Saïd El Kadaoui: «En realidad, hay muchos Marruecos»

El pasado mes de abril, a propósito del Día Internacional del Libro, charlé con el escritor y psicólogo hispanomarroquí Saïd El Kadaoui en la Biblioteca de Getxo (Bizkaia). Hablamos sobre su última novela, No (Catedral Books, 2016), pero también sobre algunos de sus anteriores libros, como Límites y fronteras (Editorial Milenio, 2008) o Cartes al meu fill, un catalá de soca-rel, gairabé (Ara Llibres, 2011). Además, conversamos de su experiencia laboral en el área de salud mental en contextos de migraciones, identidad y adolescencia. Todo ello, en el marco de la estrategia antirrumores del Ayuntamiento y de la estrategia intercultural que promueve la biblioteca. De aquella tertulia salió una larga entrevista.

Por Rubén A. Arribas
@estoy_que_trino

Como Saïd El Kadoaui y yo somos bastante habladores, la tertulia nos salió de hora y media. Luego, abrimos un turno de preguntas y reflexiones con el público, y Kadaoui fue contestando detalladamente a todo lo que preguntaron. Charlamos de casi todo: sus inicios con la escritura, su relación con las lenguas —sueña en catalán, amazig y español—, la identidad hispanomarroquí, la importancia de lo intelectual a la hora de construir una relación con el mundo, el duelo migratorio, lo poco que sabemos sobre la literatura del Magreb o cómo combatir la islamofobia. Incluso hubo espacio para que una jovencísima asistente —unos 14 años— pidiese consejo sobre cómo ser editora y tener su propia editorial. En fin, paramos de hablar porque había que cerrar la biblioteca y la gente tenía que irse a cenar.

A una parte relevante de esa conversación, le he dado forma y la he publicado recientemente en CTXT, en la sección «El Ministerio», en formato entrevista. Esta lleva como titular esta reflexión: «No cambiaría por nada esta sensación de estar un poquito fuera de lugar». Y la podéis leer en este enlace.

Por aquello de que la entrevista para CTXT debía ajustarse a un formato humanamente abarcable, dejé fuera bastante material. Aprovecho la flexibilidad y la libertad que nos da Un puerto que cambia para ampliarla con 5 preguntas y respuestas extra. Vamos, como los discos y los CD: estos son los bonus tracks. Aquí Kadaoui habla sobre cuántos Marruecos hay en Marruecos, las migraciones o el papel de la literatura en un contexto como el actual.

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¿La cultura lo ha separado de sus padres? Se lo pregunto porque eso es algo que comparten los protagonistas de No y de Límites y fronteras.
No, al contrario, me ha ayudado a acercarme a ellos de otra manera. Mis padres siempre me han inculcado el valor del estudio. En las novelas, cuando el protagonista estudia se aleja algo de sus padres. Y eso en mi caso también es verdad. Hay un momento en que te preguntas sobre el islam, la tradición, el ser marroquí… Y los padres no pueden darte todas las respuestas; bastante tienen con haber cambiado de país. Entonces ahí, sí, se produce una separación y el hijo dice: «Ahora voy a ser yo quien os explique algunas cosas también». Es el papel de cuando el hijo crece. Por suerte, mis padres siempre me han escuchado.

Hablemos de Anna y Fran, esa pareja europea, culta y sensible, y cuyas opiniones varían en función de a qué lado de la frontera están. Cuando están en Barcelona, dicen cosas como querer salir a reventar la tarjeta; sin embargo, cuando viajan a Marrakech, a la vista de la mezcla de lujo y miseria que encuentran, le dicen al protagonista que «No se puede ser marroquí y vivir bien sin sentirse culpable». ¿Exigimos los europeos coherencia a los demás cuando somos incapaces de cultivar la propia?
Si la gente viene a verte a Barcelona o a Bilbao, ¿adónde la vas a llevar? La llevarás a sitios que estén bien, ¿no? A restaurantes, a museos, etcétera. Hay cantidad de gente que va a Marruecos y que te pide «llévame al vodevil este», es decir, a ver la miseria. O, como en un congreso al que fui a Tetuán, en el que la gente no se quedó tranquila hasta que vio calles sucias y la miseria más absoluta… Entonces ya pudo decir: «Esto es Marruecos». Claro que eso también es Marruecos; pero lo otro que te enseña la gente también es Marruecos, y la gente no te lo enseña porque esconda lo otro, sino porque te quiere y te lleva a ver cosas que están bien. En fin, todo esto cansa mucho y es muy agotador. En Barcelona, como trabajo en inmigración, tengo el honor de recorrerme todos los barrios pobres. Es decir: conozco todos los guetos… Anda que no habría cosas ahí para llamar a los demás insensibles o para mostrar otra cara de Barcelona, ¿verdad? Hay que tener cuidado con esto de pedir coherencia.

Said-Getxo

Los dos amigos marroquíes alrededor de los cuales gira No pertenecen a clases sociales diferentes; ambos hablan de dos Marruecos distintos. ¿Cómo son?
En realidad, hay muchos Marruecos. En el libro salen dos; uno es más rural, modesto, difícil, arraigado en el clan, donde el grupo es fundamental para sobrevivir y donde la tradición tiene un peso enorme, y donde la niñez es fantástica porque tienes mucha familia para disfrutar, pero la adolescencia puede ser bastante complicada porque emanciparse resulta difícil. El otro es un Marruecos que piensa más y que ha tenido la opción de producir algunos cambios, de no estar tan atado a la tradición y que, además, tiene la posibilidad de emanciparse.

¿A qué se refiere exactamente?
En el Marruecos tradicional es muy difícil emanciparse; hacerlo suele significar dejar a la gente a la intemperie: si los hijos no cuidan a los padres, ¿quién lo va a hacer? El Estado no lo va a hacer por ti; el Estado no les va a dar una pensión. En el otro Marruecos, esto funciona de otra manera. En la novela, el padre del amigo del narrador es político y empresario, viaja; pertenece a un Marruecos bastante loco, donde se predica una cosa y se hace otra, y donde puede viajar con facilidad quien tiene enchufe y dinero en el banco. En cambio, los otros marroquíes, si no es la con la emigración, no pueden viajar; no les dejan… Por eso se lanzan al mar. Muchos jóvenes dicen: «Si me dejarais viajar, ¿qué necesidad tendría yo de malvivir fuera? Viajaría, vería, tendría la experiencia y volvería». El problema —el drama— es que no lo pueden hacer. Son dos Marruecos, y son como la noche y el día.

En este escenario de un mundo árabe en decadencia y de una sociedad española en transformación, ¿qué papel desempeña la literatura?
La gente necesita alimentarse de historias. Incluso en el Marruecos más tradicional —y esto es algo que pierde la gente que emigra, y es una pena—, ¿qué es lo que le pide la gente que no sabe leer a las tías o las abuelas? Que les cuenten historias. Las abuelas y las tías que saben contar historias tienen un éxito enorme. ¿Por qué? Porque las necesitamos; las historias son un alimento, no una masa más. Necesitamos la literatura. Necesitamos historias para imaginar, para soñar, para creer, para sentirnos iguales y diferentes a los demás. La literatura es importantísima para crear esta dimensión que trasciende lo cotidiano, pero que también te habla de tu vida. No es un lujo; es una necesidad.


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Nawal Abaou, una historia de perseverancia y talento

Cuando hablamos con Nawal Abaou [Nador (Marruecos), 1980], corría junio de 2017 y estábamos en Ramadán, así que parte de la conversación giró sobre el ayuno. En concreto, Nawal llevaba sin comer desde las 03:40 y debía esperar hasta las diez de la noche para volver a probar bocado. Entre medias, ni agua ni zumo ni galletas. Nada de nada. Y así, 29 días seguidos. Según esta enfermera y bióloga —cuya primera entrevista se publicó en 2015—, el mes de ayuno es duro, pero merece la pena: «purifica el cuerpo y la mente».

También conversamos sobre lo complicado que resulta cumplir con este precepto religioso en Europa. En los países de mayoría musulmana, según nos explicó Nawal, durante el Ramadán los horarios de trabajo se vuelven más flexibles, las exigencias laborales disminuyen y todo el mundo está más o menos igual de decaído que tú. Además, la latitud hace más llevadero el ayuno en Marruecos o Argelia que en España, donde el sol se pone dos horas más tarde, o que en Suecia, Finlandia o Noruega, donde el ayuno puede llegar incluso a durar 20 horas.

Eso sí, el Ramadán también es un tiempo de estar en familia y de disfrutar de la comida. A la hora de la cena, según Nawal, en su mesa, no faltan los dátiles, los frutos secos, el yogur y algo dulce en la primera parte de la cena; en la segunda, es el momento del pollo asado, los filetes o los huevos fritos. La conjunción de la familia y la mesa ocupa un lugar muy significativo en la vida de Nawal, y no solo en Ramadán, como se puede leer en la historia que sigue. 

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi

«Las carolinas. Cada vez que salgo, tengo que comprarme una. ¡Me encantan! Las como sí o sí, aunque esté a dieta. A veces, llamo a Bilal y le digo que me compre algo rico, y él ya sabe lo que tiene que traer». Así de rotunda y efusiva se muestra Nawal Abaou cuando le preguntas por algo que le guste mucho de aquí. La carolina, ese dulce tan típico, es la pasión de esta enfermera y bióloga marroquí que vive en Getxo desde hace siete años.

Si bien Nawal sigue siendo fiel a ciertos ingredientes de la comida de su país, como los dátiles, los frutos secos, el yogur o el pollo asado, se ha dejado conquistar por otros sabores y costumbres: reconoce que la paella es uno de sus platos favoritos, le gusta la tortilla de patata —en particular, si va rellena de algo— y le parece un gran invento lo de hacer una pausa a media mañana para tomar un café con leche y un pintxo.

Para ella, Getxo representa su hogar; sobre todo, por la diversidad y calidez de su gente. «El ambiente familiar me hace sentir cómoda: aquí cabemos todas las personas y estoy como en casa —describe—. He tenido la oportunidad de mudarme a otros sitios, y no he querido hacerlo. Mi marido y yo tenemos amigos, y nuestros vecinos nos consideran una familia más. Se nota que nos tienen cariño en cómo nos hablan o porque toman en consideración nuestras opiniones», destaca.

Para muestra, un dinosaurio: hace unos meses, Nawal encontró una bolsa colgada en el pomo de la puerta de su casa. Dentro había un dinosaurio de juguete. Cuando lo vio, pensó que alguien se había equivocado, así que le tocó el timbre a su vecina. Esta le explicó que era un regalo para sus hijos; una forma de agradecerle la cesta que ella había colocado en el portal para que les dejasen ahí la publicidad, y no en el suelo. Aunque en la comunidad llevaban tiempo pensando en hacerlo, lo habían dejado pasar. Nawal no lo sabía; simplemente compró la cesta porque le gusta cuidar el lugar donde vive.

La vida antes de Getxo

Ni las costumbres ni el idioma de aquí son demasiado extraños para Nawal. Su ciudad de nacimiento, Nador, está al lado de Melilla. Y allí, como en toda ciudad de frontera que se precie, ir y venir entre países es lo habitual. En ese entorno activo y permeable, su infancia y adolescencia fueron etapas muy felices. También lo fue su juventud, especialmente mientras estudiaba Biología y Enfermería, dos carreras que eligió por vocación y que acabó con las mejores notas.

La situación cambió poco después, cuando se casó y tuvo un hijo con la persona equivocada. Visto desde fuera, lo tenía todo: casa, coche, trabajo, estabilidad económica y una buena posición social. Puertas adentro, la historia era otra: las cosas fueron mal desde el inicio. Un día especialmente malo, cuando se quedó sola, Nawal cogió a su niño en brazos y se marchó a casa de sus padres.

Divorciarse en una sociedad como la marroquí es una tarea ardua y desgastante, más allá del nivel educativo o del poder adquisitivo familiar. Para Nawal, como para muchas mujeres, fue muy complicado, aun cuando contó con el apoyo incondicional de sus padres y de sus hermanos. Gracias a ese respaldo, logró conservar la calma en mitad de la tempestad. Pocas veces se sintió tan juzgada y expuesta a la crítica ajena como entonces.

Como mujer independiente, inteligente y formada, intentó rehacer su vida en Nador, cerca de sus afectos y en un entorno conocido, pero le resultó imposible: «A cada paso que daba, encontraba una mayor presión social». Así, ante lo enrarecido y opresivo del clima que respiraba a diario, acudió a la embajada española, expuso su situación y pidió ayuda. La solución fue académica: dado que sus notas siempre habían sido excelentes, le concedieron una beca de estudios; gracias a ella, salió de Marruecos en 2010 con su hijo, que entonces tenía 3 años. Nunca le estuvo tan agradecida a los estudios y a la diplomacia.

Nueva vida, nuevos retos

Actualmente, Nawal es la coordinadora de un equipo de enfermería y la responsable del instrumental médico de la clínica donde trabaja. Antes debió recorrer un largo camino y aprender a sortear los obstáculos con perseverancia, humildad y talento. El itinerario fue duro; en particular, al principio, cuando sus ahorros se esfumaron y no disponía ni de tiempo ni de dinero para convalidar sus títulos universitarios. De ahí que la única salida que encontró fuera acudir a Cáritas y limpiar casas, muchas casas.

En esa etapa, vivía al día y enlazaba limpiezas, cada una en un sitio diferente. «Cuando estaba fregando los suelos, lo hacía con lágrimas en los ojos —relata—. Y pensaba: “Toda mi vida luchando y estudiando… ¿Y voy a acabar así?”». Pero se tragaba el orgullo, las preguntas y las lágrimas y seguía adelante: tenía un hijo a su cargo y regresar a Nador no era una opción.

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Cuando pudo estabilizar mínimamente su situación económica y anímica, comenzó los largos trámites para homologar sus estudios. Una vez que, gracias a la asociación Kosmópolis, lo consiguió, empezó a trabajar como auxiliar de enfermería en una empresa de reciente creación. Las condiciones eran precarias: trabajar gratis hasta que la empresa se asentase y pudiese contratarla.

Desesperada por hacer algo relacionado con lo suyo, Nawal aceptó: «Pensé: “Me da igual, voy a aguantar”». A los dos meses sin cobrar, y habiéndose comido los ahorros de nuevo, dejó la empresa y adoptó una decisión estratégica: retomar la limpieza de casas y, a la vez, pedir una beca para continuar estudiando. Además de arriesgado para su salud —debía compaginar ella sola sus roles de madre, trabajadora y estudiante—, el plan era complicado. Sin embargo, echó varias solicitudes y consiguió que la Universidad de Deusto la becase para cursar un máster en Recursos Humanos.

En efecto, conciliar vida familiar, laboral y académica fue muy estresante, pero mereció la pena. Cuando llegó el momento de las prácticas, le asignaron una conocida clínica, donde debió cubrir el puesto de la jefa de plantilla, que había tenido un accidente. La tarea era titánica, pues implicaba gestionar las compras y realizar todo tipo de trámites administrativos con farmacias, ambulatorios, hospitales, instituciones… A fuerza de orden, meticulosidad y muchas horas, logró sacar adelante el trabajo encomendado y, de paso, se ganó el respeto de sus compañeros. Por eso, cuando terminó las prácticas, la contrataron como supervisora de la parte administrativa del equipo sanitario. Se convirtió así en la primera trabajadora extranjera de la plantilla.

Por fin, una familia

La vida personal de Nawal también cambió mucho desde que vino. Hace unos años, conoció a Bilal. Él también es de Nador —aunque se conocieron aquí— y supo esperarla todo lo necesario hasta que ella se animó a darle una nueva oportunidad al amor. Bilal es como un padre para el hijo de Nawal, que ya tiene 11 años. Además, la pareja se casó, ha tenido otro hijo y está a la espera del tercero.

Nawal ha vuelto a sentirse muy arropada por su familia. Sus padres se han jubilado, así que vienen con frecuencia a visitarla y a disfrutar de sus nietos. Eso sí, vienen por poco tiempo, pues no se llevan demasiado bien con el clima húmedo y frío de Euskadi. Por suerte, su madre la acompañó en junio, en el último Ramadán, cuyo ayuno siempre es complicado de sobrellevar en países poco habituados a la religión musulmana.

A quien sí ve más seguido es a su hermano pequeño. «Estaba trabajando en París; pero, después de los atentados que hubo en la sala Bataclán y en Niza, decidió venir para estar más cerca de la familia. Ahora está trabajando en un bar de Barakaldo», cuenta Nawal, visiblemente contenta por tenerlo más cerca. Pero si hay alguien feliz de tener padre, tío y abuelos es su hijo mayor, quien padeció junto a ella todas las vicisitudes de los primeros años. «Antes sentía que estábamos solos él y yo —explica—. Ahora me dice muchas veces: “Por fin, mamá, estamos en familia”».

Segundas impresiones

La inmigración explicada a mi hija, Sami Naïr

¿Merece la pena leer en 2017 un libro publicado en 2001? ¿Tiene algo que contarnos aún La inmigración explicada a mi hija (DeBolsillo, 2001), el clásico de Sami Naïr? Por desgracia, sí: muchos de los análisis y diagnósticos realizados entonces siguen vigentes o nos permiten apreciar el camino recorrido en materia migratoria. De hecho, Naïr incluyó este texto en La Europa mestiza. Inmigración, ciudadanía, codesarrollo (Galaxia Gutenberg, 2010), el libro que compila buena parte de su obra intelectual.

inmigracion-hija-nairLa inmigración explicada a mi hija es un libro didáctico y de carácter divulgador. Está estructurado en forma de charla entre Naïr y su hija de 16 años, y capítulo tras capítulo acomete los grandes temas asociados a la inmigración: el fantasma de la «marea humana», el racismo, las generaciones, el sistema universal de protección de los derechos humanos… Naïr habla en calidad de padre francés con familia argelina y de residente en España, pero también, claro está, como el catedrático de Ciencias Políticas, doctor en Filosofía Política, doctor en Letras y Ciencias Humanas, asesor político y experto en migraciones que es. El resultado es un libro de fácil lectura que permite acceder a varias ideas fundamentales de su pensamiento.

Al publicarse en 2001, el libro nació al calor de la ley orgánica 4/2000, de 11 de enero, sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social. Tanto es así que, a modo de anexo, incluye el texto íntegro de la ley (además de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789). De lo mucho que se puede comentar, hay tres cuestiones que, por su actualidad, quizá llaman la atención más que otras: la construcción de un islam europeo, la autopercepción de los españoles como migrantes y ciertos cálculos demográficos y reflexiones políticas.

1. El islam: la encrucijada de la pluralidad religiosa

En el capítulo «Una nueva religión europea», Naïr realiza el siguiente vaticinio:

Si los inmigrantes musulmanes se sienten abandonados, despreciados en su fe, se encerrarán en sí mismos y harán de su religión un refugio identitario contra la dureza de la sociedad de acogida. Además, los Estados de donde proceden intentarán controlarlos por medio de la religión. Financiarán la construcción de mezquitas, enviarán a ministros de culto que estarán a sueldo del país de origen e impondrán su propia visión del islam en el país de acogida. Numerosos países ricos de confesión musulmana ya lo están haciendo. En fin, también los movimientos integristas acechan a la inmigración. Se aprovechan del desasosiego de los inmigrantes no integrados, del racismo, de la marginación, para propagar su fanatismo religioso y transformar la confesión en ideología política. Por eso creo que no hay postergar la ayuda a aquellos inmigrantes que quieren integrar su religión democráticamente en el país de acogida.

Lamentablemente, a la vista está que los países europeos hicieron poco o nada para solucionar un problema que saltaba a la vista. Hoy vivimos una ola de islamofobia de una intensidad impensable entonces. Es más: la actual imagen mediática del migrante musulmán dista mucho de la persona trabajadora, pacífica y tolerante que menciona Naïr en el libro. Tampoco parece que sea el mejor momento para la pluralidad religiosa en algunos países. Ahí está, para corroborarlo, lo sucedido el año pasado con el barrio de Molenbeek tras los atentados de Bruselas o lo ocurrido hace poco durante las elecciones de los Países Bajos.

(Un inciso: resulta recomendable ver este reportaje de Euronews que recoge algunos de los grandes hits de la campaña holandesa. A saber: Geert Wilders llamando «escoria» a los marroquíes, los hijos holandeses de los migrantes marroquíes hablando de que son tan holandeses y holandesas como cualquiera, los gais autóctonos quejándose del acoso de los migrantes musulmanes… En fin, el reportaje es breve, pero da cuenta de la complejidad que entraña la convivencia y da la pauta de lo poco que trabajamos en políticas de inclusión y de gestión de la diversidad).

En todo este tiempo, diría Naïr, ha faltado voluntad para construir «un islam europeo». Quizá eso suene algo duro a oídos de políticos como Esperanza Aguirre —recuérdese su tuit sobre los Reyes Católicos— o Francisco Marhuenda —véase su tuit donde dice que «los musulmanes nacieron matando»—, pero la demografía manda: en 2001 ya eran 15 millones las personas que practicaban el islam en Europa, es decir, ya entonces estábamos ante «la segunda religión europea». Por tanto, resulta tan absurdo ignorar su presencia como proponer soluciones incendiarias a la Wilders o a la Le Pen (también, todo sea dicho, sobra lo de Erdogan llamando «fascista» a Holanda, un país mucho más tolerante y democrático que el suyo…). Tenemos que aprender a convivir, de eso se trata.

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Según Naïr, esa convivencia la debemos forjar alrededor de tres ejes: construir un espacio público laico —neutro en términos políticos y religiosos—, admitir el «pluralismo de confesiones» en el espacio privado y poner la ley como garante de los derechos y deberes de la ciudadanía. No necesitamos echar a nadie; lo que precisamos es pactar unas reglas de convivencia claras y organizarlas a través de la ley. Las democracias, en teoría, funcionan así.

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Ahora bien, eso implica un desafío para quienes vienen y para quienes acogen. Por un lado, los musulmanes deben adaptarse a la cultura de la sociedad que los recibe y construir un islam ajustado a ese ámbito, es decir, «un islam español». En palabras de Naïr, eso les ayudaría, además, «a abandonar la tesitura de extranjeros» (imagino que el ejemplo a seguir sería Sadiq Khan, el alcalde de Londres). Entre las medidas para lograr esa adaptación, Naïr recomienda, por ejemplo, que los imanes sean españoles y formados en España (un modo de evitar los religiosos retrógrados financiados por los petrodólares). Asimismo, considera que los musulmanes europeos deben renunciar a la poligamia, aceptar la igualdad entre varones y mujeres, seguir la educación del país donde residen, evitar politizar las mezquitas y circunscribir la religión al ámbito privado.

Por otro lado, les pide a los Gobiernos europeos —y, en particular, al español— que sean hospitalarios con el culto islámico. Eso incluye establecer con claridad dónde y cómo se pude abrir una mezquita y promulgar leyes que habiliten «centros de plegaria» en espacios públicos (hospitales, aeropuertos, universidades, etcétera). También respetar sus festividades, sus «prescripciones alimentarias» o facilitarles emplazamientos idóneos para que tengan cementerios.

No hay solución ideal, afirma Naïr, pero la convivencia entre religiones es un desafío que debe resolverse por cauces democráticos. Es decir: mediante el diálogo, y no mediante la sharia de unos y las proclamas beligerantes de otros, discursos que solo nos llevan a la eterna polarización que termina en violencia. De ahí que las soluciones que intentemos deban aspirar al sincretismo: nuestras respectivas culturas deben enriquecerse mutuamente, fusionarse, mutar, transformarse en otras capaces de superar las limitaciones de las anteriores. Sí, cambiar: menos esencialismos y más voluntad de cambio, más mestizaje. Una cultura es un punto de partida para abrirse a lo universal, no un candado con el que asegurar el repliegue sobre una identidad particular.

2. La emigración española: al exilio del relato oficial

Otra parte notable del libro es la mirada sobre la emigración española de los 60. Sin entrar en grandes profundidades —algo se puede hacer, por ejemplo, a través de 4.º Mundo, emigración española en Europa, de Andrés Sorel—, Naïr sostiene que España es un país donde las migraciones ocupan un lugar marginal en su relato como nación. Es más, según él, le asignamos el lugar de «fracaso social histórico»:

A mi modo de ver, si los españoles olvidan que también ellos fueron inmigrantes en el extranjero es porque la emigración no constituye motivo de gloria para nadie. Incluso en ocasiones es motivo de vergüenza. Evoca la miseria, el hambre, la dureza de las relaciones entre españoles, en su propia tierra… Una especie de fracaso histórico.

Asimismo, tendemos a idealizar cómo fue aquella migración; lo recordamos todo más bonito de lo que fue. Según Naïr, en general, no fuimos tan bien recibidos como algunos se han empeñado en contar; de hecho, ahí están los campamentos franceses que albergaron a los refugiados de la Guerra Civil. Tampoco accedimos a buenos puestos de trabajo, sino que nos contrataron para los empleos más duros y menos cualificados, y fuimos clandestinos (imperdible al respecto el documental El tren de la memoria). Es más: allí donde fuimos —Países Bajos, Francia, Suiza o Alemania— nos perseguía el sambenito de ruidosos, brutos, violentos, sanguinarios —por los toros— y siempre dispuestos a irse de fiesta. Y pocas veces se hablaba bien de nosotros, pues éramos lo que «los inmigrantes latinos, magrebíes o africanos» son hoy en nuestra sociedad.

Por último, Naïr deja planteadas varias preguntas: aquellos millones de españoles y españolas que emigraron alentados por la dictadura franquista, ¿regresaron o se asentaron en los países de acogida y alimentaron con sus hijos las segundas generaciones de esos países? Es más: ¿cuántos se acogieron al derecho de reagrupamiento familiar y se llevaron a los suyos al país donde vivían?

Moraleja: antes de criticar la reagrupación familiar ajena, revisemos lo que hicimos nosotros en el pasado… Incluso vayamos más allá y pensemos en los amigos o conocidos que se han ido durante esta crisis a vivir a Dinamarca, Chile o Estados Unidos: ¿y si un día quisieran reagrupar a sus padres o hermanos para tenerlos más cerca, por razones de salud, etcétera?

3. Demografía, polarización social y miedo a perder lo conseguido

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Sami Naïr. Foto: Wikimedia.

Por último, me han interesado tres reflexiones de contexto. La primera tiene que ver con un comentario demográfico: «En el Tercer Mundo, la población crece mucho más deprisa que las riquezas, y en consecuencia tiende a empobrecerse más que a enriquecerse». Es tan cierto como paradójico, pues el problema de Europa es su envejecimiento y su necesidad de aumentar como sea su demografía (sea vía nacimientos, sea mediante migraciones de repoblación, etc.) para conservar su Estado del Bienestar. Curiosamente, en 1960, Europa tenía el 20 % de la población mundial y África, el 9 %; la predicción para 2050, según Naïr, era que las cifras se invertirán: África aportará el 20 % y Europa, el 7 %. En principio, nadie espera que África tenga entonces un peso geopolítico y económico acorde con su demografía.

La segunda idea es que «ninguna sociedad puede evolucionar a un ritmo para el que no está preparada». ¿Por qué? Porque siempre está tensionada entre quienes opinan que la hospitalidad con las personas migrantes significa disolver los cimientos de la sociedad y quienes, si no haces tabla rasa de todo lo que hay, te reprochan que, en el fondo, no quieres cambiar nada. En fin, que la «vía del punto medio», como la define Naïr, tiene mala prensa garantizada (en La Europa mestiza relata algunos de los avatares vividos con el Gobierno socialista francés a vueltas de la política sobre el codesarrollo que trató de impulsar).

La tercera es que las personas migrantes suelen ser las más duras con otras personas en su misma situación. A quienes ya encontraron sitio —o algo parecido a eso— en la sociedad de acogida, toparse con otros migrantes «les recuerda de forma palpable el pasado» y les despierta un gran resentimiento, también miedo a perder lo que ya tienen. Quizá uno de los ejemplos más notables al respecto —y esto lo añado yo— sea que las patrullas fronterizas con las que Estados Unidos controla el paso de México están constituidas por muchas personas de ascendencia hispana. La ferocidad del capitalismo puede palparse en esa lucha por la supervivencia de las capas sociales más débiles.

Para acabar, un dato anecdótico… que no es tan anecdótico. En 2001, Naïr le pregunta a su hija por el francés más importante a nivel mundial. En ese momento, la respuesta que le dio su hija fue «Zinedine Zidane», un segunda generación. Casi 16 años más tarde, la respuesta sea probablemente la misma: el francés más famoso continúa siendo una persona cuyas raíces familiares están en Argelia y cuyo nombre figura en Wikipedia también en árabe. Sin embargo, la selección francesa de fútbol lleva tiempo atravesada por las acusaciones de racismo debido a la inclusión de muchos jugadores negros o la exclusión de algunos jugadores por su origen magrebí. En fin, el reto, como dice Naïr, es el mestizaje y la fusión, no elaborar sofisticados mecanismos de repliegue identitario.

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P. D.: si os sabe a poco la charla entre Sami Naïr y su hija, podéis ver esta conversación entre Samir Naïr y su amigo Tzvetan Todorov (recientemente fallecido). Son unas dos horas (en español). También son recomendables esta entrevista que le hizo Iñaki Gabilondo y esta otra que le hizo Mónica Terribas. Por último, esta entrevista que publicamos con él en revista Teína (2007) y recomiendo esta conferencia.


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