horas. Irma y Kepa se quedaron hablando y, como ella misma reconoce, al final le dio “penita que se fuera”. Tenían menos de 25 años los dos. Mantuvieron el contacto por e-mail. “No fue hace tanto, pero no existía whatsapp, así que nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Estuvimos escribiéndonos durante tres meses, hasta que nos volvimos a ver. Y sí, en ese tiempo me enamoré un poco”, reconoce, poniendo énfasis en lo de “un poco”. Todavía faltaba lo mejor: el reencuentro… en familia.

“Kepa volvió a Lituania y la mayor parte de su viaje coincidió con Semana Santa, que allí se celebra a lo grande. Son unas fechas muy especiales para nosotros, y yo iba a estar en casa con todos, hasta con mis tíos y abuelos. Soy de un pueblo de 36.000 habitantes que está a 100 kilómetros de Vilna, la capital, así que le dije ‘vente con mi familia’”, cuenta ella. Él no se acobardó. “Fue una entrada por todo lo alto. Pensé que lo iba a pasar mal, pero después del segundo chupito de vodka ya se entendía perfecto con todos”.

“La verdad es que se adaptó súper bien. Mis abuelos estaban encantados con él. Les pareció un chico muy cálido y cercano, pero imagínate el contraste. Nosotros somos muy fríos, muy reservados, y él, en cambio, era pura confianza y besitos para todos. Mi madre flipaba. No se fiaba de él. Creo que no se fió hasta que nació nuestra primera hija y se dio cuenta de que íbamos en serio”, relata. De eso ya han pasado cuatro años, otro hijo y un hogar en Zierbana donde se habla castellano, lituano y euskera.

Jarabe de Palo y Macaco

“Yo aprendí castellano con los discos de Macaco y Jarabe de Palo. Eran cosas sencillas y me resultó bastante fácil –relata–. Después de un año así, a distancia, decidí venir”. A diferencia de su chico, que tenía trabajo aquí, Irma no había conseguido ejercer su profesión y, como ella misma dice, difícilmente lo conseguiría. “Estudié Endología, traducía frases escritas en sánscrito. Es algo muy interesante, pero como te puedes imaginar, no tiene mucha salida laboral. Por eso no me costó venir. Me lo planteé como una aventura. Soy muy echada para adelante y no tenía nada que perder”.

Venía predispuesta a que le gustara, pero el País Vasco, directamente, la cautivó. “Yo no creo que los vascos sean fríos o cerrados. Al contrario. La gente es muy hospitalaria y más cuando coge confianza”, opina y ofrece un ejemplo concreto: “Mi primer trabajo aquí fue como comercial. Vendía cursos de inglés a puerta fría y ¡lo pasé súper bien! La gente era muy amable conmigo. En mi país lo pasaría mal con un trabajo como ese”, compara.

“Es que el estilo de vida es muy diferente. Aquí saben lo que es vivir. Sales un domingo cualquiera y ves a los aitites con sus gorras, impecables, de paseo por la ría, tomando sus vinos, bailando… pasándolo muy bien. En Lituania, como mucho, se plantan en un banquito frente a su casa y se quedan ahí, viendo pasar a los demás. Quizá el clima influye en eso, porque nieva mucho y los inviernos son muy duros, pero también hay una cuestión cultural. En Lituania lo hemos pasado muy mal y la gente mayor tiende a ahorrar por si acaso. Disfrutan menos del presente. Piensa que yo nací en la URSS, tenía ocho años cuando se declaró la independencia y ese periodo fue muy difícil. No teníamos juguetes y había mandarinas solo en Navidad. Tenías dinero pero había escasez de cosas; al revés que ahora, que hay mucha variedad pero poco dinero”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

152 | Lina

Cinco horas bastan para viajar de Vilna a Bilbao, pero el camino que siguió Lina Klemkaite fue mucho más largo. Antes de llegar a Euskadi, esta socióloga lituana vivió un año en Alemania y tres meses en Georgia, donde trabajó como voluntaria. «Quería tener una experiencia profesional en el extranjero antes de volver a mi país», dice. Y la tuvo, porque su breve estancia entre los georgianos coincidió con los primeros signos del conflicto de Osetia del Sur. «Estaba allí en 2007, cuando empezaron las demostraciones de oposición», agrega.

A raíz de aquello, Lina contactó con el Servicio de Voluntariado Europeo, que funciona en todos los países de la UE, y comprobó que había plazas disponibles en otras partes del continente. Entre ellas, una en Bilbao. «Mi elección se debió más a una cuestión de fechas que de planificación. Vine a una ONG para colaborar en un proyecto sobre inmigración e interculturalidad que duraba diez meses», detalla. Han pasado dos años y medio desde entonces.

«La vida cambia… Y los cambios enganchan -sostiene Lina-. La inmigración es más perceptible aquí que en mi país, donde las diferencias sociales pasan por otro lado, como la convivencia de dos generaciones tras la caída del comunismo. El trabajo en esa ONG despertó mi interés por el fenómeno migratorio, así que me apunté a un master en la Universidad de Deusto. Quería aprender más sobre el tema, entenderlo, y me quedé».

Algo similar le pasó con el idioma, la «primera barrera» que encontró al llegar. «Es frustrante querer comunicar cosas y no poder hacerlo, pero eso mismo te motiva a aprender con rapidez. Tengo amigos que saben inglés, aunque desde el principio me negué a hablar con ellos en una lengua que no fuera la de aquí. El primer paso para integrarte es entender a los demás y que te entiendan».

El lenguaje le sirvió a Lina para captar otras cosas, como «el concepto de cuadrilla, que en Lituania no existe, o el modo en que se relaciona la gente. Me gusta ver que todas las personas, incluso las mayores, tienen una vida social activa, que salen de sus casas y se encuentran con los amigos para saborear una copa en el bar. En mi país, la gente es más cerrada; cuesta hacer un amigo. Las personas se toman su tiempo para entablar una relación de confianza. Eso sí -aclara-, una vez que lo logran, es para toda la vida».

Sin oportunidad de elegir

El carácter precavido tiene su anclaje en la Historia. «Lituania vivió la ocupación soviética hasta 1991. Cuando mis abuelos eran jóvenes, hubo una intensa campaña de rusificación que consistía en sacar a las familias de sus casas, llevarlas a Siberia y poner en su lugar a otras familias, todas rusas. A mi abuelo lo deportaron, pero mi abuela y mi madre, que entonces era pequeña, consiguieron escapar por una ventana», relata Lina.

«El comunismo hizo impacto en las personas y el catolicismo se transformó en un símbolo de resistencia -prosigue-. Los jóvenes están ahora más liberados, pero cuando yo era una niña no existía la oportunidad de elegir. La gente no se cuestionaba las cosas. Recuerdo que sólo teníamos tres sabores de helados y que viajar a países capitalistas era muy complicado. Mi generación ha vivido grandes cambios», dice Lina, que ha cumplido 27 años y trabaja en una consultora de formación, innovación y nuevas tecnologías.

«Vivir en otro país te ayuda a crecer, a ver las cosas de una manera distinta. Mientras explico cómo es Lituania, dónde está o cuáles son las costumbres, voy tirando abajo muchos estereotipos de allí y de aquí. Más de una vez he hablado con mi padre sobre los vascos y la gran diferencia que hay entre la realidad y lo que se ve por la tele. La experiencia vale la pena, aunque eche de menos a mi familia. Muchos creen que el único motivo para irse lejos es el económico, el laboral, pero lo cierto es que las personas no sólo emigran por dinero; hay otras razones».

2010 Ellas Europa