Si te cuesta imaginar la diversidad cultural, échale un ojo a estos libros

Hace algún tiempo, estuvimos en una feria del libro de fotografía y descubrimos cuatro obras que hablaban sobre la cuestión migratoria y la diversidad cultural: Sin fronteras, de Imapla; Passport, de Alexanderk Chekmev; Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut; e Immorefugee, del estudio Defrost. Nos pareció importante detenernos en ellos y explorar la manera en que hablan sobre el tema. De algún modo, todos ellos tienen algo en común: a partir de lo visual, nos enseñan a imaginar un mundo más diverso.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino


01  | Sin fronteras (editorial Libros del Zorro Rojo), por Imapla

A un lado, 45 banderas; al otro, los 45 nombres de los países correspondientes. En el medio, de manera horizontal, un corte que divide en dos partes cada bandera y cada nombre, de manera que al combinar banderas y países se pueden obtener más de 2000 combinaciones distintas. Así, de México y Estados Unidos puede salir Mexiunidos; de Bolivia y Francia, Bolicia; y de Canadá y Japón, Capón. Además, se puede pintar —inventar— una bandera y fundar un país propio. En este libro-juego, las banderas aparecen como un símbolo de la diversidad, y no como un emblema de la diferencia. Sin fronteras es un artefacto sencillo y que, de una manera divertida e ingeniosa, nos ayuda a imaginar un futuro con identidades más abiertas a la mezcla.

02 | Passport (editorial Dewi Lewis, 2017), de Alexander Chekmev

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¿Qué cuenta un pasaporte sobre quiénes somos? Este libro de Alexander Chekmev demuestra que bien poco. Es más: la foto del pasaporte ofrece una visión recortada y descontextualizada sobre cuál es nuestra historia personal; solo muestra una parte ínfima. Chekmev participó como fotógrafo en la campaña que lanzó el Gobierno de Ucrania para dotar de un nuevo pasaporte a toda su población, que hasta 1991 había formado parte de la Unión Soviética. Eso le supuso viajar entre 1994 y 1995 a sitios lejanos y de difícil acceso. Así, conoció a muchas personas que padecían enfermedades graves, eran muy mayores o tan pobres que no podían pagarse siquiera un fotógrafo. Fue un trabajo, como él dice, puerta a puerta, donde los servicios sociales procuraban medicinas y alimentos, y él fotografiaba una realidad que le era desconocida. El montaje del libro muestra, por un lado, la fotografía que salió en el pasaporte; por otro, la foto tal y como fue tomada. Además de la historia de cada persona, impresiona ver cuántas veces olvidamos que la compleja realidad excede ese instrumento burocrático llamado pasaporte.

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03 | Ville de Calais, del fotógrafo Henk Wildschut

Ville de Calais (signed) by Henk WildschutEl fotógrafo holandés Henk Wildschut estuvo siguiendo la evolución del campo de refugiados de Calais (Francia) desde el inicio (2015). De hecho, vivió la transformación del asentamiento en casi una ciudad. En vez de hacer retratos o de capturar historias personales, Wildschut intentó documentar las huellas físicas de las personas que esperaban allí su oportunidad para cruzar a Dover (Reino Unido). En su página web, están disponibles algunas de las fotos del libro. Hay tanto material ya sobre Calais que resulta complicado decir qué aporta respecto a tantos otros libros o reportajes fotográficos que nos muestran las condiciones precarias en que vivían allí las personas. Por eso, quizá sean más relevantes sus vídeos; en particular, algunos que hay en su cuenta de Vimeo, como 4.57 min., donde vemos y escuchamos a un chico afgano llamando a su familia.


04 | Immorefugee, por el estudio Defrost

Si no te fijas bien, esta revista parece una más de las muchas que promocionan el alquiler o venta de viviendas de uso vacacional. En cambio, cuando la miras más de cerca, de repente, te ataca la corrección política y te hace preguntarte si es una frivolidad o una genialidad. Desde luego, no deja indiferente. Immorefugee fue una efímera guía de propiedades que anunciaba inmuebles en un área residencial llamada La Nueva Jungla; un espacio habitable que ocupaba unos 500.000 metros cuadros en las afueras de Calais (Francia), que estaba rodeado por una valla de 5 metros de alto y que contaba con agua corriente y electricidad. La nueva Jungla, decía la publicidad de Immorefugee, ofrece diferentes tipos de alojamiento, sea de antigua o de nueva construcción. La idea fue del dúo bruselense Defrost, que se reapropió de la técnica publicitaria para hacernos pensar de una manera diferente sobre lo inhumano del campo de Calais. Encontraron una arista creativa diferente. ¿Alguien imagina que pasaría aquí si se publicase una guía similar con las tiendas de campaña del monte Gugurú?

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Libros

Sara Cordón: «Cuando migras eres muy consciente de tu orfandad; cambia tu concepto de familia»

La novelista madrileña Sara Cordón migró a Nueva York en 2012 huyendo de la precariedad laboral española. Quería ser escritora y ganarse la vida en algo relacionado con el mundo literario; sin embargo, su día a día aquí era una sucesión de trabajos que estaban poco o nada relacionados con la literatura. Y cuando lo estaban, estaban mal remunerados. Fue telepizzera, vendedora de palomitas en el cine, correctora, recepcionista en una escuela de escritura creativa, vendedora de libros en Fnac, profesora de niños con altas capacidades, chica para todo en un McDonald’s, promotora de productos en supermercados, vendedora de helados y algunos oficios más que no detalla por no abrumar.

De hecho, publicó unas biografías sobre personajes célebres, como Cleopatra y Marco Polo, para la editorial infantil El Rompecabezas. A día de hoy, ni ella ni otros autores han cobrado el dinero pactado y, como ella misma ha denunciado en Twitter, la editorial sigue lucrando con su trabajo y el de otras personas, que también fueron estafadas. En fin, un día se hartó de que todo resultara tan complicado aquí y pidió una modesta beca en una prestigiosa universidad de Nueva York para cursar un máster de dos años en escritura creativa en español. Se la concedieron y se fue. Estados Unidos le dio la oportunidad de hacer un fresh start, como dicen en las series, y ella lo aprovechó.

Seis años después, Sara Cordón sigue viviendo al otro lado del Atlántico. En este tiempo terminó su máster, abrió la editorial Chatos Inhumanos junto con unos amigos y empezó un doctorado. También se echó un novio mexicano, publicó su primera novela y encontró su lugar en el mundo como parte de la comunidad hispana y latina de Nueva York. Es decir: no le faltan ni razones ni raíces para pensar que migrar fue un acierto. Eso sí, como ella misma aclara en la novela, su caso es especial y suertudo: pudo disfrutar de la ayuda de una beca.

espanol-pulse-2El pasado mes de junio, Cordón estuvo en Madrid para presentar su primera novela, Para español, pulse 2, publicada por la editorial Caballo de Troya. Antes de que regresase a Nueva York, la entrevisté para la revista CTXT y charlamos sobre su libro, el reto de profesionalizarse como escritora, la novela como producto de mercado, el panhispanismo que caracteriza a la comunidad intelectual latina neoyorquina o la comodidad que acompaña a la subalternidad con suerte. Para Un puerto que cambia, además, conversamos sobre su experiencia migratoria.

Nueva York, ciudad en transformación

Algo que deslumbró a Cordón fue el tamaño y el alcance de la comunidad hispana y latina en Estados Unidos. Eso es algo que puede apreciarse con nitidez en su novela. «As you know en Estados Unidos los hispanos y latinos somos casi un veinte por ciento de la población. O sea, más de cincuenta millones», dice el personaje de Poncho mientras charla con unos editores españoles que sopesan si invertir o no en el mercado estadounidense. Y, en otro momento, leemos que la población hispana y latina de Nueva York asciende a 3,5 millones de personas, por lo que es la segunda en tamaño (por delante de la asiática o de la afroamericana).

Ahora bien, el asunto de la diversidad no es meramente estadístico, sino que está relacionado con transformaciones reales en la ciudad. Por alguna razón suele decirse que no hace falta saber inglés para vivir en Nueva York, ¿no? En Para español, pulse 2 leemos este fragmento muy significativo al respecto:

El español es en Nueva York el idioma de la subalternidad, pero, al mismo tiempo, el del poder más pedestre: el que se habla en las tiendas de barrio y en los restaurantes. El de la música reguetonera que se ha puesto de moda, con una estética caribeña sensual. Lo hablan los muchachos que se encargan del reparto a domicilio y las chinas de las manicuras a seis dólares que, por percibir sueldos tan bajos, han dejado de ser chinas para ser latinas.

De hecho, los personajes que más hablan en la novela —en su mayoría compañeros del máster de Sara— dan cuenta de la gran variedad de registros del español —chileno, dominicano, mexicano, colombiano, venezolano, rioplatense, etcétera— que se escuchan a diario en la llamada capital del mundo. Y no solo que se escuchan, sino que se mezclan entre sí —también con el inglés, claro— y alumbran una nueva manera de hablar nuestro idioma. Un idioma donde palabras como vaina, chévere, perrona, cheto o chupamedias forman parte del acervo común, y no son ya localismos de ningún país. Un idioma que, de algún modo, es un español más universal.

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Sara Cordón | Fotografía de Sheila Melhem.

Por eso mismo, leída en clave migratoria, la novela ofrece una lectura muy sugerente: si Nueva York se está transformando desde hace décadas con tanta intensidad y profundidad —al menos una de cada cinco personas es migrante—, ¿no parece lógico que nuestras ciudades estén cambiando de una manera similar, solo que con unos años de retraso?

La lectura de Para español, pulse 2 nos deja una certeza: somos mezcla y diversidad, y hacia eso tendemos cada vez más rápido; por tanto, en vez de replegarnos sobre nuestra identidad cultural, lo suyo es abrirnos y volvernos permeables a las identidades que nos rodean. Eso es lo que hizo al menos Sara Cordón no solo en su novela, sino en la vida cotidiana; ella se fue siendo una madrileña de toda la vida y, ahora, enriquecida por seis años de experiencia migratoria, es, como suele decirse, simplemente una ciudadana más del mundo.

—Fue todo un descubrimiento llegar a Nueva York y encontrar tantas variantes del español, ¿no?
—Sí, fue todo un descubrimiento. Cuando llegábamos a Nueva York, muchos de mis compañeros de máster y yo nunca habíamos tenido que tratar con personas que hablasen en un español diferente al nuestro. Todo el tiempo nos preguntábamos cómo se decía tal o cual palabra; así, resaca, de repente, era guayabo o cruda, o un montón de palabras diferentes. Lo que hacíamos era que la palabra que escuchábamos más veces todos la empezábamos a decir. Empezamos todos a hablar todos un poco raro.

—¿Le ha cambiado el acento?
—Hay gente que dice que sí. El otro día me preguntaron si era gallega y, hace poco, una chica me dijo que si era colombiana… No creo que me haya cambiado tanto; de lo que sí me he dado cuenta es que, a veces, como a mi alrededor tengo un montón de personas de diferentes países de Latinoamérica, uso sin darme cuenta expresiones que no utilizaría en España. Aquí intento no hacerlo, pero cada tanto se me escapa alguna; y a unas personas les parece que me hago la guay y a otras, que hablo así por culpa del inglés… De hecho, Mercedes Cebrián [la editora de Caballo de Troya], me ha tenido que corregir cosas en la novela que no se dicen así en España. Me refiero a la voz del narrador, la de Sara, que habla un español de España que pretende ser neutro, aunque ya sabes que eso de la neutralidad es un invento.

—En la novela leemos esta reflexión sobre las migraciones: «Cuando se emigra resulta indispensable adoptar una noción más amplia del concepto de familia». Hábleme de esto.
—Sara es un personaje huérfano. Siempre hay dudas con respecto a qué personajes de su familia han muerto y cuáles no, pero eso da igual. Está huérfana en su propio país, pero fuera de él es más huérfana todavía. Por eso fuera tiene estos recuerdos de sus familiares muertos. De hecho, aunque sus compañeros le piden que escriba sobre la crisis económica, su relación con España se establece a través de su orfandad, de su familia perdida. La familia es lo que tiende a anclarte; es la raíz. De repente, te das cuenta de que puedes echar raíces de otra forma.

—¿Y cómo son esas raíces?
—En mi caso, muy agradables, la verdad; muy reconfortantes. Me siento ahora como un árbol grande, de esos que crecen en el agua, como un manglar con una raíz intrincada que va de España a Estados Unidos. Eso sí, esa raíz americana no se estableció tanto en el país como en la comunidad que descubrí, que se convirtió en mi familia.

—Ahora son más que amigos, ¿no?
—Sí, porque cuando nos pasa cualquier cosa —cosas que aquí te resuelve tu familia, como cuando te pones enfermo—, allí estamos todos huérfanos; entonces nos los resolvemos. Somos una comunidad: nos destruimos y nos reparamos entre nosotros. Si un amigo está en el hospital, vamos todos porque somos su familia. Somos muy conscientes de la orfandad y de que hay que hacer un apoyo extra al que haríamos en el país de cada uno.

—¿Qué es lo que más le ha costado de emigrar?
—Como he sido una emigrante suertuda, todo me ha resultado fácil gracias a la beca que tuve. Eso sí, Nueva York es una ciudad jodida y que requiere de mucha energía.

—¿Qué le ha aportado tu experiencia migratoria?
—Uf, muchas cosas. Me ha hecho más versátil: al trato con diferentes personas, a intentar comprender circunstancias, también he aprendido a ampliar mi visión de Estados Unidos… Todo el mundo me decía: «Vas a volver a España con tu novio americano, alto, rubio, etcétera». Y resulta que mi novio es mexicano-americano, más bien bajito, gordote y moreno. El estereotipo del estadounidense no coincide con la diversidad real. He aprendido que Estados Unidos es un país muy complejo. Lo sabía a través de las películas, pero la realidad, al menos en Nueva York, tan multicultural y variopinta, es la de un país muy rico, que ofrece muchas cosas muy diferentes. Sigue habiendo una segregación y una injusticia social muy grande, por un lado; pero, por otro, todos esos seres segregados confluyen en el metro, en las calles y en determinadas zonas comunes. Por eso es difícil obviar que todos esos problemas existen.

—La novela muestra que las migraciones favorecen un cruce de clases sociales que, en el país de origen, muchas veces no se daría, o no de igual a igual. ¿Ha vivido eso en Nueva York?
—Sí, tanto por arriba como por abajo. Quizá lo que más me ha sorprendido es cruzarme en el máster con gente con tanto dinero; nunca había tenido amigos tan ricos. El dinero genera seres muy particulares. Tengo amigos que desde pequeños hicieron piano y baile, o que han viajado mucho y siempre han estado relacionados con la cultura; eso es algo que entre mis amigos españoles era muy raro. Pero también he experimentado el contraste, lo opuesto. Como trabajo en una universidad pública en el Bronx, tengo los casos de alumnos que, sin apenas recursos deben pagar unas matrículas bestiales —aunque sea una universidad pública—; por tanto, hacen su jornada completa de trabajo y luego vienen a clase. Son personas que viven situaciones muy duras. Aprender a amoldarme a las dos cosas me ha enriquecido mucho.

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—Usted es de Cuatro Caminos, donde está lo que se ha dado en llamar el «pequeño Caribe». ¿Cómo es su relación con su barrio de siempre?
—Ahora es totalmente diferente para mí; me resulta más cercano. Antes había zonas del pequeño Caribe a las que no me atrevía a acceder por la noche. A veces, lo desconocido da miedo. Ahora he conocido a mucha gente caribeña, y entiendo mejor qué pasa en el barrio. Antes tenía un prejuicio xenófobo; sin embargo, entender me ha ayudado a perder el miedo y a disfrutar del enriquecimiento de mi barrio.

—¿Ve algún tipo de paralelismo entre Nueva York y la transformación que está viviendo Madrid?
—Ojalá que sí. Recuerdo un cuento de Juan Sebastián Cárdenas, publicado en la antología Madrid con perdón, que hizo Mercedes Cebrián, donde hablaba de cómo unas chicas de familia española que iban en el metro querían parecerse a las chicas latinas. Y, en mi antiguo colegio, ahora ves mucha juventud latina. También veo que, por fin, se empiezan a reivindicar movimientos afroespañoles… Eso es enriquecimiento, y eso me alegra mucho; en España todavía hay una mirada superconservadora. El verano pasado vine con mi novio y le gritaron: «¡Quita, gorila!». Es decir: estas cosas pasan.

*

P.D.:  Sara Cordón ganó el XII Premio Cosecha Eñe de Relato. En la revista eñe, puedes leer su texto «Media beca», que forma parte de la novela Para español, pulse 2. Y si quieres saber más sobre la editorial Chatos Inhumanos, el artículo «Cuando editar es resistir», del diario argentino Página 12, cuenta muy bien sus inicios, la orientación del catálogo o su vocación mestiza respecto al lenguaje.

Entrevista Libros

Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

*

¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

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Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Entrevista Libros

Diversidad de andar por casa: luna 3

Llegamos a la tercera parada de nuestro proyecto Diversidad de andar por casa. Bélgica, Senegal, Bangladés, Rumanía, Paraguay o Filipinas son algunos de los países que nos han enseñado cosas nuevas en los últimos 30 días. A lo largo de este mes lunar, hemos ido registrando en nuestro Instagram varios descubrimientos gastronómicos, literarios y hasta históricos. Entre ellos, uno bastante curioso: cómo el famoso pimentón de la Vera tiene origen americano y debe su nombre a una confusión.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

Las migraciones, además de personas y capitales, también ponen en movimiento objetos y mercancías. Esta es una de las cosas que hemos descubierto en este tercer tramo del camino: existen varias empresas que se dedican a la logística y que transportan las cosas que los migrantes envían a sus países de origen, ya sea para sus familiares o porque retornan. En los últimos días hemos probado nuevos ingredientes y maneras de preparar la comida —como la oreja a la filipina, que se ve en la foto de portada—,  hemos asistido a una charla con el escritor nicaragüense Sergio Rodríguez y hasta nos hemos sorprendido (mucho) al descubrir otras maneras de tomar mate que no conocíamos.

Si quieres acompañarnos en nuestro aprendizaje día a día, síguenos en Instagram. Para ver los hallazgos de este mes, echa un vistazo a las fotos:

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Diversidad de andar por casa: luna 2

Avanzamos en nuestro proyecto Diversidad de andar por casa, un experimento fotográfico con el que intentamos estar más atentos a la variedad cultural que nos rodea y, sobre todo, averiguar hasta qué punto somos permeables a ella. Desde que lo iniciamos, el 16 de febrero, hemos aprendido unas cuantas cosas sobre música, gastronomía, rutas migratorias, literatura u oficios. Y, día a día, mientras registramos nuestros pasos en Instagram, comprobamos que hay mucho para descubrir y sorprenderse sin alejarse demasiado de casa.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

En esta segunda etapa de nuestro camino —que viene marcado por las fases lunares del calendario tradicional chino, como explicamos aquí—, hemos disfrutado de buena música y hemos bebido cosas ricas y distintas, como el bissap y el licuado de baobab. También leímos un par de libros interesantes, cocinamos nuestra primera yuca, practicamos un poco de kazajo y cenamos una tortilla de crisantemos.

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