415 | Leonardo

Hay muchas maneras de sumergirse en la cultura de un lugar, pero la gastronomía es una de las vías más directas, sobre todo cuando se trata de Euskadi. La cocina vasca es una de las principales embajadoras de esta tierra, uno de sus atractivos turísticos más importantes y, además, goza de prestigio internacional. Precisamente, ese prestigio culinario fue lo que atrajo a Leonardo Romano hasta aquí, interesado por la profesionalización de los fogones. “No soy cocinero -advierte-, pero me interesa mucho la alimentación y la gastronomía, especialmente desde un enfoque empresarial y creativo en el ámbito de los negocios”.

Leonardo es italiano, de Milán. Hace apenas cinco años no tenía planes de emigrar; se encontraba estudiando en la Universidad de Parma, una de las más antiguas de su país. “Siempre me interesó el universo de la gastronomía, la comida, la bebida, la experiencia de la alimentación. Por eso, cuando terminé el bachillerato me inscribí en la Facultad de Agronomía, porque tenían una especialidad en Ciencias Gastronómicas. Seguí la carrera durante un par de años, pero la verdad es que no me convencía. Estaba más orientada a la industria alimentaria. No era exactamente lo que yo quería aprender”.

La sensación de desánimo, no obstante, se evaporó. Sucedió de repente y casi por casualidad. “Un día, leyendo la prensa en internet, descubrí el Basque Culinary Center. Estaba leyendo una noticia en un periódico, hice clic en un enlace, luego en otro… lo típico cuando navegas. No recuerdo exactamente cómo, pero llegué a un artículo donde se contaba que acababa de abrir el BCC en San Sebastián. Empecé a informarme, a comparar los planes de estudio, las asignaturas y los enfoques. Me di cuenta de que se ajustaba mucho más a mis intereses. Y me vine a Donosti, encantado”, resume ahora en su oficina, donde compagina su trabajo con el proyecto final de carrera.

“Son la misma cosa -señala-. He tenido la suerte de poder aunar el último paso de la carrera en el BCC con mi trabajo cotidiano, en Platypus Labs. La empresa donde estoy ahora gestiona el programa On Appétit!, una de las iniciativas de San Sebastián 2016 como capital europea de la cultura”. Lo cuenta entusiasmado. Para Leonardo es una vivencia sumamente interesante y, como él mismo dice, una gran oportunidad. Desde que llegó a Donosti y empezó a estudiar, hizo varias prácticas en empresas, dentro y fuera de Euskadi -la más exótica, en Sudáfrica, donde pasó una temporada encargándose de le gestión de personal en un restaurante-. Sin embargo, esta experiencia local le permite embeberse de la cultura vasca y fusionarla con otras culturas del mundo a través de la gastronomía.

Intercambio, fusión

“On Appétit! es un proyecto muy bonito. A lo largo de este año, diez cocineros profesionales de otros países de Europa vendrán a pasar una semana a Euskadi. Otros tantos cocineros locales, harán de guías para ellos: les mostrarán los lugares más representativos de la cultura gastronómica vasca, los productos típicos, cómo se preparan, cómo se cocinan. Al terminar la semana, el cocinero invitado prepara un menú único, en el que utiliza ingredientes locales para elaborar platos con tradiciones de su país de origen”, detalla Leonardo, que aprovecha para comentar que justo esta semana tiene lugar una visita y que además, viene de Italia. “Recibimos a la cocinera Enza Leone y su anfitrión es Patxi Eceiza”, precisa.

“La verdad es que estoy muy contento. El BCC me ha permitido estudiar justo lo que quería, adentrarme en el mundo de la gastronomía y en el terreno de innovación y desarrollo de nuevos modelos de negocio. Tuve la suerte de que mi amigo Andoni, el director ejecutivo de Platypus Labs, confiara en mí para desarrollar este proyecto tan bonito y ambicioso. Para mí, es una manera inmejorable de aproximarme aún más a la cultura vasca y a uno de sus principales valores: la comida”, dice Leonardo, que confiesa disfrutar de la buena mesa más allá de su trabajo.

Reconoce que el País Vasco conquista con los fogones y que la calidad de vida de Donosti es difícil de encontrar en otros sitios, donde la vida es más estresante, el aire está más contaminado y no se disfruta de la proximidad del mar. Así y todo, tiene previsto regresar a su país este año para intentar hacer algo allí. “Tengo a toda mi familia en Italia, tengo mi casa, mis afectos… No descarto volver a Euskadi en el futuro, pero antes quiero darle otra oportunidad a mi ciudad”.

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2016 Ellos Europa

400 | Andrea

La aventura migratoria de Andrea Salvini empezó como la de muchos: en una pequeña habitación de un piso compartido en Bilbao. “Cuando llegué, no conocía a nadie. La prioridad era buscar trabajo y encontrar un lugar barato donde vivir. No hablaba bien castellano, así que empecé buscando a la gente de mi país”, dice, y su historia podría ser la de cualquiera. “Empecé en hostelería, en un restaurante italiano, aunque me llevó un tiempo conseguir eso. Los comienzos no son fáciles para casi nadie. No es como lo imaginas. Lo del empleo no es inmediato”, reconoce.

Andrea, que es italiano, tenía a su favor su procedencia. Ser ciudadano europeo le permitió desde un inicio residir y trabajar aquí de manera legal, sin tener que lidiar con las barreras administrativas y sociales que suelen levantarse ante el colectivo extranjero. Tener ‘papeles’ era una gran ventaja pero, como él mismo reconoce, no es garantía de nada. “Crisis es crisis, ya sea en Italia, en Euskadi o en cualquier parte. El restaurante donde empecé a trabajar cerró, tuve que buscarme la vida, pasé por empleos temporales, conocí la falta de estabilidad… Y no solo aquí, también me pasó en Italia”.

De hecho, fue la situación económica lo que lo impulsó en 2012 a emigrar. “Yo soy de un pueblo costero de la Toscana, que es muy bonito, pero ha sufrido mucho la crisis y la implantación del euro -explica-. Incluso antes, cuando yo era niño, tampoco lo teníamos muy fácil. Nuestra familia siempre fue humilde. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años y mi madre tuvo que sacarnos adelante. Crió sola a cuatro hijos. Hizo muchos sacrificios”, recuerda. Por esa razón, en cuanto tuvo edad suficiente, Andrea se apuntó en el ejército.

“Hice la mili, que daba estabilidad y un futuro seguro, aunque unos años después lo dejé por amor. Fue una mala decisión y me siento un poco tonto por haberla tomado, pero bueno… En su día, fue el camino que elegí creyendo que era lo mejor. En ese tiempo, volví a la Toscana, trabajé en un restaurante, fui barman, maître y, más adelante abrí junto con mi hermano una oficina administrativa, una gestoría. No voy a ahondar en eso; solo diré que en un momento determinado, el dinero se esfumó y mi hermano también”. Andrea hace una pausa y agrega que, en ese momento, se planteó emigrar.

“En mi tierra, como te decía, la crisis había pegado muy duro. Es una zona que vive mucho del turismo, pero el perfil de los visitantes ha cambiado; ya no recibe gente que deje dinero. Yo nunca había oído de Bilbao, hasta que me hablaron de la ciudad. Me explicaron que, en esta zona, la crisis económica no había sido tan fuerte como en el resto del país. Vine por eso -reconoce-, y comprobé que era cierto: el País Vasco no está tan afectado por la economía. Pero, desde luego, no quiere decir que sea fácil ganarse la vida, ni que haya sido simple para mí. Estos años han sido de mucho esfuerzo y tenacidad. Ahora estoy bien, pero me lo he ganado a pulso”.

La estabilidad, los proyectos

Tras su paso por el restaurante italiano, Andrea comenzó a trabajar en una franquicia de comida japonesa. Allí aprendió los secretos de la gastronomía nipona y conoció a un chico -también empleado- que decidió iniciar algo por su cuenta y le ofreció irse con él. El resultado en un conocido sushi bar en Algorta, donde Andrea es el sushiman. “Tengo que decir que estoy muy agradecido a mi amigo y su familia. Contaron conmigo, confiaron en mí y me dieron una oportunidad para prosperar. Con esto me refiero a la calidez, el buen trato y la estabilidad, que es súper importante para vivir feliz y poder hacer planes”, opina.

Y pone un ejemplo concreto: “Tener una nómina, un marco de seguridad, me ha permitido comprar un billete de avión para traer a mi madre. Aunque hablamos por teléfono a diario, hace mucho que no nos vemos. Y no es lo mismo. El teléfono no puede sustituir a los abrazos… Mi madre llega esta semana y se quedará en casa varios días. Es mi oportunidad de pasar tiempo junto a ella y de agradecerle lo mucho que ha hecho por nuestra familia y por mí”, dice Andrea, visiblemente emocionado.

“Hasta ahora, solo he podido homenajearla dedicándole el cóctel estrella del bar. Le puse su nombre, María G. Ahora tengo la ocasión de compartir con ella otras cosas. Su vida ha sido de mucho sacrificio, y quiero que conozca a las buenas personas que he encontrado aquí, en el lugar donde vivo. En el País Vasco hay muy buena gente. Tengo un cliente que, cada vez que viene, me enseña una palabra nueva en euskera y luego me pasa examen. Todavía las personas te saludan en la calle… Algorta se parece a mi pueblo”.

2015 Ellos Europa

393 | Valentina

La música -suele decirse- es un lenguaje universal. Pero si además las canciones se interpretan en varios idiomas, y la cantante y el guitarrista proceden de países distintos, la música puede transformarse en una poderosa herramienta de mixturas y fusión. Este es el caso de Nebbian, un dúo de guitarra y voz integrado por Haritz Laboa y Valentina Ridolfi que versiona canciones en euskera, inglés, español e italiano. “La gente se suele sorprender porque no es habitual asistir a un concierto en tantos idiomas”, dice ella, entusiasmada con el proyecto.

“Yo no soy cantante profesional -reconoce-; soy profesora de italiano. La música siempre me interesó y me gustó, pero nunca me había atrevido a cantar en público. Cuando vivía en Verona, mi ciudad, estaba rodeada de buenos músicos. Muchos de mis amigos se dedican a ello o han estudiado en el conservatorio. Yo no. Como tenía un entorno tan profesional, nunca había creído en mis posibilidades. Tuve que venir a Gernika y conocer a la gente adecuada para animarme a dar el paso”, explica Valentina, que vive en Euskadi desde hace seis años.

“La historia viene de antes. En 2006 viajé a Barcelona con una beca Erasmus. Allí conocí a unos chicos vascos… y uno de ellos acabó siendo mi pareja. Pero, como siempre digo, yo primero me enamoré del País Vasco y después de un euskaldún. En Semana Santa vine a conocer la reserva de Urdaibai y me encantó. Me sorprendió mucho el lugar y me gustó el trato de la gente, tan amable y atenta conmigo. Después llegó lo demás”, relata con humor, aunque “lo demás” también haya incluido un año y medio de relación a distancia. “Tenía que terminar la carrera, así que volví a Italia. Después, sí, regresé a Euskadi”.

La elección del País Vasco estuvo condicionada por su relación personal y por el propio entorno, que le cautivó. Pero la decisión de marcharse de Italia ya estaba tomada desde hacía mucho tiempo. “Tenía claro que me iría a otro país. Quería vivir fuera y dedicarme a enseñar italiano. Verona es una ciudad preciosa, muy turística y muy rica, pero también alberga muchas diferencias sociales, políticas e ideológicas. Muchos jóvenes nos hemos marchado de allí, algunos con becas de movilidad y otros buscándose la vida. Esto de la ‘fuga de cerebros’ existe desde hace diez o quince años”, lamenta.

En su ‘búsqueda exterior’, Euskadi le ha permitido hacer realidad varios sueños: vivir en otro país, dedicarse a la docencia y animarse -finalmente- a compartir su voz con la música. “Trabajo en Gexto, en Casa Italia, donde doy clases y me ocupo de la programación didáctica. Sin embargo, vivo en Gernika, un lugar donde me encuentro muy a gusto porque tiene un ambiente musical bastante vivo y hay iniciativas culturales muy interesantes. Una de esas iniciativas es Iparragirre Rock Elkartea -prosigue-. Tiene unos ochenta socios que han convertido un pabellón industrial en un local espléndido para la música, con salas de conciertos y de ensayo”.

Las cosas claras, en la niebla

Fue, de hecho, en ese lugar donde Valentina conoció a Haritz, su compañero musical. “Él me había oído cantar y yo lo había escuchado tocar la guitarra. Decidimos probar algo juntos y así fue como surgió Nebbian”, una propuesta de folk políglota que experimenta con las fusiones y las mezclas, tanto de estilos como de idiomas. El propio nombre del dúo es también el resultado de esta fusión. “Nebbia, en italiano, significa ‘niebla’. La letra ene al final, en euskera, es una proposición de lugar. De este modo, hemos inventado una palabra que podría traducirse como ‘En la niebla’”, explica con entusiasmo juvenil y paciencia docente.

“Lo de la niebla -continúa- tiene que ver con Verona, ya que allí es muy frecuente, un elemento climático característico. Es como el mar. Las personas que han crecido en una ciudad marinera, echan de menos la costa y la presencia del mar cuando se van. A mí me pasa eso con la niebla… Pero resulta que Gernika es bastante neblinosa, de modo que hasta en esos detalles logró conquistarme”, desvela.

Así y todo, lo que más destaca Valentina de su ciudad de adopción es el ambiente cultural, que le ha permitido poner en marcha una vocación creativa. “Con Haritz hemos ofrecido unos quince conciertos en los últimos meses, y tenemos previstos tres más en octubre, en el gastetxe de Muxika, en la tetería Baobab de Bilbao y en Akorda. Son presentaciones de formato reducido e intimista que nos permiten explorar cosas nuevas, no solo en la música. Algunas veces introducimos la gastronomía, con aperitivos italianos. Y gusta. También funciona de maravilla en Casa Italia, cuando organizamos el ‘La Divina Comida’. La mesa es otro ámbito magnífico de encuentro”.

2015 Ellas Europa

346 | Simone

Entre Novara y Bilbao hay casi 1.300 km de distancia, unas dos horas en avión. Pero Simone Mastronunzio ha recorrido un camino mucho más largo, con más escalas y años de viaje, para venir desde allí hasta aquí. Granada, Buenos Aires, Siena o Alicante son solo algunas de las ciudades que menciona en su relato. Y hay más. Como bien dice, sonriente, “he dado muchas vueltas antes de llegar a Bilbao”. Su acento, indefinido, refrenda la variedad en el periplo.

Simone habla perfectamente español. Eso sí, resulta difícil unir su acento a un lugar. Por momentos, se parece a un andaluz. Por momentos, se asemeja a un argentino. Sin embargo, es italiano, aunque la gente no siempre le cree y, asegura, le “cuesta muchas veces demostrarlo”. “A veces estoy hablando y me freno en mitad de la frase. Me surgen dudas. No sé si las palabras que he dicho se usan en el lugar donde estoy o no”, explica. No obstante, la situación no le genera desconcierto. Al contrario, le atrae. Y la razón es sencilla: Simone es lingüista.

Su profesión fue, de hecho, el motor para tantos viajes. “Me marché de mi ciudad con una beca Erasmus, cuando era estudiante. El destino que elegí fue Granada. Cuando terminó esa experiencia, tuve muy claro que iba a volver a Andalucía”. Y lo hizo, sí, pero antes regresó a Italia, se instaló en Siena y, gracias a otras becas europeas, comenzó su experiencia profesional. Vivió en Cádiz, en Alicante, en Argentina, incluso en Vitoria, donde se apuntó a un máster de la UPV. Los cambios de escenario han sido, desde luego, notables.

“Mi familia es del sur de Italia, aunque Novara, mi ciudad, está al norte, entre Milán y Turín. Podría decirse que llevo incorporado ese contraste, la raíz sureña y el amor al norte. En mis viajes se ha seguido marcando esa sensación. En cierto modo, el cambio que experimenté al mudarme a Granada fue igual de abrupto que el que viví al trasladarme aquí. Hay grandes contrastes, claro, pero eso no me ha impedido encontrarme muy bien en todos los sitios. Me he sentido muy bien en todas las ciudades del país y he notado muchos factores comunes; sobre todo, en la gente”.

De Vitoria, donde vivió un año, Simone destaca “la habitabilidad. Es una ciudad para vivirla, muy cómoda, y tienes todo a tu alcance. También es un lugar muy verde y tiene oferta cultural”. De Bilbao, donde vive desde el año pasado, subraya que “cuenta con todos esos rasgos y, además, tiene la costa. Yo no he nacido cerca del mar, pero lo aprecio y valoro su proximidad como un rasgo muy positivo. Y si encima tienes el monte al lado… ¡qué decir!”, señala, encantado, antes de hacer una confesión.

“Para mí, debo decir, uno de los principales atractivos del País Vasco es el idioma. El euskera es una lengua tan distinta, tan diferente de todo, que no puedo resistirme a estudiarla. De momento, lo hago como un hobby, aunque ya le dedicaré más tiempo. Será deformación profesional, pero me parece fascinante, una razón muy poderosa para quedarme”, explica Simone que compagina sus estudios con su trabajo en Getxo, donde es profesor en Casaitalia, el Instituto Oficial de la Lengua y la Cultura Italianas.

Decisiones más ‘románticas’

“Me trasladé de Álava a Vizcaya por trabajo. Había una plaza de profesor disponible en este centro y me pareció una oportunidad profesional muy interesante, ya que está reconocido por la Sociedad Dante Alighieri, el equivalente al Instituto Cervantes”, explica, visiblemente satisfecho con su decisión. “Soy lingüista, me gustan los idiomas y siempre tuve claro que quería trabajar en lo mío. Disfruto mucho enseñando el italiano a otras personas”, añade.

Y también explica algo curioso: “La motivación para estudiar este idioma es muy distinta a la que te impulsa a estudiar inglés, por ejemplo. El aprendizaje del inglés tiene mucho que ver con una necesidad práctica, el aprendizaje del italiano es mucho más ‘romántico’, por así decirlo. Las razones son muchas… Hay quienes gustan de la gastronomía, la literatura o la moda de Italia y entonces quieren aprender el idioma. Pero también están quienes sienten curiosidad por el arte, quienes vuelven de una estancia de estudios alli y quieren mantener el idioma, quienes forman pareja con alguien de Italia… Si soy sincero, aún no he logrado delinear un perfil mayoritario del estudiante de italiano”, reconoce.

“Precisamente por ello -prosigue-, la aproximación didáctica es peculiar. Todos los meses organizamos un pintxo-pote en italiano, abierto a todo el mundo. Montamos cine fórums o jornadas gastronómicas, como la que tendremos mañana, dedicada a la cocina siciliana. Además del idioma en sí, es fundamental acercarse a la cultura. Y para eso es necesario sacar al idioma fuera de los muros de la escuela”.

2014 Ellos Europa

189 | Umberto

Desde que llegó al País Vasco, hace ahora diez años, Umberto De Marco se ha preocupado por aprehender la cultura local y, a la vez, enseñar la propia. Y lo ha hecho de manera literal, porque este napolitano es profesor de italiano y, desde 2004, dirige CASAITALIA, el Instituto Oficial de la Lengua y Cultura Italianas en Euskadi. Su desempeño profesional es meritorio, especialmente si se tiene en cuenta que llegó aquí “por casualidad”.

“En 2001 me encontré con una amiga que estaba viviendo en Sopelana. Ella iba a dejar libre su piso durante un mes y me lo ofreció porque, en ese momento, yo estaba estudiando para hacer unos exámenes de castellano en la universidad. A ella le venía bien alquilar el piso para conservarlo, y yo tendría una oportunidad estupenda de practicar el idioma -resume-. Como puedes ver, dije que sí”.

Claro que, en su caso, el ‘sí’ de un mes se transformó en una elección de vida. ¿Qué ocurrió? “Me gustó el lugar. Tan sencillo como eso. El País Vasco me pareció un sitio magnífico y magnético. Como dicen en las películas, fue amor a primera vista”, responde Umberto, que actualmente vive y trabaja en Getxo.

“Después de aquel mes en Sopelana, decidí pasar más tiempo aquí. Quería echar un vistazo más en profundidad y, además, ¡me enganché al surf!”, confiesa este italiano, que “nunca había practicado ese deporte porque en el Mediterráneo poca cosa puedes hacer”. Umberto se estrenó con las olas del Cantábrico, y asegura que le “encantó. Pensé que la única manera de practicarlo todos los días era vivir en un sitio donde pudiera hacerlo. Y aquí me tienes”.

En ese sentido, reconoce que es “un inmigrante con suerte” porque pudo elegir Euskadi sin la presión que tienen muchos otros extranjeros. No obstante, matiza que “al principio fue muy duro”. No todo es surf en la vida; tenía que ganarse el pan, así que se puso a trabajar “en lo que surgía. Fui camarero, estuve en una ETT… y compatibilizaba esos empleos con clases de italiano en academias, en empresas o con particulares”, enumera.

Poco a poco, la docencia dejó de ser una actividad complementaria para transformarse en la principal. Y, más adelante, en la única. “En 2004 abrí Casa Italia, aquí en Getxo, y descubrí que es el proyecto de mi vida. Desde entonces me dedico por completo a enseñar mi idioma y difundir mi cultura”, señala.

Dante Alighieri en Vizcaya

El año pasado, el instituto que Umberto dirige fue reconocido por la Società Dante Alighieri como centro oficial de enseñanza. Desde su fundación, en 1889, esta sociedad se ocupa de promover la lengua italiana en todo el mundo. Por eso, para Umberto es “un gran logro y un privilegio” formar parte de ella. “Es el equivalente del Instituto Cervantes”, dice sin poder ocultar su orgullo. “También es un respaldo importante para nuestra actividad”, añade.

Y es que Umberto no sólo quiere enseñar el idioma, sino abarcar lo artístico, lo cultural y lo turístico. “Italia tiene un patrimonio muy importante de arte, historia y arquitectura que no todo el mundo conoce. Y Nápoles es un buen ejemplo de ese desconocimiento”, lamenta.

Cuando le preguntan por su país y, en concreto, por su ciudad, la curiosidad no pasa por el acervo cultural. Ni tan siquiera por el deporte (y eso que ayer terminó de disputarse el Giro). “Las preguntas -dice él- siempre están enfocadas hacia la camorra y las organizaciones criminales; hacia el morbo de la violencia. Y fíjate que, cuando voy allí, las preguntas que me hacen sobre el País Vasco son prácticamente las mismas”, agrega. “Yo creo que hace falta mucha información, y siempre intento ofrecerla, ya sea en un curso o en un viaje. De la misma manera, cuando estoy fuera de aquí me dedico a desmentir muchas cosas falsas. La verdad es que si conociera un lugar mejor que Euskadi, ya estaría allí”.

2011 Ellos Europa

163 | Giulia

Cinco asociaciones radicadas en Bilbao han unido sus esfuerzos para trabajar en red y dar vida a Ciprés, el primer centro intercultural de promoción del empleo, el autoempleo, la formación y los servicios. La iniciativa, que comenzó a gestarse hace más de un año, se dio a conocer hace poco, a finales de octubre, con la inauguración de los cursos de cocina, los primeros de una extensa lista de opciones.

“El proyecto está dirigido a personas excluidas o en peligro de exclusión social que viven en el País Vasco. Y es un modelo innovador de trabajo porque involucra a varias asociaciones que gestionan las actividades en pie de igualdad”, explica Giulia Secci, la abogada del centro. Para esta joven italiana, que llegó a la capital vizcaína hace algo más de tres años. lo esencial es que “se podrán mejorar las condiciones de inserción laboral y social de estas personas que, en su mayor parte, son inmigrantes”.

“Cuando llegas a un nuevo país, debes adaptarte a él, a sus costumbres y a la manera de hacer las cosas. Este proceso es difícil y es común a todos los extranjeros, con independencia de nuestro lugar de procedencia o la formación académica que tengamos”, señala Giulia, que nació en Cerdeña, comenzó su carrera en Boloña, vivió una temporada en Holanda y, finalmente, decidió acabar sus estudios en Bilbao.

“Vine aquí porque no quería regresar a Italia y, mientras estuve en Holanda, conocí a varios españoles. Madrid me parecía una ciudad demasiado grande y difícil de abarcar. Barcelona no me atraía porque hay demasiados italianos y lo que yo buscaba era aprender cosas nuevas, relacionarme con gente de otros lugares. Entre los chicos que conocí en Amsterdam, había un vasco que me habló mucho de Euskadi. Sentí curiosidad y vine”, resume Guilia antes de contar que “los primeros dos años fueron duros” porque le “costó acostumbrarse al lugar”.

Su experiencia personal la llevó a involucrarse en este nuevo proyecto de inserción sociolaboral. “Por un lado, buscamos soluciones prácticas para el desempleo y la crisis actual. Por otro, abrimos una vía de acceso a muchas personas que ya tienen conocimientos valiosos pero no encuentran manera de aplicarlos. Y, también, intentamos formar en oficios, costumbres y valores a aquellos que no han tenido antes esa posibilidad”, enumera.

Desarrollar el capital humano

La educación en valores y las clases sobre pautas culturales son un pilar fundamental en Ciprés. “La idea es que todas las personas puedan acceder al mercado laboral en condiciones de competitividad. Por ejemplo, hay profesionales y técnicos muy cualificados a los que sólo les hace falta aprender las normativas locales o cómo funciona el sistema productivo en Euskadi”, indica. “Otras personas, en cambio, dominan muy bien técnicas y manufactura que aquí no se utilizan o hacen falta -prosigue-. Lo importante es aprovechar el talento, el conocimiento y las ganas de superarse y trabajar”.

El planteamiento de las asociaciones cofundadoras -Ahislama, Asocolvas, Adrebol, La Comuna y Zubietxe- ha tenido buena acogida en las instituciones públicas y privadas. Cuenta con el apoyo del Gobierno vasco, la Diputación Foral de Bizkaia y la BBK, que han visto en esta iniciativa un intento responsable y serio por fomentar la inclusión social, en todos los aspectos.

“Queremos construir una sociedad más integrada, diversa y plural y, a la vez, más rica, justa y desarrollada”, subraya Giulia. “El modo de conseguir eso es fomentar este tipo de actitudes. En lo personal, me siento muy orgullosa de poder formar parte del centro. Me gusta ver cómo las instituciones públicas inciden en el bienestar colectivo en lugar de promover políticas persecutorias. Pienso en Francia, o en Italia, y siento pena por el curso que han tomado. Ya me gustaría que mi país desarrollara el capital humano como lo hace Euskadi”.

2010 Ellas Europa