335 | Joannès

Joannès Berque es ingeniero oceanógrafo. Su especialidad es la energía marina, desde la eólica offshore hasta la que se genera en las olas y en las corrientes del mar. Hace dos años llegó a Euskadi para trabajar en Tecnalia, en el parque tecnológico de Zamudio, e investigar en el desarrollo de las energías renovables. “De todas las cosas que me gustan de aquí, la más importante para mí está en el plano profesional, en tener la oportunidad de trabajar en el campo que más me interesa”, dice él, que también destaca la apuesta que se ha hecho por las renovables en el País Vasco.

Desde su punto de vista, aquí hay un gran interés empresarial “en los temas estratégicos de futuro y una coherencia política que se ha sostenido en el tiempo y ha permitido desarrollar industrias y empresas tecnológicas muy fuertes, capaces de competir con las mejores del mundo, y ganar”. Después de haber vivido y trabajado en distintas partes del planeta, es consciente de que esta apuesta es bastante excepcional. “No es el caso en otros lugares”, sostiene, al tiempo que apunta los diversos beneficios de la energía eólica.

“Soy ingeniero, no un experto en política o economía capaz de explicar por qué cuesta tanto hacer el cambio hacia las energías renovables -matiza-. Es un largo tema de debate. Lo que sí puedo decirte es que las renovables han recibido una financiación pública muy pequeña comparada con lo que se invirtió para desarrollar la nuclear hace unas décadas. Por otra parte, cuando pagamos por la electricidad, no es lo mismo que el dinero se use para importar combustibles fósiles a que se use para las renovables, que crean muchísimo más empleo y que pagan impuestos. Solo contabilizando esos beneficios, ya es más barato el viento que el gas. Y a eso hay que sumar que, si se avanza en la sostenibilidad y la seguridad energética, le dejaremos un problema menos a nuestros niños”, subraya.

Hace este apunte como profesional y como padre que, por cierto, valora mucho el trato que reciben los peques en Euskadi. “Me gusta que la sociedad vasca sea tan atenta con los niños pequeños. Hay detalles, como ir a un restaurante con un bebé, que en otros lugares es más complicado y menos agradable que aquí”, expone Joannès, que nació en Japón, creció en Francia y ha vivido en Mauritania y Estados Unidos. “Me resulta difícil imaginar cómo sería yo mismo si no tuviera esa experiencia de diversidad. Lo que sí sé es que un objetivo esencial de mi vida es conocer varias culturas, varios paisajes y diferentes maneras de ver el mundo”.

Tokio, un comienzo

Sabe bien de lo que habla, y no solo porque ahora sea inmigrante, sino porque él mismo es fruto de la mezcla cultural. “Mi padre es francés y fue a Japón a investigar el uso del espacio en ese país. Ahí conoció a mi madre, que es japonesa y había ido a Tokio a estudiar”, resume. “Muchas veces me preguntan si me considero más japonés que francés, o viceversa, y creo que me siento ambas cosas. En Japón me siento más francés, en Francia me siento más japonés… y en terreno neutro, como cuando trabajé en África, me siento realmente los dos, aunque la identidad allí está marcada principalmente por la diferencia enorme que supone proceder de países más ricos desde el punto de vista material”, reflexiona.

Así, cuando le preguntan por la interculturalidad, él ofrece una respuesta ambivalente, que tanto podría aplicarse a las renovables como a la convivencia social. “La diversidad cultural tiene un potencial fantástico de enriquecer a las personas, las familias o las sociedades. Pero no es algo automático. La integración es difícil y puedo decir que he visto a personas o familias que no han podido disfrutar de este potencial y, al fin, han sufrido mucho por ello. Hoy esta es una de las cuestiones más acuciantes que surgen en los países, como consecuencia de la globalización, que ha permitido vincular y mezclar culturas que eran completamente ajenas hace veinte años. Supongo que el éxito o el fracaso dependerán de nuestras decisiones y de las culturas con las que interactuamos”, apunta.

También añade que él es “optimista” en este tema. “Una razón es que ya hubo antes otros retos de este tipo y, en la mayoría de los casos, se resolvieron bien. Por ejemplo, aquí en Euskadi, hubo una gran afluencia de personas de otras partes de España, que venían del campo a la industria, y de su pueblo a las ciudades vascas. Eso es un reto cultural muy serio que tuvieron que encarar tanto esas personas como la sociedad vasca que les acogió. Al final, dio buenos resultados, pero no debemos subestimar la dureza de la vida de los inmigrantes de esa generación, ni la transformación enorme que tuvo que asumir la sociedad local para manejar el reto con éxito -matiza-. Ahora, con culturas aún más diferentes y que llegan desde más lejos, quizá el reto sea mayor, pero en muchos sentidos se parece al que le precedió”.

Anuncios
2014 Asia Ellos Europa

298 | June

Si algo tienen en común los vascos y los japoneses, además de su longevidad, es su gusto por la cocina y su exquisita gastronomía. «Existen varias similitudes, aunque quizá la principal sea el respeto por la materia prima, por el sabor original. A diferencia de la cocina mexicana o hindú, donde los condimentos se llevan el protagonismo, la cocina japonesa sólo utiliza tres aderezos. Su complejidad no está allí, sino en los cortes, la elaboración y las técnicas de cocción», explica June Yamaguchi, que conoce tan bien los fogones de su país como los de Euskadi.

«Otra semejanza importante -prosigue- es el gusto por el pescado: Japón es el primer consumidor del mundo. España, el segundo. La presencia del mar en nuestras mesas es indiscutible», afirma, aunque haya curiosas diferencias. «Para nosotros, un besugo o un rodaballo a la parrilla es un manjar. Nos deleitamos aquí solo con verlo. En Japón, el pescado más consumido es el atún, y otro que despierta gran afición es el pez globo. Y es interesante, porque tiene veneno y hay que saber cocinarlo para no intoxicar a los comensales. De hecho, es obligatorio sacarse el carné de manipulación de pez globo».

June podría pasarse horas hablando de gastronomía, de los rasgos principales y de las desconocidas sutilezas. Podría hacerlo y lo hace, porque en eso consiste una parte trabajo. «Soy guía gastronómica en el País Vasco. Recibo a turistas japoneses en San Sebastián, y les acompaño a descubrir las bondades de la ciudad y su cocina», explica. En sus itinerarios no faltan los restaurantes con estrellas Michelin ni los bares de pintxos, donde «se utilizan las técnicas de los grandes chefs de manera cotidiana. Toda una sorpresa para quien viene de fuera», argumenta.

Entre rutas y degustaciones, June explica a sus clientes que «Donosti es la capital de la cocina vanguardista», les habla de las sociedades gastronómicas, del poteo y de iniciativas como el Basque Culinary Center. Y, así como les guía por los sabores de Euskadi, impide que cometan los errores típicos de turista. «Nunca falta quien me pide para comer una paella. Y no les dejo. Este no es el lugar donde comer ese plato. En cambio, les ofrezco algo genuino, como un arroz con txipirones o con almejas», indica.

«El japonés es un tipo de turista que siempre incluye el aspecto cultural en sus viajes. Por eso elige con frecuencia España, porque reúne más de sesenta propuestas que son Patrimonio de la Humanidad. En Euskadi, particularmente, no hay muchos, salvo las cuevas rupestres y el Puente de Vizcaya, de modo que pongo todo el énfasis en la riqueza gastronómica y en la riqueza cultural que envuelve a la gastronomía», detalla June, aunque esta sólo es una rama de su trabajo.

El idioma de los fogones

Residente en Donosti desde hace años, donde su primer trabajo fue como profesora de japonés, June también colabora con los principales cocineros vascos. «En ocasiones, oficio como traductora e intérprete, tanto a nivel particular como en los principales congresos; aunque la mayor parte del tiempo me dedico a coordinar entrevistas y artículos con la prensa de Japón. Si un periodista de mi país quiere venir a conocer a un chef vasco, un restaurante o varios, yo me encargo de hacer de puente o de nexo; le facilito las cosas a ambas partes».

Asimismo, June coordina el Congreso gastronómico de Hakodate, que se celebra cada año y medio en Japón. «Acabo de volver -comenta-. Llegué hace un par de semanas. Mi trabajo consiste en llevar a los mejores cocineros vascos para difundir allí sus técnicas y su visión de la gastronomía». En esta ocasión, el ‘elegido’ fue Josean Alija, del restaurante Nerua Guggenheim Bilbao. «El tema central de este año era el bacalao, y él es un especialista», señala esta japonesa, que se reconoce «afortunada».

«Yo me fui de mi país hace quince años. Allí había estudiado español y quería perfeccionarlo. Viví un tiempo en Madrid y también en Barcelona, pero Donosti me conquistó y decidí quedarme. Al principio, daba clases de japonés. En aquel momento, la economía de mi país estaba en auge y había mucho interés por la cultura, en especial, por el manga. Me acerqué al mundo de la cocina como intérprete y traductora, de la mano de Luis Irizar y de Pedro Subijana. Y nunca más lo dejé: me apasiona. La verdad es que tuve suerte; fui muy bien recibida en Euskadi. Creo que conmigo ocurrió el ‘efecto panda’. Aunque es un oso chino, vale el símil: en su país es muy común; fuera, despierta interés».

2013 Asia Ellas